Charles 39

Náuseas, dolor de estómago y de cabeza, sequedad o congelación interior; no puedo ni pensar ni escribir. Desierto interior donde las palabras no salen. Es como si mi espíritu estuviera hecho de plomo. Permanezco horas enteras, inmóvil, en la cama. No es pereza; es una especie de petrificación interior, un agotamiento que se apodera de todo el cuerpo. No me interesa ni tengo ganas de escuchar música o leer, de respirar. No tengo fuerzas ni para hablar.

Estéril y vacío como un tambor. Todo parece sin sentido. El mundo pierde su color, y escribir resulta imposible. No hay energía, no hay curiosidad, no hay deseo. Solo una especie de peso oscuro sobre el espíritu. Un manto mojado, mugriento y espeso apresándote, empapándote. Todo pesa, cansa: vivir, hablar, moverse. La vida entera parece una carga absurda. Dentro de mí, en lugar de sangre y linfa, kilos de arena, polvo de arena.

Espanto y odio. Lombrices devorando las circunvalaciones del cerebro, sanguijuelas chupando la sangre de los ventrículos. Nube oscura, catástrofe, pecado. Una tierra agotada después de demasiadas cosechas.

Burton: “La melancolía es una enfermedad del alma que oscurece el entendimiento, abate el ánimo y deprime todo el cuerpo. El hombre melancólico siente un peso constante en su espíritu, una tristeza que no puede explicar ni apartar de sí. Su imaginación se llena de pensamientos sombríos, y su mente se vuelve incapaz de aplicar atención a ningún trabajo o estudio. Nada le agrada; aquello que antes le producía placer ahora le resulta insípido o fatigoso. Se siente torpe, lento, como si una nube oscura hubiese descendido sobre su cerebro. Intenta leer o escribir, pero el pensamiento no se sostiene y la mente se dispersa o se queda en blanco. El melancólico se queja de dolores de cabeza, pesadez en el estómago, náuseas, opresión en el pecho y debilidad general del cuerpo. Se siente cansado sin haber trabajado y triste sin saber por qué. Su espíritu está abatido, su imaginación perturbada y su voluntad debilitada. A menudo se sienta en silencio, incapaz de hablar o de pensar con claridad, y se siente como si estuviera oprimido por un peso invisible. Todo esfuerzo intelectual le parece insoportable, y el mundo entero le resulta oscuro y desagradable”.

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“Hay un estado del alma en el cual todo se vuelve indiferente y pesado. El mundo entero pierde su interés y su color. Nada despierta la imaginación ni mueve el corazón. El pensamiento mismo se vuelve fatigoso. El espíritu se siente oprimido por una especie de peso oscuro que lo aplasta y lo paraliza. El hombre experimenta entonces un cansancio profundo de existir, un hastío universal que no proviene de ninguna causa particular, sino del fondo mismo de la vida”, Leopardi.

“La desesperación es una enfermedad del espíritu, del yo. No es una enfermedad del cuerpo, y sin embargo penetra todo el ser. El desesperado se siente incapaz de ser él mismo, y al mismo tiempo incapaz de dejar de serlo. Esta desesperación puede presentarse como una especie de languidez del alma, un cansancio profundo de existir, en el cual todo parece pesado y sin sentido”, Kierkegaard.

“Hay días en que la conciencia se vuelve una carga insoportable. Todo pensamiento pesa, todo sentimiento fatiga. El espíritu se siente agotado por el simple hecho de existir. En esos momentos uno comprende lo que significa el vacío interior: una ausencia total de energía, de deseo, de curiosidad. El mundo entero pierde su consistencia y se vuelve extraño”, Cioran.

Charles 38

Mi vida consiste en una habitación, una mesa, una lámpara, el ordenador, la locura y el miedo. Pasé toda mi vida encerrado entre cuatro paredes, como un preso en su celda, o como un cerdo en su cuadra. Se me cerraron las puertas a la jarana, a la pandilla y a la alegría. He pasado mi vida sentado en una silla.

