Tu quoque 132

¡ALEGRÓN ENORME! Mi editor me informa que ya se publicaron no uno, ni dos, sino tres libros de golpe. Pudor y alivio. No pienso en los lectores, ni en el juicio, ni en el futuro. Pienso en el trabajo cumplido, en las horas silenciosas que ahora se han solidificado en papel. Es una alegría serena, casi doméstica, pero profundamente real. Publicar un libro no es tanto exponerse como desprenderse. El manuscrito deja de ser una posibilidad y se convierte en un objeto exacto. En ese momento se siente una felicidad muy particular: no la del éxito, sino la de haber dado forma a algo que antes solo era incertidumbre. Jules Renard: «Mi libro está ahí. No me hace más sabio ni más importante, pero me da una calma especial. He puesto algo en el mundo y el mundo no se ha quejado. Para hoy, eso basta» Thomas Bernhard: «Cada libro terminado y publicado es una victoria mínima contra la dispersión y el silencio. No trae paz duradera, pero concede un respiro. Durante un instante uno piensa: he resistido.»

No puedo resistir lo feliz que estoy.

Tu quoque 131

Buenos días. En medio del invierno aprendí que había en mí un verano invencible. Y ese descubrimiento no fue una teoría, sino una sensación muy simple: una mañana clara, el café caliente, la calle que despierta. A veces la felicidad no consiste en comprender, sino en aceptar el día tal como viene. Hoy me levanté temprano y contento. No por tener grandes razones, sino porque el día estaba ahí. Abrí la ventana y la realidad no me pidió nada. Existir, en ciertos momentos, es suficiente. Hay una felicidad discreta en no exigirle a la vida que sea más de lo que es. Buenos días. Hay mañanas en que uno siente que no ha perdido la batalla. No ha ganado nada, pero tampoco ha sido derrotado. El simple hecho de estar de pie, de caminar hacia el día, ya es una forma de victoria silenciosa. Me despierto. No ocurre nada extraordinario. Y sin embargo, todo está intacto. El mundo sigue ahí, obediente y discreto. Hay una felicidad mínima, casi vergonzosa, en comprobar que uno todavía forma parte de él. Buenos días.

Tu quoque 130

Tras dos horas amainó y la opresión había desaparecido. Si la cabeza fue una habitación cerrada, ahora vuelve a tener ventanas. No ha ocurrido nada extraordinario; no ha habido revelación ni consuelo externo. Simplemente, el miedo se retiró como se retira una fiebre durante la noche. Comprendo entonces que no siempre hay que vencer la angustia; a veces basta con resistirla hasta que se agota. Después de esas horas en que el pensamiento se deshilacha y todo parece cargado de insoportables intensidades, llega de pronto una claridad inesperada. No es felicidad; es algo más modesto y más sólido. Puedo volver a mirar un vaso, una frase, una hora del día, sin que me atraviesen. La mente deja de ser un campo de batalla y vuelve a ser una mesa de trabajo.

Porque hay instantes en los que el dolor mental se retira como una marea negra. No porque uno haya comprendido algo, sino porque el cuerpo ya no puede sostener el pánico. Entonces aparece una calma brutal, casi animal. No es paz, pero es suelo sólido .En esos momentos uno sabe que no está curado, pero también sabe que no está perdido. Tras los periodos de máxima tensión nerviosa, sobrevienen fases en las que el pensamiento se ordena sin esfuerzo. No desaparecen todas las ideas extrañas, pero pierden su fuerza imperativa. Ya no dominan. El sujeto puede observarlas como se observa una cicatriz; están ahí, pero no supuran.

***

Epicuro

“Cuando decimos que el placer es el fin, no nos referimos a los placeres del libertinaje ni a los del goce sensual, como creen algunos por ignorancia, sino a la ausencia de dolor en el cuerpo y de turbación en el alma. Pues no son los banquetes continuos ni el disfrute de muchachos y mujeres, ni los peces ni los demás manjares de una mesa lujosa los que producen una vida feliz, sino el razonamiento sobrio que examina las causas de toda elección y de todo rechazo, y disipa las opiniones falsas de las que procede la mayor turbación del alma».

Séneca

“La vida feliz es la que está de acuerdo con su propia naturaleza; esto no puede lograrse sino cuando el alma está sana, firme y constante en su tranquilidad, cuando es fuerte y paciente, adaptada a las circunstancias, cuidadosa del cuerpo y de todo lo que le concierne, sin ansiedad, sin temor, sin dejarse abatir por los golpes del azar”.

