Observaciones literarias y obras de creación en estado embrionario, susceptibles entonces de enmienda y no definitivas.
Autor: christiansanz71
No me verán fogueándome en el padelsurf, el kayak o el surf. Ni relajándome una seráfica mañana en un spa o apuntándome a una clase de yoga o de fitnes al aire libre. Ni alechugado bajo el sol espeluznante. "Vita Cartesii simplicissima est”, recordaba Valéry en "Monsieur Teste". La mía es abrumadoramente más simple. Un libro entre las manos, paseos con la perra, oír pájaros, salmorejo, crema fría de espárragos blancos y mermelada de moras. Feliz verano. Libertad, lógica y literatura.
Mi techo es como una fina lámina de zinc donde rebotan como canicas en miniatura. Me he pasado miles de hora escuchando el techo: pequeños latigazos como la fracción de voz aguda de un joven profesor oxoniense, crujidos, castañeteos, rechinos, chilliditos, «esguitar, espetecs i escarritx de la fusta», clicks casi imperceptibles. Eso respecto al techo: por el resto de la casa, libros que caen solos de los estantes al suelo, luces y grifos que se abren y cierran solos, algo parecido a un zumbido de máquinas, pasos y ruidos de objetos, rasgar de uña afilada en la puerta de mi habitación, voces y lamentos y susurros, golpes repentinos.
Fuera, la niebla nórdica, el sol poco amable, los manzanos sin manzanas, las vides negras, la lluvia y el frío. Solo falta una ejecución pública frente al portalón de alguna cárcel y la vida sería perfecta.
Viñadores de los Borraxos, montañeses de Liñares, ásperos ribereños, payos luintrenses, gente de Nogueira Ramuín, a décadas de Martha, de cuando conocimos el encanto de las catedrales góticas y los jardines y palacios de Italia, de nuestro amor melancólico y tan real, espontáneas asociaciones mentales hermanadas contra la indiferencia, la acidez de los días, y el entrevero cronológico del pasar del tiempo.
Fresas para los dientes; avena empapada en leche sin descremar; flor de azahar; jabón de pura crema; buen olor del baño; agua tan fresca. Más de treinta años de todo esto.
Su vestido de gasa color rosado. Me parecía toda luz, toda esplendor, como un pájaro o como un levísimo plumón que, llevado por el viento, se posa un instante en una zarza. Tocar el piano y cantar obras de Brahms. Eso era la vida. Más de treinta años.
Hace un hermoso viernes de septiembre. El pueblecito agreste fugado hacia el bosque. Como un bárbaro despeinado entro en el recuerdo de aquel amor. Lo escucho profundamente. No puedo imaginar en absoluto cómo hubiera sido mi vida sin ella.
Todo esto es algo muy privado. Mejor ser sucinto y callar.
«Los galones te los ganas a base de vender y vender y vender», dijo la vulgar tendera y feriante Sáenz de Urturi. No y no. Los galones te los ganas midiéndote con Montaigne y Plutarco, con Kafka y Flaubert, con Mann y Musil. Los galones se logran acercándote algo al tintineo y murmullo de estancia adamascada de Tácito, Borges, Valle-Inclán y sus pares. Además, y como dijo Stevenson, «algo hice mal para vender tan bien».
El criterio de las ventas es como creer que una buena vida es una vida vegetativa, como una planta de maíz o trigo que creciera en un invernadero en lugar de en el campo. Las ventas son argumento de letrinas y boñigas, argumento de utilidad. La literatura, en cambio, es como si a tu amada le perfumas el cabello con algas y sol, ese verde mordisco mágico y salado.
Las ventas son asunto de negocios, de despreciable pasta, pavos, lana, chavos, lucas, guita. De fea burguesía iletrada y estólida. De jefes de negociado de una fábrica de papel higiénico.
La literatura es el arrobo ante la belleza de algodones y popelines. Maulería de sedas. Una tienda parisina algo «délabrée».
«Comprar, usar, desechar», la filosofía de la mierdera Sra. Sáenz de Urturi.
De niño, con papá, fui al ayuntamiento, y me llevó a ver la torre del carrillón. Me decepcionó. En cambio, sigo viendo en mi interior cómo me adormecía mamá al son del ritmo del reloj del comedor. Y recuerdo el sumo orgullo cuando, en una ceremonia de una antigua bodega de un castillo del siglo XII, a mi padre le otorgaron el título de «chevalier du taste-vin». En aquella ocasión papá pronunció un bello discurso. Y, cuando se jubiló, el «Cercle d´Economia» le entregó una valiosa moneda de plata. También aquí fue muy brillante su discurso.