Un ermitaño, un muerto viviendo su sueño profundo. Toda la existencia como un encerramiento atroz, rumiendo mis inútiles obsesiones. Gran parte de mi vida (o toda) enfermo, en sanatorios o en casas aisladas, consumiéndome en estudios que me han robado la juventud y la madurez. Avanzaba y avanzaba, y de pronto llegué a un abismo y vi claramente que delante no había nada más que la muerte. Todo lo que he hecho me parece completamente inútil. Años sin ver la luz del día más que unos pocos minutos. Nacer es entrar en una cárcel.

Desdichado y desconocido, mi vida fue un fracaso.

Charles 37

No deseo que se diga de mí que fui alguien que tenía opiniones; una opinión no vale nada si no está motivada, justificada, apoyada por argumentos y pruebas. En ciencia y en filosofía, en una vida cotidiana seria y racional, lo que cuenta no es lo que uno cree, sino lo que puede demostrar o razonar persuasivamente.

El mundo está lleno de opiniones, pero está muy escaso de argumentos. La opinión es barata: basta solo con tener una boca y moverla. El pensamiento en cambio es caro: exige razones y una mente lenta, en activo.

La opinión es el refugio de quienes no tienen pensamiento. Las ideas de cuño moderno no son ideas: son meras opiniones de baratija rebuznadas y, a poder ser, gritadas. El hombre contemporáneo cree pensar cuando simplemente se limita a opinar toscamente. Las opiniones dominantes no necesitan ser verdaderas; fíjense: basta con que nadie piense ¿Lo advierten, verdad? Se habla incesantemente para no pensar. Si bien se mira, el exceso de opinión es el síntoma de una civilización fatigada, donde el barullo y la estridencia sustituye a la inferencia y a la delicadeza de gusto, idea y razón.

Observo que mucha gente cree que tiene derecho a imponer y a dar algo así como vigor o rango de ley a sus chuscos tópicos tabernarios. Parece que hoy a cualquiera no se le ocurre que para tener una opinión sobre algo es preciso haber pensado antes en ello. Opinar sin haber pensado es la forma más frecuente de la estupidez y la bobería pública.

Nos asaltan por doquier charlatanes, gentuza con ideas de rebaño, gente con cerebros atiborrados de clichés y una acusada banalidad en su discurso. La incapacidad para pensar no es estupidez. Se encuentra en personas muy inteligentes. Pero donde el pensamiento se ausenta, los clichés y las frases hechas ocupan su lugar. Las frases hechas construyen el pensamiento por nosotros. Se deslizan en la mente sin resistencia y nos permiten hablar sin pensar. Karl Kraus: “Cuando el sol de la cultura está bajo, incluso los enanos proyectan grandes sombras”.

La opinión pública (una forma de sentimientos disfrazados) es, a menudo, la opinión privada de los imbéciles.

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No se puede hablar prácticamente con nadie. Se burlan de ti si usas subordinadas, si elevas un palmo la conversación, si, en lugar de hablar de la «liason» entre Esther Expósito y el tocapelotas de Mbappé, hablas de ciencia, humanidades, libros, arte o literatura.

Schopenhauer, en «Parerga y paralipómena» describe con gran claridad ese rechazo social u hostilidad a la inteligencia:

“La superioridad intelectual ofende. Es un hecho casi universal que la gente se siente incómoda en presencia de quien piensa más que ella. Por eso la mediocridad se consuela desacreditando la inteligencia. No pudiendo alcanzar la altura del espíritu, intenta rebajarla. De ahí la tendencia tan extendida a tratar con desprecio el saber, la reflexión y el estudio. El vulgo siente una especie de resentimiento instintivo contra todo lo que le recuerda su propia limitación”.

Proclamar e imponer el derecho a la vulgaridad es la nueva característica de esta Edad Media Tecnológica o Era de Piedra Anti-Ilustrada. La hostilidad hacia la excelencia, hacia el que destaca y no se rebaja, hacia el que evita manoseadas opiniones elementales y lugares comunes, es palpable. Se transformó en alguien ofensivo un individuo culto e inteligente.

Alexis de Tocqueville: “En las sociedades democráticas la mayoría ejerce una presión formidable sobre el pensamiento. No obliga mediante la violencia, sino mediante la opinión. Quien piensa de manera diferente se encuentra aislado. No se le prohíbe hablar, pero se le condena a una especie de exilio moral. El que no participa de las opiniones comunes es mirado con desconfianza y tratado como un extraño”.

