Observaciones literarias y obras de creación en estado embrionario, susceptibles entonces de enmienda y no definitivas.
Autor: christiansanz71
No me verán fogueándome en el padelsurf, el kayak o el surf. Ni relajándome una seráfica mañana en un spa o apuntándome a una clase de yoga o de fitnes al aire libre. Ni alechugado bajo el sol espeluznante. "Vita Cartesii simplicissima est”, recordaba Valéry en "Monsieur Teste". La mía es abrumadoramente más simple. Un libro entre las manos, paseos con la perra, oír pájaros, salmorejo, crema fría de espárragos blancos y mermelada de moras. Feliz verano. Libertad, lógica y literatura.
Varios lectores de mi anterior libro se me han quejado (no amargamente) de que era un libro «difícil», que exigía paladearlo poco a poco. Mi mente no es modesta y pido a un lector vigoroso. Mis estratagemas y giros no imitan los del sabio de taberna. Si te asomas a través de la hendidura de mis frases, no ves la realidad vulgar, sino un decorado donde la realidad vuelve a sus antiguas necesidades de esplendor, grandeza de ideas y don de discernimiento. Yo no escribo para dependientas del Zara, pero soy tontamente accesible. Soy accesible SI el lector ha pensado previamente por él mismo pensamientos que se expresan en el libro o pensamientos parecidos, SI su sensibilidad ha sentido sentimientos análogos o similares.
También cierta dificultad puede provenir o tiene su origen en que redondeo la falsa sinceridad de mis frases previo paso por un balbuceo o traba al hablar. Los herreros y dependientas de Zara no se traban al hablar, los «dons» de Oxford sí. Mi linaje es oxoniense, no tabernario. Traslado las filigranas de la conversación a mis libros, no las meras conversaciones. Mis palabras sangran, son vasculares y vivas, pero sangran letras y referentes de la cultura occidental. Cortadlas y no tendréis una morcilla de pueblo, sino repostería fina.
Detesto utilizar mis artificios para poner a los hombres en contra de su naturaleza. Tengo una inteligencia superdotada y una sensibilidad de rey decadente; para gente de esa naturaleza hablo. Y son pocos, cada vez más pocos. Mi destino es el olvido post-mortem (como a casi todos), pero TAMBIÉN el olvido pre-mortem. Estoy demasiado elaborado para estos tiempos cuya mayor complejidad es el mecanismo del yo-yó.
No importa. Todo es aire y fuego consumiéndose. De nada, no importa.
Me levanto, hago mis abluciones, preparo mi café y escribo.
El idioma en mis manos es estéticamente dúctil y noble, socialmente eficaz, intelectualmente eso opuesto a raquítico, industriosamente elegante. Llegó ya el invierno. No así en mi vida de escritor.
No escribo libros para recién casados ni para tenderos populistas lerdos. La literatura, si ha de ser buena, debe basarse en la inteligencia. Me siento como pez en el agua redondeando frases con arquitectura florentina. Soy el típico escritor con cultura de alta escuela. El entramado que mantiene en pie el «panache»de la frase de muchos de mis colegas consiste indefectiblemente en una impostación colocada sobre un fondo de chabacanería. Yo soy duro, voluptuoso y triste. Casi todos los libros que se hacen en España son obra de aldeanos. Los míos, «maisons closes» bien organizadas. Yo geometrizo. Línea fuerte, robusta, romana.
Mis libros son difíciles porque llevo a la percepción de que nosotros somos solo palabras. Corro al sepulcro. Nadie me lee. Solo me mira el rostro mi propio espejo. Pero con magia omnipotente convierto el mar en jabón, y la triste fabla del periodismo en arte. Convierto hospitales en parque de columpios. Quedaré.
Día plomizo, de grisalla lluviosa. En mi baño tengo una pastilla de jabón redonda alojada en un estuche oblongo, crema de afeitar en su tubo frío, loción capilar, un peine, una botella para masaje facial, un cepillo de dientes en estuche de plástico. Quizá me afeite y exilie mi barba desorganizada de talibán.
Leí mucho. Siempre leo mucho. Es entonces como si estuviera tendido en una hamaca, bajo los lirodendros. Leer como si el sol subtropical pusiera de relieve las vetas de un cenicero de ónice. Leer como helado rosa en las papilas gustativas.