Estos son los míos. Es esencial ser elitista, pero en el sentido originario de la palabra: asumir la responsabilidad de “lo mejor” de la mente humana. Una élite cultural debe cargar con la responsabilidad del conocimiento y la conservación de las ideas y los valores más importantes, la responsabilidad de los clásicos, del significado de las palabras, de la nobleza de nuestro espíritu. Ser elitista, como explicó Goethe, supone ser respetuoso: respetuoso con lo divino, con la naturaleza, con los demás seres humanos y, por lo tanto, con nuestra propia dignidad.
España no semeja nada ya a una mesa en Lhardy (cerraron Lhardy) Vuelvo los ojos a las “Memorias” de Metternich leídas anoche, la cabeza apoyada en la mano. Golpea el fulgor de la primera luz del día. Miro la tele: feministas teñidas y marujas sansirolés con falda chillona, vocingleros tertulianos campanudos, hastiados reportajes de jóvenes okupas. La Cultura va muy para atrás.
Atento: libros escritos negando el estilo «Beaux Arts», entre la incompetencia y la inexistencia; torpor vegetativo de «bohémien» y de políticos con brutez grabada en su rostro. Resumen: cenizoso y episcopal Tiempo de Grisalla. Tiempo de cucarachas corriendo por el parking y los baños. Tiempo sin lugar para la memoria y el futuro. No soporto más este tiempo cutre, que hace que todo sea miserable, desgastado y arrugado. La tragedia del mundo no es que las cosas bellas mueran jóvenes, sino que envejecen y se vuelven malas.
Muebles de mala calidad, ropa de mala calidad, ideas y filosofías de pésima calidad. Muchas épocas del pasado fueron como un salón lleno de duques; entrar en nuestro siglo es como ir ataviado igual que un cura andrajoso. Siglo desaliñado, sucio y desagradable, y rancio, destartalado, viejo y sombrío. No puedo más.
Se oyen afuera botas militares desfilando. No salgas, quédate en tu despacho escribiendo unas pocas líneas. El Tiempo, feo y falso, sin Brillo, Genio ni Sabiduría. Tan lejos del coronamiento de un emperador. Tiempo que solo asume irresponsablemente lo peor de la mente humana. No puedo más.
NOTA BENE: Ahora todo son tatuados, analfabetos, gentuza de cuarta fila, neorrealismo brutal. Yo prefiero el agua fresca a la Coca-Cola, los alimentos naturales a los congelados, la canción de los pinos a las estridencias del televisor, la agricultura a la bisutería industrial, las casitas de la ruralía a morirme de asco y de neurosis. Infinitamente prefiero el lento recuerdo de los días pasados para siempre al hosco y repulsivo presente, y al aborrecible futuro.
Saben (los servicios de inteligencia) que soy fóbico profundo a las ratas, por eso llenan mi casa de ratas; tienen que eliminarme de la ecuación.
Vienen andando agachadas del pastizal, atareadas con el heno recién cortado, y, rígidas, brillantes como el acero, anidan en mi fallado y se cuelan en la cocina. No da tiempo a que el ratero las mate. Avanzando los bichos sombríos y solemnes, desflecándose sobre las colinas. En pocas horas la nube entoldó el valle y nos asaeteó con un punzante orvallo. Ellas están aquí a resguardo y calentitas.
Horror de mi aldea: el borrico de la Maruja arrastra alegremente el féretro cárcava abajo, pero, al llegar al puentecillo, la rueda izquierda se hunde en una de las juntas y cae al río. El ataúd de la vieja se abre entonces y ella aparece mirándonos tranquilamente, la boca abierta, como sorprendida, y las manos en el regazo. Pero allí, dentro del cajón, flotando en las sucias aguas, parecía una mujer en conserva. No, no es un cuento de García Márquez. Es mi pueblo miserable y ratonil.
Horrores de la aldea: rata gris, rata parda, rata marrón, roedor miomorfo, correteando por todo el pueblo; sus pulgas transmiten la peste bubónica. Mi perrilla, envenenada, hoy vomitó con esfuerzo una asquerosa mascada de huesos sobre la colcha de mi cama y la lamió con nuevo celo.
No soy un chiflado. Créanme.
***
Amarrado bajo los árboles un perro delgaducho y pulgoso, y las ratas correteando por una barcaza de turba. A su lado un caballo de sirga decapitado, y una rama de chopo muerta encima de todo. Paisaje idílico para Satán: la turba en los pantanos donde los hombres deslomándose pueden sacarla mientras les corren ratas por las piernas. Un hado y dos furias se mezclan en el torbellino.
Me encuentro enfermo; tienes que prometerme que no me torturarás; que no me meterás una rata en la boca y me obligarás a que me la trague. Christian, no pongas esa expresión extraña, como te pongas a llorar en casa, a temblar en la calle, te atizo. Aquí todos saben lo que eres. Pero yo no voy a aguantarlo más, ¿te enteras? ¿Me oyes? No me importa lo que hagas. Ingrésate o déjanos en paz. Estoy hasta los huevos de putos locos.
