Tractatus 26

La lógica es la higiene que practica el matemático para mantener sus ideas lozanas, sanas y fuertes, más o menos como lo es la belleza -grosso modo- cumpliendo esa asepsia en la obra de un escritor.

Einstein dijo, en frase célebre, que las matemáticas puras son, a su manera, la poesía de las ideas lógicas. En mis seminarios con Josep Pla i Carrera en la U.B., recuerdo que nos decía que la lógica es invencible, porque para combatir la lógica es necesario utilizar la lógica. Ignacio Jané, «sorneguer», nos comentaba que las matemáticas consisten en demostrar lo más obvio de la forma menos obvia.

Un escritor con formación lógico-matemática en su juventud como es mi caso, debe saber que la lógica, como la ginebra, pierde su efecto beneficioso cuando se toma en cantidades demasiado grandes. El matemático, si escribe, a veces se puede convertir en un soso y rutinario relojero; la literatura nos incita a omitir transiciones deductivas, amalgamar con un prurito caótico, buscar la paradoja mística e irracional, trocear las verdades en pedacitos de sofisma.

Recuerdo una definición, que leí no sé dónde: «La lógica es el arte de equivocarse con confianza»; sustitúyase «lógica» por «poesía» y se obtendrá una idea igual de sugerente.

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«A Dios no le importan nuestras dificultade matemáticas. Él integra empíricamente», Einstein.

«No es cierto que todo sea incierto», Pascal.

«Las matemáticas son aquella ciencia que usa palabras fáciles para ideas difíciles», Jaques Rigaut.

«Las matemáticas pueden definirse como la materia en la que nunca sabemos de qué estamos hablando, ni si lo que decimos es cierto», Janet Frame.

«Antes pensábamos que si sabíamos uno, sabíamos dos, porque uno y uno son dos. Nos estamos dando cuenta de que debemos aprender mucho más sobre «y»», Miguel Ángel Bernat.

«Contrariwise, if it was so, it might be; and if it were so, it would be; but as it isn’t, it ain’t. That’s logic», Lewis Carroll.

«Las Matemáticas consisten en el análisis de la propia Logística», Luis Leví, militar y matemático, y mi abuelo paterno.

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Miramerlindo, papamoscas, barista y escritor fracasado, estoy convencido de que la literatura es igual a una suma de ideas y forma. Y las matemáticas, al menos en alguna etapa de tu vida, auxilian para razonar y para el desarrollo del arte. Brian May es PhD. en Astrofísica, Manjul Bhargava, medalla Fields, toca muy bien la tabla, instrumento indio que le ayuda a pensar. Eugenia Cheng es matemática y pianista. Benet, Musil, Snow, Guillermo Martínez, Goethe, Dostoievski, Primo Levi, Stendhal, Joan Margarit, Boris Vian, Durrell, Rebecca Elson, António Gedeão, Luis Racionero, Salvador Pániker, Nicanor Parra, Queneau, Solchenitzin, y un enormísimo etcétera, fueron escritores con formación científica.

Ezra Pound describió la poesía como «una especie de matemática inspirada». Valéry conocía el veneno del impulso poético, el aguijón que aviva el espíritu creador y que provoca “algo semejante a un cálculo” y que sumerge al poeta en un juego que guarda similitud con la resolución de un problema matemático. Decía el físico Paul Dirac (en broma) que cuando trabajas en ciencia tienes que escribir sobre cosas que nadie sabe con palabras que todo el mundo es capaz de entender, mientras que al escribir poesía se debe expresar algo que todo el mundo sabe con palabras que nadie entiende.

Para mí las matemáticas son un chisporroteo de geiser en Uppsala, el rocío lunar por donde corre un agua escapada del laberinto, el pelo angélico de una luz enrollada en un pañuelo. Las matemáticas son lanzas de mármol echadas sobre nosotros.

