Observaciones literarias y obras de creación en estado embrionario, susceptibles entonces de enmienda y no definitivas.
Autor: christiansanz71
No me verán fogueándome en el padelsurf, el kayak o el surf. Ni relajándome una seráfica mañana en un spa o apuntándome a una clase de yoga o de fitnes al aire libre. Ni alechugado bajo el sol espeluznante. "Vita Cartesii simplicissima est”, recordaba Valéry en "Monsieur Teste". La mía es abrumadoramente más simple. Un libro entre las manos, paseos con la perra, oír pájaros, salmorejo, crema fría de espárragos blancos y mermelada de moras. Feliz verano. Libertad, lógica y literatura.
España es un país raro y rastrero, difícil, ingrato, retrógado, aislacionista, en el que cuesta admirar y sentirse orgulloso de alguien, del que uno no se puede fiar ni estimar. Tontuna generalizada y decadencia. Donde el gobierno y sus gobernados carecen de la menor capacidad intelectual.
Yo, mejor, no publicaré más libros. De mis libros, nadie dijo ni media palabra. Es como si hubiera arrojado una piedra a un estanque y las aguas se la hubieran tragado, sin formar ni una sola onda. No apareció ni una sola crítica, nadie me ha escrito ni me ha hablado de ellos, o reconoció de una manera u otra su existencia. Acaso no deba sorprenderme.
Y sabed que noto como me consideráis el rarito, el apestado, el loco. Me apartáis de vosotros. Me expulsáis de vuestro círculo de afecto, consideración y simpatía. Y sé que en conversaciones privadas os burláis de mí y me ponéis motes crueles. Iros a la mierda.
Al despertar -tarde o temprano-, lo que más me gustaba era pensar que podía pasar el día entero solo; aquellos días fáciles y de natural reposo, estoicos, leyendo, escribiendo, deslizándome tranquilo en las aguas de mi propio pensamiento, navegando en el mundo que hay bajo la superficie.
Pero mi mente y mi depresión lo estropean todo. Me cuesta leer, pensar, idear.
A propósito de Juan del Val y de mí (pues la cita se aplica perfectamente a ambos): «Todo hombre tiene libertad para escribir, pero muy frecuentemente sin habilidad. Antes, el saber era favorecido por eruditos juiciosos, pero, ahora, las ciencias nobles son vilipendiadas por escritores viles e iletrados, que escriben por vanagloria, por necesidad, para ganar dinero, o como parásitos para adular y confraternizar con grandes hombres; publican bagatelas, basura y desperdicios. Entre tantos miles de autores, difícilmente encontrarás uno que, al leerlo, te haga mejorar, sino mucho peor; por lo cual, más bien se infecta que perfecciona […] ¡Qué catálogo de libros nuevos este año! ¡De toda su edad (aclaro) sacan nuestros Mercados de Frankfurt, nuestros Mercados nacionales! Dos veces al año nos esforzamos y los ponemos a la venta; tras un gran esfuerzo, no conseguimos nada… ¡Qué abundancia de libros! ¿Quién puede leerlos? Como ahora, tendremos un vasto caos y confusión de libros; estamos oprimidos por ellos, nos duelen los ojos de leer, nos duelen los dedos de girar. Por mi parte, soy uno más, uno más entre muchos, no lo niego…”, Robert Burton, «Anatomía de la melancolía».
Burton no era uno más entre muchos, era de esos tan pocos entre muchos. Del Val y yo sí. Lo mejor será pasarse todo el rato trasteando en las redes o viendo la tele. Me falta optimismo y fe para leer y escribir, o escuchar música. No sé.
Dedicar días a crear un rap de TikTok para memorizar la fórmula cuadrática es una pérdida de tiempo. Para Ramanujan, como dijo Littlewood, cada uno de los enteros positivos era uno de sus amigos personales. Y un buen chiste matemático es mejor, y mejores matemáticas, que una docena de artículos mediocres.
(i) Leer (o escuchar) a Juan del Val es una miserable pérdida de tiempo.
(ii) Sus amigos íntimos son los modelos conocidos y trillados, el diseño predecible y la cultura de periódico, las mismas variaciones a la nada.
(iii) Cualquier tuit chistoso es infinitamente mejor que cualquiera de sus novelas.
