Ecce homo 16

El coraje a veces lo imaginé una sibila, una adolescente de hoyuelos pequeños, delicadísimos, en las mejillas, como la sombra de una sonrisa. El pelo, rubio y rizado, ensombreciendo unos ojos verdes húmedamente cálidos. Una saya color violeta, velo y una túnica de tafetán azul, tela argentada y babuchas de terciopelo blanco, anudadas con lazos carmesí. La envuelve, como en un pasquín coloreado, una escenografía vegetal, lujosa; resplandor imperial milenario color púrpura.

Nuestro miedo más profundo no es que seamos incompetentes. Nuestro miedo más profundo es que somos inconmensurablemente poderosos. Es nuestra luz, no nuestra oscuridad, lo que más nos aterra. Nos preguntamos: «¿Quién soy yo para ser brillante, hermoso, talentoso, fabuloso?». En realidad, ¿quién eres tú para no serlo? Eres un hermano de la Luna. Jugar a ser pequeño no le sirve al mundo. No hay nada de iluminado en encogerse para que los demás no se sientan inseguros a tu alrededor. Todos estamos destinados a brillar. Nacimos para manifestar la gloria que vibra en nuestro interior. No está solo en algunos de nosotros; está en todos. Y al dejar que nuestra propia luz brille, inconscientemente damos permiso a los demás para que hagan lo mismo. Al liberarnos de nuestro propio miedo, nuestra presencia libera automáticamente a los demás.

Escribo esta música cognitiva para auto-convencerme. Detesto mi cobardía. El miedo a la locura, mi musofobia, el miedo a la muerte, a no «quedar» (lego la nada a nadie), mi irreligioso miedo a la vida (solo deseo una vida menor, sin ambiciones, defendida de infortunios y displaceres), el miedo a la descomposición, a que le pase algo malo a mi hermana y sobrinita.

Temo el mar en tempestad, la cerrada noche sin Luna ¿En mí se esconde una semilla, una chispa, un pensamiento, soy vida, parte de la vida eterna? ¿El intento y el riesgo que la Luna asumió conmigo y con la noche son únicos? ¿Únicas son la forma y las venas de mi piel, único el más mínimo juego de la luz y la más mínima cicatriz reflejada en el río y en mi rostro? ¿Acaso no fui creado para formar, palpar y revelar lo inmortal en su más mínimo detalle?, y, pasando a temores de orden social, ¿Las personas llegaremos a amar nuestra opresión, a adorar las tecnologías que anulan nuestra capacidad de pensar?

«Lo que Orwell temía era a quienes prohibieran libros. Lo que Huxley temía era que no hubiera razón para prohibir un libro, pues nadie querría leerlo. Orwell temía a quienes nos privaran de información. Huxley temía a quienes nos dieran tanta información que nos redujeran a la pasividad y al egoísmo. Orwell temía que se nos ocultara la verdad. Huxley temía que la verdad se ahogara en un mar de irrelevancia. Orwell temía que nos convirtiéramos en una cultura cautiva. Huxley temía que nos convirtiéramos en una cultura trivial, preocupada por algún equivalente a una mera orgía de sensaciones. Como señaló Huxley en «Un mundo feliz: Revisitado», los defensores de las libertades civiles y los racionalistas, siempre alertas para oponerse a la tiranía, «no tuvieron en cuenta el apetito casi infinito del hombre por las distracciones». En «1984», Orwell habló del control sobre las personas infligiendo dolor. En «Un mundo feliz», se controlan infligiendo placer. En resumen, Orwell temía que lo que tememos nos arruine. Huxley temía que lo que deseamos nos arruine», Neil Postman.

Del corazón de las sombras asoma la muchacha; raya fina de las cejas perfiladas por el lápiz, ondulación suave del cabello pajizo, ojos profundos y extáticos, manos enguantadas y pechos jóvenes. Esta chica, esta otra forma de la Luna, alegoriza el valor. Detesto mis miedos como crímenes pringosos.

Ecce homo 15

El elitismo se ha convertido en una mala palabra y es una lástima. El elitismo sólo es reprensible cuando es esnob. El mejor tipo de elitismo intenta expandir la élite alentando a más y más personas a unirse a ella. Mi tipo de elitistas son aquellos que buscan y fomentan despiadadamente la inteligencia y que creen que la competencia (e, inevitablemente, cierta medida de fracaso) hará más por el carácter que los mimos. Y que quede claro: soy completamente elitista en el ámbito cultural, pero enfáticamente no en el social.

