Summa logicae 2

Buenos días. Feliz. Ayer se publicó «Diario del zalapastrán», penúltimo volumen de mi pentalogía. Mi hermana, que es mi albacea literaria, tiene ya la primera versión del último, «Diario de Aquitania», con instrucciones de en qué personas tengo depositadas toda mi confianza para acabarlo de corregir si muero antes.

Uno mismo da respuesta a su sentido de la vida. La vela que enciende mis momentos más oscuros son mis libros. Admito que su falta de éxito debiera haberme desalentado, pero importa más la irreprimible necesidad o urgencia de escribir. La raza humana es monótona. La mayoría de la gente pasa la mayor parte de su tiempo trabajando para vivir, y la poca libertad que les queda los llena de miedo, tanto que buscan cualquier forma de deshacerse de ella. Mi libertad la uso para la expresión literaria; esa energía irradia mi existencia. El trabajo del escritor no es sucumbir a la desesperación, sino encontrar un antídoto para el vacío de la existencia.

Michio Kaku, físico teórico: «Además del trabajo y el amor, añadiría dos ingredientes más que dan sentido a la vida. Primero, desarrollar los talentos con los que nacemos. Por muy bendecidos que estemos por el destino con diferentes habilidades y fortalezas, debemos intentar desarrollarlas al máximo, en lugar de permitir que se atrofien y decaigan. Todos conocemos a personas que no cumplieron con lo que prometían en la infancia. Muchas se obsesionaron con la imagen de lo que podrían haber llegado a ser. En lugar de culpar al destino, creo que deberíamos aceptarnos como somos e intentar cumplir todos los sueños que estén a nuestro alcance.

Segundo, debemos intentar dejar un mundo mejor que cuando lo conocimos. Como individuos, podemos marcar la diferencia, ya sea explorando los secretos de la naturaleza, limpiando el medio ambiente y trabajando por la paz y la justicia social, o nutriendo el espíritu inquisitivo y vibrante de los jóvenes siendo mentores y guías».

Summa logicae 1

En el fondo, si bien se piensa, no importa cuánto tiempo pases en la tierra (mejor «qualitas» que «quantitas»), cuánto dinero hayas acumulado o atesorado, ni cuánta atención hayas recibido. Lo que importa es irradiar el brillante milagro de vivir lúcido, con los ojos abiertos.

No existe un único significado cósmico, una regla universal para todos; al haber una pluralidad de fines, solo existe el sentido que cada uno le da a su vida, un sentido individual, un engranaje individual, como una novela individual, como un poema o libro para cada uno.

En mi caso, el sentido lo hallé LEYENDO Y ESCRIBIENDO.

Leer fomentó mi imaginación, agudizó mi empatía, incrementó mi capacidad de análisis y argumentación, solidificó mi memoria y concentración, me permitió procesar la información (o meramente informarme) con más eficacia, desarrolló mi personalidad.

Escribir me facilitó comunicarme y desarrollar mis ideas o expresar mis sentimientos, favoreció mi autoexploración e introspección, y fue una necesidad grabada a fuego dentro de mí. No me concibo a mí mismo sin la funesta manía de escribir.

***

Todos mis libros se cobijan bajo la égida de mamá.

Para ella la dedicatoria que agrupa toda la pentalogía:

                            En memoria de
María Ángeles Gómez Carballo
(9-1-1943 / 26-6-2024)
sin quien yo no hubiera amado nada
no hubiera querido nada
no hubiera entendido nada,
sin quien yo no hubiese sido nada,
y mucho menos un escritor.
"Verus amor, nullum novit haber modum"

Je ne regrette rien 50

Collares de vidrio, cristal o plástico. Set de loncheras. Tela de forro de rayón. Bacaladillas o sardinas escabechadas. Objetos con propiedades estéticas de escaso valor. El lenguaje, también, al usarse o escribirse, puede deslumbrar como un traje Westmancott o afligir como una camiseta de algodón de Zara.

Mi principal defecto como escritor es la falta de espontaneidad; me invade la molestia de los pensamientos paralelos, de lo segundos pensamientos o incisos, de los terceros pensamientos o incisos a los incisos; y la incapacidad de expresarme apropiadamente en español a menos que componga cada maldita frase en mi mente, en mi despacho, mientras paseo, mientras me asola una sierva quietud meditativa.

Pienso a ráfagas, en deshilachados relámpagos lógicos, en imágenes coloreadas. No creo que la gente piense solo en ramilletes de palabras neutras. Pienso en imágenes como intuiciones sensibles, veo el oleaje rumoroso de espumas y brillos de las ondas cruzando mi cerebro. Casi, casi, eso es casi todo.

