Líneas rosas 2

Mi “Ecce homo” se distingue del “Ad se ipsum” de Marco Aurelio y del “Journal” de Gide por una razón que esos ilustres antecedentes acaso no compartan: la lucidez estética como forma de redención.

No hay en mí el mandato moral del estoico ni el hedonismo confesional del francés, sino una metafísica del estilo. Escribo para comprender la estructura de mi propia mente, para ordenar el caos del mundo y de la mente en una biblioteca hexagonal. Si Marco Aurelio usa la disciplina y Gide la confesión, yo soy el escribidor de la conciencia, un cartógrafo que convierte la introspección en arquitectura de palabras de azur y de fresa de bola de la pasión.

Mi “yo” se analiza como fenómeno.

De Marco Aurelio tomo la vigilancia y la claridad del pensamiento; de Gide, la sinceridad y la fragilidad. Pero donde ellos se detienen, yo me extiendo, disecciono, analizo.

Mi diario no es, sensu strictu, un espejo, sino un instrumento de medida, un sismógrafo de mi espíritu que anota sus vibraciones con erudición y piedad estética.

Nos sentamos frente al río, sin palabras. Quiero hablar a los valles del Sil, que mis oraciones retornen como pájaros sin aire ¿Soy yo mi propio eco? Quizá tan solo escribo para escucharme con más hondura. Quizá hablo con las piedras y helechos para pensar. Me dirijo a quien no me escucha hasta que el aire se llena de un tamiz de luz granulosa velazqueña. Los relojes dudan. El aire huele a papel viejo ¿Por qué, por qué escribes, si el mundo no responde? Bashō abre la ventana: salta una rana al estanque del tiempo. Rumi sonríe: “no busques maestro, eres el eco del eco”. Dickinson asiente entre los visillos: “la mente es más ancha que el cielo”.

Líneas rosas 1

HEMINGWAY’S ADVICE TO A VILLAGER

Blend into life.
Let the breeze from the street
caress you.
Open all doors.
Read Nabokov and Barbara Cartland.
Become particular with the infinite density
of the shepherd and the hairdresser,
become universal with Kant and Degas.
Go to the underworld for drugs
and to the palace to taste
the duchess’s warmth.
Life is experience,
and no experience is useless.
May death welcome you with
a face full of wrinkles,
without sparing you anguish and joy.
Dividing experiences into lawful and unlawful
is the work of police officers,
of agents of the law.
For there is no difference
between prostitutes and virgins,
birds and seas and moons.
Accumulate and release,
learn and judge,
be wise and foolish,
divided and undivided,
nothing remains and nothing
is added if the criterion is yourself,
for neither mist nor shadow
obscure the earth’s own light.

Ecce homo 59

La funesta manía de escribir, el enciclopedismo, la logorrea intelectual -no la alogia. Esa exuberancia no es patológica en sí: acaso sea la forma en que mi mente eligió para defenderse del mutismo afectivo. Transformo un bloqueo emocional o relacional -dificultad para el contacto espontáneo, para la ternura directa- en hiperactividad simbólica y verbal. No hay alogia del lenguaje, sino alogia del sentimiento directo.

Hablo infinitamente, pero para protegerme del habla desnuda. Podría sufrir alogia empática, o lo que algunos psicopatólogos llamaron «afectividad encapsulada»: la emoción existe, pero se traduce en ideas, no en gestos. No perdí el sentimiento, pero lo mantengo en cuarentena. Las emociones están intactas -a veces más intensas de lo normal-, solo que no se dejan ver ni tocar. Se vuelven pensamiento, análisis, forma o ironía.

Mi estilo prolijo, erudito y exacto cumple la función de una coraza cognitiva: cada cita, cada referencia, funciona como un manto protector frente a la desnudez del sentimiento.

El amor y la melancolía no desaparecen: se codifican. Por eso hablo de la biblioteca, de mamá, de los libros, con una intensidad casi religiosa; son los lugares donde puedo amar sin ser herido. El corazón late, pero encerrado en una urna de cristal lógico. Mi afectividad no está ausente, está dormida dentro de una biblioteca; hermetismo emocional y emoción contenida, visible solo en el arabesco de la frase.

