Ad hominem 79

Hace alrededor de dos semanas que escribo -lo advierto claramente- con precisión quirúrgica, elevación y entusiasmo y fulgor visionario. Apenas como o duermo. Es como una racha dorada, una febril clarividencia, un estado de gracia y flujo en que el pensamiento tiene exacto trasunto en la expresión. Un pensamiento más veloz que el tiempo requerido para teclearlo. Mi mente arde inflamada, con una urgencia que desgarra. Soy un médium feliz de mi propia alborotada inteligencia. Tiemblo. La escritura me atraviesa. Igual a un río desbordado anegando un arrozal una noche de luna luminosa.

García Márquez, y cámbiese lo mucho que debe ser cambiado, explica en «Vivir para contarla», el trance, la posesión alada, en que escribió «Cien años de soledad»:

«Fueron dieciocho meses de encierro absoluto, sin salir una sola vez, sin ver el sol ni el mar. Me levantaba y me sentaba a escribir de una vez, con el café recién hecho y un cigarrillo humeante. Escribía doce, catorce, a veces dieciocho horas seguidas, en un estado de exaltación continua. Sentía que la novela estaba ya escrita en alguna parte y que yo sólo tenía que copiarla al dictado. No pensaba: recordaba. Nunca he vuelto a escribir con esa velocidad, esa nitidez y esa alegría sobrenatural».

Al escribir estos post las teclas zumban como empujadas por un viento de altura. Duermo poco, apenas pruebo alimento; los textos exigen todo de mí. Estoy poseído de un fuego frío que no arde, sino que ilumina. Las ideas se presentan completas, terminadas, listas para caer sobre la pantalla.

Escribo como afiebrado, con una rara violencia o tensión que no controlo del todo. Siento (su colores, sus aromas, sus relieves) las frases antes de pensarlas, como si me fueran empujadas desde algún cubículo o sótano secreto interior. Apenas duermo, insisto, apenas vivo. Escribir me extenúa, pero me mantiene en un estado de lucidez abrasiva.

No sé cuánto durará esto, pero debo seguir hasta el final.

Ad hominem 78

El «otium cum dignitate» u «otium divinis» se cultiva, se fermenta, en la afortunada soledad fértil. Aquí se halla la típica atmósfera del escritor; una soledad que no es ascetismo depresivo, sino artesanía espiritual. Retirémonos a nosotros mismos, no busquemos la burda y trivial sociedad; procuremos hacernos compañía digna. Aquel que se prepara una habitación en su interior, libre, clara, limpia y ordenada, no estará jamás solo. La mayor parte de nuestras agitaciones provienen de que somos extraños a nosotros mismos y entonces nos tememos y rehuimos; nadie habita su propia mansión. Una soledad bien gobernada, fértil, insisto, nos ofrece más compañía, nos nutre más, que la ciudad más populosa.

Pascal: «El hombre no soporta estar solo porque entonces se ve. Y sin embargo, solo en ese silencio descubre la verdad de sí mismo. Quien no puede permanecer en una habitación sin distracciones está condenado a no conocerse jamás. (…) El silencio no es vacío; es presencia pura».

O Rilke (párrafo que debiera estar grabago en las vigas de cualquier biblioteca de escritor): «Amar la soledad es difícil; pero casi todo lo que sucede es difícil. Una sola cosa es necesaria: la soledad. La gran soledad interior. Ir hacia dentro y no encontrar a nadie durante horas: eso es lo que hay que lograr. Estar solo como cuando se está enfermo, y sin embargo soportarlo y amarlo, para que llegue un día en que la soledad se vuelva fértil».

Sin olvidar al gran Pessoa: «No tengo compañía mejor que mi propia ausencia. Soy la sombra que me acompaña. Todo cuanto pienso nace de esas horas interminables en que no sucede nada, en que soy solo una conciencia flotando. De esa soledad vienen mis únicas riquezas. Si estuviera rodeado de gente, ¿qué podría escribir? La multitud ahoga las raíces; solo en el desierto crece cierto tipo de árbol».

