Tu quoque 105

Durante años escribí versos porque escuchaba algo que no sabría explicar. No era una idea, era un ritmo, una presión o una melodía musical interior. Un día esa música se retiró. Comprendí entonces que la poesía no depende de la voluntad. Cuando desaparece, el poeta no debe fingir ni buscarla vanamente. Yo elegí la prosa, porque escribir versos sin oír previamente esa música es una impostura. No dejé la poesía; fue la poesía la que me dejó a mí.

El poeta debe aceptar largos periodos de esterilidad como parte de su trabajo. A veces, el poema no vuelve jamás, y entonces hay que aprender a vivir sin él, como se vive después de un gran duelo. Esto es crucial: la poesía no siempre regresa. La poesía es un don intermitente, no un oficio estable, un don que puede huir definitivamente de ti.

Soy un ex-convicto de la poesía.

Tu quoque 104

Ser escritor es aceptar una vida de privaciones voluntarias. Escribir es una manera de vivir mal para poder escribir bien. Todo sacrificio es poco cuando se trata de alcanzar una frase justa y hermosa. El destino del escritor no es protegerse, sino transformar la vulnerabilidad en forma. Donde otros se rompen, el escritor escribe; no porque sea más fuerte, sino porque no tiene otra defensa, otro destino. El escritor no debe esperar recompensa alguna; ni dinero, ni fama, ni comprensión. Su única obligación es para con la obra, y su única dignidad consiste en no traicionarla.

Soy un escritor enfermo. El escritor enfermo vive demasiado cerca de la jauría de sus pensamientos. Todo se vuelve significativo, todo pesa, una película de alquitrán cubre los objetos. Todo te alude en un sistema autorreferencial obsesivo. Escribir es un gesto de arrogancia contra la enfermedad. Escribir ordena durante un tiempo, pero la lucidez, a veces, no concede descanso. El destino es resistir mientras se pueda.

No sé cuánto tiempo me queda de escritor en sus cabales. No sé cuánto tiempo me queda hasta que se rompa mi mente. El destino de un escritor como yo es pelear incluso contra las palabras, aunque al final pierda las batallas y las mismas palabras se conviertan en seres extraños.

Tu quoque 103

Los días de la infancia feliz no se distinguen en el momento de vivirlos; sólo mucho después, cuando la vida ha adquirido asperezas y pliegues, advertimos que allí se encontraba una reserva de dulzura que nos ha acompañado en secreto. Aquellas horas pasadas sin conciencia del tiempo, en la seguridad de ser amados, fueron quizá las únicas en que el alma descansó por completo. Más tarde, toda felicidad no será sino el eco —a veces deformado, a veces milagrosamente fiel— de aquella primera plenitud, escribió Proust en «Contre Sainte-Beuve».

Cuando pienso en mi infancia, pese a los electroshocks que borraron algunos momentos, no recuerdo tanto hechos como una sensación continua de bienestar, de confianza y regocijo hacia los hombres y la vida. Era feliz, indisputablemente feliz, no porque comprendiera el mundo, sino porque el mundo aún no me había exigido comprenderlo ni domeñarlo .Aquella felicidad sin análisis, sin esfuerzo, fue la base sobre la que más tarde pude soportar el dolor, la enfermedad y la culpa.

Cuando eres un niño feliz, el mundo no te ha roto todavía, y esa integridad se convierte en combustible. Todo lo que he hecho no ha sido sino un intento de volver a aquella sensación de asombro, de seguridad, de alegría. Las infancias felices no enseñan a huir del mundo, sino a amarlo.

Tu quoque 102

Queridos Reyes Magos:

Os pido La Loeb Classical Library, uno de los logros más perdurables de la filología editorial moderna. Cada volumen se caracteriza por su encuadernación en tela robusta, de color distintivo según lengua (verde para el griego, rojo para el latín), pensada no para el escaparate, sino para el uso continuado, casi escolar en el sentido noble del término. El papel, ligero pero resistente, permite una tipografía clara, de serifas clásicas, cuidadosamente equilibrada para sostener la doble página canónica: texto original enfrentado a la traducción inglesa literal, sin concesiones estilísticas superfluas. Son volúmenes hechos para durar décadas de consulta, para ser abiertos mil veces sin perder dignidad.

