Tu quoque 122

Léon-Paul Fargue

“Escribo como otros se rascan una vieja herida. No para curarla, sino para sentir que todavía está ahí. La escritura no me alivia: me excita. Me mantiene en un estado de vigilia febril, como si siempre llegara tarde a algo importante. Cuando no escribo, me vuelvo torpe, casi mudo; cuando escribo demasiado, me convierto en un animal de hábitos, supersticioso, maniático. Tengo que usar el mismo papel, la misma pluma, sentarme en el mismo café, o la frase se niega a venir. Es un placer irritante, como el del fumador que detesta el tabaco y sin embargo lo busca con desesperación. No escribo para comunicar: escribo para no perder contacto conmigo mismo, con ese murmullo interior que, si no se le da forma, se vuelve rencor”.

Charles-Louis Philippe

“La escritura es una manía humilde. No se parece al genio ni al talento, sino al hábito de hablar solo mientras se camina. Yo escribo porque no sé vivir de otro modo: necesito transformar la menor emoción en una frase, como si la vida no tuviera consistencia hasta pasar por la tinta. Hay días en que escribir me produce una alegría infantil, casi obscena; otros, una vergüenza profunda, como si me sorprendieran espiándome. Pero incluso en esos días sigo escribiendo, porque dejar de hacerlo sería aceptar una forma de muerte silenciosa. No escribo bien, no escribo grande; escribo con obstinación, y esa obstinación es mi único orgullo”.

Joseph Delteil

“Escribir es un exceso. No conozco escritores sobrios. Incluso los más secos lo son por saturación. En mi caso, escribir es un placer corporal: siento la frase en los hombros, en la respiración, en la lengua. Cuando una página sale bien, tengo la impresión de haber bebido vino fuerte; cuando sale mal, de haberme intoxicado con agua turbia. Pero no puedo dejarlo. La escritura no es un oficio: es una embriaguez reglada. Uno aprende a dosificarse, no a curarse. El escritor que presume de control miente: todos somos maníacos que hemos aprendido a disimular”.

Pierre Minet

“Escribo con una mezcla de placer y repugnancia. El placer de ver aparecer algo que no sabía que estaba en mí; la repugnancia de comprobar que siempre aparece lo mismo, con otro disfraz. La escritura es una manía circular: creemos avanzar, pero solo damos vueltas alrededor de una obsesión central. Sin embargo, hay instantes —rarísimos— en los que una frase se ilumina y justifica años de compulsión. Por esos instantes aceptamos todo lo demás: la soledad, la inutilidad, el ridículo”.

Franz Hessel

“Escribir no es producir, sino demorarse. Mi placer no está en terminar un texto, sino en vagar dentro de él, como quien pasea sin rumbo por una ciudad conocida. Cuando no escribo, camino; cuando no camino, escribo. Ambas cosas responden a la misma manía: la incapacidad de aceptar el tiempo tal como viene. Escribo para ralentarlo, para hacerlo habitable. No aspiro a la obra, sino a la continuidad del gesto”.

Georges Perros

“La escritura es una enfermedad leve pero crónica. No mata, pero desgasta. Produce un placer seco, nervioso, que no se parece a la felicidad. Es un placer de ajuste fino: colocar una palabra en su sitio exacto da una satisfacción comparable a la de un mecánico al escuchar un motor bien regulado. Pero esa satisfacción dura poco, y enseguida reaparece la necesidad. El escritor no es un inspirado, sino un reincidente”.

Gustave Roud

“No escribo porque tenga algo que decir, sino porque, cuando no escribo, el mundo se vuelve demasiado compacto, demasiado opaco. La escritura introduce pequeñas grietas por donde entra el aire. Es un placer tenue, casi imperceptible, como el de alisar una superficie áspera con la mano. Pero ese placer se vuelve pronto una exigencia. Si paso varios días sin escribir, me siento culpable, no por pereza, sino por traición: como si hubiera abandonado una tarea íntima que nadie más puede realizar por mí. Escribir no me eleva; me mantiene a flote”.

Jean Follain

“La manía de escribir consiste en creer que el mundo necesita una frase más. Yo no lo creo, pero aun así la escribo. Es un gesto reflejo, como cerrar una puerta o alinear objetos sobre una mesa. El placer es discreto, casi vergonzante: el de haber puesto algo en orden durante un instante. La escritura no es un acto de ambición, sino de mantenimiento. Como barrer una habitación que volverá a ensuciarse”.

