Observaciones literarias y obras de creación en estado embrionario, susceptibles entonces de enmienda y no definitivas.
Autor: christiansanz71
No me verán fogueándome en el padelsurf, el kayak o el surf. Ni relajándome una seráfica mañana en un spa o apuntándome a una clase de yoga o de fitnes al aire libre. Ni alechugado bajo el sol espeluznante. "Vita Cartesii simplicissima est”, recordaba Valéry en "Monsieur Teste". La mía es abrumadoramente más simple. Un libro entre las manos, paseos con la perra, oír pájaros, salmorejo, crema fría de espárragos blancos y mermelada de moras. Feliz verano. Libertad, lógica y literatura.
Mirad el paso altivo de la Locura. Chasquido de viejas ratas tomando baños de sol, o donde besar pelucas de piojos con hilos franciscanos de semen. Pasan los locos, no como pasó Atenas, Sócrates, Palmira, y Descartes, sino como la Nada recuerda a la Nada. Hierro y nubes, la Nada, alcanfor en ojos, la Nada que igualará montes y llanos, hierro y hielo donde se queman las uñas, eternamente, con su carga atroz, girando, donde giran muertos los locos, donde giran y giran locos los muertos.
Temo ese estado final que Kraepelin definió como «affektive Verblödung», «entontecimiento afectivo». Ninguna conservación intelectual, ninguna apertura a la realidad. Una retracción sin resonancia empática, la imposibilidad de establecer relaciones de objeto externas a mí. Un desuso del yo intencional que de alguna manera me «demencie». Si no puedo interesarme por la realidad, entonces no puedo dar rendimiento de ella; como si mi inteligencia dejara de existir. Me disgrego en un autismo con forma casi definitiva de ataxia intrapsíquica. Me domina la «ratlosigkeit», «perplejidad», una esquizoidia insociable, silenciosa, retraída, grave, solitaria, tímida, vergonzosa, delicada, sensible, nerviosa. Me posee la abulia, la indeferencia, la catexia. Me siento humillado (pésimo pronóstico) por la involución de mi parafrenia. A lo mejor debiera poner el foco fuera de mí.
«La cuna se balancea sobre un abismo, y el sentido común nos dice que nuestra existencia no es más que una breve rendija de luz entre dos eternidades de tinieblas. Aunque ambas son gemelas idénticas, el hombre, por lo general, contempla el abismo prenatal con más calma que aquel otro hacia el que se dirige (a unas cuatro mil quinientas pulsaciones por hora)», Nabokov, «Habla, memoria», Anagrama.
Recorro con la yema de los dedos algo manchadas de ceniza de tabaco la página 299: «CONGOSTRA: s.f. Camiño de carros estreito e profundo, que discorre xeralmente entre valos, cómaros ou outras elevacións do terreo»; al azar, me desplazo a la página 982: «RAÑEIRA: s.f. Proído intenso e molesto nunha parte do corpo». Lenguaje: escalera de piedra hasta las aguas de la bahía, palmerales y cuadrados coralinos, cortada tarde calurosa en lascas y después sopladas por el sol como si fuesen papelotes. No, no escribiré mis memorias.
Soy solo un pobre animal indotado de razón y recuerdos, que proyecta sobre las cosas una oscuridad de incertidumbre. Mi visión es dudosa, borrada a cada instante por el olvido; linterna mágica sin cristalito, cada realidad precedente desvanece la subsiguiente. No, no escribiré mis memorias.
No tengo amigos, ni tampoco los deseo. Aletea caliente el aire denso. Mi creatividad tiende por naturaleza a la terminante soledad. Me aislo de un entorno tosco e incapaz de comprender mis libros. Las conversaciones vanas me arrancan de mi mundo interior. Mi vida fue un osario de huesos de sirena. No, no escribiré mis memorias. Los hombres no merecen unas últimas palabras.
«Hubo un tiempo en que tuve tiempo libre para la filosofía y para la contemplación del universo y su contenido, cuando hice mío su espíritu en toda su belleza, hermosura y verdadera bienaventuranza, cuando mis compañeros constantes fueron los temas y las verdades divinas, cuando me regocijaba con una alegría que nunca me empalagaba ni me saciaba», Filón de Alejandría, «De Vita Contemplativa».