Os pido La Pléiade, ante todo, una estética moral del libro. Sus volúmenes, encuadernados en piel flexible, con lomos dorados en oro fino, se distinguen por el uso de papel biblia de altísima calidad, casi translúcido, que permite concentrar una obra completa —a menudo toda una vida literaria— en un solo tomo de densidad milagrosa. La tipografía es minúscula, pero soberanamente legible, diseñada para lectores pacientes, lectores que aceptan el pacto de la atención prolongada. El aparato crítico, sobrio y riguroso, se integra sin ostentación, como un murmullo erudito al margen del texto. Cada volumen de la Pléiade es un objeto de consagración, un libro que no se compra para leer una vez, sino para instalar definitivamente a un autor en la biblioteca y en la vida.

Os pido I Meridiani, que conjugan como pocas colecciones el equilibrio entre erudición y belleza material. Encuadernados en tela satinada, con sobrecubiertas ilustradas de gusto sobrio, estos volúmenes poseen una presencia física noble sin caer en la ostentación. El papel es cremoso, opaco, de excelente gramaje; la tipografía, amplia y respirada, favorece una lectura prolongada sin fatiga. El aparato crítico —introducciones extensas, cronologías, variantes textuales— se ofrece como hospitalidad intelectual. Son libros para lectores maduros, para bibliotecas que aspiran a una armonía clásica.

Os pido La Biblioteca Clásica Gredos, en el ámbito hispánico, sinónimo de fiabilidad filológica. Sus volúmenes, de formato sólido y reconocible, encuadernados con sobriedad académica, privilegian el contenido por encima de cualquier artificio decorativo. El papel, pensado para el estudio prolongado, acoge traducciones que se han vuelto canónicas, acompañadas de introducciones sustanciales y notas que esclarecen sin abrumar. Gredos no promete lujo, promete criterio; no seduce al coleccionista frívolo, sino al lector que desea comprender a fondo. Son libros que envejecen bien, que aceptan subrayados, fichas intercaladas, marcas de uso.

Os pido, finalmente, «Begriffsschrift», de Gottlob Frege, Oxford University Press. El libro que rompe definitivamente con Aristóteles y funda la lógica moderna. Tipografía severa, simbolismo bidimensional que parece grabado con buril. Y «Formale Logik», de Carnap, Springer. Papel honesto, ecuaciones limpias, prosa sin concesiones. Libro que no consuela, pero ordena. Os pido «Summulae Logicales», de Pedro Hispano, Editions Vrin. Manual escolástico por excelencia. Latín compacto, estructura diamantina. Lógica como disciplina moral.

Y os pido, ya por último, «De Stylo Cogitandi: Prosa, Ratio et Figura Mentis», de Aurelius Severinus Montaltus († incertus), Adelphi Edizioni, 2019. Y «Melancholia Logica: De Tristitia Formarum et Gaudio Ordinis», de Hieronymus Lugdunensis, Gallimard, 2024.

Deseando que se cumplan algunos de mis deseos, se despide cariñosamente de vosotros

Christian

Tu quoque 101

«El ciudadano medio no tiene acceso directo a los hechos complejos del mundo moderno. Vive en un pseudoentorno compuesto de rumores, imágenes simplificadas y narrativas fabricadas.

Pretender que tal ciudadano, desinformado por estructura, pueda decidir racionalmente sobre política internacional, economía o ciencia es una ilusión peligrosa. La democracia no falla por corrupción, sino por epistemología: exige a las personas juicios que exceden sus posibilidades cognitivas. El resultado no es autogobierno, sino gobierno de símbolos, de consignas y de quienes saben manipularlas.