Yo debo estar solo para trabajar. La soledad absoluta es la condición suficiente de toda obra seria. No puedo escribir si alguien respira cerca de mí; cada presencia humana es una distracción. Necesito oír únicamente el rumor de mis palabras, martilleando, ovillándose y desperezándose. He pasado siglos enteros en un cuarto vacío, solo para escuchar la típica oración con final de cola de pez.

Todo lo que he escrito ha sido engendrado por largas horas mudas, por ese aislamiento donde el yo se vuelve un amigo y un enemigo necesario. Sin esa frontera que me separa del mundo no podría pensar; sin ella no podría siquiera esbozar una línea.

No hay multitud que permita el crecimiento de la mente. El mundo nos empequeñece, la soledad nos expande.

Ad hominem 77

El melancólico que escribe transforma su enfermedad en arte. Lo que para otro sería peso, para él es impulso. Ese, exactamente, es mi caso. Para un temperamento como el mío, escribir no cura ni enferma por separado; es la única manera de no morir por asfixia interior. Sin escribir, me hundiría en el magma y las miasmas de mi propia densidad. Con la escritura, esa seclusa densidad se convierte en forma, en música, en pensamiento. Gracias a ese aliviadero no enfermo del todo (yo no escribo para estar sano) La escritura me mantiene en el punto medio entre la vida y la caída.

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(i) Escritura como cura

«Escribir sana porque obliga a fijar el malestar, a darle forma, a convertirlo en un objeto. Mientras el dolor permanece dentro de uno, es invencible; cuando se lo escribe, se vuelve externo, se hace soportable. No se trata de consolarse, sino de comprenderse. La literatura no cura la enfermedad, pero cura el espanto: ya no temes lo inexpresado», Cesare Pavese.

«El trabajo me curó. Si no hubiera escrito, me habría perdido. La escritura, con su disciplina, con su exigencia, aparta los pensamientos negros y permite al espíritu caminar por un sendero firme. No conozco medicina mejor para el alma que el trabajo literario», Chéjov.

(ii) Escritura como enfermedad

«La escritura es para mí una forma de enfermedad. Me consume, me devora, me impide vivir. Me quita la tranquilidad, me mantiene despierto cuando debería dormir, me obliga a mirar dentro de mí hasta que me duele. Cuando no escribo estoy peor: todo se acumula en mí como un veneno. Pero escribir no es alivio: es simplemente otra forma de sufrir, más ordenada y más lúcida. Escribir es abrir llagas con precisión», Kafka.

«Escribir es una peste que uno alimenta. A cada página, uno cae más hondo en sí mismo, y allí dentro no hay consuelo, solo repetición del malestar. El escritor es un enfermo que se autodiagnostica sin piedad. Y, sin embargo, la enfermedad es su única forma de vida», Thomas Bernhard.

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Para otros es, a la vez, salud y mal. Una enfermedad luminosa. Aquí ustedes pueden encontrarme.

Ad hominem 76

Soy saturnino. Mi melancolía escarba, formula, convoca. Con un total acomodo a la realidad, con un perfecto ajuste a ella, moriría mi impulso para escribir. Desacuerdo con el mundo, lo acuso y abronco como un niño enrabietado y herido. La bilis negra que vierte al castellano el cultismo «melancolía», no me permite asentir con el estado de cosas tal cual es; siempre hay una fricción, un decalaje, una pérdida, un duelo, un sufrimiento, un ideal incumplido.

Mi maestro Burton escribió como nadie sobre la génesis melancólica del escritor: «La melancolía es una enfermedad literaria: nace en aquellos que leen demasiado, en los que piensan demasiado, en los que se entregan a la contemplación. Quien se ejercita en las letras corre siempre el riesgo de hundirse en cierta oscuridad del alma, porque los estudios solitarios, los pensamientos profundos, la imaginación que se extiende más allá de lo que los ojos ven, todo eso alimenta una tristeza especulativa. El melancólico es, por lo general, un hombre de gran fantasía, de espíritu agudo, de imaginación poderosa. Y de ahí que tantos poetas, filósofos y eruditos hayan sido melancólicos: porque su mente, al elevarse, pierde también la firmeza; porque, al ver más lejos, ven también más abismos».

