Ecce homo 55

EPITAPHIUM POETAE IGNOTI

(Epitaph of an Unknown Poet)

Here lies one who longed to be a writer
and ended as a poor footnote.
He dreamed of posterity,
sought truth -not fame-,
and found only vague, cold ghosts.
A poet and a man of decency;
his only crime was writing.
With books, doubts, and poor health –
not in that order-,
at times he thought he might succeed,
but mostly, that nothing had been worth it.
In the end, he understood:
life brief, longa library, solitude.
After all, all has been nothing,
save pain, and love, and art.
He left this behind:
“If God exists, may He correct my verses”.

Christian Sanz Gómez

***

LES LÉOPARDS LECTEURS DE LA LUNE

J’ai voulu être tous les hommes lecteurs.
Je n’ai pas voulu laisser d’enfants,
mais des editio princeps.
Je fus lecteur -un monde solitaire,
scribe, peau de lune et spectre.
Parfois j’ai pensé que mon œuvre
était une manière de prier
pour une religion fuchsia perdue.
Ou mieux: ma façon de ne pas devenir fou.

Christian Sanz Gómez

***

GIORNI DEL 1992

(Kavafis)

Olimpiadi di Barcellona. Passeggiate notturne
tra il Parco Güell e Plaza Lesseps senza smettere
di baciarci. Labbra così presto perdute
che non ho più ritrovato, labbra
improvvisamente dimenticate nella notte umida della città.
Che erano quasi mie e non ho più ritrovato, fresche
come schiuma, calde e solitarie come rami
di luglio, come pendoli e frutti verdi,
quelle labbra che non sono più riuscito a baciare.

Christian Sanz Gómez

Ecce homo 54

“Es la hora postrera, los tiempos son pésimos -¡vigilad!” (“Hora novissima, tempora pessima sunt—vigilemus”), verso que procede del poema de Bernardo de Morlaix (o Bernardo de Cluny), «De contemptu mundi» (siglo XII), uno de los textos más célebres del pesimismo monástico medieval.

La sensación de fin de época, entre decenas de autores, se percibe en Adso de Montier («De ortu et tempore Antichristi», breve summa apocalíptica muy influyente), en Gerhoh de Reichersberg o en Rodolfo Glabro (s. XI) Todos ellos aparecen citados en la Patrología Latina de Migne (la PL se puede rastrear en línea)

***

Todo se gasta, todo se disuelve. La tierra, el mar y los cielos envejecen. Así también envejece nuestra especie, cansada de vivir, decayendo. El mundo está viejo, y los hombres son sus ruinas.

El ruido ha suplantado al silencio, la cifra a la palabra, la pantalla al lomo cosido, la agresividad a la delicadeza de tacto y opinión, y solo en los pasillos de los locos reverbera todavía la luz.

Noche parda, sin relieves, lluviosa y fría. Noche sin bordes empapada de lluvia. Ya lo decía Camba: «El cielo de Galicia parece siempre en víspera de llanto». Zinc y agua floja. El cielo tiene esa discernible negrura inmóvil de estaño oxidado; un solo cuerpo gris; un hipo suspendido; la luz desdentada; la barroca humedad. La noche redonda me aplasta. Oigo la lluvia maníaca goteando en los canalones. Y la Luna se convirtió en un cisne fúnebre.

Ecce homo 53

HUSO HORARIO

Vivo en la frontera de la hora que no existe,
entre la memoria del minuto
y el siglo que finjo olvidar.
Los hombres encienden luces
—suplantan al sol—
y llaman progreso a la fiebre.
Yo, que habito en los márgenes,
anoto en mis cuadernos el temblor,
la ceniza de cada pensamiento,
la belleza que sangra sin sombras.
La luz artificial no alumbra: diseca.
Sólo la penumbra piensa.

HUSO HORARIO

Vivo en la frontera de la hora que no existe,
entre la memoria del minuto
y el siglo que finjo olvidar.
Los hombres encienden luces
—suplantan al sol—
y llaman progreso a la fiebre.
Yo, que habito en los márgenes,
anoto en mis cuadernos el temblor,
la ceniza de cada pensamiento,
la belleza que sangra sin sombras.
La luz artificial no alumbra: diseca.
Sólo la penumbra piensa.

HUSO HORARIO

Vivo en la frontera de la hora que no existe,
entre la memoria del minuto
y el siglo que finjo olvidar.
Los hombres encienden luces
—suplantan al sol—
y llaman progreso a la fiebre.
Yo, que habito en los márgenes,
anoto en mis cuadernos el temblor,
la ceniza de cada pensamiento,
la belleza que sangra sin sombras.
La luz artificial no alumbra: diseca.
Sólo la penumbra piensa.