Valéry quería salvaguardar la desigualdad como valor. No porque quisiera una sociedad desigual e injusta, sino porque quería vivir en una sociedad que reconozca el valor (de los productos, las personas, las ideas) y se modele en torno a él.

¿Quién quieres que te opere el día de mañana? ¿El mejor cirujano o un cirujano de partido?; ¿quién quieres que vaya a tu casa a solucionar una fuga de agua? ¿el mejor fontanero o un fontanero mediocre?; ¿quién quieres que sea el profesor de tu hijo? ¿un sabio o un ideólogo sindicalista?; y, como estoy seguro de que quieren al mejor cirujano, al mejor fontanero, y al mejor profesor porque va el futuro de sus hijos en ello, les pregunto ¿a santo de qué aceptan que quienes gestionan la cosa pública, es decir, el dinero y los servicios de todos, no sean los mejores, sino rufianes de medio pelo?.

Sé elitista, exige a los mejores al frente, pon (en la medida de tus posibilidades) a los mejores al mando y, sobre todo, sé tú uno de los mejores en lo tuyo, no importa a qué te dediques, sé de los mejores, sino el mejor, y hazlo compitiendo contigo mismo y colaborando con los otros. Huye de la mediocridad y el desencanto, del conformismo, del vacío, de la nada, de lo absurdo, de la pérdida de tiempo sin sentido, del desperdicio de tu vida…

En principio, las sociedades democráticas no están dispuestas a reconocer una autoridad por encima de ellas mismas. Sin embargo, el hombre, según Tocqueville, no puede soportar una independencia intelectual completa; debe poner en alguna parte una autoridad en el mundo intelectual. Pero esta verdad eterna recibe en los siglos democráticos una aplicación singular: los hombres tienden a colocar esa autoridad en la opinión pública u opinión de la masa. Y esta fe en la opinión común llega a ser una especie de religión.

Pero la opinión pública es la peor de las opiniones.

Pero la mayoría, y los delegados o representantes de esa mayoría, solo pueden ser soeces, chabacanos o crueles, impunemente.

La solución es ser mejores, en el orden que sea.

Ecce homo 14

Creo en la aristocracia, si es que esa es la palabra correcta. No una aristocracia del poder, basada en el rango y la influencia, no la de los zapatos Paul Green o los Alohas, no una élite de estrellas de rock y de cine, deportistas millonarios y modelos, miembros de la alta sociedad y financieros internacionales, no la que se dedica a humillarse ante el rey y la Iglesia, o bebe hasta las heces para ser feliz, o anda desnuda para vestir sedas y joyas, o se familiariza con el lenguaje degradante y los símbolos de la adulación, sino una aristocracia de los sensibles, considerados y valientes, de las almas apasionadas, una nobleza del coraje, el honor, la belleza, y sin la deformación -ingrata y fea- de la ignorancia.

Sus miembros se encuentran en todas las naciones y clases, a lo largo de los siglos, y existe un entendimiento secreto entre ellos cuando se encuentran. Representan la verdadera tradición humana, la única victoria permanente de nuestra raza sobre la crueldad y el caos. Miles de ellos perecen en el olvido, unos pocos son grandes nombres. Son sensibles tanto hacia los demás como hacia sí mismos, considerados sin ser quisquillosos, y su coraje no es ostentación, sino capacidad de resistencia.

Una confesión: con mis florituras en el estilo, en la forma, sonido y ritmo de las palabras, a partir justamente de esa superficie, pretendí llegar a ese fondo caballeresco y aristocrático. El estilo está relacionado con el alma. Luis Magrinyà, en su libro «Estilo rico, estilo pobre», lo explica así: «La lengua ofrece un repertorio estupendo de posibilidades; el estilo posiblemente consiste en conocerlas, distinguir las reales de las imaginadas o supuestas y hacer, después, una elección. Y recordemos que no estamos hablando aquí de hacer filigranas, sino de explorar la variedad sin perder la naturalidad». Mi posibilidad, la búsqueda de mi variedad, es ennoblecer el espíritu a través del lenguaje. Ojalá lo logre mínimamente.

Ecce homo 13

PATRIA

Para Emil Man Martínez, 12 de octubre 2025

Desgraciado de aquel que no tiene patria,
aunque esta patria no le obseda
como a mi familia de militares y guardias civiles.

