Libro de las deposiciones 20

A los lectores hay que dorarles la píldora. Pienso en un lector de pocas luces que entre serie y serie de televisión se da un tiempo para leer; en el lector que quiere que le cuenten las cosas dos veces y bien digeridas; en el lector que no se ha empachado con la cotidianidad y quiere verla más amarilla; en el lector de mente simplona que busca recetas fáciles en busca de superarse, pero que nunca se superará, de modo que comprará la próxima novela del autor de masas famoso, novela que es siempre peor que la anterior.

El pueblo es un trozo de pus menor de edad, comedor de ojos de cerdo guisados, de estofados insalubres, el pueblo es ratón campestre, que come la dura corteza del melón, amarga y desabrida, y en llegando a lo dulce se empalaga.

En mi opinión, la masa ignorante -populacho-, por su torpeza y su falta de luces, se deja manipular fácilmente por demagogos sin escrúpulos. El pueblo en sentido estricto lo constituyen solamente las clases medias y acomodadas, las personas con cierto nivel de educación que, al confrontar los problemas de gobierno y de convivencia, los analizan racionalmente y toman decisiones inteligentes. En definitiva, el pueblo comenzó a ser para mí la parte del país que lee y piensa.

O, matizando más: “Todos los grandes historiadores del siglo XIX observaron y advirtieron ansiosamente la elevación del populacho a partir de la organización capitalista y su desarrollo. El pesimismo histórico desde Burckhardt a Spengler procede esencialmente de esta consideración. Pero lo que los historiadores, tristemente preocupados con el fenómeno en sí mismo, no lograron advertir fue que el populacho no podía ser identificado con la creciente clase trabajadora industrial, y desde luego, no con el pueblo en conjunto, sino que estaba compuesto realmente de los desechos de todas las clases, filisteos incluidos”. Hannah Arendt.

«Cuanto mayor es la multitud, más insignificante es la persona», Carl Jung.

***

¿Acaso es sensato someter nuestra autoestima a una pandilla salivosa de aficionados al fútbol? Las opiniones de la gente son fútiles, mezquinas, perversas, llenas de errores, superficiales. Son opiniones de gente que se come sus propios piojos. Tu decoro no depende del testimonio ajeno. La naturaleza te pide ser independiente, no popular. Que la muchedumbre no te arrebate tus juicios, que son aquello que te hace más digno y acaudalado. No atribuyas mucho valor a la opinión de los demás, insisto, o ¿acaso crees que mucho valen las palabras de los monos?

Libro de las deposiciones 19

21 de septiembre, santoral de San Mateo, patrón de los banqueros, los contables y los recaudadores.

Los cultos, los leídos, los bibliófilos…¡iros a pastar, deficientes! Soberbios con peluca, gafotas, guantes amarillos, foulards rojos, dedos ensortijados, bajo los focos mariposeantes de vuestras lámparas de lectura, zánganos emperifollados, color marfil viejo el de vuestras napias, lujos inútiles perdiendo la vida entre volúmenes estúpidos.

Los lectores son solo un conciliábulo pretencioso cuya única posible distinción son sus nociones de lenguas muertas y de cadavéricas novelas y poemas. El arte es inútil y no sirve para nada. Solo valen dos cosas que resumen nuestra existencia y son la única fuente verdadera de felicidad: gastar y comprar, trabajar y producir.

Los lectores compulsivos, metidos en el comercio y la política, son egoístas e indecisos a la hora de actuar. El hombre culto es uno de los más pobres mortales que existen. No tienen parangón en falta de tino, desvarío y excentricidad inhumana. Para ellos lo irreal puede ser real, o lo inútil puede ser útil.

Que se paseen por las calles con sus chaquetas rojas, sus paraguas fosforito y el bastón con contera de plata. Burros pedantes y sumos sacerdotes de la persuasión con guantes de seda. Los negocios, la banca, la industria, las obligaciones, esa es la raíz de la verdad y no Homero ni recuas de afeminados poetas. Parásitos majaderos de una religión invisible llamada «espíritu». Solo existe materia, fábricas y movimiento.

Letrados que difundís el error, la confusión y el sufrimiento. Que corrompéis a algunos jóvenes. Y negáis a nuestros dioses. Sabed que estáis expulsados de nuestra república.