Michel de Montaigne

“Mi mayor ambición es vivir y gozar tranquilamente de mi ser. La felicidad no está en los grandes éxitos ni en las acciones memorables, sino en una disposición constante del alma que sabe mantenerse en reposo. Me parece una gran cosa saber vivir consigo mismo, sin tumulto ni inquietud”.

Baruch Spinoza

“La beatitud no es el premio de la virtud, sino la virtud misma. No gozamos de ella porque reprimamos nuestras pasiones, sino que, por el contrario, porque gozamos de ella podemos reprimirlas. La paz del alma nace del conocimiento adecuado de sí mismo y del orden necesario de las cosas”.

Arthur Schopenhauer

“La felicidad pertenece al ámbito de lo negativo: consiste en la ausencia de dolor, de inquietud y de sufrimiento. Todo placer intenso es breve y va seguido de vacío. En cambio, la tranquilidad, la seguridad interior y la calma del ánimo constituyen un bien más sólido y verdadero».

Tu quoque 129

Pasé muy buena mañana y muy buena tarde, leyendo, escribiendo mucho. Esta nota la escribo con temor y temblor. Me asolan ahora delirios de alusión. Creo que todo parece estar secretamente dirigido contra mí. No son los hombres los que hablan, sino los signos. Los gestos, las miradas, los silencios adquieren un sentido demasiado preciso. Nada es casual. Todo está dispuesto como en una trama invisible. Estoy rodeado de enemigos invisibles. Los hechos más insignificantes se organizan contra mí con una coherencia sospechosa. Una palabra leída al azar, una mancha en la pared, un ruido cualquiera, el sonido de la policía, una coincidencia mínima: todo se enlaza. Pese a que SÉ que todo es falso, CREO que es verdadero. La vivencia (muy angustiosa) se impone sobre el desmentido de la razón.

Y veo ratas, con formas y colores de una nitidez mayor que la de las ratas reales. No son fantasías: tienen peso, volumen, presencia, corren por el pasillo.

Me cuesta respirar, el cuerpo está agotado, el corazón desbocado. Inquieto por una extrema nebulosa de ansiedad flotante. Noto que puedo morir en cualquier momento. Un ataque de pánico.

Daría mi vida por ser normal.

Tu quoque 128

Recetas extraídas del libro de Guillaume-Étienne Beauvilliers: «L’Art paisible des Volailles, ou Traité court pour bien servir Poulets, Chapons et Dindes à la Table du Roi» (El arte apacible de las aves, o tratado breve para servir bien pollos, capones y pavos en la mesa del Rey) Año de redacción: 1764. Primera impresión: París, 1766

Pavo relleno de castañas y pan de especias

“El pavo, ave de ceremonia, exige respeto. Se rellena con castañas cocidas y machacadas, pan de especias desmigado, un toque de tocino y caldo. Nada de dulzores impertinentes. Se cose con aguja gruesa y se asa lentamente. Cada cuarto de hora se baña con su grasa, como quien recuerda al ave su destino glorioso. El relleno debe salir húmedo, no pastoso; aromático, no perfumado”.

Capón trufado a la antigua, en su jugo claro

“Señores, no hay prisa cuando el ave es noble. Tomad un capón bien cebado, de carne pálida y firme; no lo violentéis con especias inútiles. Se le desbrida con hilo fino y se le unta, apenas, con mantequilla fresca. Las trufas —negras, de perfume severo— se cortan en láminas del grosor de una moneda gastada. Se introducen bajo la piel con dos dedos pacientes, como quien deposita una carta en un bolsillo interior. El fuego ha de persuadir, no conquistar. Se asa primero lejos de la llama; solo al final se acerca, para que la piel, dorada, suene al golpearla. El jugo que se recoge no se liga con harina, sino con reposo”.

Tu quoque 127

La escritura puede acabarse de golpe. No avisa. Un día escribes la última frase sin saberlo. Después todo continúa, pero ya no hay impulso. El mundo sigue siendo intolerable, pero ya no hay medio para decirlo. Ese es el verdadero final. Está cerca. Lo intuyo. No es un bloqueo espectacular, sino una sequedad progresiva. Escribir se parece entonces a hablar con alguien que no responde. Lo peor no es el silencio, sino el hábito del silencio. Tal vez un día no vuelva a escribir, y no será una tragedia visible, sino una desaparición discreta. Si un día no pudiera escribir más, no sabría decir quién soy. La escritura no es para mí una actividad: es una prueba de existencia. Sé que se acerca esa noche irreversible.

