Tu quoque 85

Durante mucho tiempo creí que mi vida había sido una sucesión de fracasos y extravíos. Solo más tarde entendí que cada uno de ellos me había obligado a profundizar. No tuve una vida fácil, pero tuve una vida consciente. Y eso, al final, pesa más. No cambiaría mis tragedias por una existencia más ligera, porque en ellas se forjó mi carácter.

Sufrí, sí, pero leí a Tácito, Montaigne, Quevedo, Cantor, Galdós, y amé y fui amado por una mujer. No deseo otra vida, me jacto de tener la vida que tuve, no por orgullo narcisista, sino por identidad asumida. Si volviera a vivir, volvería a vivir mi vida tal cual fue. Incluso con los innumerables olvidos intelectuales; más importante que recordar lo leído es haberlo leído.

No bendigo mis noches peores, pero tampoco las rechazo. Son mías. No cambiaría mi fragilidad por una fuerza que me hubiera vuelto insensible. Prefiero una vida dañada que una vida distraída. No bendigo mis lagunas librescas, pero la lectura modela, y actúa aunque no se recuerde. «He sido ciego, he sido torpe, he sido lento para la vida práctica, pero no cambiaría mis limitaciones por otra biografía. Gracias a ellas leí, pensé, imaginé. La vida no me dio lo que quise, pero me dio lo que pude ser. Y eso basta», Borges.

Tu quoque 84

Durante mucho tiempo creí que mi vida había sido una sucesión de fracasos y extravíos. Solo más tarde entendí que cada uno de ellos me había obligado a profundizar. No tuve una vida fácil, pero tuve una vida consciente. Y eso, al final, pesa más. No cambiaría mis tragedias por una existencia más ligera, porque en ellas se forjó mi carácter.

Sufrí, sí, pero leí a Tácito, Montaigne, Quevedo, Cantor, Galdós, y amé y fui amado por una mujer. No deseo otra vida, me jacto de tener la vida que tuve, no por orgullo narcisista, sino por identidad asumida. Si volviera a vivir, volvería a vivir mi vida tal cual fue. Incluso con los innumerables olvidos intelectuales; más importante que recordar lo leído es haberlo leído.

No bendigo mis noches peores, pero tampoco las rechazo. Son mías. No cambiaría mi fragilidad por una fuerza que me hubiera vuelto insensible. Prefiero una vida dañada que una vida distraída. No bendigo mis lagunas librescas, pero la lectura modela, y actúa aunque no se recuerde. «He sido ciego, he sido torpe, he sido lento para la vida práctica, pero no cambiaría mis limitaciones por otra biografía. Gracias a ellas leí, pensé, imaginé. La vida no me dio lo que quise, pero me dio lo que pude ser. Y eso basta», Borges.

Tu quoque 83

Lo único que deseo es querer y ser querido. Más que alguien que no encaja, soy alguien que ya no acepta fingir que encaja. Eso es distinto. Nunca pertenecí a nada porque pertenecer exige una cesión que no supe hacer. No es que me negara al mundo: el mundo me resultó siempre excesivamente exterior. Viví rodeado de gente, pero solo en el sentido en que un extranjero vive rodeado de una lengua que no es la suya. Con los años comprendí que no estaba destinado a la convivencia, sino a la observación, y que mi destino no era compartir la vida, sino escribirla desde un margen inevitable. No me dolía la soledad; me dolía la imposibilidad de traducirme a los otros sin traicionarme.

Por otra parte, llegué a una edad en la que uno ya no espera ser aceptado. Ese fue mi alivio. El outsider verdadero no es el joven que se rebela, sino el hombre maduro que ya no mendiga un lugar. Se habita entonces una zona neutra: se comprende demasiado para participar y se participa demasiado poco para pertenecer. No hay orgullo en ello, solo una lucidez fatigada. La soledad deja de ser un drama y se convierte en un hecho.