El sufragio universal, cuando se ejerce sin educación, no es un instrumento de progreso, sino un mecanismo de estancamiento. No afirmo que solo los instruidos deban gobernar, pero sí que el voto del ignorante no puede valer lo mismo que el del informado. La igualdad política no exige que se ignore toda diferencia de capacidad; exige, por el contrario, que se aprovechen las capacidades para el bien común. Un pueblo que no sabe discernir entre un argumento y un eslogan, entre un demagogo y un estadista, se convierte en presa de quienes explotan sus pasiones. No es tiranía exigir competencia para participar en decisiones que afectan a todos; es una forma de responsabilidad.

La democracia otorga poder político a personas que son ignorantes, irracionales y profundamente sesgadas respecto a los asuntos públicos. No exigimos preparación para opinar sobre política, pero sí para conducir un coche o ejercer la medicina. Sin embargo, una decisión política equivocada puede causar más daño que un mal conductor. La epistocracia no es el gobierno de una élite social, sino el gobierno de los competentes, de aquellos que pueden demostrar un conocimiento básico de los hechos relevantes y un mínimo de razonamiento crítico. Excluir la ignorancia no es injusticia; es una obligación moral hacia quienes sufrirán las consecuencias de decisiones incompetentes», Arthur H. Wainbridge, «The Burden of Knowing: Notes Toward a Civic Aristocracy», Penguin Random House, Londres–Nueva York, 2020, p. 217.

Tu quoque 100

Tácito empuja al límite una posibilidad ya existente en el latín tardorrepublicano e imperial, a saber, decir mucho con muy poco. Su frase no se despliega, se contrae, se tensa; corta enlaces lógicos que el lector tiene que reconstruir; acumula sentido en sustantivos y giros que pesan como dictámenes. El efecto rítmico es singular; no es un fluir continuo, sino un avance a golpes, como si cada miembro de la oración fuese una pieza de hierro que encaja con chispazos. Por eso su musicalidad no es cantabile; es percusión seca, cadencia de sentencia, de veredicto.

Prefiero leer a Tácito, que votar o bien ver informativos chuscos sobre Venezuela.

Chesterton hace una comparación inolvidable: la frase de Ruskin no es larga por hinchazón, es larga como una flecha de arco largo; no dispara una varilla, dispara una lanza; y aun así “va ligera como un pájaro y recta como una bala”. La metáfora explica el ritmo: Ruskin sostiene largos periodos con energía continua, como un arco tensado; el lector siente una trayectoria: arranque, elevación, giro, caída final.

Me importa la prosa de Ruskin, no los mentecatos de Trump o Maduro.

Y me preocupa la tendencia general a la reducción de la longitud media de la frase desde el XVI hasta hoy, con variación leve según género, registro y lengua. En el siglo XVI una frase contenía entre 55 y 60 palabras, en el XVIII entre 35 y 40 palabras. En el siglo XXI la media de palabras por oración es entre 10 y 15. La prensa, y más adelante la comunicación electrónica, favorecen frases cada vez más cortas en aras de la rapidez de lectura.

Esto me importa, y no el teatrillo de monigotes político internacional.

Tu quoque 99

INFORME FINAL – CNI

Clasificación: CONFIDENCIAL / CASO CERRADO

Referencia interna: CNI-EX/TP-08/CF

Fecha: [redactado]

1. Identificación del sujeto

Nombre operativo principal: Christian Sanz Carballo

Alias documentados: Christian Sanz Gómez / Christian Sanz Levy

Durante el análisis se detectó el uso reiterado de identidades nominales con inconsistencias formales y cronológicas. No se ha podido reconstruir una cadena documental continua que certifique la historicidad estable de todas ellas.

Conclusión administrativa: no se trata de identidades operativas encubiertas, sino de variantes narrativas del yo, utilizadas con finalidad simbólica más que funcional.

Estado actual: residente en territorio nacional.