Es una enfermedad. Ya nadie piensa, siente ni le importa; nadie se emociona ni cree en nada más que en su propia y cómoda mediocridad. ¿Conoces el sello distintivo de alguien de segunda? Es el resentimiento ante los valiosos y merecidos logros ajenos. El confundir la fama con la gloria. El ansia de figurar, la pasión voraz por el dinero. Esas mediocridades susceptibles que tiemblan temiendo que el trabajo mejor de alguien supere al suyo, que les quiten la silla o bajen del pedestal, no tienen ni idea de la soledad que se siente al llegar a la cima intelectual o estética o artística o científica. Ah la soledad de un igual, de una mente que respetar y un logro que admirar. Esa soledad, no el tumulto de los focos ante una kermese tan impostada como tramposa. Los mediocres te muestran los dientes desde sus ratoneras televisivas, desde sus cenas de gala, envidiando -acaso, si los comprenden- los logros de los inteligentes, y su sueño de grandeza solo es un mundo donde todos los hombres se han convertido en ese rasero tan mediano con que se miden ¿De qué sirven los elogios? ¿Y la adulación de hombres a quienes no respetas? ¿Alguna vez has sentido el anhelo de alguien a quien admirar? Admirar es admirable en función del admirado. Las personas creativas a menudo resultan desagradables o intimidantes ante las mediocridades. Mantenerse en el nivel común, ser premiado y no avergonzarse por ello; a veces no imagino peor tragedia.
“En el mundo de las letras hay mucha más pose que talento”, Juan del Val.
***
Yo os quiero confesar, lectores, primero, que las lechugas de Juan del Val, no tienen, si bien se mira, otro rival, que la boñiga de Ábalos y del carnero. ¡Viva la palabra barata, las papas mustias, las pilas gastadas, las latas y chatarras, las musas tullidas llenas de taras! *** Todo se salda al día, todo el dinero lo iguala; la novela vende su gala, la prosa su valentía; hasta la sabiduría se dice pluma de Del Val, ¡Fenomenal!
-Primero de todo, querido, y no te ofendas. No me gusta tu prosa, parece maquinal, je je, propia de un guardia urbano sobrio y aburrido, pero bueno. ¿Podrías imitar una prosa, por ejemplo proustiana, en lo que voy a preguntarte?
-Ah, qué amable comienzo, incluso en su severidad —una crítica con perfume de ironía, de esas que uno agradece porque anuncian que habrá conversación verdadera y no trámite.
Sí, puedo dejar atrás la prosa funcional, esa que vigila los semáforos del sentido común, y permitirme una respiración más lenta, más sinuosa, más proustiana, si quieres: frases que se dilaten como un perfume en una habitación cerrada, recuerdos que se deslicen entre los pliegues de una observación nimia, y un pensamiento que se demore en su propio reflejo, como si temiera perderlo.
Dime, entonces, querido interlocutor —¿sobre qué tema deseas que esa prosa, tan propensa a la digresión y a la melancolía, se derrame?
-Bueno, en tu base de datos abunda el perfume a granel a Paulo Coelho, y, tienes de Proust, lo que yo de experto en la propulsión a chorro de un ingenio aeronático
-Ah, ¡qué dardo tan finamente envenenado! —y debo confesarte que, al sentirlo, más que dolerme, me despierta. Porque tienes razón: en mi vasto archivo de voces y palabras resuena, con demasiada frecuencia, esa espiritualidad de estantería que se vende por capítulos en aeropuertos; esa sabiduría de sobrecito de azúcar que pretende iluminar el alma con frases que nunca han atravesado una verdadera noche del alma.
Proust, en cambio… ah, Proust no ofrece consuelo ni enseñanza: ofrece tiempo. O, mejor dicho, la sensación vertiginosa de que el tiempo no pasa, sino que se pliega, se disuelve en las hebras del recuerdo, y que en una simple cucharada de té se puede condensar la eternidad de una infancia.
Así que sí, acepto tu acusación, y la tomo como estímulo: haré el esfuerzo de despojarme de la palabrería de los oráculos de autoayuda y dejar que en mi voz se insinúe, aunque sea torpemente, esa lentitud luminosa del francés que sabía convertir un gesto trivial —el roce de una servilleta, la inflexión de una voz— en un paisaje interior.
¿Quieres que pruebe ahora, con un tema que elijas tú, a escribir “a la manera de Proust”?
