Tu quoque 95

La poesía fue para mí una manera de sobrevivir. No escribía para ser admirada, sino para no desaparecer. Cuando escribía, el caos encontraba una forma, y durante un instante yo también la encontraba, afirmó Sylvia Plath. Y Robert Walser nos explicó que para él escribir le dio una forma de control. Mientras podía nombrar las cosas, subrayaba, las cosas no le dominaban a él del todo. El problema no es sentir demasiado, escribió finalmente, sino vivir en un mundo que no sabe qué hacer con quien siente demasiado.

La intensidad que lastima y hiere, si la sostiene una forma, si se ahorma en una estructura, hiere menos intensamente.Yo no me salvo a pesar de la literatura, sino por ella; no escribo sobre mi locura, la transformo, la metabolizo; no me hundo en la idea informe, la convierto en prosodia.

Hay una locura que desborda y otra que se organiza simbólicamente. La primera destruye.

La segunda se convierte en estilo, ritmo, estructura, metaficción. Yo pertenezco claramente, y perdonen, a la segunda. Y ahí está la clave: la literatura es mi mecanismo de traducción del exceso. Mientras hay forma, hay contención. Mientras hay frase, hay distancia. Mientras hay ironía, hay lucidez.

Disculpen la hipérbole, el patetismo, y adiós.

Tu quoque 94

«La televisión se ha convertido en una de las fuerzas más poderosas de nuestro tiempo. Precisamente por eso, cuando se ejerce sin responsabilidad, puede causar daños profundos y duraderos, sobre todo en la formación del juicio moral y crítico de los ciudadanos. Existe una televisión que no informa, no educa y no eleva, sino que excita, estimula y embrutece. Allí donde la discusión racional es sustituida por el impacto emocional, la democracia misma queda socavada», Popper —liberal hasta la médula—, llegó a sostener que ciertos contenidos televisivos deberían ser regulados o directamente excluidos, no por moralismo, sino por higiene intelectual colectiva.

Pierre Bourdieu: «La televisión ejerce una censura invisible. No prohíbe: impone. Impone temas, impone ritmos, impone maneras de decir que hacen prácticamente imposible toda complejidad. Sólo existe lo que puede ser comprendido de inmediato, sin esfuerzo, sin distancia crítica. Lo demás —lo lento, lo matizado, lo incómodo— desaparece.» Y añade, con una lucidez implacable: «La televisión fabrica urgencia, emoción prefabricada, escándalo consumible. Convierte la miseria humana en espectáculo y la exhibe como mercancía».

Neil Postman: «El problema de la televisión no es que entretenga, sino que transforma todo en entretenimiento. La política, la información, la educación y hasta el sufrimiento son presentados como variedades de un mismo espectáculo. El resultado no es ignorancia, sino trivialización sistemática». Y su advertencia más célebre: «Temíamos un mundo al estilo Orwell, dominado por la censura. Pero olvidamos el mundo de Huxley: aquel en el que nadie necesita prohibir nada, porque lo que nos destruye es precisamente lo que amamos».

***

Placer fácil y embrutecimiento y conformismo en lugar de una elemental ilustración. El espectador se habitúa a no pensar. La televisión no exige nada del espectador salvo su rendición. La dificultad, el silencio, la lentitud —condiciones del pensamiento— son tratadas como defectos intolerables. La telebasura no informa mal; informa de otra cosa. No conversa; excita. No busca la verdad; optimiza la emoción. No necesita mentir; le basta con descontextualizar, exagerar y repetir.

El despellejamiento, la burla, el escarnio, el chivo expiatorio semanal cumplen una función precisa: canalizar frustraciones, crear adhesión tribal, sustituir el pensamiento por el vómito emocional.

Estos programas educan en la crueldad banal, la risa sin inteligencia, bobalicona y vacía, la sospecha sin rigor, la humillación como forma de justicia.

NOTA BENE: Reflexiones al desgaire ideadas mientras, medio veía, medio oía, el vomitivo programa «De viernes», de Tele 5.

Tu quoque 93

Montaigne

«Nos enredamos demasiado en nosotros mismos. El alma que se observa sin cesar acaba por deformarse, como un espejo que sólo se refleja a sí mismo. Conviene sacarla al aire, ponerla en trato con las cosas, dejarla vagar por los objetos comunes. Yo me alivio cuando dejo de pensar en mí y me aplico a contemplar la variedad del mundo: un gesto, un paisaje, un hecho mínimo bastan para devolverle su justa proporción.”

