Observaciones literarias y obras de creación en estado embrionario, susceptibles entonces de enmienda y no definitivas.
Autor: christiansanz71
No me verán fogueándome en el padelsurf, el kayak o el surf. Ni relajándome una seráfica mañana en un spa o apuntándome a una clase de yoga o de fitnes al aire libre. Ni alechugado bajo el sol espeluznante. "Vita Cartesii simplicissima est”, recordaba Valéry en "Monsieur Teste". La mía es abrumadoramente más simple. Un libro entre las manos, paseos con la perra, oír pájaros, salmorejo, crema fría de espárragos blancos y mermelada de moras. Feliz verano. Libertad, lógica y literatura.
El mundo podría ser una parra de frambuesas, o nísperos luminosos, plumas grises y elegantes de perdiz norteña, caracoles mojados pequeñitos en el camino de cemento del jardín, castillos con buhos de Luna, faisanes brincando bajo el sol.
Pero no se da ese milagro. El mundo, la gente en el mundo, es absolutamente cafre, atroz y hostil. Si fuera inteligente y templado -fuerte, sin vanidad- de espíritu, me iría a vivir a un pueblecito de Francia, sin amigos, sin Internet, con mar y una pequeña biblioteca (libros que releería repetidamente), oculto, solo y escondido.
Necesario hacer una vida oscura y retirada; no hablar, no escribir, no imprimir, no dar indicio alguno de mi existencia. Pasear, olvidar y siempre releer esos sesenta o setenta libros esenciales.
Me asedia y acorrala la brutez e ignorancia de la gente, la estolidez de la existencia diaria, lo cotidiano. El universo no merece alabanza; te acuna con horror. Grisáceos, pálidos, infectados arenales. Solo deseo unirme a las Hébridas brumosas. Evitar el mundo gracias a una inhumana soledad.
Pongo en cuarentena toda argumentación que relacione los placeres de la lectura personal (el disfrute del valor literario) con la mera y exclusiva facilidad de lectura. Existe literatura difícil buena, literatura difícil mala, literatura fácil buena y literatura fácil mala. A veces conviene invertir esfuerzo intelectual. Y, a la larga, si la obra es buena, se siente placer. Lo relevante es que no te den gato por liebre, que no te cuelen un bluf poético o novelístico como una maravilla del mundo. La destreza y conocimientos como lector se adquieren con el tiempo. De jóvenes nos gusta leer libros que, claramente, superan nuestra formación. Superada esta etapa pedantuela se apacigua e juicio y se solidifica tu gusto, a la par que entiendes que el gusto selecto es necesariamente plural. A mí me llama y agrada cierto culturalismo o esteticismo con sensibilidad lógica, y, también la prosa con forma de esponja.
Es terrible el ser humano. Unos van con segundas y terceras intenciones, o son maledicentes, o malvados, o son unos egotistas terribles (éste sí es mi caso) En mis libros -todo el puto día hablando de mis putos libros- adopto un personaje literario, también en mi yo digital, de tipo como por encima del bien y del mal, exquisito cultista, sermoneador, profesor carapolla, despreciador nietzscheano de las masas, intolerante con el vulgo y la gentuza.
Les voy a decir la verdad; para mí no existe la gentuza, todos estamos hechos de esa masilla mitad de ángeles, mitad de demonios, y, gentuza, solo lo son los «malas sangres», gente que, por autocuidado, debemos expulsar de nuestra comunidad moral.
Yo, pese a mi esquizofrenia, fui un absoluto privilegiado. Admito que tengo el pequeño mérito de haber aprovechado las oportunidades académicas y la educación exquisita que se me brindó, pero eso no es, bien pensado, demasiado. Hay vidas de una dureza inenarrable. Comprendamos la diversidad humana con compasión. A mí me bajaron los humos los manicomios, escuela de aprendizajes estremecedores (un manicomio es un sitio francamente duro) Me maltrataron algo mis semejantes a partir de la adolescencia. Y no, no confío en la naturaleza humana, pese a que, en líneas generales, abunda mucho más la gente buena que la mala. Yo soy bueno, en el buen y en el mal sentido de la palabra. Y siento orgullo -perdón- por ello.