Ecce homo 52

«Ad illa mihi pro se quisque acriter animum intendat: quae vita, qui mores fuerint; per quos viros, quibusque artibus domi militiaeque imperium partum ac auctum sit; deinde labente paulatim disciplina velut desidentes primum mores, deinde ut magis magisque lapsi sint, donec ad haec tempora, quibus nec vitia nostra pati possumus nec remedia perveniamus […] Nuper enim opes et felicitas, quae nullis vitiorum illectamentis corrumpi potuerunt, eam prorsus eversionem moribus attulerunt», Tito Livio, «Que cada cual, por su parte, fije su mente en esto: cómo fue su vida, cuáles sus costumbres; por qué hombres y con qué artes fue adquirido y acrecentado el Imperio, y luego cómo, al decaer poco a poco la disciplina, primero se desmoronaron las costumbres, y después cómo se deslizaron más y más, hasta llegar a estos tiempos, en los que no podemos soportar nuestros vicios ni tampoco los remedios. Esta es la cualidad particularmente saludable y fructífera en el conocimiento de los hechos, que tú contemples todos los ejemplos de la historia en un monumento ilustre; de ahí puedes tomar lo que debes imitar y lo que debes evitar para ti y para tu república [… ]Pues últimamente la riqueza y la prosperidad, que ninguna clase de incentivos viciosos pudieron corromper, trajeron sin más la ruina total de las costumbres», Livio, T. (1990), «Historia de Roma desde su fundación», Tomo I: Libros I-III, A. Fontán, Trad., Madrid: Editorial Gredos (Biblioteca Clásica Gredos). [El pasaje se encuentra en el Prefacio, párrafos 9-11]

Siglos después, el mismo diluvio de barbarie. Cuanto más abyecto y servil es uno, más rápido es su ascenso honores y prebendas. No hay lealtad, ilustración, pudor, libertad ni equidad. Regresó la vieja escoria. Los estúpidos ríen.

***

«Que nadie en la ciudad tropiece con mis ojos,
no sea que el aura de mis pasos hiera a alguien.
Aquí yo soy el bárbaro, porque no me entiende nadie.
Y ríen, estúpidos, de mis palabras latinas», Ovidio.

Ecce homo 51

A propósito del reciente “caso Juan del Val” recordé un volumen polvoriento de la “Journal of Classical Philology” (JCP)

En su número de otoño de 1997, las filólogas Mary Beard (Cambridge) y Judith Hallett (University of Maryland), publicaron un curioso estudio titulado: “Epigrammatic Invective and the Economy of Talent: The Case of L. Flavius Mellitus, a Forgotten Satirist of Late Republican Rome.” En él analizaban un fragmento hasta entonces inédito, atribuido a un oscuro epigramista latino, Lucius Flavius Mellitus, del siglo I a.C., redescubierto -según afirmaban- en un palimpsesto de la Biblioteca Laurenziana.

El poeta, escribiendo contra un patricio metido a vate, dejaba caer esta joya corrosiva: “Divitias scribit, non versus: aurum habet, ingenium negat”, que, en traducción algo libre sería: “No compone poesía, sino cheques: talento no tiene, pero saldo sí”.

Ecce homo 50

«Vivo dentro de los libros; un verdadero «diarium animi»», Sainte-Beuve, Portraits littéraires, Tome II. Paris: Garnier frères, 1865 (edición original) Y Pessoa, en «Livro do desassossego», Lisboa, Ática, edición póstuma 1982, Pessoa que leyó perspicaz mi propia mente: «La soledad me desalienta; la compañía me oprime». Pero yo matizaría: la soledad que elijo no es abandono, es autonomía frente al entorno mediocre.

A mí, tras dos horas, me agobia la gente. Como el erizo que siente frío en la parábola de Schopenhauer, si más me acerco, más dentro de mí se clavan las púas. La educación es el término medio entre el frío de los distanciados erizos y el dolor de estar pegados para calentarse.

A veces tengo la impresión dolorosa que en la mayoría de mis coterráneos no hay naturaleza, porque no hay verdad, y no hay arte, porque no hay nada nuevo. Ruido externo (la mente dimanando egoísmos o boberías o maledicencias), instituciones que ya no responden, espíritu que languidece, literatura que deja de ser vital; cambiando lo que deba ser cambiado, todo me recuerda a Mommsen (The History of Rome, Vol. 4, Pt. 2, pág. 32, traducido por W.P. Dickson): «Hemos llegado al fin de la República Romana. La hemos visto gobernar durante quinientos años en Italia y en los países del Mediterráneo; la hemos visto arruinada en política, moral, religión y literatura, no por la violencia externa, sino por la decadencia interna, dando paso así a la nueva monarquía de César. En el mundo, tal como lo encontró César, quedaba gran parte de la noble herencia de siglos pasados ​​y una abundancia infinita de pompa y gloria, pero poco espíritu, aún menos gusto y, mucho menos, verdadero placer por la vida»

***

Solus sapit, cui turba strepit.
Quid est enim vulgus nisi sonus sine mente?
Fama periit cum pudore, et litterae dormiunt in manibus somnolentium.
Tempora nostra parva sunt, quia animos parvos colimus.
Qui tacet inter strepitum, ille cum diis loquitur.

