Charles 59

El lingüista y psicólogo cognitivo Steven Pinker popularizó el llamado “Bad Writing Contest», que premiaba irónicamente los ejemplos de prosa académica más oscura y confusa. Uno de los casos más célebres fue un pasaje de Judith Butler, cuya sintaxis deliberadamente enrevesada se convirtió en símbolo del estilo teórico posmoderno. Pinker ha criticado ese estilo en varios libros, especialmente en «The Sense of Style», donde defiende que la claridad no es simplificación vulgar, sino respeto por el lector.

La virtud del estilo consiste en ser claro; si el discurso no manifiesta con claridad lo que quiere decir, no cumple su función. No debe ser ni bajo ni excesivamente elevado, sino apropiado. El estilo claro es el que se comprende sin esfuerzo y sin vacilación. Cuando el lector se ve obligado a detenerse para descifrar lo que el autor quiso decir, el estilo ya ha fallado en su propósito. Estas ideas las defendieron convincentemente desde los griegos hasta los moralistas franceses, pasando por los humanistas y los grandes estilistas españoles.

Antes que nada debemos procurar que lo que decimos pueda entenderse. La oscuridad en el discurso no es profundidad, sino defecto. Quien se expresa con claridad demuestra que piensa con claridad.

Erasmo criticaba la prosa pedantesca de los escolásticos: “Algunos creen que la sabiduría consiste en hablar de modo que nadie pueda entenderlos. Pero el verdadero sabio se reconoce porque puede expresar las cosas más profundas con palabras limpias y ordenada». Montaigne defendía una prosa natural y urbana: “Quiero que mi estilo sea simple y natural, como el habla de un hombre que conversa con otro. Prefiero que me entiendan con facilidad a parecer profundo por oscuridad”. Benito Jerónimo Feijóo, en el siglo XVIII, criticaba el lenguaje oscuro de ciertos eruditos: “Hay quienes escriben de manera tan confusa que parece que su intento no es enseñar, sino ocultar lo que dicen”.

La sencillez es la forma suprema de la elegancia. La oscuridad suele esconder pensamiento mal ordenado. Muchos autores usan oscuridad para simular profundidad. La prosa clásica se entiende como lenguaje público de la razón. La buena prosa consiste en imaginar que el lector está frente a nosotros y explicarle una idea con precisión y elegancia.

Esta tradición clásica de claridad se opone frontalmente al estilo que dominará parte de la teoría francesa del siglo XX. En autores como Derrida, Lacan, Deleuze etc. la oscuridad deliberada se ha convertido en una estrategia retórica. Cuando un texto es incomprensible, el lector tiende a suponer que la dificultad proviene de su propia ignorancia y no de la falta de sentido del texto. Gran parte de la teoría posmoderna se expresa en una jerga deliberadamente oscura, que sirve más para intimidar al lector que para iluminarlo. El lenguaje deja de ser un medio de comunicación para convertirse en un instrumento de poder intelectual. Cuando el lenguaje se vuelve innecesariamente hermético, no estamos ante profundidad filosófica, sino ante un intento de ocultar la falta de pensamiento claro.

«La reconfiguración ontológica del sujeto contemporáneo, en el marco de una hipermodernidad líquida, trasciende la dicotomía agente-estructura, generando una hibridación discursiva que performa nuevas identidades poshumanas». Ejemplo palmario de terrorismo lingüístico.

El lenguaje barroco ha sido elevado a una especie de virtud intelectual. Cuanto más incomprensible es un texto, más profundo parece. Pero la verdadera inteligencia consiste en aclarar, no en oscurecer. Camile Paglia ha sido especialmente dura con la teoría posmoderna: “La teoría posmoderna es una maraña de jerga que ha reemplazado el pensamiento claro por una retórica de moda. Es una prosa que intimida al lector en lugar de iluminarlo”.