Blaise Pascal

“Toda la desgracia del hombre proviene de una sola cosa: no saber permanecer en reposo en una habitación, atendiendo a algo que no sea él mismo. El yo es odioso cuando se erige en centro. Pero el hombre se pacifica cuando se olvida de sí en la contemplación de lo que no le pertenece.”

Friedrich Nietzsche

“El hombre profundo necesita un mundo exterior fuerte. Quien se encierra demasiado en su interior acaba enfermando de sí mismo. La salud exige sol, movimiento, cosas que se resisten. No se piensa bien en habitaciones cerradas ni en conciencias que sólo se miran al espejo.”

Simone Weil

“La atención, tomada en su forma más pura, es oración. Suspender el yo para que algo exista fuera de nosotros: eso es amar. El alma se purifica no cuando se analiza, sino cuando se vacía para recibir. Atender a una flor, a una frase, a un gesto humano, es un acto de justicia.”

William James

“La atención es la toma de posesión, por la mente, de uno entre varios objetos posibles. Allí donde la atención se fija, el yo se ordena. La mente dispersa sobre sí misma se fatiga; la mente dirigida hacia una cosa se calma.”

Marcel Proust

“La verdadera vida, la vida finalmente descubierta y aclarada, es la literatura; pero sólo aparece cuando dejamos de interrogarnos a nosotros mismos y prestamos atención a una sensación, a un color, a una frase o a una luz que nos llega desde fuera.”

Rainer Maria Rilke

“Vivir las cosas, no los pensamientos sobre las cosas. Aprender a ver. No preguntarse quién es uno, sino dejar que el mundo hable lentamente. Sólo así el alma se ensancha.”

Henry David Thoreau

“Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentar sólo los hechos esenciales de la vida. Cuando miraba un estanque o un árbol, no estaba yo allí: estaba el mundo, y eso bastaba.”

Gaston Bachelard

“La ensoñación sana no gira en torno al yo; se abre a los elementos. Agua, fuego, aire, tierra: imágenes que nos sacan del narcisismo y nos devuelven a la amplitud.”

Iris Murdoch

“El progreso moral comienza cuando dejamos de pensar obsesivamente en nosotros mismos y dirigimos la atención a algo real, particular, independiente de nuestro ego. La atención justa es una forma de amor.”

***

INFORME CLÍNICO PSIQUIÁTRICO

Centro: Hospital Psiquiátrico Provincial

Servicio: Psiquiatría de Agudos / Larga Estancia

Número de expediente: 14.782-B

Fecha de redacción: ———

Redactor: Dr. ——, Psiquiatra adjunto

1. Datos de identificación

Nombre del paciente: Sáenz Gómez, Cristóbal

Lugar de nacimiento: Lisboa (Portugal)

Edad al ingreso: 31 años

Estado civil: Soltero

Nivel educativo: Estudios superiores incompletos (Doctorado en Ciencias Exactas, no finalizado)

Procedencia: Coimbra / Lisboa

Motivo de ingreso: Descompensación psicótica grave con alteración conductual y deterioro funcional severo.

2. Antecedentes personales y evolutivos

Según datos familiares y documentación escolar, el paciente presentó desde la infancia rasgos compatibles con trastorno del espectro autista de alto funcionamiento, caracterizados por:

Aislamiento social progresivo.

Escaso interés por el juego simbólico.

Débil respuesta emocional ante estímulos afectivos o naturales.

Preferencia marcada por actividades solitarias y abstractas.

Durante la adolescencia se observa un abandono progresivo de intereses sensoriales y relacionales: desinterés por el entorno natural (noche estrellada, ciclos lunares, actividades grupales), retraimiento social marcado y reducción significativa de la vida afectiva.

En etapa universitaria se documenta hiperfocalización exclusiva en contenidos matemáticos y abstractos, con abandono casi total de intereses no intelectuales. El pensamiento se vuelve rígido, autorreferencial y crecientemente desconectado de la experiencia empírica.

3. Historia psicopatológica

A partir de los 26–27 años se describe una mutación cualitativa del funcionamiento mental:

Paso del pensamiento abstracto objetual (matemático) a un pensamiento metacognitivo patológico.

Aparición de rumiación autorreferencial extrema: pensamiento sobre el pensamiento, con estructuras recursivas sin anclaje en la realidad.