Si el pensamiento intenta elevarse por encima del universo, un viento de cola arroja a su vez una poco comedida angustia. Si te acomete la alegría, al instante sobrevienen pesarosos escrúpulos, y se abren rendijas de desasosiego en el hondón del alma. Si eres consciente de un atisbo de infinito, se refleja nítido en el espejo lo finito, el terrible límite. Si registras la transparencia, automáticamente el foco también apunta a lo opaco. Virginia Woolf: «La escritura nace siempre de un estremecimiento interior, de una sombra que se cierne sobre la conciencia. Cuando estoy demasiado adaptada a la vida cotidiana, demasiado cómoda, no puedo escribir; me falta tensión, me falta ese ligero temblor que abre el alma. La melancolía me hace permeable. La alegría me vuelve banal. Necesito, para escribir, una especie de fragilidad iluminada».

Soy saturnino. No me adapto nada bien a un mundo tan superficial. A veces no sé qué, pero siempre me falta algo. Busco la lentitud, la soledad fértil, cierta gravedad que rehúye el mundo. El hombre superficial no es nunca melancólico: está demasiado reconciliado con lo que hay.

Ad hominem 75

La idea de que la creación y las drogas están unidas es uno de los grandes mitos pop-intelectuales de nuestro tiempo más dañinos. La droga no da oficio ni sintaxis. En el mejor de los casos, obtienes un par de intuiciones y toneladas de basura ilegible. En el peor, te quedas sin obra y sin vida.

Flaubert, en famosa sentencia: «Sé regular y ordenado en tu vida, como un burgués, para poder ser violento y original en tu obra». O esta otra máxima esclarecedora de Baudeliare en «Los paraísos artificiales»: «El vino exalta la voluntad; el hashish la destruye… y convierte en holgazanes a quienes lo usan».

Rimbaud, Michaux, los beatniks, Burroughs, Lowry, Coleridge, De Quincey, etc., han alimentado la idea de que hay que desarreglar los sentidos para ver e ir más lejos. Paparruchas. Conviene recordar algunos hechos y evidencias incómodas: Coleridge, De Quincey, Lowry, Burroughs, etc., dejaron tras de sí obras poderosas y vidas devastadas, con largos periodos de esterilidad, destrucción personal y daños a terceros. Y muchas (por no decir todas) de sus páginas más sólidas fueron escritas antes, después o a pesar de las intoxicaciones, nunca gracias a ellas.

La escritura es una actividad intuitiva, pero también insidiosamente racional y epistémica, que requiere una conciencia alerta, una atención sostenida, excelente memoria de trabajo, y un avispado juicio crítico, cualidades que se pierden irremesiblemente con el yo intoxicado. La genialidad del maldito entre resacas y vómitos me parece una idea tan tonta como excéntrica (solo alcanza el nivel de mera caricatura adolescente)

El arte exige una dedicación casi religiosa, medida y orden: no admite distracciones inútiles, no tolera un espíritu disperso o alocado. El escritor debe preservar su energía para la frase justa, para la eufonía perfecta. Toda extravagancia, cualquier insensatez gastada en la vida es sustracción, demérito para la obra, palos en la rueda a la hora de crear una obra digna estéticamente. Mientras más burgués es el vivir, más intenso puede ser el escribir.

La vida desordenada destruye la capacidad de observación, y sin observación no hay literatura. La disipación vuelve estúpido al escritor: borra los matices, banaliza lo profundo, vuelve perezoso el pensamiento. Si quieres escribir bien, debes vivir bien, no en el sentido moral, sino en el sentido higiénico: dormir, trabajar, leer, escuchar. Ahí radica, como vio Chéjov, el nudo del asunto.

¿Acaso no estorba la inestabilidad falsamente revolucionaria de vivir a salto de mata? ¿Vivir al borde del abismo qué tipo de energía da sino la de la disipación menos sagaz? ¿No huye el bohemio de la lucidez y solo le permite balbucear pastosas palabras y resentidas ideas?

Mientras se pierde el tiempo en bares de mala muerte, la mejores páginas se pudren dentro de uno. El mito de la bohemia es una trampa para incautos. La obra exige calma, silencio, método. La bohemia solo deja cansancio.

