Observaciones literarias y obras de creación en estado embrionario, susceptibles entonces de enmienda y no definitivas.
Autor: christiansanz71
No me verán fogueándome en el padelsurf, el kayak o el surf. Ni relajándome una seráfica mañana en un spa o apuntándome a una clase de yoga o de fitnes al aire libre. Ni alechugado bajo el sol espeluznante. "Vita Cartesii simplicissima est”, recordaba Valéry en "Monsieur Teste". La mía es abrumadoramente más simple. Un libro entre las manos, paseos con la perra, oír pájaros, salmorejo, crema fría de espárragos blancos y mermelada de moras. Feliz verano. Libertad, lógica y literatura.
Como siempre el agua grande de todos los desconsuelos. Llueve «a bots i barrals» (a cántaros) Terminada la correción de D. d. Z., lista para la copia definitiva. Avanzada la corrección de D. d. A. Empezado un nuevo proyecto, en fase embrionaria. Monólogos, melancolía, lectura y tiempo perdido. Al final de la tarde, alucinaciones.
Como las palabras y las frases para mí tienen su propia forma, color, textura y emoción, leer o pensar (con palabras) es para mí lo mismo que ver una película o adentrarme en un bosque tropical.
Para que menguara el sufrimiento, me recitaba mentalmente: «¿Qué captas, nocturnal, en tus canciones, / Góngora bobo, con crepusculallas, / si cuando anhelas más garcibolallas / las reptilizas más y subterpones? // Microcosmote Dios de inquiridiones, / y quieres te investiguen por medallas / como priscos, estigmas o antiguallas, / por desitinerar vates tirones. // Tu forasteridad es tan eximia, / que te ha de retractar el que te rumia, / pues ructas viscerable cacoquimia, // farmacofolorando como numia, / si estomacabundancia das tan nimia, / metamorfoseando el arcadumia». Y de repente nacían en mi cabeza caballitos de mar, plancton, crustáceos, un mar, el mar sobre todo; un mar como un plutócrata salvaje y malcriado por adulaciones inescrupulosas. Y pájaros, veía volar pájaros, muchos pájaros; el vuelo de las perdices, el comportamiento de los búhos, el canto de los ruiseñores, el plumaje de las grajillas. Es muy improbable que yo vuelva a ver la curruca rabilarga con esa estampa propia de la incitación verbal esquizofrénica sinestésica, ese curioso resplandor forjado por la luz del sol sobre plumas delicadas, oscuras pero a la vez semitranslúcidas, de su manto. La imagen, sin embargo, se ha alojado en mi mente, me quitó ansiedad y eliminó vigor al miedo ante las increpantes voces, y, junto a otro sucesión de imágenes igualmente bellas, me acompañará como una posesión para siempre, como mi fármaco más querible y eficaz. Imágenes, en otras ocasiones, como en «frottage» -consiste en pasar una mina de grafito sobre un papel puesto sobre una superficie en relieve- o en decalcomanía -aplicar «gouache» negro sobre un papel que se coloca encima de otra hoja sobre la que se ejerce una ligera presión; luego se despegan antes de que se sequen.
Prueben a leer en voz alta: «There was an Old Man with a beard / Who said, «It is just as I feared! / Two Owls and a Hen, / Four Larks and a Wren, / Have all built their nests in my beard!» ¿No les corrió a través del espinazo unos gusanillos de luz con tacto algodonoso?Lo mejor será no moverse, cerrar los ojos, pensar ritmos y eufonías, seguir sentado, escuchar las lejanas gramáticas de los diccionarios, mirar el cielo azul, un remoto e imaginario balcón donde luce una lámpara de tulipa anaranjada, y dos seres inocentes, Xulio y Maruxa, despreocupados, jugando al cinquillo, inclinados sobre el brillante oasis (verde de alga y de césped) de su Ribeira Sacra feliz.
«Prefiero sentarme en una calabaza, y tenerla toda para mí, que estar apiñado en un cojín de terciopelo», Thoreau.
«A veces estoy tan inmerso en mi propia compañía que, si me encuentro inesperadamente con alguien que conozco, es un poco chocante y tardo algo en adaptarme», Ibn Mu’adh al-Jayyani.
«Encerrado en una habitación, mi imaginación se convierte en el universo. El resto del mundo se lo pierde», F. Zappa.
«Yo era un hombre que prosperaba en soledad; sin ella, era como cualquier hombre. Cada día sin soledad me debilitaba. No me enorgullecía de mi soledad, pero dependía de ella. La oscuridad de la habitación era para mí como la luz del sol», Bukowski.
«La soledad es a veces la mejor sociedad. Ahora vivo en esa soledad que es dolorosa en la juventud, pero deliciosa en los años de madurez», Hermann Minkowski.
«Por ahora no necesitaba pensar en nadie. Podía ser ella misma, por sí misma. Y eso era lo que a menudo necesitaba: pensar; bueno, ni siquiera pensar. Estar en silencio, estar sola. Todo el ser y el hacer, expansivo, brillante, vocal, se evaporaba; y uno se encogía, con una sensación de solemnidad, al ser uno mismo, un núcleo de oscuridad en forma de cuña, algo invisible para los demás… y este yo despojado de sus ataduras era ya libre para las aventuras más extrañas», V. Woolf, «Al faro», pág. 69.
«La soledad es la independencia. Fue mi deseo y con los años lo había conseguido. Hacía frío. Oh, ¡bastante frío! Pero también estaba quieto, maravillosamente quieto y vasto como la fría quietud del espacio en el que giran las estrellas», H. Hesse, «El lobo estepario», pág. 222
«Considero que ésta es la tarea más elevada de un vínculo entre dos personas: que cada una de ellas vigile la soledad de la otra», Rilke, «Cartas a un joven poeta», pág. 59.