Ludwig Hohl

“Escribo porque no puedo soportar la imprecisión. Cada frase es un intento desesperado de fijar algo que huye. El placer de escribir no está en el resultado, sino en la tensión extrema que exige. Es una manía cruel: obliga a rechazar el mundo tal como se presenta, demasiado vago, demasiado indulgente. Quien escribe se vuelve exigente hasta con su propio aliento. Pero esa exigencia es adictiva: una vez conocida, ya no se puede vivir de otro modo.”

Henri Calet

“Escribir me calma y me agota. Me da la impresión de haber trabajado, aunque no haya hecho nada útil. Es un placer pequeño, doméstico, como fumar a escondidas. No me creo escritor; me creo alguien que escribe, que no es lo mismo. La manía aparece cuando intento dejarlo: entonces todo me irrita, todo me parece mal dicho, mal pensado. Escribo para volver soportable la mediocridad general, empezando por la mía.”

Pierre Reverdy

“La escritura no es inspiración, sino insistencia. Uno vuelve siempre a la misma zona oscura, esperando que esta vez ceda un poco. El placer no está en llegar, sino en sentir que algo resiste. Si la frase se entrega demasiado rápido, desconfío. La manía consiste en preferir esa resistencia al descanso, esa dificultad a la paz.”

Rolf Dieter Brinkmann

“Escribo de manera compulsiva, casi violenta. No para expresarme, sino para expulsar algo. El placer de escribir es breve y físico, como un espasmo. Luego llega el cansancio, la vergüenza, el deseo de romper lo escrito. Pero al poco tiempo vuelve la necesidad. La escritura no mejora la vida: la hace más intensa, y por eso más difícil de soportar.”

André Dhôtel

“Escribir es prolongar la infancia por medios torcidos. El placer que me da una frase lograda se parece al de descubrir un escondite secreto. Pero esa alegría es frágil y pronto se transforma en hábito. La manía aparece cuando uno ya no puede caminar sin pensar cómo describir el camino. El mundo se convierte en borrador.”

Marc Bernard

“La escritura no me ha dado gloria ni dinero, pero me ha dado una forma de compañía. Cuando escribo, no estoy solo, aunque no haya nadie. Ese es su placer más profundo y su trampa más eficaz. Uno se acostumbra a esa falsa compañía y luego le cuesta volver al mundo sin intermediarios «.

***

Escribir en el momento justo es como volar sin alas. El cuerpo vibra, la mente se acelera, y uno entra en un estado de gozo tan intenso que resulta casi religioso. No hay corrección, no hay duda: solo una felicidad salvaje, ininterrumpida, que dura lo que dura el impulso. En esos momentos, escribir no es trabajo: es una celebración. Nunca he conocido una alegría comparable a la de escribir cuando las palabras llegan en oleadas. Es una exaltación que consume, que arrasa con el tiempo y con el cansancio. Uno escribe con una sensación de plenitud tan grande que todo lo demás —la fama, el fracaso, el juicio ajeno— se vuelve insignificante. Es una felicidad absoluta, aunque agotadora, como si la vida se concentrara entera en el acto de escribir. Cuando una página se escribe sola, cuando las frases aparecen con una naturalidad milagrosa, siento una alegría casi dolorosa. Es un goce tan intenso que cuesta abandonarlo, como si dejar de escribir fuera una forma de traición a ese estado de gracia. En esos instantes, escribir es vivir más alto, más rápido, más plenamente.

Tu quoque 121

En estos tiempos de prosa telegráfica, periodística, jibarizada, reducida al mínimo común divisor, no viene mal recordar a Cicerón: “Hay en la prosa un número secreto, una cadencia que, sin someterse al verso, evita sin embargo la aspereza y la dispersión. La frase debe caer con plenitud, no abruptamente, y su final ha de parecer necesario, no arbitrario. Pues así como el oído rechaza lo disonante, también el ánimo se fatiga cuando el discurso carece de ritmo”.

La gran prosa avanza como una procesión: no corre, no se precipita, no se disculpa por su lentitud. Cada cláusula tiene su peso, cada pausa su función. Leer una frase bien compuesta es aprender a respirar con la mente. Lo sabía Quintiliano, que nos habla del equilibrio de la frase larga en su «Institutio Oratoria»: “El ritmo no es adorno del discurso, sino su nervio. Una frase demasiado corta fragmenta el pensamiento; una excesivamente larga, si no está bien articulada, lo asfixia. Pero cuando la extensión es sostenida por el orden, la prosa alcanza una dignidad comparable a la del verso”.

