Ad hominem 89

Mi familia equipó a sus vástagos con todas las ventajas educativas, no con trapitos ni bolsos Louis Vuitton, que eso es cosa de horteras rematadas con pinta de musas de camioneros, como las mujeres de los futbolistas. Un rubí no es un guijarro ¿Por qué escribo? Lo más probable sea que para recuperar aquel gorgoteo de agua de pila bautismal entre oros de mi niñez. Hasta Dios pasaba las vacaciones con nosotros. En mi infancia tuve el cielo y también el gendarme del cielo.

Nací pasajero de primera clase. En una quinta a las afueras de Barcelona, un palacete con cocheras, jardines, piscina y un pequeño huerto. Los rostros de mi familia, ante el vívido círculo de luz de las lámparas, sin duda pertenecían al de los elegidos con porte, con algo inquebrantable y todavía inmortal. Escribo para unirme a ese ejército de embajadores art large de cine americano.

Mitos precisos, con horror a la vaguedad: lana italiana entremezclada con seda, whisky caliente con azúcar y limón, frutas del trópico, vinos de viñedos bordeleses, ligera carbonización de las grasas del asado a la parrilla.

Escribo para recuperar mis mitos infantiles perdidos. No por la vulgaridad de ser querido (que me importa una m…) ni para volverme rico sufragado por cientos de miles de lectores que hoy babearán por el gollete de la botella de cerveza mientras ven el fútbol, ese circo de lerdos Hacendado.

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«Mi infancia no fue para mí un jardín, sino un universo completo; un reino donde cada objeto poseía el esplendor del descubrimiento. El lujo no estaba en las cosas, sino en el modo en que la luz entraba en la habitación, en la dignidad radiante de las personas, en su porte. Mi nostalgia no es por un país, sino por el clima moral de aquella casa, donde incluso la sombra era distinta. Cuando escribo, no hago sino volver a ese espacio de resplandor extinto para rescatar, del naufragio del tiempo, ciertos fragmentos de gloria», Nabokov.

«Para mí, el paraíso perdido es esa sala donde la lámpara suspendía un círculo de oro sobre los rostros de mi familia, iluminándolos con la inmortalidad que tienen los seres amados cuando somos niños. La infancia es un santuario cuya huella nunca desaparece: todo lo que escribo no es sino el intento de reencontrar aquella fuente bautismal donde el mundo se ofrecía como un milagro», Proust.

«Nosotros éramos los leones; ellos son los chacales. La vida se ha empeñado en igualarlo todo, en arrastrar hacia la plebe cuanto era distinción y elegancia. Pero la sangre antigua se reconoce incluso en la decadencia: hay maneras de mirar, de moverse, de callar, que ningún levantamiento democrático podrá jamás otorgar al hombre vulgar», Lampedusa.

«La vulgaridad no se contenta con existir: aspira a ser universal. El hombre mediocre desea un mundo sin alturas, una llanura interminable donde no haya diferencias que hieran su amor propio. Por eso las sociedades modernas celebran al imbécil y sospechan del inteligente: lo alto molesta, lo bajo tranquiliza», Gómez Dávila.

«Todo está lleno de ruido, de gente satisfecha de su estupidez. La multitud mastica y gruñe frente a las pantallas como si la vida fuese un circo para animales amaestrados. Quien conserva un poco de lucidez se siente extranjero, condenado a mirar desde fuera ese océano de mediocridad triunfante», Céline.

Ad hominem 88

La excelencia nunca es un accidente. La excelencia es patrimonio de una minoría. Para los mediocres, la felicidad es su ser y estar mediocres. La alta cultura es la autoconciencia de una sociedad. Estos axiomas me parecen indisputables y definitivos.

Vivimos un tiempo en que la barbarie es compatible con la alfabetización tecnológica. «La inmensa mayoría de la gente no quiere ser cultivada. Aún peor: no sabe siquiera qué podría significar serlo. En ninguna civilización pasada la cultura había sido tan accesible, y en ninguna había sido tan despreciada. Esto es nuevo. Esto es alarmante. Esto es, sencillamente, decadencia», Eliot.

