Diario del zalapastrán 105

Koldo, el gordinflón chulo-putas, tiene brazos como tenazas bajo el rebozo y belfo mecido por risa de cabrío. Pícaro de rejas de cárcel -como Ábalos-, ambos salieron de sus recámaras pobretonas con bulle-bulle para llevarse la pasta. “Gauche Dorée” de un gobierno de barraca, avejentados tunos sátiros, son el símbolo de nuestra España católica y ladrona. Igual a cholos en un corral de gallinas, pero, mira tú, desde el poder. Con sus putitas jóvenes y carísimas, de chocho suave y rosadito. Cerebros aguzados con el fin de subirse al escalafón donde siempre hay montones de oro y coca. Los manes libertadores en esta tierra de conejos.

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Si en Fray Gerundio de Campazas, alias Zotes, el Padre Isla se burla de la práctica de los oradores de su época que empleaban un lenguaje barroco altisonante, de frases rebuscadas, gongorinas, y con un alarde de mal gusto y audacia hasta aburrir a los parroquianos, al menos concedamos que estos mastuerzos de Ábalos, Koldo, Aldama y compañía, nos divierten con su rancho rancio, simplón y chatarrero.

A ver si con un poco de suerte lo comen en el chabolo. Y que rule entonces el jurdó en el talego.

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AY LAS FRESQUITAS MUJERES TODAS LLENAS DE AGUJERITOS, SE DICE JUAN CARLOS

A mí me gustan zagalas percheronas, carnosas y merinas,
fraguadas en arrabal gitano, o con lomo de menina,
que no huelan a cerro de tormenta, sino a gachí de manteca.
Al Borbón, vela y pela; no a Platón chapando en biblioteca.

Diario del zalapastrán 104

Lamento escribirlo, porque me gustan campos, montes y verduras, pero tengo la sensación de que la loa y panegírico de la naturaleza se da a expensas de la filosofía, la civilización o la filosofía.

Un paisaje gusta a la vista, el musgo satinado al tacto, un níspero al sabor, una rosa silvestre al olfato, y el piar de un mirlo al oído. Desplazar la espiritualidad a un medio (la naturaleza) que, si lo tiene, lo tiene de modo mediato e indirecto, me parece un error que empezó con el triunfo en el siglo XVIII de los románticos.

A nosotros (cultura y no solo natura) nos define la capacidad de traducir una sensación a un pensamiento, a un producto verbal. No nos dejemos sobornar por bucolismos o eslóganes naturalistas y animistas.

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La naturaleza sin cultura es una intuición ciega, la cultura sin naturaleza es un ensalmo sin magia.

La ciencia y la filosofía nacieron entre parlanchines griegos en ciudades marítimas, mediante acalorados diálogos en el ágora. La experiencia estética, la idea de lo sublime ante una montaña, sirven en tanto en cuanto tienen un correlato en la articulación lingüística. No nos hace solo la naturaleza, sino sobre todo el artificio de las palabras y la retórica.

Uno tiene la sensación de que esta moderna divinización de la naturaleza existe en la sociedad debido a la crisis de la ciencia, las humanidades, la literatura, la religión, es decir, de nuestro yo cultural más genuino y de valor.

Diario del zalapastrán 103

Acampo en el silencio más claustral y eremítico. Llevo sin escuchar la radio, la televisión o la voz humana varios días seguidos. Acampo cerca del bosque. Entre abedules frondosos sueño. Llueve. Repiquetea o tamborilea el agua en el canalón. Instalado en un prado herboso de siega miro al cielo. Bajo el abedul me sahúmo en la fogata vivificadora y preparo la cena. Feroces cínifes no desaparecen. Llueve. Sueño con marraquetas y tarta “tropézienne”.