***

Addison representa la prosa civil del siglo XVIII: elegante, clara, urbana. “Nada hay más contrario al buen gusto que la afectación. El verdadero mérito de un estilo consiste en expresar pensamientos elevados con palabras naturales y claras. Cuando el lenguaje es oscuro o artificioso, el lector sospecha que el autor pretende parecer profundo antes que ser entendido […] El estilo más perfecto es aquel que, sin llamar demasiado la atención sobre sí mismo, conduce al lector con suavidad a través de las ideas. El lector debe sentir que entiende con facilidad lo que se le dice, y no que lucha con el lenguaje».

Goldsmith defendía la elegancia natural: “La verdadera elegancia consiste en una simplicidad refinada. El estilo debe ser claro como el cristal, de modo que el lector vea las ideas a través de las palabras”.

Hazlitt fue uno de los grandes teóricos del estilo. En su ensayo «On Familiar Style» escribió: “El estilo familiar no consiste en usar palabras vulgares, sino en usar las mejores palabras en el orden más natural. No es descuido, sino arte perfecto oculto bajo apariencia de naturalidad.” Y añade una observación maravillosa: “Es mucho más difícil escribir con claridad que escribir con pompa.”

Lamb defendía la prosa como conversación culta: “El buen estilo tiene algo del tono de una conversación elegante: natural sin ser descuidado, refinado sin ser afectado.”

Thomas Babington Macaulay fue uno de los estilistas más brillantes del XIX: “El gran arte del estilo consiste en hacer que las ideas importantes se comprendan inmediatamente, y que las palabras parezcan inevitables”.

No olvidemos las enseñanzas de estos maestros morales del estilo.

La oscuridad puede impresionar; la claridad convence.

Charles 58

Siento una manifiesta incomodidad con la palabra “intelectual” (prefiero que me llamen «diletante») Los intelectuales tienen un prestigio un poco sacerdotal, casi una aureola de superioridad civil, y sin embargo la historia del intelectual moderno está llena de cegueras, vanidades, servidumbres ideológicas y vidas privadas miserables. Precisamente por eso la figura resulta tan ambigua: es una casta que pretende lucidez, pero que a menudo ha demostrado una alarmante incapacidad para ver y analizar lo real; presumen de independencia, pero caen con facilidad en modas, sectas y obediencias; predican emancipación, pero a menudo sucumben a la fascinación lacaya por el poder.

El intelectual no se limita a pensar; con frecuencia quiere decirle a la humanidad cómo vivir. Ahí está el núcleo del reproche de Paul Johnson. Su libro «Intellectuals» se presenta, precisamente, como un examen de las “credenciales morales y de juicio” de ciertos autores que se arrogaron el derecho de aconsejar a la humanidad sobre su conducta. Johnson parte de una sospecha muy simple y devastadora: ¿por qué deberíamos conceder autoridad moral pública a personas cuya vida privada, trato con los demás o juicio político fueron tan a menudo desastrosos?

La crítica más seria es esta: el intelectual tiende a confundir superioridad verbal con superioridad de juicio. Puede escribir mejor que el común, hablar con más brillo, citar más autores, levantar arquitecturas conceptuales más seductoras; pero nada de eso garantiza prudencia, ecuanimidad, conocimiento del alma humana ni capacidad para percibir la textura de lo real. La inteligencia no inmuniza contra la estupidez moral; a veces la vuelve más peligrosa, porque la dota de lenguaje brillante.

Bien entendido, el diletante -la denominación que prefiero- no es el frívolo, sino el hombre libre que no quiere convertirse en funcionario de una ortodoxia ni en burócrata del prestigio cultural. El mejor antídoto contra la pompa intelectual es una mezcla de curiosidad, ironía, conversación, gusto, experiencia, lectura amplia y desconfianza hacia toda aureola. El intelectual solemne se vuelve insoportable porque deja de amar la verdad y empieza a amar su papel. El diletante, en cambio, todavía puede permitirse el lujo de buscar sin investirse de pontífice.

“Los hombres cuya función es defender valores eternos y desinteresados —la justicia, la verdad, la razón— han abandonado esa misión para ponerse al servicio de pasiones políticas. Los intelectuales, que durante siglos se mantuvieron al margen de las luchas temporales, han entrado ahora en la arena de los intereses colectivos y de las ambiciones nacionales. El resultado es que aquellos cuya tarea era recordar a los hombres que existen verdades universales se han convertido en propagandistas de la raza, del partido o del Estado. Los clérigos han traicionado su vocación”, Julen Benda.

