Observaciones literarias y obras de creación en estado embrionario, susceptibles entonces de enmienda y no definitivas.
Autor: christiansanz71
No me verán fogueándome en el padelsurf, el kayak o el surf. Ni relajándome una seráfica mañana en un spa o apuntándome a una clase de yoga o de fitnes al aire libre. Ni alechugado bajo el sol espeluznante. "Vita Cartesii simplicissima est”, recordaba Valéry en "Monsieur Teste". La mía es abrumadoramente más simple. Un libro entre las manos, paseos con la perra, oír pájaros, salmorejo, crema fría de espárragos blancos y mermelada de moras. Feliz verano. Libertad, lógica y literatura.
O me hacen Papa o hijo predilecto del ayuntamiento. Yo hubiera sido un Papa de «chinoiserie». Acostumbrado al traje, formas y ceremonial mandarinesco, a sus capas confucianas letradas. Mi cara aceitunada favorecería la caracterización. En lugar de la casulla, el palio y el roquete, una túnica de brocado azul oscuro, abrochada a un lado, con ricos bordados de dragones y flores de oro en la pechera; en lugar de la cruz pectoral y el anillo de pescador, una chupa de seda de un azul más claro, corta, amplia y suelta; los calzones de raso color avellana, babuchas bordeadas de perlas y la media sembrada de estrellitas negras.
Y sustituir la «ensalada caprese» o el «fetuccini alla puttanesca» o el «bucatini all’amatriciana», y también cualquier especie de «gelato», por ostras de Ning-Po, delicioso hilado de aleta de tiburón, ojos de carnero con picadillo de ajo, un plato de nenúfares en almíbar, y naranjas de Cantón o el arroz sacramental.
«Estar bien vestido da una sensación de tranquilidad interior que el psicoanálisis es incapaz de otorgar», Sebastian Horsley. Tengo mejor gusto que nadie, así que no me importa lo que piensen los demás sobre nada. Yo tengo razón y ellos están equivocados. Un Papa de chinería o nada.
Quiero, entre otras cosas, ser escritor, dandi, amante, excéntrico, sabio, virtuoso, buen tipo, hombre de honor, duro, derrochador, oportunista, «raisonneur»; ser muy rico, ser muy pobre, poseer mil amantes, estar en las mejores relaciones con todos los hombres, vengar salvajemente la afrenta más leve, vivir hasta los cien años lleno de vida y honor, morir joven y desconocido, pero reconocido al día siguiente como el genio más olvidado de la época. Quiero ser el primer Papa chino y esquizofrénico de la historia.
León X, hijo de Lorenzo el Magnífico, el primer Médicis en el Pontificado, tuvo una pequeña corte de literatos, hombres de ciencia y artistas; él mismo era poeta, músico, arqueólogo y filósofo, con varia cultura y con un ingenio versátil, sensible a toda forma o incitación de lo bello, pero acaso un diletante falto de profundidad. El siglo de León se llamó “áureo” gracias a su mecenismo. Promocionó y protegió a la Universidad, y por su empeño, empezó una nueva era la carrera de Rafael. Todos los poetas y humanistas debemos encomiar a este Papa mediceo.
Benedicto XIV reflexionó con superior inteligencia y extraordinaria erudición. «¡A lo mejor me reprobarán -escribió- el que haga una escapatoria por los poemas de Dante, Tasso o Ariosto; pero es que a menudo necesito recordarlos para tener una expresión más viva y mayor desenvoltura de pensamiento!”.
Docto, y amigo de los doctos, fue asimismo sombra benigna de los doctos. Iban a Roma a debatir y consultar con él los sabios de mayor nombre y fama de Europa. Deseaba obispos y clérigos, no solo piadosos y de costumbres ejemplares, sino también de vigorosa solidez intelectual. Monarca sin favoritos ni cortesanos -papa sin nepotismo-, y doctor sin orgullo -censor sin acrimonia. Voltaire, corifeo contra la religión, escribió un dístico a Benedicto XIV muy admirativo:
«Lambertinus hic est, Romae decus et pater orbis / Qui mundum scriptis docuit, virtutibus ornat”.