Libro de las deposiciones 18

20 de septiembre, 4 de la tarde

Mi mente hecha añicos -pasé una hora tremenda- se recompone con una percepción inesperada. Pongo a los árboles, al orvallo, a las nubes (y disculpen los elementos de agro naturalista), por testigos de mi completa recomposición. Sin ganas de decir maldades, solo obviedades. Con ganas de escribir como si escribiese a la luz de un quinqué, con una pluma de ganso y sobre un viejo pergamino (esta época no tiene solución)

Un gong suena. Vuelve ese gong como un eco, inmaculado, sin odio, sin desacuerdos. Alevines trotando, tritones nadando. Celestial y angélica es la vida. Para el hombre instruido, vivir es pensar en calma. Hojeé «Previews&Premises», de Alvin Toffler. Viejísimo ya.

Escucho como fondo el cristalino «Viaje de invierno», de Schubert.

Libro de las deposiciones 17

20 de septiembre, guarismo que no es primo

Este es un libro a la contra de mis apologías y jeremiadas. La principal: la loa al libro (yo, que tantos hombres he sido, fui aquel que desfalleció ante un libro, al que supose un terrón de fragancia de llovizna orensana, un poroso musgo velado por cúpulas de ramos de castaños en la mañana de casi fin de verano)

Destino de poeta: Gérard de Nerval, un poeta con más talento que Chatterton, pero no más feliz, y que se ahorcó en 1855, a los cuarenta y siete años. Nerval escribió: «La ambición no era de nuestra época […] y la avarienta carrera hacia la posición y los honores nos apartó de la esfera política pública. Solo nos quedaba la torre de marfil del poeta, que cada vez elevábamos más para aislarnos de la multitud. En esas grandes alturas respiramos por fin el aire puro de la soledad; bebimos el olvido en la copa dorada de la leyenda; nos emborrachamos de poesía y amor».

Patrañas y mitos de absenta. «Permitidme dejar las cosas claras: no hay libros que «debáis» leer. Seguid mi consejo: si os aburre, no lo pilláis, os resulta soporífero u os provoca dolor de cabeza, dejadlo y pasad a leer otra cosa. Incluso este mismo libro: si no os interesa, ¡dejad de leerlo ya mismo! Abandonadlo, pedid que os devuelvan el dinero, regaládselo a un amigo o tiradlo por la ventana. Sinceramente, me trae sin cuidado», Mikita Brotman, «Contra la lectura». Y también: ««[…] creo que la importancia de la lectura (por no hablar de la escritura) está muy sobrevalorada, y a lo que en realidad deberíamos prestar atención, en un mercado abarrotado y ahíto de libros, no es a la muerte de la lectura, sino a la muerte del criterio. Es relativamente fácil adquirir el hábito de la lectura; es mucho más difícil llegar a ser un lector exigente y con criterio», John Sutherland.

Amo a los que rechazan o sienten aversión por los libros. Bibliófobos y emócratas, ¡os amo! Parece que leer te provee de un batido de proteínas ética, un elixir o panacea sustituta de la bondad de Dios. Leer es estabularte en fosco establo, un rejonazo entre las vértebras. Leer te convierte en un marginal, un paria, en alguien imposible de integrarse. Yo odio los libros. Toda esa gente que se vuelve loca por armazones y pliegos de papel. Lo importante son los coños, el fútbol, la bulla, la carne de los cochinillos ¡A la mierda las palabras!

Libro de las deposiciones 16

20 de septiembre

-Ensayo, novela y poesía ¿Sí a todo? Recomiéndenos tres.

-El 99% de la poesía es chufla y una miserable pérdida de tiempo. Chirría la efusión de emociones obvias y no entrenadas. En lugar de destellos luminosos nos encontramos con vagas difuminaciones. Todo concluye en poemas torpes y poco sofisticados, en impactos desordenados y sin precisión, en patrones predecibles e imágenes antinaturales. Del ensayo solo recomiendo los libros de lógica-matemática. La novela es un género feudal que, quien la lee más allá de los cuarenta años, tiene dañada la estructura de su personalidad.

-¿Qué tipo de lector es? ¿De pijama y mesita de noche? ¿De biblioteca y chimenea? ¿De metro o parque público?

-Sentado en el salón de mi casa «meulière». Cualquier otra alternativa me parece una ofensa.