Poeta desarraigado. Como el poeta Emil,
soy griego al leer a Eurípides,
un tendero inglés al Dr. Johnson y Marlowe,
cappuccino de huesos de sepia al leer a Montale,
soy nieve sobre la tundra, defendiendo
a los zares o frente al pelotón como Dostoievski.

Pregunto, me pregunto: ¿Qué es España?
¿Una noche crecida entre la sangre?
¿Una vieja, horrorosa plaza de toros de pueblo,
con multitud sedienta y hambrienta y envidiosa?

Solo una observación, simple y emocionada.
Cuando muera, piensen solo esto de mí:
que hay algún rincón de mi cuerpo extranjero,
que será para siempre España.

Ecce homo 12

España, vehículo de la traición, la poquedad, el mal gobierno y la miseria, de la incultura orgullosa; ay esta execrable lengua mía: lenguaje pulido y cortante, de puta rompeslips y zagal lefoso de discoteca, ejército de consonantes tísicas y vocales anémicas, idioma cruel y brusco, de literatura tabernaria, y simios en el gimnasio. A mí alemanes, ingleses, rusos, turcos, italianos, africanos de pura sangre, jinetes escandinavos de labios ásperos: españolitos gordos y feos de abultadas yugulares, rostro bárbaramente esculpido, la cabra de la Legión, españolitos, contemplad la tentadora y mierdosa España con vuestros pícaros ojos analfabetos: la sucesión de olas blancas que impetuosamente galopan hacia la costa de la lejía, el chapapote, y el tráfico de drogas y los chismes de telerrealidad: crestadas de espuma, como sementales que relinchan con furia al zambullirse en la cornucopia del rey y la reina.

Hay que rescatar y olvidar el léxico, hay que desarraigarse de las gentes de España : desguarnecer el viejo gongorino -tralarí, tralará- lingüístico: adueñarse de aquello que en puridad os pertenece (yo no soy español), y que es mofa, escarnio y desdoro: las mentes paralizadas una a una hasta que el exangüe y crepuscular español se derrumbe como un castillo de naipes; y que hombres de otras patrias vengan, invadan, ocupen, quemen algarrobos, alfalfa, bancos y albercas, estadios, fábricas, y barrios grafiteros; ah verlos demoler almacenes y dársenas, arruinar alquerías y fondas, alacenas, tabernas de menú grasiento (chorizo y morcilla revenidas), destrozar zaguanes con sofás de supermercado, alfombras, jarros, almohadas; se deben incendiar los pueblos y sacrificar los rebaños, silenciar a estos intelectuales por fascículos, depojar a la ilusionada novia de su novio bruto, tuitero, hostiador, a la dama aristócrata de sus alhajas y su ocio necio y burro, al rico político de sus fulanas.

Olé, olé, olé, olla podrida con albóndigas y unas gotas de aceite: el flan con esa capa asquerosa a causa del caramelo: el helado, incomible por contener toneladas de azúcar: olé olé, la macedonia con gusto a jarabe: olé, catástrofes financieras y desastres bursátiles, ¡muera la inteligencia!; subnormales a montones, fanegas, quintales, arrobas, azumbres, quilates de subnormales.

Galoparás y galoparás sin tregua por el vasto y asolado país, por sus alcantarillas y flemas, por sus esputos y vómitos; la ruina completa y la bancarrota absoluta. Y no olvides el olé, la selección de fútbol: y amodorrarte ante la telebasura, gastarte las perras en el puticlub o el bar, insultar a los lectores, a los capaces, y no olvides, no olvides el olé. Olé, olé, olé…

Hay que exiliarse de España alegando su incorregible deficiencia y catetez.

***

Al final recordamos a todos los estudiantes con los que hemos ido a la escuela, al instituto y a la universidad, y los invitamos a nuestras casas, o contactamos con ellos por las redes, solo para descubrir que ya no tenemos nada en común con ellos.

¡Chuparme la pija, chupar mi verga y que os jodan!

Español: baixúrria, bordissalla, bretolalla, briva, brivalla, escòria, feram, gentalla, gent baixa, gent de tro, gentegassa, genterola, genteta, gentola, gentussa, horda, lumpen, marinatge, morralla, patuleia, pleballa, plebs, poble baix, poble menut, pobretalla, pobrissalla, populatxo, púrria, purrialla, rampoina, rostoll, taülalla, terregada, trepa, tropa, turba, turbamulta, xurma, xusma; y ceballot, lirot, cap de fava, borinot; gueule para la boca; España: ça fait chier; españoles: rates saberudes!, tölpel, dirnenspross, fotzenknech, patas chueco violador de cabras, labio leporino mamador de sapos, bizco cornudo, jorobado ladrón de papas, apestando a humedad por cerdo olfateador de trapos de semen, kackbratze, bischero, pendejo, idiota, bucaiolo, grullo, maremma maiala, testa di cazzo; español: mangia merda e muori!