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Creo que el próximo Papa se alimentará de kebabs y donuts, se pintará los mofletes como una drag-queen e irá con playeras; se vestirá con tutús y tocará la guitarra durante la liturgia; y se pondrá AC/DC en los auriculares para dormir. Le encantará el fútbol, las pipas y los pistachos. Para la cristiandad no habrá otro mejor.
«Recibí los fundamentos de mi educación en la escuela, pero eso no fue suficiente. Mi verdadera educación, su superestructura, los detalles, la real arquitectura, la obtuve en la biblioteca pública. Para un niño pobre cuya familia no podía permitirse comprar libros, la biblioteca era la puerta abierta a la maravilla y al logro, y nunca estaré suficientemente agradecido por haber tenido el talento y las ganas de cruzar esa puerta y aprovecharla al máximo. Ahora, cuando leo constantemente sobre la forma en que se recortan y recortan los fondos de las bibliotecas, sólo puedo pensar que la puerta se está cerrando y que la sociedad estadounidense encontró una forma más de destruirse a sí misma», I. Asimov.
«Había encontrado mi religión: nada me parecía más importante que un libro. Veía la biblioteca como un templo», Toby David Godfrey Ord.
«Una biblioteca pública es lo más democrático del mundo. Lo que se puede encontrar en ella destruyó a dictadores y tiranos. Los demagogos acaso persigan a los escritores y les obliguen a decir lo que tienen que escribir, pero no pueden eliminar lo que se escribió en el pasado, aunque lo intenten con bastante frecuencia… Las personas que aman los libros tienen al menos una parte de su mente inmune al adoctrinamiento. Si lees, puedes aprender a pensar por ti mismo», Ruth Barcan Marcus.
«Las bibliotecas cambian vidas a mejor», Lorenzo Peña y Gonzalo.
«La biblioteca reúne al peor grupo de personas jamás reunido en la historia. Tipos mezquinos, conspiradores, groseros, pero extremadamente cultos, lo que los hace peligrosos», Jaakko Hintikka.
«Leo libros, uno tras otro, como si fumara compulsivamente. No hago distingos: novela rosa y negra, ciencia ficción, fantasía en papel «pulp», historia, ciencia, matemáticas, filosofía, poesía, libros de cualquier siglo, en ediciones de lujo o en papel «pulp»…. Me siento, imperturbable, en un círculo de luz, y vivo la vidas ajenas y absorbo feliz los conocimientos de otros», Aleix Leví Carballo.
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«Nunca deseo conversar con un hombre que ha escrito más de lo que ha leído», Samuel Johnson.
«Belcebú se esconde entre demasiados libros», Erasmo.
«Sea cual fuere la desgracia que pese sobre el ser humano, en la Escritura encontrara el antídoto adecuado, que ahuyenta todo pesar. Así, pues, es necesario no solo lecturas en la Iglesia, sino tambien en casa, y hacer que la lectura sea provechosa»; San Juan Crisóstomo.
«Cuando ocurre que el mayor enemigo de la verdad no es la falsedad, sino el galimatías, entonces la mayor virtud intelectual no es la brillantez deductiva o la erudición fáctica, sino el sentido común», G. E. Moore.
«La erudición es el residuo crudo de las cosechas marchitas; el ingenio: la mala hierba entrometida que las marchita», San Buenaventura.
«Como todos sabemos, hay casi una especie de placer perezoso en la erudición inútil y fuera de lugar», Jorge Luis Borges.
«Nunca se denunciará lo suficiente que los libros raros y agotados antes solo podían encontrarse en las estanterías de unas pocas bibliotecas, o los artículos interesantes en números antiguos de revistas de alta cultura. Gracias a Internet todo eso es totalmente accesible para la inmensa mayoría del público», Pierre Levy.
“But it is very difficult to be learned; it seems as if people were worn out on the way to great thoughts, and can never enjoy them because they are too tired», Mary Ann Evans, «Middlemarch».