Si la constante de Planck tuviera un valor diferente, esto afectaría a la escala atómica y a la forma en que brilla el sol. También podrían cambiar los tamaños geométricos de los objetos macroscópicos, el clima, la gravedad y la luminosidad. La constante literaria de Sanz es 0,1, y, si tuviera un valor mayor, afectaría al curso de la historia literaria, al catálogo de las editoriales, al número de escritores y lectores competentes, a la frecuencia en la lectura de libros por habitante, a la cantidad de dinero gastado en librerías y bibliotecas et caetera.

Tractatus 25

Se me mezclan unos polisíndetos en los cogollos de tudela con anchoas y vinagreta de pimientos, la escudella y la samfaina tienen ese típico sabor borgiano de sus lítotes. Las hojas de la ensalada flotan con el espíritu de calambures quevedescos («Son los bizcondes unos condes bizcos»), brillan con hipérbatons gongorinos («Mientras a cada labio, por cogello») Berberechos o almejas a la sartén, espardeña a la plancha o centollo cocido, están disueltos con el sabor salado de metáforas, anáforas, sinonimias y sinécdoques. Por la aceitera ruedan adjetivos verdes, el azucarero guarda como un tesoro nombres blancos, y los cuchillos cortan inmesericordamente a rodajas artículos, pronombres, adverbios, verboides, preposiciones, conjunciones e interjecciones. Me alimento de palabras, gazpachos y tortillas.

(A Marc Colell)

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Ingratas voces me acusan de liróforo ganapán, malandrín, ñiquiñaque, zamborrotudo, ñengo, paparote y sancirole, pero me emociona, ay, el aquilón, el lebeche o el gregal en la cara, doñear con doncelluecas, lambucear un plato de lentejas, los mojinetes a mi sobrina, y el petricor tras rusticar y sentir el xirimiri pamposado.

Tractatus 24

Frente al tropismo psicológico taylorista o estajanovista, el auxilio de los libros.

Carl Sagan, Cosmos, Parte 11: The Persistence of Memory,1980:

«Cómo no asombrarse frente a un libro. Un objeto plano nacido de un árbol con partes flexibles en las que están impresos montones de graciosos garabatos oscuros. Pero, con solo hojearlo, uno se encuentra dentro de la mente de otra persona, tal vez de alguien muerto hace miles de años. A través de los siglos o milenios, un autor remoto te está hablando clara y silenciosamente directamente a ti. La escritura es quizá el mayor de los inventos humanos, pues une a personas que nunca se conocieron, ciudadanos de épocas distantes. Los libros rompen las cadenas del tiempo. El libro es la prueba de que el ser humano es capaz de hacer magia».

Los libros tienen la misma belleza que esas marañas de ramitas verdes y desnudas, robustas, cortadas por su borde, con una banda transversal de color crema brillante.

Libros, pasión y perdición de mi vida. Con el lomo que cubre el cosido o encolado de los pliegos, con la sobrecubierta, denominada también «camisa», y que se trata de una funda de papel resistente, plastificado o cartulina colocada sobre las cubiertas a modo de protección. Libros, lago oblongo incrustado en el oro del asfalto. Agujero espatulado a través del cual se ven los cielos del Dante. Humedad blanca y tentacular con letras impresas color betún.

Francisco Cutanda, escritor, bibliófilo y académico, escribió una carta prólogo con unos «Consejos, o sea decálogo de un colector de libros» dirigidos al marqués de Morante aún reconociendo que aconsejar era oficio de pobres y -añadía- de necios «nueve de las diez veces, y siempre que el consejo no es pedido y no hay posibilidad de que se siga». Lo hizo utilizando el seudónimo de «Alejandro Mendiburu» en el segundo tomo del «Catalogus librorum doctoris D. Joach. Gomez de la Cortina, March. de Morante, qui in aedibus suis exstant, I-IX. Matriti: apud Eusebium Aguado», 1854-1870.