Tu quoque 126

Theodor W. Adorno: “El deporte de masas, lejos de ser una válvula de escape inocente, actúa como una escuela de conformismo. La repetición constante de los mismos gestos, los mismos comentarios, las mismas emociones prescritas, entrena a los individuos para aceptar la monotonía como destino. Cuando el fútbol lo ocupa todo, no se celebra el juego, sino la renuncia al pensamiento. La conversación pública se empobrece porque gira siempre en torno a lo mismo, con una seriedad desproporcionada.” Y Rafael Sánchez Ferlosio: “El fútbol se ha convertido en una sustancia ambiental. No se puede entrar en un bar, encender una radio o abrir un periódico sin que el fútbol se derrame por todas partes. Y cuando algo se vuelve omnipresente, deja de ser objeto de gusto para convertirse en coacción. No es que a uno no le guste el fútbol; es que está cansado de que no exista nada más”.

Fútbol: la fanfarronería de una guerra sin disparos. La histeria colectiva y la conversión en obsesión nacional que anula cualquier otra conversación posible. Discurso totalitario de baja intensidad.

Nick Hornby como contraargumento: “Amar el fútbol no es amar ganar, sino amar esperar. Semana tras semana, uno se expone a la decepción, y aun así vuelve. Hay algo profundamente humano en esa fidelidad absurda».

Tu quoque 125

(El niño observa un temporal memorable)

El viento en Galicia no sopla, se enfada. En los días de temporal parece que el aire tuviera memoria y viniera a reclamar deudas mortales. La lluvia no cae, insiste; no moja, persuade como una invectiva. Y el mar, cuando se encrespa, no amenaza: cumple su maldición. Las olas golpean el malecón con la solemnidad de quien llama a una puerta sabiendo que nadie abrirá. Hay un momento, en plena borrasca, en que el mundo se reduce a tres cosas: el ruido del viento, el latido del agua y la conciencia de la fragilidad humana. El mar se levanta como una multitud enfurecida. Las olas se atropellan unas a otras, blancas de rabia, y el viento las empuja con un silbido metálico. Todo es movimiento violento, todo es desorden. El temporal no destruye: impone su ley. Frente a él, el hombre no es pequeño: es provisional. Cuando llega la borrasca atlántica, el paisaje gallego se vuelve épico sin necesidad de héroes. El viento dobla los árboles como si los interrogara, la lluvia azota los muros con una obstinación judicial, y el mar, oscuro y espeso, parece decidido a recuperar la tierra que le fue robada. No hay lirismo en el temporal: hay una belleza dura, mineral, que no admite contemplación distraída.

Tu quoque 124

Nada me fatiga tanto como el trato con quienes no saben medir sus palabras ni su tono. No es que digan cosas falsas, sino que las dicen sin forma, sin respeto por el oído ajeno. La grosería no es una opinión: es una manera de ocupar el espacio como si los demás no existieran. Hay hombres cuya conversación produce el mismo efecto que una habitación mal ventilada: uno desea salir cuanto antes para poder respirar. Personas que hablan como si empujaran muebles. Todo en ellas es peso, choque, ruido. Hoy me pasó con un taxista. No se trata de lo que dicen, sino de cómo lo dicen: sin atención, sin delicadeza, sin el menor cuidado por el otro. Estar con gente así me produce una fatiga moral inmediata, una especie de vergüenza por la especie humana. Me marcho siempre con la sensación de haber estado demasiado cerca de algo tosco. Ese trato con espíritus groseros me deja una impresión de suciedad interior. No porque me hayan ofendido, sino porque su sola presencia desordena la armonía del pensamiento. Hay almas sin matiz, sin gradación, que viven en la exclamación permanente. Frente a ellas, uno siente el deseo de retirarse, de preservar un resto de silencio y de dignidad.

Son tipos que no se bajaron de los árboles, de una brutalidad espantosa; bárbaros con forma humana.