«Debemos la verdadera felicidad a lo inútil y sin propósito, a lo intencionalmente enrevesado, a lo improductivo, indirecto, exuberante, superfluo, a las bellas formas y gestos que no tienen ningún uso ni propósito», Byung-Chul Han, «Vida Contemplativa».
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La Cofradía de Nuestro Padre Genarín, recorre desde 1930 en la noche de Jueves Santo las calles del Barrio Húmedo de León en homenaje a Genaro Blanco, pellejero de profesión, aficionado al orujo, las mujeres y el tute, que murió la noche de Jueves Santo de 1929, atropellado por La Bonifacia, el camión de la basura.
En el último tercio del siglo XVIII vio la luz una curiosa obra burlesca, que se presentaba bajo el título de «Memorias de la insigne Academia Asnal», por el Doctor de Ballesteros, tomo primero, en Bi-Tonto, en la imprenta de Blas Antón, el año 3192 de la Era Asnal.
Lo leí esta mañana en la edición de Lengua de Trapo, con magnífico prólogo de José Manuel Fajardo, en Madrid, a 2005. Cómprenlo en una plataforma de venta de libros de ocasión (Iberlibro, Todocolección), o pídanlo en la biblioteca. Es un volumito sensacional, jugosísimo y muy divertido. Lo pasé de fábula.
Después almorcé macedonia de frutas y una tortilla de ajos tiernos, y, sin solución de continuidad, sufrí dos ataques de ansiedad, uno tras otro.
Mientras hacían efecto las gotas de Rivotril para aminorar y erradicar la angustia, conecté Radio Clásica. Ya relajado (aunque me sentía como flotando, irreal) me puse a leer el tomo de Bertrand Russell, «La evolución de mi pensamiento filosófico», Alianza de Bolsillo, traducción de Juan Novella Domingo, Madrid, 1976.
Siento mayor eudaumonía con el cómputo milimetrado de la prosa de Russell, con su virtuosismo sin disonancia, con la claridad, accesibilidad y mirada aguda de su mente, con sus disquisiciones (a un nivel divulgativo) lógicas, epistemológicas, éticas y metafísicas, que yendo al gimnasio, a la playa, o leyendo la prosa posmoderna confusa de nuestro yermo -y conquistado por los peores franceses y alemanes- páramo cultural filosófico.
A las ocho y media cené (calabacines rellenos de atún y dos yogures) Las noticias, sacar a la perrilla, algo de música y la llamada diaria a mi hermana.
Es una vida modesta, sin ambiciones ni grandes aventuras, defendida de infortunios y el rutinario sinsabor de vivir. No navegué en El Pequod, ni en El Argo o El Nautilus. A diferencia del rey de Uruk, no fui en busca de la inmortalidad ni conocí a Utnapishtim, el único superviviente del diluvio. No besé o acaricié a La Maga.
Leer, escribir un poco, manjares ligeros, tranquilidad encerrado en casa, algunas molestias psíquicas. Nada más. Y, aunque parezca sarcástico o propio de un espíritu muy pobre, me pareció un plan de día ideal, incluso el más deseable de los concebibles.
Muy poco difieren los testimonios sobre mi bisabuelo, Alejo Leví Carballo, que refieren mi familia, del que manifestaron algunos de sus contemporáneos. Uno de los ejemplos más ilustrativos lo encontramos en la breve semblanza escrita por Francisco Peregrino en la que describió a mi abuelo de la siguiente manera:
«Hombre de vasta cultura y gran humanidad. Con ideas nuevas en relación a los sistemas militares de la época. De un profundo respeto hacia los que pensaran y sintieran de otra forma o parecer. Como rasgo principal de su carácter, el amor inmenso hacia su familia. Gran militar y gran poeta. El nivel intelectual de toda una generación de jóvenes militares se debe a su labor y enseñanzas. Apartándose de la instrucción memorística imperante en aquellas fechas, él quería que sus alumnos comprendieran y analizaran y pensaran por sí mismos, y actuaran en consecuencia».
