
“Le moi est haïssable”(«Pensées», fragmento Lafuma 597) “El yo es detestable”, afirmó Pascal, no porque el individuo deba anularse moralmente, sino porque la conciencia encerrada sobre sí misma se deforma y enferma.
El yo es aborrecible, odioso. En efecto. En el siglo XVII, Pascal lo atacaba por razones teológicas: el individuo caído quiere convertirse en centro de todo. Nuestro yo contemporáneo, en cambio, es detestable por razones disímiles, como su puesta en escena en las redes o por ser objeto continuo de autoobservación. Nuestro yo narcisista no tiene como fuente fortalezas interiores, sino una generalizada ansiedad y el común despiezamiento.
El clima contemporáneo es terapéutico, no religioso. Las personas ya no buscan la salvación personal, sino la sensación -la ilusión momentánea- de bienestar, salud y seguridad psíquica. El narcisista depende de los demás para validar su autoestima. No puede vivir sin una audiencia admirativa, escribió el siempre lúcido, y hoy nada leído, Christopher Lasch.
Somos hombres cuyo temple psicológico, en el fondo, nace para complacerse. Nuestro yo orgulloso exige una autenticidad permanente, tarea compleja pues se evaporaron los marcos trascendentes en que anclarlo.
Acaso el cuadro de Magritte «La reproducción prohibida» exprese visualmente la idea de que el yo moderno ya no puede representarse de un modo transparente. El cuadro despierta un terror silencioso. Sobre la repisa aparece un ejemplar de «The Narrative of Arthur Gordon Pym of Nantucket» de Edgar Allan Poe. Un detalle genial. Los personajes de Poe se hundían en laberintos mentales y vivían atrapados entre la racionalidad y el delirio.
“Le moi est haïssable”