Ad hominem 74

Alberto Manguel, enfermo hermoso de mi especie bibliómana, llegó a reunir más de 35.000 volúmenes en una casa del Loira donde transformó un granero en biblioteca. Esa biblioteca fue, literalmente, el centro arquitectónico de su vida: compró la casa por el espacio que prometía para los libros. En «La biblioteca de noche» recuerda una inscripción antigua sobre una sala de libros: «Lugar de la curación del alma», y añade que los libros son infinitamente pacientes, que esperarán al lector “hasta el final de sus días”.

Umberto Eco, propietario de una biblioteca privada de entre 30.000 y 50.000 volúmenes, se irritaba con los visitantes que preguntaban: “¿Y cuántos de estos has leído?”. Para él, la grandeza de una biblioteca personal está precisamente en lo no leído, en esa zona oscura que nos recuerda nuestra ignorancia y nuestra apertura al futuro. Hablaba de la biblioteca como “herramienta de investigación”, no como trofeo de lo ya consumido.

Mi biblioteca personal ronda los 20.000 ejemplares. Al deambular por ella, siento el alma de cada libro, tal si fueran corpúsculos vivos, siento su gravitación física, su percepción electromagnética como estar dentro de un vibrante y tornasolado campo de amapolas. Mi glándula pineal se excita, el cosquilleo sexual se agranda. Soy un loco maníaco de los libros. Mi biblioteca es una extensión de mi sistema nervioso, un complemento a mi república celular.

La temperatura del libro, la textura del papel vergé al pasar los dedos por las guardas, el olor a humedad y polvo como un antiguo perfume, el sonido al volver las hojas, al crujir el lomo, al cerrarse el tomo, todo es como chupar el pezón erecto de una mujer, como acariciar la espalda de la enamorada.

El coleccionista de libros no acumula objetos: acumula futuros. Cada volumen que incorpora a su biblioteca es una forma de afirmar que su tiempo todavía se extiende, que aún tiene por delante la posibilidad de una revelación. Por eso sus estantes nunca están llenos: porque la esperanza es inagotable.

«Siempre he imaginado la biblioteca como el único espacio donde el tiempo se suspende. Allí, bajo la lámpara, frente al muro de volúmenes que se extiende como una selva domesticada, ocurre la metamorfosis: el lector deja de ser un individuo aislado y se convierte en alguien que participa de todas las vidas posibles.

Cuando abro un libro, no abro únicamente la puerta a una historia: abro las compuertas de una memoria que no es solo mía. La biblioteca es el lugar donde los muertos respiran; donde, al tocar un lomo, siento el pulso de quienes lo escribieron. El mundo exterior, con sus urgencias y su ruido, se vuelve ajeno. Aquí, las horas no avanzan: se acumulan, se superponen, se reescriben.

A veces recorro los estantes sin intención de leer nada, solo para oír cómo los libros me llaman por mi nombre. Es un murmullo casi inaudible, como un viento que mueve las páginas sin que nadie las toque. Me basta pasar la palma de la mano por los lomos, detenerme en un título, en una tipografía, en un olor antiguo. La biblioteca es un organismo vivo; en ella se guarda la respiración de siglos.

Hay noches en que me siento en mi escritorio, en silencio, y tengo la sensación física -no imaginaria, física- de que la biblioteca me sostiene. Que no soy yo quien la posee, sino ella quien me posee a mí. Y esa posesión, ese abrazo de papel y tinta, ha sido, siempre, una forma de felicidad», Alberto Manguel, «La biblioteca de noche».

***

Recordemos con honores a Aurelio García Luján, 1958–2021.

Nacido en Bilbao, muerto en Foz, Lugo, rodeado por 40.000 volúmenes y una decena de gatos. En el pueblo le pusieron de mote «El estanterías».

A los 9 años robó su primer tomo: una edición barata de «La Odisea» en tapa blanda. Estudió Filología Románica a trompicones y consiguió un trabajo estable en una asesoría. A los 32 años, tras una discusión matrimonial por culpa de “otra caja de libros”, se produjo la iluminación: comprendió que, dado que solo se puede ser realmente fiel a una cosa, su matrimonio no era conyugal, sino bibliográfico. En confesión privada me dijo un día: «He mentido a todos. A mis padres les prometí una carrera. A mi mujer, estabilidad. A mis jefes, ambición. La única promesa verdadera que he mantenido es la que hice sin palabras a los libros: “no os abandonaré jamás”».