«Hallar el sentido. Distinguir la melancolía de la tristeza. Pasea. No tiene por qué ser un paseo romántico por el parque, o en la primavera en su momento más espectacular (flores y olores e imágenes poéticas excepcionales que te trasladen suavemente a otro mundo) No tiene por qué ser un paseo durante el cual tendrás múltiples epifanías vitales y descubrirás significados que ningún otro cerebro ha conseguido encontrar jamás. No, no tengas miedo de pasar tiempo de calidad contigo mismo. Encuentres significados o no los encuentres, «roba» siempre algo de tiempo y dedícalo libre y únicamente a ti mismo. Opta por la intimidad y la soledad. Eso no te convierte en antisocial ni te hace rechazar al resto del mundo. Pero necesitas respirar. Lo necesitas», Camus, «Diarios. 1951-1959», pág. 114.
«Guarda bien tus momentos solitarios. Son como diamantes en bruto. Deséchalos y nunca conocerás su valor. Mejóralos y se convertirán en las gemas más brillantes de una vida valiosa, útil y libre», Emerson.
«Sufro por la vida y por los demás. No puedo mirar la realidad cara a cara. Incluso el sol me desanima y me deprime. Sólo por la noche y completamente solo, retraído, olvidado y perdido, sin conexión con nada real o útil, sólo entonces me encuentro a mí mismo y me siento reconfortado», Pessoa, «Libro del desasosiego», pág. 399
«Vivimos, de hecho, en un mundo hambriento de soledad, silencio y privacidad: y, por tanto, hambriento de meditación y verdadera amistad», C.S. Lewis.
«Consiguió que le consideraran totalmente invisible y carente de interés. La gente le dejaba en paz. Y eso era todo lo que él quería», P. Suskind, «El perfume», pág. 113.
«Cuando eres socialmente torpe, estás más aislada de lo normal, y cuando estás más aislada de lo normal, tu creatividad se ve menos comprometida por lo que ya se ha dicho y hecho. Toda tu esperanza en la vida empieza a depender de tu oficio, así que intentas perfeccionarlo. Una de las razones por las que me aíslo más que la media de la gente es para mantener mi creatividad lo más bravía posible. Ser la rara puede tener sus desventajas temporales, pero lo más importante es que tiene sus ventajas permanentes», Tal Nitzán.
Leer es encontrar, en aquello próximo a nosotros, elementos que nos sirvan de forma plausible para sopesar y dirimir, para insinuar y razonar, y que nos llena de la convicción cierta de que somos una naturaleza libre de tiranías, nunca lacaya, con elegante aprecio por su soledad. «Aprecio por la soledad», Steiner:
«El acto de leer es profundamente solitario. Separa al lector del resto de la habitación. Sella la totalidad de su conciencia detrás de los inmóviles labios. Los libros amados son la sociedad necesaria y suficiente de los solitarios. Estos cierran la presencia de intrusos. En resumen, en el acto de la lectura hay una furiosa intimidad que clama silencio».
El silencio y la soledad son las puertas y ventanas de Dios, donde a menudo se cuela el diablo.
En mi soledad hay sinceridad sin verdad.
En el mundo hay que elegir entre la soledad y la vulgaridad. No es elitismo, sino craso empirismo, el apotegma de Voltaire: «La terre est couverte de gens qui ne méritent pas qu´on leur parle», «La tierra está llena gente a quien no merece la pena dirigirle la palabra». Cantad y danzad, misántropos del planeta, soñad conmigo…
Sobre el ágora de Atenas, o en las colinas de Roma, o sobre el muro Jerusalén, pispea tu soledad. Que indague también el universo.
«Para comprender el mundo, en ocasiones hay que alejarse de él y meditar en soledad. Solo así aprendes cosas secretas, inaccesibles a la multitud y al tumulto, la fuerza de lo original, la belleza desconocida e incluso peligrosa, los ragos poéticos del todo. Pero también de lo contrario: el aire de lo perverso, de lo ilícito, de lo absurdo. Busca, amigo, la soledad, necesitas estar solo. Reflexionar sobre tu vergüenza y el sentido, sobre el sol y su reflejo en los adoquines de las calles, sobre la Luna, sin compañía, sin conversación, cara a cara contigo mismo, sin conversación, con la única compañía de la música de tu mente», Henry Darger.
Artistas solitarios, como Miquel Bauçà, David Wojnarowicz o Henry Darger. Henry Darger, un conserje de oficio, desconocido y aislado durante toda su vida, pero que alcanzó la fama póstumamente después de que, poco antes de morir, encontraran una colección de 350 acuarelas en su apartamento de Chicago. Autor de la ficción más extensa que se haya escrito, «La historia de las Vivian», con 15.145 páginas, se convirtió en uno de los más destacados ejemplos del arte marginal. “Darger era un artista extraño –opina Olivia Laing-, un huérfano que tuvo una infancia brutal, no tuvo amigos ni familiares y vivió toda su vida en una gran pobreza. Y, sin embargo, las pinturas que hizo son extraordinarias, luminosas y fascinantes. La gente suele decir que estaba lleno de ira, pero cuanto más tiempo pasaba leyendo sobre él, más claro me quedaba que su soledad era el resultado de la pobreza y la exclusión social”.
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«Solo soy yo en el silencio y la soledad; la taza de café, la mesa, los bolígrafos. Cuánto mejor es sentirme solo como el ave marina solitaria que abre sus alas en puerto. Dejadme sentarme aquí para siempre con las cosas desnudas, esta taza de café, este cuchillo, este tenedor, este plato sopero, este flexo, este lápiz, cosas en sí mismas, siendo yo mismo. Disfruto mi soledad. Viaja solo en tren a lugares donde nunca he estado. Duermo solo bajo las estrellas. Voy tan lejos que dejo de tener miedo de no volver. Digo «sí» a mis instintos más salvajes, aunque todo a mi alrededor esté en desacuerdo. No quiero encajar, sino saber, experimentar, replegarme en mi yo más íntimo. A veces es un camino de amargo sufrimiento. Pero nuestra soledad se supera, y ya no estamos solos, porque descubrimos dentro lo indivisible, lo indistinto, evitando el falaz ser múltiple», François Augiéras.