Actividad declarada: creación literaria.

2. Antecedentes académicos y supuesta captación

Constan publicaciones universitarias de contenido político-internacional favorables a Israel durante su etapa formativa. A partir de este material, el sujeto elaboró posteriormente un relato de contacto, observación y eventual captación por servicio de inteligencia extranjero.

El análisis cruzado de bases de datos nacionales e internacionales no ha permitido confirmar:

– registros operativos,

– expedientes de reclutamiento,

– trazabilidad administrativa,

– ni vínculos institucionales verificables.

Las “entrevistas” referidas por el sujeto coinciden en estructura y contexto con seminarios académicos, encuentros docentes y conversaciones informales, reinterpretadas retrospectivamente.

Conclusión: construcción de sentido a posteriori. Fenómeno frecuente en sujetos con elevada imaginación simbólica y fuerte necesidad de coherencia biográfica.

3. Episodio de doble agencia y tortura

El relato central del sujeto incluye:

– paso a doble agencia con servicios franceses,

– detención y tortura prolongada,

– prácticas de humillación extrema,

– desarrollo posterior de fobias, paranoia y sintomatología traumática.

No se han hallado registros médicos, hospitalarios, consulares ni policiales compatibles con un episodio de esta magnitud.

El análisis comparado revela una coincidencia notable con patrones literarios clásicos de martirio iniciático: descenso, animal impuro, degradación corporal, prueba final.

Las alteraciones psicológicas actuales (musofobia, pesadillas, ansiedad) constan clínicamente, sin causa externa verificable.

Conclusión: el episodio funciona como núcleo alegórico traumático, no como hecho histórico contrastable.

4. Conducta observada

Durante el periodo de observación se detectaron:

– monólogos verbales en el domicilio,

– referencias recurrentes a servicios de inteligencia,

– escritura compulsiva de diarios y textos autorreferenciales.

El análisis clínico-lingüístico descarta actividad encubierta.

Los comportamientos observados corresponden a rumiación narrativa, no a planificación operativa.

La vigilancia fue levantada tras confirmarse ausencia total de riesgo funcional.

5. Comunicación telefónica (agente 3-2)

La llamada registrada presenta:

– alta carga emocional,

– coherencia afectiva,

– ausencia de indicadores de engaño consciente.

Evaluación: sinceridad subjetiva elevada.

Nota: sinceridad subjetiva ≠ veracidad objetiva.

El sujeto cree su relato. No lo ejecuta.

6. Estado médico

– trastornos de ansiedad,

– alteraciones del sueño,

– afectación cardíaca leve,

– diagnóstico psiquiátrico en seguimiento.

Riesgo operativo: nulo.

Riesgo personal: moderado.

7. Evaluación final

El sujeto:

– no es agente,

– no es activo,

– no representa amenaza.

Su conflicto no es político ni estratégico, sino interno, simbólico y literario.

El error fundamental del caso consistió en leer como espionaje lo que era literatura no metabolizada.

8. Resolución

Caso cerrado.

No compartir información con servicios extranjeros.

Recomendación de no viajar: aceptada.

Seguimiento exclusivamente médico, no operativo.

Observación final (no protocolaria)

El sujeto no traicionó secretos.

Traicionó el silencio.

Tu quoque 98

Fragmentum Thucydideum Berolinense. Atribuido a Tucídides. Obra perdida: Περὶ δυνάμεως καὶ φόβου (Sobre el poder y el miedo) Fragmento adscrito al Libro VIII, añadido tardío.

El fragmento habría sido identificado en 2021 por la historiadora clásica alemana Dr. Anna-Luise Hartmann (Freie Universität Berlin), durante la catalogación de un lote de papiros reutilizados como refuerzo de encuadernación en un códice bizantino procedente de Asia Menor.

