Observaciones literarias y obras de creación en estado embrionario, susceptibles entonces de enmienda y no definitivas.
Autor: christiansanz71
No me verán fogueándome en el padelsurf, el kayak o el surf. Ni relajándome una seráfica mañana en un spa o apuntándome a una clase de yoga o de fitnes al aire libre. Ni alechugado bajo el sol espeluznante. "Vita Cartesii simplicissima est”, recordaba Valéry en "Monsieur Teste". La mía es abrumadoramente más simple. Un libro entre las manos, paseos con la perra, oír pájaros, salmorejo, crema fría de espárragos blancos y mermelada de moras. Feliz verano. Libertad, lógica y literatura.
Bajo la bóveda de la Capilla Sixtina siéntete renacer. Bajo el terruño acre cobija el vendaval de la luz parisina. Que tu amante, cuando seas mujer, dardee su lengua vermejosa en tu cuello. Y que tu mundo se llene de voces refugiadas en el cielo.
La sociedad nobiliaria, las costumbres de antecámara, el imperio de la representación, la elegante domesticidad aristocrática, bailes y cotillones y targetitas de presentación, ramo de flores y muchachos que tienen el frac salpicado de lazos y escarapelas, «promenade» y banca Rotschild, ánades chapoteando en el agua argentada, dibujos de Harriet Ford, obras de compositoras como Kassia, Hildegarda de Bingen, Herrada de Landsberg, Beatriz de Día, Héloïse, Margarita de Austria, Ana de Bolena, María González de Agüero y Blanca de Castilla, sean tu destino, si no de vestidos y porte, de maneras y olas de superficie, sí en cambio de espíritu.
El mundo es un boceto mal realizado y la gente no es noble ni buena. Pide que tu vajilla no sea de estaño ni de madera, sino de porcelana fina. Come pasteles de fantasías historiadas vienesas. No vayas nunca a piscinas públicas. No te tiñas. Que un oro flameante cruja tus ojos. Y dulzuras jabonosas tengas por ideas. Adora los pájaros, los cisnes sentimentales, y deplora la prensa deportiva. No vayas en metro ni autobús. Sé libre, es decir, hereje. Escupe al mogollón y a la tortilla de patatas cebollona. Toma unos ravioli con caldo de jamón y parmentier trufada. Ten en el amor una figura ideal, mas sopesa las grandezas de tus propios soliloquios.
Te espero en unos años en Nogueira. Te hablaré de tu nona, te ayudaré con los deberes, nos encaprichará la luz de los pinos y eucaliptos con iluminación indirecta de plató de cine. Tu alegría animal niega de raíz que el camino a Tebas empiece con la muerte.
Tu sonrisa, ardilla de tejado de cresta ventosa, es una cascada de agua helada que refresca en el calor terminal del infierno.
La fruta verde indigesta; nada mejor que la sublimación de la fruta madura en una compota. La Generación Z ha cambiado la percepción de lo que significa ser adulto: ya no identifican los 18 años como el inicio de esta etapa, sino que sitúan ese momento alrededor de los 27 años, cuando consideran que vida, dinero y futuro se sienten realmente “reales”.
Ser adulto es no adolecer de falta de experiencia, propender a una cosmovisión realista, conocer tus poderes y limitaciones (el autoconocimiento -tentativo al menos-), ir elaborando o desarrollando tu personalidad sin ingenuidades, asumir y conocer los propósitos, honrar aquellos valores de la naturaleza próximos a nosotros que nos definen (para honrarlos y acercarlos debemos ser adultos y conocerlos previamente), tener flexibilidad e inteligencia en el cambio (el último cambio, el definitivo, la muerte, debemos sabiamente -aunque duela y cueste mucho- comprenderlo), evitar absolutismos simplistas o puerilidades implícitas.
Un «puer aeternus» es totalitario y napoleónico, poco avispado para el matiz y las visiones no gregarias. Viven abstracciones en blanco y negro, sin grises, viven un vitalismo desenfrenado e impaciente, y todo aureolado con una energía caótica.
La madurez es la capacidad de pensar, hablar y actuar según tus sentimientos dentro de los límites de la dignidad. La conciencia de la ambigüedad de los mayores logros (así como de los fracasos más profundos) es un síntoma definitivo de madurez. También cuando eliges guardar silencio en lugar de darle explicaciones a alguien que no valora tus palabras. O el arte de retirarte con gracia.
La madurez lo es todo, dijo Shakespeare. Una lejanía cenicienta, acaso. Los restos de la guerra cósmica del espíritu.