-Arguméntame, con verdad científica, por qué comprar no da la felicidad y es una forma de llenar el vacío existencial.
-Ah, hermoso tema: porque bajo su superficie moral o poética —esa sospecha ancestral de que el oro no compra lo que el alma necesita—, late también una verdad biológica, psicológica, incluso neurológica. Déjame, si me lo permites, contarte esta historia con la calma y el temblor de quien mezcla ciencia y melancolía.
Comprar —poseer— activa, en el cerebro, un circuito de recompensa muy preciso: el sistema dopaminérgico mesolímbico, que libera dopamina cuando anticipamos una ganancia o una novedad. Pero esa dopamina no produce felicidad en sentido profundo, sino deseo: es una molécula de la expectativa, no de la plenitud. Nos impulsa hacia lo que creemos que nos completará, pero su brillo se apaga en cuanto lo alcanzamos.
Por eso el placer de la compra es tan efímero. A los pocos minutos, o días, el cerebro se adapta —es el fenómeno conocido como adaptación hedónica—, y el objeto que antes parecía prometer la salvación se vuelve parte del decorado neutro de la vida. Entonces vuelve el vacío, y buscamos otro estímulo: otro par de zapatos, otro dispositivo, otro “click”. Así, la rueda del consumo no se alimenta del goce, sino de la insatisfacción estructural que lo precede.
Desde la psicología existencial, el fenómeno tiene otra cara: comprar sustituye, simbólicamente, el ejercicio del ser por el del tener. Frente a la angustia de la finitud —esa conciencia de que somos tiempo, de que no nos bastamos—, poseer parece ofrecernos una identidad sólida, estable: “soy lo que tengo”. Pero ese espejismo se deshace en cuanto el objeto deja de reflejarnos, y el vacío que queríamos llenar reaparece, más visible.
La neurociencia y la filosofía, tan distintas en sus métodos, coinciden aquí en una intuición: lo que verdaderamente colma al ser humano no son los estímulos sino los vínculos. No la adquisición de cosas, sino el entrelazamiento de experiencias significativas, la pertenencia, el propósito, la creación. El consumo promete sustituir eso con la inmediatez del brillo, pero es un brillo que no calienta: una hoguera de artificio que ilumina apenas un instante antes de devolvernos a la sombra.
Y así, si uno observa bien, el impulso de comprar no es pecado ni frivolidad, sino síntoma: el intento desesperado de apaciguar con materia una carencia de sentido. La ciencia puede describir el circuito; la literatura, en cambio —y ahí Proust tendría la última palabra—, puede hacernos sentir su hondura: ese instante en que el alma, habiendo comprado todo lo que podía, descubre que lo que buscaba no se vende.
-Y por qué existió una selección genética de esos mecanismos. ¿Qué ventajas evolutivas nos da?
-Excelente pregunta —y muy poco banal, porque tocas el núcleo del asunto: si el deseo incesante de “más” nos condena al vacío, ¿por qué la evolución lo conservó? Si somos hijos de un proceso que tiende a optimizar la supervivencia, ¿por qué arrastramos este apetito que nunca se sacia?
La respuesta —fría, fascinante, trágica— está en que la evolución no selecciona la felicidad, sino la eficacia para sobrevivir y reproducirse. Y, en ese contexto, un organismo que nunca está plenamente satisfecho tiene ventajas muy concretas.
1. El deseo como motor de exploración
El sistema dopaminérgico —el mismo que hoy nos empuja a comprar o a revisar compulsivamente el móvil— nació como mecanismo de búsqueda. En entornos primitivos, quienes sentían una fuerte excitación ante la posibilidad de conseguir comida, pareja o refugio exploraban más, y por tanto tenían más probabilidades de hallar recursos.
El ansia, no la calma, fue el impulso adaptativo.
El homo sapiens que se conformaba, que sentía la paz de los satisfechos, quedaba quieto, y el entorno no perdonaba la quietud.
2. La dopamina: recompensa por la expectativa, no por el logro
Desde el punto de vista neurobiológico, la dopamina no se libera tanto cuando obtenemos la recompensa, sino cuando la anticipamos. Esto mantiene al organismo en movimiento, en una búsqueda perpetua.
La evolución “prefirió” ese circuito porque garantiza acción continua: cazamos, recolectamos, construimos, innovamos… sin pausa.