Siempre supe que no estaba hecho para los caminos comunes. No por superioridad, sino por una sensibilidad excesiva que me volvía incompatible con la prisa, con la charla banal, con la vida gregaria. En la madurez entendí que ese desajuste no se corrige: se acepta. El hombre que profundiza demasiado termina viviendo en un mundo interior que los demás no visitan. No es culpa de nadie. Es simplemente otra forma de estar vivo.

La cultura profunda no crea mayorías; crea islas cada vez más pequeñas. El intelectual maduro vive rodeado de voces muertas que le hablan con más claridad que los vivos. Esa es su condena y su privilegio. Se vuelve extranjero en su tiempo, no por desprecio, sino por desfase. Aceptar ese exilio interior es el precio de no traicionarse.

Tu quoque 82

Las fiestas colectivas tienen algo obsceno cuando se las contempla en soledad. Mi hermana y sus amigos se han ido de fiesta. Pongo la humillante televisión: risas programadas, júbilo obligatorio, música asquerosa, estupidez amplificada. Encender la televisión fue un error, como todos los errores que uno comete de noche. Gente gritando, música idiota, una felicidad impostada hasta la náusea. El alcohol no ayuda; solo hace más visible el asco. En esas horas uno comprende que la fiesta es una forma organizada de la mayúscula imbecilidad. La Nochevieja es una ceremonia cruel para los solitarios. La televisión muestra cuerpos que fingen alegría, canciones bobas que nadie escucha, una sexualidad de supermercado y una felicidad de saldo. El individuo aislado bebe, no para celebrar, sino para soportar el espectáculo de una humanidad que se divierte sin él.

Ojalá estuviera en mi aldea leyendo o durmiendo.

Tu quoque 81

No tengo píos deseos para el nuevo año. Me bastaría con conservar la lucidez, vivir con los ojos abiertos, no volverme imbécil y no traicionar aquello que considero digno. Una disposición de ánimo para soportar lo que venga (enfermedad, decadencia) sin degradarme. Honestidad, cultura, un mundo, no el mejor de los posibles, sino uno máximamente óptimo, o mínimamente desastroso, y resistir, curiosidad, y horas de calma, y seguir leyendo, seguir escribiendo, seguir asombrándome, que quien amo esté a salvo, en resumen, un mundo menos horrible y una vida menos dañada.

Tu quoque 80

¡Cuántos finales de año pasé en manicomios! En Navidad, el hospital estaba decorado con una alegría que resultaba obscena. Guirnaldas de papel, figuras de cartón, una falsa jovialidad colgada de las paredes blancas. Mientras en el mundo la gente se reunía en torno a mesas calientes, yo estaba sentado en una sala común, impactantemente silenciosa, con hombres y mujeres que no sabían en qué día vivían. Estas fechas me recordaban lo perdido, la crueldad de mi vida. Los villancicos, forzados, sonaban como en una lengua extranjera. Las familias iban poco o nada.

Hoy cenaré con mi hermana, mi sobrina Clara y unos amigos. No es un gesto menor. No cancela el pasado, no repara el daño, no cura automáticamente el miedo, pero desmiente la condena.

Viviré la sensación de estar protegido por una conversación que no exige brillantez, solo camaradería. En esas noches comprendo que la felicidad no es intensidad, sino continuidad compartida. Una fiesta sencilla, sin aspavientos. En ese desorden afectuoso encontraré como una especie de paz. Bienvenida.

Tu quoque 79

No escribo para hacer literatura. Escribo para descerrajarme, para sajar el absceso in vivo.

Escribo para decir las verdades humillantes (defecciones, defecaciones, ratas, manicomios),

aunque eso sea vergonzoso y acabe con mi poca reputación. Pago feliz ese precio. El exceso es mi distancia.

