Tu quoque 8

En el paciente C.S.G., más allá del delirio y de la excitación, lo que sorprende es su empobrecimiento de alma, una especie de sequedad interior. No es que no pueda sentir, es que el sentimiento parece haberse retirado a regiones inaccesibles. Lo que antes era afecto espontáneo se convierte en un gesto mecánico. C.S. G. está, pero su mundo interior se ha vuelto remoto.

C.S.G. no es un perturbado, ni un extravagante, ni peligroso: simplemente se va apagando. El retraimiento, la apatía, la inaccesibilidad afectiva, le producen un sufrimiento silencioso. No es una tormenta, sino una erosión lenta: la capacidad de interesarse, de responder emocionalmente, de actuar -todas ellas funciones básicas de la vida psíquica- en él se van extinguiendo poco a poco.

Estoy de acuerdo con ustedes; lo más devastador de Christian no es la psicosis, sino la pérdida de vitalidad interior. No tiene iniciativa, ni voluntad, ni deseo. Es como si la maquinaria que impulsa la acción humana hubiera sido desconectada. La vida se conviertió en él en una serie de tareas que requieren un esfuerzo descomunal, y su vacío afectivo, a veces, es más difícil de soportar que sus alucinaciones.

Lo más dramático de Christian es que muy pronto perderá la capacidad de leer y escribir, aspecto esencial de su vida. Su yo se volverá más rígido, la experiencia perderá relieve, el mundo se le alejará. Lo que en otros brota con naturalidad -un gesto, un deseo, una palabra, una emoción- en él debe ser pensado, casi fabricado. Vive, no en la corriente viva de la experiencia, sino en un desierto donde cada acto requiere una voluntad que en breve ya no poseerá. Desgraciadamente, pese a su brillantez, tiene muy mal pronóstico.

«Hay días en que me siento como si hubiera sido deshabitado. Todo lo que soy perdió su color y su gesto. No digo que esté triste: la tristeza sería algo, y es precisamente ese algo lo que no poseo. Estoy desprovisto de mí mismo, como si me hubieran arrancado del centro y sólo quedara una cáscara que actúa por hábito», Pessoa.

«No es que no sintiera nada, sino que los sentimientos habían retrocedido tanto que apenas alcanzaban la superficie. Vivía como quien oye desde lejos una conversación importante, sabiendo que debería comprenderla, pero sin lograr que las palabras le llegaran con la fuerza necesaria», Musil.

«Hay momentos en que la vida se me vuelve inaccesible. Miro las cosas, deseo tocarlas, pero no me tocan. Todo está ahí y, sin embargo, no puedo entrar. Es como si hubiera perdido el pasaporte para el mundo», Lispector.

«No deseaba nada. Era como si la voluntad hubiera sido suprimida en mí. Caminaba, hablaba, actuaba, pero sin impulso interior, como si todo estuviera dirigido desde un lugar externo. Sentía que mi alma, si aún existía, estaba demasiado cansada para manifestarse», Dostoievski.

«A veces siento que el mundo se vuelve de cartón. Los colores se apagan, las voces se alejan, las cosas pierden el tacto. No puedo desear nada, y ese no poder desear es peor que el dolor. Es un silencio gris que se instala detrás de los ojos», Woolf.

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