La bibliofilia es el amor por los libros; y el bibliófilo es el amante o aficionado a las ediciones de ciertos títulos, a los empastes especiales, al aroma de las páginas, y en general a todo lo que se relacione con mantener una nutrida colección de libros. La bibliofilia, como concepto, surge durante el Renacimiento, época en que los humanistas, reyes, príncipes y grandes señores se dedicaron a recorrer países de Europa en busca de manuscritos, cartas, autógrafos, incunables, y otros tipos de libros sofisticados. El bibliófilo ama la lectura, así como el admirar y coleccionar libros, por lo que arma una gran y especializada colección. Sabe, además, distinguirlas e identificarlas ya sea por la pureza de su texto, su tipografía, ilustración, la calidad del papel y la encuadernación.
Debido a mi pobreza se me negó la bibliografía. Qué no diera yo por adquirir las notas de clase de Richard Kilvington, por una editio princeps del «Breve tratado y muy importante para saber hacer una confesión general», de Juan de Santo Tomás o por el incunable «Tratado de Derecho Sucesoral ab Intestato» de Nicolás de Ubaldis (1471).
“El libro –escribió́ Ramón Miquel y Planas- es la obra más perfecta que ha salido de las manos del hombre. Es un todo completo donde se reúnen un elemento espiritual, que es la obra literaria fruto del pensamiento, y un elemento material, que es el libro como obra tangible. Libro perfecto es aquel en el que ambos elementos -cosa y alma- se corresponden dignamente, aquel donde la belleza de la obra literaria tiene una exacta correspondencia con la belleza y perfección de sus componentes materiales. Esta es la concepción de libro que tienen los bibliófilos”.
Calidades y ventajas de los bibliófilos, según Mr. Jules Richard:
«… Yo he notado siempre en los hombres que aman los libros, grandes cualidades de corazón, instintos generosos de sociabilidad y una exquisita cortesía. Generalmente, son a la vez estos hombres buenos comedores y bebedores; son, además, galantes con las mujeres. El amor en el libro, es el principio de la perfección».
“Después de haber disfrutado de todos los bienes de este mundo en la justa medida de mis medios y fuerzas, yo puedo hacer constar aquí, sin hipocresía, que de todos los placeres los que proporciona el amor a los libros, son, si no los más vivos, al menos los más duraderos y que más fácilmente se renuevan.
En el juego, no se gana siempre; con la mujeres la vejez llega antes que la saciedad, ¡hay también la mesa! … Pero cuando se ha bebido y comido durante dos horas … ya no se puede más. ¡La pesca! ¡La caza! Se llamará. Para pescar se necesita mucha paciencia y… que haya pez; para cazar es necesario tener buenas piernas y que haya caza.
Para dedicarse a los libros, basta con tener libros “
Jules Richard: “L’art de former uneix Bibliohéque“, Ed, Rouveyre&G. Blond, Paris, 1883. pp. 128, 152, 153.
Quienquiera que se precie de bibliófilo desea el libro más bello que jamás haya sido impreso, la «Hypnerotomachia Poliphili», de Francesco Colonna, y la desea perfecta, sin manchas y sin apolilladuras, con márgenes amplios y, si fuese posible, con tablas que se desdoblan, como me aseguran que existe todavía en algún lugar
Libros: brillante aroma resinoso incubado en el firmamento.
Sin la literatura, ¿qué sería de la vida? Letra viva, con el color, olor y sabor de la vida. Con luz mineral y pinosa, con luz entornada tolteca, bajo el despliegue torrefacto del cielo de orense en otoño.
Literatura. Ceñido y poblado placer. Acúmulo o depósito de experiencias -en sentido laxo-, cuya extensión, idea de la posibilidad, capacidad de elucidar lo no evidente, don generoso del matiz, recrea e incrementa en el lector su psique, y la comprensión y el goce de la vida.
La literatura no se entiende al margen de la vida, del amor a la vida. Literatura como fármaco que siempre acompaña o consuela. Multiplicadora de experiencias. Viajes a espacios tetradimensionales. Claridad tapizada verdosa y teñida luz de marfil. Acopio estético que amplía la conciencia del hombre.
Dibujo finísimo de la aguja del palacio de un ventanal gótico amordazado por la pared de ladrillo róseo en la que se incrusta. Y muchacha lila disuelta en oros y cápsulas mágicas de ojos color de serpentina angélica con manchas azules. Significado y camino.