Quien intenta argumentar, matizar, razonar con cuidado, suele encontrarse en una posición extraña en nuestro tiempo. Mientras la conversación pública se llena de opiniones instantáneas y consignas, el que intenta pensar parece un intruso. La inteligencia introduce complejidad, y la complejidad incomoda. Por eso las sociedades dominadas por el cliché reaccionan con irritación frente al pensamiento. El pensamiento exige esfuerzo; el cliché ofrece tranquilidad.

Charles 36

Una opinión, por sí sola, vale muy poco. Puede ser una preferencia, una intuición, un reflejo tribal, una lealtad sentimental o un prejuicio elegantemente vestido. Lo intelectualmente serio empieza cuando uno da razones: cuando muestra de qué premisas parte, qué inferencia hace y por qué cree que esas premisas son más plausibles que sus alternativas. En ese sentido, no es lo mismo tener opiniones que estar en condiciones de responder por ellas, de dar cuenta y razón de ellas.

La lógica informal contemporánea define un buen argumento, grosso modo, por tres condiciones: aceptabilidad, relevancia y suficiencia. Las premisas deben ser aceptables o bien fundadas; las premisas deben ser relevantes para la conclusión; y las premisas deben ser suficientes para justificar la conclusión. Además, conviene distinguir dos planos: uno es la validez o fuerza inferencial, es decir, la validez formal; otro, la verdad o solidez material de las premisas. Un argumento deductivo válido con premisas falsas puede ser impecable en forma y pésimo en sustancia; uno inductivo puede no garantizar la conclusión, pero sí volverla razonable o probable.

Un razonamiento persuasivo no es solo el que “suena bien”, sino el que cumple varias exigencias a la vez. Primero, claridad: que se entienda qué se está afirmando. Segundo, estructura: que se vea de dónde sale la conclusión. Tercero, verdad o plausibilidad de las premisas. Cuarto, proporción: no sacar una conclusión gigantesca de datos minúsculos. Quinto, resistencia a objeciones: un buen argumento no solo avanza; también soporta contraejemplos, matices y preguntas hostiles. Y sexto, ajuste al campo: en ciencia pediremos evidencia empírica; en ética y estética, donde la prueba experimental no decide por sí sola, pediremos coherencia, distinciones finas, comparación de casos, explicitación de valores y ausencia de contradicciones.

Muchas personas no cambian de opinión porque creen que están defendiendo una tesis, cuando en realidad están defendiendo un mundo. Y, sin embargo, el propio punto de vista del lógico y filósofo Quine enseña algo saludable: si toda creencia está inserta en una red, entramado o malla, entonces ninguna debería ser sagrada por principio. Algunas serán más centrales, sí; pero todas deben estar, en última instancia, abiertas a revisión si la evidencia acumulada lo exige.

Las opiniones no son el punto de llegada del pensamiento, sino apenas su borrador inicial. Lo serio empieza cuando sometemos ese borrador a cuatro pruebas: lógica, evidencia, objeción y revisión.

Un buen argumento, entonces, será el que:

1. parte de premisas claras y defendibles;

2. enlaza esas premisas con la conclusión mediante una inferencia limpia;

3. usa evidencia proporcionada al tipo de asunto;

4. distingue certeza, probabilidad y mera conjetura;

5. no incurre en falacias ni trampas retóricas;

6. y, sobre todo, acepta las condiciones de su propia refutación.