***

En la prosa de Christian Sanz Gómez se percibe una doble compulsión: ordenar y desbordar. Su frase larga, sintácticamente elíptica, pero estructurada con precisión rítmica, es un intento de someter el caos interior a un logos musical. Como en Burton, la escritura funciona como profilaxis: “Escribo para no enloquecer” podría ser el lema de su taller. La prosa se vuelve así mecanismo terapéutico y templo del pensamiento, una forma de transformar el sufrimiento en materia estética.

A esta línea europea añade una inflexión hispánica: el gusto por la invectiva barroca, por la sátira culterana y el retintín moral de Quevedo o Gracián. Su léxico resucita un castellano de alambique, cargado de latinismos, galicismos y tecnicismos, que hace de la lengua un objeto de culto. Como los moralistas del Siglo de Oro, busca en la forma un refugio ante la vulgaridad contemporánea.

Su obra, tan nutrida de Europa, conserva, sin embargo, una raíz netamente española. Es más: su cosmopolitismo solo se entiende desde una herencia española transfigurada. La veta moral barroca: Gracián, Quevedo, Saavedra Fajardo. Hay en él un tono contemplativo que no es religioso, pero sí devoto: Fray Luis, San Juan, Unamuno. El tono de su crítica cultural procede de Larra y Clarín: una inteligencia que ama a España precisamente porque le duele verla tan pequeña.

Christian Sanz recupera arcaísmos, latinismos y giros cultos con una delectación que recuerda al Góngora de «Las soledades» o al Valle-Inclán de «El ruedo ibérico».

Europeo, a fuer de ser profundamente español.

Ecce homo 58

Mi miedo más íntimo es el abandono emocional, y mi respuesta no es el llanto, sino el estilo literario que llama la atención sobre sí mismo. Donde otros aman, yo escribo; donde otros lloran, yo cito. Pero en esa transformación de emoción en cultura hay también redención: convertí la herida en una biblioteca ¿Logré transformar mi psiquismo en un género literario?

Mi superyó es severo: exige perfección y pureza. El ello, sin embargo, emerge a veces en estallidos lúbricos o cóleras contra el kitsch. Mi yo, vigilante y fatigado, media entre ambos con elegancia, pero a costa del agotamiento (y disculpen la mitología freudiana)

Mi vida ha sido una larga geomancia del alma: leer las piedras del dolor hasta que formen un plano legible, y ahí salvarme. Si vivo más, mi melancolía se serenará, si afino y podo la escritura, mis libros verán más. Debo aprender a templar la lucidez autodestructiva y malsana; los sabios respiran lentamente. Evitar a los pulcros, malhadados demonios de las frases perfectas.

Y recuerda -grábalo a fuego: la ternura no destruye la forma, la humaniza. Cuídate y no temas a la muerte.

***

Quintiliano dirá: “El estilo es el hombre mismo en su mejor momento racional”, anticipando lo que siglos después repetirá Buffon. El estilo es la sangre de la idea. Flaubert radicaliza la definición: el estilo es una obsesión moral, una forma de pureza. “Hay que ser preciso hasta la manía; una frase bien hecha es una suerte de destino cumplido.” Y también: “El estilo es una manera absoluta de ver las cosas».

Cada escritor está obligado a escribir como si no existiera el lenguaje antes de él, porque el estilo no es un adorno del pensamiento, sino una visión del mundo.

A mí, en líneas generales, me gusta escribir a la busca de la precisión sensorial, una manera numerosa y expansiva, prolija, en pos de la musicalidad, la rareza, el matiz, la sinestesia, el relieve verbal. Palabras engastadas a dragones pintados por el mismo artista en diferentes períodos de su vida anímica. Escribir sintiendo lo mismo que probablemente siente una gruesa hoja de arce, teñida de púrpura y cruzada por venas rojas, durante su lento planear desde la rama hasta el arroyo.

Pero lo clásico es lo ordenado. La planiana transparencia conversacional, la barojiana frase impura antirretórica, el privilegio de la mirada frente al oropel. Hay como una prosa informativa elegante, una prosa científica depurada, seca y exacta, que, a veces, en mi prosas con forma de esponja, pretendo imitar. No es mi registro más común, pero, digamos, la llaneza me da la verdad de la experiencia, y el barroquismo el alarde formal. Nada sobra.