La asombrosa IA es un suicidio diferido. No hay algoritmos para las cicatrices, la lefa y el pus. La combustión y la herida «verdaderas» no se pueden simular mediante un software sofisticado. El yo profundo no se imita; se sufre. El espíritu es un «follet» travieso que descoloca las cosas, y no le importa herir, zigzaguear, sorprender, extrañar (en el sentido de la «ostranenie» de los formalistas rusos)

Sin duda que la IA sobresale en análisis gramalógicos, diagramáticos, casi topológicos. Y es útil, sobre todo en el ensayo, el tratado, el texto reflexivo que quiere convencer o argumentar. Todos los problemas humanos complejos pueden resolverse mediante algoritmos, datos y plataformas, se afirma. Esta creencia no solo es falsa: es peligrosa y empobrecedora. «La inteligencia artificial no es inteligente. Es una ilusión producida por el uso masivo de trabajo humano previamente extraído, etiquetado y ocultado. Llamarla inteligencia es una metáfora peligrosa que degrada la dignidad humana», Jaron Lanier.

Pero la literatura —la de verdad— no siempre quiere convencer; a menudo lo que quiere es romper el hielo de lombrices de nuestro mar interior.

Tu quoque 78

Las cuatro de la mañana, la hora más dura del día . Existen personas que envejecen durante su vida, no por haberla vivido poco, sino por haberla vivido demasiado adentro. El exceso de dolor que advierto -ese dolor redundante, improductivo- no es una prueba de fracaso, sino de exposición prolongada sin refugios. No todo dolor enseña; algunos solo desgastan.

La soledad no es una batalla, es un campo electrificado. La soledad devora el placer. Triunfa cuando estás exhausto; si renaces, se agazapa para volver a atacar. La soledad es dolor y vida aguada, química de insectos.

Nadie resiste bien el pensamiento , la vida, si no le sustenta una voz, una presencia, una figura .Incluso las mentes más fuertes se vuelven precarias en aislamiento. No porque estén rotas, sino porque no están acompañadas. No es bueno que el hombre esté solo.

Soledad gemela de la muerte. Sin la muerte, la vida sería un borrador interminable, una frase que nunca llega a cerrarse. Sin el boquete de la soledad nunca le tendríamos miedo. Es morboso creer que nacemos libres e iguales. El gusano prepara su sándwich frío con nuestro cuerpo. Para devorar millones de moléculas de vacío.

Tu quoque 77

«En el primer día del año, el hombre jura moderación; en el segundo, la olvida; en el tercero, la explica; y en el cuarto, la justifica. Así progresa la humanidad: con propósitos solemnes y memoria corta», Jonathan Swift.

«El año nuevo es una institución anual para que los hombres se engañen mutuamente con propósitos que no cumplirán. La experiencia demuestra que el calendario mejora puntualmente, mientras la conducta lo hace de manera irregular», Mark Twain.

«Año Nuevo: período de tiempo que sirve para formular promesas imposibles, justificar borracheras previsibles y aplazar indefinidamente el ejercicio del sentido común», Ambrose Bierce.

«El hombre se desea un feliz año nuevo como se desea buena suerte al lanzar los dados: con la secreta intención de no modificar ni el brazo ni la mesa», Lichtenberg.

Tu quoque 76

Cuanto más cerca siento el final, más clara se vuelve la pregunta: ¿he dicho lo esencial o me he distraído con fuegos de artificio? Todo lo que no responde a esta pregunta me resulta ahora insoportable. La literatura ya no es ornamento: es testamento. Escribo mucho. Es la hora de las meditaciones últimas. Todo lo que no escriba ahora no será escrito nunca. El presentimiento del fin purifica la frase; lo innecesario se vuelve obsceno, lo superfluo se cae solo, como una cáscara. Me queda -acaso- una voz más desnuda, y por eso quizás más verdadera.

No queda mucho que decir. Todos mis libros fueron rodeos o tanteos a unas pocas ideas simples. A veces creo que no envilecí mi vida.