En mi biblioteca el volumen de Voltaire empastado en tela granate flordelisada. Recuerdo los tocadores al laqué blanco con espejos ovalados y cuadros figurativos de la habitación de mis papás. El empapelado papel vinilizado del cuarto de invitados. La casa de la playa llena de alacenas y escondrijos, subterráneos y baúles nominalmente prohibidos que mi hermana y yo abríamos con horquillas retorcidas. Veo el piso de la avenida de Pedro III, número 94, con tantas novelas -sin restricciones para el lector de cualquier edad- de todos los siglos (la novela ya era la piedra angular de la industria editorial)

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Emanuel Levinas: “La soledad es la unidad misma del existente, el hecho de que hay algo en el existir a partir del cual tiene lugar la existencia […] Así pues, la soledad no es solamente desesperación y desamparo, sino también orgullo y soberanía”, “El tiempo y el Otro”, p.80

Kierkegaard: “El hombre de espíritu se distingue de lo que somos nosotros por su capacidad de soportar el aislamiento, su rango, como hombre del espíritu, es proporcional a la intensidad con la que puede soportar el aislamiento, mientras los hombres que somos nosotros permanentemente necesitamos de los “otros”, del grupo; nos morimos, nos desesperamos, si no estamos resguardados por la pertenencia al grupo, por tener la misma opinión que el grupo”, “El instante”, p. 93

María Zambrano: “En los momentos de soledad, de esa soledad total que adviene tras la experiencia del desengaño de las cosas y su vacío se hace sentir la realidad -o su ausencia- como proveniente de un foco primario, viviente. Solo él puede restituir la confianza y la vida”, “El hombre y lo divino”, p.301

Mounier: “El hombre de la diversión vive como expulsado de sí, confundido con el tumulto exterior. Así el hombre es prisionero de sus apetitos, de sus relaciones, del mundo que lo distrae. Vida inmediata, sin memoria, sin proyecto, sin demonio, es la definición misma de la exterioridad, y, en un registro humano, de la vulgaridad. La vida humana comienza con la capacidad de romper el contacto con el medio, de recobrarse, de recuperarse, con miras a recogerse en un centro, a unificarse”, “Obras completas”, Vol. III, p.485

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Contemplo los latidos geológicos salvajes; en un camino aparecen, junto a numerosos árboles, rodales de marihuana, con sus pies machos y sus pies hembras. Marihuana; aparecen en mi memoria noches de Sitges del noventa y uno, con Marta, noches del sábado fumados, la ventana abierta del hotel donde entraba el verano y, abajo, en el jardín, escamas púrpuras de la buganvilla formando helicoidales y fascinantes dragones azules y casi reales.

Por desgracia, en la sociedad muchos expresan solo aquello que cuenta con la aprobación de la mayoría, sin desarrollar una necesaria y legítima extravagancia. El relumbrón del estilo es el destino y poder de la individualidad.

Nunca nos familiaricemos con el pestilente estilo de las masas.

Solitario y silencioso, soy yo, y soy independiente.

Liminar

LIMINAR

“Zalapastrán”, “zalapastrana”, son adjetivos en lengua gallega que vienen a significar sucio o de aspecto descuidado. Tienen como sinónimos: baldreo, bandallo, fargallón, pastrán, pelandrán, pingón, zampallán.

También se pueden usar los términos como sustantivo, y entonces entre su sinonimia hallamos: adán, badanas, baldreo, baldroeiro, baldrogas, fargallón, pastrán, pelandrán, pingón, torgallo, zampallán.

Existen muchos insultos o palabras gallegas eufónicas, muy bonitas, así “barallocas”; el barallocas -uno de los vocablos más utilizados en su uso general- define a ese tipo de personas que hablan mucho, pero tan sólo dicen parvadas. O “chafallada”, chapuza, “rosmar”, refunfuñar; insultos de fonética ondeante son, por orden alfabético, bulebule, cacharulo, cacholán, caguiñas, camanduleiro, chapón, chocalleiro, farfallón, fazañeiro, garatuxeiro, langrán, lareta, lercho, mexeriqueiro, moinante, pailán, palabreiro, pándego, panxolas, prosma, raposeiro, remendafoles, rexoubón, rifeiro, rincheiro, trampuzas o xan.

“Zalapastrán” viene a ser lo mismo que persona sucia y desarreglada, más o menos como zarrapastroso. Lo que los de aquí prefieren decir directamente “porco” (cerdo) O, en buen español, un “fargallón”, es decir, persona desaliñada y descuidada en el aseo.

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Por astroso y desaseado no se piense en mí, sino en la civilización que me rodea. En los liminares a otros libros de esta pentalogía, y por precaución, consideraba a mis mitos apocalípticos meras hipótesis. Ahora los creo certezas compactas y definitivas, indubitables. Está instalada una barbarie colosal.