“Solo es sabio quien oye a la multitud y calla.
¿Qué es, en verdad, la muchedumbre, sino ruido sin pensamiento?
La fama murió junto con el pudor, y las letras duermen en manos soñolientas.
Nuestros tiempos son pequeños, porque cultivamos almas pequeñas.
Quien guarda silencio en medio del ruido, ése habla con los dioses”.

Se supone que este fragmento proviene de un papiro hallado en Oxirrinco, conservado fragmentariamente, y que algunos humanistas del siglo XVI -seguramente Aloysius Vadianus y Franciscus Nannius- creyeron obra del moralista Plutarco.

En realidad, los filólogos modernos (Schneiderius, 1898) demostraron que pertenecía a un poeta latino tardío del siglo IV, de filiación estoico-cristiana, tal vez un discípulo de Ausonio o de Símaco, de nombre incierto: “Flavius Anonymus”, conocido por los eruditos como Pseudo-Plutarchus Latinus.

Disulpen la erudición. Solo soy un libro de citas, un listado de libros por leer, un ácaro atristado de biblioteca. La literatura es una especie de vocación mágica que surge casi de forma espontánea, y los libros, la cultura, embellecen y ennoblecen la vida, y la intensifican. La cultura no es un mero bibelot de adorno; es la savia o circulación sanguínea del vasto universo. La materia de nuestros sueños.

Solo nos queda mirar crepúsculos en el desasosiego de esta época que se sabe fin.

Ecce homo 49

A veces -con infinitud de incertidumbres- tengo la vanidad y soberbia desmedida de creer que valgo algo, pero sé -es obvio- lo que nunca alcanzaré: la posteridad. Esa posteridad que espera a los genios, el olimpo al que acceden ocho o nueve por siglo.

Me sitúo en la franja entre los mediocres y los inmortales. En el cuerpo de tropa de la literatura. Vendrá la muerte y tendrá mis ojos. Huellas de lo mejor de mí en el espaciotiempo se disolverán como lágrimas en la lluvia. Orgullo y herida. Centellas y sombra. Tras el silencio de mi propia vida, el silencio eterno en las orillas frías de las playas de la noche.

Demasiado culto para el lector promedio, demasiado excéntrico para la academia, demasiado íntimo para los críticos que buscan tendencias, demasiado literario para el mercado. Escritor inubicable, marginal, en la periferia y los arrabales.

Acaso una breve cita, un pequeño fragmento, o un par de lectores devotos, se encontrarán en el fangoso e irrevocable futuro. Algo me consuela también saber que la literatura no solo la forman los autores canónicos, las élites, sino también los satélites que orbitan alrededor de esas élites.

Pero mis brasas (ars moriendi) serán apagadas por el vendaval de la historia, por la crueldad de los siglos ¿Incluso en tierra de nadie hay belleza?

Ecce homo 48

En diciembre presentaré tres libros de golpe. Ya tengo casi preparado el texto: sobre los innumerables errores que contienen. Por ejemplo no está bien resuelta la tensión entre orden y caos, la prosa pictórica a veces declina en lo churrigueresco, la erudición y la confesión íntima a menudo son demasiado indirectas, cogidas por los pelos, las ideas metalingüísticas son propias de un mal estudiante de primero de carrera, la fragmentación se descontrola más de lo que yo quisiera (sí que una de sus intenciones es que refleje la fragmentación del yo esquizofrénico, pero a veces redunda en mera ilegibilidad) Asimismo las citas abundantes y descripciones pueden abrumar a lectores no especializados o poco ilustrados. La fragmentación extrema, insisto, aunque es intencional, provoca que algunos lectores se pierdan sin un hilo-guía más visible. Las referencias muy específicas requieren un lector culto o habituado a la literatura moderna y clásica, a la conversación culta a lo largo de la humanidad.

Eso en la hipótesis más optimista.

