Libro dos desabafos 43

Y aquí, en el portal de mi fortaleza, grabaré en piedra la palabra que ha de ser mi antorcha y mi bandera. La palabra que me hablará de mi bendición y de mi valor. La palabra que no morirá, que no puede morir sobre esta tierra, porque es su corazón, su espíritu y su gloria. La palabra sagrada: “YO” (palabra que resume el más alto propósito moral en nuestra vida)

No así la engolada y decadente palabra “MUNDO”. Las muchachas griegas figuraban con los hombres en las «gimnopedias«. Se ejercitaban desnudas o con una túnica corta, corrían, saltaban, lanzaban el disco y la lanza. Su vigor un poco brutal hoy lo vemos en las muchachas del Gym, con su Spinner y Fitness. El mundo avanza a velocidad exponencial, por lo que los melancólicos nos amoldamos mejor al sufrimiento apocalíptico. El YO posee pompas sensuales. El MUNDO carece de mágica ebriedad. Elaborar el YO es tarea infinitamente más importante que comprender el MUNDO.

Libro dos desabafos 42

No siempre visito literatura de interés consagrado ni la alterno con pujos de estudios intensos. A veces no me encantan necesariamente esos meollos misteriosos o popes de la buena poesía que nunca embotan (dicen) la sensibilidad. De incipiente escribidor o selecto lector puedo mutar a la sevicia de ripios chuscos o a la literatura de ocasión carente de quilates.

Lo más libre es pensar. Y después hablar y leer. Si en tu cerebro entra basura, por tu mente y tu boca saldrá basura. Pero, mea culpa, no logro estar en un perenne contacto con la trascendencia. A veces no logro acallar mi mente, mi boca ni mi voluntad a la basura (o a aquello que acaso demasiado rápidamente nombramos como “basura”)

A veces me inspira Jane Russell en lugar de Bertrand Russell, un bolero de Machín en vez del bolero de Ravel. A veces sustituyo la irisada pompa de jabón nabokoviana por cierto deplorable best-seller. Eso no me gusta confesarlo, conspira contra mi personaje. Pero no miento. Claro que me gusta la música operística aplicada a la sintaxis, la bulliciosa pantomima de hedonismo barroco, la agonía wagneriana como cola de las frases, el vaho de rigor clásico, el orden legendario greco-latino, la fecunda palabra exacta luminiscente. Pero no hago ascos al entrevero pulp fiction, a la cómplice página rosa o pornográfica, a la guaracha literatura de los márgenes. Insisto: batallan estas aserciones o confesiones con la máscara pública que me impongo de exquisito.

«Elle a les pieds déformé», tiene los pies deformes. Sí, así es, leo y (temo que así mismo también escribo) con unas babuchas que cubren unos pies deformes. No siento la imperiosa necesidad de pasar las horas muertas obligándome a retomar invariables hábitos de belleza, gusto o matices de morosidad canónica. Hay diferencia entre convertirse o pasar de mediocre escritor y lector bueno a mal escritor y lector malo. Pero que se joda lo sublime sin interrupción. No profano una suerte de tradición sagrada e irreligiosa leyendo a autores menores (yo mismo soy un pazguato autor menor). Admiro limitadamente, pero más de lo que afirmo.

Nací en la época no equivocada. Como hongos crecen mediocridades. Mediocres del mundo: “United”. Oh mis semejantes, mis hermanos, mis compañeritos de pupitre y teclado…

