Oceanografía del tedio 24

Listz frecuentaba asilos, hospicios, hospitales y las mazmorras de París para contemplar moribundos y condenados a muerte.

A través de unos altavoces, bajo la nevisca, el embeleso lento de aquel movimiento de una sonata de Schubert. Listz es, dada la furia pianística en los abrumadores diecisiete minutos de su “Danza macabra”, Listz es mi adolescencia: zarzal de seto donde asoma atemorizada una cabecita, mano velluda y gorda de papá, berrenda copa ingratísima.

La música es una adolescencia convertida en hélice que te entra por el oído y te destroza la carne. Y el guapo de clase mirándose los galones de la bocamanga. Y tú el nerd pajillero.

¡Fusilad a todos los adolescentes!

Oceanografía del tedio 23

Antoine Henri Becquerel (París, 15 de diciembre de 1852-Le Croisic, 25 de agosto de 1908) Tal día como hoy, pero de 1908, murió.

Los científicos y los escritores nos parecemos en algo. Un modesto científico-investigador escribe a lo largo de su vida una serie de «papers» y contribuye, pone su granito de arena, en la historia de la ciencia.

Un escritor, cuyo método científico es poseer cierta originalidad -pues todos carecemos del genio de los inmortales-, también, con nuestros papeles, ponemos unos granitos de arena en la playa milenaria de la literatura.

Crucemos nuestra calle de ciencia
levantadas las frentes, juntas las manos…
¡Ven tú conmigo, geómatra y físico;
hetairas y científicos somos hermanos!

Oceanografía del tedio 22

Recuerdo al que leyere que la «vox populi» (esencia de la democracia) no es por ciencia mágica y automática «vox dei» (voz de Dios), petrificada y definitiva, que la democracia no procesa la información ni maximiza el acierto de modo infalible y perfecto, aunque tiene dos enormísimas virtudes: permite el cambio de gobierno sin derramar una gota de sangre y representa a la pluralidad.

De acuerdo con el matemático Donald Saari (quien probó recientemente un importante resultado respecto a la teoría de la votación), es posible crear, a través del voto, cualquier elección que uno quiera.

Y el segundo teorema de Arrow (una caso particular de la teoría de Seth) muestra incontrovertiblemente que no existe la democracia perfecta. En efecto, la democracia perfecta no puede existir; en cierto sentido puede ser buena, pero entonces será imperfecta en otro aspecto (y a la inversa) Aunque no hubiera estupidez ni corrupción, aunque todos fuésemos buenos e inteligentes, el sistema pefecto de votación lleva a insalvables contradicciones matemáticas.

Oceanografía del tedio 21

HABLA SYLVIA PLATH

Lejanas polillas entre rosas planas,
estúpida niña, estás en observación,
y por el pasillo (la centésima vez que
cuento sus baldosas) me ven mis amigas
babosear, y la soledad es el rincón del
silencioso comedor donde algo oscuro
y plomizo duerme en mi boca…
“Estoy harta de electroshoks, Christian…”
Por el pabellón corren tejos y unicornios
con sus patas sangrando en los cepos.
De mi sexo fluyen rocas,
una anciana defeca líquidos,
de las ratas lozas de veneno.
Una vida equivale a una muerte prematura.