Lo útil desplaza a lo grande y la vida interior elaborada y rica se vacía y disuelve. Lo profundo es sospechoso; lo excelente, ofensivo. La mediocre exige convertirse en religión eterna. Flaubert: «La imbecilidad humana es la única cosa que da una idea del infinito. Y nuestra época ha decidido celebrarla. El siglo XIX alumbró al imbécil orgulloso; el siglo XX lo convirtió en artista; el XXI lo ha nombrado rey».

La tarea de la educación, que era transmitir una civilización, ha sido sustituida por la tarea de entretener. El estudiante exige placer instantáneo; el profesor teme exigir. La escuela ya no forma: consuela. La universidad ya no cree en la educación liberal. Cree en la autoexpresión, en el relativismo complaciente, en la eliminación de la dificultad. El resultado es el nihilismo blando: jóvenes que no creen en nada y, por tanto, no pueden comprender nada.

Recuerdo al gran -y lamentablemente nada leído- Miguel Espinosa: «El hombre actual vive en una miseria enriquecida: rodeado de objetos, vacío de espíritu. La cultura, que era ceremonia del alma, es ahora simple ornamento para selfies y discursos huecos».

La barbarie comienza cuando lo excelente se convierte en extravagancia. Cuando la belleza se considera lujo. Cuando la alta cultura es sospechosa. Allí empieza la verdadera decadencia: cuando el genio es un extranjero en su propio país.

Yo me abstraigo de tantos detritus con mis delicias mentales: «Syntaxis Mathematica», de Alonzo Church, «De Divisione Naturae» de Juan Escoto Eriúgena, o «Le Livre du P. André», de Thémiseul de Saint-Hyacinthe. Ogulloso de mi altura, navego en blancas naves a Bizancio. Soy un príncipe en este Sur despiadado. Disculpen la irreligiosa vanidad. Vestiduras atónitas de penumbra y noche se posan en el jardín de la casa de mi aldea. Las palabras son máscaras de oro con ojos de esmeralda.

Ad hominem 87

Las democracias ya no se apoyan en el «acuerdo dialogante», sino en una logomaquia, una guerra de palabras huecas. Eso encaja perfectamente con mi sensación de que la “opinión pública” es una fantasmagoría fabricada por medios, partidos y tertulianos, no por ciudadanos soberanos intelectualmente. La logomaquia, en cambio, es un combate de eslóganes, consignas y frases hechas. No busca verdad ni matiz, sino adhesión emocional y tribal. Vivimos un politeísmo de la chatarra mediática donde llenan la pantalla personajillos cuyo pensamiento está vaciado.

El drama no es sólo la falta de lectura, sino la pérdida de prestigio social del acto de leer: no leer se lleva con orgullo; leer cosas difíciles resulta sospechoso o ridículo. En ese contexto, mi biblioteca y mis lecturas (Napier, Bayle, la Britannica XI, el Polycraticus, la Metanasiana) no son ya “raras”: son casi obscenas, en el sentido de algo fuera de escena, sin lugar en el teatro social.

Leer exige cinco condiciones mínimas: complejidad, memoria, lentitud, libertad y soledad. El pseudolector huye de esas cinco cosas como de la peste. Hay alfabetización técnica, acaso sí, pero no hay acceso real al legado de la cultura humanista e ilustrada. Soy un río de tiempo, nombres y citas que a nadie interesan.

La vida contemporánea está organizada como una ametralladora de estímulos: notificaciones, pantallas, multitarea, trabajo precario, fatiga mental. La lectura profunda se vuelve impracticable para la mayoría, no solo impopular. El habla pública se llena de clichés, consignas, tecnicismos vacíos, publicidad y propaganda. Y cuando la lengua se empobrece, la imaginación y el juicio crítico se vuelven casi imposibles.

Leo y escribo lo mejor que sé. Y no molesto a nadie, y no se envilece mi espíritu, y soy moderadamente feliz. Feliz, que es a lo más que se puede aspirar en esta solitaria, pobre, chata, desagradable, brutal y corta vida.