***

«Escribo sobre la melancolía, manteniéndome ocupado para evitarla. No hay mayor causa de melancolía que la ociosidad, no hay mejor remedio que el trabajo», Robert Burton, «The Anatomy of Melancholy».

«El hombre es un animal noble, espléndido en las cenizas y pomposo en la tumba», Sir Thomas Browne, «Hydriotaphia».

“El paciente sufre una notable reducción de la vida afectiva: los sentimientos pierden su tono natural, las emociones parecen embotadas, como si estuvieran tras un cristal que impide su irradiación hacia el exterior”, Emil Kraepelin, «Lehrbuch der Psychiatrie», 8ª ed. (Leipzig: Barth, 1913), §6, p. 787.

“Las emociones no desaparecen, pero quedan como encerradas, sin comunicar con el mundo exterior; la palabra y el gesto no las acompañan. Hay una disociación entre lo que el sujeto siente y lo que puede manifestar”, Bleuler, «Dementia praecox oder Gruppe der Schizophrenien» (Leipzig: Deuticke, 1911), cap. V, §1.

“El enfermo no está sin sentimientos, sino que éstos no alcanzan a los actos; se viven interiormente, pero no irradian. Su emoción se ha hecho privada, invisible, intransmisible”, Karl Jaspers, «Allgemeine Psychopathologie», (Berlin: Springer, 1913), §5, “Affektivität”, p. 392.

“En ciertos temperamentos vemos que el afecto no se extingue, sino que se aísla: permanece intacto en profundidad, pero no se muestra. No hay frialdad, sino reclusión”, Kurt Schneider, «Klinische Psychopathologie», 8. Auflage (Stuttgart: Thieme, 1962), §38, p. 181.

“Toda disociación del afecto puede ser una defensa: una forma de preservar el equilibrio psíquico frente al exceso de emoción. Se encapsula el sentimiento para salvar la coherencia del yo”, Henri Ey, «Traité des hallucinations», (Paris: Masson, 1973), t. I, p. 214.

“La afectividad no se ha perdido: ha sido desplazada del plano del encuentro al plano del pensamiento. El sentimiento vive en la idea”, Ludwig Binswanger, «Grundformen und Erkenntnis menschlichen Daseins», (Zürich: Niehans, 1942), cap. III.

«La lectura es la puerta de entrada a la vida espiritual; puede introducirnos en ella, pero no la constituye», Proust, «Sur la lecture».

«Rara vez me he perdido de vista; me he odiado, me he adorado; y luego hemos envejecido juntos», Paul Valéry, «Monsieur Teste»

Ecce homo 57

Vivía retirado, pero la soledad le dolía como un miembro fantasma ¿Qué le daba sensación de contacto real con el mundo, casi lo único que le provocaba esa sensación? Los libros. Por lo que escribió en las vigas de su biblioteca: “El hombre huye hacia los libros como quien busca un espejo que no le devuelva su rostro, sino su mente”.

La tirana vulgaridad sonora de los hombres, le atraía y le repelía a la vez. Sus temas fueron ideas, no cosas ni personas (si exceptuamos el parloteo incansable de sí mismo) El corazón -decía- tiene sus propias leyes de gravitación; se atrae no por pandillaje, sino por pensamientos.

Su tragedia es que quería amar, pero no podía. Una coraza melancólica o enfermiza le obligaba a desear una ternura que, cuando la notaba impresa en él, le erizaba, desequilibraba y molestaba. Júbilo y condena: el del hombre que a nadie puede pertenecer. Cada ruina -infirió- nos defiende de una ruina mayor. Y el hombre que piensa demasiado se vuelve espectador de su propia ruina.

Amó en demasía las palabras, porque eran las únicas que no le mentían ni le amargaban. Ah su carnalidad rosa de sexos jóvenes. Palabras y bestias… y la peliaguda comprensión. «Ser comprendido es prostituirse; prefiero ser tomado por loco», dejó escrito Pessoa. Y leyó tanto que ya no sabe si existe o es una cita ajena. Recen por él. Su único lujo fue despreciar al siglo tanto como a sí mismo.