[De la Wikipedia]
François Augiéras era hijo de Pierre Augiéras, pianista francés de renombre, su madre pintaba porcelana y era de origen polaco. Pierre Augiéras, se instaló en Estados Unidos por razones profesionales, murió de apendicitis dos meses antes del nacimiento de su hijo. Traído a Francia pocos meses después de nacer, François Augiéras pasó su infancia junto a su madre. En París, que encontraba siniestra, estudió en el colegio Stanislas. Después vivió en Périgueux, donde se intaló a la edad de ocho años. A los trece, descubre en la biblioteca municipal, los libros de André Gide, Nietzsche y Arthur Rimbaud.
Atraído por el arte, dejó la escuela a los trece años para asistir a clases de dibujo. En 1941, se matriculó en uno de los muchos movimientos juveniles que proliferaron bajo el régimen de Vichy, pero en 1942 lo abandona para convertirse en actor en un teatro ambulante. Trabaja, en 1944, en el depósito de la flota de Toulon, y luego pasa a la Argelia francesa, llegando a Argel. Deseoso de ir más al sur, se instala con su tío Marcel Augiéras, militar colonial retirado, que vive en El Golea en el Sáhara. Durante su estancia en el Sáhara, François Augiéras es abusado sexualmente por su tío, descubrimiento así sus propias inclinaciones homosexuales.
Augiéras se inspiró en este episodio para escribir en 1949, «Le Vieillard et l’Enfant», donde narra la historia de un niño reducido a esclavitud en un oasis en mitad del desierto y que fue publicada en 1954 bajo el seudónimo de Abdallah Chaamba. La obra llama la atención de André Gide que, algunos meses antes de su muerte, conoce al joven escritor después de que este le enviara dos cartas. Augiéras escribió más tarde que Gide se conmovió con el encuentro y se imagina a sí mismo como el «último amor» del gran escritor. Como «Le Vieillard et l’Enfant» apareció poco después se rumoreó que fue en realidad escrito por Gide.
Solitario y rebelde, Augiéras multiplica sus viajes, sobre todo a Argelia y Grecia, haciendo retiros en el monte Athos. En 1957-1958, participa en la revista Structure, que dirige Pierre Renaud en París, y se involucra en una empresa de camellos en el sur de Argelia. Sus libros se inspiran en su azarosa vida, el mismo escribió «Acepto o propongo aventuras peligrosas, siempre con el pensamiento puesto en que se convertirán en libros». De temperamento panteísta, Augiéras evoca abiertamente en sus escritos su atracción sexual por muchachos y muchachas, e incluso por animales. En «L’Apprenti sorcier», la única de sus obras no autobiográficas, aborda el tema de la pedofilia.
En 1960, contrae matrimonio con su prima Viviane de La Ville, pero su unión fracasa y se separaron nueve años más tarde. En 1967, publica su primer libro con su verdadero nombre, «Une adolescence au temps du Maréchal et de múltiples aventures». Las andanzas, la precariedad, y la soledad agrabaron su estado de salud. Las visitas al hospital de Périgueux se suceden. A finales de los años 60, reside un tiempo en las cuevas de Domme para escapar de las condiciones de vida de los hospicios, y escribe en cuadernos escolares. Su libro «Domme ou l’Essai d’occupation», que no consiguió editar, trata sobre su vida en las cuevas.
Minado por la pobreza y la malnutrición, envejecido prematuramente por sus condiciones de vida, se instala en una casa de reposo cerca de Brantôme, después en un hospicio para indigentes en Montignac. «Un voyage au Mont Athos» se publica en 1970. François Augiéras muere el 13 de diciembre de 1971 en el hospital de Périgueux. Fue enterrado en Domme el 18 de diciembre. Uno de sus pocos amigos, el maestro Paul Placet, se dedicó a difundir la obra de Augiéras organizando exposiciones de pinturas y difundiendo sus mansucritos.
Varias obras de François Augiéras, incluidas las colecciones de correspondencia fueron publicados póstumamente. Además de la obra literaria, deja una serie de pinturas y dibujos, todavía poco conocidos. Uno de sus biógrafos, Serge Sánchez, describe la obra de Augiéras como «un fresco espiritual arraigada en su propia vida».
«Me parece saludable estar sola la mayor parte del tiempo. Estar en compañía, incluso con los mejores, es pronto agotador y disipador. Me encanta estar sola. Nunca encontré una compañía tan agradable como la soledad y Dios», Hadewijch de Amberes: «Dios, amor y amante», Ediciones Paulinas, Madrid, 2004, pág.113
«Cuanto más poderosa y original sea una mente, más se inclinará hacia la religión de la soledad», Matilde de Hackeborn: «Libro de la gracia especial», Editorial Monte Carmelo, Burgos, 2007, pág. 22
«Tengo que estar sola muy a menudo. Sería muy feliz si pasara desde el sábado por la noche hasta el lunes por la mañana sola en mi apartamento. Así repongo fuerzas», Audrey Hepburn, LIFE Magazine, 7 de diciembre, 1953.
«Ya había descubierto que no era bueno estar solo, pero las matemáticas proveían de casi todo el significado a mi vida, y por eso me hacían más compañía que todo lo que había a mi alrededor. Desde que bajaron el ritmo de mis descubrimientos y mis capacidades, mi única compañía fue el universo, mi propio yo insignificante, sin lógica ni topología, y los libros de los colegas», Saunders Mac Lane: «A Mathematical Autobiography», AK Peters, 2005, p. 320
«A partir de ese momento, el mundo fue suyo gracias a la lectura. Nunca volvería a sentirse sola, nunca echaría de menos la falta de amigos íntimos. Los libros se convirtieron en sus amigos y había uno para cada estado de ánimo. Había poesía para la compañía tranquila. Había aventuras cuando una se cansaba de las horas tranquilas. Había historias de amor cuando entró en la adolescencia. Cuando quería sentir la cercanía de alguien podía leer una biografía. Desde el día en que supo por primera vez que podía leer, hizo el voto de leer un libro al día mientras viviera», Betty Smith, «Mañana puede ser un gran día», Lumen, Barcelona, 2015, p. 20.