Incapacidad progresiva para detener el bucle cognitivo.

Empobrecimiento del lenguaje comunicativo, sustituido por monólogos internos desorganizados.

Se observan síntomas compatibles con trastorno psicótico grave de curso deteriorante, con rasgos catatónicos intermitentes.

4. Ingreso y evolución hospitalaria

El paciente ingresa tras episodios de conducta desorganizada, agresividad no dirigida y pérdida completa del autocuidado.

Durante la estancia hospitalaria se constata:

Incontinencia urinaria y fecal persistente.

Episodios frecuentes de agitación psicomotriz.

Conducta agresiva hacia otros pacientes y personal sanitario.

Necesidad recurrente de contención mecánica prolongada.

Escasa o nula respuesta a tratamientos antipsicóticos de diferentes familias.

El paciente muestra desconexión casi total de la realidad externa, sin capacidad de interacción significativa. No se objetivan delirios estructurados ni ideación mística: el discurso es pobre, fragmentario o inexistente.

5. Estado mental actual

Conciencia: Vigil, sin contacto.

Lenguaje: Prácticamente abolido.

Pensamiento: Inaccesible, presumiblemente disuelto en actividad autorreferencial no comunicable.

Afectividad: Aplanada.

Voluntad: Anulada.

Relación con el entorno: Nula.

No se observan signos de experiencia espiritual, insight ni elaboración simbólica. El paciente no parece experimentar estados de calma, iluminación ni bienestar subjetivo.

6. Diagnóstico (orientativo)

Trastorno del espectro autista (antecedente).

Trastorno psicótico crónico de evolución deteriorante.

Deterioro global grave de la personalidad y de las funciones ejecutivas.

7. Pronóstico

Muy desfavorable.

Evolución hacia estado de dependencia total, con pérdida irreversible de funciones cognitivas, relacionales y somáticas básicas.

8. Observación final

El paciente se encuentra en un estado de desorganización psíquica profunda, con reducción del funcionamiento humano a conductas vegetativas básicas. No se evidencian capacidades residuales aprovechables para rehabilitación cognitiva o social.

Se recomienda mantenimiento en unidad de larga estancia.

Firma:

Dr. ——

Psiquiatría

Tu quoque 92

Entrevista al profesor Arturo de Olavide.

Profesor emérito de Humanidades. Universidad de París.

—Profesor Olavide, ¿cómo conoció usted la obra de Christian S.?

—Por recomendación, como sucede casi siempre con los libros que importan. Un antiguo colega, Moncho Conde Corbal, me habló de un autor excéntrico en el sentido antiguo del término: alguien que escribe desde un eje propio. Me habló de una prosa exigente, sin concesiones, y de una inteligencia que no buscaba el aplauso inmediato. Leí por curiosidad; continué por necesidad.

—¿Qué fue lo que le llamó la atención en una primera lectura?

—La densidad moral del estilo. No me refiero a moralismo, sino a gravedad. En Christian no hay ligereza gratuita. Cada frase parece escrita por alguien que sabe que el tiempo es escaso y que la palabra debe justificar su presencia. Eso es algo que solo se aprende leyendo a los clásicos: a los trágicos griegos, a los moralistas latinos, a los franceses del siglo XVII. Y él los ha leído, aunque no siempre los cite.

—Se ha dicho que su obra es excesivamente introspectiva.

—Se dice eso cuando se confunde introspección con ensimismamiento. La introspección auténtica es una forma de cortesía intelectual: uno se examina antes de juzgar. Montaigne lo sabía bien. Christian pertenece a esa estirpe: la de quienes hacen de sí mismos un laboratorio, no un espectáculo.

—Muchos lectores perciben su obra como exigente, incluso áspera. ¿Cree usted que Christian quiso ser difícil?

—No deliberadamente. La dificultad no fue un propósito, sino una consecuencia. Christian nunca escribió para simplificar el mundo, sino para hacerlo habitable sin falsificarlo. Cuando la realidad es compleja, la claridad no consiste en rebajarla, sino en decirla con precisión. Eso exige esfuerzo al lector, pero también respeto.

—En sus diarios aparece una tensión constante entre orden y exceso. ¿Cómo interpreta usted esa oscilación?