La gran tradición de la prosa europea se funda en la frase periódica, capaz de contener subordinaciones, retornos y cierres amplios. La pérdida de esta forma no es solo estilística; es una pérdida de complejidad intelectual. Una pérdida que, con pesar, comprobamos rutinariamente.

Tu quoque 120

Examinemos por un momento una mente ordinaria en un día ordinario. La mente recibe una miríada de impresiones: triviales, fantásticas, evanescentes o grabadas con la dureza del acero. De todos los lados caen incesantemente, y la tarea del escritor es registrar este continuo y desconocido desfile, sin violentarlo, sin empobrecerlo, conservando su delicadeza y su desorden. Eso, crasamente, es sensibilidad. Cuando adviertes que cada palabra introduce una resonancia nueva, una relación inesperada con todas las demás. Cuando sabes que las palabras no son solo instrumentos de comunicación, sino que conservan su sonido, su forma y su uso secular, en resumen, una vida propia. Que algunas poseen una especie de aura que actúa sobre nosotros antes de que hayamos comprendido su sentido exacto. El escritor verdaderamente sensible es aquel que no las utiliza, sino que las interroga e indaga, bisturí en mano. Afinar y no balbucear un lenguaje embotado es, crasamente, sensibilidad lingüística, condición indispensable para cualquier escritor.

Tu quoque 119

La inteligencia humana no nace del cálculo abstracto, sino de la capacidad de comprender los orígenes, las causas ocultas y las metamorfosis del tiempo. No se apresura a juzgar y observa largamente, soporta la ambigüedad y acepta que lo real no se deja reducir a fórmulas simples. La impaciencia es el vicio de los espíritus pobres. Las sociedades democráticas tienden a desconfiar de la inteligencia profunda, porque esta introduce matices allí donde se desean certezas rápidas. Pensar con rigor es ir contra la corriente del consenso. Quien entiende sin memoria histórica solo razona a medias. Pensar es recordar cómo llegaron las cosas a ser lo que son.

La inteligencia es la facultad de no aceptar el mundo tal como se presenta. El hombre inteligente vive en estado provisional, siempre consciente de que las cosas podrían ser de otra manera. La inteligencia no nos da acceso inmediato a la verdad; al contrario, suele ocultarla bajo hábitos y abstracciones. Solo cuando la inteligencia se humilla ante la experiencia, comienza a comprender. Raymond Aron: “La inteligencia consiste en resistir las explicaciones simples cuando la realidad es compleja. Pensar bien es aceptar la incomodidad de no tener respuestas inmediatas». Albert Einstein: “La inteligencia no se manifiesta en el conocimiento acumulado, sino en la imaginación disciplinada que sabe formular las preguntas correctas. Comprender es saber qué preguntar”. Describe con precisión y detente; te convertirás en alguien inteligente.

Tu quoque 118

Saturno concede a los hombres una mente profunda y la retirada del tumulto de las cosas humanas. Pero este don va acompañado de un peso: quienes reciben su influencia viven inclinados a la contemplación, a la tristeza reflexiva, a una gravedad que los separa de los placeres comunes. Tal melancolía no es un castigo, sino el precio del acceso a las cosas más altas.

Puedo decir con Montaigne, que no tengo otra ocupación más seria que observarme. Y en esta observación descubro una tristeza vaga, sin causa definida, que no me impide vivir, pero que me acompaña como una sombra fiel. No la rechazo: la reconozco como parte de mi naturaleza, como una gravedad necesaria que me mantiene alerta frente a la ligereza del mundo.

Puedo decir con Burton, que la melancolía es una enfermedad del alma y del cuerpo, común a todos los hombres, aunque bajo mil formas distintas. Nadie está libre de ella; reina en los palacios y en las chozas, en la juventud y en la vejez. Es una disposición que se desliza suavemente, se fija con deleite, y acaba por tiranizar la mente. El melancólico ama su tristeza, se alimenta de ella, la cultiva como un jardín secreto; huye del mundo, pero no de sí mismo, y en esa soledad dialoga interminablemente con sus fantasmas.