Pese a mi locura mi vida es morosa y elegante y ágil como una especie de ardilla de plata y arena. Detesto el mundo. El mundo es mi biblioteca. No quiero escribir más.
Delibes tiene sabor a perdices escabechadas. Cela es un sofrito y nada más. Pizarnik, una empanada fría y un poco húmeda. Kafka tiene un poco de col fermentada y otro poco de conejo estofado. Pla huele a sardinas a la brasa, pero sabe a alubias. Rosalía de Castro no tiene casi sabor, pero es un plato con restos de comida. Unamuno tiene el olor de la leña con la que Baroja se calienta una sopa… Pero lo peor, la sinestesia más dolorosa, son las parrillas que veo en las décimas de Hernández, del Martín Fierro. En lugar de estrofas veo parrillas y carne suculenta. Vacíos, entrañitas, colitas de cuadril, mollejas y tiras de asado.
Cuando leo a Quevedo puedo degustar, al mismo tiempo, unos arenques ahumados. No puedo leer a Santa Teresa, por ejemplo, sin imaginar al mismo tiempo unos tocinillos de cielo. Cada verso es un tocinillo, de hecho, que toma relieve en las hojas y que casi puedo tocar con los dedos. Houellebecq sabe a torrezno, Sylvia Plath a tostadas con mantequilla y mermelada de arándanos. Vila Matas con la calçotada. Onetti con la parrillada de carne. Piglia con la empanada argentina. Foster Wallace con los burritos picantes. Robert Walser con la menestra de verduras. Leopoldo Panero con el cocido madrileño. A Bukowski prefiero dejarlo para la hora de las copas.
Nabokov es como un magret de pato al roquefort, Shakespeare como un crujiente de tapioca con tartar de cigala, Azorín igual a una alcachofa confitada con jugo de ibérico, Cunqueiro tiene textura de «arròs a banda», Horacio sabe a gazpacho de espárragos verdes de Jean-François Rouquette. Y, mi prosa, ¿es como un sinfonier clásico o un sillón pan de oro, como fresones con crema de almendra, como un erguido flan con nata? El público y la ciencia responde: Fabada Litoral.
Pondal me sabe a tarta de manzana templada con cucharada de helado de vainilla. Cortázar sabe y huele a ratatouille y tabaco de pipa. Rosalía -rectifico, no es insípida- sabe a broa, a pan de maíz. Con Pérez Reverte supongo que te imaginarás pegando bocados a un muslo de pollo crudo mientras sueltas un mandoble a algún malandrín. Bernardo Atxaga lo asocio con el cobarde bacalao a la vizcaína. Y muchísimos escritores (vano mencionarlos) saben a churros de gasolinera y rosquillas resecas, a conserva de callos grasientos y escabeche avinagrado, a leche agria pasada y a yogur verduzco, caducado.
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Se han inventado manjares con tales atractivos que hacen brotar de nuevo sin interrupción el apetito; siendo al mismo tiempo tan ligeros, que lisonjean el paladar sin que apenas recarguen el estómago. Séneca hubiera dicho: «Nubes esculentas», nubes comestibles.
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A menudo hubiera querido yo (soñar es algo libre y omnívoro) participar en la comida frugal que Horacio destinaba -imagino- para convidar a un vecino o para el huésped que el mal tiempo hubiese obligado a buscar abrigo en su casa.
Dicha comida se compondría -permítanme fantasear- de un buen pollo, de cabrito (sin duda muy gordo) y de postres, uvas, higos y nueces. Añadiendo a eso vino cosechado bajo el consulado de Manlio («nata mecum consule Manlio»), y la conversación con aquel poeta voluptuoso, me figuro -y sueño con ella- fluiría atinada e invenciblemente, deliciosa e irrefutablemente. Hubiera sido una de las mejores y más memorables de mi vida.
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Sí, me imagino dialogando en banquetes o simposiums con mis escritores favoritos. Con Platón y Sócrates, con Montaigne y Hume, con Flaubert y Nabokov. Unas cervezas con espesa sopa de pollo, con tiernas almendras molidas, y fusión de verduras invernales. Unos queridos tagliatelle con champiñones, hinojo, anchoas, tomate y salsa de vermut. Adorado rape braseado con cebollas, alcaparras y aceitunas verdes.