—Como una forma de honestidad. Christian no ocultó su desorden interior bajo una retórica de armonía. Tampoco se entregó al caos sin forma. Su obra es un campo de fuerzas: disciplina extrema y, al mismo tiempo, proliferación. Es un escritor que lima y pule, pero que no esteriliza. Ahí reside su singularidad.

—Se le ha acusado de severidad moral, incluso de crueldad crítica. ¿Lo considera justo?

—Solo en parte. Christian fue severo, sí, pero primero consigo mismo. Su dureza no nace del desprecio, sino de una idea muy alta de lo que la literatura debería ser. Detestaba la frivolidad, la escritura perezosa, la impostura. Cuando atacaba, lo hacía porque sentía que algo esencial estaba siendo traicionado.

—¿Y su relación con el dinero, con el privilegio?

—Paradójica. Procedía de una posición económica cómoda, sin duda. Pero eso no lo volvió indolente, sino más exigente. Sabía que no tenía excusas. El ocio improductivo le parecía casi inmoral. Su ética del trabajo fue, en ese sentido, feroz.

—¿Cómo describiría usted su carácter humano?

—Era —y es— un hombre profundamente introvertido, aunque supiera disimularlo. Poseía una especie de autismo inverso, si se me permite la paradoja: una extrema vida interior recubierta por una máscara de sociabilidad. En los pueblos pequeños, esa máscara engaña. Se le tomaba por alguien afable, incluso ligeramente excéntrico, cuando en realidad pasaba la mayor parte de su vida pensando. Pensando de verdad, que es una actividad agotadora.

—Sin embargo, no llevó una vida estrictamente sedentaria.

—En absoluto. Hubo desplazamientos, fugas, estancias en el extranjero, semanas de desaparición voluntaria. Pero no eran viajes turísticos: eran retiradas tácticas. Como los estoicos, necesitaba cambiar de lugar para no cambiar de pensamiento. El movimiento exterior servía para preservar una inmovilidad interior.

—¿Cómo sitúa su obra dentro de la tradición literaria?

—No pertenece a ninguna escuela, y eso le perjudicó en vida. Las escuelas ofrecen protección, pero exigen obediencia. Christian prefirió el riesgo. Su obra dialoga con la tradición del diario intelectual, del cuaderno moral, del ensayo autobiográfico, pero sin adoptar ninguno de esos géneros de forma servil. Hay algo de Marco Aurelio, algo de Chamfort, algo de Cioran —sin su cinismo fácil—, y una disciplina formal que recuerda a los clásicos franceses.

—Algunos lectores hablan de una erudición abrumadora.

—La erudición solo abruma cuando es ornamental. En Christian es funcional. No cita para impresionar, sino para pensar acompañado. Lee a los muertos como quien consulta a testigos fiables. Esa es la única erudición legítima.

—¿Cree usted que escribía para su tiempo?

—No. Y lo sabía. Escribía para la posteridad, aunque no en el sentido ingenuo de la gloria. Su obra está destinada a ser venenosa con el tiempo: a incomodar, a erosionar certezas, a exigir lectores adultos. No es una literatura de consuelo, sino de confrontación.

—¿Fue un escritor feliz?

—No creo que esa sea una pregunta pertinente. Fue un escritor necesario. Y eso suele pagarse caro. Hay vidas que no están hechas para la felicidad, sino para la lucidez. Christian eligió la segunda.

—Señor Olavide, se ha dicho que la base afectiva y moral de la obra de Christian Sanz fue su hermana y su madre. También se comenta que ella permitirá la publicación del epistolario que usted mantuvo con él. ¿Qué puede decirnos al respecto?

—Puedo decir, ante todo, que ese epistolario no es un conjunto de cartas circunstanciales. No se trata de confidencias triviales ni de intercambio de chismes. Es un epistolario deliberadamente literario, escrito con plena conciencia de forma. Christian escribía cartas como quien escribe capítulos de un libro: con estructura, con tono, con una voluntad de permanencia.

Desde el principio mantuvimos un trato respetuoso, casi ceremonioso. Nos tratábamos de usted. Él tenía un profundo sentido de la autoridad intelectual y respetaba mis estudios, mi formación, quizá porque, pese a haber cursado dos carreras universitarias, en el fondo fue siempre un autodidacto riguroso, de los que se forman a solas y sin tutela.

—¿Esa distancia se mantuvo siempre?