Nota bene: Recomiendo la lectura, del médico humanista inglés Edmund Harrowe (c. 1548–1609), de su tratado «Melancholia Saturnina, eius causis, signis et temperamento». Lugar y año: Londres, 1596. Impresor: Thomas Vautrollier (impresor real muy usado en obras médicas y eruditas) Y, complementaria a la misma, de Jean-Baptiste Lormeau (1559–1623), el «Traité de la mélancolie, de sa douceur dangereuse et de ses remèdes moraux». Lugar y año: Lyon, 1608. Impresor: Horace Cardon (impresor lionés célebre por imprimir obras médicas)

Tu quoque 117

La gran prosa posee la precisión de la poesía y la libertad del juego. Cada frase parece haber sido girada hacia la luz, examinada desde varios ángulos y pulida hasta ofrecer no solo significado, sino un placer sensorial distinto. Nada parece accidental, y sin embargo, nada resulta rígido. El estilo danza. Frases que son actos de desafío contra la inercia. Se resisten a la paráfrasis. Exigen ser leídas, no simplemente comprendidas. Prosa que demuestra que la inteligencia puede ser voluptuosa y que el estilo no es un adorno, sino la sustancia misma. Cadencia que piensa, pieza de marfil tallada lentamente.

La prosa de la IA es ejecutiva, plana, común, rutinaria, estadísticamente previsible. La prosa artística puede demorar y oscurecer; la de la IA delinea, clasifica y resume. Su léxico es neutro y su sintaxis simétrica.»Toda prosa aspira, consciente o inconscientemente, a la condición de la música. No por su vaguedad, sino por su precisión absoluta. La frase debe ser afinada como una cuerda, y cada palabra elegida no por su corrección, sino por su necesidad. La buena prosa es una cuestión de oído, de sensibilidad extrema al matiz, de rechazo de todo lo que es meramente adecuado”, Pater. Esta idea no la puede plasmar la IA.

Tenemos el caso en la historia de Aurelius Labyrinthicus (ca. 160–205 d. C.) Rhetor obscurissimus, ultimus asianista. Aurelius Labyrinthicus nació —según una noticia dudosa de un escoliasta tardío— en Apamea de Siria, ciudad de retórica inflamada y de gusto por la ornamentación verbal. Llegó joven a Roma, en tiempos de Cómodo, cuando la prosa latina había empezado a cansarse de la claridad republicana y buscaba el estremecimiento, el sobresalto, la rareza.

Desde el principio fue tenido por extravagante. Decía —según una frase transmitida por Aulo Gelio el Joven (obra perdida)— que “la claridad es una concesión al vulgo, y el estilo un privilegio de los solitarios”. Decía con frecuencia: “No escribo para ser entendido, sino para ser atravesado por los hados». Su obra «De Flexibus Verbi», tratado en nueve libros, yace casi enteramente perdida.

Tu quoque 116

La cultura es el estudio y análisis de la perfección. No es ornamento ni lujo solo burgués; es una disciplina del espíritu contra la barbarie. No es la suma de diversiones ni de información, sino un tejido delicado de hábitos, creencias y formas que tardan generaciones en construirse. Cuando se pierde la alta cultura, no se pierde solo refinamiento: se pierde memoria. La alta cultura es la memoria larga de una civilización. Pertenece al mundo de las cosas duraderas, a diferencia del entretenimiento. El mayor gozo del hombre es comprender.

Y sí, la alta cultura puede ser instrumento de poder social. Pierre Bourdieu: «El gusto por la alta cultura funciona muchas veces como un mecanismo de distinción social. No expresa una superioridad natural, sino una herencia cultural convertida en capital simbólico». Y además puede existir cierta impostura o evangelismo cultural donde se muestra más entusiasmo por las obras cumbres que aquel que se siente realmente. Eco: «No hay nada más triste que el consumo obligatorio de los clásicos. Leer a Dante sin amor es peor que no leerlo. La alta cultura, cuando se vuelve deber social, produce impostura». Y no olvidemos a Adorno: «La cultura elevada puede convertirse en ideología cuando se separa de la vida y se contempla a sí misma como redención automática», Ni olvidemos el esnobismo: «Existe una forma de intelectualismo que no ama la verdad, sino la apariencia de inteligencia. En ella, la cultura es una pose y no una experiencia», Alonso Church.

Yo he sido un fanático de la alta cultura. Pero advierto que, históricamente, la alta cultura ha funcionado a menudo como capital simbólico reservado a minorías con tiempo, recursos y educación. Puede convertirse en marca de clase, no en herramienta compartida y común. Yo nací en una cla se privilegiada llena de privilegios y debo ser consciente de ello. A menudo nuestro exquisito saber servía para distinguir personas, no para dignificarlas.