«¿Acaso saber una cosa no sirve de nada si otra persona no sabe que tú la sabes?», Persio.
«Las drogas no son nada comparadas con el éxtasis de la erudición», A. Escohotado.
«…hay entretenimiento en la erudición», Chicago Tribune, 8 de febrero de 1937.
«Para aquel que robe un libro de la biblioteca haz que se convierta en una serpiente su mano, y que lo desgarre en pedazos. Haz que sea atacado de parálisis, y que todos sus miembros exploten. Haz que languidezca en dolor, pidiendo a gritos piedad, y haz que no haya final para su agonía, hasta que se hunda en solución. Haz que los gusanos del libro royan sus entrañas, en advertencia del gusano que no muere, y cuando vaya a su castigo final, haz que las llamas del infierno lo consuman para siempre. Amén”, Maldición a los ladrones de libros, del monasterio de San Pedro, Barcelona.
«Cuando tenga una casa propia, seré miserable si no tengo en ella una excelente biblioteca», J. Austen, Orgullo y prejuicio.
«Mi biblioteca es un archivo de anhelos», S. Sontag, Diarios y cuadernos, 1964-1980.
«En Egipto se llamaban las bibliotecas el tesoro de los remedios del alma. En efecto, curábase en ellas de la ignorancia, la más peligrosa de las enfermedades y el origen de todas las demás», Jacques Benigne Bossuet.
«Las naciones verdaderamente ilustradas se propusieron y lograron frutos muy diferentes de sus bibliotecas públicas. Las treinta y siete que contaba Roma en los tiempos de su mayor ilustración, eran la verdadera escuela de los conocimientos, que tanto distinguieron a aquella nación célebre, y las que son hoy día tan comunes en los pueblos cultos de Europa, son miradas como el mejor apoyo de las luces de nuestro siglo», Mariano Moreno.
«Me gustaba leer libros de la misma manera que me gustaba ir al cine u hojear revistas y periódicos. No lo hacía porque esperara que me sirviera para algo ni porque persiguiera un objetivo como, qué sé yo, sentirme superior a los demás, más sabio o más profundo. Incluso me atrevo a afirmar que el hecho de convertirme en un ratón de biblioteca me enseñó a ser modesto», Orhan Pamuk.
«La biblioteca destinada a la educación universal, es más poderosa que nuestros ejércitos», José de San Martín.
«Nunca pidas disculpas a un autor por comprar su libro en rústica o sacarlo de una biblioteca (para eso están las bibliotecas, para usarlas) No pidas disculpas a un autor por comprar libros de segunda mano, por conseguirlos en bookcrossing o por tomar prestado el ejemplar de un amigo. Lo que importa es que la gente lea los libros y los disfrute, y simplemente que, en algún momento, el libro haya sido comprado por alguien. Y que la gente a la que le gustan estas cosas, se lo cuente a otras personas. Lo más importante es que la gente lea…», Amelia Atwater-Rhodes.
«Nada hace a un hombre más respetuoso que una biblioteca», Winston Churchill.
«Para instalar una buena biblioteca particular se necesitan dos cosas: un amplio círculo de amigos y una mala memoria», George Trevelyan.
«Si hortum in bibliotheca habes, deerit nihil», Cicerón.
«Una biblioteca es como una isla en medio de un inmenso mar de ignorancia, sobre todo si la biblioteca es muy alta y los alrededores se han inundado», Lemony Snicket.
«¿Qué es una biblioteca si no es una forma de sentir? El entusiasmo del primer día, el optimismo y la esperanza del aprendizaje, la tranquilidad del espacio, la felicidad e ilusión de despertar la imaginación, la creación de amistades… A una biblioteca se la quiere, mientras ella se deja querer», Julián Marquina.
«Las malas bibliotecas crean colecciones, las buenas bibliotecas crean servicios, las grandes bibliotecas crean comunidades», R. David Lankes, director de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad de Carolina del Sur.