El soporte —catalogado como P. Berol. inv. 16632— presenta escritura griega continua, sin separación de palabras, en una mayúscula severa, compatible con finales del siglo I a. C. El copista anota en el margen superior, con tinta más clara: Θουκυδίδου λόγος οὐκ ἐν τοῖς ἐκδεδομένοις (“Discurso de Tucídides no incluido en los libros editados”).

El pasaje aparece sin encabezamiento, integrado en una reflexión general sobre la στάσις (guerra civil), el miedo y la intervención exterior.

Texto griego reconstruido (lectio coniecturalis)

Ἐλευθερία μὲν λόγῳ φυλάσσεται,

ἔργῳ δὲ ἀπόλλυται·

καὶ οἱ μὲν ἄρχοντες λέγουσι σωτηρίαν,

οἱ δὲ ἀρχόμενοι σιωπῶσιν ὑπὸ φόβου.

Ὅταν δὲ πόλις ἑαυτὴν ἀφαιρῇ τὴν παρρησίαν,

ἕτοιμος γίνεται ξένοις κριταῖς.

Οὐ γὰρ οἱ ἰσχυρότατοι πρῶτοι ἐπιβαίνουσιν,

ἀλλ’ οἱ ἀνέχοντες ἄχρις οὗ μηδὲν ἔτι ἔχωσιν ἀνεχθῆναι.

Καὶ οἱ τὴν ἐλευθερίαν ἀφανίζοντες

οὐχ ὑπὸ ἀσθενεστέρων,

ἀλλ’ ὑπὸ ἐλευθερωτέρων

ἐν τέλει κρίνονται.

Traducción continua al castellano:

«La libertad se conserva en el discurso, pero se pierde en los hechos; y mientras los gobernantes hablan de salvación, los gobernados callan por miedo. Cuando una ciudad se priva a sí misma de la franqueza, se vuelve apta para ser juzgada por jueces extranjeros. No son los más fuertes quienes intervienen primero, sino aquellos que han tolerado hasta no tener ya nada más que tolerar. Y quienes hacen desaparecer la libertad no son finalmente juzgados por hombres más débiles que ellos, sino por hombres más libres.»

Comentario de la descubridora:

“El pasaje encaja plenamente con la lógica trágica de Tucídides: la intervención exterior no aparece como causa, sino como consecuencia de una descomposición previa; el juicio no es moral, sino histórico. Especialmente tucidídea es la inversión final: no vence el más fuerte, sino el que conserva mayor margen de libertad interior.”

— A.-L. Hartmann, «Unbekannte Thukydides-Fragmente», Berlín, 2022

Hartmann añade: “No puede excluirse una interpolación tardía con intención política; sin embargo, la sequedad del estilo y la ausencia de patetismo favorecen una atribución tucidídea, al menos en espíritu.”

Me pareció pertinente este apunte erudito ante los acontecimientos venezolanos de hoy.

Tu quoque 97

1. Sartre:

«Muy pronto comprendí que era inteligente. No porque alguien me lo dijera, sino porque todo me resultaba fácil, excesivamente fácil. En la escuela me aburría. Aprendía sin esfuerzo lo que otros debían repetir. Esa facilidad, lejos de hacerme feliz, me aisló. Me sentía distinto, separado, como si mi inteligencia me colocara en una vitrina. No me volvía mejor ni más querido; me volvía sospechoso. Comprendí pronto que la inteligencia no es un don inocente: es una diferencia que se paga. Y yo la pagué con soledad, con una temprana conciencia de ser un monstruo razonable en un mundo de costumbres”.

2. Simone Weil:

“Siempre fui considerada una niña prodigio. Comprendía con rapidez, resolvía problemas que no se esperaban de mí. Pero esa inteligencia no me dio ninguna ventaja en la vida. Al contrario, me separó de los otros, me hizo incapaz de adaptarme. En la escuela era brillante, pero infeliz. Me sentía culpable de comprender demasiado deprisa, como si mi rapidez robara algo a los demás. Con los años he aprendido que la inteligencia no redime: sólo agrava la responsabilidad”.