Libro dos desabafos 41

Christian Sanz Gómez Leví Carballo nació en Barcelona, 27 de diciembre, 1971. Educado, parcialmente, en el Liceo francés y en universidades españolas y extranjeras. Siempre fue un caballero libre, sin la esclavitud penosa y odiosa del trabajo. Según todas las apariencias, con facultades mentales perturbadas. Cuando nació, Mercurio y Venus ascendían, triunfales, desnudos, hacia el trono de Júpiter. Facilidad para las invenciones artísticas sutiles. De su propia vida pocas cosas merecen la pena anotarse, excepto que una vez atrapó (teste sua mano) una golondrina en pleno vuelo. Fue difamado (y espiado) por los servicios de inteligencia de España. Furioso fumador de cigarrillos negros y bebedor moderado de vodka. Rasgos faciales tenebrosos y judaicos. Su pecado fue porfiar en la escritura de tres libros, no todos todavía publicados: “Diario de un esquizofrénico”, “Pertinencias e impertinencias”, “Diario del falso aristócrata”. Libros ignotos que pasaron con más pena que gloria, pero que él compuso sin giba o corcova. Agudo modelado en las aristas de los pómulos. Piel fina y cuidada. Ojos agotados por la lectura. Curó su melancolía con crisolita y se salvó del miedo gracias al diamante. Con el coral fortificó su corazón. Arrebol datilado intuyó sus poemas. Despreció el agusanado pandemónium o guirigay atronador del mundo. Despreciándolo fue libre. Llevará sus méritos y deméritos a la tumba. No dejará memoria de sí. Los hombres son orangutanes estúpidos.

Libro dos desabafos 40

Tiempos negruzcos y renegridos.

Tiempos a los que se les asigna un determinado tipo de lenguaje L. Con clichés que apesadumbran las oraciones, haciéndolas tópicas e irrelevantes. Un lenguaje aplanado, sin gracia ni originalidad expresiva. Desordenado, con ideas oscuras, con no meditadas ideas inválidas. Con palabras y giros que solo hacen bulto y no enriquecen el significado. Un lenguaje enojoso, sin esfuerzo de obrador. Y políticamente devastador.

Momento de salvajismo (tiempos anubarrados, insisto) e «histeria latente» en que únicamente reinan la retórica y la pura jerga («el ámbito privado desaparece, todo es discurso, todo es público, todo es invocación«, dirá Klemperer refiriéndose al L nazi tan similar a los usos y funciones de nuestro L) cuando «las palabras se vuelven más y más ambiguas«: «Los nuevos lingüistas —afirmaba Steiner— estaban siempre preparados para hacer del idioma alemán un arma política más absoluta y efectiva que cualquier otra conocida por la historia, para degradar la dignidad del habla humana y reducirla al nivel del aullido de lobos«. Así explicó también el poder maléfico de ese «aullido de lobos» Ernst Weiss, el amigo de Kafka, que se suicidó en 1940 a la entrada de los nazis en París, en su magnífica novela póstuma El testigo ocular (1963): «Él hablaba y yo sucumbía. Con su palabra nos aplastaba a todos, a los inteligentes y a los tontos, a los hombres y a las mujeres, a viejos y a jóvenes«.

«Observaba cada vez con mayor precisión –afirmó Victor Klemperer– cómo charlaban los trabajadores en la fábrica y cómo hablaban las bestias de la Gestapo y cómo nos expresábamos en nuestro jardín zoológico lleno de jaulas de judíos. No se notaban grandes diferencias; de hecho, no había ninguna. Todos, partidarios y detractores, beneficiarios y víctimas, estaban indudablemente guiados por los mismos modelos». Y más adelante: «El nazismo se introducía más bien en la carne y en la sangre de las masas a través de palabras aisladas, de expresiones, de formas sintácticas que imponía repitiéndolas millones de veces y que eran adoptadas de forma mecánica e inconsciente».

El nuevo L en que estamos es un engrudo donde se expresan con similares categorías simpatizantes y opositores. Un insidioso aullido de lobos que a todos nos atenaza. A medida que iba leyendo el texto de Klemperer, me iba dando cuenta de que la mayoría de los apuntes filológicos de Klemperer se podían ejemplificar con palabras, modismos y giros sintácticos extraídos directamente de la situación política española (y mundial) actual.