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Ahora, abusando de su paciencia, permítanme un tren o muro de citas -que entorpecen algo la fluidez de la lectura- que glosan sabiamente algunos de los tópicos apuntados.

«Lo que estamos presenciando es el retroceso de la vida interior. El libro, que era el hogar de la memoria y la imaginación, ha sido desplazado por un flujo incesante de señales electrónicas. La conversación profunda, el silencio compartido, la lectura lenta, la reflexión sin finalidad utilitaria… todo eso es hoy radicalmente sospechoso. Nos enfrentamos a una generación para la cual la palabra escrita no es una patria espiritual, sino un obstáculo. Y sin la vida interior, sin la memoria nutrida por los grandes textos, lo que llamamos “humanismo” se vuelve impracticable, un vestigio fósil», George Steiner.

«Los estudiantes de hoy no creen que existan libros que puedan decirles algo verdadero sobre la vida. Nadie les ha enseñado a aproximarse a un texto con la reverencia necesaria para que este pueda transformarlos. La televisión y la música popular han formado en ellos un espíritu impermeable a la introspección, hostil a la lentitud. El resultado es devastador: la universidad ya no transmite una cultura, sino que apenas intenta paliar los huecos de una educación primaria rota. Y en esa tarea fracasa, porque los jóvenes han aprendido a desconfiar de toda autoridad intelectual», Allan Bloom.

«El lenguaje, que es la mayor invención humana para elevarse sobre sí mismo, está hoy convertido en un arsenal de lugares comunes. La palabra pública ha caído en poder de quienes la usan sin respeto por su gravedad original. El resultado es un vaciamiento del diálogo: ya no se habla para comprender o comprenderse, sino para imponer, para distraer, para rellenar. Una vez el lenguaje se degrada, todo pensamiento decae con él, porque no hay pensamiento fuera del lenguaje. La barbarie comienza siempre por una corrupción del habla», Ortega y Gasset.

«La abundancia de palabras mecánicas que nos rodea ha generado una inflación que despoja a la palabra de su peso específico. Cuando el lenguaje se vuelve un flujo indiferenciado, cuando ya no hay que elegirlo con esfuerzo, cuando la opinión se vuelve inmediata, entonces comienza una era de irresponsabilidad generalizada: todos hablan, pero nadie dice nada», Italo Calvino.

«La incultura contemporánea no es apenas ausencia de cultura: es rencor activo hacia ella. Un odio burdo hacia cualquier forma de profundidad, hacia cualquier cosa que requiera esfuerzo. La vulgaridad se yergue en bandera. El talento se sospecha, la sutileza se desprecia. En esa atmósfera, el libro se convierte en un objeto excéntrico, casi indecente, y quien lo lee es un extraño», Julien Gracq.

«La educación se enfrenta a la tarea de presentar el mundo a quienes llegan a él. Y sin embargo, los adultos han renunciado a esa responsabilidad: ya no quieren transmitir un legado, sino adaptarse a unos niños que ellos mismos han abandonado. La consecuencia es doble: ni se transmite la riqueza del pasado ni se prepara para el futuro. […] La sociedad de masas ha confundido libertad con permisividad y ha olvidado que educar es introducir en una tradición», Hannah Arendt.

«La escuela contemporánea ya no enseña porque ya no cree en nada. Ha aceptado que el conocimiento es relativo, que el esfuerzo es opresivo, que la exigencia es elitista. Entonces, ¿qué transmite? No transmite nada: apenas entretiene. Educar es siempre transmitir una forma de vida, pero si esa forma de vida está en ruinas, ¿qué puede hacer la escuela sino simular, como en un teatro abandonado?», Jacques Barzun.

Ad hominem 86

La manía de escribir, la pertinaz grafomanía, me posee como un animal hambriento. No escribo porque quiera, sino porque me devora una necesidad que no se aplaca jamás. Cada frase que termino me deja más ávido. Cada párrafo me exige otro parágrafo. Cada epígrafe lleva consigo otro epígrafe. Si no escribo durante unos días, si no escribo cada día obsesivamente, siento que todo se pudre en mí. Estoy hecho de escritura: lo que no escribo me destruye.