«Silence is the sleep that nourishes wisdom», Francis Bacon, «El silencio es el sueño que nutre la sabiduría». Creo que la idea de vivir la vida a tope es un poco errónea. Por ejemplo, ¿por qué saltar de un avión es intrínsecamente mejor que leer un libro? ¿O por qué vivir una vida que se vea pinturera en Instagram es intrínsecamente más significativo que una vida tranquila? Simplemente no me lo creo.
Me gusta ser una persona tranquila con una vida tranquila. Necesito vivir una vida intencional, consciente y sosegada para escuchar o ver lo que hay aquí. El gran arte no necesariamente crea algo nuevo, te ayuda -también- a apreciar lo que ya está aquí.
Estas ideas vienen a propósito de que estos días en las redes, y hoy, con énfasis, en la tertulia, me han instado a no cerrar o clausurar mi obra literaria. La consideraba acabada y creía -o creo- que la función en mi vida consistiría, a partir de ahora, en releer a fondo a los clásicos. Frente a la prisa de cacería salvaje, el tiempo lento entre libros.
Nací en Barcelona a finales del siglo XX. Estudié y estudio. Solo la música consigue sacarme de mi estado de desagradable sopor. Me emboto y bostezo sin parar. Pero me digo: «Acaba tu obra, escribe». Murió Adriano, el gran emperador. Y mi obra ya se terminó. Uno se siente MUY RECONFORTADO ANTE EL DEBER CUMPLIDO. Ya escribí lo que debía escribir. Ahora, rematarla, sería cuestión de detalle, de ultimar para mejorarla. Si tengo vida, lo haré.
Una vida honorable consiste, sobre todo, en procurar “dejar fuera” la basura y tender hacia lo que nos enriquece intelectual y moralmente; en suma: ser mejores. Eso deseo con mis libros: volver mejores a mis lectores.
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“No soy pobre, no soy rico; nihil est, nihil deest, tengo poco, no quiero nada: todo mi tesoro está en la torre de Minerva… Sigo viviendo como estudiante universitario… y llevo una vida monástica, ipse mihi theatrum [entretenimiento suficiente para mí], apartado de esos tumultos y problemas del mundo… aulae vanitatem, fori ambitionem, ridere mecum soleo [me río de las vanidades de la corte, de las intrigas de la vida pública], me río de todo”, Burton, “Anatomía de la melancolía”.
Hago mías estas palabras de Burton, en cuya enciclopédica y erudita obra en parte me inspiré. Me considero ese tipo de artista que, desde la aristocracia confesional de una inteligencia erudita, aunque autodidacta, siempre impartió su doctrina desde la perspectiva de un extraño.
El contacto con el aire de estos tiempos, con las palpitaciones de los tiempos, agria el vino nuevo, las cosechas que toca se vuelven estériles, los injertos mueren, las semillas en los jardines se secan, los frutos de los árboles se caen, el filo del acero y el brillo del marfil se opacan, las colmenas de abejas mueren, incluso el bronce y el hierro se oxidan al instante, y un olor horrible llena el aire; probarlo enloquece a los perros e infecta sus mordeduras con un veneno incurable. Deseo que mis libros fueran un antídoto contra la brutalidad de los tiempos.
Estoy feliz. Mi vida adquirió, cumplió un destino.
Definitivamente a principios de diciembre se publican, de golpe, simultáneos, a la vez, «Diario de Aquitania» (último volumen de la pentalogía) y «Geomancia del tedio» (primer anexo o suplemento a la pentalogía)
La escritura puede ser una fuente de significado en la vida de un escritor. Ese es mi caso. «Hay que empezar con la voluntad de que aquello que escribimos va a ser lo mejor que se ha escrito nunca, porque luego siempre queda algo de esa voluntad», Gabriel García Márquez. «La dificultad de la escritura no es escribir, sino escribir lo que queremos decir», Robert Louis Stevenson. «Todo el mundo sabe escribir, pero no todo el mundo es escritor», Jöel Dicker.
¿Mi teoría literaria? La resumió Cela: «La literatura es la palabra y debajo de cada palabra subyace sutil y armoniosamente una idea y no ninguna otra; por eso es necesario adivinar la palabra, acertar con la palabra que sirva para decir lo que queramos y que no se resista a brotar de los puntos de la pluma».
Estoy desbordado de alegría al ver mi obra -obrilla, obrita- culminada.
