Observaciones literarias y obras de creación en estado embrionario, susceptibles entonces de enmienda y no definitivas.
Autor: christiansanz71
No me verán fogueándome en el padelsurf, el kayak o el surf. Ni relajándome una seráfica mañana en un spa o apuntándome a una clase de yoga o de fitnes al aire libre. Ni alechugado bajo el sol espeluznante. "Vita Cartesii simplicissima est”, recordaba Valéry en "Monsieur Teste". La mía es abrumadoramente más simple. Un libro entre las manos, paseos con la perra, oír pájaros, salmorejo, crema fría de espárragos blancos y mermelada de moras. Feliz verano. Libertad, lógica y literatura.
Romero Murube se define en una «autosemblanza»: “Nací en Villafranca y Los Palacios, el día 18 de julio de 1904. Niñez campesina y lugareña; en tiempo de mis abuelos tuvimos cortijos, fincas y dehesas… Todo esto se perdió como Cuba y las islas Filipinas. Correspondo al grupo literario “Mediodía”. He publicado varios libros: el que más me gusta, “José María Izquierdo y Sevilla”. Es el que menos se ha vendido. Mi mayor orgullo sería hacer un libro definitivo sobre Sevilla… He de ir a eso –a mi libro sobre la Sevilla difícil– y en eso trabajo, dudo, sufro, sueño, fracaso y me divierto”. Romero Murube fue un sápido coleccionista de libros.
Y Christiaan Justus Enschedé, bibliófilo y jurista, nos señaló: «Los cinco sentidos son los agujeros de la cueva en que vivimos. Al examinar un libro debemos usarlo todos, además de uno sexto, sutil, minucioso e inefable».
Asimismo Convers Francis (y disculpen la moderada, acaso ineducada, erudición), en «Dissertatio, qua de vitae termino, utrum fixus sit, an mobilis, disquiritur ex Arabum et Persarum scriptis», nos advierte contra los altos nobles y príncipes de Europa, y contra el peligro de acumular libros en demasía, dándonos ejemplos de monjes que robaron libros de bibliotecas monásticas o cayeron víctimas de la locura libresca.
Como coda a esta nota, recomendar: Bernhard Bischoff. «Latin Palaeography: Antiquity and the Middle Ages», Cambridge University Press 2003, donde Mr. Bischoff nos confiesa: «Estoy absolutamente seguro de que tengo una bibliomanía irrecuperable […] Ya a mis padres les disgustaba profundamente. No tengo ni idea de cómo ser menos bibliomaniático. Una vez que me sumerjo en un libro (metafóricamente, no literalmente), tardo horas en volver al mundo «real». Y es mi mayor debilidad: vivo en una especie de mundo ficticio, dentro de mi mente. Nunca advierto lo que pasa a mi alrededor cuando estoy leyendo (y rara vez, cuando no) […] Mi mente funciona a un ritmo frenético cuando estoy despierto, y tengo una imaginación bastante viva y una curiosidad inquisitiva por muchas cosas. Para mí, los libros emocionan, excitan y alimentan mi cerebro y mi espíritu. Estudiar su historia resultaba un fin inevitable. También soy una lector exigente, apasionado por ciertos géneros y alejado de otros que no despiertan nada mi interés […] El libro que el lector tiene entre sus manos pertenece al género académico. Pero, su remoto origen, no lo duden, es aquel niño solitario de Altendorf emparedado en la biblioteca del pueblo».
Copia de carta de Don Cristóbal Sáinz Gómez, escrita en Orense, a 6 de julio de 1625, al Doctor Juan de Salastrugue.