Oceanografía del tedio 20

TULIPANES

Los tulipanes son demasiado entusiastas, acá es invierno.
Vean qué blanco todo, qué tranquilo, qué nevado.
Aprendo a estar en paz, acostada sola, en silencio
como la luz se acuesta en estas paredes blancas, esta cama, estas manos.
No soy nadie. Nada tengo que ver con explosiones.
Les di mi nombre y mi ropa de calle a las enfermeras
y mi historia al anestesista y mi cuerpo a los cirujanos.
Apoyaron mi cabeza entre la almohada y el doblez de la sábana,
como un ojo entre dos párpados blancos que no se quieren cerrar.
Pupila estúpida, tiene que absorberlo todo.
Las enfermeras pasan y pasan, no molestan,
a la manera de las gaviotas que van tierra adentro con sus cofias blancas,
haciendo cosas con las manos, una igual a la otra,
así que es imposible saber cuántas son.
Para ellas mi cuerpo es una piedrita, lo cuidan como el agua
cuida a las piedritas que debe arrollar, alisándolas con suavidad.
Me traen sopor en sus agujas brillantes, me traen el sueño.
Ahora me he perdido, estoy harta de equipaje:
mi valijita de charol, como un pastillero negro,
mi marido y mi hija que sonríen en la foto familiar;
sus sonrisas se clavan en mi piel, pequeños anzuelos sonrientes.
He dejado que se me escapen las cosas, como un carguero de treinta años,
tercamente aferrada a mi nombre y dirección.
Me han limpiado de todas mis referencias más preciadas,
asustada y desnuda en la camilla tapizada de plástico verde
vi cómo mi juego de té, mi armario de ropa blanca, mis libros
desaparecían de mi vista. Y el agua me cubrió la cabeza.
Soy una monja ahora, nunca fui tan pura.
No quería ninguna flor, solo quería
yacer mostrando las palmas de las manos, y estar completamente vacía.
Cuánta libertad, una no tiene idea cuánta.
La tranquilidad es tan grande que encandila.
Y no pide nada, el nombre en una etiqueta, algunas chucherías.
A esa tranquilidad se aferran los muertos, finalmente. Los imagino
cerrando la boca sobre ella, como si fuera una hostia.
En primer lugar, los tulipanes son demasiado rojos, me lastiman.
Incluso a través del papel de regalo podía oírlos respirar
levemente, a través de su envoltorio blanco, como un bebé terrible.
Su rojo le habla a mi herida, se corresponden.
Son sutiles: parecen flotar, aunque me hunden,
alterándome con sus súbitas lenguas y su color,
una docena de pesas rojas que me rodea el cuello.
Nadie me vigilaba, ahora me vigilan.
Los tulipanes se vuelven hacia mí, y la ventana a mis espaldas
donde una vez al día la luz lentamente se ensancha y adelgaza,
y me veo, chata, ridícula, una sombra recortada de papel
entre el ojo del sol y los ojos de los tulipanes,
y no tengo cara, he querido eclipsarme.
Los vívidos tulipanes se devoran mi oxígeno.
Antes de que llegaran el aire estaba suficientemente tranquilo,
yendo y viniendo, con cada respiración, sin ningún alboroto.
Después los tulipanes lo colmaron como un ruido estridente.
Ahora el aire se agita y arremolina alrededor a la manera en que un río
se agita y arremolina alrededor de una máquina hundida enrojecida por el óxido.
Concentran mi atención, que estaba feliz
jugando y descansando sin comprometerme.
También las paredes parecen levantar temperatura.
Los tulipanes deberían estar enjaulados como animales peligrosos,
se abren como la boca de un gran felino africano.
Y soy consciente de mi corazón: abre y cierra
su cuenco de capullos rojos por puro amor a mí.
El agua que pruebo es cálida y salada, como el mar,
y viene de un país tan lejano como la salud.

