Falsas memorias 31

Hoy solo leí una hora y escribí muchas otras. Escribo esta nota en la mesa de mi habitación y no en el despacho, muy frío de noche. Pienso mucho en mi vida en España. Creo que debo venderlo todo e irme. A París, Italia, Inglaterra. Hay que cortar todos los hilos con esta tierra de locos, desaprensivos y mediocres. Las criaturas, en un altísimo porcentaje, lucen un vestir pésimo y desprenden olores repugnantes. En el manicomio noto mejor higiene y gusto. Cuánta estrechez mental y cerebros de ameba o besugo.

Para desintoxicarme escucho ahora «La bella durmiente» de Chaikovski , en una extraordinaria versión de la Filarmónica de Viena dirigida por Mariss Janson en el Concierto de Año Nuevo del 2011. Después leeré «L´Europe galante» de Morand.

Estuve pensando en explicaciones lógicas a mi casa «embrujada». Claro, la madera se expande y contrae con los cambios térmicos, lo que causa crujidos. La humedad también hincha la madera, especialmente en casas antiguas, generando sonidos. Además el viento que pasa por chimeneas y pasillos puede generar ondas sonoras de baja frecuencia, y las tuberías de agua también pueden producir ruidos. Y la actividad de ratones, ardillas u otros animales entre las paredes puede causar crujidos, rasguños y golpes.

Añádase las aves en los tejados: en algunos casos, nidos de palomas o aves también pueden generar sonidos. En resumen, que la mente humana es propensa a interpretar ruidos inusuales como algo sobrenatural, sobre todo en un ambiente muy silencioso o al estar esperando oír algo inquietante.

***

Lo mío son los libros, no las casas encantadas. Así que al tema.

Creo que la demanda de buenos libros no era en tiempos la que hoy. Leer no es un entretenimiento general. Ni los comerciantes, ni los burgueses ni los caballeros consideran deshonra la ignorancia. El saber ya no le vale a un hombre tanto como antes. Empieza a ser una excentricidad ver casas con armarios o estanterías llenas de libros. Podría aducir pruebas irrefragables de ello, pero, las pruebas cansan la verdad.

Soy consciente de que mi pesimismo y fatalismo es propio de quien reniega o no comprende el siglo XXI. Me importa una higa, un bledo, la revolución sociocultural de Internet. Converso con difuntos, con pocos, pero doctos libros juntos. Lo contemporáneo es una filfa de anarquía y sandez. Aún me enervan los maravillosos veranos e inviernos dando vueltas a extraordinarios libros con pastas brillantes color corinto.

Muchos nos hemos acostumbrado a que nos rodee una manada inmensa de zombis. Biblioclastas de rala inteligencia. No quieren que se deforesten los bosques para la producción de papel. Arguyen que los libros ocupan mucho espacio físico para su almacenamiento y que son muy pesados. O que se deterioran con el tiempo, el uso y las condiciones ambientales, perdiendo color y rigidez. Alegan que son caros. Aducen que la información contenida en ellos se desactualiza rápidamente. O que la literatura no ha transformado la realidad, ni mejorado la calidad de vida. O que su contenido puede ser dañino y perturbador. Y se jactan de su inutilidad para la eficacia, el futuro y el progreso.

***

Te dijeron que no podías subrayar ni doblar las páginas de los libros. Te dijeron que tenías que leer un clásico del siglo XVIII a los doce años. Te dijeron que eso que leías por las noches era basura. Te dijeron que nunca podías dejar un libro a medias. Te dijeron que los lectores son buenas personas. Te dijeron que ya nadie lee como antes. Te dijeron que los libros te harían amar la vida. Y tú no puedes evitar leer. Pero quizá lo haces boli en mano y en pijama, quizás has conocido a grandes lectores que eran malas personas y quizá tu vida te parece aburrida comparada con tus novelas favoritas. Grandes verdades. Nos rodea una mitomanía elitista. Un mito que exploto a conciencia a la hora de crear el personaje, el sujeto enunciativo, de mis libros.

«El acto de leer se fetichiza como si fuese bueno por defecto. Yo leí indiscriminadamente todo el romance victoriano, Jane Austen etc… Estoy segura de que a muchos padres les encantaría que su hija leyese ese tipo de libros, pero a mí me dieron una imagen idealizada del mundo que no me preparó para la deprimente realidad social ordinaria en la que iba a crecer. Leí también muchos libros de terror, que pintaban un mundo mucho más excitante de lo que era realmente. La gente dice que los libros son buenos para “escapar”, pero creo que primero deberías vivir, y luego hallar algo de lo que “escapar”. No estoy segura de que un niño necesite “escapar”. Creo que lo más urgente para un niño es vivir experiencias», M. Brottman.

«En mi libro comento el caso de alguien que se encontró con Henry James en una librería londinense, y estuvo un rato charlando con él, y se aburrió tanto que solo deseaba volver a su casa a leer algún libro de Henry James. Creo que hay dos tipos de autores: uno de ellos utiliza la escritura como sustituto de estar en el mundo; el otro la utiliza como una extensión de estar en el mundo. Para la mayoría de autores que son gente horrible, su obra sustituye el estar en el mundo. Quizás incluso empezaron a escribir porque eran introvertidos, o no tenían ningún éxito, o tenían problemas de comunicación, y escribir se convirtió en un sustituto de vivir. Donde yo vivo ahora hay un moda que consiste en ir a un bar y escribir. Sí, como lo oyes: ponerte elegante, juntarte con un grupo, relacionarte un rato, escribir otro rato, luego relacionarte un poco más. Me parece un sinsentido. Nunca lograrás escribir nada de ese modo. La escritura va de soledad e introspección. Es lo contrario de socializar, vamos», M. Brottman.