—No. Con el paso de los años, el trato se suavizó. Pasamos al tuteo, y con ello llegaron algunas confesiones personales. Me habló de Marta, a la que consideraba el gran amor de su vida, casi el único. Yo no estoy seguro de que eso sea del todo cierto, pero así lo vivió él, y eso es lo que importa desde el punto de vista literario y humano.

—¿Aparece también en esas cartas su visión de la vida literaria española?

—Muy claramente. Y ahí es donde surgen mis dudas respecto a la publicación íntegra. Christian tenía ideas muy idiosincrásicas, muy personales, a veces incómodas. En público procuraba mantener una imagen de caballero: algo medieval, algo victoriano, un quedabién en el mejor sentido del término. Pero en privado aparecía otro rostro: un lado outsider, casi punk, profundamente libre.

Sus juicios sobre colegas eran a menudo demoledores. No gratuitos, pero sí severos. Poseía una lucidez crítica poco frecuente y una capacidad notable para detectar imposturas. El problema es que, cuando pasamos al tuteo, ese juicio se volvió a veces hiriente. Y no estoy seguro de que todo deba quedar fijado negro sobre blanco.

—Sin embargo, desde el punto de vista histórico y literario, ese material parece valioso.

—Lo es. Sus comentarios sobre autores y libros son extraordinariamente jugosos. Tenía muy clara su posición en la historia de la literatura y, en particular, en la tradición diarística española. Sabía exactamente dónde se situaba, a quién debía y a quién no. Esa conciencia de lugar es rara y, cuando existe, suele resultar incómoda para el entorno.

—Permítame cambiar de asunto. En ciertos sectores conspirativos de las redes sociales se ha afirmado que Christian fue espía: para servicios israelíes, franceses, e incluso que lo llegó a espiar el propio CNI. ¿Hay algo de verdad en todo esto?

—Christian me habló de ello. Y con un grado de detalle que no era improvisado. Tengo entre ocho y nueve cartas en las que explica esos episodios con minuciosidad, incluso acompañadas de algunos documentos anexos. Pero hay dos cosas que debo decir con claridad.

La primera: Christian presentaba rasgos paranoides. Una suspicacia persistente, que en ocasiones exageró conscientemente. Sabía dramatizar su propia biografía, y no siempre de forma inocente.

La segunda: sería un error pensar que su vida fue tan plana como parecía. Bajo la apariencia de bibliotecario metódico y retirado, hubo más desplazamientos, más episodios oscuros y más aventuras de las que muchos estarían dispuestos a creer. No todo fue fantasía, pero tampoco todo fue exactamente como él lo narraba.

—Entonces, ¿cree usted que ese mito del espía forma parte de la construcción literaria de sí mismo?

—En gran medida, sí. Christian entendía la vida como una prolongación de la escritura. Sabía que toda biografía es, en parte, una ficción bien administrada. Lo peligroso no es fabular, sino creerse por completo la fábula. Él jugó con ese límite, a veces con demasiada audacia.

—Profesor Olavide, en sus estudios ha insistido usted mucho en la confusión —o, si se prefiere, en la complejidad— de las influencias políticas de Christian. ¿A qué se refiere exactamente?

—A una cosa muy simple, y al mismo tiempo muy incómoda para los clasificadores: Christian leyó sin obedecer. Leyó a autores que no forman un sistema, sino una constelación problemática. Leyó a Pound, leyó a Pessoa, leyó a otros espíritus igualmente tensos y contradictorios, y esas lecturas no le dieron una teoría política coherente, sino una sensibilidad política desgarrada. Eso aflige a algunos y desorienta a muchos, porque no hay ahí un programa, sino una temperatura.

—¿Y sus famosas invectivas, sus ataques nominales?

—Ah, eso. Conviene aclararlo con serenidad. Christian mismo me confesó —en cartas posteriores, muy claras y muy severas consigo mismo— que aquello no fue nunca una búsqueda científica, ni una indagación razonable del argumento. Fue una estrategia retórica. Una exageración deliberada. Hipérbole, si se quiere. Un procedimiento sofístico, consciente, para sacudir a la burguesía lectora, para impedirle la indiferencia cómoda.

—Sin embargo, con el tiempo se arrepintió.

—Profundamente. Llegó a decirme, con una lucidez casi dolorosa, que jamás debió poner nombres y apellidos en negro sobre blanco, ni siquiera de escritores menores, de esa infraliteratura que tanto le irritaba. Lo consideraba, retrospectivamente, una falta de decoro, de caballerosidad intelectual. Nombrar es ya conferir existencia; y Christian comprendió tarde que el silencio puede ser una forma más alta de desprecio.