Sobre las cosas prodigiosas que se han visto en la cuevas de la Roboyra Sacra, habiéndome dado noticia que en una montaña que hay ribera del río Sil, camino de Os Peares, a mano izquierda, llamada Das Queixas, pasado un embalse que se llama O Peto, hay una cueva prodigiosa, obrada por la naturaleza, en salir de mi casa, acompañado de Lorenza Adaguasca, a demanda suya; y, llegado al lugar de Luñares, tomé guías y todo el aparato necesario, y el día siguiente, dos horas después de haber amanecido, después de varios lances, con grandes dificultades se halló la boca de dicha cueva, que será de menos de tres palmos y luego se va dilatando una quiebra de modo que da lugar a andar casi en pie con alguna pena hasta doce pasos, y, pasado esto, se dilata y ensancha de modo que parece otro mundo, pero adentro es toda esta prodigiosa cueva de una piedra como de cristal o agua helada. Hay en ella montañas altísimas, barrancos y despeñaderos estupendos y todo lleno de columnas, estatuas, promontorios grandes y pequeños; el techo en algunas partes es tan alto, que se pierde de vista, y todo él colgado de varias monstruosidades, hay fuentes de excelente agua, puestos donde respira aire fresquísimo. Llevábamos por guía en este laberinto de naturaleza tres libras de cordel muy delgado, dos hachas blancas y otras ocho o diez luces de estadales y teas; llegamos hasta donde bastó el cordel, pero no donde deseábamos, que el riesgo no permitió alargarnos cosa considerable de adonde se acabó, si bien la joven Adaguasca pasó más adelante y una de las guías tanto, que casi no los oíamos. Yo paré en un puesto que jamás acabara de admirar lo que vi, no con la imaginación, sino con los ojos del cuerpo: uno de los edificios que el mundo puso en el número de las siete maravillas; vi el faro fornido de cristal con toda la perfeción que se puede imaginar. Va señalado aquí en la margen, para que V.M. admire este milagro de la naturaleza depositado en las entrañas de la tierra. Las vueltas que se cuentan son siete, que lo prevengo por si al debujarse no me salieren tantas. Sacamos de adentro varias invenciones del agua helada o cristal, [y] entre otras piezas una que pesaba más de seis arrobas; y anoche despaché un hombre y acémila para traerla a mi casa, donde podrá V.M. gozarla. Estimaré, por no duplicar este borrón y mala prosa, que después de haberla comunicado V.M. a los amigos, le remita a Juan de Salastrugue. Dios guarde a V.M., cuya mano beso. Orense, a 6 de julio, 1625. De V.M., Don Cristóbal Sáinz Gómez.
Reflexiono: la literaria figura del científico loco (demasiado irreal y tópica, pero presente en el imaginario colectivo) se contrapone a la del bibliotecario sabio ¿Por qué debería ser sabio el bibliotecario? Porque el bibliotecario sabe que nunca será un científico sabio, con un más o menos extenso conjunto de verdades probadas, porque cuando abre un libro, el resto permanece cerrado, e íntimamente no duda que nunca leerá ni estudiará todos los libros, ni una mínima fracción de ellos. El bibliotecario ama su biblioteca como el marinero ama el mar. El océano casi infinito de conocimientos que abruma a todos los eruditos hace que los bibliotecarios seamos modestos.
Sagaz fue Stendhal: “Les bibliothèques sont particulièrement utiles pour les livres médiocres qui, sans elles, se perdraient”, «Las bibliotecas son especialmente útiles para los libros mediocres, que de otro modo se perderían». Uno tiene el romántico deseo de que, en alguna balda, viejos y mohosos, se conserven sus propios libros, hasta que la destrucción del tiempo, como a todo, haga su labor. En un futuro incierto, asfixiado por datos masivos y escurridizos, los libros ofrecen un canal, un marco y quizá una vía de escape.
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La civilización avanza de forma ciega y va dejando atrás un rastro, una baba de basura. Acierta Paul Vialar: «Bibliophiles, nos frères, ne criez pas à l’invraisemblance, l’original existe, tiré, par malheur, à de trop nombreuses éditions; regardez autour de vous, dans la marge de la vie, vous le verrez remplissant son sacerdoce avec plus de rage que de passion. Regardez ce Monsieur affairé qui vole on ne sait où; ses poches béantes sont bourrées comme un cabas de femme de ménage et renferment tout un monde: Livres, eaux-fortes, gravures, photographies—ce n’est pas un Bibliomane, c’est l’Homme rouge des bibliophiles, c’est le Quémandeur de livres qui passe». Porque cerrar un libro no es menos conmovedor que abrirlo.
Son las seis menos cuarto de la mañana. Acabo de escribir estas líneas. Me dispongo a pasear por la biblioteca de la casa. Igual que ver amanecer
Con qué serenidad indiferente se mueven los electrones en su mundo de energía pura. Nubecillas de una materia que apenas lo es, o motitas quietas y a la vez móviles, tal puntos tensos y sutiles que existen por su propia potencia, como un escalofrío de luz que brota. Quizá un tranquilo ritmo de átomos sea el oculto secreto del mundo.
Emil Man Martínez *** Me gustan la teoría de la relatividad y la cuántica porque no las entiendo, porque hacen que tenga la sensación de que el espacio vaga como un cisne que no puede estar quieto, que no quiere quedarse quieto ni que lo midan; porque me dan la sensación de que el átomo es una cosa impulsiva que cambia siempre de idea.