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En palabras de Walter Bessant:
«La verdad es que en nuestras ciudades vastas y superpobladas, el hombre es una rémora -algo superfluo- y creo que muchas mujeres y hombres se mueren del aplastante sentimiento que les produce su propia insignificancia; en otras palabras, a partir del hábito de sentir que no son nada, se convierten en nada…La raza ha crecido en poder y SOLEDAD; temo que ha perdido su atractivo».
Un verso del «Regimen sanitatis Salernitanum», del siglo XIII, dice así: «Hi vigilant studiis, nec mens est dedita somno», es decir, «[los hombres de estudio] pasan la noche estudiando, y su mente no se abandona al sueño».
No hay mayor melancolía imaginativa, ni menor castigo, que aquella del hombre fatigando volúmenes, aprendiendo entre libros a estar solo. Un estudioso, un lector omnívoro, omnímodo, en la acedía de este tiempo ignaro, frente la hipnosis bárbara de las pantallas, puede con orgullo decirse a sí mismo, si estudió y pensó en lo que estudiaba, si leyó y pensó en lo que leía: «NI ENVILECÍ NI MALGASTÉ MI VIDA».
Escribo notando la brillante tormenta entre las brumas del río. Extraviado entre las incipientes flores, me recuesto en una roca o «penedo». Qué cansado estoy de frases que no se posan elegantemente sobre el suelo y caminan con pie seguro. Necesito un lenguaje inocente y elemental como el que usan los niños. Mi barroquismo es una franja pavimentada junto al abismo. Respirar paz en lo que escribo; eso deseo. Frente a la propensión numerosa -vana y palabrera- del español, concisión y parquedad. Una idea por palabra, no cien palabras para una idea. Una lengua lúcida y lógica, algebraica, geométrica. Qué desvarío explayarse en cientos de páginas para algo que podría perfectamente exponerse en tres o cuatro párrafos.
La lengua española es tropical, ininterrumpida, a diferencia del clasicismo francés y el perfecto inglés (ideal molde al pensamiento) La lengua española se tuerce y retuerce como cuerpo de serpiente, gorgorea, gorjea, cascabelea, asorda, atolondra, marea, y acaba bifurcándose como cola de pez.
Llueve y truena. Recordémoslo: «El estudioso pasa la noche estudiando y no se abandona al sueño». Linajuda vida. Potro fino, joven, hermoso y elegante. Resplandor complacido, alto. Brújula o faro para el feliz camino. Es dificícil enseñar el gusto a leer porque es difícil enseñar el gusto de estar solo. Leer en soledad. Algo como no envilecer o malbaratar, como no tirar por la borda tu vida.
«Intenté mezclarme con el mundo y la gente sigue decepcionándome», Miguel González Purroy.
«El momento más solitario en la vida de alguien es cuando está viendo cómo todo su mundo se desmorona, y lo único que puede hacer es quedarse con la mirada perdida…», Klaus Gauger.
«Recuerda: cuando te sientes solo, es cuando más necesitas estar contigo mismo. La ironía más cruel de la vida», Srinivasa Varadhan.
«¿Por qué la gente tiene que estar tan sola? ¿Qué sentido tiene todo esto? Millones de personas en este mundo, todas ellas anhelantes, buscando que otros las satisfagan y, sin embargo, aislándose. ¿Por qué? ¿Se creó la Tierra para alimentar la soledad humana?», Veronica Lake.
«Aquí estoy. Te quiero. No me importa si necesitas quedarte llorando toda la noche, me quedaré contigo. Si vuelves a necesitar la medicación, adelante, tómala; también te querré. Si no quieres tomarte la medicación, también te querré. No hay nada que puedas hacer para perder mi amor. Te protegeré hasta que mueras, y después de tu muerte te seguiré protegiendo. Soy más fuerte que tu Esquizofrenia y más valiente que tu Soledad, y nada me agotará jamás», M. Gómez Carballo, mi madre.
«Tal vez todos en todo el maldito mundo tienen miedo de los demás», J. Steinbeck.
«La soledad es buena, pero necesitas a alguien que te diga que la soledad es buena», Balzac.
«No siento ningún placer por las drogas a las que a veces me entrego con locura. No ha sido en busca del placer por que he puesto en peligro mi vida, la reputación y la razón. Ha sido el intento desesperado de escapar de recuerdos torturantes, de una sensación de soledad insoportable y del temor a una extraña fatalidad inminente», Poe.
«Mamá, donde solías estar, hay un agujero en el mundo, por el que me encuentro incesantemente paseando de día y cayendo de noche. Te echo mucho de menos»; C. Sanz Gómez.
«Dios, pero la vida es soledad, a pesar de todos los opiáceos, a pesar de la estridente alegría de oropel de las «fiestas» sin propósito, a pesar de las falsas caras sonrientes que todos llevamos. Y cuando por fin encuentras a alguien a quien puedes contarle tu alma, te sorprendes de las palabras que pronuncias: están tan oxidadas, tan feas, tan vacías de significado y tan débiles por haber permanecido tanto tiempo en la pequeña y estrecha oscuridad de tu interior. Sí, hay alegría, satisfacción y compañía, pero la soledad del alma en su espantosa autoconciencia es horrible y abrumadora», S. Plath.
«La soledad es la condición humana. Cultívala. La forma en que se introduce en ti permite que tu alma crezca. Nunca esperes superar la soledad. Nunca esperes encontrar personas que te comprendan, alguien que llene ese espacio. Una persona inteligente y sensible es la excepción, la gran excepción. Si esperas encontrar gente que te comprenda, crecerás rodeado por la decepción. Lo mejor que puedes hacer es comprenderte a ti mismo, saber qué es lo que quieres y no dejar que el ganado se interponga en tu camino», Luis Sanz Leví.
«Me siento solo. Y me siento solo de una forma terriblemente profunda y, por un instante, puedo ver lo solo que estoy y lo profundo que es este sentimiento. Y me da mucho miedo sentirme tan solo porque parece catastrófico», J. Nash.
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La soledad es como el colesterol, hay una buena y otra mala. Pero aunque sea descorazonadora, puede ser fuente de una insultante prosperidad. Una vez pasadas tus noches reptiles, en que te crees incapaz de soportarla, te endurece en costumbres, aprendes y hostiga menos.
