Ecce homo 36

Así como el nombre vibra, también vibra tu cuerpo.

De la insidiosa penumbra de mis propios pensamientos: «Martha». Martha, perdón respecto al suntuoso, dorado significado, ah luz de mi vida, fuego de mis entrañas. «Mar-tha»… y castañetea mi lengua en la boca. La primera sílaba, una inmensa, larga e irracional nube magenta, casi ubre roja velazqueña de la colina. La «t», alta fuente blanca sonando en la oscuridad, la «h» aspirada, radiante, que vierte zafiros luminosos, la «a», con tinte de trapo de tafetán siendo rasgado. Al nombrarte me pierdo en la sombra del sonido. «Martha», rosa chicle, torrefacto rosa, como fondo a una acuarela de Venecia donde se mezclan azules y tacto de bombachos. Mar-tha, la punta de la lengua emprende un viaje de un paso desde el borde del paladar para apoyarse, en el segundo, en el borde de los dientes.

Martha: dos nudos en la clavícula, otoño y veranos en los tobillos, pezones como granos de café, la noche presionando el pecho magnético y nutritivo, porque tu cuerpo, Martha, es más suave que el sueño y más blanco que el lirio. Las delgadas gelatinas rojas lamiendo tu vientre, la curva de la cadera, la curva de las rodillas. Los ojos como delgadas arenas rubias donde haraganear. Porque eres un astro en una galaxia ovalada o esférica. Eres el Todo, y la chispa divina del Todo.

Ecce homo 35

T. S. Eliot, en «The Waste Land» fragmenta la experiencia personal y colectiva, mostrando la alienación moderna frente a la norma cultural. Pessoa separa, escinde, lo que podríamos llamar «la identidad unificada “aceptable”». Virginia Woolf explora la disonancia entre la percepción interna y las expectativas sociales. Kafka, si lo entiendo bien, habla de la alienación total frente a normas familiares, laborales y burocráticas. La escritura catártica de Plath es un registro de pavorosas luchas internas. Mi marginalidad de loco, mi «desajuste» entre norma y experiencia personal, tiene muchos antecedentes creativos ilustres.

“Much Madness is divinest Sense – To a discerning Eye –”, E. Dickinson, poeta y reclusa. O bien “I shut my eyes and all the world drops dead; I lift my lids and all is born again”, de Plath, poeta y suicida consumada. Lecturas que me leen mejor de lo que yo puedo hacerlo a mí mismo. No estoy solo.

NOTA BENE: “La característica fundamental de la esquizofrenia es la escisión de los procesos psíquicos, por la cual los pensamientos, las emociones y las acciones del individuo se encuentran desconectados unos de otros, lo que genera desorganización interna y pérdida de la unidad del yo”, Bleuler, «Dementia praecox o el grupo de las esquizofrenias».

Ecce homo 34

Me levanto a las cinco y hago la ronda por mi biblioteca. «Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono en que nací», Borges.

Soy, a la vez, curioso y reacio. Y me asombra -y casi me enternece- la maravillosa pulcritud, la escrupulosa delicadeza, con que tratamos a personas enteramente corrientes, y, a la vez, nuestra compasión por quienes yerran o sufren, o la dignidad ante nuestras situaciones ordinarias, dolientes, tantas veces afrentosas, o la belleza, en fin, que otorgamos a la literatura a la par que la conciencia de nuestra propia y extrema pequeñez.

Soy un amasijo de citas (Emerson: «No cites: di lo que piensas») Yo pienso citando; no sé hacerlo de otro modo. Y leo con cierta desconfianza -ya lo decía Burton-: en la abundancia de libros hay más riesgo de corromper el juicio que de afinarlo.

Para mí el lujo material (una memez) es apenas una metáfora del lujo espiritual. Literatura, arte, música, ciencia: sofá de terciopelo azul noche, de los que venden en París o en Milán, con patas de latón bruñido; mis filigranas de Murano suspendidas del aire ; reloj Patek Philippe; ediciones que huelen a cuero y papel verjurado, con cortes dorados y tipos Garamond; casas con suelos de madera nórdica; champaña y «quiche Lorraine» en un «restaurant»con la amada.