Mis circunstancias, las de una soledad montuna, en mi huerto y mi finquita, no impiden que mis ojos vean. La valía de una vida recae en su “qualitas”, no en su “quantitas” ¿La civilización? Ningún escrúpulo, nada sagrado, nada verdadero, ningún respeto, solo el yugo de la atroz incultura, solo la salvaguarda de inútiles vidas mercenarias, hedonistas. La noche oscura nos sorprende en medio de los llanos. Ningún hombre en pie, gracias a su grandeza o su poderío. Todo decae y va a menos, zaborrero, farfullero. Campos pedregosos, arrancando las escasas hierbas con las uñas y los dientes, como dijo Ovidio. Víboras en perlas que fueron ojos, viento cruzando la tierra parda, oseznos devorados en la isla de los cocodrilos.

Una CIVILIZACIÓN ZALAPASTRANA.

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Tenía escritas más de cien páginas donde, en capítulos alternos, narraba mi vida y mi credo filosófico. Las rompí todas. Mi vida fue innumerable, huidiza, secreta e incrédula. Recuerdo in extenso datos espasmódicos y dolorosos, así como otros hechos sensibles y dulces para el corazón. Recuerdo el ángel de la música de un enrojecido pálido, los caminos secretos del álgebra y la lógica hasta el amanecer, la túnica guerrera o pulóver de cachemir que marcaban los senos de Marta, el claro de Luna en las playas de Sitges donde verla mejor.

Recuerdo la camaradería con Maurici, nuestro común tono burgués y pudoroso que fuimos violando, los viajes, los equívocos, los nulos agravios, la fatalidad de su muerte prematura por mano propia.

Recuerdo flores y mariposas en la Piazza della Signoria, el no embrollarse y las frases amables de los dependientes londinenses, las creencias seguras de las gentes de Boston, la luz de París como un poema que cuenta crepúsculos personales.

Recuerdo a mi familia, un reino afortunado. A papá, a mamá (muchísimo), a Eva, a Noemí (cúpula estrellada, leopardo del cielo), a mis sobrinos Daniel y Clara, a mis abuelas Pascua y Marina. En ese garito, en ese cogollo familiar, todo fue alegría y fuerza, sentimiento y belleza. Me atormenta lo mal que lo pasaron por mi culpa, pero, pese a mis desgracias, me rodearon con un círculo de poder casi indestructible.

Recuerdo a los libros, bujía que iluminó mi vida, impar paraíso manuscrito. Borges sabía que la existencia de un escritor a menudo es pesarosa; en la vida de un lector, por contraste, abundan los momentos de felicidad y óptima dicha.

Recuerdo a Israel, mi sangre judía, porfiada en sus preceptos, elaborando atónitos terrores defensivos, porque a veces Sefarad parece un animal extraño llegado de la jungla, o una fruta de seda.

Recuerdo todos y cada uno de los cuerpos de las putas con las que me acosté, sus cinturas delgadas, sus plenas caderas, las desbordantes copas de sus senos, sus ojos desnudos mirándome desde la cama. Como milenarias esculturas del sur de la India.

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Ahora la gente ni habla ni escribe en cristiano. Los políticos -macacos- viven del fraude y el interés personal, y el pueblo se somete como descerebrados súbditos y han perdido toda noción de Libertad. Las novelas son puros perifollos y nadie alaba a María Antonieta. Plebe espiritualmente descalza y famélica. Y la chusma del Estado oprimiendo, limitando, expoliando.

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Detesto este mundo. Lo odio a rabiar. Se expresan sentimientos e ideas por medio de gritos. No, no publicaré ni una línea de mi autobiografía ni de mi credo intelectual. Probablemente no publique una línea más después de este libro. Mi idea era escribir una pentalogía formada por “Diario de un esquizofrénico”, “Pertinencias e impertinencias”, “Diario del falso aristócrata”, “Diario del zalapastrán” (el libro que el lector tiene entre manos) y acabar con “Diario de Aquitania”. Pero no, no me siento motivado. El cutre y ágrafo ambiente cultural analfabeto que nos rodea y el nulo éxito de mi obra me impelen a tirar la toalla. Leeré y esperaré mi cercana muerte, contento de verdad. Con mi literatura me propuse expresar en forma inteligible, es decir, inteligente, los estados del alma. Quien ni siquiera se lo proponga no llega ni a escribiente. Que el lector y la posteridad me juzguen.