El marqués, que hacía grabar en sus tapas el escudo y la leyenda «J. Gómez de la Cortina et amicorum – fallitur hora legendo» aunque no prestaba libros a sus amigos y «solamente legendo esa horita en la biblioteca podían disfrutarlos», no prestó atención a todas las advertencias, como temía su «consejero», pero tal vez sirvan de orientación a quien tenga, o pretende tener, una biblioteca de lector o una biblioteca de bibliófilo:

Consejos, o sea decálogo de un colector de libros.

1.- Serás parco en adquirir; mira que una librería muy numerosa, de medio, de instrumento de saber, pasa a ser impedimento; repara que un hombre no es un museo, ni tampoco una Biblioteca, y a cada libro que compras cuasi-contraes la obligación de leerlo.

2.- No te fíes de catálogos ni de boletines, mira que todos sus encomios de libros prueban en sus autores casi infinito deseo de no tenerlos.

3.- Piensa siempre en que una es la bibliografía del librero y otra la del literato; que la una distrae de la otra, y que esta otra es mas lucida y sustanciosa que aquella una.

4.- Piensa en tus novísimos y postrimerías, es decir, en la brevedad de la más larga vida humana, y no atesores muchos más libros de los que podrás disfrutar. Considera lo que fue de la Biblioteca del Duque de la Valliere, de la de Mr. Hebert, de la de Mr. Renouard, de la de Luis Felipe, de la del Infante D. Gabriel, de la del Príncipe de la Paz, de la de Böhl de Faber.

5.- No adquieras tantos libros de una especie que te cause vergüenza el carecer de los muchos que siempre te han de faltar; esto es vivir pobre entre riquezas y mártir entre delicias; mira que ninguna colección ha llegado a ser completa.

6.- Viste magníficamente sólo aquellos libros que nunca hayas de leer ni consultar, los que destines a pasar de libros a relicarios; y decente, pero modestamente, los que hayan de continuar sirviéndote y a tus amigos.

7.- Usa de tus libros procurando extraer de ellos uno más, y ese bueno.

8.- No tengas dos libros enteramente idénticos, no te parezcas a cierta señora, que en prendándose de un vestido o de un pañuelo compraba la pieza.

9.- Nunca pagues por un libro lo que pueda bastar para adquirir mil mejores; a no ser que sepas de alguno en que se encierre toda la ciencia y toda la felicidad.

10.- No seas tu propio bibliotecario, ni hagas por tu mano el índice de tus libros.

NOTA BENE: Lean: «La biblia de los bibliófilos» de Víctor Infantes, o «Los libros de casa: formación y cuidado de la biblioteca» de Fernando Huarte Morton, o a Fernando Mendoza: «La pasión por los libros. Introducción a la bibliofilia», para más concertados consejos, a seguir o, tal mi caso, negar.

Tractatus 23

Escribo desde un oscuro y pequeño poblachón orensano. Publico, en cortas tiradas, modestos papeles provincianos. Creo que mi prosa no es seca academia, abyectos ilusionismos arribistas, desacreditados trucos del «trompe l´oeil» anquilosado. Sé que mis páginas no son del todo modélicas, pero, sin embargo, y como Michelet al describir el detalle del brocado rojo un poco pálido del bonete con que llevaron a la guillotina a Luis XVI, a veces acierto, doy en el blanco. Entonces hay sabor, plasticidad, invención, gracia y genio en mi lengua, por muy pueblerino que se me vea.

Deseo mi escritura con lustre y celofán de elegante ostrería. Aunque mi aislamiento gallego es digno de carolino de la Oceanía, me gustaría que mi literatura fuese perfectamente acogedora, como la salita de estar de una vicaría, como dibujos a pastel rojo de Henry Moore. Sueño con que la algarabía de mi lenguaje deje percibir algunas profundidades. Me apena que se me considere solo rural, o loco, o campesino, agrario y pedestre.