Nuestra neolengual L es un bacilo que nos corrompe. Lengua de trepadores y farsantes acanallados. Es escalofriante la corrupción del lenguaje institucional, del lenguaje de la calle, de las palabras de la tribu. Usar el idioma de modo personal e intransferible, casi usar un lenguaje privado, acaso nuestra única salida; la de purificarnos de su uso público demencial.

Libro dos desabafos 39

El gobierno reacciona con dificultad y torpeza ante el narcotráfico en Barbate. Que desplacen a la Marina y con tres o cuatro misiles se acaba con esos hijos de mala sangre. Y que el infierno de millones torturadas de noches les sea concedido a esos delincuentes madres y padres de las pestes.

***

Gide le dijo en cierta ocasión a Malraux que no había ningún imbécil en sus novelas y él le respondió que para eso basta la vida. Yo, leyendo tantas novelas despechugadas, sin una sola “línea de madeja sutil y bella” (para usar las palabras con que Swann describe el rostro de Odette), esos manoteos espasmódicos en lugar de prosa, los clarinazos retóricos que se pierden en la vacuidad, las caídas en la sensiblería, los feroces retratos con técnica de gran guiñol, las convenciones mediocres tumultuosas, los torvos espías bolcheviques que en vez de viajar en el Orient-Express van en un tren de mercancías repleto de patatas, los obreros de mono azul manchado de grasa en lugar de duquesas (que para un escritor siempre tienen veinte años) en hoteles de lujo y sleeping-cars, yo, decía, leyendo esas novelas creo que ahora los imbéciles son los novelistas. Con gran éxito de crítica y público (ajustándose a la deliciosa sentencia de la Claudine de Colette: “gustará porque es estúpido”)

Libro dos desabafos 38

Noche de lluvia y locura (llevo tres horas escuchando voces) Quiero anotar el hecho de que no solo no le tengo miedo a la muerte, sino que esa idea me es más bien halagüeña. El detalle de la vida, la vida de la vida, es algo a menudo para mí insoportable.

Leo a Guillermo Carnero. Dudo que eso sea el genio. Las sacudidas de placer que me produce son muy ocasionales; observo una cantidad enorme de “fatras” y un brillo sin carne estremecida, de papelería. Es un poeta demasiado puesto al sol, de arena y serrín. Álvarez o Villena se me presentan como cielos albaricoques con llamas de fuego, y luego un regusto o memoria en el paladar de un color rosa encendido. Carnero pone sobre cada cosa un río plastificado de lentejuelas. Sus gorriones pían como gallinas.

El poder de la música en el alma (que Lorenzo describe maravillosamente a Jessica en El mercader de Venecia) ha sido restaurado por los jóvenes. Pero en ellos la música clásica está muerta. Su taquigrafía psicológica orbita en un espacio muy exterior a Beethoven o Brahms. Son devotos de una pasión dionisíaca extraordinariamente vulgar. Se niegan a reverenciar hipócritamente la alta cultura. La idea de los grandes libros como compañeros inseparables les es ajena. Desconocen que los grandes escritores pueden ayudarles más. Son incapaces de distinguir lo sublime de la basura, la profundidad de la mera propaganda. Quien aspire a una visión inspirada en los viejos clásicos inmortales está abocado a las catacumbas. Soy muy pesimista.

Por decirlo con franqueza; todo rebosa jodidamente de basura.

Libro dos desabafos 37

VERSIÓN A UN POEMA DE ÁLVAREZ

(Apocalipsis 10, 8-11)

Mis ojos fueron notables bibliófagos.

Te tragaste los libros y te colmaron las entrañas

(alimento como el pan, la leche o la miel)

Dioscórides: «El papiro quemado hasta ser

ceniza, tiene la virtud de sanar úlceras corruptivas,

las de la boca y las de cualquier órgano«

***

Contemplo cómo acaba mi vida. Debo ya

pasear generoso por las últimas galerías,

y despedirme de las madrugadas.

¿Leer? ¿Escribir? Verbos de lunático.

Llegarás a Antioquía.

Ya ni siquiera devorarás libros,

las mujeres como muy antiguos años estupendos.