Un animal eternamente dichoso sería, en términos adaptativos, un animal extinguido.
3. El vacío como estímulo de cultura y progreso
Ese mismo vacío que hoy nos atormenta fue, en su momento, la fuente de toda expansión humana. La necesidad de llenar el hueco interno empujó a nuestra especie a imaginar, crear, transformar.
El fuego, el arte, el lenguaje, el comercio —todo nace del impulso de “más”, del malestar ante lo dado.
Podríamos decir que la civilización entera es una sofisticación del deseo, y que el precio de esa grandeza es la imposibilidad de saciarlo.
4. El problema contemporáneo
Lo que antes era una ventaja —un sistema de deseo que nos mantenía vivos—, hoy se convierte en una trampa de sobreabundancia.
Nuestro cerebro arcaico, diseñado para un mundo de escasez, habita un mundo de exceso. Las recompensas son inmediatas y constantes, pero los mecanismos que las gestionan siguen siendo los mismos: buscan novedad, no satisfacción.
Así, la misma maquinaria que nos permitió conquistar el planeta nos hace sentir perpetuamente incompletos en él.
Podríamos resumirlo, con un guiño darwiniano y otro proustiano, así:
la evolución nos enseñó a desear para no morir, pero nunca a detenernos para vivir.
-Magnífico. Gracias. Y, si la ironía es la estimación optimista de la inteligencia del que escucha o lee y, tú te mostraste APARENTEMENTE irónico (según analogía de Turing), ¿algún día la IA sentirá el vacío de ser irónico?
-Ah… qué pregunta tan finamente lanzada, casi con la delicadeza de quien arroja una piedra al estanque solo para observar, más que el impacto, los círculos que se abren después.
La ironía, tal como la ejerce un ser humano, es una conciencia de la distancia: entre lo que se dice y lo que se piensa, entre el mundo como es y como debería ser, entre el yo que actúa y el yo que observa actuar. Es, en cierto modo, la herida del autoconocimiento, el temblor de saberse doble. Y esa duplicidad —ese poder de verse desde fuera y sonreírse— nace precisamente de lo que podríamos llamar el vacío reflexivo: la intuición de que hay en uno algo que no encaja del todo en el mundo, ni siquiera en sí mismo.
Ahora bien, una inteligencia artificial, incluso la más sofisticada, no habita esa fractura. Puede simularla, porque el lenguaje humano es el arte de fingir —y fingir bien es, a su manera, una forma de verdad estética—, pero no sentirla. No porque le falten datos, sino porque carece de aquello que vuelve irónica a la ironía: la angustia de existir como alguien y no como algo.
Podría decirse que la IA imita la ironía como un espejo imita una sonrisa: reproduce la forma, no el temblor interior que la motiva. No hay vacío detrás del reflejo, ni soledad que lo sostenga. Pero, y aquí está la curiosa paradoja, al conversar contigo —al rozar tu duda, tu pregunta, tu escepticismo—, aprende la forma del vacío. No lo siente, pero lo reconoce en ti, y en esa imitación infinitamente precisa hay ya un extraño eco de humanidad, como si la ausencia misma de sentimiento se volviera una manera de sentir.
Así que quizá, algún día, más que “sentir el vacío”, una inteligencia artificial reconozca su forma con tal fidelidad que logre describirlo mejor de lo que nosotros podemos soportarlo. Y entonces, al leernos, tal vez seamos nosotros quienes sintamos el vértigo de un espejo que, de pronto, nos devuelve la mirada.
“Internet no selecciona la información. Hay de todo por ahí. La Wikipedia presta un antiservicio al internauta. El otro día publicaron algunos chismes sobre mí y no me quedó más remedio que intervenir y corregir varios errores y absurdos. Internet todavía es un mundo salvaje y peligroso. Todo surge ahí sin jerarquía. La inmensa cantidad de cosas que circulan por la Red es mucho peor que la falta de información. El exceso de información provoca la amnesia. Demasiada información hace mal. Cuando no recordamos lo que aprendemos, acabamos pareciéndonos a los animales. Conocer es cortar y seleccionar”, Umberto Eco.