La peste, nos cuenta Tucídides, entra por el mar y conquista la tierra. Cae como un rayo en todas partes. Se extiende desde el Pireo hasta la Acrópolis. Se apodera de los cuerpos de la cabeza a los pies. Los enfermos no tienen reposo ni pueden dormir, su sed no se apaga. Extraordinario es el hecho de que las aves carroñeras no se acerquen a los muertos. La enfermedad desintegra el cuerpo: se pierden los genitales, los dedos, incluso los ojos. El saber no sirve de nada y el mal los apresa a todos: morían “como ganado”. “Semimuertos” ruedan por los caminos y en torno a las fuentes. Los hombres perecen solos; las casas se vacían. Los parientes de los muertos están lo bastante agotados como para no llorar las pérdidas -no hay duelo ni lamento. Muertos yacen sobre moribundos; cadáveres polutos llenan templos impolutos; cuerpos de distintas familias se amontonan los unos sobre los otros en la misma pira fúnebre. Sacudidos todos los cimientos y sobrepasadas todas las fronteras, lo que queda en pie es la conmoción, la confusión; queda la indiferencia, el desquiciamiento, la devastación, la desvergüenza, el descorazonamiento. Queda la ausencia, la amnesia y la enajenación -los supervivientes no se reconocían ni a sí mismos ni a sus parientes. El trastorno estaba ya en el aire. LA ENFERMEDAD PONE AL DESCUBIERTO EL DETERIORO INTERNO DE ATENAS.

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Soy barcelonés de origen, manresano y orensano de adopción. Pasé muchos momentos de mi infancia viajando por Europa, y residí brevemente en Londres y Boston. Trabajé casi veinte años como analista en el secretariado de un gobierno extranjero, en un oficio donde callar, ocultar y fingir eran exigencias ineludibles. Varias veces ingresado en manicomios públicos. Siempre tuve perros en casa. Más que hablar, leo en varios idiomas, alguno exótico, algún otro muerto. Espero que con esta lacónica semblanza autobiográfica se entienda el fluir anodino de mis días. Me interesa más el plano onírico que el real, la vida mental a la vida empírica. Rindo culto a la Belleza y la Sabiduría. Me gustan los tordos y el olor a pino.

Sean dichosos y lúcidos. Brindo por el fin de este breve libro degustando langosta azul asada y ahumada en la barbacoa, sazonada con hierbas frescas y verduras soleadas, y un filet mignon de ternera a la parrilla, jugo de berenjena e infusión de romero. Ah, esta civilización de cabeza apedreada, de urdidas y mezquinas óperas bufas de palabras. Civilización que escribe sobria y corrige borracha. Cuya enfermedad pone al desnudo un deterioro que la gentuza no quiere ver. Ahí te quedas. No puedo sino mostrarte un gigantesco DESPRECIO.

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A la par soy, según y cómo, fuerte y débil, a partes distintas. Existen periodos de mi vida en que, de suyo, por su propia naturaleza, solía mostrarme débil, también indefenso, al capricho y albur de los demás.

Sobre el valor de mis libros me acongojaron mis propias sospechas y descréditos, pero hay una recóndita cámara secretísima en mí que creo no me engaña: pese a sus insoslayables defectos, la pentalogía se sostiene a cuatro patas; puede bailar algo la mesa, qué duda cabe, pero es estable, es confiable. La escribí como un lobo estepario, lejos de noches de fiesta, de noches con pandillas calaveras. Y algo quedó en el papel coloreado de Luna.

Me gusta escribir, y puedo hacerlo en cualquier sitio: una habitación de hotel, o los compartimentos de los trenes. O en cabañas, o acorzar para mi habitación. Cojo el bolígrafo y, bien vestido, pergeño unas líneas. Bueno, bien vestido es opinión generosa que a veces las prendas no pegan nada entre sí: cárdigan de lana, corbata de tela escocesa, chaqueta de tweed, etcétera. Acaso eso sea un homenaje a mi maestra secreta, que cito en cada libro a modo de contraseña, Kathy Acker.

Lo que Acker hacía con músicos punks neoyorkinos y pintores pop, yo lo hago con Juvenal y “libertins” del siglo XVII. Lo que ella innovaba mediante el cut-up, tiene mi réplica en el copy-taste. De ahí que los plagios sean muchos e inevitables.