“El intelectual moderno siente una irresistible atracción por las doctrinas que prometen explicar la totalidad de la historia y del mundo. La sed de sistema es una tentación permanente. Cuando el intelectual pierde el sentido de la duda, la ideología se convierte para él en una religión secular. Entonces ya no analiza los hechos: los interpreta según la fe que ha adoptado”, Raymond Aron.

“El intelectual típico no es necesariamente un especialista profundo ni el creador de nuevas ideas. Su función consiste más bien en ser intermediario entre los expertos y el público. Es el transmisor profesional de las ideas. Pero precisamente por no estar ligado a la experiencia concreta ni a la responsabilidad práctica, suele sentirse atraído por los sistemas generales y por las soluciones simples a problemas complejos”, Hayek.

El intelectual suele tener gran habilidad verbal y gran ambición moral, pero poca experiencia práctica y escasa humildad. Por eso es particularmente vulnerable a las ideologías grandiosas y a las utopías. Puede ser un observador brillante, pero también un profeta equivocado con enorme influencia. Y quizá la frase más certera sea esta de Aron: “El drama del intelectual es que ama las ideas más que los hechos.”

Charles 57

Tengo ahora mismo ideas suicidas y pienso ahora mismo en el suicidio.

La idea del suicidio se me presenta con tanta naturalidad como antes se me presentaban los planes para mejorar mi vida. Es tan tentadora que tuve que usar artificios contra mí mismo para no ejecutarla demasiado deprisa. No guardaba una cuerda en mi habitación, para no colgarme de una viga entre los armarios; dejé también de ir a por la escopeta, para no sucumbir con demasiada facilidad a la tentación de poner fin a mi vida.

De pronto, sin advertencia, cae sobre mí una terrible angustia, acompañada del miedo a mi propia existencia. Es como si algo se hubiera roto en el universo. Me veo a mí mismo condenado a vivir en un mundo mecánico y sin sentido, y el pensamiento del suicidio aparece como una posibilidad real y concreta, liberadora.

Los estoicos exaltan la «honesta mors» [la muerte honrosa], esa que el ser humano acepta consciente y voluntariamente antes que someterse a la esclavitud. Nos referimos a un suicidio deliberadamente programado y no a uno provocado por arrebato pasional; por eso ante la comisión de la propia muerte los estoicos hablan de la necesidad de cierta prudencia, de una sabiduría previa al suicidio, ya que el hombre no debe huir de la vida, sino salir de ella (“non fugere debet e vitad, sed exigiere”)

A veces seguir viviendo es una vejación contra ti mismo ¿Por qué he de prolongar entonces una existencia miserable, por amor de alguna frívola ventaja? Si, debido a la edad, la esquizofrenia o los achaques, puedo legítimamente dimitir de cualquier cargo, y dedicar todo mi tiempo a defenderme de tantas calamidades y a aliviar, en la medida de lo posible, las miserias de mi vida futura, ¿por qué no puedo cortar por lo sano esas miserias mediante un acto que ya no perjudica a la sociedad y encima demuestra plena soberanía sobre mí mismo?

«Cuanto más voluntaria, más hermosa es la muerte. La vida no depende de la voluntad ajena, la muerte solo depende de la nuestra. En ninguna ocasión debemos acomodarnos tanto a nuestros humores como en ésta. La reputación y el nombre son cosas enteramente ajenas a una tal empresa; es locura poner ningún miramiento.Todas las enfermedades se combaten poniendo en peligro nuestra existencia; se nos corta y cauteriza; se nos quiebran nuestros miembros, se extrae de nuestro cuerpo el alimento y la sangre; un paso más, y hétenos aquí, curados para siempre ¿Por qué nos es más difícil cortarnos las venas de la garganta, que la del brazo? Los grandes males exigen grandes remedios», Montaigne.

Charles 56

Hay sentimientos que pierden su dignidad cuando se exponen demasiado. El corazón tiene zonas que deben permanecer veladas, no por hipocresía, sino por delicadeza. El pudor es una forma de respeto hacia lo que hay de más profundo en nosotros.