Estoy inclinado a creer que la aplicación de comidas tan suculentas en compañía de palabras tan inteligentes de mis interlocutores sobre sobre mi mente seca y enjuta, causaría el sentimiento más delicioso que puede experimentarse.
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La cebolla es diferente. De vísceras, es carencia. Es cebolla hasta la médula, a la cebollil potencia. […]
Pero en la cebolla hay sólo cebolla, ni intestinos hay ni hiel. Múltiples veces desnuda, nunca jamás diferente.
Es un ente coherente, es una obra maestra. Una y luego otra dentro, grande a pequeña abarca, y pequeña es la grande de otra, que será tercera o cuarta. Una fuga hacia el centro. Eco de batuta diestra.
La cebolla tiene esencia. Su vientre es una bealdad, que sólo nimbos reviste, y es su mayor cualidad. […] W. Szymborska, «La cebolla».
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En la noche del júbilo o en la jornada adversa exalta la alegría o mitiga el espanto y el ditirambo nuevo que este día le canto
otrora lo cantaron el árabe y el persa. Vino, enséñame el arte de ver mi propia historia como si ésta ya fuera ceniza en la memoria.
«Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.» (Mt 2, 11)
[Supongo que es inevitable la mitología. La superstición emocional en lugar de la lógica racional es un necesario cuento humano, demasiado humano].
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Yo regalé a Marta C. (gran y único amor de mi vida), en unos reyes del 92, cuando estábamos ambos en la Facultad, la colección completa de los clásicos greco-latinos y paleocristianos de la «Fundació Bernat Metge». Me llenó de tartas y de besos, que diría el poeta. La melancolía es un burdo pasatiempo. Pero mi soledad ahora solo está poblada de recuerdos. Felices reyes, queridos.
POEMA A M. A PARTIR DE RETAZOS DE «MUSEO DE CERA».
Me gusta la propiedad y la imaginería burguesa asociada a ella.
Me gusta un buen coche (sueño con un Rolls Royce y recuerdo también a La Bruyère: “Carroza, caballos, libreas, armaduras, nada escapa a la mirada de las gentes, todo es observado curiosa cuando no malignamente; y según la cantidad de equipaje que se lleve, se respeta o se desdeña a las personas”), los pastelitos aromatizados -mirlitons-, el marisco de carne rosácea y titilante, las almendras y el hojaldre, organizar mi paraíso material según los sueños de un burgués propietario.
No entiendo al burgués hacendado con su extrema afición al atuendo de carbonero, por las botas de pocero, por el chaquetón de pescador, por el chaleco de camarero o la blusa de carnicero. De igual modo el “Ça a une gueule folle!, que hace años parecería una incorrecta y temeraria osadía, florece hoy en los labios más honorables. Me incomodan los “plouks” (nuevos ricos). Me da que pensar que una dama se olvide su guante y exclame: “ah, m…”. Que se pierda el gusto por la sintaxis, la corrección. Parece que la tierra se goza de tan trufada de gorrinadas. Usurpar nobleza parece un deporte universal. Usaré una palabreja muy super-esdrújula y horrorosa: del cielo “cúmulonibocirronimbante” hemos pasado a un cielo de queroseno.
De los burgueses –mi linaje- me atrae su imperio de utensilios domésticos, limpieza y gadgets. Me reconfortan como estrellas una noche de verano. Me gusta tanto el bullicio del confort…Seguro que lo peor es su moral filistea, a menudo chata e hipócrita. Pero sus capas cultas –cada vez más adelgazadas- son las únicas que mantienen hoy viva la llama de la Cultura. ¿Qué soy? Alguien bohemio o ácrata de mente y burgués de posesiones, casi como un Gatopardo, casi como si flotara encima de los meros hechos.
Siempre Proust: “Aquel otoño mis paseos fueron más agradables, porque los daba después de muchas horas de lectura. Cuando me cansaba de haber estado leyendo toda la mañana en la sala, me echaba el “plaid” por los hombros y salía; mi cuerpo, forzado por mucho rato a la inmovilidad, se gastaba en la gozosa contemplación de las paredes de las casas, el seto de Tansonville, los árboles del bosque Roussainville y los matorrales a los que se adosaba Montjouvain”.