Plagiario lo ha sido cualquier escritor de mérito: Catulo, Pound, Don Juan Manuel, Shakespeare, Dante, Gil de Biedma, Borges, Quevedo, Góngora, Homero, Lorca, Hesíodo, Cervantes, Terencio, Eliot, Plauto ETCÉTERA. Si uno comienza por permitirse un asesinato, pronto no le importará cualquier robo. Yo me paso por el forro el Código Penal.

***

Concluyamos:

i. “Todo lo que no es autobiografía es plagio”, Pío Baroja.

ii. “Nullum est iam dictum quod non dictum sit prius”, Terencio.

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Sean dichosos, olviden a Christian Sanz, y adiós.

Diario del zalapastrán 102

DÍA DE LA SALUD MENTAL

Tanto dolor Alejandra: “Es el desastre
Es la hora del vacío no vacío
Es el instante de poner cerrojo a los labios
oír a los condenados gritar
contemplar a cada uno de mis nombres
ahorcados en la nada”.
Tantísimo dolor: “¿Cómo no
me suicido frente a un espejo
y desaparezco para reaparecer en el mar
donde un gran barco me esperaría
con las luces encendidas?
¿Cómo no me extraigo las venas
y hago con ellas una escala
para huir al otro lado de la noche?”
Qué pez de pico inquieto y rapaz
mordía tu sexo, qué taladro trepanaba
tu cráneo para extraer los juguetes
de las circunvalaciones.
¿Por qué?
***
La solución -mi solución-
fue una montaña lejana con libros,
el despreciar la aflicción de los cuerpos,
el gorjear de mis propios ojos a martillazos
contra el silencio. Y lograr que tu cárcel
sea apenas feliz. Luces encendidas
de un barco de papel ardiendo.
No vivir, no enamorarse, no respirar,
aunque sigas vivo. El brillo de otro tú,
su suicidio asomando en tus paletillas.
Lo escribió casi un poeta inglés:
“Bostezando, bostezando de pena todo
el rato. Porque hay vivos a menudo
como meros fragmentos que crujen
con el cambio del tiempo mientras
transcurre la lenguaraz soledad”.
En las horas tardías una prescrita
congoja de alegría sin placer.

***

Constantino, emperador romano criminal y acaso también psicópata, convirtió por decreto a la plebe al cristianismo para convertirla en ovejitas mansas, para convertir sus cerebros en coprolitos humanos.

Lo mismo que hacen los ingenieros de las redes sociales, la tropicalmente fértil música moderna tonta y la Universidad pestilente, cuyos estudiantes me recuerdan la experiencia olfatoria de dos rieras conocidas como «Merdançar» y «Cagalell», en la Barcelona de la primera mitad del siglo XIII y hasta finales del siglo XIV.

Diario del zalapastrán 101

Podemos y la Monarquía serán sustituidos por la Coca-Cola y Pornhub.

***

Antes de nacer eras no-ser, materia descompuesta, después de morir vuelves a ser no-ser, materia descompuesta. Y en el breve arco de tu vida, fuiste como una bujía, o velita, o lucecita iluminada, entre los dos océanos o cabos inmensísimos de la noche.

¿Por qué escribo? Lo diré de una forma pueril, también espectral. Deseo memoria de mí en el espacio-tiempo, señales o huellas en el espacio-tiempo DE LO MEJOR DE MÍ, señales más allá de lo estricta y necesariamente acotado en mi intervalo de existencia.

La razón SABE que mi destino es el olvido absoluto, el anonadamiento, la cesación inmisericorde. Aunque sea una perspectiva que dé vértigo y miedo, debemos asumirla con serenidad. A los quince o dieciséis años advertí que nunca me convertiría en un genio. Escribí deliberadamente intentado conquistar la literatura. Inútil empeño. Solo a los genios les está permitido cierta inmortalidad.

¿Vivir? Algo viví. Valió la pena estar en el planeta. Algo sorbí de las teticas agudicas que el brial quería romper. Y reflexiones pausadas me hicieron descreer del excelso y eterno Padre que, en su secreta nube, en medio de centellas, levanta la voz. La muerte, ay, espanta: tus átomos dispersos al azar entre los monótonos páramos del universo, vagando solitarios y silenciosos.