Ecce homo 33

Uno es un canijilla, el otro un farruco.

Gorjones y fariñas, chinchales y matracas compulsos; en el fondo, cascarrabaces. Churumbelos sin sesos, marmotillas de cloacas, soplagaitas, ñus de feria, serpientes de pergamino. Zonzos, verracos: son escritores.

Abundios mamertos y jumentos, babiecas del gran estupor pasmado, don Tonteques y pánfilos. Ambrosios y Alipios, batuecos y bolonios, leperos y cuacos. Ciruelos, apapucios, barrabases o gedeones.

Escritores gilipichas, huevudos y cansinos. Sorjuanetes grafococos, escritorzuelos verdes mocos, payasetes desmedrados, prosillas del tampoco, padrotes gilipuertas, eyaculadores precoces, subnormaloides, sofritoletras, carapollas.

Boniatos y berzas, alcornoques, besugos cruzados con pollino, linaje de pollabobas chorlitos, cojonazos paletos, los del burro y sus parientes, ceporros aguanosos, desabridos, a los que les patina el cigüeñal… las neuronas; son donceles cencerros.

Embotados, damitos zampabodigas y zampatortas. ¿Sus libros? Retahíla de palabras papamoscas.

Y ellos, alelados, asnados, tontucios, babiecas, zambombos, ciruelos, maxmordones, marmolillos, zamacucos, zampatortas, bozales, monotes, tolondros, bausanes, zolochos, bonotes… y boludos, chetos, cretos, chocobones, rompepuertas, agüeonaos, guampudos, soplapingas, rojomierdas, pinches, mamarrabos, gonorreas, culiaos.

¿Escritores? TODOS.

GILIPOLLAS.

Ecce homo 32

Cinco libros que les recomiendo:

(i) Athanasius de Nemi, «De Bibliothecis Absconditis», 1663. In-folio, encuadernación en piel de cordero anilada al vino, cantos dorados al fuego. El último capítulo, “De Bibliotheca quae se ipsa scripsit”, sostiene que toda biblioteca, llegada a cierta edad, comienza a duplicarse a sí misma en las grietas del empíreo.

(ii) «El Manual del Encuadernador Ciego», de Ludmila Petrovna Beláyeva, Moscovia, 1893. Escrito en ruso arcaico con glosas en francés. Octavo mayor, cubiertas de pergamino bruñido con relieves de hilo metálico. Enseña cómo encuadernar libros sin verlos, solo sintiendo la piel, el hilo y el papel. El ejemplar que tengo lleva una guarda de seda azul.

(iii) «Tractatus de Litterarum Spiritibus», de Doménico Ghirardelli, 1511. In-quarto, impreso sobre vitela, capitales rubricadas en cinabrio. Obra mística que explora los espíritus y almas de las letras.

(iv) El famoso «Hypnerotomachia Poliphili». En lengua italiana híbrida, trenzada de latín, griego, hebreo e invenciones. In-folio veneciano, impreso por Aldo Manuzio; tipografía romana de insólita elegancia, 172 grabados xilográficos. Este libro -una de las cumbres tipográficas del Renacimiento- parece hecho no para ser leído, sino venerado. Los márgenes son tan amplios que el lector se siente dentro de un templo; los grabados, tan precisos, que parecen esculpidos en el aire. Los bibliófilos lo llaman «La Biblia del Sueño»; quienes lo han abierto afirman que desprende un leve aroma a ciprés.

(v) «The Kelmscott Chaucer», de Geoffrey Chaucer, ilustrado por Edward Burne-Jones, y diseñado por William Morris (1896). In-folio monumental, 556 páginas impresas en tipografía Golden sobre papel hecho a mano, encuadernación en piel blanca repujada con clavos dorados. Cada página, impresa en la prensa de Kelmscott, exige una mirada lenta, casi devocional. Se dice que Morris, poco antes de morir, lo sostuvo en las manos y murmuró: “Si no es el libro más hermoso que jamás he hecho, que el próximo lo sea”.