«Escribir es una actividad intelectual interna, antisocial, egoísta y egotista. Es difícil compaginarla con una vida familiar, o social. Debes conservar todo el rato una creencia absoluta en ti mismo y en tu trabajo, tienes que crear un universo propio… Es como ser un psicópata. Creas tu mundo y vives en el centro de ese mundo, y los demás no importan», M. Brottman.

Falsas memorias 30

Libros: «Vastes et détranges domaines», «Vastos y extraños dominios», para alimentar la mente. Ociosa juventud la de un libro. Evaporados y tristes ojos al leer un libro, insistente excitación al leer un libro. Salvaguardas en las escolleras de la vida, acantilados y precipicios. Lujo al acecho de labios desbordados, perfumes de baratillo.

Hipnosis de las suites para laúd de Bach, y roja vergüenza en el tarareo de tití de Bad Bunny. Borges y la Enciclopedia Británica. O Máxim Huerta y Nieves Herrero. El cuerpo desnudo (centelleos de luz lechosa) yaciendo en una sábana blanca que cubre y sofoca un lienzo de un rojo exuberante y vívido. Y Damian Hirst o el «trapallaire» Tàpies. Fachada de Codussi y apelotonados grafitis. Prosa ordenada y clásica, o palabrería y manierismo. Eunomía y Caos.

Todo está en los libros.

Falsas memorias 29

Nogueira de Ramuín: a este lado del muro del tiempo, a este lado de la pared del espacio, entre un orvallo que admite la indiferencia hierática, abrigado en mi despacho, escuchando a Bach (ah, qué grande, lo sabía todo), añorando los dioses alegres que alguna vez estuvieron reinando en la historia, escribo esta nota.

VENECIA Y LIBROS. Café negro, «grappa», fumar mucho. Truman Capote: “Venecia es como comerse una caja entera de licores de chocolate de una sola vez». Cortinas de gasa vibrando en un gigantesco juego de té de porcelana en una bandeja de plata bajo el cielo gris perla. Abres la ventana de golpe y la habitación se inunda al instante con esa bruma exterior, cargada de crujidos, que es en parte oxígeno húmedo, y en parte café y hermosas letanías. Neblinas, gaviotas, agua de zinc verdadera. Templos y palacios pareciendo telas de encantamiento apiladas hasta el cielo. Así desearía con desmedido fervor que fuera mi MENTE. Que descansara en la terracita de un bar entre la Riva dei sette Martiri y la Via Garibaldi, y por la noche contemplara el resplandor dorado de las puertas del Florian.

Y no tener esta mente genéticamente tarada, como un andurrial con bostas de vaca y berzas saliendo del empedrado, una mente feísta de chamizos de chapas de aluminio. Ningún defecto físico te hace tan feo como la locura. La fealdad, la locura, son una forma de violencia.

Que mi mente leyera los cuatrocientos ochenta y dos volúmenes griegos y doscientos sesenta y cuatro latinos (el legado de la importantísima biblioteca del cardenal Besarión), con encuadernaciones con decoración a candeliere y acotaciones en los márgenes al «Almagesto», los «Elementos» o el «Timeo». Y poder estudiar el «De Triangulis Omnimodis» de Johann Müller Regiomontano, o escribir un pensamiento mortal que guardara pequeña memoria de mí.

Y no tener esta mente azote de los mares, un cepo tedioso con esculturas de Koons en lugar de palabras e ideas de Ficino o Hesíodo, no tener, en fin, una mente ilota agramatical, como profanada con prosa de carromato gitano y dependiente de la volubilidad de mi vesánico talento.

Falsas memorias 28

A raíz de su divorcio en 1930, Benjamin abandona el hogar familiar, y se traslada junto a su colección de libros a un departamento berlinés. En este contexto se gestaron las reflexiones que constituyen el presente ensayo, del que presento un fragmento.

«Desempaco mi biblioteca. Sí. No están aún en los estantes, no han sido tocados aún por el moderado tedio del orden. No puedo pasar revista por sus filas de arriba a abajo ante la presencia de alguna audiencia amigable. No deben temer nada de eso. En cambio, debo pedirles que me acompañen entre el desorden de las cajas recién abiertas, el aire saturado de aserrín, el suelo cubierto de papel roto; acompáñenme entre las pilas de volúmenes que ven de nuevo la luz después de dos años de tinieblas, para que principiemos por compartir parte del clima de tensión (en absoluto no elegíaco) que despiertan estos libros en el coleccionista genuino. Ya que éste es quien les habla ahora, y en un examen más riguroso se mostrará hablando solo sobre sí mismo ¿No será acaso presuntuoso de mi parte, si, con el propósito de parecer convincentemente objetivo y práctico, enumerara para ustedes las principales secciones o las piezas-trofeo de mi biblioteca, si les presentara su historia o incluso su utilidad para algún escritor potencial? Yo, por mi parte, tengo en mente algo mucho menos oscuro, algo más palpable que eso; lo que me preocupa realmente es darles alguna idea sobre la relación entre el coleccionista de libros y sus posesiones, sobre el coleccionar más que sobre la colección. Es totalmente arbitrario que para ello me refiera a las variadas formas de adquirir libros. Éste o cualquier otro procedimiento funciona solamente como un dique en contra del torrente de recuerdos que surge ante cualquier coleccionista al contemplar sus posesiones. Toda pasión limita con lo caótico, pero la pasión del coleccionista limita con el caos de los recuerdos. Más que eso: la oportunidad, el destino, que antepone el pasado ante mis ojos están visiblemente presentes en la confusión cotidiana de estos libros. Pues, ¿qué otra cosa es esta colección sino un desorden al cual el hábito mismo ha acomodado hasta el punto de hacerlo parecer como orden? Ya todos habrán oído sobre personas a las que la pérdida de sus libros los ha convertido en desvalidos, o sobre aquellos que para adquirirlos se han vuelto criminales. Precisamente éstas son las áreas en las que cualquier orden no es más que un acto de equilibrio al filo del abismo. “El único conocimiento exacto que hay”, dijo Anatole France, “es el conocimiento sobre la fecha de publicación y el formato de los libros”. Y claro, si existe una contraparte a la confusión de una biblioteca, ella está en el orden de su catálogo.