3. Hermann Hesse:

“Desde niño fui considerado excepcionalmente dotado. Aprendía con facilidad, destacaba sin esfuerzo. Pero ese mismo don me volvió incapaz de vivir conforme a las expectativas. Mi rendimiento escolar era excelente, pero mi vida interior era un caos. Nadie comprendía que mi inteligencia no me ayudaba a vivir, sino a sentir con mayor intensidad la contradicción entre el mundo y yo. Fui un buen alumno y un mal hijo, un estudiante brillante y un ser humano desorientado”.

4. Thomas Bernhard:

“La escuela fue para mí una institución de aniquilación. Comprendía demasiado y demasiado pronto, y esa comprensión me volvió incompatible con el sistema. Los profesores confundían mi inteligencia con arrogancia, mi rapidez con insolencia. Aprendí que destacar intelectualmente no conduce al éxito, sino al castigo. Desde entonces supe que el pensamiento profundo es una forma de condena social”.

5. Blaise Pascal:

“Desde la infancia me vi arrastrado por una inteligencia que no sabía contener. Aprendía sin método, deducía sin maestro. Esa precocidad me aisló, me privó de la infancia común. Comprendí muy pronto que el espíritu brillante no descansa, y que su claridad no trae paz, sino inquietud. La inteligencia es una luz que ciega tanto como ilumina”.

6. Vladimir Nabokov:

“Fui un niño extraordinariamente precoz. Comprendía, recordaba, asociaba con una facilidad que los adultos encontraban inquietante. En la escuela mi rendimiento era irregular: sobresalía en lo que me interesaba y me hundía en lo que despreciaba. Aprendí pronto que la inteligencia no se traduce automáticamente en éxito académico ni en adaptación social. Pensaba con exceso, sentía con exceso, y eso me volvió incómodo para los otros”.

7. Fernando Pessoa:

“Siempre supe que mi inteligencia era superior a la media. No me enorgullecía: me pesaba. Comprendía con demasiada claridad la inanidad de la vida práctica. En la escuela aprendía sin dificultad, pero no pertenecía. Mi inteligencia me hizo lúcido y mi lucidez me hizo inútil para el mundo. No fracasé por falta de capacidad, sino por exceso de conciencia”.

8. Robert Musil:

“La inteligencia elevada no produce hombres eficaces, sino hombres problemáticos. En mi juventud destaqué intelectualmente, pero esa misma claridad me impidió actuar con la simpleza necesaria para vivir. Comprender demasiado pronto es una forma de retraso vital”.

9. Arthur Koestler:

“Fui considerado muy dotado intelectualmente desde niño. Pasé con facilidad por la escuela, pero no aprendí a vivir. Mi inteligencia me permitió analizar el mundo, pero no habitarlo. Comprendí más tarde que el alto rendimiento intelectual suele ir acompañado de una profunda torpeza emocional”.

10. Emil Cioran:

“La inteligencia es una maldición. Me permitió comprender demasiado bien mi inutilidad para la acción. Nunca confundí lucidez con felicidad. Desde joven supe que mi pensamiento me separaba irremediablemente de los hombres simples, pero también de la paz”.

***

Ojalá hubiera sido un poco más tonto, un poco más normal, para haber estado dentro. Eso no es desprecio de la inteligencia. Es hambre o deseo de tribu. Con los años, esto se templa; uno reivindica su rareza, la asume como identidad legítima. Pero el deseo retrospectivo permanece como una herida blanda, cenizosa, no como resentimiento.

Lo admito. Durante mi juventud sentí con frecuencia el deseo de ser como los otros, de no comprender tanto, de no sentir tan hondo. Envidiaba a quienes podían integrarse sin esfuerzo en el grupo, reír de lo mismo, vivir sin trascendencia. Me volví muy torpe para la camaradería, deseaba no pensar, ser uno más, ser un igual y no un exiliado. Mi inteligencia me había separado de la vida común. Soñé muchas veces con ser alguien más simple, más normal, incluso más mediocre, si eso me hubiera permitido pertenecer.