También existen libros electrónicos en formato híbrido EPUB-PDF interactivos, con portadas en vidrio templado grabadas con láser y textura táctil que imita el pergamino. Son las bibliotecas del futuro, pero con la misma devoción que uno siente al tocar un volumen antiguo. Otro día exploraremos estas maravillas.

Ecce homo 31

Selección (mínima, anecdótica) de pareados del «Regimen sanitatis Salernitanum» en latín, con traducción al español:

«Hi vigilant studiis, nec mens est dedita somno, /
Servant propositum, sibi nil reputant fore tutum».

«Estos, velando en los estudios, no entregan la mente al sueño; cumplen su propósito, y no creen que para ellos haya seguridad.»

Y también:

«Otia non studio tradunt, sed corpora somno;
Sensus hebes, tardus motus, pigritia, somnus».

«El ocio no entrega al estudio sino los cuerpos al sueño; los sentidos se embotan, los movimientos se hacen lentos: pereza y sueño».

El «Regimen sanitatis Salernitanum» (también llamado «Flos medicinae Salerni») es un poema didáctico compuesto en la Escuela Médica de Salerno. Las ideas que recomienda a la mente estudiosa son: practicar el estudio con moderación, advertir que la falta de sueño y el exceso de vigilia son perjudiciales, saber que estudiar requiere dieta y hábitos ordenados, y, por último y no menos importante, que exige alegría y serenidad mental, equilibrio entre «studium» y «requies» (alternar estudio, reposo y ejercicio)

A mi juicio, el estudio ennoblece, porque disciplina la mente -la erudición es virtud cuando se somete al método. Asimismo, recordemos a Mommsen en su «Römische Geschichte» cuando escribe: “Das Wissen ist keine Ruhe, sondern Tat”, “El saber no es reposo, sino acción”. Y a Michelet, que nos dice: “L’étude console, élève, délivre», “El estudio consuela, eleva, libera”.

Permítanme expresar una utopía en medio de esta era tan anti-ilustrada: la lectio divina, la contemplación, el canto, la salud del alma, la meditación cósmica o divina, deben ser FORMAS SUTILES DE ESTUDIO, DE LECTURA.

En fin, todo -vaya por Dios- como el cervantino: «El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho».

Salud al alma amigos.

Ecce homo 30

«Cuando los padres se acostumbran a dejar hacer a los hijos, cuando los maestros tiemblan ante sus discípulos y los prefieren adular; cuando, en fin, los jóvenes desprecian las leyes porque ya no reconocen sobre ellos la autoridad de nadie, entonces es el comienzo de la decadencia”, Platón, «La República», Libro VIII, 557b–558a, Gredos, 2003, Trad. José Antonio Míguez

***

«Ruinam huius aetatis naturalis effectus fuit ex eo quod non super legibus et moribus ordinatis, sed super impudica cohorte latronum fundata est. Palpitationes temporis obscuri se ipsas et cives suos vendunt. Boni tacent, et mundus inanibus verbis repletur. Videtur insolescere stultitia, et studium litterarum cum ipsa sapientia deficit; homines magis amant strepitum armorum quam litteras librorum. Omnia vertuntur in pompam exteriorem et vanam curiositatem. Vitium locum virtutis occupavit, et qui exemplum esse debuerant, primi in ordine corruptionis stant. Saeculum incurvatur ad avaritiam, superbiam et gulam, et rationem iniuriis lacerat. Sapientes tacent aut blandientes serviunt; imperiti regunt, et rusticissimi beatissimi putantur. Mores adeo corrupti sunt ut vix agnoscas virum nobilem per virtutes, sed per fortunam solum. Mundus plenus est fallaciis et umbris, ita ut verum pro peregrino habeatur, et amatur tantum quod nos humiliat», Theodoricus de Apoldia (fl. ca. 1290–1310), «De vanitate saeculi et ruina temporum», cap. VII (circa 1300)