Por lo tanto, en la vida del coleccionista hay una tensión dialéctica entre los polos del orden y el desorden.

Naturalmente su existencia está también ligada a muchas otras cosas: una extraña relación de pertenencia (algo acerca de lo cual trataremos más adelante); asimismo, una relación con los objetos que no enfatiza su valor funcional, utilitario –esto es, su utilidad- sino que los estudia y los ama como la escena, como el escenario de su destino. La fascinación más intensa para el coleccionista está en encerrar los objetos individuales en un círculo mágico en el cual quedan congelados una vez que la última emoción, la emoción de su adquisición, pasa sobre ellos. Cada cosa recordada y pensada, todo lo consciente, se convierte en el pedestal, en el marco, la base, el candado de sus propiedades. El periodo, la región, la manufactura, los dueños anteriores; para un verdadero coleccionista todo el trasfondo de un objeto se agrega en una enciclopedia mágica cuya quintaesencia es el destino de sus objetos. En este contexto, entonces, es que se puede entender cómo los grandes fisionomistas –y los coleccionistas son fisionomistas del mundo de los objetos- se hicieron grandes intérpretes del destino. Sólo basta con observar a un coleccionista manipular los objetos en su gabinete. Al sostenerlos en sus manos, parece estar viendo a través de ellos su pasado distante como si estuviera inspirado. Suficiente del lado mágico del coleccionista –de lo que podría decirse su imagen de la vejez. «Habent sua fata libelli» [1]: estas palabras pueden haber sugerido una declaración general acerca de todos los libros. Así, libros como «La divina comedia, «La ética» de Spinoza, y «El origen de las especies» han tenido sus destinos. Un coleccionista, sin embargo, interpreta el refrán latino de forma diferente. Para él, no solo los libros sino los ejemplares de los libros tienen sus destinos. Y en este sentido el destino más importante de un ejemplar es su encuentro con ella, con su propia colección. No exagero al decir que para el verdadero coleccionista la adquisición de un libro viejo es el renacimiento de ese objeto. Éste es el elemento infantil, que en el coleccionista se mezcla con el elemento de la vejez. Porque los niños pueden lograr la renovación de la existencia de una cosa de un ciento de modos infalibles. Entre los niños, coleccionar es solo uno de los procesos de renovación; otros procesos incluyen pintar los objetos, recortar sus figuras, la aplicación de calcomanías; todo el rango de formas infantiles de adquisición, desde tocar las cosas hasta darles nombres. Renovar el viejo mundo: éste es el deseo más profundo del coleccionista cuando se ve impulsado a adquirir nuevas cosas, y ese es el por qué de que un coleccionista de libros viejos esté más cerca de lo esencial del coleccionar que el coleccionista de ediciones de lujo. ¿Cómo los libros pasan la barrera de una colección y se hacen propiedad de un coleccionista? La historia de su adquisición es el objeto de las siguientes reflexiones.

De todos los modos de adquirir libros, escribirlos uno mismo es considerado el método más digno de alabanza. En este punto muchos de ustedes recordarán con placer la inmensa biblioteca que Wuz, el pobre maestro de escuela de Jean Paul, adquirió gradualmente al escribir, él mismo, todos los trabajos cuyos títulos en catálogos de ferias de libros le resultaran interesantes; después de todo, él no tenía los medios para comprarlos. Los escritores son realmente personas que escriben libros no porque sean pobres, sino porque están insatisfechos con los libros que pueden comprar, pero que no les gustan. Ustedes, damas y caballeros, podrían considerar ésta como una definición caprichosa de un escritor. Pero es que todo lo dicho desde el punto de vista del coleccionista verdadero resulta caprichoso. De los modos comunes de adquirir libros, el más apropiado para el coleccionista sería el de pedir un libro en préstamo sin que este tenga su correspondiente devolución. El auténtico prestatario de categoría, que consideramos aquí, demuestra ser un coleccionista empedernido no tanto por el fervor con el que guarda sus tesoros prestados, ni por los oídos sordos que opone a cualquier recordatorio de la legalidad proveniente desde el mundo cotidiano, sino porque no lee estos libros. Si mi experiencia ha de servir como evidencia, un hombre está más dispuesto a devolver un libro prestado, que a leerlo. Ustedes objetarán: ¿Y la no-lectura de libros debe ser característica de los coleccionistas? Podrían decir que para ustedes éstas son novedades. No lo son en absoluto. Los expertos me apoyarán cuando digo que es la cosa más vieja del mundo. Sea suficiente aquí con citar la respuesta que Anatole France tenía preparada para las personas vulgares que admirando su biblioteca terminaban con la pregunta de rigor: “¿Y usted ha leído todos estos libros, señor France?” “Ni la décima parte. ¿Supongo que usted no usa su vajilla Sèvres todos los días?”