-¿Tiene “manías” a la hora de leer (ediciones, doblar páginas, subrayar o hacer anotaciones)?

-¡Libros!¡Libros! Y ahora, ¡da lástima! Sólo se encuentran las ineptas sobras de esa literatura moderna que nunca llegará a ser antigua, cuya vida se esfuma en veinticuatro horas, como la de las moscas del río Hypanis: literatura muy digna, bien es verdad, de la tinta de carbón y el papel de pasta que le entregan a su pesar algunos tipógrafos avergonzados y casi tan necios como sus libros. Y llamar libros a esos andrajos embadurnados de negro que casi no han cambiado de suerte al salir del cuévano de harapos del trapero es profanar ese nombre. Desde que todo el mundo se dedica a escribir libros, nadie tiene gran interés por comprarlos. Los jóvenes autores de hoy, por cierto, pueden procurarse ellos solitos una biblioteca completa. Basta dejarlos. Una biblioteca repleta de basura.

-Pierre Bayard nos explicaba cómo hablar de los libros que no se han leído ¿Con cuál lo ha hecho alguna vez?

-Con los míos.

-Maquiavelo se acercaba a los libros con ropas curiales, ¿qué obra/autor le merece tal reverencia? ¿qué opina de los libros?

-Las riquezas, de cualquier especie que sean, están por debajo de los libros, incluso la clase de riqueza más estimable: la constituida por los amigos, como lo confirma Boecio en su II libro de «De Consolatione». Una biblioteca repleta de sabiduría es más preciada que todas las riquezas, y nada, por muy apetecible que sea, puede comparársele. Una persona no estimará al mismo tiempo la moneda y los libros: tus discípulos, Christian (ejem), persiguen los libros. Los financieros rehúsan la compañía de los bibliófilos, porque no pueden convivir juntos: nadie puede servir a la vez a Mammón y a los libros. Los libros nos encuentran cuando la prosperidad nos sonríe, y nos consuelan cuando nos amenaza una mala racha; dan fuerza a las convicciones humanas y sin ellos no se pronuncian los juicios más graves. Séneca, en su Epístola LXXXIV nos enseña que la ociosidad sin libros es la muerte y sepultura del hombre vivo. Por ello concluiremos afirmando que los libros y las letras constituyen el nervio de la vida. Si nos encontramos encadenados en una prisión, privados completamente de libertad, nos servimos de los libros como embajadores cerca de nuestros amigos. Por los libros nos acordamos del pasado, profetizamos hasta cierto punto el porvenir y fijamos, por el hecho de la escritura, las cosas presentes que circulan y desaparecen.

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-¿El estado de la cultura en España?

-Trombosis arterial: un coágulo se forma en una arteria y no circulan ni ideas ni palabras esclarecidas.

-¿Algún volumen muy valioso?

-¡El primer Quijote que leí, una edición de Riquer barata (en Editorial Juventud)! Y el «Dictionnaire critique», de Bayle (Rotterdam, 1720, en gran folio). Y la primera edición de las «Cartas filosóficas», de Voltaire (Amsterdam, 1734). Y una edición de «El Quijote» del impresor Verdussen, de 1672, que contiene las primeras ilustraciones jamás realizadas de las desventuras de Don Quijote. Pero, lo en verdad más valioso, fueron los Tintines que mamá me compraba cada sábado.

-Y, en su epitafio, ¿qué cita habrá?

-“Pasa de largo, caminante. Se acabó la lectura, el dolor y la conversación”.

-¿Qué opina de la bundancia de especialistas?

-«Los talentos de primer orden jamás serán especialistas. La existencia, en su conjunto, se ofrece a ellos como un problema a resolver, y a cada uno presentará la humanidad, bajo una u otra forma, horizontes nuevos. Solo puede merecer el nombre de genio aquel que toma lo grande, lo esencial y lo general por tema de sus trabajos», Schopenhauer.

-¿Se relaciona con poetas, escritores o profesores?

-Detesto pedantes, balsaminas, batracios, momias y crustáceos.

-¿Lo leerán dentro de cien años?

-El ciudadano ideal debe ser un ironista y un lector. Dentro de una centuria, al ritmo que vamos, juzgaremos a Trump un Sócrates más sabio que Solón.