D.H. Lawrence *** ACERCA DE LOS OJOS
Hay ojos que verán nuestra memoria. El doctor Barraquer, viejo oftalmólogo, conoció la crueldad junto al milagro y lo frágil del don de la mirada: al fallecer su padre pudo guardar sus ojos y devolver la vista a varios hombres. ¿Retendrán los fulgores de ese amor más allá de la estrella de la córnea o del pozo sagaz de la pupila? Explorando los fondos deslumbrados, las cavernas perplejas donde habitan las formas, los tamaños, las imágenes el doctor supo dar con un pasillo que va desde el subsuelo a la intemperie, de las tinieblas rotas a la bendita luz. Y al final de la tarde, cuando el sol se ciega entre las ascuas de este mundo el doctor vuelve a casa repitiendo las palabras del último paciente al quitarse las vendas de la cara. Y el ojo de su padre, que es la luna, vuelve a abrirse y blanquea cada sombra.
Andrés Neuman *** MÉTODO CIENTÍFICO
Las buenas teorías son aquellas susceptibles de ser refutadas, dice Kart Popper. Como si yo viniera la próxima semana a la misma hora, y me sentara con mi café exactamente allí, donde levanté la vista y te observé a ti, mirándome, y te encontrara, de nuevo, allí, y esta vez tuviera el valor de sonreír.
Roald Hoffmann *** ETERNIDAD
Las galaxias se arremolinaban, huían de la esclavitud de los agujeros negros, materia triste que aniquila el sueño de ser solo luz. Fue entonces, en la infancia del universo cuando un átomo de lo que sería mi corazón encontró la materia oscura que contendría tu alma… y cuando te encontré en esta vida, en este planeta de células y moléculas, ya nada pude hacer sino quererte.
Pepe Alcami *** NOSOTROS, LOS ASTRÓNOMOS
Nosotros los astrónomos somos nómadas, mercaderes, gente de circo, toda la tierra es nuestra tienda. Somos laboriosos. Generamos entusiasmo, honramos nuestra responsabilidad de asombrar. Pero el universo se ha alejado mucho. A veces, lo confieso, la luz de las estrellas parece demasiado nítida, y como la luna inclino mi rostro hacia el suelo, al pequeño terreno donde cae cada pie, antes de que caiga, y me olvido de hacer preguntas, y solo cuento cosas.
Hubo un tiempo (todavía lo es) en que las palabras fueron el único lugar donde podía encontrar consuelo. Cuando mis padres, tutores o mis médicos levantaron las manos frustrados o cansados, la biblioteca me enseñó matemáticas, química, historia militar, astronomía, arte… Cada una de sus columnas, de sus filas, de sus anaqueles, era una puerta abierta que me susurraba: «Pasa, pasa. Aquí está la tierra no explorada. Las aventuras y el conocimiento. La fuente Castalia. Aquí hay un lugar donde esconderte cuando estás asustado, donde jugar cuando estás aburrido, donde descansar cuando el mundo es cruel».
Fui ese niño y adolescente que, abandonadas definitivamente las matemáticas, me acurrucada en un rincón de la biblioteca durante horas, tratando de encontrar lo que más me gustaba de Delibes, de Torrente Ballester y Elena Quiroga, subrayando frases y párrafos de Cela o Salisachs, imitando con mis poemas a los poetas amados (Bécquer, Neruda, Martí i Pol…) Los libros se convirtieron en mis amantes, en los enemigos de las horas desapacibles, en las branquias por donde podía tomar aire y salvarme.
La locura aflora, los recuerdos me entristecen, la vida se erguió y ahoga subir por ella. Y no puedo luchar contra el contenido de mis pensamientos. Solo me distrae leer un libro, u hojearlo, o acariciarlo ¡Los libros ocupan el lugar de los hombres y la ternura, liman las aristas de la soledad! Dejo de estar en la cuneta y puedo mirar un poco a las estrellas. Como la vida me falló, confieso que los libros la nutrieron, guiaron, consolaron y sustituyeron.
Sí, sé que es una pobre perspectiva, una perspectiva (aparente) de vértigo hacia la muerte. Acaso el mismo gusano que deforme a mis libros me deformará a mí, acaso me alimenté con un pan propio de alimañas. Pero la lectura fue propósito y mi total significado aquí abajo. Más incluso que escribir. Mi biblioteca fue el premio en la lotería de la existencia. Gané casi lo mejor.
Sobre todo de joven (la medicación y la edad aplacaron el deseo), me asaltaba, de manera virulenta y vehemente, la concupiscencia, la lujuria me rajaba la piel, y, debido a mis nulas habilidades sociales, solventaba ese llamado salvaje de la belleza mediante el amor mercenario.
Casi sin exagerar recuerdo el sabor salobre a gaviota marina de cada uno de los senos amados, la yedra untada de cañas de los labios, los tostados cuerpos en abierto contraste con la sábana.
«La belleza es, en cierto modo, aburrida. Aunque su concepto cambie a través de los tiempos… un objeto bello debe seguir siempre ciertas reglas. Una nariz bella no debe ser ni demasiado larga ni demasiado corta, al contrario, una nariz fea, puede ser tan larga como la de Pinocho, o tan grande como la trompa de un elefante, o parecerse al pico de un águila, y así la fealdad es imprevisible, y ofrece un abanico infinito de posibilidades. La belleza es finita, la fealdad es infinita como Dios», Umberto Eco.