Por cierto, he puesto a prueba el derecho a tal actitud haciendo lo contrario. Durante años, por lo menos durante el primer tercio de su existencia, mi biblioteca consistió en no más de dos o tres repisas que crecían tan solo unas pulgadas cada año. Esta fue su época militante, en la que ningún libro era incluido sin la certificación de haber sido leído. De esa manera yo nunca hubiera adquirido una biblioteca lo suficientemente extensa para ser digna de ese nombre, de no haber sido por la inflación. De repente las prioridades cambiaron; los libros adquirieron valor real, o en todo caso, se hicieron difíciles de conseguir. Al menos así parecía ser en Suiza. A última hora envié mis primeros grandes pedidos de libros desde allí y de esta forma me fue posible conseguir ítems irremplazables como Blauen Reiter y Sage von Tanaquil de Bachofen, que podían aún en ese tiempo obtenerse directamente de los editores. Ahora bien –podrían decir ustedes- después de explorar todos estos caminos deberíamos alcanzar finalmente la gran carretera de la adquisición de libros, es decir, la compra de libros. Esta es sin duda una vía muy amplia, pero nada cómoda. La compra realizada por un coleccionista de libros tiene muy poco que ver con la compra de libros que hace el estudiante de sus textos en una librería, con la compra del hombre de mundo que busca un regalo para su mujer, o la del hombre de negocios que busca alguna lectura para matar el tiempo de su próxima travesía en tren. Yo he realizado mis más memorables compras en viajes, estando de paso. La propiedad y las posesiones pertenecen a la esfera de lo táctico. Los coleccionistas son personas con un instinto táctico; su experiencia les ha enseñado que cuando toman una ciudad desconocida, la más pequeña tienda de antigüedades puede servir de fortaleza, la más remota librería puede ser una posición clave. ¡Cuántas ciudades se han abierto ante mí durante las expediciones por la conquista de algún libro!», Walter Benjamin.

(1) Habent sua fata libelli [Los libros tienen su destino]: Parte de un verso de la obra De litteris, de syllabis, de metris compuesta por el gramático latino de origen africano Terenciano Mauro (segunda mitad del siglo II d.C.). El verso completo (nº 1286 capítulo II De litteris) forma parte de las reflexiones del autor sobre el grado de acogida que tendría su obra entre los lectores: Pro captu lectoris habent sua fata libelli [De la capacidad del lector depende el destino de sus libros].

Falsas memorias 27

El bibliótafo, del escritor norteamericano Leon H. Vincent, se publicó en 1898. Este clásico de las letras norteamericanas ha visto la luz por primera vez en español gracias a la editorial Periférica, dentro de su interesante colección «Largo recorrido». Leon H. Vincent nos cuenta la vida y milagros de unos peculiares personajes, algunos reales, otros ficticios, que comparten una misma pasión: la de coleccionar libros. Una pasión que «es un lastre para el hombre práctico; y para el inculto, una tontería.»

Entre los personajes reales, encontramos a Richard Heber. «El nombre de Heber sugiere la idea de que no todos los que compran libros son bibliófilos. Solo él es digno del título de quien adquiere sus libros con algo parecido a la pasión. Uno puede comprar libros como un caballero, lo cual está muy bien. O puede comprar libros como un caballero y un erudito, lo cual está mejor aún. Pero para ser un verdadero bibliófilo debe uno parecerse a Richard Heber y comprar libros como un caballero, un erudito y un loco». Se calcula que llegó a atesorar en torno a los 150.000 volúmenes y que gastó más de medio millón de dólares en libros.

Pero el verdadero protagonista del libro es un bibliótafo. «Un tipo enorme en lo físico, tan grande de corazón como de cuerpo, y, según el afectuoso recuerdo de quienes mejor lo conocieron, tan grande de intelecto como de corazón». Un curioso personaje, dotado de un agudo ingenio y un gran sentido del humor. Un comprador omnívoro, capaz de comprar todo lo que caía en sus manos. Sin embargo, le interesaban más la historias que estaban detrás de los libros que adquiría que los propios libros en sí. Era un tremendo devorador de catálogos, que obtenía una dicha más completa leyendo un catálogo que cualquier otra clase de literatura.

El bibliótafo es una novela que rezuma ingenio e ironía. Y que contiene interesante información y numerosas anécdotas en torno al mundo de los libros y acerca de personajes reales. Entretenida y fácil de leer. Muy interesante.

«Un bibliótafo entierra libros; no literalmente, pero a veces con el mismo efecto que si los hubiera metido bajo tierra. Existen varias clase de bibliótafo. El tipo perro del hortelano es el peor. Apenas utiliza los libros él mismo e impide absolutamente que los utilicen los demás. Por otro lado, alguien puede ser un bibliótafo simplemente por incapacidad para disponer de sus libros. Puede ser alguien que no tiene casa, un soltero, residente en una pensión, un vagabundo sobre la faz de la Tierra. Puede que tenga sus libros almacenados o guardados en el campo hasta el día en que tenga una casa en la ciudad con una biblioteca adecuada.

El amante de los libros más simpático que ha pisado las calles de una ciudad durante mucho tiempo fue un bibliótafo.

Acumuló libros durante años en el enorme desván de una granja que había a las afueras de un pueblo del condado de Westchester. Un amable familiar “atendía” aquellos libros durante su ausencia. Cuando la colección ya no cupo en el desván la trasladaron a un gran almacén del pueblo.

Era la atracción del lugar. Los aldeanos aplastaban la nariz contra las ventanas e intentaban curiosear en la penumbra a través de las persianas medio bajadas», pág. 28.

«Para alcanzar un alto grado de placer en la formación de una biblioteca hay que viajar. El bibliótafo viajaba regularmente en busca de ejemplares. Su teoría era que el coleccionista debe ir al libro, no esperar a que el libro venga a él. Ningún cazador que se precie, decía, querría que le trajeran un ciervo vivo a su jardín para matarlo. La mitad del placer está en seguir a la presa hasta su escondite.

Sólo en contadas ocasiones hacía pedidos por catálogo; normalmente iba de acá para allá, visitando a los libreros, buscando el libro deseado. Disfrutaba en aquellas tiendas en las que el librero tenía toda su mercancía expuesta, las existencias eran abundantes y las sorpresas habituales; donde el propietario estaba magníficamente bien informado sobre algunos aspectos e igualmente desinformado sobre otros.

Compraba generosamente. Nunca discutía un precio y dejaba su dinero con el aire del hombre que cree que el dinero que no se gasta es el origen de todos los males», pág. 120.

