Cornaro 55

La lectura es el gran antídoto contra la estrechez de miras y el fanatismo. El hombre que no lee vive en una penumbra mental, esclavo de los prejuicios de su época y de su entorno, incapaz de elevarse sobre la chatura de lo cotidiano. Quien no lee es como un ciego que camina por un museo de maravillas sin enterarse de nada de lo que le rodea. Vive en un mundo pequeño, porque los límites de su lenguaje son los límites de su mundo. Al carecer de lecturas, carece de las palabras precisas para nombrar sus propios sentimientos, sus dudas, sus esperanzas. Su pensamiento se vuelve tosco, rudimentario, incapaz de matices. Condena al individuo a la repetición de los tópicos, a la aceptación sumisa de las ideas masticadas por otros. Es un ser desarmado frente a la manipulación.

«La pérdida de la imaginación literaria produce ciudadanos técnicamente competentes pero moralmente obtusos. Alguien que no lee novelas, que no se sumerge en las vidas de personajes distintos a él, carece de la ‘imaginación narrativa’. Es incapaz de comprender cómo se siente ser una persona de otra raza, de otra clase social o de otro género. El no lector tiende a ser un analfabeto emocional, alguien que juzga el mundo exclusivamente desde su propia comodidad, viendo al ‘otro’ no como un ser complejo, sino como un estereotipo o una amenaza», Martha Nussbaum.

«Quienes no leen son los perfectos súbditos de los tiranos. Una mente que no se ejercita en la lectura es una mente blanda, dispuesta a creer lo primero que se le dice con suficiente fuerza o repetición. Los libros enseñan a dudar, a comparar, a disentir; el que no lee, en cambio, acepta la realidad como algo dado e incuestionable. El analfabetismo por elección es la renuncia voluntaria a la libertad del espíritu, entregando el timón de la propia conciencia a las opiniones de la masa o al dictado de los poderosos», Voltaire.

El antiguo lector —incluso el lector mediocre— vivía acompañado por una cierta noción de jerarquía espiritual: sabía que había autores más altos que él, libros que exigían esfuerzo, obras ante las cuales convenía demorarse humildemente. El no lector contemporáneo, en cambio, suele confundir espontaneidad con inteligencia y opinión con conocimiento. La mayor parte de la gente no lee porque leer exige silencio, soledad y disciplina interior; exactamente las tres cosas que la sociedad moderna detesta. El hombre contemporáneo quiere estímulos, no contemplación. Quiere pasar rápidamente sobre las superficies, no penetrarlas. Por eso consume imágenes y consignas con una avidez casi animal, pero raramente soporta la lentitud de una página verdaderamente bella. El no lector vive condenado a un presente perpetuo y banal. Carece de muertos ilustres en su memoria. No conversa interiormente con nadie.

El lector antiguo subrayaba, copiaba, memorizaba, establecía relaciones; convivía físicamente con los libros. El lector contemporáneo tiende a deslizarse superficialmente sobre las páginas como quien hojea anuncios. Cuando una sociedad pierde el gusto por la sintaxis compleja y por el matiz verbal, pierde también capacidad de pensamiento.

Los mitos, la tragedia griega, la épica antigua, no son adornos culturales: son instrumentos para comprender las pasiones humanas. Una persona que jamás ha leído a Homero o a Sófocles quizá ignore hasta qué punto su experiencia del mundo es más pobre, más inmediata y menos consciente de sí misma. Leer a los clásicos nos libera un poco de la cárcel de nuestro tiempo. La cultura literaria ha dejado de conferir prestigio social. Antes incluso los mediocres aspiraban a parecer cultos; hoy muchos exhiben orgullosamente su ignorancia. El no lector contemporáneo no siente carencia alguna: ésa es quizá la tragedia. Vive satisfecho dentro de una pobreza espiritual cuya existencia ni siquiera sospecha.

Hay campesinos, artesanos o personas sin hábitos literarios que poseen una exacta intuición moral, profundidad afectiva o inteligencia práctica extraordinarias. No desearía identificar casi automáticamente “no leer” con “inferioridad espiritual”. Lamento si sueno socialmente estrecho o incluso involuntariamente soberbio

La gente que no lee acaba teniendo conversaciones extrañamente repetitivas. Sus ideas proceden casi siempre del ambiente inmediato, de la prensa o de lugares comunes sociales. Los libros introducen diferencias de temperatura en el espíritu. Sin literatura, la vida personal se vuelve sorprendentemente pobre en asociaciones y resonancias. No leer grandes libros produce una especie de provincialismo mental. La persona puede ser competente en asuntos prácticos y, sin embargo, permanecer intelectualmente subdesarrollada porque nunca ha aprendido a pensar fuera de su pequeño círculo temporal y social.

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