Con dos infartos a cuestas, sigo engordando, sigo con mi vida sedentaria, alimentándome mal, y fumando paquete y pico al día. Busco la muerte (deseo morir sin la intención de quitarme la vida)
La muerte. El camino que cruza el prado cubierto de hierba aplastada y en sus bordes vemos tomillo y como un llanto de lagrimitas de un rojo oscuro, sin las cuales un día de verano no lo es del todo. La muerte. Zarpas de terciopelo, desenvueltos golpecitos en una campana de cristal. Salón de música donde suena la pianola nueva. Adagio acreditado por la tradición. Oigo ya esa ciudad desconocida y llena de sugerencias, cercana y remota; amenaza y promesa al mismo tiempo; un sonido grave e incesante sobre el que brillan y parpadean luces invisibles: un esplendoroso torbellino lleno de colores y visillos rosas. La muerte es un ajuar de novia, una opereta italiana, el montón de cenizas del imperio, el sueño que será una noche largo sueño.
Como buen cobarde falto de vitalismo, morí muchas veces antes de morir; los valientes nunca prueban la muerte más que una vez. «A los vivos debemos respeto, pero a los muertos sólo les debemos la verdad», Voltaire. Mark Twain: “El miedo a la muerte surge del miedo a la vida. Un hombre que vive plenamente está dispuesto a morir en cualquier momento”. Moriré lleno de cicatrices. Incluso la muerte tiene corazón.
La muerte. Secreta pasión por Mozart, sentarse en la ventana que da al muelle y sorber ajenjo, nenúfar bien abierto, chisporroteante leño en el hondón de la casa, y mariposas junto a la cama, y helada limonada verde sobre la barra.
Estoy absolutamente amortizado, caducado, más muerto que vivo; hielos y pavor de viento frío se ponen en mi carne abollada de viejo y enfermo. Aves muertas en el poblachón umbrío donde espero la tumba, y orfanatos, hospicios, y refectorios. Se borra rápidamente el rumor de la vida. Una pálida Luna remota me acompaña. Estoy acabado, se apagan mis emociones, corazón de cemento, corazón de hielo, corazón de piedra, embotamiento, insensibilidad, indiferencia y aplanamiento afectivo. Nada y nadie.
Sin pulcritud en camisas y calzoncillos. Colores velados y silencio de la luz. Lastre de manicomios sobre mis hombros. Infectados los sueños de veneno. Apresúrate. Ratas. No dejes de rezar para que se presente lo más pronto posible la muerte.
La compasión es la emoción desagradable que sentimos cuando nos ponemos imaginativamente en el lugar de otro que padece, y padecemos con él, lo compadecemos. Hemos empezado a entender el mecanismo de la compasión gracias a Giacomo Rizzolatti, descubridor de las neuronas espejo, que se disparan en nuestro cerebro tanto cuando hacemos o sentimos ciertas cosas como cuando vemos que otro las hace o siente. Las neuronas espejo de la ínsula se disparan y producen en nosotros una sensación penosa cuando vemos a otro sufriendo.
Los pensadores de la Ilustración, desde Adam Smith hasta Jeremy Bentham, pusieron la compasión en el centro de sus preocupaciones. David Hume pensaba que la compasión es la emoción moral fundamental (junto al amor por uno mismo). Charles Darwin consideraba la compasión la más noble de nuestras virtudes. Opuesto a la esclavitud y horrorizado por la crueldad de los fueguinos de la Patagonia con los extraños, introdujo su idea del círculo en expansión de la compasión para explicar el progreso moral de la humanidad. Los hombres más primitivos sólo se compadecían de sus amigos y parientes; luego este sentimiento se iría extendiendo a otros grupos, naciones, razas y especies. Darwin pensaba que el círculo de la compasión seguirá extendiéndose hasta que llegue a su lógica conclusión, es decir, hasta que abarque a todas las criaturas capaces de sufrir.
El pensamiento indio, y en especial el budismo y el jainismo, consideran que la ahimsa (la no-violencia, la no-crueldad, la compasión frente a todas las criaturas sensibles) es el principio central de la ética. En contraste con el silencio de la jerarquía católica, el Dalai Lama ha reclamado públicamente la abolición de las corridas de toros. Al rey Juan Carlos, ya desprestigiado por sus cacerías y latrocinios, no se le ocurrió otra cosa que salir en defensa de la tauromaquia. Acaso, no lo sé, debiera haberse identificarse con su antecesor ilustrado Carlos III (el mejor rey de nuestra historia), que prohibió las corridas de toros, antes que con el absolutista Fernando VII, que las promovió (el peor rey de nuestra historia)
***
La insensibilidad es una epidemia que amenaza a nuestra especie, como la peste. Ahora, nos escandalizamos ante la esclavitud, aunque sabemos que en algunos países se practica, pero en 1820, el gobernador de Barcelona, una ciudad civilizada y cristiana, pedía información públicamente a sus ciudadanos sobre el número, condición y precio pagado por sus esclavos. En España no se abolió la esclavitud hasta 1886. Es cierto que solo estaba admitida en Cuba, pero Cuba era una provincia española. ¿Eran malvados quienes tenían esclavos? Con toda seguridad no se sentían así. Esa insensibilidad es la que me preocupa. La compasión es tan esencial a nuestra especie que es la única carencia emocional que se denomina “inhumanidad”.