***

Vivía retirado, pero la soledad le dolía como un miembro fantasma ¿Qué le daba sensación de contacto real con el mundo, casi lo único que le provocaba esa sensación? Los libros. Por lo que escribió en las vigas de su biblioteca: “El hombre huye hacia los libros como quien busca un espejo que no le devuelva su rostro, sino su mente”.

La tirana vulgaridad sonora de los hombres, le atraía y le repelía a la vez. Sus temas fueron ideas, no cosas ni personas (si exceptuamos el parloteo incansable de sí mismo) El corazón -decía- tiene sus propias leyes de gravitación; se atrae no por pandillaje, sino por pensamientos.

Su tragedia es que quería amar, pero no podía. Una coraza melancólica o enfermiza le obligaba a desear una ternura que, cuando la notaba impresa en él, le erizaba, desequilibraba y molestaba. Júbilo y condena: el del hombre que a nadie puede pertenecer. Cada ruina -infirió- nos defiende de una ruina mayor. Y el hombre que piensa demasiado se vuelve espectador de su propia ruina.

Amó en demasía las palabras, porque eran las únicas que no le mentían ni le amargaban. Ah su carnalidad rosa de sexos jóvenes. Palabras y bestias… y la peliaguda comprensión. «Ser comprendido es prostituirse; prefiero ser tomado por loco», dejó escrito Pessoa. Y leyó tanto que ya no sabe si existe o es una cita ajena. Recen por él. Su único lujo fue despreciar al siglo tanto como a sí mismo.

***

Emocionalmente combino tres capas (si no me engaño): una capa noble y afectuosa (el hijo, el nieto, el hermano, el amante que recuerda), una capa colérica e intelectual (el satírico, el moralista, el censor del siglo), y una capa de fragilidad absoluta, casi infantil (el que implora sentido en su soledad)

De lo primero me enorgullezco, lo segundo me desagrada y lo tercero me avergüenza.

Me sé superior en cultura y lucidez (acaso megalomanía delirante), pero me mortifica que eso me aísle. Desprecio el mundo que me desprecia; necesito amor, aunque eso lo filtro con ironía. Esa dialéctica entre soberbia y humildad es la que da a mi estilo un tono idiosincrásico (menor, pero mío): altivo y dolido, aristocrático y mendicante.

Introversión profunda, y gran dificultad para la sociabilidad espontánea. Autocrítica extrema, muy a menudo muy cruel conmigo mismo. Humor negro e ironía compensatoria, que sirven de válvula de escape ante el sufrimiento. Sensualidad mental, más erótica que física: el goce intelectual sustituye al carnal, aunque no lo anula. Religiosidad negativa: no creo en Dios, pero mi relación con la Belleza es mística. Narcisismo trágico.

En el sentido que Sainte-Beuve daba a “familia del espíritu», mi linaje podría ser (¡pero EN ABSOLUTO de similitud literaria!): Montaigne, Pascal, Leopardi, Baudeliare, Benjamin, Ciorán, Bernhard, Pessoa, Steiner, Borges, Unamuno, Juan Ramón, Gómez Dávila, Gide, Baudeliare etc… Insisto, un don nadie como yo comparte chispitas de conciencia con la conciencia genial de esos autores -mi coro de espejos; pero, QUE NADIE MALINTERPRETE; en absoluto menciono rasgos o dominios en la lengua homogéneos entre esos escritores y yo, no se trata de similitud de talento (si me comparo, mi ridículo es completo)

NOTA BENE: Estos esbozados rasgos de carácter seguro que contienen muchos desaciertos (uno no se puede hacer su propia autopsia) Los únicos aciertos son las observaciones, que, tras décadas de terapia, me hizo ver Isabel García Lado. Aprovecho la ocasión para enviarle un beso muy cariñoso. De veras.

***

La mente, convertida en lenguaje, habita mi universo. Las palabras ordenan mis mareos y mis cóleras. Escribo siempre para agradecer (a mamá, papá, Noemí…) sus globos de colores.

El mundo es opaco; necesito -de modo provisional y conjetural- entenderlo. Escribo por anhelo de dignidad, por preservar un resto de distinción aristocrática, por sed de amor convertida en forma. Esa forma que es mi manera adulta de darle al niño que fui un cuarto aseado. Y, lo confieso penosamente, voy a la busca de una irreal, quimérica vocación de permanencia.