Sylvia Plath (Trad. Mirta Rosenberg y Alejandro Crotto)
***
PAPI

Tú ya no, tú ya no
Me sirves, zapato negro
En el que viví treinta años
Como un pie, mísera y blancuzca,
Casi sin atreverme ni a chistar ni a mistar.
Papi, tenía que matarte pero
Moriste antes de que me diera tiempo.
Saco lleno de Dios, pesado como el mármol,
Estatua siniestra, espectral, con un dedo del pie gris,
Tan grande como una foca de Frisco,
Y una cabeza en el insólito Atlántico
Donde el verde vaina se derrama sobre el azul,
En medio de las aguas de la hermosa Nauset.
Yo solía rezar para recuperarte.
Ach, du.
En tu lengua alemana, en tu ciudad polaca
Aplastada por el rodillo
De guerras y más guerras.
Aunque el nombre de esa ciudad es de lo más corriente.
Un amigo mío, polaco,
Afirma que hay una o dos docenas.
Por eso yo jamás podía decir dónde habías
Plantado el pie, dónde estaban tus raíces.
Ni siquiera podía hablar contigo.
La lengua se me pegaba a la boca.
Se me pegaba a un cepo de alambre de púas.
Ich, ich, ich, ich,
Apenas podía hablar.
Te veía en cualquier alemán.
Y ese lenguaje tuyo, tan obsceno.
Una locomotora, una locomotora
Silbando, llevándome lejos, como a una judía.
Una judía camino de Dachau, Auschwitz, Belsen.
Empecé a hablar como una judía.
Incluso creo que podría ser judía.
Las nieves del Tirol, la cerveza rubia de Viena
No son tan puras ni tan auténticas.
Yo, con mi ascendencia gitana, con mi mal hado
Y mi baraja del Tarot, y mi baraja del Tarot,
Bien podría ser algo judía.
Siempre te tuve miedo: a ti, a ti
Con tu Luftwaffe, con tu pomposa germanía,
Con tu pulcro bigote y esa
Mirada aria, azul centelleante.
Hombre-pánzer, hombre-pánzer, Ah tú…
No eras Dios sino una esvástica
Tan negra que ningún cielo podía despejarla.
Toda mujer adora a un fascista,
La bota en la cara, el bruto
Bruto corazón de un bruto como tú.
Mira, papi, aquí estás delante del encerado,
En esta foto tuya que conservo,
Con un hoyuelo en el mentón en lugar de en el pie,
Mas sin dejar por eso de ser un demonio,
El hombre de negro que partió
De un bocado mi lindo y rojo corazón.
Yo tenía diez años cuando te enterraron.
A los veinte intenté suicidarme
Para volver, volver a ti.
Creía que hasta los huesos lo harían.
Pero me sacaron del saco
Y me amañaron con cola.
Y entonces supe lo que tenía que hacer.
Creé una copia tuya,
Un hombre de negro, tipo Meinkampf,
Amante del tormento y la tortura.
Y dije sí, sí quiero.
Pero, papi, esto se acabó. He desconectado
El teléfono negro de raíz, las voces
Ya no pueden reptar por él.
Si ya había matado a un hombre, ahora son dos:
El vampiro que afirmaba ser tú
Y que me chupó la sangre durante un año,
Siete años, en realidad, para que lo sepas.
Así que ya puedes volver a tumbarte, papi.
Hay una estaca clavada en tu grueso y negro
Corazón, pues la gente de la aldea jamás te quiso.
Por eso bailan ahora, y patean sobre ti.
Porque siempre supieron que eras tú, papi,
Papi, cabrón, al fin te rematé.