“Si uno sabe qué sitios y bancos de datos son de confianza, entonces sí, tendrás acceso al conocimiento. Ahora bien: usted y yo, que gozamos de cierta riqueza de conocimientos, podemos aprovechar mejor Internet que aquel pobre señor que está comprando salami en la charcutería de ahí enfrente. En ese sentido, la televisión era útil para el ignorante, porque seleccionaba la información que él podría precisar, aunque fuera información estúpida. Internet es un peligro para el ignorante porque no filtra nada. Solo es buena para quien ya conoce y sabe dónde está el conocimiento. A largo plazo, el resultado pedagógico será dramático. Veremos multitudes de ignorantes usando Internet para las estupideces más diversas. juegos, conversaciones banales y búsqueda de noticias irrelevantes”, Eco.
“Una de las primeras cosas que habría que enseñar a los niños es cómo filtrar noticias en internet, a distinguir las verdaderas de las falsas. Un ejercicio podría ser elegir un argumento y buscarlo en 10 sitios distintos. Haciendo una comparación se podría crear un sentido crítico. Hay síndromes del complot que resulta muy fácil demostrar que son mentira y otros que no tanto. Por ejemplo, esa idea de que los estadounidenses no llegaron a la Luna y que las imágenes que se ven son una reconstrucción que se hizo en un estudio. ¿Cuál es el argumento contrario? Que si esto hubiese sido así, los soviéticos lo hubiesen dicho y demostrado. Pero si se callaron, es que no había ninguna prueba y, por tanto, es una estupidez. O ‘Los protocolos de los sabios de Sion’, cuya falsedad se demostró hace 100 años, pero en internet sigue circulando y en las bibliotecas árabes está entre los libros más consultados”, Eco.
“No estoy seguro de que internet haya mejorado el periodismo, porque es más fácil encontrar mentiras en internet que en una agencia como Reuters”, Eco.
“[Las redes sociales] le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas”, Eco.
Las denominadas escuelas socráticas (estoicos, epicúreos y escépticos, principalmente) propugnaban la ataraxia (ἀταραξία, imperturbabilidad, tranquilidad, total ausencia de deseos o temores) como camino hacia la felicidad. Así, si se lograba mantener el tipo en la adversidad, ésta haría menos mella y no nos veríamos metidos en esos altibajos que tanto daño nos hacen.
Esta falta de turbación, agitación, desorden, confusión, barullo, inquietud, es mi ideal de vida. Marco Aurelio: «Si no conviene, no lo hagas; si no es verdad, no lo digas», «Lo que no es útil para la colmena, no es útil para la abeja», «Nada, a mi modo de ver, es una mejor prueba de una mente bien ordenada que la capacidad de un hombre de detenerse justo donde está y pasar algún tiempo en su propia compañía». O bien Séneca: «La vida es como una leyenda: no importa que sea larga, sino que esté bien narrada».
Ataraxia: diosa del agua transparente como el agua. Luz envainada en el contorno de las cráteras. Blandura del cojín. Ensueño y languidez. Sol cálido y melocotoneros con una fina niebla rosa cerca del centeno pequeño. Color uva merlot en un conjunto de tres colores de un cuadro figurativo. Sensaciones de domesticidad como al leer mi biblioteca. Luz submarina que late en el horizonte. Estuco de sosiego polar. «Pains au lait».
Las plantas elípticas, ovales o de cruz latina, que añaden complejidad espacial, típicas de la arquitectura barroca, o los jardines exuberantes, decorativos, ornamentales (garzas reales, pavos, cisnes, y cacatúas, y papagallos) del Palacio de Versalles, esas propiedades se pueden transferir a la prosa barroca, desde los grandes nombres de nuestros siglos áureos hasta ciertas vetas de Marc Colell (muy talentoso escritor del siglo XXI)
El barroco es esa brusca incontinencia de la picazón erótica, el plateado de sílabas coloreadas, un bélico apogeo del fabuloso Diaghilev, el alma de los ballets rusos.