Pintura de algas de ese pobre cocinero de Matisse ¡Un pintor de pelos en la sopa! Kandinski, solo bueno si se hubiera quedado de fabricante de bastones de puños esmaltados. Cézanne, el que no logró ir más allá de las manzanas de hormigón. Moreau, que no superó la adolescencia. Max Ernst, incapaz congénitamente para la belleza. Miró, un payés catalán. Duchamp, un indolente, excepto para el ajedrez. Infame arquitectura de Le Courbusier, de campo de concentración.
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«La «Sinfonía de cámara» de Schoenberg, una sinfonía de cámara de los horrores; introduce en su música unas dagas afiladas y al rojo vivo, con las que va cortando en pequeñas rodajas la carne de sus víctimas».
«Béla Bartók tocando sus obras para piano me ha causado el mayor sufrimiento de mi vida».
«¿El perreo reggaetonero? No, el tango, según las inmortales palabras del arzobispo de París tras la llegada del baile a Europa en 1914: “Si esta fémina que baila tango es la nueva mujer, que Dios nos libre del desarrollo futuro de esta criatura anormal”.
Wagner: “Su música es simple y llanamente estiércol”.
Rigger: “Sonaba como si se estuviera torturando, lentamente y hasta la muerte, a un grupo de ratas, mientras, de vez en cuando se oían los gemidos de una vaca moribunda”.
Strauss: “O es un lunático o se está acercando rápidamente a la imbecilidad”.
Wagner, nuevamente: “La fascinación secreta que hace que esta música sea la predilecta de la realeza más imbécil, el juguete de las camarillas, de los cortesanos aduladores cubiertos de babas reptilianas y de las apáticas mujeres histéricas que parasitan las cortes”.
Strauss, repitiendo: «Hace que los trabajos más delirantes de los más delirantes seguidores de la escuela moderna parezcan completamente insignificantes. Es una pesadilla espeluznante».
Schoenberg, otra vez: “O está loco como una cabra o es un estafador sumamente listo”.
El inmortal Wagner, de nuevo: «»Sigfrido» es abominable… Podría matar a un gato por miedo a estas discordancias espantosas… Los oídos me zumbaban al oír esos abortos de acordes, si todavía pueden llamarse así… Toda esa mierda podría reducirse a cien compases, pues es siempre lo mismo y resulta siempre igualmente tediosa».
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“¿No te das cuenta, Dwight, de que no tienes nada que decir, sólo que añadir”, Gore Vidal contra Dwight MacDonald.
“Me enviaron esa mierda de «De aquí a la eternidad». Y con lo mierda que es, me extraña que el hombre que la escribió tenga esa extraordinaria pinta de estreñido”, Truman Capote contra James Jones.
“Aprecio mucho a Freud como autor cómico”, Nabokov contra Freud.
“Hace treinta años que no lo leo. Es un pelmazo. Y me tiene sin cuidado que le hayan dado el Nobel o no”, Sánchez Ferlosio contra Cela.
“Su estilo es despeciable, pero eso no es lo peor de él”, Coleridge contra Gibbon.
“Otro Juan Ramón Jiménez. Más de 400 versos seguidos, pequeño fragmento de ese largo poema escrito en La Florida. Es decir, ni asunto ni composición, según el propio Juan Ramón; todo seguido. Un fárrago fofo reblandecido por esa nota mema que tiene siempre el pensamiento del tal nenúfar”, Jorge Guillén contra Juan Ramón Jiménez.
“Italia no tiene escritores sino escribanos, como el imbécil del tal Petigrelli, el tonto furibundo de Marinetti y el tonto estético de D’Annunzio, con su cortejo de frases con miriñaques y crinolinas”, Vicente Huidobro contra los escritores italianos.
“Leí tu artículo sobre Waugh. Este libro de mierda sonaba horroroso, aparte de que el tipo era muy tonto. Sólo un hijo de puta de primera categoría podría haber escrito las partes divertidas de «La espada del honor» y la totalidad de «Retorno a Brideshead». Cada vez que pienso más en él como un chaval que escribió un libro maravilloso («Decadencia y caída»), pero a quien luego le dio un ataque de histeria y se unió a la Iglesia católica”, Kingsley Amis contra Evelyn Waugh.
Me gusta el pío campesinado rural, las capillas silenciosas, las vieirias, los perfumes caros y el Châteauneuf-du-Pape. Deportes, comida y un poco de arte o literatura no me parecen nefasto ideal para la gente común.