«Una universidad es solo un grupo de edificios reunidos alrededor de una biblioteca. La biblioteca es la universidad», Shelby Foote, escritor, historiador y periodista estadounidense.
«Los libros de segunda mano son libros salvajes, libros sin hogar; se han reunido en grandes bandadas de plumas variadas y tienen un encanto del que carecen los volúmenes domesticados de la biblioteca. Además, en esta compañía miscelánea aleatoria podemos frotarnos con algún completo desconocido que, con suerte, se convertirá en el mejor amigo que tenemos en el mundo», Virginia Woolf.
«Fue bueno volver a entrar en una biblioteca; olía a casa», Elizabeth Kostova, escritora estadounidense de origen eslovaco.
«Podemos sentarnos en nuestra biblioteca y aun así estar en todos los rincones de la tierra», John Lubbock, prehistoriador, político, entomólogo y arqueólogo británico.
«Toda biblioteca es un viaje; todo libro es un pasaporte sin caducidad», Irene Vallejo.
«Una biblioteca en medio de una comunidad es un cruce entre una salida de emergencia, una balsa salvavidas y un festival. Son catedrales de la mente; hospitales del alma; parques temáticos de la imaginación. En una isla fría y lluviosa, son los únicos espacios públicos protegidos donde no eres un consumidor, sino un ciudadano», Caitlin Moran, autora y periodista británica.
«La existencia misma de las bibliotecas ofrece la mejor prueba de que aún podemos tener esperanza en el futuro del hombre», T. S. Eliot.
«Esa perfecta tranquilidad de la vida, que no se encuentra en ninguna parte sino en el retiro, en un amigo fiel y en una buena biblioteca», Hernando de Acuña y Zúñiga.
«Tu biblioteca es tu paraíso», Aleix Leví Carballo.
La escala de colores; la escala de la cajita de perfumes. A roja, e verde, i amarilla, o violeta, u ocre. Reverberan en la placa de vidrio del cristal de la ventana de mi aposento como una luz inefable, religiosa y fosforescente. Las fajas de color, los rondeles, los cuadrados de verde, rojo, amarillo, negro, van pasando lentos, solos, despaciosos. Blancura refulgente de d, rosicler de oro de la s. Probaturas imposibles de intentar escribir sin percibir colores. De ahí mi estilo charro, artificioso, alambicado, recargado. Prosa embarazosa y accesoria de efectos, NO así una prosa rica de ideas y sensaciones.
Intento escribir y me queda todo como esos dibujos de personas con aspecto de renacuajos que hacen los niños, huevos con piernas en L y brazos que terminan en dientes de rastrillo. Porque, insisto, no me guio por conceptos ni por sensa-data exteriores, sino por tintes y pinturas: esto, con tipo chirriante naranja, lo otro, calidad subida de ciruela, lo de más allá, aflautada palta.
Mi español es una lengua de palabras beatas, papables, cardenales de plexiglás, acuarelas lentas y bonachonas y aldeanas, montones de vocales espesas, aes y oes abiertas igual a ondas vibrando en el espectro luminoso, hinchadas, íes y ees, qué letras bobas, arrastradas, verdadero beh de vaca. Acuarelas eunucoides, desprovistas de sentido del decoro, especie (pimienta, clavo, canela) de poca suculencia.
Nota bene: Hablo pastosamente, parezco un borracho, con cuádruples y quíntuples nasales, ramplón de recortada prosodia, despepite de émbolo dialéctico. Mi oralidad se nubla de negros y cortinillas deslustradas. Hablo zarrapastrosamente, comiéndome letras y trabucando fonemas. No sé ni hablar ni escribir.
Oigo romper el viento en la tarde de primavera. Olor de eucalipto, tejas rojizas y flor silvestre. Tranquilamente pasé mi vida leyendo. La vida es ocio. Salgo de la cama hacia orillas fluviales, pesa, pasa sobre mi mano el mármol: “Medio de fonte leporum surgit amari aliquid quod in ipsis floribus augat”. “Brota de la fuente de los placeres, algo, un algo amargo, que hasta en las mismas flores nos aflige”.