«La juventud es feliz porque tiene la capacidad de ver la belleza. Quien conserva la capacidad de ver la belleza nunca envejece», Kafka.
«No hay belleza exquisita… sin cierta extrañeza en la proporción», Edgar Allan Poe.
“Beauty in distress is much the most affecting beauty. Blushing has little less power; and modesty in general, which is a tacit allowance of imperfection, is itself considered as an amiable quality, and certainly heightens every other that is so”, Edmund Burke.
«La belleza es sólo superficial, pero lo feo llega limpio hasta los huesos», Dorothy Parker.
«Llorar es para mujeres sencillas. Las mujeres guapas van de compras», Oscar Wilde.
«¿Y si alguien llegara a ver la Belleza en sí, absoluta, pura, sin mezclas, no contaminada por la carne humana, ni por los colores, ni por ningún otro obstáculo de la mortalidad, si pudiera ver la Belleza divina en su alta forma? ¿Crees que sería una pobre vida para un ser humano mirar allí y contemplarla por lo que es, y vivir en ella? ¿O no has recordado que únicamente en esa vida, cuando mira a la Belleza de la única manera en que la Belleza puede ser vista, solo entonces le será posible dar a luz no a imágenes de virtud, sino a la misma virtud?», Platón.
«Elijo a mis amigos por su buen aspecto, a mis conocidos por su buen carácter y a mis enemigos por su buen intelecto», Oscar Wilde.
«No me importa que me impongan ser glamurosa y sexual. La belleza y la feminidad no tienen edad y no se pueden fingir, y el glamour, aunque a los fabricantes no les guste, no se puede fabricar. El glamour real no; se basa en la feminidad», Marilyn Monroe.
NOTA BENE: La bibliografía sobre estética es colosal. Lamentablemente los libros de estética suelen estar escritos nada estéticamente. Recomiendo, entre cientos de ellos, estos clásicos:
PLATÓN, «Fedro y Fedón», en Diálogos VI. Mª Á. Durán y F Lisi, eds. y trads., Gredos, Madrid, 1992. También, por supuesto, «El Banquete» y el «Filebo», bueno, en puridad, la OBRA COMPLETA de Platón (varias ediciones)
También, KANT, «Crítica del juicio», Tecnos, y HEGEL, Georg Wilhelm Friedrich, «Lecciones sobre estética». Hay dos versiones espaňolas muy aconsejables: la de Alfredo Brotons Muñoz, en un solo volumen, en Akal, Madrid, 1989; y la de Raúl Gabás, en Península, Barcelona, 1989.
Pero mi texto de estética favorito es: ADDISON, Joseph, «Los placeres de la imaginación». Tonia Raquejo, ed. y trad., «La balsa de la Medusa», Visor, Madrid, 1991.
Lean y toquen y palpen la Belleza, esa burbuja llena de estrellas de nieve, el claro donde dormir la eternidad, el cálido pensamiento encendido en los altares del alba, ese animal depredador de ojos felices, esa rosa sin porqué.
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«Termino “Los españoles en la literatura” de Menéndez Pidal. Queda clara la constante que señala la historia literaria española: realismo, sobriedad, moralismo, arte mayoritario. Que también podrían ser llamados: falta de imaginación, pobreza, estrechez, vulgaridad…», Gregorio Marañón.
¿Logró salir nuestra literatura de sus raíces baldías incrustadas en la tradición hampesca, cainita, o de la publicidad actual voceada por las industrias de la incultura? ¿De lo atolladeros tabernarios centrados en una prosa chica, funcionaria, rural, pedestre, aturullada, avillanada? ¿Crecer -no se tome en serio la pregunta- junto a la literatura española puede considerarse equivalente a nacer con una minusvalía, con una discapacidad lingüística?
La solución, a mi juicio, no es que si los los mocasines rojos y los zapatos luminosos, la modernidad, la droga y tal, que esto, que lo otro, que el yate, la última ola feminista, la regata Oxford-Cambridge, la serie Gazing Ball de Koons, el Devocionario Web o los insondables misterios tántricos y esotéricos. La solución es convencernos de que nuestros libros poco más se elevan y valen de los que escribiría un mamacallos de secundaria con acné.
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Intuyo, con una cereteza que no se deja vencer ni no persuadir, que se acerca mi final. Solo un mensaje en esta botella viajando en el océano helado de la nada: PERDÓN. Pido perdón a todo el mundo, jurando la sinceridad de esa petición de perdón sobre las cenizas de mi madre.
Perdonadme si he sido un monstruo.