A veces la alta cultura es un fetiche vivo desconectado del mundo vivo, real, y se puede convertir en un lenguaje críptico de un cenáculo de iniciados. O creer que el refinamiento garantiza la lucidez y la sensibilidad humana. La alta cultura no hace automáticamente mejores personas. Por último creo que el canon es muy valioso, pero que no todo lo valioso surge dentro del canon.

Permítanme expresar estas prevenciones o ambivalencias.

Tu quoque 115

Ralph Waldo Emerson: «Cita poco. Di lo que piensas. Los libros son para los momentos de ocio; el pensamiento propio, para los momentos de vigilia. Cuando repetimos a otro, no añadimos nada al mundo. El hombre que cita demasiado se protege con autoridades porque teme exponerse. Yo prefiero una frase torpe que sea mía a una perfecta que no lo sea».

Emerson va directo a lo que muchos sospechan: la cita como escudo, como sustituto del riesgo de pensar en primera persona. Para él, la cita es legítima solo cuando confirma un pensamiento previo, no cuando lo reemplaza. La buena cita, a mi juicio, no enseña lo que debes pensar, sino que muestra lo que piensas cuando te las encuentras. La cita acompaña, pero no fundamenta.

Nietzsche, con su lucidez agresiva habitual: «Citar es una forma de pereza cuando sustituye a la experiencia. Muchos prefieren coleccionar pensamientos ajenos antes que producir uno propio. El erudito se reconoce porque se apoya en muletas incluso cuando puede caminar». La cita como mueble pesado que da prestigio, pero resta movilidad. Nietzsche detesta la dependencia que subyace al citar mucho. La cita no debe gobernar, debe gobernar tu propio pensamiento. Quien piensa poco, cita mucho. Quien piensa mucho, cita con reparo. Las citas son las tapicerías o los cortinajes de terciopelo rojo de los intelectuales. Una forma de reconocimiento y de pasar material de contrabando.

Tu quoque 114

Pensar es no estar del todo con uno mismo. Noche movida y lipemaniaca. Ayer me observé demasiado, y dejé de ser quien observa. El control es una máscara que cae con facilidad. Porque hay una claridad terrible en los momentos en que uno ya no se gobierna. Como si, al caer el mando, apareciera por fin la verdad del mecanismo. La mente, cuando se fatiga, deja caer las barreras. Entonces las ideas y sentimientos caen en fila, se precipitan como agua sin cauce. El hombre no teme tanto perder la razón como perder la certeza de que la posee. Hay instantes en los que uno se ve actuar desde fuera, como si otro hubiera tomado el timón.

Tuve una noche toledana, de trasgos, serpientes y gigantes de hielo. La mayor parte de los desórdenes del mundo provienen de que los hombres no saben mantenerse dentro de sí mismos. El alcohol y la falta de sueño provocaron que se adueñara de mí el sistema límbico. Podía criticar el sistema alucinatorio y delirante, pero la vivencia lo certificaba.Yo he visto muchas veces que la razón se mantiene intacta, pero que ya no gobierna. No es que falte juicio, es que ha perdido el mando.Hay momentos en los que el espíritu abandona su medida, su patrón habitual. Entonces todo se vuelve demasiado próximo, demasiado intenso. El orden se rompe no por exceso de oscuridad, sino por exceso de luz. Una luz entrópica, caótica. El sistema se satura y entra en el exceso.

Musil: «La enfermedad mental no consiste en pensar cosas falsas, sino en no poder detenerlas a tiempo. El pensamiento pierde su freno, y entonces deja de ser instrumento para convertirse en fuerza». Virginia Woolf: «La mente, cuando se desborda, ya no sigue caminos. Se abre en mil senderos a la vez. Nada concluye, nada se cierra. Todo permanece abierto, excesivamente vivo. Georg Trakl: «El alma ha perdido su ritmo. Ya no vuelve a casa. Errante, tropieza consigo misma».

La locura es una aceleración, una descomposición donde cada pensamiento va por su cuenta. No se sufre por error, sino por errancia vagabunda.

Afortunadamente, a todos nos alcanza el alba.

Tu quoque 113

Entrevista de Laia Morros (Vic, 1999) y Nil Ferrer (Girona, 2001) a Christian Sanz para la revista «Blau cel».

-Christian Sanz Gómez, usted se declara elitista sin complejos ¿No le parece un gesto obsceno en una época que exige inclusión, empatía y pedagogía constante?