«La ruina de nuestra época fue el efecto natural de no estar fundada en las leyes y arregladas a las costumbres, sino en una desvergonzada banda de rufianes. Las palpitaciones del tiempo gris y oscuro se venden a sí mismas y a sus ciudadanos. Los hombres buenos callan, y el mundo se llena de palabras inútiles. Parece enseñorearse la necedad, y declina el estudio de las letras y con él la sabiduría; los hombres aman más el ruido que la letra de los libros. Todo se convierte en pompa exterior y vana curiosidad. El vicio ha usurpado el lugar de la virtud, y los que deberían ser ejemplo son los primeros en ocupar las filas de la corrupción. El siglo se encorva en avaricia, orgullo y gula, e injuria sin ambages a la razón. Los sabios callan, o bien adulan, los ignorantes gobiernan, y los más rústicos son los más felices. Las costumbres se han corrompido tanto que apenas se distingue ya al hombre noble por sus virtudes, sino por su fortuna. El mundo está tan lleno de engaños y sombras, que lo verdadero se tiene por extraño, y se ama solo aquello que nos rebaja», Theodoricus de Apoldia, “Sobre la vanidad del siglo y la ruina de los tiempos”.

¿No ven un enorme paralelismo con nuestros tiempos? La acción política se redujo a la gestión administrativa y burocrática, por parte de políticos babiecas que desprecian las leyes porque ya no reconocen sobre ellos la autoridad de nada ni nadie; la opinión pública -la peor de las opiniones- atrona en un murmurar farfullante ininterrumpido de redes sociales; los algoritmos atontan, y las palabras consoladoras se opacan y ahogan ante un Gran Océano de Likes y Memes; la mediocridad se impone, no por violencia, sino por indiferencia. En la ostentación de lo mediocre reside la psicología popular. Y el escritor mediocre es el peor, tanto por su estilo peregrino como por su moral utilitarista. Rasguña tímidamente, bárbaramente, lo que teclea; en collonadas de volúmenes que deberían terminar en el primer párrafo. La atención es un lujo escaso y está de capa caída. Y la necedad susurra universal en las apps y las pantallas.

“Las fiestas resplandecen con luces y vino,
pero los corazones son fríos y las lenguas rebosan de falsedad;
y todo es vanidad, y la vida un sueño”, Lord Byron.

“Weh mir! Wo nehm’ ich, wenn
Es Winter ist, die Blumen, und wo
Den Sonnenschein,
Und Schatten der Erde?», Hölderlin.

Ecce homo 29

AUTORRESEÑA DE MIS LIBROS

En la pentalogía de Christian Sanz encontramos una diarística superficial, anécdotas y comentarios cotidianos, poemas, humor y guiños irónicos; se logra así un falso efecto de cercanía y simplicidad. Pero, asimismo, encontramos también una erudición babélica, una capa de cifrado intelectual, que solo desentrañarán los lectores preparados. Así se difuminan las fronteras entre lo personal, lo literario y lo reflexivo; los secretos solo se revelan a quienes se sumergen profundamente en el texto.

Christian no es de esas personas que nos aseguran que lo que llamamos valor estético es una mistificación burguesa o arbitraria, una mera estipulación subjetiva. Ni cree que cualquier libro es intrínsecamente igual a otro libro. Se pensaría que una doctrina tan burda y cruda habría sido ridiculizada, pero es como en nuestra política; piensas que las cosas van a ser ridiculizadas y, de repente, descubres que ha habido una avalancha y el voto acémila repiqueteando. El personaje literario de su pentalogía acepta el magisterio de Cervantes, Montaigne, Goethe, Dante y Tolstoi ETCÉTERA, todos ellos bajo la sombra de Burton. El personaje es un fervoroso defensor, algo evangélico y naif, de los grandes nombres, de la lectura compulsa, de la crítica y la opinión pobre por sesgada, por intransigente, exaltada y prosélita.