Falsas memorias 26

Desayuné con sustancia, pero me embaulé cuatro cervezas. Ando un poco piripi. Así que, inevitablente, tocará escribir en lugar de leer, hablar de libros y sobre los libros en vez de leer libros: «Uno se convierte en bibliófilo en el campo de batalla, en el calor del momento, a través del contacto diario con bibliófilos, libreros y libros», Henri Beraldi, 1897.

***

Buenas días, queridos bibliófilos:

Tengo 51 años, no soy padre de ningún hijo (hijo sin hijos) Originario de la capital (Barcelona), vivo en provincias desde hace más de una década. No soy ejecutivo sénior en un gran grupo multinacional, ni ocupo un alto puesto de marketing. Trabajé casi veinte años en la DGSE, de donde me quedaron buenos ahorros y una muy buena paga. Pero sobre este tema lo adecuado y pertinente es guardar suma discreción.

Mi biblioteca, por desgracia, no está reunida en una sola habitación, ni en una sola sala, sino que ocupa varios metros de pared de habitaciones en mi pazo orensano, por no hablar de los libros colocados por todas partes: en mesas, escritorios, cómodas, la cocina. Mi mujer, por suerte, es comprensiva y tolera esta gradual invasión con humor (una mujer que lo tolera con humor, pues, je je, estoy soltero)

Mi sobrina, tras devorar una edición actual de las «Fábulas» de La Fontaine del siglo XIX a los 4 años (hay que aprender), ahora es mucho más respetuosa con mis libros y, ¿se lo creen?; es perfectamente capaz de distinguir la piel de becerro del tafilete; siempre que este último sea rojo, es cierto, pero no creo que yo aprendiera la diferencia antes de los 22 años. Es curioso observar que cuando le pregunto qué quiere ser de mayor (y sí, todos los tíos somos iguales), esperando que me responda astronauta o actriz, invariablemente responde «vender libros viejos» o «cambiar la arena de los gatos»… Solo puedo esperar que se incline por el lado correcto.

Volviendo a mi biblioteca, es como yo: versátil y cambiante, ecléctica y exigente. Encontrarán libros de viajes, literatura, curiosidades, un poco de historia militar y de espionaje, una buena dosis de ocultismo, manuales de matemáticas y de lógica de todos los siglos, teología y poesía de los malditos de todas las naciones y géneros; pero esto no es restrictivo: trabajo por impulso. En cuanto veo un libro y lo cojo, generalmente sé al instante si lo quiero, y la siguiente pregunta es: «¿es razonable o no?». Sin embargo, tengo algunas áreas específicas: textos curiosos (generalmente leo las obras que compro o las hojeo, a menudo por falta de tiempo, mientras espero tener más), obras bellamente ilustradas y las encuadernaciones de obras antiguas de Lortic. ¿Por qué Lortic? No lo sé, pero a menudo albergo la loca esperanza de reunir una biblioteca entera con sus encuadernaciones.

Es cierto que soy bibliófilo; me encanta la encuadernación, perdónenme, dioses archilectores. Por cierto, me parece lamentable el ligero desprecio que los bibliófilos suelen tener entre sí; al fin y al cabo, se pueden ser ambas cosas, lector voraz y bibliófilo. Como diría un personaje encantador que conocí hace unos años: «La encuadernación sirve al libro, y el libro sirve al texto».

Reflexionando, el único criterio obvio para mi biblioteca es el período que me interesa: por lo general (hay muchas excepciones, que conste; repito, hay muchas excepciones a esta regla ideal), por lo general no adquiero libros posteriores al siglo XVIII. Sin embargo, no tengo incunables, porque los únicos que podrían interesarme son inasequibles económicamente. No estoy con esa mentalidad de querer tener un incunable solo por tenerlo.

Otro aspecto importante: con solo 51 años, siento que ya he tenido varias bibliotecas. De hecho, por un lado, cambié de rumbo hace unos años, y por otro, y sobre todo, soy un ferviente defensor de las entradas y salidas en pos de la mejora. Así, si algunos libros que hoy están en mi biblioteca son para siempre, otros van y vienen según las posibles mejoras y las necesidades económicas para adquirir otras obras. Detesto tener varios ejemplares del mismo libro; incluso si ocurre, ¡tengo demasiado amor para dar! Al final, pensándolo bien, es la emoción lo que busco; cada libro me transmite unas sensaciones particulares; conozco cada uno de ellos. Son cosas que solo otros bibliófilos pueden entender.

Siempre me han apasionado los libros. Lector insaciable, leía tanto obras modernas como antiguas, normalmente seis o siete a la vez. Fue a través de la lectura que llegué a la bibliofilia. De hecho, aunque mis estudios me dejaban poco tiempo para interesarme por los libros, al menos por placer, mi servicio militar en la Marina Real Británica me brindó esta oportunidad. Como oficial de un barco gris, había adquirido la costumbre de visitar a un librero en Brest antes de cada embarque para adquirir un buen texto en una hermosa edición del siglo XIX, que me serviría de compañero en el mar. Este tipo de navegación es, sin duda, muy propicio para la lectura. Así fue como fui creando una biblioteca, de la que luego me deshice para centrarme en obras antiguas.

Desde entonces, esta pasión omnipresente y absorbente nunca me ha abandonado. Vivo pensando en los libros, e incluso a menudo sueño con vivir de ellos. Pronto buscar, comprar, leer y apreciar libros ya no me bastaba, e intenté ir más allá: cursos de Gippe en la Maison de la Bibliophilie, horas charlando con un librero en el mercado de Georges Brassens, fines de semana interminables buscando ofertas, etc., hasta que me sentí solo y decidí intentar conectar con bibliófilos.

Como ya he dicho, soy ecléctico y, aunque tengo algunas obsesiones, me dejo llevar por los impulsos. Vivo la bibliofilia como una pasión, sin ningún deseo oculto de enriquecer mi biblioteca, razón por la cual probablemente no pretendo crear una colección coherente.