Tractatus 22

«Henry Cavendish era un gran hombre con extraordinarias particularidades: su voz era chirriante, sus modales nerviosos, tenía miedo de los extraños, vestía el traje de sus abuelos, y cuando se sentía avergonzado articulaba el habla con dificultad. Era enormemente rico, pero no hizo uso de su riqueza… Cavendish vivió severamente la vida de un solitario, recluido en su sótano. Un día fue a la cena del Club y a la Royal Society, y no se relacionó con nadie, demostrando una gran hurañería. No recibía jamás en su casa. Fijó el peso de la tierra, estableció las proporciones de los constituyentes del aire, se ocupó del estudio cuantitativo de las leyes del calor y, por último, demostró la naturaleza del agua y determinó su composición volumétrica. La tierra, el aire, el fuego y el agua, todos y cada uno de ellos fueron objeto de sus observaciones. Fue muy sagaz y profundo, y con seguridad el científico británico más consumado de su tiempo», John Hudson, «The History of Chemistry».

Henry Cavendish era extremadamente tímido, solitario y misógino. No veía a nadie, ni siquiera a su familia más cercana; se comunicaba con sus sirvientas solo a través de notas escritas y nunca tuvo interés en publicar sus geniales hallazgos. Nació en 1731 en el seno de una de las familias más ricas de Inglaterra de ese momento. Su padre, Lord Charles Cavendish, era el hijo menor del duque de Devonshire, miembro de la nobleza británica. Su madre, Lady Ann Gray, murió dos años después de que el científico naciera, al dar a luz a su hermano Frederick. A los 11 años, Henry entró a estudiar en la Escuela de Newcome en Hackney, al este de la capital inglesa. Luego, a los 18, ingresó a Peterhouse, uno de los colleges más antiguos de la famosa Universidad de Cambridge. Su timidez generó incomodidad en su entorno, donde se comentaba que estaba siempre en su propio mundo y que no interactuaba con nadie. Ello, en parte, fue la razón para que decidiera abandonar sus estudios antes de graduarse. Fue entonces cuando se aisló y se dedicó exclusivamente a lo que más lo apasionaba: la investigación en las áreas de la matemática, la física y la química. Y a pesar de que en 1773 heredó de su tío una fortuna de 1.200.000 libras esterlinas -convirtiéndose en uno de los hombres más ricos de Reino Unido-, el dinero no influyó en su estilo de vida.

Personalidades como Cavendish o E. Dickinson sorprenden por su radicalidad. La soledad suele destruir la conciencia, o conducir a la locura. El aislamiento es contra-terapéutico. Pero tomar como fin la ciencia o el arte, y tomarlos con seriedad, y encima en alguien muy talentoso, genera vidas cuyo resultado nos admiran tanto como nos espantan.

Tractatus 21

Como buena regla lectora recomendaría, después de leer un libro nuevo, no disponerse nunca a leer otro libro nuevo hasta haber leído uno viejo por el medio. Los libros no son huevos, ¿saben? Que uno haya envejecido no significa que esté malo. Kafka: » Se dedica demasiado tiempo a lo efímero. La mayoría de los libros modernos son meros reflejos vacilantes del presente. Y desaparecen muy rápido. Se deberían leer más libros antiguos. Los clásicos. Goethe, Homero, Lucrecio. Lo meramente nuevo es lo más transitorio de todo. Hoy es hermoso, mañana simplemente ridículo». Los libros viejos, ay, huelen a una combinación de notas herbáceas con un toque ácido y un toque de vainilla sobre un almizcle subyacente.

«Guardo celosamente mi tiempo de investigación, y me encanta sumergirme por completo en esos libros y papeles viejos y polvorientos de los archivos, universidades y bibliotecas. Es una de las partes más gratificantes de mi trabajo», Sigbert Josef Maria Ganser.

«Bendiciones sobre la cabeza de Daniel Charles Solander, un botánico distinguido, que después de extensos viajes llegó a ser «Keeper» en el Museo Británico. Inventó el estuche de cuero que lleva su nombre, una caja con la forma exacta de un libro, en la que se puede guardar algún precioso volumen cuando se coloca en las estanterías», Manuel Pecellín Lancharro.