Ecce homo 11

Ayer bebí mucho; hoy, me levanto con resaca. Siento mi cabeza como una bolsa membranosa, donde, por dentro, rueda un pesado huevo de mercurio (siento como si un cerdo se hubiera cagado en mi cabeza) Le lengua es un calcetín amarillo sucio y estropajoso. Parece que me hubiera comido el estómago un caimán hilarante y gigante. Los intestinos revueltos a punto de explotar como una caldera. Y cada sonido es una descarga de aire estrepitosa, como la detonación de un mortero.

Yaciendo despatarrado en la cama, vomitado a la existencia como un cangrejo roto sobre la grava alquitranada de la mañana. La luz me hace daño, pero no tanto como mirar cosas. Late en el día, en la luz del día, un mausoleo de letrinas.

En resumen: la mente consciente emerge demasiado rápido de las curvas afiladas, a través de mares palpitantes de hielo. Explosión, sondas, respiraderos, áspero croar, tac-tac, tac-tac, ci-cri, plap-plop, parecen escaparse de mi cráneo oprimido. Como un gruñido gaseoso, la luz cruel, aguja y ojo de cebolla encurtida y helada, heridora. En la base de mi estómago, un gran montículo envuelto en pañales cagados.

No volveré a probar una gota.

Ecce homo 10

“No soy pobre, no soy rico; nihil est, nihil deest, tengo poco, no quiero nada: todo mi tesoro está en la torre de Minerva… Sigo viviendo como estudiante universitario… y llevo una vida monástica, ipse mihi theatrum [entretenimiento suficiente para mí], apartado de esos tumultos y problemas del mundo… aulae vanitatem, fori ambitionem, ridere mecum soleo [me río de las vanidades de la corte, de las intrigas de la vida pública], me río de todo”, Burton, “Anatomía de la melancolía”.

Hago mío estas palabras de Burton, en cuya enciclopédica y erudita obra en parte me inspiré. Ese talante errabundo de Burton yo siempre lo he tenido (aunque no con el mismo éxito), y como un perro de caza que va de un lugar a otro ladrando a todos los pájaros que ve y abandonando su presa, yo he seguido todo excepto lo que debía, y puedo lamentarme justificada y verdaderamente (porque el que está en todas partes no está en ninguna) de haber leído muchos libros, pero con poca utilidad por carecer de método; he tropezado confusamente con diversos autores en mi biblioteca con poco aprovechamiento, por falta de arte, orden, memoria o juicio.

Murió Adriano, el gran emperador. Una vida honorable consiste, sobre todo, en procurar “dejar fuera” la basura y tender hacia lo que nos enriquece intelectual y moralmente; en suma: ser mejores.

Lo decía mi maestro Álvarez, y cada día se verifica más: donde mires o escuches -incluso en el trato con amigos inteligentes y cultos- la conversación está tomada por comentarios sobre el hacer o los dichos de la gentuza (el Jincho, María Pombo, Sánchez, Abascal), gentuza que jamás hubiéramos recibido en nuestra casa, y resulta que ahora son los protagonistas de nuestro tiempo y de nuestros pensamientos. En lugar de comentar nuestros trabajos, leer, comentar lo leído (nuestras impresiones del propio Burton, Quevedo, Tácito, Borges, o los griegos y latinos, o los románticos alemanes etc…), en vez de celebrar la alegría de una reunión en el café, de una tertulia inteligente, o gozar de la cerveza, del otoño, de la música, ahora permitimos la atroz invasión en nuestras vidas y cerebros de los dimes y diretes de fulanito o menganita -miserables tantas veces y con una indigencia mental acaso inferior a las amebas- que dijeron esto o lo de más allá (la última declaración política de Ada Colau, del ministro Puente, de Taylor Swift, de Almodóvar, o yo qué sé) ¿Y qué diantres puede importarnos lo que esos personajes hayan podido decir? No nos envilezcamos. No caigamos en la trampa de rebajarnos a discursear con monos.