El lenguaje se conforma como varias lentes que permiten reflexión y refracción, y logra descomponerse feliz en colores primarios; un instrumento óptico susceptible de hechizo, encanto, magia o razzias de embrujamiento (el insondable misterio de la belleza) Honrémoslo.

Necesito un poco de lenguaje como el que usan los amantes, los cantantes, los solitarios, sílabas balbucidas como las que dicen los niños cuando entran en la habitación y encuentran a mamá cosiendo y recogen un retal de lana brillante, o se encuentran a su hermana cocinando y prueban palabras-hortaliza, palabras-mandarina, palabras-roast beef. Al escribir necesito un aullido; un grito; una llamada; la palabra viva, incandescente. Cuando la tormenta cruza el bosque y me azota y yo yazgo en lo oscuro sin que nadie me preste atención, entonces no necesito palabras. Cuando cesa la locura, y se apagan las voces turbias, necesito entonces las resonancias, los suaves ecos de hermosura y oro que tintinean, que enervan la red de nervios para sanar, y angustian el pecho para medicar. Necesito música salvaje, frases sioux, sentirme vivo cazando búfalos en las praderas. Indios bonachones. El lenguaje no es un vulgarzote país periodístico. Un lenguaje debe serpentear por el pavimento, por las láminas del aire, y, de repente, encresparse, alzarse, atropellarse, colorearse. El lenguaje es un contrapunto al olvido.

Pero, por mucho que rebusque o me esfuerce, letras y frases me fallan. No logro que mi impresión tenga un exacto y perfecto trasunto en la expresión. Mi estilo es pegajosamente torpe, un remoto sueño.

Las palabras no son inofensivas. Hay entre ellas enlaces necesarios, conexiones suficientes y transiciones permitidas o prohibidas. Un tapizado rosa creando hilos que dibujan o abrogan. Las vocales cortan o unen con precisión tortuosa; cada párrafo es un continente, un universo, un bloque que solo admite determinadas leyes de movimiento y no permite otras. El significado, diverso, se trocea y se diversifica. El significado, además, alude a los engranajes de nuestra civilización.

Disculpen. En esta nota, en su fluir extrañamente ciego, alelado, deliré con valentía, discurrí con perplejidad (la pasión provocó confusión) Solo quería consignar que deshonra su oficio de escritor, aquel que trata el idioma igual a una baratija populachera, sin seriedad. Solo somos un río diamantino, plateado, de memoria y palabras.

Je ne regrette rien 48

Me encanta ese género, en el que reincido, de desear unas felices vacaciones. Al que leyere, le recuerdo: «Habeas bonum iter», «Que tenga buen viaje», sin olvidarse que, pese a las apariencias, a los contraejemplos, «Mundus universus exiguus est», «El mundo entero es pequeño».

Gocen de cuerpo y alma. Hagan mucho el amor y lean buenos libros. El cuerpo es una umbría de seda roja (Lorca), el sexo -de hembra- un surco prolífico y armonioso (Vallejo) Los libros son fármacos, espejos, puentes, otro tipo de viajes, maestros, tesoros, ríos y jardines. «Sine libris, cella, sine anima, corpus est.», «Sin libros, la celda; sin alma, el cuerpo».

Gocen del arte culinario (bacalao con costra de mahonesa de pera, pularda trufada), de San Pietro in Montorio, paseen por la rúa Alexandre Herculano (Lisboa), marchen bajo las estrellas, mediten bajo la sombrilla o la higuera.

Yo leeré y reescribiré en mi mente y corazón el libro que quisiera escribir (por cierto, la mejor manera de leer) Miraré películas y acaso me escape a Madrid, para, entre otras cosas, consultar páginas miniadas de manuscritos árabes del siglo XIV.

Además visitaré mucho Orense.

ORENSE

Orense al sol, Venecia en llena luna,
cenit verde sus termas y laguna,
como la crisohoja paladiana,
con la apretada calle aureana.
Orense archiva sol cada mañana,
Civitas Solis vocabitur Una ,
fábrica alminada soberana,
en su apretado estallar, campanas.


Felices vacaciones.

***

Buenos días. «Todo lector, al leer, se lee a sí mismo. La obra del escritor es simplemente un instrumento óptico que se ofrece al lector para que pueda discernir lo que, sin el libro, quizá no habría visto en sí mismo», Proust.