Yo carezco de esa discreción interior. Aquí, en las redes, expuse sentimientos íntimos, incluso a veces experiencias alucinatorias y delirantes. Mis padres consideraban muy ineducado y poco civilizado ese exhibicionismo. Me avergüenzo y me culpo de no mostrar cierta reserva, pues el exceso de exposición degrada lo que debería permanecer en silencio, nunca en la plaza pública. Mostrarlo todo es empobrecerse y es indigno.

Pero para alguien que escribe, la experiencia solo se completa cuando se formula. Ahí nace una tensión. Me educaron para que ciertas cosas nunca salieran del hogar. Una red social es como la calle. Si toda nuestra vida la convertimos en palabras, no protegemos lo íntimo ¿Cómo va a ser elegante desnudarse ante desconocidos?

Pido perdón a mis mayores por incurrir en la molesta literatura de tradición confesional. Noto su censura cariñosa, comprensiva, pero grave.

Charles 55

La noche ha sido terrible; el pensamiento no dejaba de girar. Pero por la mañana, con la luz, todo parece más soportable. Lo que parecía insoportable en la oscuridad pierde su poder. Hay días de tormenta y días claros. Pero incluso después de la noche más oscura, la mente puede volver a ver con claridad.

Durante la noche, cuando el pensamiento gira sin descanso, todo parece adquirir una gravedad excesiva; los recuerdos se agrandan y las inquietudes crecen en la oscuridad. Pero llega la mañana, la luz entra por la ventana y, con ella, una especie de indulgencia del espíritu. Lo que parecía terrible en la noche pierde parte de su poder, como si la claridad devolviera al alma su justa medida.

Hay noches en que el pensamiento se vuelve insoportable y la conciencia parece un cuarto demasiado pequeño para contener todas las inquietudes. Pero al amanecer algo cambia: la luz vuelve más simple lo que la noche había complicado, y el espíritu, aunque cansado, vuelve a encontrar una cierta serenidad.

Charles 54

La memoria mezcla a mamá, la muerte y la poesía. Todo nace de la desesperación y de la angustia, pero también de la música secreta de la noche. Oigo, mientras fumo en el jardín, el trino nítido de un pajarillo. Es como si se presentara ante mí su alma. Estoy cansado y me cuesta una enormidad pensar. Debido a un desvelo fuerte las asociaciones salen más rápido de lo que se pueden ordenar; una mezcla de imágenes poéticas, pensamientos sueltos, en varios idiomas y con asociaciones fugaces.

Un instante basta para que el tiempo perdido vuelva a nosotros. De pronto, una pequeña ola sirve para que resucite un mundo entero que creíamos muerto. Y en ese instante comprendemos que lo que llamábamos pasado no ha desaparecido: permanece escondido en nosotros esperando su señal. La noche es profunda y las voces callan. El espíritu clarea. Desaparece la vulgaridad de los gestos y las frases. Mamá con un vestido ibicenco en Peñíscola. Es delicada y evanescente la vida. El tapiz muestra un entramado de estrellas y rostros, de caras y escenas.

Por un instante pensé que ese pajarillo era mamá.

Charles 53

Sufro lo que técnicamense se llama «Ultradian cycling», es decir, soy un ciclador ultrarrápido, con cambios diarios varias veces de humor -de la euforia al hondo abatimiento. El Depakine (ácido valproico) es un estabilizador del ánimo que casi ni me funciona; parece agua. En esos momentos de desajuste emocional no es raro, debido al agotamiento, que surjan figuras visuales inexistentes, percepciones extrañas y voces.

Las olas de la mente se levantan y se desploman con violencia. Un día estoy en la cima del mundo, y, al siguiente, apenas puedo levantarme de la cama, pero a veces, a menudo, eso ocurre en unas pocas horas. Es muy aniquilador pasar de la exaltación más brillante a un abatimiento negro en pocas horas, varias veces, que la mente se eleve a alturas vertiginosas y después caiga como una piedra al fondo del pozo. Oscilo de la energía ardiente a una masa viscosa que no puedo atravesar, de ser un animal salvaje lleno de luz a estar enterrado en cuevas muy oscuras.