Vivió en su casa-biblioteca de Foz casi treinta años. No tenía salón: tenía Sala de Ensayo, Sala de Poesía, Cripta de los Incunables, aunque algún “incunable” fuera solo una edición de Valdemar de 1998. Dormía en una especie de pasillo flanqueado por literatura japonesa y tratados de mística renana.

Para pagar las facturas hacía trabajos de corrección y traducciones mal pagadas. Todo lo demás lo invertía en libros. Nunca viajó: para él, el viaje consistía en abrir una caja recién llegada de una librería de viejo de cualquier lugar del mundo.

Otra vez, lo recuerdo bien, hablando en la librería de viejo «Follas vellas» de Santiago, me dijo: «No tengo amantes, pero mis libros me han desnudado más que nadie. Ellos sí saben cómo huelo, cuánto sudo, en qué páginas tiembla mi mano».

Murió como vivió: sepultado entre páginas. Parte de su biblioteca se dispersó en subastas y librerías de viejo. Otra parte, la que nadie quiso, fue donada a la biblioteca de un instituto cercano, donde los estudiantes se quejaron de que “huelen raro”. Aurelito, amigo querido, estés donde estés, que te acune una Biblia de Gutenberg o el «Traité des arbres fruitiers», de Antoine Duhamel. No estás solo.

Ad hominem 73

El tópico es antiguo: ¿de qué se alimenta un escritor? ¿De la vida vivida o de la vida leída? ¿De experiencias o de palabras? ¿De heridas o de bibliotecas? Toda la tradición oscila entre esas dos fuentes, que rara vez están separadas. Un escritor es siempre -por lo menos- hijo de dos madres: la experiencia y la cultura. La primera da intensidad; la segunda da forma. Como decía Borges: “La literatura no es la vida, pero sin la vida no se puede escribir; y sin la lectura, no se puede escribir bien”.

No se necesita vivir mucho, pero sí sentir mucho. El que vive cien aventuras y no siente ninguna, no será jamás escritor; el que vive pocas, pero las vive con una intensidad insoportable, podrá escribir todo. En mí, la vida (en forma de soledad enfermiza, de caminante falso aristócrata) fue un incendio callado que estalló en los libros.

La vida suele ser mezquina; los libros, infinitos. Lo que pasa en la calle es limitado, a menudo mutilado y trivial; lo que pasa en la imaginación de Homero, de Dante, de Shakespeare, es ilimitado.

Mi verdadera biografía son mis lecturas. Me aparto bastante de la estirpe hemingwayana que sostiene que el oficio de escribir se aprende viviendo, eso que decía -jactándose- que cada pelea, cada viaje, cada amanecer, cada noche en que no duermes, todo eso se convierte en palabras. Yo viví la cultura con una intensidad casi febril, con inmensa combustión interior. Nabokov, amante de la lectura con una precisión sensorial extrema, declaró en una entrevista: «Un escritor no nace de la vida, sino de los libros. La vida nos da sensaciones; los libros nos enseñan a nombrarlas. El que no ha leído lo suficiente no tiene ojos, solo párpados».

De esta clásica dualidad o dicotomía, lo más sensato consistirá en el equilibrio de ambos platos de la balanza. Muchos escritores entienden que ambas fuentes (vida y lectura) son inseparables. La vida es un caos de impresiones confusas; el arte y la lectura nos enseñan a organizarlas. Lo vivido sin ser leído sigue siendo oscuro; lo leído sin ser vivido se queda frío. El escritor nace cuando una impresión se une a una forma, a su expresión.

No hay escritor sin biblioteca, pero tampoco sin barrio, sin heridas, sin pobreza, sin manicomios, sin frío e intemperie, sin algún fracaso decisivo. Un escritor es un lector que ha sufrido. Sontag, en «Estilos radicales»: «La lectura no reemplaza la vida, pero la anticipa, la ensaya, la amplía. El escritor se alimenta de libros porque en ellos están las vidas que aún no ha vivido y que acaso nunca vivirá».

Mi escuela de escritura fueron tanto los pabellones de los locos como las bibliotecas nacionales de Europa.