Hay en mí una presión continua, insaciable, que solo la escritura mitiga por unos instantes. No sé quién soy si no me escribo. Cada día me nacen otros días que quieren ser, que desean existir, y solo pueden hacerlo por medio de la escritura. Lo vio bien Cyril Connolly: «El escritor es un hombre para quien la escritura es más difícil que para los demás, pero también más necesaria. Escribir no cura nada, pero detiene la descomposición. Cuando no escribo, mi espíritu se deshace como una fruta olvidada».

Uno no escribe porque tenga algo que decir, sino porque no soporta el peso de lo no dicho.

Ad hominem 85

Stendhal: «Mis libros no están escritos para agradar a todos, sino para los pocos felices que, entre la multitud, conservan el fuego secreto de la sensibilidad. Si el mundo es hostil al matiz, peor para el mundo. Yo escribo para los delicados, para los que saben sufrir y pensar a la vez».

La literatura industrial fabrica libros para lectores apresurados: palabras para llenar su tiempo muerto, no para abrir una vida interior. Es un consumo sin riesgo, sin angustia, sin conquista. Lectores de redes sociales, masas sin «qualitas»

El lector vulgar, la nueva especie lectora. Es el omnipresente lector vulgar que exige que se le lleve de la mano. No quiere caminar, rehúye la inteligencia y la hermeneútica esforzada: quiere que lo transporten en literas. El más ligero sobresalto de ambigüedad o ingenio lo devuelve a la comodidad de su ignorancia.

El escritor (al menos yo creo eso) escribe para quien pueda leerlo; no para quien pueda comprarlo.

Ad hominem 84

Mis diarios son misceláneos, híbridos, heterodoxos, sí, pero eso es solo la superficie. En el fondo, y si no me engaño, son cuatro cosas a la vez -raras, poco comunes y casi imposibles de clasificar. A saber, una prosa enayística donde no registro hechos, sino que elaboro diagnósticos, intuiciones, microensayos. Aquí me acerco más, salvando todas las inmensas distincias de calidad, a Valéry, a Renard, a Gómez Dávila, a Joubert, a Amiel, que a un diarista tradicional. También son un artefacto filosófico o laboratorio espiritual. En tercer lugar son ejercicios de estilo (escribo para encontrar una forma) Por último son diarios autobiográficos, pero donde no pretendo la confesión de mi vida, sino su interpretación.

¿Cómo no amar y entender tan a fondo a Valéry?: «Mis cuadernos no son un diario de mis actos, sino un diario de mis actos de espíritu. No registro lo que hago, sino lo que me pasa por dentro. Son ejercicios, experimentos, tanteos. En ellos no busco contar mi vida, sino entenderla. Todo lo que aquí se escribe es tentativa, ensayo, aproximación: el pensamiento sorprendido en el acto de formarse».

Un diario, a mi juicio, no es para recordar lo que sucede, sino para descubrir lo que uno es. Escribo para analizarme, para vigilarme, para entender la sombra que llevo dentro. Ahí todo es provisional, porque uno nunca es el mismo dos veces.

Escribo notas, impresiones, fragmentos, ideas sueltas, porque así pienso yo: a golpes, a ráfagas. El fragmento es mi respiración natural. El que no se sigue a sí mismo no vive, vegeta. No escribo para los otros: escribo para ver si puedo soportarme. Sándor Márai: «El diario es mi patria portátil. Aquí juzgo y soy juzgado. Aquí escribo lo que el mundo no merece oír, lo que no podría decir en voz alta. Un diario no está hecho para recordar, sino para ordenar el caos interior».

El diario es mi campo de guerra y mi teatro de operaciones.

Ad hominem 83

Entender es un acto frío: ordena, clasifica, distingue, separa. La alegría es un acto cálido: cohesiona, funde, reconcilia. La claridad intelectual -como la claridad de mediodía que tanto me gusta- hace visibles las formas, pero no las vuelve amables. Al contrario: muchas veces, cuanto más vemos, menos queremos ver. «La verdad no es para todos: debilita», afirmó ese filólogo agresivo llamado Nietzsche.