«El tomo pesaba más que todos sus libros de texto juntos y olía a humedad, como una tienda llena de cosas mucho más viejas que ellos. Cada página parecía a punto de romperse, y mis alumnos se esforzaban por no dañar el libro», Claude Bernard.

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Perdí pie con el mundo moderno. Me asola la impresión de que el cine es de una gran perfección técnica, pero que arropa naderías. La música (creo) apenas es tal música. El teatro no existe. En la pintura prima más la especulación que la estética. Sensaciones de un diletante intelectual que probablemente correspondan a un alma vieja y desfasada. A veces imagino si quizás no pasarían desaparcebidos, y apenas leídos, Cunqueiro o Valle-Inclán, de haber vivido en nuestra época. Acaso el ocaso no sea de los tiempos, sino mío.

Ambrosio, Agustín, Casiano, Alcuino y Bernardo, opacaron a Juan de Fécamp, «el más notable autor espiritual de la edad media antes de San Bernardo»(A. Wilmart, «Auteurs spirituels et textes dévots du moyen âge latin», París, 1932, p.127) Fécamp no dejó de aspirar a la soledad del eremitismo. A mí me gustaría leer libros raros, antiguos, en lenguas exóticas, y vivir en soledad. Leer, no a Pérez Reverte ni Sonsoles Ónega, sino «Delle Memoria historiche della città di Catania», de Pietro Carrera, o no las vaciedades de Dolores Redondo, sino «De re Grammatica hebraeorum opus, in gratiam studiosorum linguae sanctae methodo quam facilima conscriptum», de Jean Cinquarbres. En primeras y rarísimas ediciones.

Tractatus 20

Lasitud, agotamiento, astenia, desaliento, insomnio, autorreproches, culpabilidad, ralentizamiento de ideas, cerebro minado y agotado. Delirios y voces. Mi lengua se aleja de las playas de Homero. Envenenamiento por benzol o cicuta. Como estar encerrado en una habitación ferozmente recalentada, como vivir dentro de una caldera. Con monstruos de piel negra. Con pavesas de eucalipto en la garganta. Ojos acalados. Trastornos, en fin, de mi esquizofrenia cenestopática, ​de mi melancolía, ese aire parado de voz triste -cortinas cerradas-, ese aire de «porter le diable en terre».

Nervios embotados, vida insensible al disfrute o la excitación placentera. Ánimo insípido e indeferente. En vano busco alivio en mis libros favoritos, en aquellas palabras de nobleza y grandeza de las que siempre saqué fuerza, ánimo y consuelo. Ahora las leo sin sentimiento, despojadas de encanto. Una vida sin pulso, sofocante. El pensamiento vacilante, rumiante, indeciso y autopunitivo. Las sombras del anochecer que parecen más sombrías, las mañanas menos alegres. Entumecimiento, enervación, pero, sobre todo, una extraña fragilidad, como si mi cuerpo hipersensible se desarticule torpe, carente de la coordinación. La mente replegada sobre sí misma y los horizontes cerrados.

Tractatus 19

Escribo y leo por la misma razón: para recuperar mi infancia, una infancia de utillería altoburguesa (sala de juegos, estudios heráldicos, piano Steinway, cuadros de Vidal-Quadras, alfombras mágicas, cortinas aterciopeladas, biblioteca, gabinetes de estudio…)

Y la casa de la playa en Sitges, donde el agua del mar es silenciosa, acaso sutilmente cortés ¡Sitges! El bermellón mezclado con mitos del modernismo. Sus pigmentos suavizados con miel, jugo de higos, aceite de amapolas y babas de caracoles rojos. Acuden a mi memoria acuarelas y óleos (desconfío del frágil pastel y la ruda témpera) Mundo paradisíaco de esmaltes ámbar. El deleite de esfumar témpera. Por eso escribo y leo.