Ahora se apodera de mí una grave sensación de inutilidad y vacío, de falta de energía y de desidia. Estoy haciendo un esfuerzo sobrehumano para escribir estas líneas. Las figuras geométricas que ocupan mis ojos no me permiten enfocar bien la pantalla y las voces demoníacas me insultan y pretenden humillarme. No puedo más. De veras que no puedo más. He pensado en ingresarme unos días si hay plaza en el manicomio o bien acudir ahora a urgencias.

La noche me está cayendo como un yeso denso en la conciencia; siento casi una navaja abriéndome cada una de las vertebras; noto como unas afiladas cuchillas de una turbina que me despiezan. No puedo más. Les juro que la desesperación es clamorosamente real e intensa.

Todo se vuelve confuso. El silencio es una losa. La soledad murmura ideas incomprensibles. Brota una angustia tangible, febril, rota. Mi yo se deshace como nieve debajo de la lluvia. No soy. No puedo existir. Me rodea una mascarada de puntiguados libros hostiles en mi biblioteca. La languidez es una dentellada intolerable. Y no puedo dormir y corretean las ratas por mi habitación. Exhausto e inmóvil respiro con pulmones de piedra.

No puedo más. Es probable que dentro de nada llame al 112.

Charles 52

Denunciemos una ilusión con fuerza, a saber, el hecho de que intelectuales, científicos u hombres de letras ocupamos un plano superior de humanidad. En mis libros, conscientemente y con afán de provocar, jugué a esa especie de elitismo intelectual despreciador, pero nunca lo creí y siempre supe que era solo una añagaza o falacia.

A los lectores obsesivos nos ronda un problema: la tentación aristocrática del espíritu. Uno puede decirse de manera infantil: “He leído mucho, he estudiado, entiendo cosas difíciles; ergo, soy superior”. Pero ello obvia un aspecto crucial de las vidas: el papel del azar. Mi familia era rica, me estimulaba culturalmente, gocé de clases privadas de idiomas, música y dibujo, tuve acceso a una exquisita educación de élite y medios económicos de sobra. El capital cultural casi siempre se hereda o bien lo facilita el entorno. Por ello, los privilegiados, debemos sentir esencialmente gratitud y humildad.

Además la excelencia humana es plural. Se puede centrar en la valentía, o en la bondad, en la competencia artesanal, en la inteligencia práctica, en la sabiduría intuitiva. Si bien se piensa, el clasismo cognitivo hacia todos los que disfrutan del deporte, la televisión, o los entretenimientos de masas, suele apuntar o indicar inseguridad cultural y narcisismo intelectual.

Lo más importante de mi argumentación: no existe una única vida valiosa. Los fines sobre el valor humano son plurales. Un artesano, un campesino, un ingeniero etc. son formas de esplendor, o pueden ser formas de esplendor, absolutamente legítimas.

El ensayista Michel de Montaigne fue uno de los primeros en denunciar la vanidad del erudito.

“La mayor parte del conocimiento que adquirimos no hace sino inflar nuestro orgullo. Creemos que sabemos algo y empezamos a despreciar a quienes no lo saben. Pero el verdadero fruto del estudio debería ser la modestia y el reconocimiento de nuestra ignorancia”.

Blaise Pascal enfatizó el orgullo de la razón. Criticó el orgullo intelectual con una claridad extraordinaria.

“El hombre está lleno de orgullo. El sabio se cree superior al ignorante porque sabe algunas cosas más; pero ignora infinitamente más de lo que sabe. El conocimiento humano es tan limitado que debería inspirarnos humildad y no vanidad”.

El pensador Alexis de Tocqueville advirtió contra el desprecio de las élites culturales hacia el pueblo.

“Hay una forma de orgullo particularmente peligrosa: el orgullo del hombre instruido que desprecia a quienes no han recibido educación. Ese orgullo es injusto, porque la educación depende muchas veces más de las circunstancias que del mérito”.