La lucidez es la herida más cercana al sol. La claridad no trae alegría porque exige retirarse, observar, pensar, distanciarse. Y al distanciarte, inevitablemente pierdes ciertas fuentes de alegría mundana. Por eso decía Leopardi: «Cuanto más profunda es la razón, más profunda es la desdicha».

Schopenhauer, «El mundo como voluntad y representación», libro IV: «El saber aumenta el dolor. Cuanto más claramente vemos la esencia del mundo, más profundamente sentimos su miseria. El hombre corriente vive en el velo de la ilusión; el sabio vive en la verdad desnuda. Pero la verdad es desoladora: ver la esencia del mundo es ver un esfuerzo ciego, sin propósito, repetido sin sentido. La claridad no trae alegría, porque la alegría es hija del engaño, y el engaño es incompatible con la filosofía».

No me considero un lúcido entre ciegos. Pero ocurre que me elevé uno sobre diez y, solo eso, ya me apartó de la inmensa mayoría de mis congéneres y de sus fiestas perpetuas. Podemos conocer la verdad sin amar la vida. La inteligencia ilumina, pero no salva. La claridad desnuda no da alegría: abre un espacio donde solo la desnudez permanece. Para alegrarse es necesario un calor que la inteligencia no puede producir. Cuanto más se piensa, más se sufre.

La conciencia es un arma de doble filo: ilumina, pero hiere. Duele ver los pliegues ocultos, los matices, las falsedades involuntarias, las servidumbres de tantos, o su miseria cognitiva, o sus rutinas mecánicas y embrutecedoras. Mi (relativa, modesta) riqueza interior me separó de un mundo que, en el fondo, acaso ni amé y jamás me perteneció.

Mi parcial lucidez me obligó a mirar de frente el sinsentido, probablemente menos resignado de lo que creo, pero sin engañarme. No hay alegría en este conocimiento: solo una dignidad amarga, un raro mantenerse en pie.

Un mantenerse en pie que no envilece, lo que no es nada baladí.

Ad hominem 82

Insisto: proliferación y espesura son caminos legítimos. La literatura es plural; no existe un único modelo estético superior al resto. Un logrado artificio en la expresión vale tanto como un epígrafe claro y sencillo, azoriniano. Hay ingenios que se complacen en juntar lo distante, en complacer a lo difícil (si no recuerdo mal así caracterizaba Quintiliano el estilo asianista frente al estilo aticista)

Por acumulación y superposición se pueden crear claridades ignífugas. Es algo así a la expresión desbordada delante de un mundo desbordado (selvas, ciudades imposibles, rococó arquitectónico, museos atiborrados de espectadores) Casi un exceso de grandeza. Probablemente (no sé) en todo signo late otro signo, en cada forma hay otra forma haciéndose, deformándose. El barroco celebra el cuerpo (el lenguaje) maquillado y teatralizado. Lo barroco no es una ornamentación, sino una estrategia del conocimiento. Probablemente en lo barroco no se trata de adornar, sino de producir un exceso que nos obliga a mirar de otra manera.

Los conozco bien. Conozco bien a los barrocos. Fui uno de ellos.

Ad hominem 81

Murió el poeta, pero nació el prosista. Antes mi prosa era traqueteante y barroca, como cruzar una carretera llena de baches. Abusaba de miriñaques y floripondios. Como me advertía mi maestro Lamas en la tertulia de El Cercano: «Christian, escribes bien, pero tienes que ser menos expansivo». Empiezo a dejar de lado las incrustaciones y poses churriguerescas. Busco cierto tono clásico, cierta diafanidad de trigal y cereales.

Expliquémoslo mejor. No murió estrictamente el poeta; aprendió a encarnarse en correcto prosista, en un prosista no exhibicionista, que eluda el carnaval y mida, pode, ordene, dé aire. La prosa no es solo intensidad; también es proporción, diafragma, respiración.