Siendo más despiadado y «destroyer»: la densidad léxica es extrema. Cada frase está saturada de adjetivos, referencias y sinestesias. El lector promedio no puede respirar. Por ejemplo: nombres que se convierten en colores, texturas, olores y sonidos…, ¿fascinante?, no sé, pero estrangula la comprensión. Me alejo del lector en lugar de atraerlo. La literatura no debe ser solo un juego para mi propio intelecto, sino un puente hacia otros. Mi escritura es una fortaleza inaccesible y secreta.

El exceso de fragmentación y salto de ideas genera un efecto de caos intelectual. Los asteriscos, paréntesis y citas interminables cortan el ritmo. A veces parece que esté escribiendo para mi mismo, no para alguien que va a leerlo.

Citas que demuestran cultura, sí, pero de una sobrecarga constante.

La consecuencia es que mis libros se convierten en ejercicios de pedantería, de pretenciosidad.

La nostalgia y la reconstrucción del pasado son hiperbólicas. Cada recuerdo está transfigurado, embellecido hasta casi lo irreconocible. El lector puede desconectarse porque siente que le estás mostrando un mundo que no puede habitar. Ese lirismo exclusivo y elitista deja fuera y repele a la gran mayoría.

Las frases largas y la acumulación de ideas producen fatiga lectora. No hay suficiente pausa, no hay respiro mental. El conjunto agota incluso a lectores cultos.

La voz es consistentemente elevada, alta, ceremonial. Falta humildad, diálogo con tonos más cotidianos. Todo es profundo, intenso, solemne. Cansa y aleja…pompa, burbujitas coloreadas poéticas

Ecce homo 47

El “no saber mucho” se lleva con orgullo, mientras la erudición o el gusto fino se vuelven raros, casi subversivos. Eso explica por qué alguien que escribe como yo -con lirismo, memoria, respeto a la tradición y sensibilidad- se siente invisibilizado: hablo un idioma que que la inmensa mayoría ya no escucha.

Pero, atentos:

«La verdadera grandeza del hombre consiste en la mente instruida, en la comprensión de las cosas nobles y en el cultivo del alma por medio del conocimiento», Cicerón, «De officiis», Gredos, pág. 56. Y Confucio, en las «Analectas», con su proverbial fraseología agrícola, nos advirtió que el hombre que no estudia y que no reflexiona es como el que labra la tierra sin semilla: no puede producir fruto alguno. Y, Bacon, ese ensayista colosal, en «The Advancement of Learning», nos iluminó sobre la servidumbre voluntaria al declarar que los hombres que se contentan con las superficies de las cosas están encadenados por su propia negligencia, y que solo el estudio y la reflexión liberan la mente y la hacen capaz de gobernar el mundo.

Séneca, Montesquieu, Goethe, y muchos otros, argumentaron sobre la ignorancia como una inequívoca esclavitud y un ininterrumpido peligro. Si cultivas (y el étimo de «cultura» proviene del verbo «cultivar») si cultivas tu espíritu con literatura, pintura, música, filosofía y ciencia, vives plenamente y sientes la vida con mayor intensidad; que nadie dude que en la conciencia estética y cognitiva reside buena parte de la felidad y la buena vida.

El hombre mediocre es esclavo del capricho de los poderosos; su anárquica energía y su vacío interior nos recuerdan a los hombres encadenados que nos explicó Platón en el mito de la caverna.

Despierta, no seas rucio y lee.

Ecce homo 46

Un ojo que no cesa de mirar atrás, a mamá y papá. Oponerse a la condena de una vida que muy pronto se torció ¿Se torció?, mejor, se transformó en lenguaje. Lenguaje: contracara del sufrimiento, frasquito y trasunto de «eros», «philia» y «ágape».

“Yo no busco evocar mi infancia, sino reconstruir el mundo que ella contenía.”, Saint-Exupéry. “Nada se ha perdido mientras pueda ser escrito”, André Gide. “Escribir es la única manera de conservar la infancia”, Rilke. Cada letra, cada palabra, cada frase, cada párrafo, son puentes plateados a un lugar de redención; idioma que custodia una rara sobre-realidad, una pugnaz inmortalidad. Y, así, además, el dolor se convierte en forma (evita la ulcerada herida), y así, encima, me mantengo cuerdo.

Mi infancia fue lujosa; mis palabras deben ser lujosas. Los perfumes, los colores, el tacto de la seda, y los sonidos se corresponden. Las aes son cuerpos sonoros que evocan el azur. Las emes son verdes oscuros cruzadas con rojos mates. Queda este color eterno: «ma-má». Las pes son velos de luz hermanos del arco iris; pronuncio, y vibra en mi paladar: «pa-pá».

Escribir: sinestesias de oros acordadas al tono armónico de una infancia indisputablemente feliz.