***
Insisto, a fuer de pesado, se me quiere retirar de la circulación. La inteligencia española (líchigos, zungas, garbimbas, cachones, putipresos cadenasapos, garotiñas vomitoverrugas y galligilimierdas) dictaminó mi muerte civil asignándome el título de «loco» (puedo discurrir sin tara e infinitamente mejor que cualquier español; mi locura es un mito) Ahora quieren lograr mi muerte física, desean provocarme el último y fatal infarto.
Mi mente, pura y sin asomo alguno de perturbación, escuece lúcida, desprendiendo gotitas rojas y rosas bajo la lluvia orensana. El barro pestilente del C.N.I. se desprende flotando en la superficie moteada y agitada de grasa de una piscina repleta de mierda. Bordado rumbo de pelliza de osa rubia mi vida. Vosotros, en cambio: mamobueyes, vacapútridas, anormalneuronas, cachalotes subnormales.
Ganduleo. Días de ánimo ciclotímico. Visto mi traje de franela gris con las perneras abolsadas sobre los zapatos. Pese a mi pobre aliño indumentario mi mente está en el hotel Montreux Palace, a orillas del lago de Ginebra, hotel muy popular entre la aristocracia rusa del siglo XIX. En mi chambre de débarras, una especie de trastero informal, se apilan los libros leídos, pero que me gustaron poco. No he escrito ningún poema.
Recuerdo cuentos de hilo dorado de mi niñez. Paseo por caminitos sin suelo guiado por un zahorí. Palabras de niño de risotadas salvajes. El sol brilla, abetos de montaña y cestas de huevos. Misterioso amor del corazón caliente.
No considero que mis acciones ni mis conocimientos sean algo grandioso. Lo único cierto es -y lo digo con sinceridad -que me encanta aprender y la vida solitaria. Soy un pobre estudioso; el curioso busca el conocimiento desde la ansiedad y el miedo; el estudioso busca el conocimiento desde el amor. Temo que soy una plasta: me gusta decir cosas «intelectuales» y «filosóficas». Pero no logré salir de mi infancia ni de hoteles aristocráticos.
De este profundo antagonismo (entre la cultura y la crítica política) habían brotado las ideas de reforma mantenidas por Isócrates en el «Areopagítico» y en el «Discurso sobre la paz». Ahora en su gran discurso de defensa abogaba abiertamente en pro de sus ideales educativos. Su defensa culminaba en la idea de que la verdadera educación era incompatible con una sociedad dominada por demagogos y sicofantes (a la masa le sublevaba la creación de una aristocracia espiritual en lugar de la antigua nobleza de nacimiento, que había perdido ya importancia) Pretende demostrar que ese tipo de educación no contradice el espíritu de Atenas. Los estadistas que hicieron grande a Atenas no eran gentes de la actual calaña de demagogos y agitadores. Fueron hombres de elevada cultura y espíritu superior los que expulsaron a los tiranos e instauraron la democracia y vencieron a los bárbaros y unificaron a los griegos. No eran hombres exactamente iguales que los demás, sino hombres que descollaban por sobre los demás. Honrar, amar y cultivar esas personalidades excepcionales: tal es la exhortación con que termina el discurso de Isócrates.
Deseo ser tomado por Isócrates con benevolencia. La música que ahora me acompaña es la del compositor bohemio del barroco Heinrich Ignaz Franz Biber, de quien se ha dicho que fue premonitorio para Bach. Escucho sus fascinantes «Sonatas del Rosario», con esa hipnótica «passacaglia» final, la única pieza, junto con la primera, que no requiere «scordatura».
Recuerdo que, una tarde de domingo, un verano, tuve la posibilidad de visitar la escalinata de la iglesia de Castellbell i el Vilar. En las rendijas de los escalones crecían malezas y frondosas hierbas. Al cementerio tras el muro lo invadían hierbas salvajes. Eché una ojeada y no vi más que pobreza. Pobreza que parecía más pobre de lo que acaso era en realidad. El símbolo con la cultura occidental me pareció directo y evidente.
¿Qué es la cultura occidental? La adoración, el embeleso por la «Virgen Inmaculada» de Murillo en el Louvre, nombres como Braque, Chagall, las tazas de café bajo los toldos de los bulevares, las chicas con su culta e inolvidable sonrisa, Elisabeth Leonskaja interpretando a Schubert, o el frenesí de olas del campo de Wordsworth, o el temblor de laberintos herrumbrosos de las largas frases de Proust.