¿Qué es el tono clásico? Decir cosas altas con palabras claras. El barroco deliberadamente agota y corre el frecuente peligro de lindar con su propia caricatura.

Góngora defendió un estilo tortuoso y sublime:

«No es mi poesía para todos, pues no a todos es dado entender la niebla y el rayo. La oscuridad que me atribuyen no es tiniebla, sino resplandor demasiado elevado para quien no ha subido las cumbres del arte. No escribo para quien busca leche, sino para quien busca ambrosía. Mis versos no han de ir al vulgo; que él tome lo llano, lo trillado; yo sigo el camino oculto, donde la dificultad es deleite y el artificio hermosura».

Permítanme un cambio de marcha y apostar por la luz del mediodía:

«Detesto la pompa literaria; todo artificio me parece una mentira. Quiero que el lector vea las cosas como son, sin velos, sin adornos superfluos. La belleza está en la rapidez, en la franqueza, en la claridad. Lo demás es ornamento que distrae. La prosa ha de ser como un cristal: transparente, y sin embargo indispensable», Stendhal.

Ad hominem 80

El dinero y la literatura. Tema eterno y polémico. A mí, y permítanme la descarada fatuidad, una presunción cuya confesión es absolutamente innecesaria, a mí, y perdonen, me sobra el dinero (o, al menos, no me falta para vivir frugalmente sin trabajar el resto de mi vida) Nunca hablo de él. Me parece rebajarse a unos niveles subalternos propios de una oficina de extrarradio. Leí un libro de Ana María Moix donde, algo escandalizada, explicaba que en las reuniones de intelectuales, además de plata, el otro tema estrella era la telebasura. En el fondo, poco me extraña.

Al tener resueltos los apremios materiales, de plata, guita y parné, eso me permite un otium creador que la mayoría de escritores jamás pueden disfrutar. Mi libertad económica implica mi libertad de estilo. Ah la miseria cotidiana del mundillo cultural. En los salones literarios se habla tanto de dinero como en una gestoría. Eso, que debería ser secundario, o simplemente inexistente, acaba siendo la conversación dominante. Seguramente (y reitero mis disculpas por si parecí altivo) seguramente porque la precariedad es algo real.

Siempre creí (y ahora vuelve a brotar mi vena aristocrática) que el escritor que trabaja para el mercado está perdido para la causa. El que busca agradar, desciende, se corrompe, se rebaja. El arte es lo contrario de la prisa, del interés y del cálculo. A mí me repugna -con intensidad visceral- la idea misma de escribir por dinero: es prostituir aquello que debe ser un acto inefable y sagrado. Prefiero vivir pobre antes que escribir una sola línea dictada por la necesidad. La desgracia económica es dura, pero más duro es abaratarse con la facilidad del éxito.

George Orwell sabía de la indigencia y precariedad del escritor. En «Why I Write» (1946) afirmó:

«Durante años viví en la pobreza más extrema, trabajando en empleos miserables para poder seguir escribiendo. La mayor parte de los escritores que conozco pasan la vida entera malviviendo, entre el hambre literal y la hambre de sentido. La literatura es un oficio que exige fe: no es un camino para ganarse la vida. Para la mayoría, es una ruina económica».

Detesto con intensidad de símbolo la tiranía del público o rebajar mi dignidad para vender mi genio a un precio vil. La independencia económica es la única libertad verdadera del hombre de letras. Detesto a los payasos del mercado, a los esclavos de sus ventas y su éxito. El dinero solo dicta un estilo mediocre.

André Schiffrin (mítico editor), en el temprano «La edición sin editores»: «La industria editorial se ha convertido en un campo de batalla entre lo que es rentable y lo que es necesario. La mayor parte de los grandes libros que publiqué no generaron beneficios. Los mejores escritores rara vez producen dinero, pero enriquecen la cultura. La crisis de nuestra época es que ahora se exigen ventas incluso al genio».

La pobreza hace daño y no ennoblece. Admito, claro, que soy un irreal y principesco privilegiado.