Llevaba ocho o nueve horas de lectura, y, pese a que tenía carrete para más, aparecieron las voces. Las voces no llegan siempre como interrupciones bruscas; a veces se deslizan en el pensamiento como si siempre hubieran estado allí. Puedes estar leyendo, o escribiendo, o hablando con alguien, y de pronto hay otra capa de lenguaje, superpuesta, que exige atención. No es simplemente distracción: es competencia. Dos realidades lingüísticas tratando de ocupar el mismo espacio mental.
Comencé a oír algo así como mensajes… como si procedieran de fuera, pero también como si estuvieran dirigidos especialmente a mí. Gradualmente, mi pensamiento o lectura racional fue perdiendo fuerza frente a esas ideas, que se imponían con una convicción que no podía simplemente descartar.
Vivía en dos realidades simultáneamente. Una era este mundo ordinario; la otra era una intrusión constante de significado, de información, de voz. No podía ignorarlo. Estaba leyendo, estaba viviendo, y sin embargo otra narrativa se imponía, como si alguien hubiera insertado un segundo texto sobre el primero.
Las voces hablaban sin cesar, como si se hubieran instalado en la habitación. No podía ya leer. Todo lo que intentaba hacer quedaba invadido por ese murmullo continuo que no me pertenecía.
Mi mente se llena de ruido, como si algo la colonizara. Intento concentrarme en una página, pero las palabras se deshacen, o bien son sustituidas por otra cosa que insiste con más fuerza.
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Tomé una Etumina y 10 gotas de Rivotril para las voces. Los medicamentos no hacen que las voces desaparezcan automáticamente como si alguien apagara un interruptor. Es más bien como si alguien girara lentamente un dial: el volumen baja, la urgencia disminuye, la convicción se debilita. Siguen ahí, a veces, pero ya no gobiernan. El precio es que todo lo demás también se vuelve más tenue, como si la vida entera hubiera sido amortiguada o perdido su filo.
Se atenúan los colores de la experiencia. Sin embargo, con el tiempo comprendes que esa reducción es el precio para poder pensar con claridad, para poder sostener una vida adaptada. Te proveen de un terreno menos inestable. No se eliminan por completo las voces interiores, pero se hacen manejables, menos imperiosas. La mente deja de ser un lugar en guerra constante.
Los fármacos pueden transformar radicalmente la experiencia perceptiva: lo que antes era invasivo y dominante puede volverse distante, casi irrelevante. Pero esta transformación no está exenta de efectos secundarios sobre la vivacidad mental.