Libro de las deposiciones 15

20 de septiembre

Ver la televisión es como ponerse aerosol negro en el tercer ojo, el de la belleza, la inteligencia y el espíritu. Porque los españoles ya no se hablan, se entretienen; no intercambian ideas, intercambian imágenes; no discuten con proposiciones; discuten con las celebridades y con los anuncios y con los «influencers».

Una humanidad desesperada y desmoralizada se mantiene a raya mediante las drogas, la televisión y las redes. Donde se escapa el cerebro.

Redes sociales. No confundas atención con cuidado. Es posible que aquellos a quienes les importes no te sigan. Pero puedes estar seguro de una cosa: al 99% de tus seguidores no les importas.

Está bien poseer una tecnología, lo que es negativo y pernicioso es ser propiedad de la tecnología. Facebook da a la gente la sensación ilusoria de ser apreciados. Zygmunt Bauman: “La versión actualizada del Cogito de Descartes es: ‘Soy visto, luego existo’, y que cuantas más personas me ven, más existo…”

Cerebro sin televisión ni redes: grosellas de dioses en un jardín, luz de la Palabra en vivos ojos de despierto, lujuria de estrellas que no mueren. El amor de los extremamente sensuales está fuera de las pantallas.

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Algunas observaciones:

(i) No usarás el límite de 140 caracteres como excusa para errores gramaticales o de ortografía.

(ii) No presupondrás, acríticamente, que usar las redes sociales puede ayudarte a mejorar tu nivel de pensamiento.

(iii) NO confundas tu persona digital, con tu persona real

(iv) Discrimina entre el algoritmo del motor de búsqueda y tu yo real

(v) Facebook (o Instagram, o X, o Tik Tok) son para la salud mental lo que los combustibles fósiles son para la salud climática.

(vi) La misma dinámica que nos mantiene seguros en una manada, rebaño o sociedad, y cómodos en familia, con amigos o vecinos, también sirve como vía de transmisión de patógenos como las redes.

(vii) Si los algoritmos de esas plataformas están generando tanto contenido tóxico, esto no es una casualidad ni el subproducto accidental de un modelo de negocio, sino más bien un acto deliberado orquestado desde las más altas esferas de poder, con el objetivo de continuar la misma agenda perversa que ya hemos expuesto: cultivar la ignorancia, propagar desinformación y perpetuar el estancamiento intelectual dentro de la sociedad.

(viii) Uno de los mayores enemigos de nuestra libertad y desarrollo personal en esta era moderna no son las bombas, las democracias corruptas ni la voluntad de dictadores déspotas despiadados. En cambio, el enemigo al que más deberíamos temer es la variedad de tecnologías atractivas que explotan hábilmente nuestro apetito casi ilimitado por las distracciones.

(ix) Las redes sociales son más que simples repositorios de juicios triviales e impulsivos; son más que simples salidas convenientes para la alegría y la indignación sin sentido. Ofrecen más que los puntos en común y el consuelo que podemos encontrar en momentos culturalmente significativos. Las redes sociales también nos brindan una especie de conciencia imperfecta, pero necesaria, un recordatorio constante de que el compromiso y la compasión no pueden no deben ser modas efímeras y finitas.

(x) La única esperanza para las redes sociales desde un punto de vista comercial es que aparezca una fórmula mágica que permita que algún método que viole la privacidad y la dignidad se vuelva aceptable. Desgraciadamente.

Libro de las deposiciones 14

20 de septiembre, día que Adelpreto feló a Eustaquio

Estimada Esperanza Casteleiro, impotente ninfómana, hago públicas unas palabras privadas.

Supongo que sería la hora de hacer juicios gravosos. No me dejáis dormir, me perseguís donde vaya, me hacéis luz de gas abriendo y cerrando al azar, sin mi voluntad, el televisor, la radio, las luces, y abrís y cerráis los grifos de mi casa cuando os viene en gana. Ponéis programas espías en mis ordenadores, telefonino y tablets.

Al C.N.I., ni en pintura. Sabedlo: nunca conseguiréis despellejarme vivo. Sois zulúes con el nivel que deja la materia fecal que sale del agujero de vuestros tercermundistas culos. Aprovechad para hacer algo de interés para España mientras vuestros agentes y analistas no están de putas o encocándose, o el rey con nuevos cuernos, o el Emérito robando hasta los lápices a los niños.