Esa última quizá sea la más noble: solo razona de verdad quien sabe qué hechos o qué argumentos le obligarían a rectificar

Charles 35

«El hombre fue creado para la gloria de Dios, pero la mujer lo fue para la gloria del hombre, y así el hombre no pertenece a la mujer como ella le pertenece a él […] Verdad es muy averiguada, que el sexo masculino es más principal y más noble, que el veleidoso sexo femenino, refinado en el rencor. Y cosa cierta es, que en todas las especies de animales, el macho es de mejor condición y complexión más cálida, y la hembra torcida y pecadora […]

Como el asno del buey, no pocas veces cuesta domar a la hembra, que suele resistirse a ser descanso del guerrero, por lo que no es nada vil azotarla con vara de avellano, para que no bufe como cabra loca […] A la mujer le gusta correr monte, holgar entera en libertad, no someterse a nuestras superiores voluntades… Orgullosas y engreídas, de carácter extraño, nos hurtan horas de placer y estudio […] Preferimos vivir sin ataduras, hacer lo que nos venga, andar con prostitutas, despreocupados. El matrimonio es ominosa cárcel. Ellas guardan mucho vinagre en su cuerpo. La mujer es impedimento para la Philosophia. Si uno se casa, que sea con una dócil, hermosa y de buena casta. Pero el consejo es que mediten y miren bien lo que hacen».

Lo anterior lo escribió J. Timoneda, en su obra «El patrañuelo», 1566, ed. de 1986, pág. 102-105. Obra narrativa, directa, plena de ingenio y picardía, con cierto tono teatral y popular. Timoneda era también editor, librero y hombre de teatro.

Las patrañas de Timoneda pertenecen al grupo de narraciones breves que introducen en España la tradición novelesca italiana. No tienen la perfección artística de los modelos, pero poseen gracia narrativa y un sabor popular muy estimable. Era literatura de recreo que circulaba entre lectores urbanos del siglo XVI: relatos ágiles, ingeniosos, destinados al placer del ingenio más que a la profundidad psicológica. Timoneda fue un hábil adaptador que supo trasladar al público español los modelos de la novela breve renacentista.

«El patrañuelo» no es una obra maestra, sino una obra desigual, pero viva, ingeniosa, entretenida y culturalmente decisiva. Hay en estas patrañas un mundo popular, deslenguado y teatral que anuncia la prosa del Siglo de Oro. La primera edición apareció en 1567 en Valencia. Un ejemplar de estas primeras impresiones del siglo XVI puede valer entre 10.000 € – 40.000 €, o incluso más si está muy bien conservado. Las bibliotecas y los coleccionistas las buscan mucho.

Mi ejemplar me costó 12 euros y lo disfruté mucho esta mañana. Si les viene a bien, léanlo.

Charles 34

Cuando escribes o preparas una intervención puedes ordenar ideas, eliminar repeticiones, corregir frases, ajustar el ritmo. En la radio improvisada todo ocurre simultáneamente: pensar la idea y elegir las palabras, vigilar la sintaxis y controlar el tono y gestionar el tiempo. Esa multitarea cognitiva es muy exigente. El resultado suele ser frases rotas o torpes. Muchos hablan para descubrir lo que piensan. Pero el buen orador hace lo contrario: piensa primero y habla después.

Aquí está escrita mi intervención de hoy en el programa «La noche con Esther» de Radio Voz.

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El velo integral no es solo una prenda religiosa, sino un símbolo de subordinación femenina. El burka no es una expresión inocente de religiosidad, sino la manifestación visible de una cultura que reduce a la mujer a la invisibilidad y la relega a una condición inferior.

El rostro visible es parte de la vida cívica moderna. Una sociedad democrática y abierta se basa en ciudadanos visibles, identificables, capaces de mirarse unos a otros en el espacio público. El velo integral rompe el principio de reconocimiento mutuo.

El multiculturalismo no debe justificar prácticas opresivas. El antirracismo contemporáneo ha terminado justificando prácticas que contradicen la emancipación femenina. No podemos aceptar cualquier práctica en nombre de la tolerancia (por ejemplo la ablación del clítoris o el canibalismo) El respeto a la diversidad cultural no puede convertirse en coartada para tolerar costumbres que vulneran derechos fundamentales.

Muchísimas mujeres no eligen libremente ni el niqab ni el burka. Son obligadas a llevarlo por coerción y presión social. Decir que el burka es una elección personal ignora la presión familiar, social o religiosa que pesa sobre muchas de esas mujeres.

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Alain Finkielkraut ha sido uno de los críticos más persistentes del velo integral en Francia, especialmente durante el debate de la ley francesa de 2010 que prohibió cubrirse completamente el rostro en espacios públicos.