Emanuel Levinas: “La soledad es la unidad misma del existente, el hecho de que hay algo en el existir a partir del cual tiene lugar la existencia […] Así pues, la soledad no es solamente desesperación y desamparo, sino también orgullo y soberanía”, “El tiempo y el Otro”, p.80
Kierkegaard: “El hombre de espíritu se distingue de lo que somos nosotros por su capacidad de soportar el aislamiento, su rango, como hombre del espíritu, es proporcional a la intensidad con la que puede soportar el aislamiento, mientras los hombres que somos nosotros permanentemente necesitamos de los “otros”, del grupo; nos morimos, nos desesperamos, si no estamos resguardados por la pertenencia al grupo, por tener la misma opinión que el grupo”, “El instante”, p. 93
María Zambrano: “En los momentos de soledad, de esa soledad total que adviene tras la experiencia del desengaño de las cosas y su vacío se hace sentir la realidad -o su ausencia- como proveniente de un foco primario, viviente. Solo él puede restituir la confianza y la vida”, “El hombre y lo divino”, p.301
Mounier: “El hombre de la diversión vive como expulsado de sí, confundido con el tumulto exterior. Así el hombre es prisionero de sus apetitos, de sus relaciones, del mundo que lo distrae. Vida inmediata, sin memoria, sin proyecto, sin demonio, es la definición misma de la exterioridad, y, en un registro humano, de la vulgaridad. La vida humana comienza con la capacidad de romper el contacto con el medio, de recobrarse, de recuperarse, con miras a recogerse en un centro, a unificarse”, “Obras completas”, Vol. III, p.485
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Huxley: “La mayoría de los hombres y las mujeres lleva una vida tan dolorosa –en el peor de los casos-, o tan monótona, pobre y limitada –en el mejor- que el impulso de escapar, el anhelo de trascenderse aunque solo sea por un rato, es y ha sido siempre uno de los principales apetitos del alma”
Y que mejor vía regia y magna a ese anhelo e impulso que la soledad creadora. Tomo como argumento de autoridad a Montaigne. Varias citas:
“Creo ahora que el único propósito de la soledad es vivir cada uno a su gusto y a sus anchas”
“Por eso no basta con apartarse de la gente ni basta con cambiar de lugar. Es preciso sustraerse al hábito de la compañía humana que llevamos dentro; secuestrar nuestro yo y poseerlo nuevamente. Llevamos con nosotros nuestros grilletes; no somos del todo libres. Volvemos la mirada una y otra vez a las cosas que hemos dejado atrás; fantaseamos con ellas constantemente”
“La soledad que amo y defiendo consiste, en suma, en recuperar mis sentimientos y cavilaciones y apropiármelos de nuevo, en restringir y refrenar no mis pasos sino mis deseos y zozobras, negándome a preocuparme de cosas externas y huyendo como de la peste de la servidumbre y las obligaciones: en retirarme no tanto de la humanidad como de la muchedumbre de los quehaceres humanos”.
Por Zeus, cuánta bienaventurada soledad. Los rudimentos de un gran carácter solo pueden formarse en soledad, persiguiendo la solidez del pensamiento, la afición a las ideas, el aborrecimiento de la insulsa indolencia, evitando sufrir compañía, penosa compañía.
La soledad es la lepra del s. XXI, porque en lugar de entrar en el santuario de nuestra lujosa mente, no nos retiramos de la agonía, el terror y el miedo a nosotros mismos.
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Escribió sagaz y certero De Quincey: “Ningún hombre que, cuando menos, no haya contrastado su vida con la soledad, desplegará nunca las capacidades de su intelecto» Y Edward Gibbon insistió en una observación similar: «La conversación enriquece nuestro intelecto, pero la soledad es la escuela del genio; y la unidad de una obra denota la mano de un artista individual» O Jung, sobre un punto de vista bastante igual: «Los años en que estuve persiguiendo mis visiones interiores fueron los más importantes de mi vida; en ellos se decidió todo lo esencial» Y concluiré con un poeta, cifra y numen de mi hipótesis, expuesta con discernimiento sapiencial, energía en la dicción y exuberancia en la expresión. Escribió Wordsworth:
«Cuando, durante mucho tiempo, de nuestro mejor Yo fuimos
apartados por el ajetreado mundo, y desfallecemos,
enfermos de su quehacer y cansados de sus placeres,
cuán misericordiosa y benigna es entonces la Soledad».
La psicología popular y el arte comercial (o no tan comercial) nos han convencido implícitamente que la principal y casi única fuente de felicidad son las relaciones interpersonales, el comercio emocional con el amor, la familia y los amigos, desdeñando nuestros intereses, creencias y gustos solitarios e impersonales. Para mí es intensamente más esclarecedor y relevante lo que sucede en mi cabeza estando solo, incluso patológicamente aislado, que aquello, una mera Babel de Ruido u Odisea de Barullo, que me ocurre en compañía (donde siempre actúo algo exageradamente con la máscara -falsaria- de tipo irónico e ingenioso)
Me gusta estar muy solo, solo así soy yo verdaderamente, y, en la energía y bendición augusta de la soledad, mucho meditar, mucho contemplar los temas que me importan y obsesionan, y sentir cómo se modifican y agudizan las sensaciones, trabajar mentalmente en algunos poemas o incipientes y brumosas prosas, o en volanderas ideas indeterminadas, o habitar los poblados -densos, fosforescentes- recuerdos. Me gusta sentarme en el banco solitario de la plaza de mi aldea feudal (pasan a veces horas sin asomo de presencia humana) y ensimismarme y rumiar al compás o correr de la mente, y oír a los pájaros ducales, notar el ulular del viento como un dios benigno y cálido con su idioma celeste, asombrarme de la coloración granulada de la luz mientras oscurece lentamente.