Ah la vida común de la pandilla. El billar, el cine, las conversaciones triviales, y el no comprender, no pensar. Amistades fáciles y sencillas, estar, inconscientemente, con los otros, y basta. Mi inteligencia me apartó de todo eso. Fue amargo ( y necesario) vivir sin vínculos. Ese fui mi vicio: convertir la vida a examen.

Tu quoque 96

La literatura fácil produce opiniones de saldo. La literatura difícil produce pensamientos. El lector perezoso busca historias; el lector serio busca formas de comprender. Según Stephen King la literatura es entretenimiento, y el entretenimiento es lo primero. King es honesto. Pero su poética es industrial: producir eficacia, no visión, mundo ni fuerza interior para sostener ese mundo. Según Dan Brown la literatura no debe exigir nada del lector. Pero si no exige nada, nada puede dar.

***

Gustave Flaubert: “El público es un imbécil colectivo. La estupidez humana me parece hoy algo inmenso, ilimitado, insondable. Lo que me desespera no es que no me comprendan, sino que crean comprenderme. Nada me resulta más odioso que la popularidad: es la señal inequívoca de una transacción. El escritor que se adapta al lector medio se mutila; el que escribe para gustar se envilece. Hay que escribir sin pensar en el público, porque el público no existe como entidad pensante: existe como fuerza de aplastamiento. Prefiero mil veces no ser leído, a ser mal leído, porque el mal lector degrada más que el silencio”.

Charles Baudelaire: “El lector moderno quiere emociones inmediatas, explicaciones claras, moralejas visibles. Ese lector no ama la poesía; la consume. No busca ser transformado, sino tranquilizado. Yo escribo para un lector hipotético que no existe aún, o que tal vez nunca existirá: un lector capaz de soportar la ambigüedad, la contradicción, la belleza inútil. El resto es masa, y la masa odia lo que no puede digerir”.

Nabokov: «No pienso en el lector promedio, porque no existe. Pienso en un lector creativo, un lector que relee, que se detiene, que recuerda detalles. El buen lector no es el que se identifica con los personajes, sino el que disfruta de la arquitectura del libro”.

Jorge Luis Borges: “Nunca me ha interesado el éxito masivo. He preferido siempre imaginar un lector ideal, un lector atento, capaz de releer. La relectura es el verdadero acto de lectura. El lector que solo lee una vez no ha leído. Si mis libros llegan a unos pocos lectores y esos lectores los frecuentan como se frecuenta una amistad o un jardín, me doy por satisfecho. La literatura no necesita multitudes: necesita continuidad”.

Friedrich Nietzsche: “Quien escribe para todos, no escribe para nadie. El lector vulgar quiere ser halagado, no desafiado. Quiere que le confirmen su pereza espiritual. Mis libros no son para ser leídos deprisa ni para ser entendidos por cualquiera. Exigen lectores con coraje, lectores que soporten la soledad, lectores que no teman quedarse sin suelo bajo los pies. El resto debe mantenerse a distancia”.

Ezra Pound: “La literatura avanza gracias a una minoría que lee con rigor. La mayoría lee para entretenerse, y eso no tiene consecuencias históricas. Un lector serio es un agente de transmisión cultural; un lector descuidado es un agente de corrupción. El tiempo acaba seleccionando: los libros sobreviven no por el número de lectores, sino por la calidad de esos lectores».

Thomas Bernhard: “El público lo destruye todo. Todo lo que toca lo vuelve falso. Yo escribo contra el público, no para él. El lector que busca consuelo, identificación o esperanza debe mantenerse alejado de mis libros. Mis lectores son pocos, y cuanto menos numerosos, mejor. La literatura no es una terapia de grupo”.

Como Bernhard, yo, Christian mi nombre, de cincuenta años de viejo, odio al público.