Hace que odiemos el statu quo, pero nos hace sentir igualmente insatisfechos con nuestra ignorancia; hace que nos disgusten la vulgaridad de los otros, pero también que nos irrite la nuestra; nos vengamos de sus ofensas, pero no retribuimos esos favores con gratitud. Acaso eso sea una razón muy indirecta de su fracaso de ventas.

«La anatomía de la melancolía», de Burton, es obra valiosa. Acaso esté lastrada por una sobrecarga de citas, pero hay un gran espíritu y una fuerza estimable en cuanto dice Burton cuando escribe por su cuenta. Burton, gran inspirador de esta serie de obras sanzianas.

T. Campbell escribió esto del Dr. Johnson, aplicable quizá a nuestro autor gallego-catalán: : «Tiene el aspecto de un idiota, carente del más tenue rayo de sensatez en cualquiera de sus facciones, y es de una torpeza proverbial, y gasta una verborrea gris sin empolvar, zarrapastrosa; anda en todo momento bailoteando una jiga endemoniada, y a veces hace esfuerzos denodados con tal de insuflar a silbidos algún pensamiento en sus paroxismos de ausente».

Burton observa la política, la enfermedad y la moralidad, mientras que Sanz Gómez amplía el registro a la vulgaridad contemporánea, la alienación y la decadencia cultural, siempre con una prosa que combina claridad, a veces lirismo, humor y precisión. El lector atento detecta que cada digresión, cada aforismo o microensayo, es a la vez comentario, juego intelectual y confesión velada: un diálogo silencioso con las ideas y la historia secular que le preceden.

En consonancia con los eruditos de la Inglaterra moderna temprana, la obra despliega un mosaico de referencias intertextuales: fragmentos de autores antiguos y modernos se entretejen con reflexiones personales, intimando con citas a veces en latín, francés o inglés. Tal procedimiento recuerda la forma en que los comentaristas del Renacimiento estructuraban sus códices: “Verba volant, scripta manent”, y no obstante, la articulación no es rígida; cada referencia funciona como eco de ideas previas, un espejo que amplifica la voz propia sin disiparla.

En los tratados más refinados sobre la condición humana, se ha sostenido que la erudición no consiste meramente en acumular saber, sino en organizar la experiencia de manera que la mente pueda contemplarla y discernir su extensión. Así lo enseñó Burton, quien en «The Anatomy of Melancholy» concebía la mente melancólica no como defecto, sino como instrumento de exploración intelectual, y estructuraba su obra como un palimpsesto de referencias, digresiones y citas.

La obra de Christian adopta un proceder análogo: fragmentación deliberada, hibridación de géneros y circulación constante entre lo anecdótico, lo filosófico y lo poético. Cada entrada funciona como un microensayo, donde el autor oscila entre lo personal y lo erudito, descubriendo que la dispersión aparente obedece a un orden secreto y riguroso.

En su obra «First Love», Beckett incorpora más de 200 líneas y expresiones extraídas de «The Anatomy of Melancholy». Según el académico Edmund Gunter, «el narrador de First Love sigue la estructura general de Burton, con una prosa fragmentaria y una visión sombría de la existencia humana». Sustitúyase «el narrador de First Love» por «el yo enunciativo de la pentalogía de Sanz Gómez» y se obtendrá una idea similar.

La repercusión inmediata rara vez es un buen indicador del lugar que uno ocupará en la historia literaria. Si nos fijamos en «The Anatomy of Melancholy», Burton pasó prácticamente desapercibido en ciertos círculos contemporáneos, y sin embargo, su obra ha resonado durante siglos, influyendo en escritores, filósofos y artistas, exactamente por ese carácter “indigerible” para la mayoría. Sus libros podrían -nunca se sabe- funcionar de manera similar: no serán «mainstream», pero sí memorables para quien realmente se tome la molestia de explorar su mundo literario.

La melancolía de Burton era método y contenido de la mente; la de Sanz Gómez, también gracias a las citas, es estilo. En ambos, la escritura se erige como defensa contra la trivialidad del mundo. Y si el primero cartografió los laberintos del alma moderna, el segundo ofrece su versión contemporánea: una Anatomía de la Vulgaridad, escrita con la precisión de un moralista y la nostalgia de un esteta. Quizá el tiempo -ese último crítico- sabrá colocarlos, como a sus precursores, en el linaje de los raros necesarios.