Ad hominem 72

No tengo lectores. O, si los tengo, no son capaces de llegar a mí, ni yo a ellos. Escribo para la noche, para una oscuridad tan densa que ni el papel distingue su propio blanco. Escribir sin lectores es casi como rezar a un dios que siempre guarda silencio. El verdadero escritor no tiene público: tiene un abismo. Uno sigue hablando… sabiendo que nadie escucha.

Me sumo a las ideas del malogrado Bolaño: «Uno escribe a los veinte, a los treinta, a los cuarenta, sin un peso y sin un lector. Y, sin embargo, algo -una llaga, una fe ridícula, una apuesta suicida- te obliga a seguir. La mayoría de los escritores mueren sin lectores, o peor aún, sin haber encontrado al lector que los justifique. Pero la literatura es eso: trabajar a oscuras, como un minero que cava una veta que quizá no existe».

Soy un zar atravesando la noche nevada hacia el exilio.

Ad hominem 71

La historia de la literatura es, en gran medida, la historia de escritores que decepcionaron a sus familias. O que lograron escribir a pesar de ellas. O que las perdieron en el camino.

Mi padre, como buen burgés, quiso arrastrarme a la respetabilidad profesional (ingeniero, médico, abogado…) Con algo de exageración puedo hacer mías las impresiones de Kafka: «Lo que yo era no te gustó nunca, y menos aún lo que quería ser. Mi deseo de escribir te parecía una extravagancia deshonrosa, una prueba de mi debilidad, de mi incapacidad para afrontar la vida “real”. Siempre me recordaste que un hombre debe tener una profesión útil, y que un escritor no es más que un parásito de sí mismo. Y sin embargo, escribir es lo único que me sostiene. Lo que tú llamas “inutilidad”, padre, es mi única forma de respiración».

Sí, ladies and gentlemen, fui la oveja negra de la «troupe» familiar. Mi destino era cualquier profesión digna, cualquiera, que no supusiera el escándalo bohemio de la literatura. Traicioné su idea de honor. Pero también sé que, si hubiese cedido, habría muerto espiritualmente. Para mi familia, escribir no era un trabajo: era como la marca de Caín. Pero yo no pude ni puedo concebir otra meta.

Cosas de maricas y vagos. Hay que ganar dinero, ganarse el pan con el sudor de la frente. Papá: «La literatura es un capricho, un pasatiempo, un lujo impropio de un hombre serio». «No entiendes, papá, que escribir no es un pasatiempo, sino una necesidad; que me siento enfermo cuando no lo hago. No esperes de mí una carrera eficiente. Seré un escritor o no seré nada» (ahora papá entiende estas palabras; en el cielo se vive una gran novela)

Mamá, reacia a los dicterios de papá, se acercaba a mí y cariñosa rompía el silencio: «Christian, escribiendo tu inteligencia no se malogrará, estate tranquilo. Tú no elegiste a la literatura, la literatura te eligió a ti».

***

«Nuestra época ha hecho del intelectual un extraño. La cultura ya no garantiza prestigio; la lectura provoca sospecha; el pensamiento profundo parece inútil. En muchas familias burguesas, nacer con vocación intelectual es una forma de desclasamiento», George Steiner.

«Las familias modernas quieren hijos eficientes, no hijos profundos. La cultura es tolerada mientras no interfiera en el éxito. Pero el escritor interfiere: no produce riqueza inmediata, no genera estatus. Por eso la vocación literaria es vista como un fracaso anticipado», Susan Sontag.

«Los padres que desean que sus hijos sean escritores son tan raros como los hijos que desean ser contables. Una familia razonable desconfía del escritor: teme por su futuro, por su estabilidad, por su vida. Y con frecuencia tiene razón. Pero el escritor escribe igual, porque no puede hacer otra cosa», Javier Marías.

«La vocación literaria es una insolencia hacia el mundo. La familia siempre lo presiente: que su hijo no tendrá un destino normal. Por eso la familia -esa institución conservadora- ve al escritor como un desertor», Cioran.

***

En toda familia burguesa hay un profundo recelo hacia la literatura. El escritor es visto como un hijo que ha abandonado el camino recto. Para mi linaje burgués la literatura era una frivolidad peligrosa, una inclinación impropia de un hombre serio, un pasatiempo elegante que debía abandonarse con la edad.