Dejadme en paz ofidios ponzoñosos, sapos sarnosos, cagarrutas de rata, puercos del África tras los Pirineos.

NOTA BENE: Para mis hombres: Fg31a1.

P.D. Mi mente no solo es petulante, sino destartalada y tullida. Astuta y dispuesta a hacer de las más flagrantes mentiras una supuesta verdad. Pienso y deduzco como si un vidente escrutara los posos del café. El destino más perfecto de la paranoia soy yo. Con una rabia sublime y horrible, convierto las obsesiones en símbolos. Como cualquier esquizoide delirante, creo que el C.N.I. (podría ser igualmente cualquier otra trama o complot) no puede hacer otra cosa, como un imán, que girarse y mirarme. Te crees en medio del rodaje de una película muy importante, en la que eres la estrella principal. Dondequiera que vayas hay cámaras y micrófonos, y todo lo que dices y haces es grabado. Notemos en ello una clara megalomanía. El proceso de razonamiento está afectado y carece totalmente de lógica. La agudeza excesiva de los sentidos unida a la incapacidad para interpretar de forma lógica los estímulos y pensamientos que acuden a la mente es aquello clásico que experimentamos los esquizofrénicos. Como que este libro se llamará «Libro de las deposiciones» me pareció pertinente postear un típico delirio alucinatorio: mis deposiciones más comunes.

Libro de las deposiciones 13

20 de septiembre

Como que me cuesta leer, escribo y recuerdo. Recuerdos bien ordenaditos en los estantes, recuerdos como un agradable cosquilleo en los pies. En estos momentos el aire de mi habitación se llena de música (la «Música para los reales fuegos de artificio», de Händel) Deseo que se transfiera esa belleza a mis dedos mientras tecleo esta nota.

Recuerdo aquel cuco, familiar y modernista hotel de Sitges donde pasábamos muchos fines de semana: el laberinto de pasillos, de habitaciones secretas, salones, vestuarios, alacenas y galerías. Las mujeres huéspedes, en especial inglesas y francesas; las primeras, rápidas y nerviosas, las otras, blandas y lentas.

No es sencillo concretar las primeras vivencias de una existencia; supongo que el odio y la angustia llegaron muy tarde y primero reinaron el placer, el juego y la imaginación. Recuerdo el florecer de margaritas de tallos muy largos. Y rosas y sus hojas verdes deshojadas por la brisa. El atisbar resplandores en un valle de mirtos.

Los primeros pasos de la vida son algodonosos. Recuerdo los armarios de luna del cuarto de mis padres donde se reflejaba la perrita Nikita. Y aquella nebulosa originaria de palabras enhebradas a la conversación, la sensación de conversar y oír conversar, que tanto contrasta con este silencio actual que trepana mi cerebro.

La rutilante felicidad que empezaba.

Libro de las deposiciones 12

19 de septiembre

Como español con ascendencia judía, mejor decirlo ya: empiezo a estar harto del corrupto Netanyahu, de cómo prende el fósforo mediante fricción y explosión de intestinos de niños palestinos, de cómo deja libre, caiga quien caiga, el gas inflamable, y esparce trozitos de cerebro e hígado y riñones de inocentes. No vale todo. Tatuar con tinta china la pupila de niñines y jóvenes madres. No vale ponerse medallones a costa de toneladas de sangre.

Libro de las deposiciones 11

19 de septiembre

Desembobinar las Letras. Chasca, chasca. Dejar al margen a chiquilicuatres como Pérez Reverte, Sáenz de Urturi, Javier Sierra, Gómez Jurado, Nieves Herrero, Sonsoles Ónega, Isabel Allende, María de la Pau Janer, Ildefonso Falcones, Megan Maxwell, María Dueñas, Mercedes Ron, Carmen Mola, Ken Follet et caetera, a todas esas inteligencias palurdas y parvularias, a esos paquidermos hinchados del súper-ventas, a la clase escrita de basura gonorreica, al diseño de sus novelas con trucos de bazar barato, ese insoportable estilo de tienda turística de «souvenirs» kitsch, a tanto cortejo de estulticia, debiéramos dejar de lado esos excrementos y volver a la prosa de prebostes y edecanes, convertir las palabras en elegantes y aéreos lebreles, su luz en yunque al amanecer, a intimar con el gris perla de la Luna y los húsares colorados.