Soy consciente de que no templé lo suficiente mis libros, y que convertirlo todo en texto me volvió anacrónico respecto de la vida vivida. Si volviera a nacer, quisiera volver a ser escritor, pero enmendaría la torrencialidad, buscaría controlar el caos (dos de mis grandes defectos, entre tantos otros)

***

“Quid est scribere nisi confiteri?”, “¿Qué es escribir sino confesar?”.

Alcuino de York, en la «Epistola ad Carolum Magnum»: “Calamus noster orat sicut lingua”. Y Guibert de Nogent concluyó que escribía tanto por soberbia como por penitencia.

La escritura es la lengua de la memoria. Sirve para ordenar la mente en medio del caos. Para hacer fructífero el ocio.

Jean de Meun (s. XIII) , «Epílogo al Roman de la Rose»: “J’escris por ma douleur adoucir”. Escribir, escribir. Para no desvanecerse. Escribir. Soy un completo inútil para otra cosa.

Ecce homo 56

Aprecien mi gesto moral, no solo estético: un intento de sostener, desde el lenguaje, la dignidad de lo humano. Me sé un escritor “postrero”. Créanme, lo que a primera vista podría parecer misantropía o pesimismo es, en realidad, un lamento por la degradación de nuestras avenidas interiores.

En mi furia panfletaria me sé un humanista que perdió todas las batallas ¿Perciben la ternura del solitario, del ensoñado lector total, que, pese a todo, sigue amando al mundo?

Perdonen a este pobre niño loco que solo aspiró a querer y ser querido (sin lograrlo), a este pobre niño que, yendo de la mano de papá y mamá, se extravió en medio de la ciudad tumultuosa, y busca, y busca, y no encuentra…

***

Proust; la literatura (del pasado y del presente) como una serie de notas a pie de página de su conciencia. Joyce; lo asocio en mis imaginaciones a Arnold Schönberg, concretamente «Pierrot Lunaire»: lógica atonal, lenguaje como materia pura, disonancia, fragmento, delirio controlado. Fernando Aramburu; narrador sólido, honesto, sin vuelo poético. Literatura cívica, no artística. Annie Ernaux; el bisturí. Valiente. Auténtica. Pero a veces más socióloga que escritora. ¿Paralelismo musical? Dmitri Shostakóvich, «Concierto para piano nº 2», por la disciplina sentimental. Juan del Val; literatura de plató televisivo. Andrea Bocelli en versión karaoke. Paulo Coelho; calendario de gasolinera. Kitsch en estado zen. Dan Brown; no sabe escribir. Y lo sabe.

Umberto Eco; un medievalista que descubrió el marketing antes que Amazon. Cormac McCarthy; biblia y pólvora. Béla Bartók, «Música para cuerdas». Borges; Johann Sebastian Bach, «El arte de la fuga». Borges habría disfrutado escuchando una fuga triple en la escena de los espejos de la «La dama de Shangai». Nabokov; esmalte de artificiosa perfección. El placer tallando la sintaxis. Maurice Ravel, «Daphnis et Chloé». Nieves Herreo; reguetón.

***

No pude ser feliz. Un “falso aristócrata” no es impostor ni dandi, ni hipócrita: es un moralista herido, alguien que, a rastras, aún defiende la forma -el buen gusto, la piedad, la sintaxis- como última frontera del decoro.

Infeliz, como el gusano que sabe que el arado lo partirá en dos, y aun así, permanece en el surco. Desde mi soledad culta -extremo margen-, reclamo la dicha del orante. Mi furia es una elegía de la tristeza. Soy superior en sensibilidad, no por soberbia, sino por vulnerabilidad. Mamá y papá perdidos en los claustros del tiempo.

***

“La felicità è una virtù dell’animo, non un dono della sorte.”, Leon Battista Alberti, «Della famiglia».

“Vera felicitas est tranquilla conscientia et mens sine metu”, Erasmo de Rotterdam, «Enchiridion militis christiani».