Cerrarás los ojos ante tu biblioteca,

el Tiempo deshará los dragones de hielo.

Y velarás las antorchas ante el alba,

baluarte de tu soledad cada una de las nubes.

Dentro del Gran Sueño de la Historia,

porque habrás comprendido.

Libro dos desabafos 36

La verdad cruda es nuestra irrefutable desintegración. Indiferentes al imperfecto jardín y plantando coles debemos esperar a la muerte, nos advirtió Montaigne. La muerte es el puerto de la vida, y la vejez el barco que entra en el fondeadero.

Shakespeare: “Todo cuanto vive debe morir, cruzando por la vida hacia la eternidad” (Hamlet, II, ii: 72)

***

Comamos y bebamos ¿Y de merienda? Algo ligerito: perniles cocidos; capones o pavos asados calientes; empanadas inglesas, pichones y torreznos; pajaritos fritos sobre alfilete frío; cazuelas de pies de puerco con piñones; salpicones de vaca y tocino magro; costradas de limoncillos, huevos mejidos, truchas de escabeche y papín tostado con cañas; y las frutas conforme el tiempo que haga en la merienda.

Y el estudiante nos recuerda la cancioncilla:

Y si esta razón no encarna

dicen autores bastantes

que el hambre de estudiantes

es más vieja que la sarna.

Libro dos desabafos 35

Noche fúnebre. El pánico del sapo: otro ataque de ansiedad.

***

Lo que veo desde mi casa: una iglesia románica con remedos góticos, una pequeña carretera comarcal mal pavimentada, árboles, campos, hórreos, tejas, fondos arborescentes, bosques, el campanario, una serie de colinas que se yerguen, el cielo y todas sus fantasías de nubes, las estrellas y toda su realidad de meigas, cagarrutas de vaca.

***

Mañana iré a ver mamá. Muy sensible al ronroneo de la ternura. Una verdadera grande dame flotando en un mal destino ya en su ocaso. Recuerdo cuando nos regalábamos libros, las conversaciones, el juego de rimar palabras. Siempre radiante y a la última moda. Ich hab dich so lieb Mama.

***

Mi saber (apariencia de saber para ser exactos) está intoxicado de citas y compilaciones. Compilemos una cita más sobre las compilaciones: “La compilación, hoy desacreditada, fue en la Edad Media un ejercicio fundamental de la actividad intelectual, no solo de la difusión sino también de la invención de ideas. Intelectuales fueron Pedro Lombardo, obispo de París, de origen italiano, muerto en 1160, cuyo Libro de las sentencias, que transforma la Biblia en cuerpo de ciencia escolar, llegó a ser el manual básico de las facultades de teología del siglo XIII. Otro intelectual importante es ese canónigo parisiense, Petrus Comestor, el devorador de libros, que ofrece con su Historia escolástica y otros libros un instrumento muy importante para futuros profesores y alumnos. Sin olvidar al dominico Vicente de Beauvais, redactor de Speculum Majus, el Gran Espejo, una enciclopedia en la que volcó todo el saber de su época, enciclopedia que sirvió para difundir ese saber a las generaciones siguientes“, Jacques LeGoff.  

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El ejemplo de mi familia correspondió a mis aptitudes. Como yo, detestaban el quebranto de la gratitud y el “xivarri“. Tenían el necesario talento para saber que la gente no suele tener talento. Pedían realismo a la realidad. Creencias “sense bufar i fer ampolles“. Nunca les comenté la definición del malogrado filósofo Frank Ramsey de creencia: “maps with which one stears“. Para ir de Orense a Barcelona no se debe pasar por Benarés.

Libro dos desabafos 34

Jordi Gracia, de quien he leído prosas patéticas y bestialmente redactadas, además de panegíricos lisonjeros a los tiranos socialdemócratas, escribe en su libelo «El intelectual melancólico«: «La realidad a menudo es que la mayoría de ellos hace mucho tiempo que no lee, que es vicio de adquisición común en el intelectual melancólico». Idea o pseudo-idea propia de él: un catedrático por fascículos.