***

Collares de vidrio, cristal o plástico. Set de loncheras. Tela de forro de rayón. Bacaladillas o sardinas escabechadas. Objetos con propiedades estéticas de escaso valor. El lenguaje, también, al usarse o escribirse, puede deslumbrar como un traje Westmancott o afligir como una camiseta de algodón de Zara.

Mi principal defecto como escritor es la falta de espontaneidad; me invade la molestia de los pensamientos paralelos, de lo segundos pensamientos o incisos, de los terceros pensamientos o incisos a los incisos; y la incapacidad de expresarme apropiadamente en español a menos que componga cada maldita frase en mi mente, en mi despacho, mientras paseo, mientras me asola una sierva quietud meditativa.

Pienso a ráfagas, en deshilachados relámpagos lógicos, en imágenes coloreadas. No creo que la gente piense solo en ramilletes de palabras neutras. Pienso en imágenes como intuiciones sensibles, veo el oleaje rumoroso de espumas y brillos de las ondas cruzando mi cerebro. Casi, casi, eso es casi todo.

El lenguaje se conforma como varias lentes que permiten reflexión y refracción, y logra descomponerse feliz en colores primarios; un instrumento óptico susceptible de hechizo, encanto, magia o razzias de embrujamiento (el insondable misterio de la belleza) Honrémoslo.

Necesito un poco de lenguaje como el que usan los amantes, los cantantes, los solitarios, sílabas balbucidas como las que dicen los niños cuando entran en la habitación y encuentran a mamá cosiendo y recogen un retal de lana brillante, o se encuentran a su hermana cocinando y prueban palabras-hortaliza, palabras-mandarina, palabras-roast beef. Al escribir necesito un aullido; un grito; una llamada; la palabra viva, incandescente. Cuando la tormenta cruza el bosque y me azota y yo yazgo en lo oscuro sin que nadie me preste atención, entonces no necesito palabras. Cuando cesa la locura, y se apagan las voces turbias, necesito entonces las resonancias, los suaves ecos de hermosura y oro que tintinean, que enervan la red de nervios para sanar, y angustian el pecho para medicar. Necesito música salvaje, frases sioux, sentirme vivo cazando búfalos en las praderas. Indios bonachones. El lenguaje no es un vulgarzote país periodístico. Un lenguaje debe serpentear por el pavimento, por las láminas del aire, y, de repente, encresparse, alzarse, atropellarse, colorearse. El lenguaje es un contrapunto al olvido.

Pero, por mucho que rebusque o me esfuerce, letras y frases me fallan. No logro que mi impresión tenga un exacto y perfecto trasunto en la expresión. Mi estilo es pegajosamente torpe, un remoto sueño.

Las palabras no son inofensivas. Hay entre ellas enlaces necesarios, conexiones suficientes y transiciones permitidas o prohibidas. Un tapizado rosa creando hilos que dibujan o abrogan. Las vocales cortan o unen con precisión tortuosa; cada párrafo es un continente, un universo, un bloque que solo admite determinadas leyes de movimiento y no permite otras. El significado, diverso, se trocea y se diversifica. El significado, además, alude a los engranajes de nuestra civilización.

Disculpen. En esta nota, en su fluir extrañamente ciego, alelado, deliré con valentía, discurrí con perplejidad (la pasión provocó confusión) Solo quería consignar que deshonra su oficio de escritor, aquel que trata el idioma igual a una baratija populachera, sin seriedad. Solo somos un río diamantino, plateado, de memoria y palabras.

Je ne regrette rien 47

¿Por qué escribo? Necesito escribir como el bebé mama. No es una actividad coyuntural y secundaria, es un lujo necesario, inevitable, en primerísimo plano.

Un lujo. Al escribir, más allá del pobre resultado, siento la materia sólida de los palacios, la hierba húmeda secándose, casi es como la costumbre de levantarse e ir a la orilla del mar, de dar unos pasos sobre el césped estriado de luces. Escribo canturreando con avidez obras de Rostand. Soy un marqués, oigo una especie de suite para flauta, soy rey, barón, árbitro general de la distinción al que el mundo recurre por su probidad, capacidad y dulzura de maneras (insisto, resultados aparte)

Al escribir me siento dentro de mi infancia de niño rico, fuera de mi actual grosera locura y disipación. La escritura es como un objeto tubular y transparante, parecido a una ascidia. La escritura es una tierra «azul», una turbera. Un albergue rosa-caramelo y verde-pisang.