Finkielkraut insiste en una idea antropológica y filosófica: la civilización europea se basa en la visibilidad del rostro. “El rostro es lo que hace posible la relación humana. El velo integral no oculta solo a la mujer: oculta la humanidad”. Según el filósofo, la República francesa se basa en ciudadanos iguales y visibles. “La República no reconoce comunidades cerradas, sino individuos que participan en el espacio común”. El velo integral sería un signo de separación comunitaria.

En síntesis, si queremos defender a la civilización occidental no debemos admitir estas prácticas oprobiosas.

Charles 33

Freud es un astrólogo medieval que generalizó su psique obsesa e incestuosa a toda la naturaleza humana. X es un novelista pomposo, un plasta y un creído, con mente de guardia civil, un melodramático barato que se imagina el más guapo e ingenioso de la fiesta. Monta sus personajes como actores histéricos y confunde profundidad con gravedad impostada e impostora. Un escritor muy mediocre con temperamento y prosa de periodista.

Gran parte del arte conceptual consiste en ideas triviales infladas por el lenguaje académico. Ir a un museo de arte contemporáneo es como ir a ver una película de risa, donde se dice «caca, culo, pis». Hoy se llama arte a cualquier cosa que no pueda ser refutada sin parecer (sic) provinciano. Hoy el espectador no mira un cuadro: se limita a leer la etiqueta. Sin la abstrusa y jergal teoría, gran parte del arte contemporáneo sería indistinguible de una pared recién pintada. La idea de que todo es arte ha destruido el criterio artístico. Gran parte del arte contemporáneo -idea evidente- es profundamente infantil.

Hegel fue un charlatán pesado, vulgar y repugnante. Su filosofía es un gigantesco monumento a la estupidez de una vaca alemana. El estructuralismo es una forma elegante e idiota de decir que el autor ha muerto y que el lector tampoco importa. La verdadera filosofía se expresa con sencillez; la jerga abstrusa suele ser señal de vaciedad. La filosofía debería aspirar a la claridad de la ciencia, no a la oscuridad del misticismo. Escribir oscuro es una forma de no pensar. La dificultad de un texto, digamos de Derrida, no es debida a su profundidad, sino a confusión y falta de inteligencia. Arrogancia cruzada con trivialidad. Laberinto de palabras vacías.

Charles 32

Borges fue un escritor de inteligencia extraordinaria, un cráneo único y privilegiado, pero también el creador de una literatura casi sin cuerpo. Sus cuentos son máquinas conceptuales perfectas, pero a menudo se diría que en ellos falta la temperatura humana. Carecen de sudor y lefa. Murió -estoy seguro- virgen y sin saber a qué sabe la leucorrea.

Juegos combinatorios algebraicos donde el cociente intelectual sustituye a la vida. Un victoriano cerebrotónico y reprimido. Escribe como si viviera dentro de una enciclopedia. Frío, gélido. En su obra no sale ni una vez la palabra «cunnilingus».

La música de Schoenberg parece escrita para una humanidad que ya perdió el oído. El ingenio usado para producir toneladas de basura y aburrimiento. En el fondo nadie desea escuchar esa música y todos la detestamos. Música sin melodía, sin armonía y sin oyentes. Verdi es el músico que más me gusta. No puedo soportar a Palestrina. Estoy completamente de acuerdo con Nietzsche: se repite una y otra vez. Esta mañana oí «Don Pasquale» ¡Qué buena es y qué poco se escucha! Si Donizetti escribió cosas de baja calidad, yo no las conozco. «Lucia» y «Don Pasquele» son simplemente extraordinarias.

La obertura de «Totentaz» es muy buena (la silbo mentalmente) Creo que Hofmannsthal es el único libretista que se puede leer sin acompañamiento musical. Los libretos de Da Ponte tampoco están tan mal. La «Sinfonía italiana» realmente es una música muy pretenciosa. Y Don Giovanni es una especie de homosexual. Se sabe: la prosa de Wagner me parece un tostón aburridísimo. Escribía como el culo. No se percibe mucha humidad que digamos.