En definitiva, Gracia sigue pensando, como lo pensaban conspicuos intelectuales progresistas amamantados en la Bodeguilla, y desoyendo las críticas más avisadas contra el mito ingenuo del progreso, que vivimos en el mejor de los mundos posibles, en el mejor de los países posibles, en la mejor España que podamos dar a luz y concebir, una España en armonía total con Europa y los exoplanetas, superadas nuestras magras capacidades y rémoras ideológicas (la Celtiberia carpetovetónica, carca e intransigente, desde Torquemada a Feijóo)

Nuestra literatura y cultura, nuestros lectores y libros, son las más bellas de las baronesas y los más esbeltos de los castillos. «Pangloss enseñaba metafísica-teólogo-cosmogonología. Demostraba admirablemente que no hay efecto sin causa y que, en este mundo, el mejor de los posibles, el castillo de monseñor barón era el más bello de los castillos, y la señora baronesa la mejor de las baronesas posibles«, Cándido, Voltaire.

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El académico Félix de Azúa (en plena forma) y yo, pensamos igual: «Poner a Iceta [o al reciente Urtasun] en Cultura es como poner a Chiquito de la Calzada«
Copio y pego un fragmento de entrevista suya muy jugosa e ilustrativa aparecida en «El Debate«:

“–¿En qué momento las Humanidades perdieron su peso necesario en la universidad?

–A partir de la masificación de los años 80, cada vez se fue reduciendo más la exigencia, el trabajo, el sacrificio, el esfuerzo, el estudio, la disciplina. Se fue rebajando. Y la aplicación de un plan de Bolonia –que dio poder a los departamentos, en lugar de a las facultades– acabó de desmembrarlo por completo. En este momento hay una especie de humanidades que eran las que nosotros estudiábamos en primero de bachillerato; ahora lo estudian en la universidad, porque son unos analfabetos. En el fondo de todo esto subyace un interés particular de los sistemas políticos que padecemos: consideran pernicioso que el ciudadano pueda pensar, que el ciudadano tenga criterio, que el ciudadano esté formado. Van de una manera muy decidida, y además con muy buena voluntad –no es que sean malvados, es que son ignorantes, creyéndose que son estupendos y demócratas y modernos–, a la destrucción absoluta de la expresión individual, del criterio individual. De la formación.

–¿Sucede lo mismo en toda Europa?

–Hay países en los que se ha conservado un nivel de exigencia que aquí es impensable. Por ejemplo, en Alemania; aquí ni siquiera los profesores pasarían un examen de bachillerato alemán. Italia también es muchísimo más seria en los estudios, gracias al Liceo Classico. Luego están los países anglosajones, como Inglaterra, Estados Unidos, en donde la cuestión se resuelve diciendo: «El que sirva irá a una buena universidad, carísima y con un sistema de becas impresionante, y habrá una élite que servirá». Yo he sido profesor en Oxford, y me parecía muy sorprendente que mis alumnos, que estudiaban literatura española, cuando terminaban, iban de gerentes a grandes almacenes. O a dirigir empresas multinacionales al resto del mundo. Eran expertos en Góngora. Y me dijeron: «Aquí lo que tomamos en consideración es la formación personal; el que ha pasado por aquí es una persona que da garantías de ser un ciudadano civilizado». En cambio, a los institutos normales va cualquiera, y normalmente eso produce ciudadanos de tercera clase, que son los ciudadanos que estamos produciendo en España.

–En España preferimos que haya ingenieros dirigiendo las grandes empresas. Cuando alguien decide estudiar Filosofía, Letras, Filología Clásica, asume que su salida profesional es ser profesor.

