Charles 69

(Musée de Beaux-Arts)

La luz entraba en el museo con un resplandor dorado y polvoriento, iluminando los cuadros y las molduras con una claridad casi fantástica. Las sombras se alargaban sobre el suelo como figuras espectrales, y entre el murmullo de las salas parecía escucharse el eco de una música lejana. Todo adquiría entonces una apariencia teatral, como si las salas enteras se hubieran convertido en un escenario donde la luz, caprichosa y solemne, representaba su propio drama.

¡Turner! Uno lo contempla primero con curiosidad, luego con un interés más concentrado, y finalmente con esa especie de deleite silencioso que solo se produce cuando el ojo ha aprendido a reconocer los detalles más sutiles. La luz del paisaje parece moverse sobre la superficie del cuadro como si obedeciera a una coreografía invisible: una sombra delicada se desplaza, un color vibra ligeramente junto a otro, y de pronto la composición entera se revela como un sistema perfecto de relaciones secretas. En ese instante comprendemos que el arte no consiste en copiar el mundo, sino en recrearlo con una precisión más intensa, más luminosa que la realidad misma. La grandeza de Turner reside en su comprensión incomparable de la luz. Sus paisajes no representan simplemente montañas, ríos o nubes; representan la atmósfera misma, esa sustancia luminosa en la que todas las cosas parecen disolverse y renacer continuamente.

¡Velázquez! Me acerqué al cuadro con la atención reflexiva de quien sabe que cada obra encierra una historia secreta. Durante un instante permanecí inmóvil, dejando que los colores y las formas se organizaran lentamente ante mis ojos. Era curioso advertir cómo, a medida que la mirada se detenía en ciertos detalles, la pintura parecía adquirir una profundidad inesperada, como si cada figura estuviera rodeada de una atmósfera invisible (ese aire suyo transfísico) que prolongaba su presencia más allá de los límites del lienzo.

¡Haydn! La música comenzó suavemente en el Liceo, como si emergiera del silencio mismo. Las notas se sucedían con una delicadeza casi líquida, y cada una parecía abrir un pequeño espacio en la mente donde podían alojarse recuerdos, emociones, imágenes fugitivas. Era extraño cómo la música, sin decir nada preciso, parecía decirlo todo: cada timbre despertaba una resonancia interior, y durante unos instantes la conciencia se sentía suspendida en una especie de claridad luminosa. Era la más extática felicidad.

Y la luz de mi aldea. La luz de la Ribeira Sacra. Nada deleita tanto al espíritu humano como las variaciones de la luz sobre la naturaleza. El resplandor de la mañana, la claridad del mediodía y el brillo melancólico del atardecer producen en la mente una serie de emociones que parecen elevar el pensamiento por encima de las preocupaciones ordinarias.

Charles 68

¡YA TENGO EL CAFÉ Y EL DUCADOS! Me sirvo el café, y ese café, cuyo perfume delicado parece contener ya la expresión de estas palabras que escribo, lo sorbo lentamente, con suave morosidad, con sinestesias de atmósfera intelectual, como si cada sorbo quisiera prolongar mi literatura. El vapor asciende en espirales ligeras, y mientras las cucharillas golpean suavemente la porcelana, las frases comienzan a desperezarse con esa lentitud reflexiva que solo poseen las letras (amarillas, verdes, caobas) que saben que no tienen prisa. Comprendo que el café no es simplemente una bebida, sino una especie de preludio a los sintagmas y las preposiciones: algo que prepara al espíritu para la emoción estilizada de un placer verbal, para la observación benevolente de un adjetivo aplicado a un lunar en el recuerdo de un amor.

Bebido el café encendió el cigarrillo con una pequeña inclinación de cabeza, como si se tratara de un gesto ritual aprendido hace mucho tiempo en tiempos de belleza y arquitectura barroca. Durante un instante el fósforo ilumina mi rostro con un resplandor rojizo y efímero, y luego el humo comienza a ascender en delicadas espirales azuladas que parecen dudar entre permanecer en el aire o desaparecer. Sostengo el cigarrillo, no con negligencia, sino con una disciplina atenta, y las volutas helicoidales traducen formas visibles del pensamiento y del gusto por la bibliofilia. Y mientras pienso y escribo estas líneas, cada frase parece acompañada por una ligera nube que se deshace lentamente, como si las palabras necesitaran también evaporarse en el pozo del tiempo que huye.