La historia de las culturas incluye una tenaz lucha contra la crueldad. Somos una especie peligrosa, porque no solo podemos carecer de compasión, sino disfrutar con el dolor ajeno. Las luchas de gladiadores, los autos de fe, o las ejecuciones en el París revolucionario, eran concurridos espectáculos. Hale, en su» Historia del renacimiento» cuenta que la tortura se ejecutaba en púbico, y que en 1488, los ciudadanos de Brujas aullaban para que el espectáculo durara más. Johan Huizinga cuenta que los habitantes de Mons “compraron un bandido a un precio muy elevado por el placer de verlo descuartizado, ante lo cual el pueblo disfrutó más que si un nuevo cuerpo santo hubiera surgido del muerto”. Por cierto, en españa no se abolió la tortura judicial hasta 1812.
***
La antesala de la crueldad es la deshumanización del otro. “No he matado a una persona. He matado a un empresario”, dijo un asesino etarra. Cuando una persona se reduce a ser miembro de un colectivo, comienza el proceso de deshumanización. Es un gitano, un homosexual, un inmigrante, un negro, un enemigo. Pertenece a otra nación, a otra religión, a otra raza. No es de los nuestros. No siento nada por él.
La compasión HA SIDO EL GRAN MOTOR EMOCIONAL QUE HA CAMBIADO LA IDEA DE JUSTICIA. Compadecer es sentirme afectado por el dolor ajeno. Precisamente, para intentar paliar el sufrimiento, que es el gran proyecto cultural de la humanidad, habrá que cambiar las leyes. Pero si nos instalamos en la insensibilidad, si nos atrincheramos en la legislación, no tendremos ningún motivo para hacerlo. Solo la angustia de no saber qué hacer, nos impulsará a buscar una solución.
Los seres humanos necesitan virtudes tanto como las abejas necesitan aguijones.
Los hombres y las mujeres deben ser laboriosos y tenaces en sus propósitos no solo para poder conseguir una vivienda, ropa y alimento, sino también para perseguir otros fines humanos relacionados con el amor, la compasión y la amistad. Necesitamos ser capaces de formar lazos familiares, amistades y relaciones especiales con nuestros semejantes. También necesitamos códigos de conducta ¿Y cómo podríamos conseguir todas estas cosas sin virtudes como la lealtad, la equidad, la amabilidad, en ciertas circunstancias la obediencia, en muchas ocasiones la compasión?
¿Qué podemos decir acerca de la compasión en la obra de Schopenhauer? Lo que podemos leer, cita resumen de sus ideas, en «El mundo como voluntad y representación», es lo siguiente:
«Lo que hacen la bondad, el amor y la magnanimidad por los otros es tan solo mitigar su dolor, y por consiguiente lo que puede mover a las buenas acciones y a las obras del amor es el conocimiento del sufrimiento ajeno, comprensible inmediatamente a partir del propio y equiparado a éste. De aquí se infiere que el amor puro (agape, caritas) es con arreglo a su naturaleza compasiva», p. 476.
Se me ocurre una «Vida paralela» de Trump: con el felón Fernando VII. En palabras del filólogo e historiador Marcelino Menéndez Pelayo ”el reinado de Fernando VII … es uno de los más tristes y abominables períodos de nuestra historia”. Para el escritor e historiador Salvador de Madariaga fue el rey más despreciable de toda la historia de España y se refería a él como “el bellaco que sucedió al imbécil”. El ilustre médico Gregorio Marañón no fue menos indulgente cuando escribió que “pocas vidas humanas producen mayor repulsión que la de aquel traidor integral, sin asomos de responsabilidad y de conciencia”. En palabras de sus biógrafos más actuales como Rafael Sánchez Mantero “si en algo se caracteriza la imagen que Fernando VII ha dejado a la posteridad es en el unánime juicio negativo que ha merecido a los historiadores de ayer y de hoy”, y para Emilio La Parra López “Fernando VII gobernó a su manera, como un déspota, escuchando los consejos que en cada ocasión le convenían, sin ajustarse a ningún precedente específico y como nadie lo haría después que él”.