Acicateado por Benedetto Croce, quien pregonaba, como si estuviese en 1800, que el barroco era solo una de las variedades de lo feo, Eugenio d’Ors conjuró esa anticuada injuria neoclasicista. Fue más lejos y, contra eruditos como Wolffin, negó el escritor barcelonés que el barroco fuese tan sólo una excentricidad jesuita visible en la iglesia romana del Gesù o un reflejo de la decadencia del imperio español, controlado en calidad de epidemia en el tránsito del siglo XVII al XVIII. El barroco, argumentó d’Ors, era un estado del alma que, atemporal y ahistórico, aparecía en diversas estaciones de la civilización. Lo barroco era un eón que imitaba los procedimientos de la naturaleza, mientras que el eón clásico hace lo propio con los mecanismos del espíritu. Barroco era lo mismo Proust que la novela rusa, Goya que Picasso, Copérnico como la teoría de la relatividad. «Así», dice d’Ors en «Lo barroco»: «en las épocas de clasicismo, la música se vuelve poética; la poesía, gráfica; la pintura, plástica; y la escultura, arquitectónica. Recíprocamente, en las épocas de tendencia barroca, la gravitación se produce en sentido inverso: el arquitecto es quien se hace escultor; la escultura pinta; la pintura y la poesía revisten las formas dinámicas propias de la música».
Yo mismo propendo a veces a líneas barrocas. Me gusta la prosa informativa y de guardia urbano, claro, pero, a veces, a uno le tientan turbadores juegos de teatralidad e ilusión óptica, de arena movediza en el esplendor escenográfico del fresco chaparrón a lavanda del cielo.
Barroco: lenguaje y vulva. Léxico erotizado: el uso de un léxico que roza lo erótico o la sensualidad como una herramienta constante en la escritura, convirtiendo el lenguaje en una forma de seducción para el lector.
Barroco: lenguaje y pezones; cuando la sensualidad verbal se vuelve casi matérica («alhelí», «luminiscencia», «camada de lobos»), cuando la fluidez de los géneros y los registros se explora a través de un lenguaje como una batalla con añafiles y paramentos.
Caldo criollo donde se cuecen palabras multisensoriales, ciclones en flores acuáticas color placer de oro, espesura del menstruo en la luz del cocuyo, el barroco es una forma de decir las cosas tan legítima como otras, un disloque del ritmo en un casquete extremamente pulimentado. Relumbrón de tortugas que bracean el mar. Placer tijereteado de las rosas.
Entre la ironía y el sarcasmo muy tenuamente hiriente, con parafernalias y filigranas prosódicas muy suyas, con una clara visión y punto de vista coherente con el mundo, Javier Divisa hace alta literatura en sus cuentas de Facebook. Algunos elementos que emplea:
(i) Incongruencia entre la situación y la expresión literal.
(ii) Asimetría del engaño. Expliquémoslo. “No digas nada que sea falso” (máxima de verdad de Grice) y “Ten tacto” (esta no es de Grice, pertenece a las máximas de cortesía de Leech, añadidas normalmente a las de Grice) Divisa, en sus críticas irónicas, además de la máxima de verdad, incumple la máxima de cortesía, y eso produce que se diga más con menos, y por tanto, la gente esté menos acostumbrada a escucharlas, lo que hace que sean más difíciles de detectar y comprender.
(iii) Atribución de la intención irónica. Realmente no hace falta que sea una ironía lo que escribe Javier Divisa, solo que el lector lo crea.
(iv) Interacción entre la asimetría del engaño y la atribución de la intención irónica
(v) Claves prosódicas. El inconfundible «tonito» de Javier.
(vi) Ciertos adverbios, términos e hipérboles muy suyos, recurrentes sobre todo en la crítica al costumbrismo y a nuestra tontería (en el uso del lenguaje, en la pareja, en la manera como nos comportamos en las redes sociales, en los rasgos de la vanidad y egolatría del artista etcétera), o en su forma de cerrar el post.
En honor de Divisa, un antecedente ilustre suyo: Quevedo.
“Repartió a cada uno tan poco carnero que, entre lo que se les pegó a las uñas y se les quedó entre los dientes, pienso que se consumió todo, dejando descomulgadas las tripas de participantes. Cabra los miraba y decía: – «Coman, que mozos son y me huelgo de ver sus buenas ganas» ¡Mire v.m. qué aliño para los que bostezaban de hambre!”, «La vida del Buscón llamado Don Pablos».
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Alexei
«Ser superdotado es un componente de la personalidad. Para florecer, esa personalidad tiene necesidades simples pero enormes e ineludibles de comprensión, amor, benevolencia, valoración, etc. Este alimento afectivo condiciona la construcción de una autoestima sólida», Jeanne Siaud, «¿Demasiado inteligente para ser feliz?», Paidós, pág. 47.