Escribo con la calma reflexiva que parece dar a cada palabra una importancia particular. Se despeja mi mente, se aligera, pierde sus grumos, flota como en ingravidez. El cigarro, sostenido entre los dedos, se convierte en una especie de puntuación visible de mis frases: una pausa, una observación, una ligera sonrisa que se pierde entre las volutas mágicas del humo.

Hay algo profundamente pacífico y civilizado en este gesto cotidiano: fumar, beber café, dejar que las palabras fluyan sin urgencia. Es como si el tiempo hubiera sido suavemente detenido para permitir que la mente vagara a su antojo y hallara su verdadero destino.

Charles 67

Irritabilidad, sensación de vacío, inquietud motora, dificultad para concentrarse… ¡estoy sin tabaco y sin café! Daría un golpe de estado plenipotenciario.

El café se introduce en el estómago y enseguida todo se pone en movimiento: las ideas marchan como batallones de un gran ejército en el campo de batalla… Los recuerdos avanzan, las comparaciones se despliegan, la imaginación se enciende, las ideas crepitan en avalancha regular, la voluntad se sosiega. Pero cuando falta el café, el cerebro cae en una especie de languidez y sopor mortífero; los pensamientos se arrastran con pesadez y el trabajo se vuelve imposible, el alma es menos ágil, la inteligencia menos penetrante. Palabras sin cafeína son como sol al que no sigue su sombra. El café es un combustible que alimenta la maquinaria de la creación. Siento sin él un vacío interior, una muy molesta pereza nerviosa.

Y, sin el humo del cigarrillo, ¡cómo acompañar el ritmo, el curso y las sinuosidades de las frases! Sin tabaco la mente se distrae e inquieta, no encuentra el nombre, el verbo ni el adjetivo. Falta algo esencial. El pensamiento se vuelve menos fluido y el humor más sombrío. No se trata sólo de un hábito físico: el cigarro ha llegado a formar parte del tempo, de la melodía, del metrónomo y los compases del trabajo mental.

Sin café y sin tabaco las idean permanecen en la sombra, dormidas, incapaces de moverse. Voy a enloquecer.

Charles 66

Me oprime y me aplasta una soledad de hierro, un océano hirsuto de hielo. Encerrado entre los barrotes de una jaula y respirando cemento; solo pido calor humano. Mi mente repite las mismas ideas, el cuerpo se queda sin energía, la habitación es una cueva con el aire envenenado. Una crecida de sangre y semen primero sube y cubre mi cintura, después mi pecho, hasta llegar a mi boca. Necesito un alma que echarme a la boca, comida humana (conversación, alguien cerca, presencia, amor)

Estoy aislado de todos los hombres, no por voluntad, sino por esquizofrenia interior. La conversación me fatiga debido a mi problemas de atención y concentración, la presencia de otros me inquieta debido a mi propensión paranoide, y sin embargo, la soledad me oprime con un peso casi insoportable. Cuando estoy solo siento que me hundo en una especie de silencio mineral y canceroso, como si el mundo estuviera hecho de plomo. Y cuando estoy con los demás me invade una angustia extraña, como si mi verdadera vida estuviera en la piara donde hace décadas que me pudro. Vivo encerrado en una habitación, rodeado de papelotes estúpidos, sin valor, y esa habitación es al mismo tiempo mi triste e inevitable refugio y mi más atroz condena.

Demasiadas noches en las que la soledad adquiere una densidad basáltica y de hocico de rata. No es ya una simple ausencia de hombres; es un cuchillo afilado que parte en dos el pecho. Humo de tabaco barato. Habitación sin ventanas. Como un animal encerrado en una jaula al que agreden el resto de su manada. Separado de todo por una pared invisible.

Y entonces siento la necesidad de gritar mi soledad para que alguien —cualquiera— pueda oírla.

Charles 65

Hay ratas en el fallado. El simple pensamiento de que una rata pudiera tocar mi cara me hace perder el control. Es un miedo absoluto. El terror me paraliza. Las ratas, hambrientas y agresivas, son lo peor del mundo. Desde niño me han producido un horror especial. El C.N.I. sabe de mi musofobia, y, torturándome en una casa de la plaza Lesseps, me hizo comer una rata muerta.

