Usted utiliza una prosa que recuerda a las páginas más lúcidas de un Juan Donoso Cortés o a los análisis contemporáneos del filósofo Miguel Ayuso. Espero que en mi réplica no me considere azuzado por una vil demogresca y me vea resumido simplemente en «un imbécil liberal» (tengo mucho de una de esas dos cosas)
El siglo XIX fue peculiar. Sí, Gregorio XVI, en su encíclica Mirari Vos (1832), no anduvo con ambages a la hora de calificar la libertad de conciencia, raíz emponzoñada de la que brota la imposibilidad de una verdadera integración cristiana. Citemos in extenso: «De esa espantosa fuente del indiferentismo mana aquella sentencia absurda y errónea, o mejor dicho, locura, que afirma que debe garantizarse y asegurarse a cada cual la libertad de conciencia (…). De aquí la mudanza de las mentes, de aquí la depravación de la juventud, de aquí el desprecio de las cosas sagradas y de las leyes más santas en el pueblo; en una palabra, la peste más mortífera para las repúblicas, ante la cual la experiencia de todas las edades demuestra que las ciudades que florecieron por sus riquezas, por su poder y por su gloria, perecieron por este solo mal: la libertad inmoderada de opiniones, la licencia de los discursos y el ansia de novedades».
Asimismo, y usted lo sabe, leyó y estudió, León XIII, en Libertas Praestantissimum (1888), diseccionó cómo la libertad religiosa arranca la corona a Cristo para dársela al consenso social, convirtiendo la caridad en un servicio utilitario. Étienne Gilson y Thomas Molnar analizaron con amargura cómo la Iglesia, al adoptar el lenguaje de los derechos humanos y de la libertad religiosa, se desarmó a sí misma, transformando sus misiones en meras agencias de desarrollo de las Naciones Unidas.
Que quede claro. Sr. De Prada, su núcleo cosmovisivo es profundamente totalitario, teocrático y, en última instancia, impracticable en el siglo XXI. Usted plantea un dilema falso y muy peligroso: que para salvar el alma del inmigrante hay que anular su derecho legal a elegir su fe, y que la libertad religiosa es un invento «impío» diseñado para destruir la Iglesia.
Lea, sin sesgos cognitivos, apaciblemente, este pequeño convoy de citas (uno siempre sueña con la conversión de furibundos tradicionalistas en sensatos liberales):
«La libertad de comunicación es sin duda esencial para el progreso de la ciencia, pero la libertad de conciencia lo es aún más para el desarrollo de la dignidad humana. Un Estado que impone una ortodoxia religiosa o ideológica esteriliza la mente de sus ciudadanos. El misterio del universo es demasiado vasto para ser encasillado en un solo dogma obligatorio. Solo en una sociedad donde el hombre es libre de elegir su camino espiritual puede florecer la honestidad intelectual necesaria para descubrir las leyes de la naturaleza.», Albert Einstein, Ideas and Opinions.
«Nadie puede ser cristiano si carece de caridad y de esa fe que actúa no por la fuerza, sino por el amor… La salvación de las almas pertenece exclusivamente a Dios y a la conciencia de cada individuo. El cuidado de las almas no puede pertenecer al magistrado civil, porque la fuerza no convence a nadie; solo el entendimiento puede cambiar las mentes. Tratar de salvar a los hombres mediante la coacción, obligándoles a profesar religiones que no sienten como verdaderas, no es llevarlos al cielo, sino condenarlos a la mentira y a la hipocresía pública.», John Locke, A Letter Concerning Toleration (1689)
«En Europa, la religión y la libertad han marchado casi siempre en direcciones opuestas. En América, las encontré íntimamente unidas. Los católicos americanos son los ciudadanos más fieles y, al mismo tiempo, los más firmes defensores de la libertad de cultos. Entendieron que para que la fe sea respetada, debe renunciar al poder de coacción. Cuando una religión busca el apoyo de la ley para imponerse o para frenar a otras, se vuelve tan frágil como las instituciones humanas. La libertad religiosa no debilita a la Iglesia; la purifica, permitiéndole reinar por la fuerza moral de su mensaje y no por el miedo al decreto estatal.», Alexis de Tocqueville, La democracia en América (1835)
En serio. Me parece profundamente aterrador que usted, creyéndose poseedor de la verdad absoluta, considere que la libertad de los demás es un estorbo para el bien común. Aterrador y casi bárbaro.