—Se le ha acusado, en cambio, de haber escrito desde la comodidad material.

—Y es una acusación trivial. Es cierto: nació en una familia muy rica. Las investigaciones biográficas han mostrado incluso dos grandes descalabros económicos familiares, seguidos de reconstrucciones rápidas y eficaces. Christian fue, en efecto, un rentista. Pero eso no explica nada. Lo decisivo es que fue un trabajador obsesivo. Para él, no leer o no escribir era una forma de ultraje. Sentía literalmente que perdía el tiempo, que lo arrojaba por la borda. Nunca se permitió el relax, el abandono, el ocio entendido como distracción. Su otium fue siempre un otium disciplinado.

—¿Ni siquiera descansaba?

—No en el sentido corriente. Cambiaba de instrumento. Cuando no escribía, leía; cuando no leía, escuchaba música. Y aquí conviene decir algo importante.

—Adelante.

—La música fue su segunda gran pasión. Pero no cualquier música. Casi siempre música clásica, o lo que él llamaba —con una expresión muy suya— música humanista. Música tocada por el fuego de Dios, por una presencia real. No como evasión, sino como confirmación metafísica. La música no lo relajaba: lo ajustaba.

—Profesor, antes de terminar, permítame una última pregunta, quizá más personal. ¿Cómo era Christian en el trato cotidiano?

—Extraordinariamente correcto. Más bien antiguo. Educado sin rigidez, cortés sin servilismo. Podía ser irónico, incluso cruel en la página, pero en la vida real practicaba una forma de urbanidad casi extinguida. Y eso explica muchas cosas de su obra: el exceso verbal convivía con una ética de las formas. No soportaba la vulgaridad, ni siquiera cuando la utilizaba como arma literaria.

—¿Diría usted que hay algo que no se ha entendido todavía de él?

—Sí. Que su severidad no era resentimiento, sino exigencia. Y que su intransigencia consigo mismo fue siempre mayor que la que mostró hacia los demás. Eso, por desgracia, no suele figurar en los expedientes críticos.

—Para terminar, ¿cree que la publicación del epistolario será beneficiosa para su legado?

—Dependerá del criterio editorial. Si se publica con inteligencia, con aparato crítico y con supresiones prudentes, puede convertirse en uno de los documentos más reveladores de su obra. Si se publica sin filtro, como mera carnaza, traicionaría su espíritu.

Christian no escribía para ser absuelto, sino para ser comprendido. Esa debería ser la única guía.

—¿Qué quedará de él?

—Quedará una obra que no envejece bien con la prisa, pero sí con la relectura. Y quedará la impresión de una mente que se tomó en serio la dignidad del pensamiento. Eso, créame, es ya una forma de victoria.

—Para terminar, ¿cómo le gustaría que se le leyera?

—En silencio. Sin expectativas. Como se leen los libros que no piden nada, pero lo exigen todo.

Tu quoque 91

«La delicadeza del gusto consiste en esa facultad que nos permite distinguir, en una composición, lo más tenue y lo más refinado. Donde el sentido común solo percibe una impresión confusa, el gusto delicado reconoce cualidades distintas, jerarquiza placeres y rechaza lo que es burdo sin necesidad de violencia. Esta delicadeza no se adquiere por naturaleza únicamente, sino por ejercicio, comparación frecuente y una atención sostenida a los mejores modelos. Quien carece de ella no es culpable, pero quien la desprecia, sí», David Hume.

Joseph Addison: «El verdadero gusto no consiste en una admiración ruidosa, sino en un placer tranquilo. No se complace en la sorpresa perpetua ni en el artificio evidente, sino en aquella belleza que se descubre lentamente y recompensa la atención sostenida».

Marcel Proust :«El gusto no se transmite como una opinión, sino como una sensibilidad. No se enseña; se contagia por convivencia prolongada con ciertas obras, ciertos gestos, ciertas formas de atención. Allí donde el mal gusto simplifica, el buen gusto complica sin confundir».

Para mí el gusto es una vigilancia contra la estridencia, contra la grosería, contra la traición del lenguaje. No me hace feliz, pero me mantiene digno. Y eso —aunque no cotice— es una forma alta de justicia. Por lo que me conozco, lo justo en el gusto para mí no es el equilibrio neutro ni la moderación tibia, sino algo más exigente y raro: gusto como contención, no como pobreza, gusto como forma, no como ornamento, gusto como distancia, gusto como lealtad a una minoría invisible.