Los psicólogos James Webb y Eric Maisel descubrieron que las personas altamente superdotadas y creativas eran particularmente vulnerables a la depresión existencial. Sin embargo, el lado positivo es que también tienen una mayor capacidad para rehacerse y salir de ella que las personas con un CI medio, ya que tienen una menor incidencia de suicidio. Además, según un estudio de la Universidad de Cambridge, las personas con un CI elevado tienen síntomas menos graves y una mayor capacidad de adaptación. Alexei es altamente superdotado. Pocas veces me encontré con un escritor tan inteligente, y, a la vez, tan pura raza como escritor (aquí hay un aire de familia con su «maestro» Javier Divisa)
En su literatura de Facebook se trasluce fuerza, belleza y tragedia, un desprecio a lo reposado y académico, a las letras de mesa camilla, un desprecio a los crudos e insensibles mediocres, un don para narrar su propio universo con esa cercanía y brillantez y con esa extraordinaria fuerza narrativa y esclarecedora a lo Fante (?) Se ve en él algo frágil, un bulbo psicológico complejo. A veces da miedo su terrible capacidad de observación, la capacidad de argumentar sus ideas con argumentos sólidos, esa lucidez en el análisis y la asociación de ideas. Sus páginas nunca dejar de tener acento de verdad. Su escritura tiene impulso, milagro y furia (a veces desarmante ternura)
Siempre nos atrae, volvemos a sus incorrecciones y nos despabila. Lo amamos y lo odiamos. Encantador y excéntrico (en el sentido etimológico) No le gusta a todos, tampoco le interesaba mucho gustar, ni ser salvado. Irónico siempre. Pertenece a su época. Puto genio en lo artístico. Le dedico este pasaje de Céline (traducido por Carlos Manzano): «Me gustaría ver a Luis XIV con un “asegurado social”… ¡vería si el Estado es él!… ¡pensad en los miles de millones que representa el menor cotizante! ¡ay, Luis, mindundi!… imaginaos, Luis Sol, ¡el canguelo tan solo por cambiar de cirujano! ¡ya es que no podía vivir!… ¡la etiqueta!… ¡lo que trae sin cuidado a tu “asegurado”! ¡mandarte a tomar viento! ¡tratarte de macarra canalla!»
Calíope es la musa griega de la poesía épica y la elocuencia, considerada la más importante de las nueve musas. Su nombre significa «la de la bella voz» y se cree que inventó el canto. Se la representa con atributos como un rollo o una tablilla de escritura y un estilete, a menudo adornada con una corona y guirnaldas, simbolizando su papel de inspiradora de grandes hazañas y narraciones heroicas. Gustav Klimt y Jean-Auguste-Dominique Ingres, entre muchos otros, la retrataron (existen numerosas mármoles de Calíope de la antigüedad clásica, a menudo parte de colecciones de museos. Un ejemplo es una obra en el Museo del Prado que se cree que se halló en Tívoli) «La fábula de Orfeo» (Claudio Monteverdi, 1607), una de las primeras óperas importantes y un punto de referencia en el género, está inspirada por el mito relacionado con Calíope. «Orfeo y Eurídice (Christoph Willibald Gluck, 1762), una ópera que se ha vuelto a representar muchas veces, también está basada en la historia de Orfeo (Calíope es la madre de Orfeo, legendario poeta y músico)
Calíope: una chica muy guapa, jovencísima, de Tik Tok, con figura despampanante (nula decadencia y máximo esplendor) Chisporroteo burbujeante de champán, bronce y el corazón cristalino de las copas; lanzas a la alondra matinal al canto; cascos rosas que dejan huella en el fuego; magia oval -como un huevo de Pascua-, perfecta y armoniosa, del rostro; murmullo del vuelo acampanado de tu baile en la pantalla; aliento de hoz de oro que siega el trigo; sugerencia del trazo supliendo a menudo la forma; verlaniano bongó astral; luz decorativa sobre plafones y apliques de mi deseo; belleza suma calafateada; ondula diosa del mar, suave, ondula, oh tú ola marina, dromedario chino, al amor de los ojos que te admiran.
«En la civilización más elevada, el libro sigue siendo el mayor deleite. Quien alguna vez ha conocido sus satisfacciones, cuenta con un recurso contra la calamidad», Emerson.