El teniente Blázquez Poveda dijo asimimo:
«Era Alejo un hombre culto, de carácter asequible, con quien me gustaba hablar. Aunque me pasaba bastantes años, me hablaba de usted, como yo a él. A mí me encanta conversar con buenos conversadores, personas que tienen cosas que decir interesantes y saben escuchar».
Entre sus libros (tuvo una fenomenal biblioteca que en gran parte se perdió en la guerra) mi padre heredó:
«Biblia en lengua española traduzida palabra por palabra de la verdad hebrayca … con privilegio del yllustrissimo señor duque de Ferrara».
Arbá ve’esrim «Veinticuatro [libros de la Biblia]», traducidos por Abraham Asá y aparecidos en Constantinopla entre 1739 y 1745, y reeditados parcialmente en Salónica en 1808.
Séfer Arba’á ve’esrim «Libro de los veinticuatro [libros de las Biblia]», publicado por Israel bajar Hayim en Viena entre 1813 y 1816, cuyo original manejó.
Torá Nebiím uJtubim im ha’atacá sefaradit «Libro de las Santas Escrituras: Ley, Profetas y Escritos con traſlado sefardí». La primera edición de Esmirna, 1838.
Séfer Torá, Nebiim uJtubim «El libro de la Ley, los Profetas, y las Escrituras, trasladado en la lengua española» (Constantinopla, 1873).
Mi bisabuelo, de obra absolutamente olvidada y desaparecida, se abismó en aquelarres orientales de viejos grimorios. Un maestro. No lo conocí. Pero dicen que nos parecemos mucho.
Deliciosa la tertulia, calmante, y aún más delicioso y puro el amor a las horas que la convoca. Amodorrarse en la terraza de la plaza, charlando despacio, vaho de plantas y fuente de agua, dejando, insensiblemente, rodar la Inteligencia, vivir al sol, pisar palabras blancas, olvidándose de todo. Bendito aquel que usa lenguaje sabio, lejos de automóviles y discotecas, quioscos, y del ruido áspero de la noche. Copas de excelente y fría cerveza. La erudición convertida en cultura, la cultura hecha carne, y libres ya de usura, y evitando siempre el fárrago del foro. En una vieja Orense ineficiente, algo así como Roma entre dos conquistas, la mañana se estremece, e inesperadamente sentimos, como halago o sonrisa o destino, la belleza y fiesta de ese instante.
El joven escritor Ricardo Dudda, a propósito de «El accidente» de Blanca Lacasa, observa que la prosa sin manierismos seca las manchas que deja la supuesta «buena literatura», con sus excesos y cursilerías y nos recuerda: «En España, la buena prosa es la prosa barroca. Es la prosa cargada y pegajosa, que todavía huele al esfuerzo que ha puesto en ella el autor. La prosa austera y sencilla, por el contrario, se considera algo no suficientemente trabajado. Y, sobre todo, algo no suficientemente emocional. Sin figuras retóricas no hay emoción. Como lector, además, es una mala inversión. Ya que me he gastado el dinero, lléname un poco más las frases, hazlas más largas (pasa igual con los libros largos versus los libros cortos: cuantas más páginas, mayor rentabilidad y retorno de la inversión)».
No es esa mi impresión. En líneas generales (y generalizar aquí siempre es bastante injusto y absurdo) me parece nuestra prosa tabernaria, soez y ordinaria, con poca complejidad y carente de un estilo altamente (y bien) elaborado. Las narraciones no suelen estremecer por la perfecta construcción de sus oraciones. La cadencia de las palabras no es pausada ni reflexiva, sutil o ambigua, o pasmosamente precisa. Veo demasiadas servidumbres con la representación realista, municipal o castiza.
Comentemos solamente una escena del principio de «Las alas de la paloma», de Henry James, una escena magistral donde Milly, una joven norteamericana y millonaria, sospecha que está enferma de muerte. Milly, en esta escena, se enfrenta a un cuadro del Bronzino, el Retrato de Lucrezia Panciatichi. Se le saltan las lágrimas de emoción y admira la belleza de la dama, pero se da cuenta al mismo tiempo, de que no tiene nada que ver con ella.