Lo más importante para mí es la calidad de los libros: si el texto es bueno o no es cuestión de gustos, pero rechazo sistemáticamente los libros incompletos, los que no encajan y las encuadernaciones dañadas. Si tuviera que dar un solo consejo a un joven bibliófilo, con toda modestia, sería este: evite esta trampa en la que la mayoría de nosotros ya hemos caído; compre menos, pero compre mejor; deseche todos los libros con defectos; estos libros «problemáticos» rápidamente se convierten en un peso muerto que arrastramos como una bola y una cadena, y que eventualmente reemplazaremos o duplicaremos.

Me verán en casi todas partes donde se encuentran libros: en ferias, en salas de subastas, en mercadillos y otras ventas de garaje matutinas (la esperanza es eterna), en el mercado de Brassens (más por el ambiente que por los libros últimamente), en eBay, en sitios web como abebooks, incluso en cenas de bibliófilos, pero es cierto, cada vez menos en librerías… ¡excepto en provincias, porque son más bonitas!

Falsas memorias 25

El bibliómano, “un egocéntrico que se pasa la vida desempolvando libros”, dice el ensayista y traductor italiano Antonio Castronuovo, nacido en Acerenza en 1954, un pueblo del sur peninsular. Autor del «Diccionario del bibliómano», Edhasa.

Existe un vicio pocas veces explorado. Aquellas selectas almas que lo sufren suelen vivir ajenas a lo extraño de su obsesión. Quizás sea porque en su centro está el amor, un amor insaciable. Quienes lo padecen -porque el amor, en todas sus formas, siempre se padece- hallan en su adicción una fuente de orgullo, un motivo de admiración. Se lo conoce, inocentemente, como bibliofilia. Pero detrás de esta extravagante pasión se agazapan agudas manías, disparatados caprichos, singulares pesadillas.

Este «Diccionario del bibliómano» es un admirable intento de alumbrar el frenesí que esconde el amor por los libros. Entre anécdotas literarias, curiosidades de todas las épocas e insólitas historias reales, Antonio Castronuovo nos pasea de la A a la Z por casos que van de la más pura bibliolatría a la más espeluznante bibliofagia. Como un verdadero maestro de las patologías librescas, y un evidente devoto de la lectura y sus extensiones, su conclusión es irrefutable: la bibliomanía es la más dichosa de las enfermedades.

Falsas memorias 24

El otro día, mientras revisaba material, encontré por casualidad, entre una pila de papelotes, un texto que había escrito a los 18 años (entonces estudiaba matemáticas y filosofía) para un concurso de bibliófilos, por el que obtuve el tercer premio.

Mi participación en este concurso no tuvo otra razón que ésta: mis padres, bibliófilos, me inculcaron el gusto por los libros desde muy pequeño, tanto que tuve la increíble suerte de encontrar a mi alcance, en su biblioteca, obras muy diversas y enriquecedoras. La mayoría eran primeras ediciones, magníficamente encuadernadas, que me vi obligado a leer… casi con guantes. Nunca se puede exagerar el cuidado con el que los bibliófilos cuidan sus valiosas obras.

CONCURSO DE BIBLIOFILOS EN CIERNES VILLA DE MARTORELL, 1990.

Gracias a los libros, el pensamiento humano ha sobrevivido al olvido del tiempo. Desde que la humanidad comenzó a pensar, ha buscado la manera de registrar sus pensamientos para que pudieran transmitirse a las generaciones futuras. Comenzó grabándolos en piedra, dejando su mensaje al borde del camino, con el objetivo de enriquecer el capital humano con los frutos de su experiencia. Cada siglo se ha beneficiado de nuevas contribuciones en los campos más diversos, y desde la invención de la imprenta, los libros han sido el depósito privilegiado del pensamiento en su forma más inteligible. Así, un patrimonio incomparable se ha perpetuado de generación en generación. Es conmovedor recopilar testimonios de tiempos pasados ​​a través de estas obras impresas en el mismo momento de su creación, de ahí la necesidad de preservar este patrimonio en las mejores condiciones posibles.

Los estados y municipios han trabajado para crear bibliotecas con este fin, pero el papel del individuo no es menos esencial, pues este, más que cualquier otra organización social, se inclina a dedicar cuidado y dedicación a la recopilación y preservación de dichos documentos. Estas dos formas de preservación, colectiva e individual, tienen una utilidad fundamental: el acceso a las fuentes culturales debe garantizarse a todos.

A pesar de los procesos de reproducción mecánica disponibles actualmente, la posesión del manuscrito original o de la primera edición es aún más importante, ya que proporciona una prueba irrefutable de autenticidad. Todo lo que posee una originalidad única, ya sea en texto o imagen, adquiere un valor incomparable para el futuro. El bibliófilo es la persona comprometida con la protección de estos valores. Su amor por los testimonios del pasado se refuerza aún más cuando la presentación se enriquece con investigación artística: así, la ilustración, que complementa los méritos del texto, y la encuadernación, que aporta elegancia y belleza al libro, convirtiéndolo en una verdadera obra de arte.

Sin embargo, ocurre que una reedición es superior a la primera impresión por las siguientes razones: la ilustración de un artista que ha embellecido la obra o las correcciones que el autor quiso hacer anticipando ediciones posteriores. Citaré, por ejemplo, la segunda edición del «Genio del cristianismo», que incluye correcciones de Monsieur de Chateaubriand y su dedicatoria al General Bonaparte; estas ya no aparecen en ninguna otra edición. De este modo, se ha creado una clasificación de los libros antiguos de librería según la importancia sentimental que tienen para el aficionado y según su estado de conservación. Afortunadamente, la bibliofilia no es una pasión egoísta. El bibliófilo rara vez atesora libros solo para su propio beneficio; se encarga de ellos y los conserva con la preocupación constante de ser solo momentáneamente el depositario de un tesoro. También puede, con ocasión de exposiciones, prestar y comunicar algunos de ellos o posteriormente legarlos a una comunidad. Los factores determinantes de su valor son por un lado la calidad del texto y por otro la notoriedad del autor.