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En ese mensaje en la botella lanzada al mar de la nada, deseo que figure una palabra verdadera, fuerte e inequívoca: GRACIAS. Al amor de mi madre y mi hermana, de mi familia en general, de mis perros, de aquellos contadísimos amigos que durante algún momento de mi vida contaron como algo propio, al amor y belleza de Marta («Laudare praestat benevolentiam, quam ingenium», Es mejor alabar la bondad que el genio), gratitud también a los libros (retirado en la inmóvil torre vigía de mi biblioteca, brilló una invisible luz de compañía numerosa), y gratitud a la vida en sí. Al mundo: coro, dragón y materia. Vivir es como sobrevolar barrancos gigantes, o darse una zambullida en el Helesponto. Algún día el polvo glacial cubrirá las obras insignes de los hombres. Y en estos momentos, bajo un limonero, una niña entierra llorando a su cocker de color miel. Pese a todo, acaso no sea del todo un mito la bondad y la necesidad de dar por ella gracias.
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Mis voces triturando un corazón de lavadora, pataleando acolchados versículos bíblicos en el cráneo. Traga el plasma astillado. Los azules nerviosos de la noche segando la mancha de las páginas. Calor de un fuego de gusanos pegado a las habitaciones. Una bola de hielo color rojo sangre en el delantal del carnicero equivocando mis ojos. Leche de rata soltada en el vello de mis muslos. Panzudas dentaduras de mariposa en mis impotentes labios de burdas tierras montañosas. Y las ideas crispadas como pulgas devorando la sábana, y un murciélago entrando por la ventana y que tapa mis oídos, y boñigas en polvo dentro de la boca. O el pellejo del pene súbitamente gangrenado. La locura. Quien la tiene lo sabe.
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Que mi mamá me leyera un cuento, el ajedrez con con mi padre, jugar con mis hermanas, la ternura blanca de mis abuelas, el quiosco como lugar idóneo donde adquirir tebeos, la perspicacia de Lois Lane, la fosforescencia de Flash Gordon, y Sandokán, y el Corsario Negro.
«Por cada minuto que estás enfadado pierdes sesenta segundos de felicidad», Emerson.
«Es tan difícil olvidar el dolor, pero es aún más difícil recordar la dulzura. No tenemos ninguna cicatriz que mostrar de la felicidad. Aprendemos tan poco de la alegría», Sarah Kofman.
«Cada hombre tiene sus penas secretas que el mundo no conoce; y a menudo llamamos frío a un hombre cuando solo está triste», Longfellow.
«If more of us valued food and cheer and song above hoarded gold, it would be a merrier world”, Tolkien.
«La felicidad es un cachorro calentito», Charles M. Schulz.
«Seamos agradecidos con las personas que nos hacen felices; son los encantadores jardineros que hacen florecer nuestras almas», Proust.
«Sentí que mis pulmones se inflaban con la irrupción del paisaje: aire, montañas, árboles, gente. Pensé: «Esto es ser feliz»», Sylvia Plath.
El intrépido Emilio de Roccanera, señor de Ventimiglia, terror de los mares del Caribe, ha jurado vengarse de quienes mataron a sus hermanos, el Corsario Rojo y el Corsario Verde. Y el mar, el mar: «El mar del Caribe mugía furiosamente, en plena tempestad, arrojando verdaderas montañas de agua contra los muelles de Puerto Limón y las playas de Nicaragua y Costa Rica. El sol aún no se había puesto, pero ya empezaban a descender las tinieblas, como impacientes por ocultar la encarnizada lucha de cielo y tierra (…)».
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La vergüenza por el recuerdo de mi propia locura, o por el remordimiento del horror ante mi propia desgracia, no dispone mi mente hacia la tranquilidad y la alegría.
Las 3:50 de la mañana. Me cuesta escribir. Carezco de orden mental. Cafés colosales en grandes estaciones de tren europeas. Apunto en mi cuaderno (vano deseo): «Bon pour deux baisers, le 12 juillet de 2025».
La vida sosa. Ah una vida de champagne: elegante, refinada, «mondaine», exquisita, y alegre, y ruidosa, y brillante, y petulante, y artificial. Una botella de champagne viene a ser una cosa como la «La valse brune», como las palabras de la «Historia romana» de Veleyo Patérculo, como la poesía de Góngora, como una fiesta en el palacio del Buen Retiro, como una ilustración de Quint Buchholz. Una copa de champagne contra la vida desangelada.
Las 4:10 de la mañana ¿Pude, siquiera durante un rato, durante uno o dos minutos, saborear la profunda felicidad? La vida es un infierno indecible. Pero existe el amor, el arte, la paz o la belleza. Recorro las salinas siberianas de la existencia. Y, por desgracia, la felicidad está ahí ¿Existe la posibilidad de que otro corazón se acerque al mío? Estoy enfermo y no puedo evitar mantener esa rara fe. A veces no me siento tan miserable como la prudencia debiera aconsejarme.