Isabel G.L., mi psiquiatra durante más de una década (una psiquiatra y ser humano excelente, mucho mejor que la media), un día comentó, al bies, como de refilón, sin darle importancia: «Tú perteneces más al mundo de los eruditos que al mundo de los locos». Esas palabras calentaron mi corazón y las recibí -emocionado, todavía me emocionan- como el más alto elogio.
Un escritor es un erudito, por lo tanto, yo era más escritor que loco. Esas palabras, ese cumplido generoso, laborea dentro de mí y me permite cruzar las tinieblas, son palabras que sostengo como una madeja en mis muñecas con los brazos abiertos y que voy moviendo al compás que marca mamá al hacer el ovillo.
Acaso me engañe, pero no deseo que me recuerden como un loco que a veces escribía, sino como un escritor al que dio la casualidad que le tocó la infausta locura. Un escritor menor, qué duda cabe, pero un escritor al fin al cabo. Un escritor, un tratante del lenguaje, de su ritmo, su conciencia y su gramática.
Recuerdo que, cuando tenía tres o cuatro años, un día me puse frente al espejo y advertí: «Soy Christian», y, al nombrarme, al poner mi esencia en una frase, en una colección o serie de dos palabras, adquirí mi identidad, mejor, logré y cuajó mi identidad a través de la autoconciencia lingüística.
Un escritor es un ser de palabras. Yo soy un ser de palabras, no un ser maníaco, neurótico, o psicótico. Soy un ser nacido para rezar a la tierra y el cielo y al mar de las palabras. Palabras entrecortadas en el aliento, tristes, profundas, inmóviles o titubeantes, pero siempre palabras. Soy un ser de palabra. Soy un ser animado en las fornicaciones de la palabra. Ser de Palabra.
El mundo me mandó papelitos con una sola inscripción: «Eres un loco, estás loco». En las playas, en los muelles a la luz de la Luna, bañistas y vagabundos me motejaron solo como el Ser Loco. El polvo dormido en rollos dormidos de plata y bronce, losanges de cinabrio y piedras, era polvo que aventaba mi Ser Loco.
Pero mi riqueza era secreta, y ojalá que verdadera: soy -esencialmente- un Ser de Palabra. Soy escritor.
Todos usamos redes sociales. Pero al usar las diferentes redes sociales pactamos tácitamente con una serie de valores o mensajes que -en el fondo lo sabemos- son contra-valores y mensajes perniciosos.
Al usar redes sociales, al participar en ellas y llenarlas de contenido, asumimos que estamos a favor de ceder nuestra atención y pensamiento creativo y profundo por una especie de bucles adictivos skinnereanos. En las redes se mutilan nuestros estados de flujo (esa inmersión sumamente placentera que conoce cualquier pintor, escritor o escalador, donde se pierde la noción del tiempo), en las redes aumenta asimismo el cansancio físico y mental, se fomenta la distraibilidad y adicción (las redes son como una inmensa tragaperras), se impide el pensamiento ensoñado o divagatorio o errante (que nos sirve para solucionar problemas cuando a ese problema le sacamos el foco), y, en resumidas cuentas, admitimos el modelo capitalista descarnado de los «amos» de estas plataformas digitales.
En X (antes Twitter), nos comprometemos en creencias estúpidas o poco morales, a saber, que el mundo puede y debe entenderse en afirmaciones brevísimas (140 caracteres), que la comprensión de ese mundo debe ser rápida e instantánea, que no importa la verdad de la aserción posteada sino el número de asentimientos o «likes» a esa afirmación (la verdad se convierte en un hecho cuantitativo), y que el disenso amable y argumentado o educado no sirve, sino solo el exabrupto, el linchamiernto y el insulto.
En Instagram la enseñanza es pésima (especialmente para los adolescentes, con poca vida, por tanto, indefensos cultural e intelectualmente) Esa enseñanza es que lo que importa es como nos vemos exteriormente, nuestra apariencia física. Y, correlativamente, lo que importa a la gente como nos vemos externamente.
En Facebook, encontramos parodias huecas de amistad. Y «postureo». El mensaje implícito es que la vida existe para ser mostrada a los demás, o que se debe mostar de la vida solo los momentos más estelares y aparentemente brillantes (una felicidad de escaparate y targeta postal)
En definitiva, que nuestro enganche a las redes -yo el primero- muestra lo imbéciles que somos.