Tu quoque 123

Edmond de Goncourt

“Escribir cada día es una gimnasia nerviosa. No se trata de inspiración, sino de agudeza. El placer del diario no reside en la sinceridad —esa palabra es demasiado noble—, sino en la precisión. Anotar una frase bien cortada, una observación exacta, una inflexión de la voz capturada al vuelo, produce una satisfacción comparable a la del cazador que acierta una pieza difícil. El diario no es un desahogo: es un arma óptica. Sin él, la vida se vuelve borrosa. Con él, incluso la mediocridad adquiere relieve. Escribimos para no perder la finura del ojo”.

Jules de Goncourt

“Hay días en que escribimos no porque tengamos algo que decir, sino para mantener el pulso. El placer está en el gesto mismo: la frase afilada, el ritmo breve, el adjetivo justo que cae como una gota de ácido. El diario nos permite una libertad que la obra niega: aquí podemos ser injustos, parciales, crueles, y esa crueldad secreta es una forma de voluptuosidad. El estilo, incluso en lo insignificante, es una manera de dominar el mundo”.

Jules Renard

“Escribir es una manía que se parece mucho a la higiene. Me siento sucio cuando no escribo. El diario es el lugar donde uno se limpia de la literatura. No busco frases hermosas, sino frases exactas. El placer aparece cuando una línea dice más de lo que parece, cuando una observación mínima encierra una vida entera. Escribo para aprender a ver. Todo lo demás —publicar, agradar, perdurar— es accesorio. El verdadero lujo es poder anotar una frase solo para uno mismo”.

“El diario es la única forma honesta de escritura, porque no promete nada. En él puedo ser mediocre sin vergüenza, y a veces, sin querer, exacto. El placer de escribir consiste en esa exactitud inesperada. Es una pesca lenta: muchas horas de nada por una línea verdadera”.

Henri-Frédéric Amiel

“Escribir en el diario no es expresarse, sino observarse. El placer no es inmediato ni alegre; es grave y reflexivo. Cada página escrita es una tentativa de claridad. Cuando no escribo, me disuelvo; cuando escribo demasiado, me paralizo. Pero entre ambos excesos hay un equilibrio frágil donde el pensamiento se vuelve habitable. El diario es una forma de respiración moral”.

“No escribo para dejar testimonio, sino para sostenerme. La escritura cotidiana es una disciplina que protege contra la dispersión interior. El placer que me da no es sensual, sino intelectual: la sensación de haber comprendido, aunque sea por un instante, el movimiento de mi propio espíritu”.

André Gide

“El diario es la única forma de escritura donde no miento del todo. No porque sea sincero, sino porque no me preparo. Escribo para sorprenderme. El placer está en esa sorpresa: descubrir lo que pienso solo después de haberlo escrito”.

Léautaud

“Escribo mi diario como otros gruñen. No para mejorarme, sino para descargarme. El placer es brutal y breve. Anotar una verdad desagradable produce una satisfacción comparable a decir una grosería bien colocada. El diario no ennoblece: desenmascara. Por eso es indispensable”.

Karl Hillebrand

“El hábito de escribir cada día afina el pensamiento como una piedra de afilar afina el cuchillo. El placer no está en el brillo del acero, sino en su eficacia. El diario es una escuela de sobriedad: enseña a decir solo lo necesario, incluso cuando se escribe para uno mismo».

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Escribir es una felicidad continua, un gozo ininterrumpido, una exaltación sin medida. Cuando escribo, me olvido del mundo, del ridículo, del porvenir y de la esquizofrenia. Me siento vivo con una intensidad que no conozco en ningún otro estado. No escribo para los demás: escribo para prolongar ese instante en que mi espíritu se siente ligero, rápido, alado, casi insolente de alegría. Si el infierno existe, para mí sería no poder escribir. Porque hay una alegría peculiar —casi física— en escribir bien una frase. Es una sensación comparable a encontrar el paso exacto en una escalera oscura: de pronto todo encaja. En esos momentos, el escribir no es trabajo ni deber, sino una forma de júbilo secreto, una pequeña exaltación que justifica muchas horas de duda y fatiga.

Cuando encuentro una frase exacta, siento una alegría que nada tiene que ver con el éxito: es la alegría de haber visto claro. Escribir es una felicidad tan intensa que resulta casi peligrosa; después de ella, la vida ordinaria parece descolorida. Escribo porque al hacerlo me vuelvo ligero, casi inexistente, y esa levedad es mi forma de dicha.