–Sí. Si tiene suerte. Yo he sido profesor treinta años; ahora el empleo de profesor ha caído a mínimos internacionales, en este momento es un empleo mileurista. Muchísimos jóvenes ya ni siquiera quieren ir a la universidad, porque saben que es perder el tiempo, que no van a conseguir un empleo por tener un título completamente rebajado sin ningún prestigio. Como digo, la universidad, en su sector de humanidades, formación, cultura, no existe, es un campo de concentración para jóvenes y que no molesten en la calle.

–Nuccio Ordine achaca parte de la culpa al mercado ¿Hasta qué punto la mercantilización del grado universitario tiene que ver con esto, al menos en España?

–Sin cifras, es muy difícil contestar a eso. Pero, en todo caso, esa idea de la mercantilización está sobrevalorada. En realidad, es un tópico de la izquierda tradicional, de izquierda marxista; el mercado es simplemente un sistema de adaptación a la demanda, no otra cosa. De manera que, si en este momento lo que se demandara, como en Inglaterra, para dirigir una multinacional, es tener una gran cultura, tres o cuatro idiomas, un buen conocimiento de la historia, entonces aparecería la oferta, pero no la hay. ¿Es el mercado? Lo cierto es que, cuando la oferta que tienes son 100.000 burros nuevos que no saben nada, para qué los vas a contratar.

–¿Hoy se ha rebajado la capacidad expresiva y comprensiva de los alumnos?

–No ahora; eso ya lo constaté hace veinte años. Se trata de una caída en picado de la calidad a partir de los años 80. Llegó un momento en que ya no sabías por dónde tenías que empezar a explicar; yo impartía Filosofía del Arte en Arquitectura, en Barcelona, y tenía que explicar prácticamente el abecé de la cultura. Les explicaba el gótico, y les decía: «Habéis escuchado a lo largo de un año qué es el gótico desde un punto de vista técnico y estructural (arbotantes, contrafuertes, elementos de descarga), pero ahora os voy a explicar para qué sirve una catedral, qué es realmente una catedral». Y les comentaba que una catedral es la reunión de toda una ciudad para una serie de celebraciones, para una celebración de sí misma, su descubrimiento como sociedad. A la salida de clase, me pregunta un alumno: «Esto de que has hablado es lo del cristianismo, ¿no?». Y le respondo: «Hombre, el cristianismo empieza mucho antes. ¿Cuándo crees tú que sucedió?». Y él dice: «Eso debió de ser hacia el siglo XI, ¿no?». Pues esos eran los alumnos que me llegaban a mí en los años 90. El bachillerato ha destruido completamente todo intento de educación, no se aprende nada y, cuando los alumnos llegan la universidad, es demasiado tarde. A duras penas saben leer. De hecho, ¿para qué van a leer?”

***

Que el español siente una aversión profunda al pensamiento es hecho que concuerda perfectamente con su tendencia a la ociosidad tabernaria y futbolística. Les ha malformado su servilismo y sumisión abyecta a unos pocos, con frecuencia los más incapaces y peores. Ahora se subordinan unos a todos, todos a unos. En la taberna “opinan” y en el fútbol vociferan. Un ciego sería incapaz de distinguir dónde se encuentra, entre esos lugares, el español medio.

La declaración de Mallarmé: “El mundo existe para llegar a un libro”, para nosotros es un ensalmo tan ininteligible como infame. Por nuestras células no circulan palabras o letras de un libro, sino alineaciones del Real Madrid.

Sobre nuestro anti-intelectualismo, y en la universidad para más oprobio, sumaré a lo expuesto un artículo de Rafael Argullol (otro damnificado indirecto del panfleto de Gracia) publicado en El País:

 “A finales de la Edad Media el caudal más fecundo de la cultura europea pasó de los monasterios a las universidades. Con este trasvase lo que había permanecido depositado en los recintos monásticos bajo la tutela de los monjes, preservado casi en secreto, se abrió al debate urbano que proponían los espacios universitarios. La cultura europea entró en una nueva dinámica que implicó el fin de dogmas y tabúes, pero que sobre todo supuso la superación del temor en la búsqueda del conocimiento. Los escritores y los filósofos aspiraron a romper el hermetismo de la época anterior, con la aspiración de someter sus concepciones a públicos cada vez más amplios. El uso, junto al latín, de las lenguas populares contribuyó a la consolidación de esta tendencia, como lo demuestra el caso de Dante que, si bien escribió muchas de sus obras en lengua latina, reservó para su joya literaria, la Divina Comedia, el uso del toscano. La culminación de todo ese proceso fue el Renacimiento. La invención de la imprenta y la consolidación de las universidades en las grandes ciudades forjaron un primer gran escenario de convergencia entre la cultura y la sociedad. Aumentó extraordinariamente el número de lectores al tiempo que las obras literarias influían en públicos cada vez más amplios. Shakespeare, Montaigne, Bruno o Cervantes simbolizan bien esta confluencia.

Las universidades occidentales se consolidaron definitivamente en los siglos xix y xx (sumando las americanas a las europeas) y, aunque nunca se despojaron por completo de su origen, por así decirlo, monástico, participaron activamente en la vida cultural moderna. Siempre mantuvieron una tendencia centrípeta y endógena pero, paralelamente, muchos de sus miembros se incorporaron a los debates públicos de su época y fueron grandes creadores de la literatura y del pensamiento. En estos dos últimos siglos es imposible tratar de comprender la historia cultural, o simplemente la Historia, sin atender a la función de las universidades en la dinámica pública y sin subrayar la importancia de numerosos profesores en la esfera creativa.

Pero no estoy seguro de que esto continúe siendo cierto. En los últimos lustros, y de un modo increíblemente acelerado, se ha producido una suerte de inversión de tendencias, a partir de la cual la universidad ha tendido a replegarse sobre sí misma, como si añorara, en un modelo laico, su antiguo origen monástico. Paradójicamente este repliegue se produce en el momento en que las tecnologías de la comunicación, como en el Renacimiento la imprenta, podrían facilitar la expansión de las ideas mucho más allá de los circuitos universitarios.

Desde una cierta perspectiva este retraimiento es la consecuencia de un nuevo anti-intelectualismo que se ha asentado poderosamente en la vida social y política de principios del siglo xxi. En un reciente artículo escrito en el New York Times y titulado ¡Profesores, os necesitamos! Nicholas Kristof ha recordado el uso común de la expresión «That’s academic» para descalificar la aportación de un adversario, poniendo, además, el ejemplo de su utilización por el conservador Rick Santorum para criticar los discursos de Obama. Que algo sea «demasiado académico», o sencillamente «demasiado intelectual», es una piedra de toque común en nuestra sociedad. El anti-intelectualismo es una de las formas más toscas del populismo, pero parece proporcionar fáciles réditos en una población ávida por ese consumo inmediato de las cosas que la complejidad intelectual casi nunca otorga.

El problema es que la universidad actual se ha convertido, por inseguridad, cobardía u oportunismo, en cómplice pasivo de la actitud anti-intelectual que debería combatir. En lugar de responder al desafío arrogante de la ignorancia ofreciendo a la luz pública propuestas creativas, la universidad del presente ha tendido a encerrarse entre sus muros. Es llamativo, a este respecto, la escasa aportación universitaria a los conflictos civiles actuales, incluidas las crisis sociales o las guerras. En dirección contraria, el universitario ha asumido obedientemente su pertenencia a un microcosmos que debe ser preservado, aún a costa de dar la espalda a la creación cultural.

Cada vez más alejado de lo que había significado la gran cultura, ese microcosmos ha elaborado complicadas normas de auto-preservación en las que apenas se reconoce el talante intelectual, abierto y crítico, que se halla en la raíz renacentista de la universidad. Dicho de manera brutal: el humanista ha sido arrinconado por el burócrata (o si se quiere, por un monje sin fe, pero con gran perspicacia en la tarea de la propia conservación). Naturalmente, esto no es atribuible a numerosos profesores, pero sí es el dibujo simbólico de una tendencia general que, en sí misma, supone la destrucción de la universidad tal como históricamente la habíamos concebido.