El armonioso latín romano. Riñen en la orilla del río, azules y morados de trastarde, “dous carballos”. En mi palma el volumen facsímil de la “Bibliotheca”, de Photius. Lenguas regias, civilizadas y nobles, de cerebro zigomático, para leer y estudiar en tranquilidad. Me colman las salinas y esteros de sus páginas.
En este mundo plagado de ondas, pantallas e imágenes, el libro, con sus ojos de sol y su barba endrina de pirata, representa un talismán saludable y personal. Lo mejor por lo que vivir.
Acompañamiento de jácaras de españolones. Patriotas de pelo en pecho, torerillos y contrabandistas y mercheros y ternes, matantes de burdel y de colmado, jaques de playa y políticos de la trena, toman sobre su conciencia mantener el Infecto Orden Hispano dando mulé a la Inteligencia. Toros de Navarra, Madrid, Boecillo, Utrera o el Puerto de Santa María, albarderos, yugueros y seroneros, fullones, oficinistas, todo sea por el soso tabernario Felipín de Todos los Cuernos.
(A Camilo de Ory)
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Una buena trufa asada en las cenizas del carbón de encina. Trufas color de ébano, gordas como el puño (las pobres “tartuffi Bianchi” son una especie de patatillas comparadas con las trufas de Périgord)
La literatura o es una “poularde demi-deuil”, impregnada en el gusto de la trufa, o es literatura muerta que no se reconcilia con la vida.
El mar de Ulises. Las Cicladas. Sicilia junto a la almadraba. Martes, seis de mayo. Sol y claridad. Sopla luz por las colinas superiores, parras enjaezadas, piel alta y verde del césped en mi jardín. Las pencas en la tunería de lechuzas, algas alginatas y traineles, luces cobrizas, ciencia caldea grimoria de pentáculos. Azabaches y careles de las jigas. Buen día, dorados en la crayola del sol. La literatura o tiene sabor de trufa o mejor callar.
Detrás de todas tus historias, siempre está la historia de tu madre, porque la suya es donde empieza la tuya. Mi madre era la mujer más hermosa que he visto nunca. Todo lo que soy se lo debo a ella. Atribuyo mis impensables éxitos (no caer de por vida en un sanatorio, mi creatividad literaria, la independencia) a su tesón, a la educación moral, intelectual y cultural que me dio.
Recuerdo una idea que repetía: «Los hijos sois cuchillos. No lo hacéis a propósito, pero cortáis. Y aún así nos aferramos a vosotros. Os agarramos hasta que la sangre fluye». Demasiada sangre fluyó de tu mano por mi culpa. Desde los átomos del cielo, escucha mis disculpas y advierte mi amor sin medida. La casa, el tiempo, los objetos, la comida, tienen ahora un irrenunciable sabor a recuerdo. Feliz día, mamá.
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Cielo plomo-gris, pero persa, turquí, encerrando siembras de cobalto, hormigueante como tus ojos. Aunque sea un cúmulo de dolor, no odio la vida. Domingo cuatro de mayo, hidrología, oceanografía de pétalos cromáticos: azules, violetas, verdes, grises, rosados. La soledad me llega a lo más hondo. Llevo hecho todo aquello que podía hacer: intentar trabajar (no escribo nada decente), leer un poco, prepararme la comida. El aire, como un enrejado tamizando contraluces. La naturaleza es hermosa. Un extraño y mágico archivo la naturaleza. Todavía no se puede salir a la calle sin algo de abrigo. Casi un año sin ti.