Solitario crecen y se ramifican las ideas creativas, y solitario cada vez te conoces mejor (te afinas mejor) a ti mismo. Cuando estoy en la odiosa Barcelona o en la provinciana Orense -donde también tengo casas- voy yo solo a los restaurantes, al teatro, a los museos, a las librerías o cines o cafés. Flâneur altivo y meditabundo, me siento en un rincón y divago egregio como un noble medieval frente a su fuego en noches de invierno.
Uno de los rasgos de mi personalidad es que la ternura y el afecto que indefectiblemente necesito no soy capaz de asimilarlos, me producen malestar, tensión y carga espiritual. Me desequilibra sufrir compañía y consideración. Por eso desde los nueve años estoy muy solo, desacostumbradamente e increíblemente solo. A veces es duro (la estricta y compacta, carcelaria y esquizoide soledad, devora la felicidad y la dulzura algunas veces), pero no siempre lo es. A veces, confrontado y enfrentado a mi soledad, ayuno de amistades y amores, afloran epifanías gloriosas, momentos eureka, sentimientos de poder, invulnerabilidad y exquisito placer inenarrable, no susceptible de un trasunto en palabras. Sé que nado a contracorriente. Mi vida esteparia y eremita probablemente no sea un bien deseable.
Paso también horas arrellenado en la butaca de mi galería acristalada contemplando el valle y meditando en las musarañas o mirando árboles. Los ruidos de la casa (crujir de la madera, unos perros ladrando afuera, el golpear de la lluvia en los cristales, el tic-tac del reloj del comedor, el leve susurro de la calefacción en invierno, la respiración de mi perra) son como la savia que circula dentro de mí, y mi única querible melodía. Prácticamente nunca oigo la radio o enciendo el televisor. Las redes sociales me provocan -su uso excesivo- una orgía de culpabilidad alemana. Mi medio natural es andar enclaustrado en mi mente silenciosa, o muy solo deambular (sin interactuar) entre la populosa muchedumbre.
El bullicio del mundo me asquea como una rata mordiéndome la tráquea. Ser solitario es mi daimon y destino, mi santa unidad sagrada y rosácea. Lo admito: seguramente soy el más solitario de los hombres que han existido. Lo admito como patética confesión: solitario solo me daño a mí mismo y no a los demás.
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Otros ejemplos de apologistas de la soledad:
«El águila vuela sola; el cuervo en bandadas. El necio tiene necesidad de compañía y el sabio de soledad», F. Rückert.
«El instinto social de los hombres no se basa en el amor a la sociedad, sino en el miedo a la soledad», Schopenhauer.
«Los recuerdos no pueblan nuestra soledad, como suele decirse; antes al contrario, la hacen más profunda», Flaubert.
«La valía de un hombre se mide por la cantidad de soledad que es capaz de soportar», Nietzsche.
«El hombre inteligente busca una vida tranquila, modesta, defendida de infortunios; y si es un espíritu muy superior, escogerá la soledad», Schopenhauer.
“La más feliz de todas las vidas es una soledad atareada», Voltaire.
«La soledad es el patrimonio de todas las almas extraordinarias», Schopenhauer.
«¿La suerte de todos los espíritus excelentes? La soledad», Schopenhauer.
«Si estás solo serás tuyo, y si estás acompañado por una sola persona serás medio tuyo», Leonardo da Vinci.
«Tengo necesidad de soledad, de retorno a mí mismo», Nietzsche.
«Quien no dispone de dos tercios del día para sí mismo es un esclavo», Nietzsche.
«La soledad ofrece al hombre colocado a gran altura intelectual una doble ventaja: estar consigo mismo y no estar con los demás», Schopenhauer.
«Sólo en soledad se siente sed de verdad», M. Zambrano.
«Soledad: un instante de plenitud», Montaigne.
«Latoso el que nos quita la soledad y nos da la compañía», B. Croce.
«Escribir es defender la soledad en la que vivo», M. Zambrano.
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Con mi soledad yo nunca estoy solo. Acaso a nada y nadie se puede conocer, incluido uno mismo. En las fúnebres Navidades, si estás solo, no poco es el dolor. Pero pese a la intuición común es sagaz lo que en una carta Catalina de Siena escribía en el siglo XIV a su amiga Monna Alessa dei Saracini: “Hazte dos casas, hija mía. Una material, en tu celda, porque no andes corriendo de acá para allá a no ser por necesidad, o por obediencia a la priora o por mor de caridad; y otra espiritual, que habrás de llevar siempre contigo: la celda del verdadero conocimiento de ti misma, donde hallarás el conocimiento de la bondad divina”.
Y, como colofón, recordemos a Wordsworth: “Pues a menudo, aunque en mi sillón reposo / con ánimo ocioso y pensativo, / refulge en ese ojo interior / que es la felicidad del solitario, / un alma llena de gozo / que baila con los narcisos”.
Amiel: “¿No volveré a tener algunos de aquellos ensueños prodigiosos, como los tuve en otro tiempo?…Un día de mi adolescencia, al amanecer, sentado sobre las ruinas del castillo de Faucigny; otra vez, en la montaña, bajo el sol de mediodía, encima de Lavey, acostado al pie de un árbol y visitado por tres mariposas; una noche, también sobre la tierra arenosa del mar del Norte, tendido boca arriba y los ojos errantes sobre la Vía Láctea…Visiones grandiosas, inmortales, cosmogónicas, en las que se lleva el mundo en el pecho, en las que se toca las estrellas, en las que se posee el infinito…Momentos divinos, HORAS DE ÉXTASIS en que el pensamiento vuela de un mundo a otro, penetra el gran enigma, respira ampliamente, sosegadamente, profundamente, como la respiración del océano, sereno y sin límites como el firmamento azul”, Henri-Frédérique Amiel, Fragments d´un journal intime, pág. 49.
Todo acaba en ciudades devastadas. Toda ruina nos defiende de una ruina mayor. Se acerca mi invierno, mi último sueño. El único argumento de la obra es: «envejecer, morir». Ya tengo decidido el ritual de mi muerte; al llegar, me limitaré a pensar con Fletcher:
Mamá experimentó su breve tormento y ya traspasó. Nunca volveré a verla, y cuando quiero pensar más en ello, el sueño devine en instantes crueles ¿Los ojos de la memoria acabarán por no ver nada cuando la siga enfocando? Simplemente trato de vivir, de sobrevivir, dejando que la vida suceda, triste, pobre y mediocre, dentro de mí, sin la colaboración de su antigua y plateada voluntad.