Escribo y leo para poder volver a estar con mi familia «high class». Recuperar los veranos de divinos rincones, los viajes por Europa, la vida intrauterina alejada de inclemencias. Los fines de semana recorriendo el interior de Cataluña para ir a comer a remotos restaurantes de cocina fascinadoramente inmediata, y el sabor posterior de la tertulia, la sensación ininterrumpida de hablar y oír hablar, el sabor versallesco de las palabras en la boca.

Escribir y leer me resultan una actividad elegíaca. Escribir o leer es habitar la casa de la Du Deffand, la Lespinasse o madame Tencin. Rodeado de una cofradía de gaviotas venidas de no sé dónde, en un universo de alas irisadas, con zumbar de teatro. La belleza del mundo. Pasos contados por el malecón. Y el rostro de mamá coloreado de reflejos matinales, apetencia de una felicidad tan compasiva como la vida.

Quiero acostarme y dormir por siempre en esos pasajes. En esa avalancha hacia el Sol y la Luna. Y mi piel entrando en júbilo por esas corrientes calientes. Por eso escribo y leo.

Tractatus 18

-Con vocación llamémosle «absoluta» y dedicación escasa. Escasa en tiempo. De un resultado que siento muy insatisfactorio. Tropiezo instintivamente con Rilke, Leopardi, Mann, Boswell, Lobo Antunes.. y me hundo. La cadena montaña de las fulgurantes cumbres literarias me aplasta. Soy un escritor inseguro, y con complejo de inferioridad.

-Escribí en catalán y castellano, y dos rarezas, una en inglés y la otra en latín. Un latinista me corrigió y me dijo que el texto estaba plagado de errores. El texto, sin corregir, con su latín macarrónico, decía:

Sub hac tribunam iacet corpus Christian
Christian filius vixit per annos–
de experientia vitae breviter scripsit.
Multa cogitavit. Dilecta uxore fillius
quinque nepotisque ripa maris obit.
Kalendas iunit anno domini.

-Mi gran defecto como poeta, entre muchos otros, es la falta de variación. En cuanto a la forma, cualquier poema tomado al azar ya es representativo. No fue mi vida un vagabundear de pensiones, nunca me faltó el dinero, por lo que no encontrarán en mi obra, cómo decirlo, algo similar a un baudeleriano matriz de morbosidad. Ni prostitutas, borrachos ni cadáveres. Acaso algún loco, dados mis recurrentes ingresos en los manicomios. Tengo una buena educación innata, pero ausencia de vitalidad. Cuán cerca me quedo a veces de la estupidez..o la simple golosina. ¿Antiguo o moderno? Ni restaurador de una antigua tradición ni novísimo a la última moda en el gay trinar. Mi poesía es barata y se entiende.

-Empecé a interesarme por el lenguaje muy pronto. De niño leí cómics, a Salgari, a Verne, simultaneándolo con un talento e interés matemático precoz. Pero enseguida vinieron las sorpresas (tras la lectura de «Joven poesía española», de Pereda y Moral) La sorpresa y el asombro por lo que se podía hacer con las palabras. La importancia de lo escrito, de cómo escribirlo más que de qué escribir, la preocupación por las palabras me vino dada por la lectura de esos poetas antologados. Y el desasosiego al percibir la diferencia entre buena y mala escritura, que brotó en mí pronto, y resultó intenso, acuciante. Una angustia completa, vaya. Afanosamente buscaba la pirueta por la pirueta. Conocida es la frase que dice que el escritor debe sufrir para que el lector no sufra. Me arrepiento de mi etapa de formalista en pos del mero efecto orfebre, del alarde verbal, del «más difícil todavía».

-Mi madre. Mi madre acostumbraba a leeerme poemas, después, yo solía leerle mis poemas.

-No me apena. Si mi obra quedara me convertiría, dada la idiosincrasia de mi vida, en un personaje de culebrón. Tampoco escribiré mi autobiografía; el mundo rebosa de escritores que no se reprimen un ápice a la hora de contarnos su vida.