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«Es necesario frenar el poder del gobierno. Esta es la tarea de todas las constituciones, cartas de derechos y leyes. Este es el sentido de todas las luchas que los hombres han librado por la libertad», y nos recuerda también von Mises, reflexionando sobre las relaciones entre libertad y periodismo, que para crear y sostener una sociedad libre, una prensa libre es un componente crucial, una condición necesaria para la constitución de esa libertad. Creía asimismo que los periodistas deben ser independientes y valientes en su búsqueda de la verdad, y estar dispuestos a DESAFIAR a quienes están en el poder, sin importar las consecuencias.
Una prensa libre e independiente es esencial para informar al público, responsabilizar a los líderes, a los ciudadanos, y prevenir el abuso de poder. Aunque esa prensa sea una mosca cojonera, aunque esa prensa no tenga unos modos cardenalicios que, en realidad, en el fondo, esa forma y fondo sean solo un subterfugio de la censura y el bozal, o la mera tergiversación.
«Una prensa libre puede, por supuesto, ser buena y mala, pero, sin duda, sin libertad, la prensa nunca será más que mala» Esta cita a menudo se atribuye a Albert Camus, pero refleja las propias ideas del gran Raymond Aron. Recordemos estas obviedades y batallemos por ellos.
En «El fracaso de la cultura», Revel sintetizaba de este modo su autopsia: «La gran desgracia del siglo XX es haber sido aquel en el que el ideal de la libertad fue puesto al servicio de la tiranía, el ideal de la igualdad al servicio de los privilegios y todas las aspiraciones, todas las fuerzas sociales reunidas originalmente bajo el vocablo de “izquierda”, embridadas al servicio del empobrecimiento y la servidumbre. Esta inmensa impostura ha falsificado todo el siglo, en parte por culpa de sus más grandes intelectuales. Ella ha corrompido hasta en sus menores detalles el lenguaje y la acción política, invertido el sentido de la moral y entronizado la mentira al servicio del pensamiento».
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«Decís vosotros que los tiempos son malos. Sed vosotros mejores, y los tiempos serán mejores: vosotros sois el tiempo», Agustín de Hipona (354-430)
Lo cuenta Andrés Trapiello, que se lo oyó contar a su vez a Luis Antonio de Villena. Un periodista le preguntó a Rosa Chacel qué estaba escribiendo… “Una novela que se titula «El pozo artesiano»”. “¿Y de qué trata?”. “¿De qué va a tratar?”-le contestó. “Pues de un hombre que va por el campo y se encuentra con un pozo artesiano…Hijo. Las novelas no tratan de nada…”.
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No me verán fogueándome en el padelsurf, el kayak o el surf. Ni relajándome una seráfica mañana en un spa o apuntándome a una clase de yoga o de fitnes al aire libre. Ni alechugado bajo el sol espeluznante. «Vita Cartesii simplicissima est”, recordaba Valéry en «Monsieur Teste». La mía es abrumadoramente más simple. Un libro entre las manos, paseos con la perra, oír pájaros, salmorejo, crema fría de espárragos blancos y mermelada de moras. Feliz verano.
La juventud, qué pronto se pudre. Dura más la piedra, el palacio, la mosca. Llego al final de la vida. Luché, amé, desistí, sufrí (sobradamente, de más), gocé, estudié, leí, supe -demasiado poco- sobre hierología y álgebra, fatigué densos volúmenes sobre holómetros y literatura, fui valiente, arrojado, y también mi boca no logró salvar el rincón de la oscuridad y el miedo.
Y, al cabo, ¡sosiego! Que cese toda ambición. ¡En manos de las estrellas mi suerte y fin! Solo deseo pasar estos breves días sin angustia ni temores ni tinieblas, gobernarme a lo largo de los estantes de la biblioteca y las horas de la noche, o el mar.
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¿Sostuve adecuadamente los hilos que tejieron mi vida? Ejecutar unos ojos sabios y alegres no siempre es tarea fácil. Aunque me vieron más entre monasterios que por lupanares, no negaré que me pertenece una pizca del adocenado estribillo de Meilhac y Halèvy, musicado por Offenbach: “Du plaisir à perdre l´haleine / Oui, voilà la vie parisienne”.
Tiempo del retiro y la calma. De libros, paz y abrillantada melancolía. Tiempo de expulsarse los brugos de la piel. Y a los bibliopolas acudir. Y al universo, convertirlo en un haz con forma de bibliolatría.
Tranquilidad y quietud. Esperar. Nada más.