Los clásicos constituyen, sin duda, la base de cualquier biblioteca que se precie. Pero, a partir de ahí, la elección de obras es muy amplia; cada persona busca especializarse en un período, un estilo o en temas que le conciernen con mayor precisión, con el fin de componer un conjunto coherente. Tras el texto, la presentación es el elemento que, en general, determina una adquisición. Consiste en la calidad de la tipografía y el papel. Es interesante destacar que el Romanticismo adolecía de deficiencias en la fabricación de papel, por lo que las obras del siglo XIX suelen presentar manchas y agujeros de alfiler. Por ello, las que han llegado hasta nosotros en un estado de conservación satisfactorio son especialmente apreciados.

Desde la Edad Media, el hombre ha desarrollado un gusto por embellecer lo demasiado abstracto del pensamiento escrito. Así, los manuscritos se iluminaron y enriquecieron con admirables miniaturas; luego, con el descubrimiento de la imprenta, apareció el grabado en madera, después el grabado en cobre y piedra, y finalmente la fotografía. Es evidente que el trabajo manual siempre prevalecerá sobre los procesos mecánicos. Grandes artistas se han dedicado a la ilustración de libros y la han convertido en un arte original y refinado. Tales éxitos han marcado para siempre la alianza entre el texto de alta calidad y la iconografía. Estas obras excepcionales son apreciadas por los bibliófilos, menos por su valor monetario que por su riqueza artística e intelectual.

La decoración del libro, es decir, la encuadernación, corona el conjunto. Esto también es un arte en sí mismo. El encuadernador tiene el deber de armonizar su trabajo con el contenido del tema al que se dedica. Es preferible que la encuadernación se haya realizado poco después de la publicación, ya que el conjunto representa, en estos diversos campos, el testimonio de una época. Esta colaboración a lo largo del tiempo justifica el cuidado y el amor que los bibliófilos sienten por los libros antiguos y, a través de ellos, el homenaje silencioso que rinden al pensamiento y la obra de sus mayores en lo que mejor y más notable hicieron. Los objetos del pasado siempre han ejercido una atracción irresistible para quienes disfrutan descubriendo la misteriosa poesía de la memoria.

La bibliofilia de alto nivel no se limita a la búsqueda de libros antiguos de renombre, sino que también busca desenterrar ejemplares extremadamente raros que conservan las huellas de la historia. Así, los libros, anotados por la mano de grandes escritores y con dedicatorias que el paso del tiempo ha hecho entrañables, adquieren un valor de culto para los bibliófilos. Sin duda, esta noble pasión enriquece a quien se dedica a ella, pues la investigación y el esfuerzo cultural que requiere se combinan con cualidades de corazón y sentimiento. ¡Ojalá surjan nuevas generaciones de bibliófilos que se esfuercen por preservar el legado del pensamiento en los siglos venideros, y esperemos que una capital como Barcelona siga siendo el centro mundial de dicha actividad!

Christian Sanz Gómez

Falsas memorias 23

Merece unas líneas, y una compra, «The Chronicle of the fountain pen» de Joao Pavao Martins, Luiz Leite y António Gagean, un libro que siguiendo una evolución cronológica nos va presentando las patentes, modelos, marcas e innovaciones tecnológicas que hicieron posible el nacimiento y el desarrollo de las plumas estilográficas.

Por último, y dirigido especialmente a los manitas, no podemos olvidarnos de nombrar el maravilloso «Pen repair» de Jim Marshall y Laurence Oldfield, lleno de imágenes y ejemplos didácticos para profundizar en los secretos de la reparación de artículos de escritura.

La oferta de títulos en español es reducida, pero en materia de artículos de escritura podemos encontrar «Plumas estilográficas» de Jonathan Steinberg, una guía dirigida al coleccionista con notas históricas, relación de fabricantes ordenados según el valor de sus creaciones y mucha información útil para el aficionado.

Hace unos años también apareció, a un precio de unos 50 euros, «El gran libro de la estilográfica», editado por Barbro Garenfeld. Un volumen de tapas duras con sobrecubierta de medio millar de páginas, bastante completo e interesante, que analiza la historia, los fabricantes y los modelos emblemáticos, pero dejando pinceladas sobre tecnología, materiales, portaminas, bolígrafos, elementos publicitarios, diseñadores y otras cuestiones relativas al mundo de los artículos de escritura antiguos y modernos.

Para cerrar este tipo de contenidos, dejar constancia de otro título, en este caso con un valor de 70-80 euros y dirigido a los amantes de las plumas alemanas, llamado «Diario de Montblanc y Guía del coleccionista» de Jens Rösler. Un ejemplar que se centra en la primera época de la legendaria marca e incluye imágenes promocionales y procedentes de los archivos de la empresa y la familia, modelos primitivos, submarcas, detalles de catálogos y datos para interpretar el sistema de numeración, los tipos de plumines, los modelos de clips y las estampaciones de las piezas.

Libros, ay, de toda raza y condición: como relojes de hermosas piezas de oro, plata y esmalte con movimientos con galluzas caladas y ornamentadas, cajas de fina decoración y elegantes leontinas y chatelaines.