Lionel Trilling arguye que la diferencia entre Dreiser y James «es la sempiterna creencia americana de que existe una oposición entre la realidad y la mente, y de que se debe tomar partido por la realidad».
El realismo empírico y mostrenco, el naturalismo de barato puticlub, los hechos pelados, el objetivismo del fútbol, la apología de la taberna, prevalecen en la mayoría de literaturas y vidas. En literatura el grosero sentido común, el tópico o cliché, son más frecuentes que el esclarecimiento de la variedad, la dificultad y la complejidad.
Yo no permitiré que Madame Récamier enseñe un piercing en un «after-hours». Si millones de seres espirituales vagan invisibles de un lado a otro de la tierra, me vestiré con galanas ropas curiales cada vez que entre en mi voluminosa biblioteca. No permitiré que Madame de Stäel quede narcotizada y estupidizada frente al televisor. O que Cromwell se compre una barbacoa, un chándal y pegue «pósits» de autoayuda en la puerta de su nevera. Juro que evitaré que Mozart desayune Coca-Cola en un MacDonald´s. JE VEUX LA VIE SOLITAIRE.
Pero, lo admito, aunque esto niegue mi personaje literario, algo -o bastante- de la cultura de masas se coló en mi obra. Negué visiones de Esquilo y me inspiraron giros lingüísticos oídos en la conversación de un bingo o en una radio. No solo creí en Dios, también creí en Marwán. Pese a pretender custodiar lo mejor, mi escritura guardó algo de lo dinámico, oral, anónimo y sencillo llanamente popular. Quise solariums con lirios, pero, por los rincones, se amontonaron metales viejos y escoria. Bibelots kitsch poblaron mi mente. Por empinados caminos de escaramujos me pincharon espinos. Me vestí con chándal y no me disgustó ver un poco de telemierda.
Digamos que atraviesa mi literatura y mi escritura vetas de cultura pop. Disfruto falseando esa realidad e hinchándome como un sapo. Escribo con autotune y me encanta el chisme. No se lo digáis a nadie: mil veces prefiero la cultura de masas a la cultura de misas.
SABER, ESCRIBIR Y LEER. Aunque no logré hacer las tres cosas bien, en esos tres verbos (casi) se me fue la vida. Una vida no absolutamente inútil y no desaforadamente -creo en mis momentos optimistas- infeliz ni banal. Una vida (temo) más intensa que extensa, más mental que real, más platónica que empírica, y que, con sumo gusto, si tuviera la oportunidad, volvería a vivir.
Ahora, alucinaciones. Un sonido tubular como de orquestina de cristales rotos, como de polución química. Noche húmeda, noche que discursea por aforismos, no por silogismos. Visiones de peces lisos plateados revelados en un laboratorio fotográfico. Debido a mi sinestesia, siempre vienen juntas las alucinaciones auditivas y las visuales. Liviandad y levedad de la sombra. La locura es un coro de oceánidas cantando hasta perderse en la bruma.
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El campesino sin aflicciones encendiendo el fuego y ninguna tormenta cerniéndose sobre el bosque, y, de noche, entrar en la calma, lejos del mundo y sus peleas. Canciones de trilladores flotando en la memoria, cantos de pescadores que se oyen a lo largo del valle. Los ríos se cruzan -tierra de azafrán- en las vetas de oro de los pechos de las mujeres. Rompe el río en gotas de sol en los labios gordezuelos de las adolescentes. La vida lindando al norte con el oscuro sexo (engorda el capirote de los varones)
Mi lema fue: “Láthe biósas”, “Pasa inadvertido por la vida”, “Vive sin hacerte notar”, “Vive oculto”. Este destino de medirse con los genios (medida sin cabalidad) y despreciar al vulgo. Epicuro: “No me preocupo de agradar a la masa. A la masa le gusta cosas que yo desconozco, y lo que a mí me gusta sobrepasa su entendimiento”.
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Probablemente, por pésima salud, pocas palabras más escriba. Viví apartado, muy secreto, con doble o triple vida, y, aunque nadie lo crea -ahí estuvo la gracia-, tuve cierta relevancia –parcial u ocasional- en las relaciones internacionales políticas (mejor no menear demasiado este delicado y oscuro tema) Puse mi huella en la arena del mundo, una huella que deberá por siempre permanecer oculta. Como escritor, con más pena que gloria, fracasé del todo. No me arrepiento de mis dos oficios. De alguna manera relacionados. El poeta es un fingidor. El poeta es un espía de la realidad.