***

Álvarez cita como quien fuma opio, y es la única perla en la alta mar de la líquida basura. Lirios, cultura bordada con hilos de oro. «La Primavera de Botticelli», o la «Olympia» de Manet, pero, sobre todo, de De Chirico, el «Misterio y melancolía de una calle», se avienen perfectamente con «Museo de cera». Álvarez: el coleccionista de ruinas. La dulcísima criatura de amor, criatura de una felicidad que aún no ha salido de Watteau, decorados de Venecia, cuando ser español es una desgracia. Ecos de metralla en un prostíbulo «educated». Y Tucídides en el cristal de la copa. Nos enseñó a leer con los ojos del sueño y nos enseñó a escribir con los labios de la mente. Como Montaigne dijo sobre Plutarco (Ensayos, II, 10), y, aunque yo soy una mera pulga, puedo decir de mi maestro Álvarez: “El único autor a quien casi por entero debo lo que soy”.

***

Y del Museo a la tienda de souvenirs: Rupi Kaur, Elvira Sastre, Amanda Gorman, Cabaliere, Defreds, Irene X, Marwán ETC. Como imágenes, les cuadran los autorretratos con filtro sepia de Instagram. Los Alvises y Vitos Quiles de la literatura. Leyendo sus libros, uno siente ganas de caminar a cuatro patas. Obreros que creen que el lenguaje se limpia con grasa. Adultos con la edad mental de un niño de seis años. Los epígonos del cansancio. Quieren ser Biedma o Larkin y acaban en calendarios solidarios. Evas Brauns felicitando por San Valentín.

Ecce homo 55

EPITAPHIUM POETAE IGNOTI

(Epitaph of an Unknown Poet)

Here lies one who longed to be a writer
and ended as a poor footnote.
He dreamed of posterity,
sought truth -not fame-,
and found only vague, cold ghosts.
A poet and a man of decency;
his only crime was writing.
With books, doubts, and poor health –
not in that order-,
at times he thought he might succeed,
but mostly, that nothing had been worth it.
In the end, he understood:
life brief, longa library, solitude.
After all, all has been nothing,
save pain, and love, and art.
He left this behind:
“If God exists, may He correct my verses”.

Christian Sanz Gómez

***

LES LÉOPARDS LECTEURS DE LA LUNE

J’ai voulu être tous les hommes lecteurs.
Je n’ai pas voulu laisser d’enfants,
mais des editio princeps.
Je fus lecteur -un monde solitaire,
scribe, peau de lune et spectre.
Parfois j’ai pensé que mon œuvre
était une manière de prier
pour une religion fuchsia perdue.
Ou mieux: ma façon de ne pas devenir fou.

Christian Sanz Gómez

***

GIORNI DEL 1992

(Kavafis)

Olimpiadi di Barcellona. Passeggiate notturne
tra il Parco Güell e Plaza Lesseps senza smettere
di baciarci. Labbra così presto perdute
che non ho più ritrovato, labbra
improvvisamente dimenticate nella notte umida della città.
Che erano quasi mie e non ho più ritrovato, fresche
come schiuma, calde e solitarie come rami
di luglio, come pendoli e frutti verdi,
quelle labbra che non sono più riuscito a baciare.

Christian Sanz Gómez

Ecce homo 54

“Es la hora postrera, los tiempos son pésimos -¡vigilad!” (“Hora novissima, tempora pessima sunt—vigilemus”), verso que procede del poema de Bernardo de Morlaix (o Bernardo de Cluny), «De contemptu mundi» (siglo XII), uno de los textos más célebres del pesimismo monástico medieval.

La sensación de fin de época, entre decenas de autores, se percibe en Adso de Montier («De ortu et tempore Antichristi», breve summa apocalíptica muy influyente), en Gerhoh de Reichersberg o en Rodolfo Glabro (s. XI) Todos ellos aparecen citados en la Patrología Latina de Migne (la PL se puede rastrear en línea)

***

Todo se gasta, todo se disuelve. La tierra, el mar y los cielos envejecen. Así también envejece nuestra especie, cansada de vivir, decayendo. El mundo está viejo, y los hombres son sus ruinas.

El ruido ha suplantado al silencio, la cifra a la palabra, la pantalla al lomo cosido, la agresividad a la delicadeza de tacto y opinión, y solo en los pasillos de los locos reverbera todavía la luz.