El abismo entre el individuo (pocos) y la masa (casi todos), entre la cultura y la incultura, es ya insondable. El ideal de estado que expresa Isócrates, también lo expresó Polibio o Cicerón en «De republica». Ríos contaminados de demagogos, analfabetos y sicofantes nos anegan. La mesocracia avanza, el tropel de la oclocracia avanza a golpes y devasta, definitiva e incontenible. «Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate».
Hay escritores cuyo lenguaje es como unas sosas coles de bruselas hervidas. A mí me gusta escribir con metáfora y voluntad de estilo (se puede tener un estilo literario que deteste las metáforas, pero, en cambio, con gran voluntad de estilo; todo que admirar y nada que objetar)
Cocinar las coles a la parrilla o al grill hasta que se churruscan un poco abre la puerta a un nuevo universo de sabor y texturas, y la presentación en brochetas es perfecta para ocasiones festivas. Se añade una bechamel y «caprice de dieu».
Seguro que en casi todas sus casas caerán algunas almejas durante las fiestas. En mi familia no fallaban, ya sean a la marinera o acompañando algún guiso o sopa de pescado. Si llevan a la mesa las coles bien acompañadas con almejas, hasta los más reacios se animarán a probarlas.
***
La prosa como unas simples y tristes espinacas al vapor, o como unas setas sin ajetes ni quesos, poco gusta. Gusta una prosa elegante, detallista, artesanal, que pone énfasis en la forma, sonora. Lejos del aburrido arroz hervido para enfermitos.
Soy muy solitario, terriblemente -máximamente- egotista (eterno parloteador de mí mismo), pero apenado por mi embotamiento afectivo. Me cuesta «sentir», «conectar», «empatizar». Vivo como enclaustrado en el círculo de un yo de caoba polvoriento y agrietado. En un capuchón de acero empapado de insensibilidad.
Casi soy solo sensible al lenguaje. Tengo como una sinestésica audición coloreada respecto a las palabras. «Veo» palabras verdes con figuras rechonchas, palabras magenta cosidas a jubones, palabras azules que visten mansos zapatos de charol. Para mí hay consonantes de día («f», «y», «l») y vocales de noche («i», «e»); hay expresiones que arrastran espejos iluminados por luz de un fulgor matutino, otras que afligen como una adolescente que no sonríe, expresiones con fauces de tigre llenas de sangre.
Me gustaría no ser solo sensible al lenguaje, sino a lo que designa, a lo que refiere o nombra, el mundo, la realidad, la vida, los hombres, las cosas. Estoy encerrado en una nocturnidad acuática y autista, encorvado sobre mi yo mayúsculo y enfermo. Perdonadme.
Bajo la bóveda de la Capilla Sixtina siéntete renacer. Bajo el terruño acre cobija el vendaval de la luz parisina. Que tu amante, cuando seas mujer, dardee su lengua vermejosa en tu cuello. Y que tu mundo se llene de voces refugiadas en el cielo.
La sociedad nobiliaria, las costumbres de antecámara, el imperio de la representación, la elegante domesticidad aristocrática, bailes y cotillones y targetitas de presentación, ramo de flores y muchachos que tienen el frac salpicado de lazos y escarapelas, «promenade» y banca Rotschild, ánades chapoteando en el agua argentada, dibujos de Harriet Ford, obras de compositoras como Kassia, Hildegarda de Bingen, Herrada de Landsberg, Beatriz de Día, Héloïse, Margarita de Austria, Ana de Bolena, María González de Agüero y Blanca de Castilla, sean tu destino, si no de vestidos y porte, de maneras y olas de superficie, sí en cambio de espíritu.
El mundo es un boceto mal realizado y la gente no es noble ni buena. Pide que tu vajilla no sea de estaño ni de madera, sino de porcelana fina. Come pasteles de fantasías historiadas vienesas. No vayas nunca a piscinas públicas. No te tiñas. Que un oro flameante cruja tus ojos. Y dulzuras jabonosas tengas por ideas. Adora los pájaros, los cisnes sentimentales, y deplora la prensa deportiva. No vayas en metro ni autobús. Sé libre, es decir, hereje. Escupe al mogollón y a la tortilla de patatas cebollona. Toma unos ravioli con caldo de jamón y parmentier trufada. Ten en el amor una figura ideal, mas sopesa las grandezas de tus propios soliloquios.
Te espero en unos años en Nogueira. Te hablaré de tu nona, te ayudaré con los deberes, nos encaprichará la luz de los pinos y eucaliptos con iluminación indirecta de plató de cine. Tu alegría animal niega de raíz que el camino a Tebas empiece con la muerte.
Tu sonrisa, ardilla de tejado de cresta ventosa, es una cascada de agua helada que refresca en el calor terminal del infierno.