-Obsceno me parece pedirle a la cultura que se disculpe por existir. El elitismo no es un vicio: es una descripción de los hechos. Toda cultura verdadera ha sido siempre producida, custodiada y transmitida por minorías exigentes. Lo obsceno es fingir que no. Además, la empatía cultural suele ser una coartada para no exigir nada. Yo prefiero parecer antipático antes que colaborar en la infantilización general.

-Usted ha dicho que leer cualquier cosa “no hace daño”, pero que una sociedad sin tradición compartida se empobrece ¿No es una contradicción?

-No. Es una jerarquía temporal. Leer basura de vez en cuando no mata a nadie. Vivir exclusivamente de ella produce raquitismo intelectual crónico. La cultura no se mide por el placer inmediato, sino por la memoria que una sociedad es capaz de sostener sin bostezar. Una sociedad que no recuerda sus grandes libros es una sociedad sin espina dorsal.

-Sant Jordi: ¿fiesta cultural o circo editorial?

-Sant Jordi es una fiesta cultural cuando alguien vuelve a casa con un libro que no entiende del todo. El resto es merchandising con pétalos. No me molesta que se vendan novelas malas; me molesta que se presenten como un triunfo civilizatorio. Confundir ventas con cultura es propio de tenderos satisfechos.

-Usted habla mucho de dandismo ¿No es una pose tardía?

-El dandismo no es vestirse bien ni despreciar al prójimo. Es resistirse a la vulgaridad sin hacer pedagogía. El dandi no intenta convencer: se mantiene firme. No grita, no explica, no traduce. En tiempos de ruido, eso es casi subversivo.

-¿Cree que la democracia cultural ha fracasado?

-No ha fracasado: ha sido mal entendida. Democratizar el acceso no significa rebajar el contenido. Significa abrir la puerta y mantener el listón alto. Cuando se baja el listón en nombre de la democracia, lo que se obtiene no es igualdad, sino mediocridad institucionalizada.

-¿A quién desprecia culturalmente?

-Desprecio la suficiencia. Desprecio al ignorante orgulloso, al lector que no quiere aprender nada nuevo, al escritor que exige ser admirado sin haber estudiado. No desprecio a quien no sabe, sino a quien no quiere saber.

-Si tuviera que salvar tres libros de una quema simbólica de Sant Jordi, ¿cuáles serían?

-Salvaría libros que no se venden bien. Un clásico que incomode. Un ensayo que haga sentir estúpido al lector medio. Un libro mal editado, pero intelectualmente honesto. Todo lo demás puede arder sin demasiado drama.

-¿Para quién escribe usted?

-Para nadie en concreto.

-Usted habla de cultura como si fuera una religión laica ¿No está sustituyendo a Dios por la biblioteca?

-No. Dios no admite subrayados. La biblioteca, en cambio, sí admite correcciones, traiciones y herejías. Es infinitamente más honesta. Además, la cultura no promete salvación; promete lucidez, que es mucho más incómoda y bastante menos consoladora. Por eso la gente prefiere la espiritualidad “light” o la novela feel-good.

-¿Cree que la universidad actual está formando lectores o produciendo analfabetos con títulos?

-Está produciendo consumidores banales de conceptos, no lectores. Saben hablar de libros que no han leído, citar teorías que no han digerido y opinar con una soltura que antes requería ignorancia militante. La universidad ha cambiado el rigor por la autoestima. Y la autoestima es el opio del estudiante contemporáneo.

-¿Le molesta que le llamen reaccionario?

-Me tranquiliza. Si alguien me llama reaccionario significa que no he pedido perdón, que no he suavizado el discurso y que no he pedido permiso para pensar. Lo verdaderamente sospechoso hoy es ser celebrado por unanimidad.

-¿La corrección política ha dañado la crítica literaria?

-La ha convertido en crónica social con adjetivos amables. La crítica ya no juzga: acompaña, anima, contextualiza, comprende. Es una especie de terapia grupal con citas. Cuando un crítico empieza diciendo “hay que entender el contexto”, normalmente es que no se atreve a decir que el libro es malo.

-Si tuviera poder absoluto sobre la política cultural durante un año, ¿qué haría?

-Nada espectacular, que es lo más revolucionario.

-¿Le interesa ser leído por jóvenes?

-Me interesa ser leído por jóvenes que no quieran seguir siendo jóvenes toda la vida.

-Última impertinencia: ¿qué le produce más rechazo, un mal libro o un lector satisfecho?

-El lector satisfecho. El mal libro se olvida; el lector satisfecho se reproduce.