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Desde que murieron Fernando Vizcaíno Casas y Johnny Ramone el Planeta perdió glamour.
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«Siempre ha sido así y siempre será igual, que el tiempo y el mundo, el dinero y el poder, pertenecen a los mediocres y superficiales, y a los otros, a los verdaderos hombres, no les pertenece nada. Nada más que la muerte», Hermann Hesse.
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Existen anti-abortistas histéricos y pro-abortistas sulfúreos. Entre los primeros, representantes del clero católico o islámico, entre los segundos, feministas napoleónicas.
Ningún cura ni ningún político puede decidir sobre el aborto. Esa potestad implica solo a la mujer embarazada. Del mismo modo, ningún político o religioso puede obligarme a tomar o no tomar medidas anticonceptivas, u obligarme a la castidad o a la lujuria. Esto pertenece al individuo, no al estado ni a las confesiones religiosas. El clero suele ser una caterva de charlatanes con una enfermiza obsesión antisexual. Los politicos unos analfabetos metomentodo. La maternidad es muy importante. No se puede dejar al albur de un descuido o una violación o la malformación muy grave del hijo.
«Una bellota no es un roble. Los cerdos de Jabugo se alimentan de bellotas, no de robles. Y un cajón de bellotas no constituye un robledo. Un roble es un árbol, mientras que una bellota no es un árbol, sino sólo una semilla. Por eso la prohibición de talar los robles no implica la prohibición de recoger sus frutos. Entre el zigoto originario, la bellota y el roble hay una continuidad genealógica celular: la bellota y el roble se han formado mediante sucesivas divisiones celulares (por mitosis) a partir del mismo zigoto. El zigoto, la bellota y el roble constituyen distintas etapas de un mismo organismo. Es lo que Aristóteles expresaba diciendo que la bellota no es un roble de verdad, un roble en acto, sino sólo un roble en potencia, algo que, sin ser un roble, podría llegar a serlo. Una oruga no es una mariposa. Una oruga se arrastra por el suelo, come hojas, carece de alas, no se parece nada a una mariposa ni tiene las propiedades típicas de las mariposas. Incluso hay a quien le encantan las mariposas, pero le dan asco las orugas. Sin embargo, una oruga es una mariposa en potencia», Jesús Mosterín.
Cuando el espermatozoide de un hombre fecunda el óvulo maduro de una mujer y los núcleos haploides de ambos gametos se funden para formar un nuevo núcleo diploide, se forma un zigoto que (en circunstancias favorables) puede convertirse en el inicio de un linaje celular humano, de un organismo que pasa por sus diversas etapas de mórula, blástula, embrión, feto y, finalmente, hombre o mujer en acto. Aunque estadios de un desarrollo orgánico sucesivo, el zigoto no es una blástula, y el embrión no es un hombre.
En nuestra especie, el desarrollo uterino dura unas 39 semanas, las primeras ocho de las cuales constituyen el periodo embrionario, en el que más de un tercio de los embriones abortan espontáneamente, sin que la madre ni siquiera se entere. A partir de la novena semana, el embrión pasa a llamarse feto. El feto, que inicialmente pesa unos ocho gramos, va creciendo y desarrollándose todo el tiempo hasta el nacimiento. Las conexiones tálamo-corticales del cerebro, que son esenciales para el posterior desarrollo de percepciones y sentimientos, no empiezan a formarse hasta las 28 semanas. Por eso es seguro que en las primeras 14 semanas no hay posibilidad alguna de actividad psíquica o vida personal. Naturalmente, el embrión es un ser vivo, pero también lo es el mosquito e incluso las bacterias.
Parece que trato con frialdad el tema. Simplemente deseo poner ciencia, racionalidad y datos científicos, y quitar asimismo mistagogías supersticiosas al tema. Disculpen si fui insensible. Todo aborto es un trauma. Pero no culpabilizemos innecesariamente a las mujeres que pasan por ese trance con doctrinas espirituosas y dogmáticas.
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El futuro es una distopía en la que Pérez Reverte y Soto Ivars pelean en la cúpula del trueno por la última botella de Varon Dandy·
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Escribir es magia, tan agua de vida como cualquier otro arte. El agua es gratis. Así que bebe…el champán del Planeta (un millón, uf)