Sylvia Plath
***
LADY LÁZARO

He vuelto a hacerlo.
Un año de cada diez
Lo consigo: devenir
En esta suerte de milagro andante, volver mi piel
Brillante como la pantalla de una lámpara nazi,
Mi pie derecho,
Un pisapapeles,
Mi rostro, una fina tela de lino
Judía, sin rasgos.
Ah, arráncame este paño y
Despelléjame, enemigo mío.
¿Qué es lo que tanto te aterroriza?
¿La nariz, las cuencas de los ojos, las dos hileras de dientes?
No te preocupes, este aliento agrio
Se esfumará en un día.
Enseguida, enseguida la carne
Que devoró el sepulcro volverá
A acomodarse en mí
Y seré de nuevo una mujer sonriente,
Tan sólo tengo treinta años.
Y siete ocasiones, como el gato, para morir.
Ésta es La Tercera.
Menuda basura
A aniquilar cada diez años.
Menuda infinidad de filamentos.
La turba que masca cacahuetes
Se arremolina para ver cómo me quitan
Las vendas de las manos y los pies:
El gran strip tease.
Damas y caballeros:
Éstas son mis manos,
Mis rodillas. Tal vez les parezca
Un mero saco de piel y de huesos,
Pero yo sigo siendo yo, la misma de antes, idéntica.
La primera vez que ocurrió, sólo tenía diez años.
Y no lo hice adrede.
La segunda sí, estaba decidida
A llegar hasta el final, a no regresar jamás.
Meciéndome, me cerré
Como una concha.
Tuvieron que llamarme y llamarme a gritos,
Despegarme los gusanos adheridos como perlas.
Morir
Es un arte, como todo.
Yo lo hago extraordinariamente bien.
Tan bien que me parece el infierno.
Tan bien que me parece real.
Lo mío, supongo, es como un llamado.
Es muy fácil hacerlo en una celda.
Es muy fácil hacerlo y quedarse así, inmóvil.
Es la forma teatral
De regresar, a plena luz del día,
Al mismo lugar, al mismo rostro, al mismo grito
Brutal de embeleco
Que me anonada:
«¡Milagro!.
Hay que pagar
Por ver mis cicatrices, hay que pagar
Por oír mi corazón:
Realmente late.
Y hay que pagar, pero mucho,
Por una palabra, un roce,
Un poco de sangre,
Un mechón de mis cabellos o un jirón de mi ropa.
Sí, sí, Herr Doktor.
Sí, Herr Enemigo.
Yo soy tu gran obra,
Tu pieza más valiosa,
El bebé de oro puro
Que se funde en un grito.
Viro y me abraso.
No creas que subestimo tu enorme celo.
Ceniza, ceniza
Que tú remueves y avivas.
Carne y huesos, no hay nada más ahí:
Una pastilla de jabón,
Un anillo de boda,
Un empaste de oro.
Herr Dios, Herr Lucifer,
Cuidado, mucho
Cuidado,
Porque yo, con mi cabellera
Roja, resurjo de la ceniza
Y me zampo a los hombres como si fuesen aire.

Sylvia Plath, 23-29 de octubre de 1962

Oceanografía del tedio 19

“Mediocrities can tolerate being surrounded only by flatterers who conceal their mediocrity”, Maurice Druon, «The Strangled Queen», “Las mediocridades solo toleran estar rodeadas de aduladores que ocultan su mediocridad”.

Saluda al sol, araña, no seas rencorosa.
Da tus gracias a Dios, oh sapo, pues que eres.
El peludo cangrejo tiene espinas de rosa
y los moluscos reminiscencias de mujeres.
Sabed ser lo que sois, enigmas siendo formas;
deja la responsabilidad a las Normas,
que a su vez la enviarán al Todopoderoso…
(Toca, grillo, a la luz de la luna; y dance el oso)

Rubén Darío

http://elpaseoeditorial.com/es/141-julien-blanc

Oceanografía del tedio 18

Mi maestro Emil Man Martínez me dedicó un poema ¡Ya soy inmortal! GRACIAS MAESTRO. De veras.
***
CHRISTIAN SANZ GÓMEZ

Zarpa de tigre noble que rasga y rompe
la trivialidad del mundo moderno.
Melancólico huracán de estampas,
imágenes perdurables de palabras
contra la vulgaridad inane.
Tu grito gemido es y potente
susurro de añoradas antigüedades,
recuerdo dulce de esos parises y atenas y londres
acaso sólo existentes en los mejores libros.
Y acumulas memorias
personales
y de los grandes del pasado.
En artístico torbellino de citas,
fragmentos, alusiones,
en palacios de espejos
que vuelcas en tus libros.
Con la grandeza de la fuerza indómita,
con la delicadeza del dolor,
a flote saliendo, en el impulso
de las olas del espíritu.
Y cantar los imposibles éxtasis de la carne,
y celebrar el amor verdadero de quienes ya no están,
y amistad pides, honor tranquilo,
en una pequeña aldea,
en tu alma tan enorme
como el mundo y tu mente.

Oceanografía del tedio 17

TRIBUTO A EMIL MAN MARTÍNEZ

O FAISÁN O NADA

El día era ingrato y me pesaban los nervios,
pero, ¡transustanciación!, el cartero me trajo
el libro de poemas de Emil Man Martínez.
Y cesó todo lo rústico y agreste, y, al leerlo,
me inundaba una paz como tener todos los pagos
de la casa al día. Ay esa engañosa y falsa sencillez,
ay esa perfección gota a gota pensada, y la emoción
-numen de cualquier gran poema- sabrosa como
lenguado Joinville. La belleza leonada,
el espíritu de niebla de duque de Aquitania,
las paredes violetas de las calles de Logroño
donde el poeta recoge gnosis de rosas de azufre.
Jerjes y su ejército cuando al fin se hace justicia
a Demérato, la telaraña de agua del archilector.
Cantemos gorjeando con el estribillo de la cigarra:
otros sufren penurias, Emil, poeta y libre eres tú.
***
¿QUÉ NOS HAN HECHO LOS LIBROS?