Una pesadilla recurrente: De pronto advierto que el suelo está cubierto de ratas. Miles de ellas se deslizan sobre el pavimento, negras, enormes, repugnantes. Sus ojos brillan con un fulgor rojo a la débil luz. Se acercan cada vez más. Siento el roce de sus cuerpos fríos sobre mis manos y mis pies. Aquella multitud de criaturas voraces parece comprender que yo soy su presa. Su proximidad me produce un horror indescriptible.

Me tomé 15 gotas de Rivotril. Escribo estas líneas drogado y con arcadas. Ratas corriendo por el suelo y por las vigas del techo. Se oye su correteo incesante entre las paredes. A veces se detienen y miran con ojos brillantes desde los agujeros de la madera podrida. Aquellas criaturas parecen dueñas del lugar. El silencio de la noche está lleno de su movimiento y de su inquietante presencia.

De debajo del armario comienzan a salir ratones, primero unos pocos, luego decenas, luego centenares. Sus ojos brillan en la oscuridad como pequeñas chispas malignas. En medio de ellos aparece una criatura horrible: el Rey de los Ratas de Alcantarilla, con múltiples dientes afilados, muy grande, mojada, violenta y con una mirada terrible.

Siento un escalofrío de miedo al ver aquella multitud que avanza hacia mi cuello, mi boca y mis ojos.

Charles 64

En su libro fundamental, «Physiologie du goût», Brillat-Savarin define la gastronomía de forma muy reveladora:

“La gastronomía es el conocimiento razonado de todo lo que concierne al hombre en cuanto se alimenta. Su objeto es velar por la conservación de los hombres mediante el mejor alimento posible. Lo logra dirigiendo, con principios seguros, a quienes buscan, proporcionan o preparan las cosas que pueden convertirse en comida”.

Esta definición es clave para mi argumento: la gastronomía es conocimiento aplicado al alimento, no creación estética autónoma.

Otra de sus formulaciones más citadas insiste en el mismo carácter:

“La gastronomía gobierna la vida entera del hombre; porque las lágrimas del recién nacido anuncian ya su necesidad de alimento, y su último suspiro se mezcla con el recuerdo de los placeres de la mesa”.

Aquí se ve claramente que Brillat-Savarin sitúa la gastronomía en el ámbito biológico y social de la alimentación, no en el de la creación artística. Una tercera reflexión muy reveladora:

“La invención de un nuevo plato hace más por la felicidad del género humano que el descubrimiento de una estrella”.

La frase es ingeniosa y famosa, pero muestra también algo importante: la cocina produce placer y bienestar, no necesariamente forma estética perdurable.

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Grimod de La Reynière, en uno de sus textos más representativos, escribe:

“El verdadero gourmet no es aquel que come mucho, sino el que sabe apreciar. La mesa es un teatro donde el gusto ejerce su jurisdicción, y donde el juicio debe presidir siempre al apetito”.

La metáfora teatral no convierte la cocina en arte; más bien subraya el acto de degustar y juzgar. En otro pasaje describe la gastronomía como un código de civilización:

“La gastronomía es una de las instituciones más importantes de la vida social. Ella reúne a los hombres, suaviza sus costumbres y establece entre ellos una agradable igualdad”.

Aquí la gastronomía aparece como fenómeno cultural y social, comparable a la etiqueta o a la conversación. Y en una observación muy citada afirma:

“La mesa es el gran vínculo de la sociedad civilizada”.

De nuevo, el énfasis está en la sociabilidad y el placer compartido, no en la producción de obras artísticas.

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Los grandes fundadores de la cultura gastronómica moderna tampoco hablaron de arte. Brillat-Savarin definía la gastronomía como «el conocimiento razonado de todo lo que concierne al hombre en cuanto se alimenta». Es decir, una ciencia del gusto, un saber aplicado al alimento. Y Grimod de La Reynière veía la mesa como una institución social donde el gusto ejerce su juicio. Para ellos la gastronomía era civilización, sociabilidad y placer… pero no una de las artes.

Hoy los chefs, peritos en fogones y hornillos, desean ser considerados artistas. La gastronomía, a mi juicio, es una parte fundamental de la civilización, un oficio, una techné, una excelencia artesanal, no una de las artes. Podemos hablar de la cocina como una ciencia del gusto, no como un arte comparable a la poesía o a la música. Podemos analizar restaurantes y platos con una seriedad casi literaria. Pero incluso en ese momento, nadie debe confundir el oficio del cocinero con la ópera o la pintura.