Pero renacen las dulces imágenes, para nunca más abandonarme: en la playa de Sitges, por los ochenta, con su voz de vidrio de colores suaves, con sus ojos claros de plancha de metal electrizada, tan vivos. Cuando me regañaba por niño tragón, y sus simpáticos brazos gesticulantes eran como pulsar aéreas castañuelas. Cuando estaba enfermo, y sentía su vagarosa y noble mano apretando la mía.
Se nos servía la comida en el porche enrejado del restaurante. Mantel de lino y platos de porcelana. Ella revuelve la crema de su sopa helada de remolacha mientras tintinean los cubitos de hielo. Sombras conquistadas al sol. Restaurante lujoso en un pueblito de Alsacia. Pasamanos de la escalera y columnillas de modernismo fin de siglo. Nací entre el lujo. Mi familia fue un lujo. Vivir con mamá fue memorable y celestial, como encartar oros y blancura de “le chevreau” en el verano más soñador y confiado, en el verano más eterno. Te echo mucho de menos, mamá.
“For last year’s words belong to last year’s language / And next year’s words await another voice”, Eliot. No sé de cosas ni personas, sé de palabras, sé del sistema de representación, pero ignoro lo representado.
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“Embrear”, untar con brea los costados del buque, cables, maromas, sogas, etc. “Seda joyante”, la que es muy fina y lustrosa, “seda conchal”, la de clase superior, que se hila de los capullos escogidos. “Cuadrinomio”, expresión algebraica que consta de cuatro términos. “Peinería”, taller dedicado a fabricar los peines, o tienda donde se venden. “Tronzo”, dícese del caballo o yegua que tiene una o ambas orejas cortadas, en señal de ser considerado inútil. “Walchia”, planta conífera del Pérmico, semejante a la araucaria actual, distribuida por toda la superficie de nuestro planeta en aquel período.
Las palabras son pálidas sombras de nombres casi olvidados. Lugares donde, antiguamente, las lavanderas y sus amigas se bañaban, en un sitio donde pegaba el sol a plomo, incluso debajo de los árboles; en ese lugar la lavanderita es nuestro símbolo, el logos, el sueño de la gramática, y mirad ahora cómo se frota lúbrica contra el albornoz, y la manera en que le acarician con la lengua el cuello y los senos y los pezones, y le lamen hasta la planta múgil de los pies.
Como los nombres tienen PODER; las palabras también lo tienen. Poder, música, tacto, olores, colores y formas. Tienen doble filo, al igual que las espadas de los héroes. Pueden encender los más tiernos fuegos en las mentes de los hombres. Pero pueden arrancar lágrimas de los corazones más duros. Cabellos hermosos ondeando en la proa de un yate para viajes de recreo, familias principescas de Europa, cremas perrunamente caras, topos en los túneles de la noche, dachas clareadas con luces de velones de cera…
Una mayor conciencia de uno mismo, el distanciamiento, el sentimiento de no participar, la vergüenza y el odio para sí… no todo eso es malo. Esos demonios fueron también mis ángeles. Sin ellos nunca se habría expresado mi lenguaje, mi literatura, mi mente, mi locura, todo aquello que me hizo y deshizo. Me gustaría tener palabras para todo, un Funes con diccionario infinito, palabras para “la tristeza que inspiran los restaurantes de autopista”, “la emoción al conseguir una habitación con mini-bar”, “el arabesco del arrebol”, “el tipo de corte en los dedos que causan las hojas de un libro”, “la sombra que despiden los ángeles”, “el charco de agua que deja una adolescente recién bañada y que se estira en su toalla a tomar el sol” etc. Nunca he tenido las palabras adecuadas y exactísimas, dominadas y bien sujetas, para describir mi vida, y ahora que entro en el invierno de mí mismo, las necesito más que nunca.
Cuando no puedo ver el lenguaje enroscándose como anillos de humo a mi alrededor, estoy en la oscuridad, no soy nada. Las palabras son mis dioses, goletas sobrecogidas por terribles temporales, borceguíes en el barrio de los zapateros, río Élide que desagua su cauce en el mar más profundo. Si las siento lejos, si no las encuentro, no soy nada. Palabras de maravillosa singularidad natural, que atraviesan intactas guerras, epidemias y revoluciones.
En una carta a Anne Clarke, del 3 de julio de 1964, A. Sexton escribe: “I like you; your eyes are full of language», “Me gustas; tus ojos están llenos de lenguaje”. No hay mayor cumplido, ni menor señal de decadencia.
Periodos de «tiempo perdido» los de la locura. Tu nivel de energía parece cambiar de un momento a otro, y sin motivo aparente. Regresa una imperfección grave en moradas subterráneas. No entiendes por qué sientes lo que sientes y no puedes explorar esos sentimientos. Tu vida parece inconexa y a menudo confusa. Una experiencia aterradora, como si te desplazaras a orines y excrementos de cloacas. Te sientes fuera de control y probablemente notes que te estás volviendo incorregiblemente pirado e incurable. Lo cotidiano se vuelve extrañamente distante, incomprensible. Con tu pelo sucio, desgreñado, tus fuerzas no dan para más. Mudas, negrísimas playas inundan el mar océano. Y el ruido derramándose desde tu cabeza hasta cada una de las amplias estancias de la casa.
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Virginia Woolf dejó una última nota a su marido en la que le decía: «Estoy segura de que me estoy volviendo loca otra vez». En su última nota también afirmaba que temía no recuperarse de su enfermedad, que no podría soportar otro episodio depresivo y que oía Voces.