(Emilio Manuel Martínez Eguren. “Sentido de la llama”)

Dime, ¿qué nos han hecho los hombres?
Ni buenos, ni nobles ni sagrados, la gran
mayoría pesados por gramos o micrones,
con rutinas embrutecedoras y ojos llenos de malicia
o sarcasmo, saltando de estupro en insulto,
iguales a manuales de psicopatologías, con dobles
o triples intenciones, casi bestias,
afanándose momorocos o momoscles
por el dinero. A ver si llega pronto el atardecer
y puedo leer y releer los libros que me dan
vida, los libros verdaderos. A ver si
preparo mi frío gintonic, y meditando
en la cosa ancha y extraña del mundo o la vida,
logro escribir unos versos que, al menos,
reflejen un ritmo y pálida memoria de lo
que fui (aunque solo subí un escalón en la
escalera del Arte, eso no está al alcance de
cualquiera); líneas medidas con dificultad,
pero fieles a mi tono menor y mi desorden.
Y leer libros memorables y celestiales que,
como mamá, todavía me siguen protegiendo.
¿Qué nos han hecho los libros? Solo soy
un filólogo papirológico, una voz de palabras
arrebatadas sin hallar, que añade parca
imaginación al collar de diamantes, un escoliasta
de la excentricidad. Ocupo la canonjía de oficio
que se ofrece a los Letrados. Orgullo.
Y paseo por mi biblioteca de estanterías
dobladas, tomo un viejo volumen como
cuerpo henchido de ideas, y, al igual
que un poeta helenístico dentro de un
mundo más bello, exacto, y ordenado,
en mi oscura provincia de oropéndolas
con sabor a sal de mar y adolescente,
con trajín de Florencia al claro de Luna,
suplicando poder mirar con ojos de perro,
pienso y escribo, mientras las horas huyen.
***
VARIACIONES A UN POEMA DE EMIL MAN MARTÍNEZ

El descompuesto por los besos carmín de una scort,
viñas en el lugar generoso del verano, la música
convocando cercanas imágenes de besos,
la seda de los palacios y la carne de las salonnièrs,
el barrio burgués, venerable, noble y silencioso
donde nací, con callecitas limpias y casas amplias,
allí donde “el cel fa vibrar el seu blau lluminós com una
llançada”. La tranquilidad estoica de las bibliotecas,
las madrugadas en Boston, la belleza del Orient Express.
Y tertulias largas en cafés de rojos mármoles, Li Po,
pasillos donde filibusteros no advierten la muerte,
el adormecido asfódelo de la Luna, Wittgenstein,
la mala suerte que vuelve página y entonces de ti
se enamoran rosadas chicas posadas sobre la arena
rubia de las playas, el aliento claro y dulce de mamá,
mamá peinándose delante de un espejo pequeñito,
la suprema elegancia del salón Verdurin, Grecia y Roma,
los hotelitos de París, las salas de lectura en las
mansiones victorianas. Y Europa los dos últimos siglos,
chocolate con almendras y una taza de té,
las misteriosas coreografías rusas, Platón y el ajedrez,
(esos pronombres de la alegría), el mar donde con tablas
de surf bellas universitarias planean las olas diríase que
encendidas de lava, la pedrería del bosque, este
ininterrumpido allegretto de mi perrilla “Ita”,
la magia de aves fénix rojas, la melodía
enredándose en las redes de robustos pescadores,
el leve muro azuloso de la Ribeira Sacra donde vivo,
lentos paseos por bulevares de árboles y teatros,
ese cuarteto de cuerda sonando en los corredores y
salas de las casas felices, y leer de noche o caminar
bajo el sol. Enumeración breve de dones que
deleitan sentidos y mente, y de la muerte nos alejan.