***

Nacido en 1971 en Barcelona, España, Christian Sanz fue el mediano de una familia burguesa con tres hijos. Tras licenciarse en la U.B., trabajó casi treinta años para el gobierno francés, trabajo discreto que debió dejar debido a una enfermedad mental. En la actualidad vive solo en un pazo de una minúscula aldea orensana, sin esposa ni hijos, en la más completa soledad. Pasa días y días solo, y le parece absurdo pensar que en un campo tan grande solo germine un grano. Una sensación de vacío inerte que le resulta insoportablemente opresiva.

Tractatus 17

¿Alguna vez ha paseado por un rincón tranquilo de una biblioteca o una librería de viejo, y se ha topado con un libro que parecía un tesoro inaccesible, recóndito y escondido? Tal vez se fijó en su cubierta desgastada o leyó sus primeras líneas por curiosidad, hasta que le atrajo irremesiblemete.

Libros raros, buscados intencionadamente o hallados al azar. Libros raros, uf, muy raros: «La bibliopegia antropodérmica ha sido un espectro en las estanterías de bibliotecas, museos y colecciones privadas durante más de un siglo. Los libros de piel humana, fabricados en su mayoría por médicos bibliófilos del siglo XIX, son los únicos libros controvertidos, no por las ideas que contienen, sino por la constitución física del objeto. Repelen y fascinan, y su apariencia ordinaria oculta el horror inherente a su creación», apunta Megan Rosenbloom.

Uno de mis antepasados -militar y matemático- coleccionó libros eróticos y pornográficos. Se siguen vendiendo libros ¿Todavía quedan libreros como aquellos últimos mohicanos de antaño? Aquel tipo de librero que durante seiscientos años ha rastreado sótanos, depósitos y librerías en busca, a veces, de libros raros o, más a menudo, de libros de segunda mano. Eran los cazadores-recolectores del negocio del libro, los viajeros y recolectores que se pasaban la vida salvando libros que, de otro modo, se habrían perdido.

La frase japonesa 期会 (ichi-go ichi-e), significa «una vez en la vida». Un recordatorio de que cada momento es único e irrepetible. Como la lectura de ese libro raro y curioso vorazmente soñado.

Todo lo que leemos ahora parece como comisariado, mediatizado, optimizado y filtrado por algoritmos. Aunque esta comodidad tiene algunas ventajas, carece de la magia de la serendipia o de la intención prolongada hacia un volumen determinado: la emoción de lo profundamente personal. Porque los libros raros son especiales.

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Bartolomé José Gallardo fue un apasionado coleccionista y especialista de libros raros y curiosos de los siglos XV, XVI y XVII. Liberal, historiador, bibliógrafo y maestro de bibliógrafos, la obra que dio sentido a su largo trabajo fue la póstuma: «Ensayo de una biblioteca de libros raros y curiosos». Catedrático de Lengua francesa en Madrid, bibliotecario de las Cortes de Cádiz y diputado por Badajoz. Polémico, irónico y satírico, de orígenes humildes. Nadie mejor que Juan Manuel Rozas para definir el perfil del personaje:

«Es uno de nuestros primeros medievalistas, consumado cervantista, sumo conocedor del Siglo de Oro, sobre todo de nuestra poesía y nuestro teatro. Al mismo tiempo, terrible polemista, escritor satírico, discreto poeta, agudo corresponsal, antólogo sensible y un fino ensayista con lenguaje propio. Y, en la base de todo esto, su bibliofilia. Si hubiese sido un bibliógrafo común y corriente, sin más pretensiones que amontonar papeletas, hubiese acabado obras y obras, pero su curiosidad, su genial interés por todas las ramas que sustentan y auxilian a la literatura, le han hecho un bibliógrafo innovador, porque aporta a la cultura española de su tiempo, nada menos que una nueva metodología, una nueva forma de entender el oficio. Desde él, para ser un excelente bibliógrafo hay que ser un filólogo».