Ecce homo 9

A veces me pregunto si «quedaré» (pregunta relativa y propia de un yo adolescente e hipertrofiado)

Y la respuesta me apena. En primer lugar, mis libros se inscriben en el gran cuerpo de tropa de la literatura, en la frontera o interregno -la «interface»- entre las obras mediocres y las obras geniales. Puede que mi vocabulario o estilo no sean limitados, que mis libros vayan más allá del mero entretenimiento superficial, que mis ideas no sean meros, planos clichés. Puede -y soy muy generoso- que acaso apunte una voz y un mundo. Pero mi literatura está a años luz de los guantes de piel fina, los trajes caros, bien cortados, y las corbatas de calidad de gusto intachable, de los Grandes. De sus sombreros de marca buena y exclusiva. Mi obra no eriza como el agua fría de los marjales bajo el viento gris del gran cielo cubierto; la landa húmeda, los nubarrones vastísimos. Yo: ni frío ni calor.

Solo soy una anécdota en la historia de la literatura española. Además no existe nada de literatura secundaria sobre mí. Invisible en vida, mi invisibilidad e inexistencia se trasladará a un vacío y silencioso lugar post-mortem. Una literatura desarraigada, clínica, nómada, sin hogar. Escritor sin atributos, lector y espectador nada más. El choque psíquico de vivir siendo un profundo psicótico. Sacudidas violentas de futilidad, bajo la claridad cruda de la locura.

Ecce homo 8

Mi vida ideal es tranquila. Me gusta leer, sentarme quieto en el mismo butacón, con la pantalla de la lámpara en cierto ángulo, solo o con la perra cerca, y de vez en cuando, con suerte, encontrarme con una frase encantadora o un sentimiento estilizado; y levantar la vista del libro, y sentir la armonía de alguna idea, meditarla, su justicia, su exactitud, su hondura, su sublimidad longiniana, y sé que todo está ahí. Así es la vida para mí, momentos privados que descubro -y gozo- en privado. No me conformaría con menos, pero tampoco espero mucho más.

Aprecio la mañana, la lentitud que hoy me regala el día; quiero ver el cambio de luz en el horizonte, el resplandor alpino rosado y anaranjado que ilumina las montañas al caer el día, el joyel claro bajo el resplandor de satén del cielo orensano, el ir y venir de herrerillos rayados, moteados, o el color heliotropo de la piel de Martha. Vivir a mi manera, sin importar lo que piensan los demás. De alguna manera, lo logré.

Ecce homo 7

Quienes hemos sido verdaderos lectores toda la vida rara vez nos damos cuenta de la enorme extensión de nuestro ser que debemos a los autores. Lo comprendemos mejor cuando hablamos con un amigo que no es amigo de lecturas. Puede que esté lleno de bondad y buen juicio, o de ironía y experiencia mundana, pero habita -eso se ve a la legua- en un mundo diminuto. En él, nos sentimos irremediablemente asfixiados. El hombre que se conforma con ser solo él mismo está en una prisión.

A mí mis propios ojos, mi propia mente, mi propia vida, no me bastan; veré a través de las de de otros. La realidad, incluso vista a través de los ojos de muchos amigos, y conocidos o saludados, no basta. Debo ver lo que otros han ideado. Debo sentir amor a los libros y al pasado literario. Al leer la gran literatura me convierto en miles de hombres y, sin embargo -obsérvese- sigo siendo yo mismo. Como el cielo nocturno en el poema griego, veo con una miríada de ojos, pero sigo siendo yo quien ve. Aquí, como en el amor, me trasciendo a mí mismo; y nunca soy más yo mismo que cuando lo hago.

El verdadero objetivo de los estudios literarios es sacar al estudiante de su provincianismo, convirtiéndolo en espectador, si no de todo, sí de ese «mucho» a lo largo del tiempo y el espacio. El estudiante, o incluso el colegial, que ha sido guiado por buenos (y por lo tanto, discrepantes) profesores a encontrarse con el pasado, son sacados de la estrechez de su propia edad y clase social, y dirigidos a un mundo más universal.

Me gustaría dejar de escribir, dar por concluida mi obra, y, sereno, releer los libros antiguos, los inmortales libros del pasado. La brisa marina pura de siglos soplando en mi mente; eso que solo se puede lograr leyendo libros antiguos. No es, por supuesto, que el pasado sea mágico. La gente no era más inteligente entonces que ahora; cometieron tantos errores como nosotros. Pero sus propios errores no nos ponen en peligro, y, sus enseñanzas pueden ayudarnos a subsanar nuestros errores de ahora mismo.

Deseo comprender. Ser mejor. Y eso no lo alcanzo escribiendo mis libros, sino leyendo los grandes libros de la historia.