Ecce homo 28

«¿Hace algún mal, a una sociedad, que la gente no haya recibido una educación literaria suficientemente sólida, de modo que lea libros indignos de la estética literaria, en lugar de los mejores libros que ha dado la cultura de nuestro continente, y después, si la vida es larga, y abunda el ocio, la literatura de oportunidad, descaradamente efímera, con toda seguridad mal formada, desastrada, mal hecha? Pues no, no hace mal, no pasa nada, si la cuestión es leer.

Pero el nivel cultural de un país no se mide sobre la base de los libros circunstanciales, de ocasión, o rabiosamente (!) contemporáneos: se mide en el crisol de una espesa tradición literaria, hecha de la suma de los grandes libros y los pequeños libros escritos a lo largo de los siglos, configurando una sola clase lectora (en el mejor de los casos), y no dos clases divergentes», J. Lobetus.

***

La calidad de literario es como aquello que decía Agustín sobre definir el tiempo. Hay autores, como Allende, Reverte, Posteguillo, Gómez Jurado, o Coelho, cuyo único mérito es que venden libros. Después, más allá de estos juicios de evidencia científica como la ley de Gay-Lussac, nos encontramos con juicios de gusto arbitrarios, esos tan jugosos, la divertida salsa rosa de los escritores (Boswell sobre Gibbon: «Gibbon es un tipo feo, afectado y repugnante, y enmierda a nuestro club literario. Lo pongo a la misma altura que los insectos venenosos»; Byron, cruel, sobre Keats: «Basta de Keats, se lo suplico; rasgarlo y destriparlo y desventrarlo de cabo a rabo. No hay manera humana de soportar la idiotez y la necedad de este maniquí».

El «Scriblerus Club» (Pope, Swift, Gay, Parnell, entre otros) blandía su vitriolo contra malos escritores y eruditos a la violeta . Por ejemplo, Pope burlándose del crítico Lewis Theobald (víctima principal de «The Dunciad»): “Theobald, the foremost of the dull! behold, / Not yet discharged, the debt of wit you owed.” O Swift en su poema “On Poetry: a Rhapsody” (1733) comparando a los malos poetas con ocas ruidosas.

Cuántos escribidores hay que tiene tanto estilo como un PowerPoint. Que escriben siguiendo un tutorial con el ordenador estropeado. Cuántos hombres de letras en minúscula.

“A Grub Street writer” es sinónimo de mercenario de la pluma, escritorzuelo, autor de segunda fila. Samuel Johnson (1755) definió “Grub Street” en su diccionario como: “the name of a street in London much inhabited by writers of small histories, dictionaries, and temporary poems” (“una calle de Londres habitada por escritores de historias menores, diccionarios y poemas efímeros”)

Juan del Val es un Grub Street writer, subespecie del “homo scriptor” caracterizada por la hipertrofia del ego bobalías, del ego de entendimiento pastoso, y la atrofia de la sintaxis (le sobra pagar a sus negros y le falta silencio) Que venda mucho y folle mucho y vaya mucho a desgañitarse con olés a los toros.

Ecce homo 27

Cuando le haces cosquillas a una ameba, a un renacuajo, a un hígado, se retrae, tiene emoción; no habla, pero tiene emoción. Un bebé llora, un caballo galopa; uno tiene que aprender a hablar, el otro a trotar. Pero a nosotros y solo a nosotros se nos ha dado la palabra. El resultado es el político, el escritor, el profeta. Pero la Palabra es monstruosa, apesta. La palabra es la piedra en la honda, la hoz afilada para hendir la piel, el esputo dirigido a la boca del loco.

Dejadme en paz. Id con vuestras padres, parejas e hijos de mierda. Torturar a un loco para volverlo loco; a esa extrema inhumanidad os dedicáis. Ojalá un apocalipsis atómico lo volara todo por los aires.