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En la deliciosa novelita de Yourcenar, «Alexis o el tratado del inútil combate», el tema principal acaso sea la tensión entre la naturaleza del deseo y el sentimiento de culpa, ese engendro casi imposible de acallar, sobre todo para aquel que reprime su verdadera inclinación sexual.
Pero hay unas líneas en que el protagonista reflexiona sobre los libros. Recordemos un fragmento del mismo:
«Los libros hubieran podido aclararme muchas cosas. He oído recriminar su influencia muchas veces. Sería muy fácil para mí hacerme la víctima, quizá mi caso pareciera así más interesante, pero la verdad es que los libros no han tenido ninguna influencia sobre mí. Nunca me han gustado los libros. Cuando los abres estás esperando alguna revelación trascendental, y cuando los cierras te sientes desilusionado. Además, abría que leerlo todo, y no bastaría con una vida. Los libros no contienen la vida; solo contienen las cenizas de la vida. Supongo que a eso le llaman la experiencia humana», Marguerite Yourcenar, «Alexis o el tratado del inútil combate», RBA Editores, 1994, Barcelona, pág. 48.
Los libros y uno. Acaso en este caso podamos aplicarnos aquello de Shakespeare: «I do desire we may be better strangers». Todo puede ser.
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Pasaré el verano entre “editio princeps” (baratas), libros con grabados en cobre, y facsímiles con mapas detallistas de paisajes reflejando pegasos y estirges. Acaso suba esa mole pedregosa y escarpada (yo ya no soy joven) del Mont Ventoux, impulsándome con la idea: «Todo lo vence un trabajo obstinado”, «Labor omnia vincit improbus» (Virgilio, Geórgicas, I, 145-146)
Feliz verano de hamaca, terrazas, flores y vagancia. De corazón les deseo un muy feliz verano.
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Es magro y de temperamento narcisista; tiene la bilis quemada, el rostro demacrado, y el espíritu vengativo y fariseo; los ojos, brillantes y astutos. Vivo hasta el aturdimiento, es un fogoso calculador que va y viene, destella, deslumbra y decapita. Sánchez es un cadáver político.
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“¿Es García Lorca un gran poeta?”. «No, es un autor de entonación chica y éxito muy grande”, que escribió obras “vacías de trascendencia o con una emoción chabacana” y que solo “provoca sus pasiones entre las inteligencias superficiales” y los “aficionados a lo fácil”. Declaraciones de Alberto Hidalgo. De Baroja: “padece de insuficiencia literaria”, le acusa asimismo de haberse arrastrado para entrar en la Academia, tras criticarla durante años, y lo califica de “campeón de la pesadez y la antigramática”, pues “no tiene estilo” y “escribe con las patas” unas “novelas que son un desastre”. En definitiva, “es como si dijéramos un burro inteligente: tiene algunas ideas, pero las manifiesta con torpeza”. Sobre Alfonso Reyes: «taimado y cazurro», «un escritor tan insignificante como su aspecto físico” «y que hizo carrera invitando a comilonas y otros excesos a los críticos y periodistas que pueden repartir famas”.
Lo que Lorca, Baroja y Reyes son para el peruano Hidalgo, es para mí Sánchez. Convirtió España en un lugar corrupto, pobre y peligroso para vivir. En una cochiquera abyecta. En una chatarra de dictador africano.
A Sánchez la mentira insidiosa le atraviesa el corazón como el pan de cada día.
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Autores como William Blackstone describieron la propiedad privada como un derecho «sagrado e inviolable» esencial para la seguridad personal y la libertad individual.
Ayer, a propósito de la mafia okupa, argumenté resumidamente en un programa de radio, la idea de la propiedad privada como pilar fundamental de la libertad y la civilización. Un componente clave del estado de derecho y de cualquier gobierno responsable. La raíz que fomenta la estabilidad social y la cooperación. El marco irrefragable para la eficiencia económica y la prosperidad. Aquel derecho que otorga la posibilidad para que administres tu propia vida y tu propio futuro.
Intenté ser elemental y didáctico. Comprobé que, de modo intuitivo, prácticamente todo el mundo tiene implícitas esas ideas o ideas similares. Donde hay propiedad privada hay civilización. Es un fundamental derecho humano que no debe ser restringido ni arrebatado. Donde no hay propiedad privada ni siquiera es posible la rebelión contra la tiranía. Seamos vigilantes con el poder omnímodo estatal liberticida. Contra el ogro expropiador o confiscador.
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«El hombre más peligroso para cualquier gobierno es el que es capaz de pensar los temas por sí mismo, sin tener en cuenta las supersticiones y tabúes imperantes. Casi inevitablemente llegará a la conclusión de que el gobierno bajo el que vive es deshonesto, demente e intolerable, y entonces, si es idealista, intentará cambiarlo. E incluso si no es idealista personalmente, es muy propenso a propagar el descontento entre los que sí lo son».