Me gusta la idea o propuesta conservadora de restaurar la cultura salvando las antiguas separaciones de clase, lejos de la contemporánea, nociva cultura democrática, sin clases ni jerarquía. Hoy el lenguaje está en manos de los Dueños y Señores del Kitsch. Escribo también para alcanzar ese lujo cultural. Para degustar ese marmoleado distintivo de la carne de wagyu. Escribo, en definitiva, para calzar, para poner una cuña contra nuestra embarazosa mediocridad.

Je ne regrette rien 46

Igualo la decadencia de mi mente con el ocaso del mundo. Soy viejo. Hay entre nosotros quienes aseguran optimistas que la Sombra se retirará y la paz, el reino del Sol y la Cultura, volverán. Sin embargo, no creo que el mundo que nos rodea vuelva a ser como antes, ni que la luz del Sol vuelva a ser como antes.

El televisor pregona, publicita sus productos en habitaciones gigantescas, propaga su radiación de basura. Las redes captan nuestra atención evitándonos el goce de la belleza directa y el placer sensual ¿Nuestro pequeño y provinciano planeta? «Where oranges have been laid to rust upon the green…”, Joyce, «Donde las naranjas se dejaron oxidar sobre el verde…».

La Oscuridad, la Decadencia y la Muerte Roja ejercen un dominio ilimitado sobre todo (guerras, pobreza, infelicidad, soledad, enfermedad…) Casas vacías y calles desoladas y oscuras y sucias, los lobos alimentándose de lobos, iglesias sin techo y adolescentes llenando los manicomios ¿Brillo en los ojos? No hay más brillo que el de los ojos hundidos.

Mi corazoncito dentro de un viejo agujero de pájaro carpintero. Muchos veranos muere el cisne. Me marchito en los salones de las mañanas cariadas de mi biblioteca. Nadie grita: «¡Sí, qué gozo da vivir!».

Todo espacio bendito es a la vez hijo y nieto de la disolución;

lo acumulado se desvanece (Rilke) La sociedad alcanzó cotas tan extremas de absurdo y capas tan profundas de depravación, que ya no puedo distinguir con precisión entre la verdad y la sátira, entre la salud y la locura.

La sociedad en la que vivo, utilitarista y vulgar, no aprecia aquello que me deslumbra. Recluido en mi casona gallega de Fontenay, sustituyo verduras por artificios (joyas, cuadros, perfumes, flores, libros) Escribo. «La obra que no es rechazada por los imbéciles, y que se contenta con suscitar el auténtico entusiasmo de unos pocos, el autor de su obra, por eso mismo, junto a los ojos de los iniciados, no puede menos que despreciar esa mayoría de libros contaminados, banales, casi repulsivos». Yo, tras mis libros, y como Huysmans, «il ne reste plus à l’auteur qu’à choisir entre la bouche d’un pistolet ou les pieds de la croix». En fin, que hago hondamente mías las palabras de Des Essientes:

«(…) cuando un hombre de talento se ve obligado a vivir en una época prosaica y estúpida, el artista, incluso sin darse cuenta de ello, se siente atraído y obsesionado por la nostalgia de otras épocas. (…) Evoca recuerdos de seres y de cosas que no ha conocido personalmente, y llega un momento en el que se evade violentamente de la cárcel de su siglo y vaga, con toda libertad, por otra época con la cual, como última ilusión, le parece que hubiera encontrado una mayor armonía».

Adiós y buena suerte.

Je ne regrette rien 45

“Fundar bibliotecas es como construir más graneros públicos, como acumular reservas para luchar contra un invierno espiritual , invierno que, a mi pesar, muchas señales me indican que está cada vez más próximo”, Marguerite Yourcenar.

Aceptar la civilización actual significa prácticamente aceptar la decadencia. Se grangena el lenguaje, lo compuesto se descompone, los capullos solo se abren para pudrirse, el arte no es veraz, la incultura inmensa, los piojos consumen la hierba, el óxido consume el pan, la hipocresía el alma. La hiedra trepa por salones y bibliotecas.

Hay un viejo adagio, traducido del copto antiguo, que contiene toda la sabiduría de los siglos: «La vida es vida y la diversión es diversión, pero todo es tan tranquilo cuando mueren los peces de colores». Susurran juncos en la quietud del páramo. Planean pájaros silvestres. El espíritu de la putrefacción revolotea con alas negras.

Abedules marchitos en el viento otoñal. Aparición de la noche; sapos se zambullen en aguas turbias. Recordemos siempre a Shakespeare, Ricardo II: “Woe, destruction, ruin, and decay; the worst is death and death will have his day».