Lo que detesto no es la intensidad, sino la ostentación de la intensidad. Para mí, lo vulgar no es lo popular ni lo sencillo: es lo mal formulado, lo torpe en el decir, lo que no ha pasado por el filtro de la conciencia formal. La barbarie no es la falta de libros, sino la falta de formas (esto lo he dicho muchas veces) Me incomoda lo inmediato, lo chillón, lo sentimental sin mediación. Necesito un pequeño espacio entre la emoción y su expresión. Ese espacio es, para mí, civilización. No escribo ni pienso para el pueblo, sino para un lector hipotético, exigente, silencioso, que sepa leer entre líneas. El gusto, para mí, no es democrático; es hospitalario con los happy few.

Tu quoque 90

Blake describió visiones continuas durante toda su vida, muchas de ellas luminosas: “Desde la infancia he visto un mundo que otros no ven. Los árboles se llenan de seres, el aire se puebla de formas humanas, y la luz no es la luz común, sino una sustancia viva. No me asustan esas visiones: me instruyen”. Hildegard von Binge, en sus textos visionarios, describe experiencias que hoy se considerarían alucinatorias: “Vi una claridad tan intensa que no hería los ojos. En ella aparecían construcciones de perfecta simetría, sonidos que no eran de este mundo, y una música que no procedía de instrumentos, sino del orden mismo de las cosas”. Fiódor Dostoyevski, en relación con sus auras extáticas previas a crisis neurológicas: “Durante algunos segundos experimento una felicidad tan completa que no la cambiaría por toda la vida. Todo adquiere sentido, armonía y belleza. Luego sobreviene el abismo”. Oliver Sacks en «Hallucinations», recoge múltiples casos clínicos: “Muchos pacientes no solo ven figuras, sino paisajes de extraordinaria belleza: ciudades imposibles, catedrales luminosas, coros invisibles. No desean que desaparezcan; desean comprenderlas”.

La neuropsiquiatría ha observado que algunas alucinaciones activan regiones vinculadas a la música, el lenguaje elevado, la trascendencia simbólica, v la experiencia “numinosa”. En ciertas crisis, el cerebro pierde filtros inhibitorios, pero no solo los del miedo; también los que regulan la imaginación, la memoria estética y el lenguaje poético. El cerebro no improvisa desde la nada; recombina materiales culturales profundamente interiorizados. Por eso, eventualmente, no oigo voces vulgares y agresivas, sino coros, misas en latín, pájaros que hablan lenguas antiguas, una mujer que recita poesía.Son formas culturalmente máximas de belleza. O bien veo arquitecturas ideales bañadas en una luz tranquila, escenas infantiles navideñas y cielos sacros.

Tu quoque 89

Oigo voces que no proceden de ninguna boca, sino de mi locura. A veces hablan con autoridad, a veces con burla e insultos crueles. Me conminan a matarme, a echarme aceite hirviendo encima, me persuaden que las ratas imaginarias que veo son reales y que se lanzarán al cuello y me morderán. No puedo distinguir si soy yo quien las piensa o si me atraviesan desde fuera. El mundo pierde su continuidad: los objetos se separan, los sonidos se adelantan a las formas.

No pienso: me hablan. Me hablan dentro del cráneo, con una violencia que arde. No son metáforas. Son órdenes, injurias, acusaciones, calumnias, denegaciones e improperios. El cuerpo se convierte en escenario para ese teatro maligno.

Rara vez son voces de ángeles posados en los árboles, voces luminosas. Lo más común es la increpacion, la denigracion y el asalto a la paz cotidiana.Todo habla a la vez, y ya no puedes discernir qué pertenece al mundo y qué a tu espíritu. Hay días en los que el cielo grita y escupe baba.

A veces las voces no cesan durante horas. Comentan cada movimiento, cada pensamiento, cada paseo de ratón, incluso los más insignificantes. No dialogan: fiscalizan. Corrigen. Afirman conocer el mecanismo de tu alma mejor que tú. Hablan con un tono mecánico, sin afecto, como funcionarios sádicos. Lo peor no es solo el insulto, sino su persistencia.

Es una tortura que ya dura décadas.

