El lingüista y psicólogo cognitivo Steven Pinker popularizó el llamado “Bad Writing Contest», que premiaba irónicamente los ejemplos de prosa académica más oscura y confusa. Uno de los casos más célebres fue un pasaje de Judith Butler, cuya sintaxis deliberadamente enrevesada se convirtió en símbolo del estilo teórico posmoderno. Pinker ha criticado ese estilo en varios libros, especialmente en «The Sense of Style», donde defiende que la claridad no es simplificación vulgar, sino respeto por el lector.
La virtud del estilo consiste en ser claro; si el discurso no manifiesta con claridad lo que quiere decir, no cumple su función. No debe ser ni bajo ni excesivamente elevado, sino apropiado. El estilo claro es el que se comprende sin esfuerzo y sin vacilación. Cuando el lector se ve obligado a detenerse para descifrar lo que el autor quiso decir, el estilo ya ha fallado en su propósito. Estas ideas las defendieron convincentemente desde los griegos hasta los moralistas franceses, pasando por los humanistas y los grandes estilistas españoles.
Antes que nada debemos procurar que lo que decimos pueda entenderse. La oscuridad en el discurso no es profundidad, sino defecto. Quien se expresa con claridad demuestra que piensa con claridad.
Erasmo criticaba la prosa pedantesca de los escolásticos: “Algunos creen que la sabiduría consiste en hablar de modo que nadie pueda entenderlos. Pero el verdadero sabio se reconoce porque puede expresar las cosas más profundas con palabras limpias y ordenada». Montaigne defendía una prosa natural y urbana: “Quiero que mi estilo sea simple y natural, como el habla de un hombre que conversa con otro. Prefiero que me entiendan con facilidad a parecer profundo por oscuridad”. Benito Jerónimo Feijóo, en el siglo XVIII, criticaba el lenguaje oscuro de ciertos eruditos: “Hay quienes escriben de manera tan confusa que parece que su intento no es enseñar, sino ocultar lo que dicen”.
La sencillez es la forma suprema de la elegancia. La oscuridad suele esconder pensamiento mal ordenado. Muchos autores usan oscuridad para simular profundidad. La prosa clásica se entiende como lenguaje público de la razón. La buena prosa consiste en imaginar que el lector está frente a nosotros y explicarle una idea con precisión y elegancia.
Esta tradición clásica de claridad se opone frontalmente al estilo que dominará parte de la teoría francesa del siglo XX. En autores como Derrida, Lacan, Deleuze etc. la oscuridad deliberada se ha convertido en una estrategia retórica. Cuando un texto es incomprensible, el lector tiende a suponer que la dificultad proviene de su propia ignorancia y no de la falta de sentido del texto. Gran parte de la teoría posmoderna se expresa en una jerga deliberadamente oscura, que sirve más para intimidar al lector que para iluminarlo. El lenguaje deja de ser un medio de comunicación para convertirse en un instrumento de poder intelectual. Cuando el lenguaje se vuelve innecesariamente hermético, no estamos ante profundidad filosófica, sino ante un intento de ocultar la falta de pensamiento claro.
«La reconfiguración ontológica del sujeto contemporáneo, en el marco de una hipermodernidad líquida, trasciende la dicotomía agente-estructura, generando una hibridación discursiva que performa nuevas identidades poshumanas». Ejemplo palmario de terrorismo lingüístico.
El lenguaje barroco ha sido elevado a una especie de virtud intelectual. Cuanto más incomprensible es un texto, más profundo parece. Pero la verdadera inteligencia consiste en aclarar, no en oscurecer. Camile Paglia ha sido especialmente dura con la teoría posmoderna: “La teoría posmoderna es una maraña de jerga que ha reemplazado el pensamiento claro por una retórica de moda. Es una prosa que intimida al lector en lugar de iluminarlo”.
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Addison representa la prosa civil del siglo XVIII: elegante, clara, urbana. “Nada hay más contrario al buen gusto que la afectación. El verdadero mérito de un estilo consiste en expresar pensamientos elevados con palabras naturales y claras. Cuando el lenguaje es oscuro o artificioso, el lector sospecha que el autor pretende parecer profundo antes que ser entendido […] El estilo más perfecto es aquel que, sin llamar demasiado la atención sobre sí mismo, conduce al lector con suavidad a través de las ideas. El lector debe sentir que entiende con facilidad lo que se le dice, y no que lucha con el lenguaje».
Goldsmith defendía la elegancia natural: “La verdadera elegancia consiste en una simplicidad refinada. El estilo debe ser claro como el cristal, de modo que el lector vea las ideas a través de las palabras”.
Hazlitt fue uno de los grandes teóricos del estilo. En su ensayo «On Familiar Style» escribió: “El estilo familiar no consiste en usar palabras vulgares, sino en usar las mejores palabras en el orden más natural. No es descuido, sino arte perfecto oculto bajo apariencia de naturalidad.” Y añade una observación maravillosa: “Es mucho más difícil escribir con claridad que escribir con pompa.”
Lamb defendía la prosa como conversación culta: “El buen estilo tiene algo del tono de una conversación elegante: natural sin ser descuidado, refinado sin ser afectado.”
Thomas Babington Macaulay fue uno de los estilistas más brillantes del XIX: “El gran arte del estilo consiste en hacer que las ideas importantes se comprendan inmediatamente, y que las palabras parezcan inevitables”.
No olvidemos las enseñanzas de estos maestros morales del estilo.
La oscuridad puede impresionar; la claridad convence.