Miro la realidad: una fealdad cetrina, desfigurada y desgastada, que no es capaz de avivar la concupiscencia, sino que todo lo transforma en una impotencia; un inelegante, desequilibrado vacío. La vida falsa y peligrosa, la vida del engaño y el agotamiento nato, el cero, el vacío, la pared, la nada.

No tengo muchos motivos para amar este rincón de la tierra, esta España de estúpidos, corruptos y analfabetos. La aborrezco. «Constato, más cada día, que el mundo de ayer, el mundo de aún hace poco, se hunde. No sé si en lo futuro -tras esta Edad Media- vendrá un tiempo más rico y de fulgor; supongo, pero ahorita todo es más feo, más agraz, más áspero, más sórdido. Un tiempo de vulgaridad e ignorancia. No lo entiendo, no me gusta. Nuestros templos caen y nuestras letras con ellos. La grisalla es atroz. La oclocracia, detestable. Hace ya años que vivo refugiado, huyendo. Pronto no habrá nada o casi nada». Villena, fragmento del Postfacio a su poemario «Lujurias y apocalipsis», Visor.

Nos salva la poesía en mitad de tanta inmundancia:

«… mas perdidos
en el bellísimo paisaje de tus libros,
elige la más noble
edición que poseas de ‘Treasure Island’.
Y mientras populacho y soldadesca
con fin de igual vileza se acuchillan,
tú lee sereno, escucha a Rubinstein
interpretando a Chopin. Acaricia
la frente de tu perro.
Y en la alta noche
encamina tus pasos hacia el sueño»

José María Álvarez, «Wuthering Heights».

***

Buenos días. “Se vogliamo conoscere il senso dell’esistenza, dobbiamo aprire un libro: là in fondo, nell’angolo più oscuro del capitolo, c’è una frase scritta apposta per noi”, Pietro Citati, «“Si deseamos conocer el sentido de la existencia, tenemos que abrir un libro: allí, al fondo, en el rincón más oscuro del capítulo, existe una frase escrita especialmente para nosotros”.

Je ne regrette rien 44

LIBRO DE LA AGONÍA

Dolor es historia, muchacho severo.
A medias alumbra el flexo escombros
de “Shadows of the Mind” y “Letters
to a young Mathematician”. Los sultanes
se refrescan en la habitación. A sosa
sabe el aire. Riegan hoscos arcángeles
el bulbo de las letras. Muerto estás
en la noche. No fui un adolescente
que jugaba al bacará ni gustaba del
pastel de cerezas. Me confinaron al margen.
Crucé solitarios campos de minas.
Iridiscentes áspides. Reparte la radio
canciones de amor. Aristócratas de cabellos
afiebrados y alisados son amados
por mujeres risueñas con labiazos rubios.
¿Con quién puedo yo bailar cursis
canciones de amor color Luna blanca?
***
Grillos y arlequines tiritan en el campo.
Ni Penrose, ni Cervantes, ni Dante,
en ninguna biblioteca de un país lejano,
ni aunque buscases a Tiresias y Zoroastro,
encontrarás escrito el libro de tus símbolos:
los minutos, bares y siglos de esta fatal agonía.

Je ne regrette rien 43

Hace un tiempo frío de julio, pero a pesar del frío de la atardecida, vago por mi mente hueca durante casi tres horas. Acuerdo romper todo vínculo con los hombres; esos espantapájaros deformes y simiescos.

En esta vida, mi pena fue pena larga y voluminosa; como tarado genético la naturaleza, lo admito sin estoicismo, me aplastó bajo su peso. Permítanme una confesión: no puedo más. No supero los hábitos infernales, los tormentos infernales, la terrible ansiedad, las voces, los delirios, quiero prenderle fuego a lo sagrado de la vida: deseo matarme.

Huele a seco en la aldea. Un olor nauseabundo, a sudor sólido de rata. No es como el olor de los viejos campesinos que se arrodillan en la parte de atrás de la capilla durante la misa de domingo. Ese es un olor de aire, lluvia, turba y pana. Son campesinos sanos. Es un un olor a huevo pasado, a olla mugrienta, a sangre hirviendo, a absceso y alcohol y manchas de pus.

El dolor ama amar al dolor. El enfermo puede llegar a amar sus productos químicos cerebrales, los que te dejan el ánimo como caca de elefante, embadurnado de mierda.

Siempre te encuentras contigo mismo. Esquizofrenia el nombre.

La maldición de ser yo, de no ser cualquiera muerto en lugar de ser yo vivo.