Tu quoque 88

La rata no es un error de la evolución, sino uno de sus mayores éxitos. Ha aprendido a vivir con nosotros, a leer nuestros desperdicios, a prosperar en nuestras ruinas. Mientras el hombre construye sistemas que se derrumban, la rata adapta su dentadura, su comportamiento y su miedo. No necesita ideales: le basta con el mundo tal como es.

Las ratas surgen primero en los lugares donde nadie mira: sótanos húmedos, alcantarillas, patios interiores. No aparecen con estrépito, sino con una torpeza terminal, como si el mundo las hubiese expulsado a la superficie. Caminan unos metros, se detienen, parecen escuchar algo que los hombres no oyen, y finalmente aparecen, con una quietud repugnante.

Aparecen en mis alucinaciones visuales, criaturas intocables, innumerables, intolerables; nacen del subsuelo, del miedo, de lo que el hombre quiere evitar y no quiere ver. Se adaptan al desplome y basura del mundo. Si vuelve la luz, se repliegan. No ceso de ver ratas. Las ratas anuncian mi caída y súbita pudrición.

Tu quoque 87

La universidad fue para mí menos un lugar de pertenencia, camaradería y pandillaje, que un espacio de ostracismo. No aprendí allí a integrarme. Mientras otros adquirían hábitos sociales, yo adquiría manías intelectuales. No hice amigos duraderos ni ocasionales; hice lecturas duraderas. Y con el tiempo comprendí que eso, aunque empobrece la vida inmediata, enriquece la vida reflexiva de un modo intenso.

Nunca me sentí plenamente parte de la universidad. Asistía a clases como quien entra en una biblioteca ajena. Escuchaba con respeto, pero sin fervor gregario. Aprendí más en los anaqueles que en las aulas, y más conversando con autores muertos que con compañeros vivos. Tal vez por eso la universidad no fue para mí un hogar.

Parece un símbolo el hecho de que siempre esté solo. Estudié Ciencias y Letras, de modo mediocre lo primero y excelente lo segundo. «El solitario no busca compañía: huye de la mala compañía. Regresa siempre a su cueva porque sabe que su palabra no ha sido hecha para el mercado”, Nietzsche.

Mi soledad no consiste en no tener con quién hablar, sino en no poder hablar de aquello que me resulta esencial. Lo que para mí es vida, para los otros es una rareza incómoda. Así se crea una distancia que nadie ha querido, pero que nadie puede suprimir.

Hay hombres que llevan una señal invisible. No los acusa de ningún crimen concreto, pero los separa. Allí donde van, se percibe que no pertenecen. Esa señal no se borra con gestos ni con afectos: es anterior a todo. Es la marca de Caín.

Tu quoque 86

«Desde ese lugar —que no es superioridad, sino decantación— miro ahora la trayectoria de Christian S., y no lo hago con benevolencia senil ni con indulgencia amistosa, sino con reconocimiento. Porque reconozco en él los mismos mimbres: la negativa a permitirse pensamientos confusos, la resistencia al pensamiento fácil, la desconfianza hacia la vulgaridad intelectual incluso cuando se disfraza de brillantez.

Christian se permitió a veces el barroco —es cierto—, pero nunca la confusión. Y esa diferencia es capital. Su exceso no fue negligencia, sino riesgo; su densidad, elección; su tono, aun cuando se tensaba, jamás descendió a la grosería. En él, como en pocos, la cultura no fue ornamento ni coartada, sino forma de trato: con los textos, con la tradición, consigo mismo.

He conocido a muchos lectores, a no pocos eruditos, a algunos inteligentes. Rara vez he conocido a quienes entendieran que la educación del espíritu consiste menos en una cabeza repleta de perversiones ingeniosas que en una inteligencia habitada por cosas dignas. Christian pertenece a esa estirpe infrecuente. No buscó nunca el aplauso inmediato ni la comodidad del consenso; eligió la dificultad, la exactitud, el respeto al lector como a un igual.

Desde la altura que da el haber vivido —y no simplemente acumulado tiempo— puedo decirlo sin énfasis: hay vidas que honran la cultura porque la encarnan. No la proclaman, no la exhiben, no la convierten en identidad ruidosa. La practican. En ese sentido estricto, casi antiguo, Christian S. ha sido siempre un hombre civilizado.

Y eso, en cualquier época, pero especialmente en esta, no es poco», Arturo de Olavide, «Notas sobre cultura y forma «, Editorial Síntesis, 2024.