Las Voces, con sus buenas o (más frecuente) malas intenciones, deben irse a la mierda. Voces como pétalos semitransparentes de un rojo morado, de un rojo mierda enorme. Gigantes, tendidas en tu cabeza, hacen temblar y resquebrajan cristales de aflautadas copas o la salud de niños pequeños. Como regimientos de tambores tocados por soldados ciegos a punto de morir con sus turbantes descompuestos. Pugnan por salir por la trampilla de tu cabeza las frases de siempre, las “normales”, pero, pese a la insistencia, no lo logran. Las colonizan las viciosas apaches.
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Si eres una persona con una enfermedad mental, el reto es encontrar la vida adecuada para ti. Pero, en realidad, ¿no es ése el reto para todos nosotros, enfermos mentales o no? Mi suerte no es que me haya recuperado de una enfermedad mental. No lo he hecho, ni lo haré nunca. Mi suerte es haber encontrado mi vida, una vida como lector y escritor. Los libros me abruman de afabilidades, y, aún rodeándome la angustia de tiempos tan tempestuosos, la angustia de mi locura agolpada en el cerebro galopante, sé que con un libro en la mano me libero de fatales impulsos y sinsabores.
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Si caminas por un sendero lleno de zarzas y piedras, de sacrilegios y perjurios, un sendero que se retuerce y gira bruscamente, es fácil perderse, cansarse o desanimarse. Puedes sentir la tentación de abandonar por completo, las ganas de romper el espolón de bronce que guía tu barco. Pero si aparece una persona amable y paciente (“¿Me oyes, mamá?” “¿Estás ahí, Noemí?”) que te coge de la mano y te dice: «Veo que lo estás pasando mal; ven, sígueme, te ayudaré a encontrar el camino», el sendero se vuelve manejable y el viaje menos aterrador. Mamá y Noemí son colores, dulces sabores, aceites del más bello sur, vituallas. Cofres y baúles mágicos, soplos de nieve en irisados cirros de los cielos, amuletos. No sé cómo pagarles por todo lo que me ayudaron.
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Al principio, las Voces no son muy divertidas. En parte, simplemente porque incomoda oír voces, digan lo que digan. Además, yo no parezco gustarles mucho. Se dirigen a mí unilaterales, gravosas y sádicas. Pensamientos basura, al igual que la geomancia, cartomancia, heteromancia, aeromancia, demonomancia, quiromancia, necromancia, belomancia, lecanomancia. Tollinas, vapuleos y zurribandas del lado más patéticamente adivinatorio e irracional de la vida. Voces: ideas calamocanas, genetlíacas, esperpénticas, crapulosas, juyuyas, botiondas.
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Tengo un recuerdo borroso de acercarme a una persona con aspecto de médico y quedarme totalmente absorto con su pasador de corbata dorado, o bien con los broches como de verano restaurado de una rubia (y guapa) enfermera. Sospechaba que eran el botón y adminículo del fin del mundo, así que no los toqué… No sé quién más sería tan insípido o irresponsable o atrevido como para pasearse por un psiquiátrico llevando el botón del fin del mundo encima…
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Empezó con cuidado y poco a poco, y casi no me di cuenta. Era como un bonito, claro día de verano en el que la niebla se desliza lentamente sobre el cielo. Primero como un fino velo sobre el sol, luego lentamente más, pero el sol seguía brillando, y no es hasta que dejó de hacerlo, cuando de repente hizo frío y los pájaros no piaron, cuando te das cuenta de lo que está pasando. Lo que pasa es que tu conciencia se expande en colores oscuros y líneas quebradas. Que las luces de la lamparilla ya no te iluminan. Atrozmente invisible y vilipendiado. Lo que ocurre es que con el estigma te marcan a fuego la estrella de David.
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Aunque en el hospital las Voces eran mucho más intensas que antes, en cierto modo eran menos aterradoras (carcaj de monarcas vencidos y jefes teucros también rendidos) Cuando estaba en el instituto y en la universidad, me habían sorprendido a hurtadillas, saliendo casi sin avisar. Ahora me resultaban casi familiares. Las odiaba. Las sufría. Pero me parecían casi una parte normal de la vida. Las conocía. Las comprendía y las soportaba. Las Voces se quedaron. Serpientes marinas y centinelas en mi garita. Conmigo ya durante décadas.
Pasan las horas iguales, monótonas y gemelas. Paseo algo, leo mucho, un poco de música y cine, ningún amigo, ningún amor. La ginebra bien fría, y el sabor mielado y sutilmente aromático del tabaco. Soporto mis malas horas como piedras sin desbastar. La desdicha no es necesario cultivarla, se encuentra sola (Borges). La gente me decepciona ¿Salir por ahí? Gente estúpida mezclándose con gente estúpida. Que se estupidicen (Bukowski)
Aspiro a una vida menuda. Carezco de ambiciones. A veces, al igual que fogonazos, fragmentos, interpolaciones, irregulares espíritus, distendidas distancias o coágulos en el tiempo, a veces acuden a mí trozos vivos de memoria. Perfiladas colecciones de momentos pasteurizadas, conservadas en frío, en salazones ¿Sobre si me da miedo el porvenir? Poca vida tengo por delante; me gustaría ver publicada mi pentalogía, y lamentaría no gozar de la íntima alegría de la relación con mi hermanita y mi sobrinilla. Echo de menos, cómo decirlo, el especial «contorno», «halo», de cuando vivían papá y mamá, o tambien Maurici y Marta. Echo de menos los antiguos cariños y afectos.
Ahora ni rumores de conversación, ni runrún por la sala, solo silencio casi absoluto o las voces de mi locura. Desde el punto de vista de la posibilidad, de las circunstancias, mejor no puedo estar. Casi todo apuntaba a que acabara ingresado de por vida en un manicomio. Desconfiemos de la crédula -incapaz- cháchara de médicos.
Yo y la lija o rechino sin aspereza de mi biblioteca. La noble confianza clásica de convertirse en buen lector y pasable escritor. El trópico verbal en el glande abombado. La extensión del frenillo semejante a una nariz, el gladio velazqueño de la verga. Mi sexualidad solo es lingüística. Mi soledad solo es sexual. Cerca de la playa de las estrellas, a punto de ir a ese arenal, más melancólico que feliz, más enervado que sosegado, resisto.