No, no me arrepiento de haber apostado por la alta cultura en lugar del rebote y tintineo de las monedas. Ni de no haber tenido mujer e hijos. Délficas ideas aprendí en inapreciables libros. Fui hombre tranquilo de estudio. Amé con desmesura a mamá. Quizá ya me llegó exacta la hora. Nerón tocando la cítara, el Quartier Latin, los caballos cónsules, las mil y una noches: cumplida mi vida.

Pero al despertar lloro por volver al sueño.

***

Debo:

-evitar la grandilocuencia

-quitar el relleno, la paja, la quincalla retórica

-profundizar en mis (limitados) tres o cuatro temas

-saber qué quiero decir y qué no quiero decir

-no ser ambiguo, vago o vaporoso. Buscar la precisión.

-observar un método o patrón en aquello que digo

-tener algo que decir o bien callar y tirar la hoja a la basura

-no ser un escritor meramente resultón

-huir de las ocurrencias, de la inmediatez irreflexiva

-usar palabras frescas, un tono fresco

-ser consciente que nunca seré un gran escritor. Debo conformarme con lograr ser un escritor legible.

-pensar con ideas, no con esquemas de ideas

-aspirar a la madurez

-alcanzar al poema (no conformarse con el borrador del poema)

-confiar en mí (nunca fascinarme por mí)

-pasar cientos de horas delante de la hoja de papel puliendo, limando, sutilizando y escamondando.

Diario de zalapastrán 100

Mal tiempo. Vendaval y aguacero. La casa aislada, colgada de la falda de una colina sumida en la oscuridad. Se han solidificado densos follajes sobre los que se escurre la lluvia comprometiendo la alegría. Estirado en la habitación con un libro, oigo el fragor del chaparrón y el viento barnizar hojas. Pende un hilillo acuoso de mi mucosa nasal. Me siento solo, alicaído y triste.

¿Qué me gustaría? ¿Qué levantaría mi ánimo? Gastar y comprar y ser rico como un faraón. El dinero. Váteres y grifos de oro, varios yates como las barcazas de recreo en su villa imperial del lago Nemi de Calígula, comprar cada capricho que atravesara mi mente: aviones, helicópteros, relojes, Rolls Royces. Regalar a una amante un bolso Kelly Himalaya Diamond de Hermès (474.000 euros), comprarme un reloj de mesa de Patek Philippe (9,35 millones de euros) Algo exclusivo, no necesario, de excelente calidad, de precios desorbitantes. Beberme un Romanée Conti 1945 (558.000 dólares) y que mi biblioteca albergue el Sinodal de Aguilafuente, impreso por Juan Párix de Heidelberg (Johannes Parix) en 1472.

De esta tristeza y esta lluvia solo me salvaría ser escandalosa y obscenamente rico. Trajes entallados azules del mejor sastre de París, mujeres hermosas, playas brillantes, islas tropicales. Y leer. Infinito tiempo para holgar y leer. Porque la lectura también es un lujo. Henry James lo expresa así:

“[…] He de confesar que una lectura atenta es lo que aquí y en cualquier otro lugar pido fervientemente y lo que doy por sentado; […] El disfrute de una obra de arte, la aceptación de una ilusión irresistible, constituye, a mi parecer, nuestra más alta experiencia del «lujo», un lujo que no aumenta, según mis mediciones, cuando la obra exige la mínima atención”.

¿Cómo será sentirse presa del espanto delicioso de ser archimillonario?

***

Benet reivindicó el gran estilo a través de una lengua culta, paratáctica, trufada, siempre, por el aura de los vocabularios de la mineralogía, la botánica rural, la ingeniería, la arquitectura, la geología, y el apólogo moral.

Siempre me pareció una lengua paródica de sí misma, como si un hipopótamo tratase de recoger un guisante. A mi juicio, el artista literario no generaliza, o mejor dicho, su generalización no es abstracta. Por mucho que se piense, su actitud ante la vida es predominantemente emocional.

A Benet le perdían sus delirios racionales eruditos y cerebrotónicos.

Diario del zalapastrán 99

La literatura española tiene algunos problemas con la vanguardia y la modernidad. Tiene mucho de resecas croquetas de jamón, tortilla de patata cebollona de la abuela, o de atún encebollado, de filosofía escolástica de Tomás de Aquino y teología mariana y retrógrada, mucho de cuarrécano (calabaza) y cochifrito de cordero, de mollejas, ajos y garbanzos, y poco, muy poco en verdad, de espuma de judías blancas con erizos o gelatina caliente de trufa negra con piel de bacalao.