Es importante detenerse en las leyes que rigen en el microcosmos. Hasta hace poco lo que se valoraba en un profesor, además de su capacidad para la investigación, era su magisterio docente y la publicación de libros relevantes en su área de conocimiento. Precisamente esta última tarea era decisiva para facilitar una ósmosis entre la universidad y la sociedad. El libro —y, a poder ser, el gran libro— era el instrumento básico en la vertebración de la cultura y, simultáneamente, el desafío que debía afrontar el profesor que aspiraba a la madurez intelectual. La cultura occidental moderna está jalonada por libros que son fruto de aquel reto. Como complemento de esta tarea muchos profesores trataban de comunicarse con el público más amplio posible mediante la intervención en revistas y periódicos.

No obstante, de un tiempo a esta parte, se ha producido un estrechamiento paulatino del anterior horizonte al mismo ritmo en que la universidad, como institución, ha sacralizado el paper como medio de promoción profesional. En la actualidad una gran mayoría de profesores ha descartado la escritura de libros como labor primordial para concentrarse en la producción de papers. En muchos casos esta renuncia es dolorosa pues frustra una determinada vocación creativa, a la par que investigadora, pero es la consecuencia de la propia presión institucional, puesto que el profesor deber ser evaluado, casi exclusivamente, por sus artículos supuestamente especializados. Como quiera que sea, el nuevo microcosmos en el que se encierra a la universidad traza una kafkiana red de relaciones y hegemonías notablemente opaca para una visión externa a la institución. Además de atender a sus labores docentes, los profesores universitarios emplean buena parte de su tiempo en la elaboración de papers, textos con frecuencia herméticos, destinados a denominadas «revistas de impacto», publicaciones que tienen, por lo común, escasos lectores —siempre del propio ámbito de la especialización— aunque con un gran poder ya que son las únicas «que cuentan» en el momento de evaluar al universitario. En consecuencia, los profesores, sobre todo los jóvenes y en situación inestable, hacen cola para que sus artículos sean admitidos en publicaciones de valor desigual pero insoslayables. Se conforma así una suerte de mandarinato que rige el microcosmos. Los profesores son calificados, mediante las evaluaciones oficiales, de acuerdo con el acatamiento a aquellas normas. La ilusión o vocación de escribir obras de largo alcance —algo que requiere un ritmo lento, que a menudo abarca varios años— debe aplazarse, quizá para siempre.

Este ensimismamiento de la universidad, si merece críticas crecientes en el ámbito de las ciencias, y a las que alude Nicholas Kristof en el artículo antes citado, es directamente desastroso en el de las humanidades, puesto que erradica la figura creativa e intelectualmente abierta para imponer un perfil del profesor sometido a las servidumbres de un pequeño mundo que se presenta como «especializado» pero que, en realidad, es puramente endogámico. Lo peor es que este pequeño mundo, que alardea de rigor académico, se hace implícitamente cómplice del anti-intelectualismo populista, al refugiarse en un lenguaje oscurantista y críptico. Podría confeccionarse una auténtica antología del disparate si juntáramos las exigencias burocráticas que, en el presente, rigen la vida universitaria. Entender las normas del microcosmos requiere tantas horas de estudio que apenas queda tiempo para estudiar lo demás. Comprender cómo hacer el paper servilmente correcto obliga, por lo general, a renunciar a toda creatividad y a todo riesgo.

La cultura humanista, nacida de la libertad y de la crítica, corre el peligro, en la actual universidad, de ser enclaustrada, como si volviera al recinto monástico: no a la grandeza de aquellos monasterios que conservaron el saber antiguo sino al inmovilismo dogmático de los que pretendían preservar los conocimientos mediante su reclusión. Por admirable que sea originariamente un conocimiento aprisionado es un conocimiento muerto”.

Espero que estas notas apresuradas se ramifiquen en la inteligencia del que leyere, y fructifiquen y maduren y nunca se agoten.