La gran cocina puede ser maravillosa, refinada y emocionante. Pero sigue siendo un placer del cuerpo. Lo agradable no es lo mismo que lo bello. El arte, en cambio, es una experiencia del espíritu que permanece en el tiempo. Un plato extraordinario desaparece en diez minutos; un verso de Horacio lleva dos mil años vivo.

Platón ya decía en el Gorgias que la cocina pertenece al reino del placer corporal inmediato, no al del conocimiento ni al de la verdadera formación del espíritu. La cocina puede ser maravillosa. Puede exigir talento, imaginación, disciplina y hasta genialidad. Pero sigue perteneciendo al mundo de los grandes oficios humanos, no al de las artes mayores.

Los chefs son hoy celebridades mediáticas. Llamar arte a su oficio eleva su prestigio. Y también abre puertas institucionales: subvenciones, reconocimiento cultural, políticas públicas. En nuestra época el concepto de arte se ha vuelto extraordinariamente elástico. Hoy todo parece o quiere ser arte: la moda, el diseño, la publicidad, el tatuaje, los grafiti, la peluquería, la ebanistería… y ahora también la cocina. Si todo es arte, entonces nada lo es.

Charles 63

Estoy ahora mismo delirando. En mi percepción delirante advierto correctamente el objeto, pero inmediatamente le impongo un significado nuevo y extraordinario que no puede ser corregido por la reflexión. Mi experiencia no consiste simplemente en una interpretación equivocada, sino en una transformación del sentido de lo percibido. Siento con absoluta certeza que aquello que he percibido se refiere directamente a mí. De este modo surgen los delirios de referencia o alusión: el experimentar que los acontecimientos externos, palabras o gestos ajenos contienen un mensaje dirigido específicamente a mí.

Refiero a mi propia persona hechos completamente indiferentes. Una tos, un carraspeo, una mirada casual, un comentario que no tiene relación conmigo, un anuncio en el periódico o incluso fenómenos cósmicos pueden ser interpretados como dirigidos especialmente a quien les escribe. Lo que para otros es un acontecimiento trivial lo convierto en una señal cargada de significado. El mundo entero parece transformarse en un sistema de alusiones. De este modo, el delirio de referencia constituye con frecuencia el terreno sobre el cual se desarrollan posteriormente los delirios de persecución. Lo que primero aparece como una insinuación o señal, acaba interpretándose como un acto hostil dirigido contra nosotros los esquizofrénicos. Esta convicción se impone con una evidencia subjetiva tan intensa que ninguna argumentación logra debilitarla.

En estos estados paranoides interpreto la conducta de los otros como dirigida contra mí. Gestos ambiguos, comentarios casuales o miradas fugaces adquieren un significado personal exagerado. Vivo en una vigilancia constante, tratando de descifrar los supuestos mensajes ocultos que percibo en el comportamiento de quienes me rodean.

Siento que todo lo que me rodeaba está cargado de señales. Una palabra pronunciada al azar, una cifra encontrada en un libro, un gesto de un desconocido en la calle… todo parece contener una alusión secreta a mi persona. El mundo se ha convertido en un lenguaje cifrado exclusivamente dirigido contra Christian Sanz.

Me acomete la poderosa convicción de que no soy objeto de una simple enfermedad nerviosa, sino de una persecución sistemática. Fuerzas invisibles actúan en mí y sobre mis nervios, y toda clase de fenómenos externos adquieren un significado particular. Siento de modo indubitable que cada acontecimiento está conectado con mi destino personal.

Soy el megalómano personaje central de una trama internacional de espionaje y contra-espionaje. Mi vida se convirtió en un aventurero plató televisivo. Me escrutan cámaras y micrófonos 24 horas al día. Monitorizan mis movimientos. Leen mis pensamientos con ordenadores cuánticos. Todo está contra mí. Todo habla de mí. Mi yo sufre una fatal amenaza organizada. La angustia, como es previsible, alcanza cotas máximas.

Charles 62

No me contento con recibir palabras; necesito añadir otras al gran río, caudaloso y bullente, del lenguaje. Una necesidad que tiene algo de feliz fatalidad.