La familia quiere que uno sea sensato, pero la sensatez es la gran enemiga del escritor. Solo con el enfermo bacilo del lenguaje te sientes verdaderamente vivo. Mario Vargas Llosa, «El pez en el agua»: «Cuando dije que quería ser escritor, mi familia reaccionó como si hubiera anunciado que sería mendigo. Para ellos, la literatura era sinónimo de fracaso. Su reacción no fue cruel, sino práctica: “La literatura no te dará de comer”. Y tenían razón. Pero uno no escribe para comer: escribe para seguir viviendo».

La clase media es profundamente hostil a la imaginación. Cualquier padre preferirá un hijo eficiente a un hijo profundo. Cualquier familia prefirirá un hijo deficiente a un hijo escritor.

Ad hominem 70

Sueñas y fantaseas, la imaginación (esa loca de la casa, esa loca recluida en el desván) discurre sin brida; poder estrechar manos ilustres, tener una cohorte de admiradores y discípulos, que te den una columna en el periódico, ser leído y alabado y citado, la fama, o ganar premios, y ser canonizado, e incluso el placer de ningunear con desdén a tus enemigos. La vida literaria con su purpurina y sus brillos, cuando, en realidad, si bien se piensa, a lo que más se asemeja es al suelo pitañoso de un gallinero.

El poder y la gloria, la puerilidad de pensar que en un porvenir tu nombre correrá de boca en boca, o ese sueño (admito que aquí hablo muy en primera persona) ese sueño, decía, que consiste en conjeturar que perdurarás en un puñado de mentes selectas, elitistas y cultivadas.

Notar que eres aclamado (lo que conlleva una vida cómoda), saber que tu trabajo circula, permitirte la amarga vergüenza de suponer que eres el mejor escritor de tu generación. Derrochar ingenio en las entrevistas, escandalizar con «boutades» calculadas, amistar con los fantasmas benévolos del público imaginario de la posteridad. «La verdadera gloria no es que te lean; es que te confundan con un futbolista famoso y luego, avergonzados, te pidan un autógrafo igualmente», Umberto Eco.

¿La gloria? Siempre ronroneando la gorda señora gloria. «Yo quiero la gloria con la misma ferocidad con la que otros quieren la fortuna. No la fama vulgar del éxito inmediato, sino esa corona invisible que el tiempo coloca sobre unos pocos elegidos. La gloria es la única amante que no decepciona jamás, pues siempre queda la esperanza de que un día -quizá tras mi muerte- vendrá a buscarme», Balzac.

Y asimismo la cuenta bancaria, boyante, numerosa: «Los escritores hablan con desprecio del éxito comercial, pero todos, si son sinceros, desean el dinero que les permita seguir escribiendo sin tener que prostituir su tiempo. Es una contradicción: despreciamos el mercado, pero dependemos de él para no morir de hambre. Ningún escritor está libre de esta tensión: la necesidad de pan y la necesidad de palabra», George Orwell.

Y coquetear, en fiestas en bungalows californianos con morenas chicas en bikini, con modelos de tapa y carísimas «cocottes»: «Parte de mí quería la gloria literaria; otra parte quería las fiestas, las mujeres, el ruido, las cámaras. Es ridículo negarlo. El escritor que dice que la fama social no le atrae miente por miedo a parecer superficial. Yo quería estar en todas partes, ser visto, ser reconocido. Y aun así, cuando estaba rodeado de gente, moría de ganas de volver a mi mesa y escribir», Norman Mailer.

Todo escritor quiere ser leído. Todo escritor quiere ser admirado. Negarlo es como negar que uno respira. Pero la escritura tiene un lado taimado: cuanto más éxito se obtiene, más se teme perderlo; cuanto menos éxito se tiene, más se sueña con él. Así que al final, la vanidad literaria es universal y perpetua, como la respiración.

Borges: «La vanidad es un lujo que todo escritor conoce. Yo he fantaseado, como todos, con la idea de que mis libros serán leídos cuando yo ya no esté, de que mi nombre figurará en bibliotecas ajenas, de que mi sombra se deslizará en la memoria de seres que jamás conoceré. Y, sin embargo, nada de eso es escribir: son meras fantasías adyacentes, encantadoras, pero inútiles».