La sintaxis de Joyce, si bien se mira, es bastante sencilla. Rilke es demasiado «schöngeistig»; yo prefiero a Catulo. Si tuviera hijos los educaría como arquitectos o matemáticos, nunca como escritores. Así se acostumbrarían al pensamiento honrado, a la moral seria. Gide -muy infantil- cuando se iba con aquel chico árabe, se para y dice: «Que le sable était beau!». Francamente queridos, uno no puede decir eso en tales circunstancias, está «ausgeschlossen».

Casi todos los autores españoles vivos que leo me cansan. No tienen «solidité», y, por cierto, y no creo que me desmientan, La Rochefoucauld me importa un pimiento; dice lo que cualquiera supo siempre ¿Montaigne? Un infeliz, aunque se empecinara en negarlo.

Desde la época de Lope nuestro idioma empezó a decaer, a entrar en tinieblas tabernarias. Todos los escritores del XVIII y el XIX están gagás. Me sorprende que guste Galdós. O el tahonero Baroja. Las escritoras de aquí, fofas y feúchas, carecieron de cualquier atractivo sexual. Soy básicamente un escritor anti-español. Mis ambiciones son entrar en la historia de la literatura francesa y en el Oxford English Dictionary -que me citen por haber incorporado algún nuevo vocablo.

A lo mejor dejo de escribir en español, lengua emperifollada y sarnosa, y escribo únicamente en catalán, ese gran idioma «glassé». Ya veremos.

Charles 31

Aristóteles, en la «Retórica»: “La compasión es un cierto dolor ante el mal que parece destructivo o doloroso, que le ocurre a quien no lo merece y que uno mismo podría esperar sufrir o alguno de los suyos. Por eso sentimos compasión especialmente por quienes son semejantes a nosotros en edad, carácter, posición o familia; pues entonces creemos que aquello podría sucedernos a nosotros mismos”.

Cicerón resume la doctrina estoica de la “sympatheia” universal en «De natura deorum»: “Existe entre todas las partes del universo una especie de afinidad y simpatía que las mantiene unidas. Nada vive aislado: cada cosa participa del todo, y el destino del mundo se refleja en cada uno de sus miembros. Así también los hombres, nacidos para la sociedad, están unidos por un vínculo natural que hace que ninguno sea extraño a otro”.

Sin olvidar a Plutarco: “Nada hay más propio del hombre que compartir el sufrimiento del otro. Porque así como el cuerpo siente dolor cuando una de sus partes es herida, del mismo modo el alma bien formada se conmueve cuando ve sufrir a otro. La benevolencia no es otra cosa que extender el propio ser hacia los demás”.

Desdichadamente, los años y la usura del tiempo han endurecido algo mis entrañas. Recuerdo a mi madre, como si fuera ahora mismo, cuando nos explicaba emocionada este canto de paz judío (Isaías 11):

“Morará el lobo con el cordero,

y el leopardo se acostará con el cabrito;

el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos,

y un niño pequeño los conducirá.

No harán mal ni dañarán

en todo mi santo monte”.

Estas citas calentaron tibiamente mi corazón como un rumor de yerba en los lagares. El pragmatismo y cierta idea de la lucidez, te alejan de antiguos ideales de amor, empatía y benevolencia. Bienvenidos sean.

Charles 30

El momento en que un hombre se despierta verdaderamente es cuando se levanta antes del alba, cuando la naturaleza todavía está en silencio y el mundo aún no ha sido perturbado por el ruido de la vida.

La madrugada es el momento más puro del día. El cerebro está fresco, la imaginación aún no ha sido desgastada por las preocupaciones y el espíritu trabaja con una fuerza que desaparece cuando el ruido del mundo comienza.

Las horas de la mañana son el momento más valioso del día. El espíritu se encuentra entonces libre de la fatiga y del ruido del mundo. Quien dedica esas primeras horas al trabajo intelectual obtiene lo mejor de sí mismo.

Kant se levantaba siempre a las cinco de la mañana. Bebía su té, preparaba sus clases y escribía hasta la hora de la universidad. Aquellas primeras horas del día, cuando la ciudad aún dormía, eran para él las más claras para el pensamiento.

Las cinco de la mañana. La hora del espíritu, del estudio y del trabajo intelectual. Para sentirse libre, levántate dos horas antes que los demás.