Se oye un sollozo en las escaleras, tarde, por la noche, tal si se desplegaran filamentos infinitamente tenues de desdicha. El rocío en el seto, la lisa puesta de sol sobre un campo primaveral, el tic-tac del reloj en el comedor (las dos manecillas son caravanas que cruzan el desierto) Un llanto al fondo de la casa. La campana suelta su tantán, ladran perros a lo lejos, la piedra morada, el parpadeo de la Luna. Y en mitad de esa escena aparece mi madre: ojos de joyas de agua, vestido de piel de puntas de diamante en azul acerado barriendo las playas. Mamá tiene un aura de líneas rosáceas casi amarillas, un carácter bondadoso y paciente de bonsai, un tacto de espiga madura, una belleza que ocasiona un mareo dulcísimo. Soy yo quien llora “¿Qué te pasa hijo?”, “No me contaste el cuento”, “Ahora mismo. Vamos”. Y el mundo se hace grande, redondo, estupendo, con fresco y calor a la vez, con muchos olores buenísimos. Mis ansiedades se calman y me entrego a la dulzura de la noche de mamá en mi cuarto contándome el cuento. Sabía que una noche así no podría volver; que el deseo más fuerte para mí del mundo, tener a mi madre conmigo, acaso pugnaría alguna vez con otras necesidades y negaciones de la vida. Aquellas noches con ella leyéndome, pasaron a ser más que algo ficticio y excepcional. Fueron la vida, el sentido y la felicidad misma en la tierra. Una felicidad que no morirá mientras yo viva.
La literatura «à court de temps». Lleno de aprensiones, no me encuentro bien. Acontecimientos nimios. Salió algo el sol. De pronto el aire se puebla de vencejos. Vienen desde sus nidos de altas torres, puro silbido y velocidad, lanzados al cielo, cortándolo con navajazos zigzagueantes. Puntada va, puntada viene, el aire se convierte en el lienzo que incansables cosen. Los días iguales como pedazos de espaciotiempo midiendo nuestro paso y estremecedoras ansias. Perdidos en un fondo hondo y legamoso.
Los cuernos de las vacas parecen rellenos de luz. Los setos salpicados de mieses de color rubio intenso. Cabezas de las nubes discurren como un filósofo neoplatónico. Al pasar, como con una red, cogen a mi aldea; al irse, dejan que vuele libre. En mi habitación, soledad y alas flotantes de no sé qué.
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«Que te dejen en paz es lo más valioso que se le puede pedir al mundo moderno», Enrique Mercado.
«Hay días en los que la soledad es un vino embriagador que te emborracha de libertad, otros en los que es un tónico amargo, y otros en los que es un veneno que te hace golpear tu cabeza contra la pared», Salva Robles.
«El alma que ve la belleza a veces camina sola», Pedro López Lara.
«Nuestro lenguaje ha percibido sabiamente las dos caras de la soledad del hombre. Ha creado la palabra «soledad» para expresar el dolor de estar solo. Ha creado la palabra «soledad» para expresar la gloria de estar solo», Marc Colell.
«Ciertamente, el trabajo no siempre es necesario para el hombre. Existe algo así como una ociosidad sagrada, cuyo cultivo se descuida ahora terriblemente», María Jose Vidal Prado.
«La maldición del escritor es que, incluso en la soledad, sea cual sea su duración, nunca se siente solo ni se aburre», Ana Vade.
«Odio la soledad, pero temo la intimidad. La sustancia de mi vida es una conversación privada conmigo mismo que, de convertirse en diálogo, equivaldría a la autodestrucción. La compañía que necesito es la que me proporciona un bar o un café. Nunca he querido una comunión de almas. Ya es bastante difícil decirse la verdad a uno mismo», Aleix Leví Carballo.
«La mitad de mí está llena de palabras desbordantes y la otra mitad es dolorosamente tímida. Ansío la soledad, pero también la gente. Quiero verter vida y amor en todo, pero también cuidar de mí mismo e ir con cuidado. Quiero vivir dentro de la prisa de la decisión primitiva e intuitiva, pero también deseo sentarme y contemplar. Es mi idea de esnobismo. La confusión de la vida: todos somos portadores de multitudes. Somos criaturas complicadas y, en última instancia, el equilibrio proviene de esta comprensión», Javier Divisa.