Abunda un pseudo-casticismo o vetas de humor de Arévalo, épica romántica de película de Sara Montiel, alegría a lo Marisol, y bullanga kitsch de chicas yeyé; parece que se añora al fox-trot, los tangos, la lambada, los valses, las absorciones anales de Cela, las galas de José Luis Moreno en fin de año; y uno juraría que se desprecia a la ciencia y a la tecnología, o a las modas y modos realmente juveniles.

El barbián, el aragonés fetén, el chulapo madrileño, el gracioso y desenvuelto andaluz, no son formas arcaicas, sino que perviven en distintos estratos de lo español actual. Lo extranjero, en el fondo, se mira aún con recelo.

Uno empieza a estar del Quijote, Mío Cid, el flamenco, Lorca -y los patéticos lorquinos-, los toros o la paella, y demás estofa tópica de ministerio franquista, un poco hasta los huevos.

Diario del zalapastrán 98

Época de efebocracia en lugar de la prudente madurez, de rumores tecnológicos sobre la inmediata actualidad en lugar de la filosofía de lo inmutable, lo único y el centro, de un altar politeísta de efímeros famosillos, de impropios adultos con mente juvenil, de ágapes, pucheros, cucharas y hornillos en lugar de buenos libros, de managers, telegenia, ejecutivos, publicistas, ingenieros, informáticos e intelectuales reyes por un día, de regocijo y refocile en los avatares narcisistas, de largas noches con abuso de somníferos, y drogas y ansiedad y depresiones, de la representación de la política en lugar de la política de la representación.

Época cuya extrema velocidad es igual al cambio radical, a la brutal transformación, a una inmoderada inestabilidad, donde no hay jerarquía, y mutó el milenario punto de vista sobre el hombre y la naturaleza, y donde no hay ya reposo, y todo se tira después de usar, un mundo huérfano de aquellos mitos mayúsculos consoladores (Progreso, Revolución, Historia, Dios, Vanguardia, Utopía, Futuro, Redención, Esperanza), un mundo en que la máquina desplaza al poeta, donde el agolpamiento, el conglomerado, la aglomeración, el sentirse arropado por la multitud equiale a cumplido destino, donde el espíritu lúdico anula cualquier otra moral, un mundo violento, con el furor delirante de un rodar incesante de novedades, y donde el arrebato frívolo sustituye a las preguntas complejas.

En fin, una época semi-analfabeta, anti-intelectual e inundada en un océano de irrelevancia.

Yo no pinto mucho aquí, entre tótems tecnológicos, apiñados turistas, deportes, consumo y consumidores. Solo necesito paz en mi hacienda, poca lluvia, la lividez arañada de las letras en un libro, los atigrados silencios de mi aldea, el vodka frío, y ser tratado con miramiento por mis iguales. Buenas noches y hasta la postrera, invencible, apaciguadora luz.

Diario del zalapastrán 97

¡Qué atardeceres diáfanos! ¡Qué fiestas! ¡Qué aventuras! Todavía recuerdo aquellas tardes de meriendas con mamá, su perfume, la majestad de la tarta de chocolate rodeada por platos con pastas y servilletas grises adamascadas.

Ahora vivimos un tiempo horrible, gilipollas. De vulpejas, lumias, churrianas, zorrupias, perendecas, mozcorras, hurgamanderas. De otarios, gilastros, gilimursis. Tiempos chanchos y marranchos. Y venga mombo, mambo, trombo, mondongo. Tiempos oscuros y garrapatos. Y venga majagranza, ganga, samba, bamba, gamba.

Qué tiempos aquellos con mamá. Los de las tartas arquitectónicas y bonachonas, tan familiares como imponentes, y el capricho -permitido- de quitar la corona de almenas de chocolate. Frente aquel pasado de niníveas obras de pastelería, sembrado de frutas escarlata al modo oriental, estos merluzos y horteras y analfabetos seres de hoy que me cercan.

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Pere Gimferrer paseándose por Barcelona vestido de estatua ecuestre ¿Se merece el Nobel, no?

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Yo me autodestruyo para saber que no soy ellos, decía el poeta y loco Leopoldo María Panero.