Al hilo de esta reflexión de H.L. Mencken, infiero que pocos son capaces de pensar las cosas por sí mismos, y que prefieren un acomodo demagógico a las mieles del rigor diamantino de la libertad y la pureza (o al menos la mínima impureza) moral.
Un presidente no puede defender ni representar a una nación si no es responsable ni apechuga ante sus leyes y la transgresión ilegal de esas mismas leyes.
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Hay que distinguir dos cosas muy claramente. A las personas, a las personas hay que respetarlas siempre. A las personas. Otra cosa son sus opiniones. No todas las opiniones son respetables, ni muchísimo menos. Si la gente dice una estupidez, es otra estupidez afirmar: “Esa es una opinión y, por lo tanto, muy respetable”. Pues no.
Hay opiniones que son nada respetables. Las personas son respetables, las opiniones, no. LAS OPINIONES SE TIENEN QUE GANAR EL PROPIO RESPETO. Y lo que no se pueden tolerar son las opiniones que no son respetables. Entonces, no hay que ser tolerante con cualquier tipo de opiniones, no necesariamente debemos respetar todos los puntos de vista posibles.
¿Todo es igualmente valioso? Pues miren, no. Hay cosas que no son admisibles, que no son presentables y que no son respetables, y otras que sí, y hay que abundar mucho en ello.
Existen opiniones pésimamente argumentadas, o memas, o crueles o racistas. Se respeta al sujeto ético que manifiesta esa opinión o idea, se respeta su derecho a no ponerle un bozal y que pueda expresarla, pero ello (quede claro el distingo) no significa que se respete el contenido intelectual que contiene la idea. Yo no respeto ideas (o conclusiones a supuestos argumentos) de la especie:
-Hay que matar a los judíos.
-Los homosexuales son pederastas.
-La izquierda [o la derecha] siempre roba.
-El gobierno está encubriendo información sobre extraterrestres.
-El 11-S fue un auto-atentado.
-El cáncer se cura con hipnosis.
-La astrología acierta más que un TAC.
Etcétera.
Nota bene (1) : Lo que una persona encuentra extravagante, otra podría considerarlo simplemente una opinión válida, aunque minoritaria. La extravagancia no implica necesariamente que una opinión sea incorrecta o absurda, simplemente que se sale de la norma.
Los libros del obispo Berkeley, por poner solo un ejemplo, pese a su rareza, expresan opiniones extraodinariamente bien razonadas e inteligentes.
A menudo la ciencia o la filosofía avanza refutando las opiniones ortodoxas. Atreviéndose a pensar a la contra.
Nota bene (2): De forma DELIBERADA y CONSCIENTE, en muchos posts o en muchos tramos de mis libros, uso falacias groseras y sofismas, pues mi intención es el impacto emotivo y no la verdad (la creencia razonada, la opinión bien fundamentada, mejor dicho) Sustitituyo la persuasión lógica por la elocuencia estética, la prueba por lo epatante o el impacto. Tengo la impresión que la capacidad argumentativa (una habilidad perfectible) deja mucho que desear. Y temo que con las redes, con su inmediatez irreflexiva, además de una merma en la belleza lingüística, se agudiza una especie de elemental pseudopensamiento reducido al mero y cesarista pulgar arriba o pulgar abajo. Ello redunda en un abajamiento del discurso público, y en la potencial degradación de la democracia, o bien en la manipulación de sus votantes. Debemos aspirar, no renunciar a nuestra soberanía intelectual.
Un libro raro e hipnótico, «Ferias y atracciones», de Cirlot, ensayo publicado en 1950, que la editorial Wunderkammer, en cuyo catálogo encontramos a Nerval, Valentine Penrose, Éliphas Lévi o Marosa di Giorgio, reedita con sumo esplendor (sus publicaciones en tapa blanda son de lo más singulares: estrechas, 10 centímetros de ancho por 21 de alto, cubiertas impresas manualmente en una vieja Minerva en tipografía móvil de la familia Bodoni y lo más original es que cada libro viene con una impresión o estampita coleccionable de una de las ilustraciones o carteles que podemos ver dentro del libro) No duden en pedirlo a su librería.
El Tiempo celoso se desliza entre mármoles y cárceles de sirenas, y se desaprovecha la hora de los estudios nobles. Apenas ya puedo leer, ni pensar, altas torres defendiendo el odio. Se imponen voces y delirios como calles enlutadas de nombres con arcos rotos y termas destartaladas. La Soledad, florida, dramática, y la ansiedad de turbias turbinas de hielo. Crece dentro un péndulo insomne, hachas redondas, pupilas secas, vendavales de hierro y animales sin aire. Me espanta saber lo que será de mí.