“El rostro de una joven dibujada de manera espléndida hasta el último detalle de las manos y vestida de forma no menos espléndida: un rostro de tez casi lívida, pero hermoso en su tristeza, y coronado por una mata de pelo recogido que, antes de que el tiempo lo desvaneciera, debió de tener un aire de familia con el suyo. La dama en cuestión, con sus rasgos marcados al estilo de Miguel Ángel, sus ojos de otro tiempo, sus labios carnosos, su cuello largo, las joyas renombradas y los brocados rojizos y descoloridos era un importante personaje, aunque sin rastro de alegría. Y estaba muerta, muerta, muerta. Milly la saludó con unas palabras que no tenían nada que ver con ella:
-Nunca estaré mejor.»
El contraste reproduce la tensión. Henry James, maestro del escrúpulo y del matiz. Esta maestría de segundos y terceros -superpuestos- pensamientos más allá del punto de vista elemental, cuesta observarla en nuestras letras. Los españoles festejamos chistes brutales, boteros y barriobajeros. Somos poco delicados y leales a la Grandeza. Acojámonos al insomnio ideal de Henry James y Proust. Alejémonos de prosas que no levantan un palmo del suelo, deshidratadas y liofilizadas, cutres y escabiosas.
Buenos días. La excelencia nunca es un accidente. Siempre es el resultado de una elevada intención, un esfuerzo y una ejecución inteligente; representa la elección sabia entre muchas alternativas: y la elección, no el azar, insistamos en ello, determina tu destino. Y no es solo, o meramente, una habilidad, sino un modo, una actitud, un deseo, un propósito.
La excelencia es patrimonio de una minoría (la perfeción, de una minoría entre esa minoría, a saber, los genios) Para los mediocres, la felicidad es su ser y estar mediocres. La alta cultura siempre fue la autoconciencia de una sociedad. Contiene las obras de arte, la literatura, la erudición y la filosofía que establecen un marco de referencia compartido entre las personas educadas. Ahí se encuentran los grandes nombres de la poesía, el arte, la ciencia, la música. Pero, desengañémonos, la gente es feliz con Lady Gaga o Taylor Swift, y desprecian (los ignoran) a Mozart y Beethoven. «Vivir sin hacer nada. Cuidar lo que no importa / y si todo va mal, si al final todo es duro, / como Verlaine, saber ser el rey de un palacio de invierno», Luis Antonio de Villena.
Es muy hortera, de curilla asexuado, o director de funeraria, o de desagradable taxidermista, escribir por dinero, por fama, o por reconocimiento. Me complace la pura alegría de crear algo y compartirlo, PERO NADIE ME LEE, lo que desanima no poco. Para exhalar poesía, necesitaría una pizca del aliento del lector. Al enfrentarme a la decisión de crear o no crear, seguí adelante y creé (obviando los resultados) Y mi literatura no es popular. A mi pentalogía solo pueden acceder personas con un yo elaborado y que les «suenen» los referentes clásicos de la cultura occidental. Ello excluye a la plebe y a las personas ricas y exitosas, preocupadas solo por sus acciones y sus balandros. Por cierto, nunca asistí a ningún encuentro literario. Nunca he subido al escenario de ningún evento relacionado con la literatura. Siento que todas estas discusiones son triviales, ociosas para la causa de la escritura. Un escritor debe escribir, no asistir a paripés ni kermeses literarias.
A veces creo que solo escribo para mamá (ella conocía todas las claves) A mi vanidad y egocentrismo le interesa su amor, no el dinero. Escribo para salvar mi infancia. Fui un estudiante brillante, particularmente en matemáticas y ciencias; sin embargo, también destacaba en idiomas y arte. Algo retraído. O tímido. Lo tengo todo, y me da buenos réditos: la lejana infancia de príncipe feliz. Mi literatura idolatra aquel pasado y su necesidad de protegerlo de ambigüedades, turbiedades y bajezas ¿Enrevesada, gratuita…, elefantina? Me gusta creer, y permitan que tome en serio mis propios mitos, que es un prodigio de precisión. Literatura. Literatura. Añoranza del paraíso perdido. Virgilio: «Rari nantes in gurgite vasto», «Extraños náufragos en el inmenso mar».