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No trabajo día y noche en mis manuscritos. No me paso meses examinándolos y preguntándome: “¿Dónde fallan?” «¿Cómo hallar mi personal, tierna y doméstica melodía?, ¿Cómo hago para conseguir que el nivel y el desnivel sea el mismo?» , “Si el libro fuera un sueño, ¿cuál sería la esencia del sueño?”.
Todo el invierno me espera, no así la primavera. No tengo tiempo. Muy cerca –no importa- la arcana incertidumbre invisible. Buenas noches. Escuchen a Bach, enamórense, y lean a Shakespeare.
Fui siempre un solitario voraz, rotundo, primordial, fundamental, y extremado, y yihadista, y desmedido. Probablemente la soledad devora la felicidad y la dulzura, devora las potencias del alma más delicadas (afecto, gratitud, admiración, serenidad, amor, optimismo), casi seguro que sí, pero ocurre que me rechazaron violentamente mis semejantes y no quise mendigar amor. Ahora solo pido una vida defendida de infortunios, con mis libros, y, alrededor, la energía química o bendición liberadora del silencio.
No, no me arrepiento de haber apostado por la alta cultura (o no tan alta) en lugar del tintineo de las monedas. De apostar por el estudio en vez de por el dinero. «No reprendas al insolente, no sea que acabe por odiarte; reprende al sabio, y te amará. Instruye al sabio, y se hará más sabio» (Proverbios).
Acaso -no lo sé- no me arrepiento de no haber tenido mujer e hijos. Délficas y oraculares ideas aprendí en mi gabinete y paladeé en inapreciables libros. Fui hombre tranquilo de estudio. Por mis manos pasaron «Els pagesos»(1952), del viejo y gran adjetivador Pla, una biografía, que compré barata en Los Encantes, y sumamente interesante, editada por Plaza y Janés, del Mariscal Smuts, el «Malraux» de Payne, la «Guerra de los judíos» de Flavio Josefo. Y pude, con dificultad, desentrañar «A Survey of Symbolic Logic» de C.I. Lewis (1918) o Jech, Thomas (2003), «Set Theory: Millennium Edition», Springer Monographs in Mathematics, Berlin, New York: Springer.
Y amé con desmesura la poesía -ahora ese fuego prácticamente se apagó. Como diría Bloom, podemos valorar la poesía como medio de aprender a soportar la mortalidad, porque la poesía no puede sanar la violencia organizada de la sociedad, pero puede realizar la tarea de sanar al yo.
El arte, la biblioteca, la ciencia, mamá, fueron -son- redención. Los preparativos de una aristocrática “dinner party”. Un ómnibus de caballos. El salón de música del Royal Pavillon, decorado con finas columnas torneadas a ambos lados de la puerta, con un baldaquín ricamente guarnecido sobre la misma y adornos florales de todas clases; hasta la araña que pende del techo tiene la forma de una flor exótica. Por fuera, el edificio recuerda un palacio hindú; por dentro evoca una China de fábula. Redención, insisto, debida a Hilbert, K. Menger, Neurath, Horacio, Kavafis, Acker, y el “Libri quattuor sententiarum” de Pedro Lombardo, y por esa joya de la cristalografía azul, por esa delicadeza Garamond que es el “De laudibus eloquentiae. Commentum in Ciceronis Oratorem», de Ognibene Bonisoli, Vicenza, 22 diciembre 1476, “che testimonia l´interesse quattrocentesco per la classicità aurea”. Redención, insisto.
Quizá ya me llegó la hora, la final hora exacta, la herida de la hora final. Nerón tocando la cítara, los pinceles hechos de pelo humano, pelo humano que ofrecía una textura suave y un control mayor que no se lograba con otros materiales, Douglas Harper y Li Po, la cicuta y Sócrates, los consejos de Epicteto, sentencias, párrafos y epígrafes del Ulises, que no son inferiores a los más ilustres de Shakespeare o de Sir Thomas Browne, el sol epicúreo y cartesiano, la prosa numerosa castellana (acabada en cola de pez), el Quartier Latin, los caballos cónsules, los labios de Martha, las Termópilas, las Mil y una Noches: cumplida mi vida.