Noche parda, sin relieves, lluviosa y fría. Noche sin bordes empapada de lluvia. Ya lo decía Camba: «El cielo de Galicia parece siempre en víspera de llanto». Zinc y agua floja. El cielo tiene esa discernible negrura inmóvil de estaño oxidado; un solo cuerpo gris; un hipo suspendido; la luz desdentada; la barroca humedad. La noche redonda me aplasta. Oigo la lluvia maníaca goteando en los canalones. Y la Luna se convirtió en un cisne fúnebre.

Ecce homo 53

HUSO HORARIO

Vivo en la frontera de la hora que no existe,
entre la memoria del minuto
y el siglo que finjo olvidar.
Los hombres encienden luces
—suplantan al sol—
y llaman progreso a la fiebre.
Yo, que habito en los márgenes,
anoto en mis cuadernos el temblor,
la ceniza de cada pensamiento,
la belleza que sangra sin sombras.
La luz artificial no alumbra: diseca.
Sólo la penumbra piensa.

HUSO HORARIO

Vivo en la frontera de la hora que no existe,
entre la memoria del minuto
y el siglo que finjo olvidar.
Los hombres encienden luces
—suplantan al sol—
y llaman progreso a la fiebre.
Yo, que habito en los márgenes,
anoto en mis cuadernos el temblor,
la ceniza de cada pensamiento,
la belleza que sangra sin sombras.
La luz artificial no alumbra: diseca.
Sólo la penumbra piensa.

HUSO HORARIO

Vivo en la frontera de la hora que no existe,
entre la memoria del minuto
y el siglo que finjo olvidar.
Los hombres encienden luces
—suplantan al sol—
y llaman progreso a la fiebre.
Yo, que habito en los márgenes,
anoto en mis cuadernos el temblor,
la ceniza de cada pensamiento,
la belleza que sangra sin sombras.
La luz artificial no alumbra: diseca.
Sólo la penumbra piensa.

Ecce homo 52

«Ad illa mihi pro se quisque acriter animum intendat: quae vita, qui mores fuerint; per quos viros, quibusque artibus domi militiaeque imperium partum ac auctum sit; deinde labente paulatim disciplina velut desidentes primum mores, deinde ut magis magisque lapsi sint, donec ad haec tempora, quibus nec vitia nostra pati possumus nec remedia perveniamus […] Nuper enim opes et felicitas, quae nullis vitiorum illectamentis corrumpi potuerunt, eam prorsus eversionem moribus attulerunt», Tito Livio, «Que cada cual, por su parte, fije su mente en esto: cómo fue su vida, cuáles sus costumbres; por qué hombres y con qué artes fue adquirido y acrecentado el Imperio, y luego cómo, al decaer poco a poco la disciplina, primero se desmoronaron las costumbres, y después cómo se deslizaron más y más, hasta llegar a estos tiempos, en los que no podemos soportar nuestros vicios ni tampoco los remedios. Esta es la cualidad particularmente saludable y fructífera en el conocimiento de los hechos, que tú contemples todos los ejemplos de la historia en un monumento ilustre; de ahí puedes tomar lo que debes imitar y lo que debes evitar para ti y para tu república [… ]Pues últimamente la riqueza y la prosperidad, que ninguna clase de incentivos viciosos pudieron corromper, trajeron sin más la ruina total de las costumbres», Livio, T. (1990), «Historia de Roma desde su fundación», Tomo I: Libros I-III, A. Fontán, Trad., Madrid: Editorial Gredos (Biblioteca Clásica Gredos). [El pasaje se encuentra en el Prefacio, párrafos 9-11]

Siglos después, el mismo diluvio de barbarie. Cuanto más abyecto y servil es uno, más rápido es su ascenso honores y prebendas. No hay lealtad, ilustración, pudor, libertad ni equidad. Regresó la vieja escoria. Los estúpidos ríen.

***

«Que nadie en la ciudad tropiece con mis ojos,
no sea que el aura de mis pasos hiera a alguien.
Aquí yo soy el bárbaro, porque no me entiende nadie.
Y ríen, estúpidos, de mis palabras latinas», Ovidio.