Cornaro 186

Compró turquesas de viejas y nuevas minas, las primeras de un azul celestial, las segundas de un verde pálido, y se deleitaba con sus extrañas propiedades… Le gustaba leer sobre las piedras, palparlas, posarlas en la mano, escrutarlas con los ojos e imaginar las virtudes que los hombres les habían atribuido. Solía pasarse días enteros ordenando y reordenando en sus estuches las distintas piedras que había coleccionado, como el crisoberilo verde oliva, que se vuelve rojo a la luz de una lámpara; el topacio, amarillo como el vino de los dioses, y rosa como los pétalos del rosal silvestre; el carbúnculo, de un rojo encendido, con una estrella de cuatro rayos oscilando en su centro; las piedras de moco o ágatas musgosas, con sus hebras de vegetación fantástica; el zafiro de agua, que cambia de color según el punto desde el que se mire; el berilo, verde como el mar; el crisoprasio, de color de manzana; y el jacinto de color de llama. ZP era un extremado esteta.

Las esmeraldas del Perú o de Zambia. Los crisoberilos verde manzana; los peridotos verde oliva; turmalina verde botella, matizadas por los tonos más claros del berilo y del crisoprasio… El zafiro de agua de Ceilán, con sus irisaciones dudosas y cambiantes; el ojo de gato, con su pupila de plata atrapada en un cuarzo verdoso; la piedra de luna, de una palidez lechosa y azulada; y sobre todo, el ópalo noble, esa gema de una sensibilidad exquisita, que parece sufrir y alegrarse según la temperatura de la mano que la toca, y que arroja, en su fondo de porcelana blanca, un fuego tímido y cambiante, como un recuerdo de hoguera moribunda.

Pulcherrimus est mundus. Ah la Jerusalén Celestial: «Los cimientos de la muralla de la ciudad estaban adornados con toda clase de piedras preciosas: jaspe, zafiro, calcedonia, esmeralda, sardónica, cornalina, crisólito, berilo, topacio, crisoprasa, jacinto y amatista». Fundamenta muro ornata omni lapide pretioso.

El fuego del topacio, con su tono de azúcar quemado, y el verde sombrío de la turmalina, que parecía retener la sombra de los musgos, no eran simples adornos; parecían extensiones de su propio capricho, fragmentos de una geología personal que ZP escondía para desconcierto de quienes buscaban en sus joyas únicamente el valor de los diamantes de la Bolsa.

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