Si lo pensamos fríamente, escribir es una actividad extraña. Ni produce riqueza inmediata, ni garantiza reconocimiento.Y, sin embargo, miles de hombres y mujeres han dedicado su vida a ello. Probablemente porque escribir produce una forma muy particular de intensidad cerebral. Una tensión que se acerca a una forma de oración, a una tensión dentro de ti, que, si no fluye, el día parece inútil y detenido, y aburrido y melancólico.

La conciencia del escritor es una segunda respiración. Escribes porque algo dentro de ti no tolera al oprobioso silencio. La mente busca un leve orden entre una energía caótica que desarregla tanto tu habitación como las galaxias. Confías en la cadencia y euritmia de sílabas y párrafos. Murmuras. Borras, rectificas, tachas, añades. Algunos hombres sentimos que no podríamos vivir de otra manera.

¿Locura? Yo no me siento ahora mismo tranquilo ante la pantalla. Invoco no sé qué, ni sé de qué manera, a una divinidad poseída por las palabras. Pruebo ritmos, saboreo el contorno melódico de las frases. Casi parezco un mago preparando un sortilegio. Me exalto, hablo solo, enloquezco. Vueltas y vueltas de derviche.

La escritura. La pasión absoluta de mi vida.

Charles 61

Hay vidas que se pierden en mil direcciones. La mía ha tenido un centro, con cuatro ejes: estudiar, leer, escribir y el afecto familiar. Montaigne escribió en su torre; Kant apenas salió de Königsberg; Emily Dickinson vivió prácticamente recluida; Pessoa trabajó en una oficina. Y, sin embargo, sus vidas no fueron pequeñas. Conviví mentalmente con Horacio, Catulo, Tácito, Maquiavelo, Montaigne, Schopenhauer, Nietzsche, Kavafis, Eliot, Pessoa, Woolf. Eso significa que mi vida interior ha sido muy amplia, aunque la exterior fuese limitada. Hay un error moderno muy común: confundir vida intensa con vida socialmente visible. Pero la historia intelectual demuestra lo contrario. A veces la vida más rica ocurre en silencio, en tu gabinete de lectura, con un libro abierto.

En cierto sentido admito que mi vida fue limitada, parca en experiencias. Sedentarismo, aislamiento, enfermedad mental; pero cualquier vida es limitada. Fue una vida coherente, consciente, intelectualmente fértil. Si tuviera que resumirla con una frase: No ha sido una vida espectacular, pero sí fue una vida digna.

Montaigne, mi maestro y compañero, describe su retiro para leer y pensar: “Me retiré a mi biblioteca, donde paso la mayor parte de los días de mi vida. Allí hojeo ahora un libro, ahora otro, sin orden ni propósito; a veces sueño, a veces escribo y a veces dicto mis pensamientos. No busco más que vivir a gusto conmigo mismo. Si he pasado mi vida observándome y examinándome, no habré vivido inútilmente».

Habité el reino de las ideas, con las mejores mentes de todos los siglos. Qué placer extraordinario fue leer sin interrupción, seguir el curso de un pensamiento, sentir cómo la mente se ensancha y se llena de voces de otros tiempos. El espíritu humano encuentra en los libros una especie de patria. Los libros contienen el registro de las mejores horas de las mejores mentes.

Mi vida ha sido feliz porque ha estado consagrada al estudio. Entre libros he encontrado el más constante de los placeres y el más noble de los trabajos. No leo para retener nada; leo para gozar. Hojeo ahora un libro, ahora otro; a veces solo leo unas páginas, a veces abro al azar y dejo que el pensamiento del autor me sorprenda. Así converso con los antiguos y me acompaño de ellos. Siempre tengo un volumen a mano, y vuelvo una y otra vez a los mismos autores que más amé.

Compré los ocho volúmenes de la obra de Gibbon. Tapa dura con sobrecubierta. Espero leerlos en estas noches de piedra invernales de mi aldea gallega. Sentir la fuerza física de sus frases. Llenar de calor mi corazón.

En cierto sentido, mi vida ha sido exactamente eso: una relectura prolongada de esos libros amados. Y no fue, bien se lo aseguro señores, del todo infeliz.

Charles 60

He pasado mi vida en el ejercicio de la palabra y en la educación del espíritu. Si mis escritos perduran, no habré vivido en vano. Dediqué mi vida a examinarme a mí mismo y a poner por escrito mis pensamientos. Si algo he aprendido en ese trabajo, ha sido a aceptar mi destino con tranquilidad. Mi obra ya pertenece al caprichoso tiempo. La suerte está echada.