No cabe duda de que la cultura es valiosa. Pero es miope despreciar los gustos, el lenguaje y las maneras del hombre común (a menos que eso se haga como un subterfugio o mecanismo retórico literario) A veces sentimos que se desprecian nuestra inteligencia y saberes, pero no debemos pagar con la misma moneda esa injusta humillación.

Bajo el pelaje del erudito o del intelectual se emboscan no pocas esterilidades. No inflemos puerilmente nuestro ego. La sabiduría auténtica comienza cuando uno reconoce que la inteligencia no agota la vida. La vida ordinaria es susceptible de darnos grandes (y necesarias) lecciones.

Charles 51

Desde la Antigüedad muchos pensadores han mirado con desconfianza las pasiones colectivas del espectáculo, ya fueran carreras de caballos, luchas de gladiadores o juegos atléticos. Al mismo tiempo, otros defendieron el valor del ejercicio físico y del entusiasmo popular.

El poeta satírico romano Juvenal lanzó una de las críticas más célebres contra el espectáculo de masas en Roma.

“La antigua plebe que otorgaba imperios, consulados y legiones

hoy ya no se preocupa por nada. El pueblo que antes concedía mando a los ejércitos, ahora solo desea dos cosas: pan y juegos de circo”.

El filósofo presocrático Jenófanes comparó la gloria del atleta con la del sabio. “Si un hombre vence en los juegos con sus pies o con su fuerza, la ciudad lo honra más que al sabio. Pero mi sabiduría es mejor que la fuerza de hombres y caballos”. Aquí aparece ya el conflicto entre intelecto y deporte.

Mientras escribo estas líneas, escucho al Real Madrid por la radio jugando la Champions. A mí mente acude Nabokov: “Nunca he podido entender el entusiasmo por los juegos de masas. Me parecen espectáculos de una monotonía casi hipnótica. Prefiero observar el vuelo de una mariposa durante diez minutos antes que ver un partido entero”.

Cuando la multitud se reúne para divertirse, la inteligencia suele quedarse en casa. El fútbol cumple funciones tribales, gregarismo, catarsis, identidad (a veces violenta) de grupo. La mayor parte de los hombres no tiene pensamiento propio. Por eso necesitan continuamente distracciones externas que ocupen su mente. Cuando no trabajan, buscan ruidos, espectáculos y diversiones.

El ruido de las multitudes y el bullicio de los espectáculos

les sirven para escapar del vacío interior.

Las masas necesitan excitaciones simples, gritos, colores, banderas, competiciones. Allí donde la inteligencia declina, la multitud se reúne para celebrar su propia trivialidad. El entusiasmo colectivo es una forma de minusvalía.

Pero el ser humano no es solo razón; también es emoción, juego y comunidad. Por eso el mundo puede contener al mismo tiempo la biblioteca y el estadio. Y cada persona se siente más cómoda en uno de esos dos territorios.

Charles 50

Soy una «rat de bibliothèque». En Don Quijote de la Mancha, Cervantes crea quizá la sátira más famosa contra la vida absorbida por los libros. El hidalgo enloquece por leer sin descanso novelas de caballería.

“Del poco dormir y del mucho leer se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros: encantamientos, desafíos, batallas, heridas, requiebros, amores y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de soñadas invenciones. Para él no había ya otra historia más cierta en el mundo”.

La crítica es clara: la lectura puede sustituir la experiencia hasta deformar la percepción de la realidad. Los hombres que pasamos nuestra vida entre libros apenas conocemos a los hombres. Creemos comprender la naturaleza humana porque leímos mucho sobre ella, pero no vimos ni observamos a los hombres reales. Salimos del gabinete de lectura llenos de sistemas y teorías, pero ignorando lo que sucede en el corazón humano y en la vida común.

El hombre que vive únicamente entre libros corre el riesgo de convertirse en un fantasma. Aprende las palabras de la vida, pero no la vida misma. Ha leído sobre aventuras, viajes, amores y peligros, pero su propia existencia permanece inmóvil entre cuatro paredes. Yo no miro el mundo directamente, sino a través de citas. Y no hablo yo; hablan por mí los autores que leí.

Por eso Nietzsche lanzó una frase demoledora: “Hay hombres que han leído demasiado para ser sabios”.