«La soledad es realmente peligrosa para una inteligencia que trabaja. Necesitamos tener a nuestro alrededor personas que piensen y hablen. Cuando estamos solos durante mucho tiempo, llenamos el vacío de fantasmas», Alfonso Cortés.
«Lees y escribes y cantas y experimentas, pensando que un día estas cosas construirán el personaje que admiras para vivir como él. Amas y pierdes y sangras lo mejor que puedes, hasta el extremo, esperando que un día el mundo te lea como el poema que quieres», Janet Frame.
«A pesar del lenguaje, a pesar de la inteligencia y la intuición y la simpatía, nunca se puede comunicar realmente nada a nadie. La sustancia esencial de cada pensamiento y sentimiento permanece incomunicable, encerrada en la impenetrable cámara acorazada del alma y el cuerpo individuales. Nuestra vida es una sentencia de perpetuo confinamiento solitario»., Luz Pichel.
«Lo que debo hacer es lo único que me preocupa, no lo que piense la gente. Esta regla, igualmente ardua en la vida real y en la intelectual, puede servir para toda la distinción entre grandeza y mezquindad. Es más difícil, porque siempre encontrarás a quienes creen saber cuál es tu deber mejor que tú mismo. Es fácil en el mundo vivir según la opinión del mundo; es fácil en la soledad vivir según la nuestra; pero el gran hombre es aquel que en medio de la multitud mantiene con perfecta dulzura la independencia de la soledad», Sergio Mayor.
«Pero hay mayor consuelo en la sustancia del silencio que en la respuesta a una pregunta», Scholem.
«La soledad produce originalidad, belleza audaz y asombrosa, poesía. Pero la soledad también produce perversidad, lo desproporcionado, lo absurdo y lo prohibido», Moshé Idel.
«Cuando el silencio y la soledad me oprimen y me rodean, me aplastan, me atraviesan como el hielo, a veces necesito hablar en voz alta, aunque sólo sea para tener una prueba de vida», Emil Man Martínez.
Me siento triste, drogado por el Rivotril, y solitario. La soledad, como el colesterol, puede ser o muy buena o muy mala. Para mí, hoy, pesada, pelma y plomiza. A veces se llega a la soledad en coche-cama y, a veces, como tras una maratón, derrengado y exhausto. Soledad de frío ártico. Cansado (insisto), lánguido y frágil, como si se te fueran agotando las pilas y la linterna solo parpadeara.
“El talento se nutre en la soledad; el carácter se forma en las oleadas tormentosas de mundo”, Goethe; idea que copió Stendhal: “En la soledad se puede adquirir todo, menos el carácter”. Yo, ciego de talento y vacío de carácter.
Ahora me nutre este adobo de soledad como de sádico kapo nazi. Mañana pueden brotar muy diferentes mis sentimientos. Al mediodía mejoré algo. Escribí. Mi despacho tranquilo: el foco de luz, los cuadernos y el ordenador, la mesa ordenada, libros muy queridos y los libros de consulta. Para liberar mis palabras solo necesito estar enclaustrado entre estas cuatro paredes. Mi despacho también es un salón de lectura donde arremolinado en el sillón de cuero y con temperatura agradable paso horas y horas. Muy felices. Horas que justifican mi vida y niegan a la tumorosa soledad.
También sueño, ay, con lejanos viajes a las regiones del sur; camellos con campanillas de bronce, perfumes de oasis templados al mediodía, arena de plata, sexo y senos de huríes; el cielo enrojecido y el olor de piel del león. También invulnerabilidad, humildad y mansedumbre ante estas criaturas de los cañones del Sil que respiran conmigo el mismo aire y los mismos árboles. Y, ay, por último, no desdeñemos la poesía del aeropuerto, de la gasolinera, del hotel, del vagón de tren, del vagabundeo haragán y ocioso.
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Donillero, catacaldos, farfante (para Covarrubias, a principios de siglo XVII, un “burlador, engañador, parlero y palabrero”) o fementido, y vanílocuo, y sacamuelas etc. , son términos menos avulgarados que el abascaliano «capullo».