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¿Soy un coleccionista de libros? Yo pretendo vetar siempre la palabra “coleccionismo” de mis relaciones con los libros. El coleccionismo es para los amantes de los posavasos, los alfileres de corbata o las vitolas de puros. El amor por los libros es otra cosa. Amamos a los libros por lo que son: un vehículo de transmisión de cultura y una fuente de placer intelectual, de conocimiento y de felicidad. Leemos para aprender, para ser más libres y tolerantes, para intentar entender el mundo y tener opinión sobre las cosas. Para ser cada día mejores. Eso nada tiene que ver con el coleccionismo. Por supuesto que hay bibliófilos de perfil coleccionista. Lo sabemos todos y yo conozco a a muchos. Es más, yo diría que, por desgracia, lo son una gran mayoría. Son esos que buscan crisolines como locos o van con la lista de los número que les faltan de tal o cual colección o editorial. Igual que hacíamos de niños con los cromos. Pero esos, que apenas leen los libros que compran, son el último escalón de la bibliofilia. A mí el coleccionismo así entendido no me interesa nada. Es más, diría que me desagrada.

Siempre me recuerdo leyendo. Desde niño. Primero, tebeos, y después, a partir de los doce o trece años, literatura, ensayos, libros de historia. Al principio compraba, como todos, libros de bolsillo (Austral, Alianza, Bruguera…), hasta que un día me di cuenta de que comprando libros en los rastros y en los mercadillos podía, por lo mismo que me costaban esos libros nuevos de bolsillo, comprar antiguas primeras ediciones. Y a aprendí a amar y a valorar los libros viejos. Sigo comprando, claro, libros nuevos y procuro estar al corriente de las novedades (aunque esto es hoy casi imposible, dada la avalancha o inundación de libros que llega cada día a las librería) Pero el placer que te proporcionan los libros viejos es diferente, pues al propio valor intrínseco del contenido del libro se suman otros muchos elementos de los que carece el libro nuevo: la rareza o singularidad, su carga histórica (quiénes fueron sus propietarios, qué tumbos ha ido dando por aquí y por allá, qué ex libris lleva…), las antiguas dedicatorias autógrafas que lo hacen único e irrepetible, la encuadernación de la época…

Si de lo que se trata es de saber qué libros busco o me interesan, podría decir que sobre todo he sido lector de libros de poesía o de narrativa españolas, de bibliografía, de historia universal de los siglos XIX y XX, de historia de la lógica, clásicos grecolatinos en varias traducciones o de los autores raros y curiosos de la bohemia española, o de la francesa e inglesa también. Y también de los de la “literatura del yo”: diarios, epistolarios, memorias, autobiografías…, a los que soy muy aficionado.

En mi casa la biblioteca constaba de libros en cuatro idiomas encuadernados en pieles negras; ah aquella chimenea de madera maciza tallada, las cerámicas azules y blancas, las flores rosas, los restaurantes de categoría no discutible, la mesa de juegos, los sofás decorados con chales, el suelo encerado y las conversaciones muy inteligentes a la hora de comer. Vivir ahí era como vivir dentro de la opulencia del Arte.

Como si tuviera solo tres libros, una Biblia, un devocionario, y un almanaque, que leyera repetidamente vez tras vez, esos recuerdos de infancia necesarios e inevitables son mi estrecha gama de literatura donde se embebe honda y obsesivamente mi conciencia.

Falsas memorias 22

Escribir poemas y prosas sobre modestos bacines, sobre azadas duras, sobre el aporcador, que abre surcos y forma caballones, ayudando al aireado y crecimiento de las plantas, sobre la desbrozadra, sobre la hoz, la pala, el rastrillo, la horca o el trillo, escribir acerca del suntuoso marrón de la costra de la avellana, de la pulpa del higo, escribir sobre la aparición súbita en el recodo de la Santa Compaña. Nada más hermoso que la imperturbabilidad -lenta y silenciosa- de las horas iguales. O bien la espiga madura. Nada más noble que los cuentos o las charlas sobre patatas, pimientos, «leitugas», tomates, cebollas y berenjenas, una mitología pequeña, pero muy eficiente.

Iluminación. Tras pasar unas cuantas casas más, la calle perdió toda pretensión de urbanidad, como un hombre que regresa a su pequeño pueblo y, pieza a pieza, se despoja de su ropa de domingo, transformándose lentamente en un campesino a medida que se acerca a su hogar. Ser un campesino. Una vez fui un hombre, no un gran hombre, no un hombre santo, sino un buen hombre, y un hombre al fin y al cabo. Eso es ser un campesino.

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Y en mi casa de campo una inmensa biblioteca. Libros antiguos que hayan sido conservados lejos de la humedad, la luz directa y otros elementos que deterioran el papel. Algunos coleccionistas incluso preferimos que los libros no hayan sido restaurados, ya que los reparados pueden perder valor si el trabajo de restauración no es perfecto.

Quién pudiera poseer «El Evangelio de San Cuthbert», uno de los libros cristianos más antiguos que se conservan en su encuadernación original. Este libro fue enterrado con San Cuthbert alrededor del año 698 y es famoso por su impresionante conservación. Pequeño evangelio que es extremadamente raro, y el hecho de que conserve su encuadernación original aumenta enormemente su valor. Representa uno de los primeros ejemplos de la cultura cristiana en Europa y es una reliquia invaluable para la historia religiosa. Su valor puede superar los 11 millones de euros debido a su antigüedad, estado de conservación y significado histórico. Es uno de los libros más antiguos en existencia, y su rareza lo convierte en una pieza única para cualquier colección.

“Un ejemplar del First Folio de Shakespeare [nombre con el que los eruditos se refieren a la primera publicación de la colección de 36 obras teatrales del dramaturgo inglés y que data de 1623] se vendió por casi 10 millones de dólares. Y esta obra, en la actualidad, todavía se puede encontrar [en Inglaterra y Francia se conservan 234 ejemplares]. Si nos fijamos en esos parámetros, el primer Quijote es infinitamente más raro… valdría mucho más”, Alicia Bardón.

En la abadía de Thelême, Rabelais escribe el lema:»Lys ce que voudra» (Lee lo que quieras) Acabo de escribir estas palabras en los dinteles de mi biblioteca: «Lee lo mejor si no sabes escribirlo».