Oceanografía del tedio 16

A 126 años de su nacimiento, recordemos hoy a Borges.

«Tlön, Uqbar, Orbis Tertius» empieza con una frase desarmante: «Debo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar.» Esto es puro Borges: añádase a la enciclopedia y el espejo un laberinto, o el tiempo, o un tigre, o el álgebra filosófica, y se tendrá casi su mundo (permítanme el burdo simplismo).

“La mediocridad no conoce nada superior a sí misma; pero el talento reconoce al instante al genio», Arthur Conan Doyle, «El valle del miedo».

«El verdadero genio se estremece ante la incompletud -la imperfección- y suele preferir el silencio a decir algo que no es todo lo que debería decirse. Pero el escritor batalla contra ese límite. Raramente lo logra superar», Poe.

Oscar Wilde: “El público es maravillosamente tolerante. Lo perdona todo menos al genio.”

Lean la sublimemente exorbitane poesía de Borges y sus cuentos. Borges es la cifra y camino, la figura y el emblema de la más genial literatura.

***

EL SUICIDA

No quedará en la noche una estrella.
No quedará la noche.
Moriré y conmigo la suma
del intolerable universo.
Borraré las pirámides, las medallas,
los continentes y las caras.
Borraré la acumulación del pasado.
Haré polvo la historia, polvo el polvo.
Estoy mirando el último poniente.
Oigo el último pájaro.
Lego la nada a nadie.

Oceanografía del tedio 15

Un recuerdo

No necesito buscarle sentido a la vida. Tengo mi lucha. Tengo un propósito. Mi razón de ser es mi lucha (desigual y frustrante) por ser escritor. Escribir, frente al ruido de moscas que nos rodea, como si se convirtiese todo en una ornitología de danzas de células, quarks, energía, intención y atención. Escribir para aniquilar las jodidas estupidices. Y para recuperar, sobre todo -tal el propósito magno, musical, rítmico y melódico- para recuperar el milagro de mi infancia: el recuerdo vívido, sincrónico y ucrónico, cuando la sinestesia quebraba los límites del espacio-tiempo.

La luz del sol bañando la cocina, la claridad del cielo tras un chaparrón; durante aquellas mañanas vivía suspendida solo para nosotros la esperanza. Mi infancia es la línea que une los aspectos centrales de mi personalidad, como una cuerda sostiene la ropa y las sábanas, y a menudo siento que recojo esos detalles como palabras (transmutadas en símbolos, transfiguradas en mitos) Lujo y hechos que quiero y no quiero contar y, al mismo tiempo, guardar y no guardar para mí. El aire, impregnado de olor color aceite, trementina y crayones, tímido y silencioso, como una nube en marzo, -lo único que se oye es el tenue sonido de la felicidad de Dios en la planta de arriba. De vez en cuando, mirar mis dibujitos e intuir que la luz es lo más importante; la luz, el camino y la vida.

Allí, con un trajecito estrecho, pero cómodo, casi ducal, sobrecargado de bordados, era un niño de unos seis años que aparece delante de un paisaje de invernáculo. Sobre el fondo de rígidas ramas de palmera. Y como si se tratase de tornar más calurosos esos trópicos, ese niño ve a su izquierda un enorme sombrero de alas anchas con que se toca papá. Y, a la derecha, los ojos infinitamente, infinitamente bellos de mamá sobrepuestos al paisaje amarillo de Sitges.

NOTA BENE: Miguel Ángel a Giorgio Vasari: “Giorgio, si hay algo bueno en mi ingenio, lo debo al haber nacido en la sutileza del aire de vuestra tierra de Arezzo y al haber mamado con la leche de mi nodriza los cinceles y el mazo con que hago mis figuras”.

Y también, respecto a componer con palabras, «Aún aprendo»; esta frase, que era el lema de Miguel Ángel, también fue adoptada por Goya y la usó en una de sus estampas.

Si genios de ese renombre dijeron eso, ¿qué podemos decir nosotros, simples pulgas invisibles?