LA VIDA
A Martha Cots
Ya es hora de meditar la vida,
en esta última vuelta del invierno cálido.
La atravesé guiado por diferentes estrellas,
entre corales sarmentosos y avecillas
con claros ojos de rumor de ramas.
Me acuchilló la mano tibia de Martha,
besos de hondísimo misterio,
fresca gruta donde macera el vino.
Es hora -«l’ horabaixa»- de meditar la vida.
Escribí, leí, estudié, pero, sobre todo,
viví un amor, hecho de ondinas y
gravitación de astros. Busco, con ahínco,
que eso que amé no se pierda. Y, al final,
cuando venga la oscuridad ingrata, busco
que explote como una súpernova del corazón.
Autor: christiansanz71
Tu quoque 54
VARIACIONES A UN FAMOSO POEMA
Maravillas de la ciudad, avenidas
y bulevares, semáforos color malva
y pedernal, terrazas y cemento de delfines,
entre asfaltos una transeúnte se esfuerza
por alcanzar las pomas más doradas,
blancura en las sienes, zaguanes
y patios escondidos. Después,
el restaurante de mariscos caros,
y los ojos ardiendo como faros.
Tu quoque 53
Al gran público, incluidas las clases trabajadoras, les gusta el capitalismo. No les interesa demasiado liberar su imaginación. En vez de abarrotar galerías de arte y recitales de poesía, siguen teniendo una afición malsana por los deportes, la televisión, las redes y las bebidas alcohólicas.
No necesitan satisfacer necesidades «profundas», desean solo adquirir productos de consumo.
Tu quoque 52

Viajar. Saber de diversidad de vidas, opiniones, usos y costumbres. El viaje, que lima cosmovisiones estrechas. Nada despoja tanto al hombre de su vanidad como verse extranjero, torpe, extraño y desorientado ¿Enfrentarse a la vastedad errante? No hay poco de poesía y conocimiento en ello. La quietud prolongada enferma.
Pero, el viaje, ¿alivia el vacío o lo traslada? Quizá viajar sea cosa buena hasta los treinta o, como mucho, los cuarenta años, cuando hombres y mujeres estamos formando nuestro carácter y abriéndonos a experiencias siempre enriquecedoras.
Pero, después de esa edad, lo preferible es quedarse en casa, en el pueblo o en la ciudad, a lo más, dentro del condado. Mencionemos como autoridad al infinito Flaubert: «Viajar vuelve estúpido. Uno cree que va a ensanchar su espíritu, y lo único que hace es acumular impresiones confusas. Las cosas vistas demasiado deprisa no dejan sedimento. Prefiero leer un buen libro en mi habitación que atravesar medio mundo para confirmar que los hombres son igualmente ridículos en todas partes».
Más que descubrir nuevos paisajes, debiéramos cambiar de ojos allá donde vayamos. A mí los libros me han dado más países que los trenes, los aviones, los barcos o los coches. Y no me arrepiento.
Y, sin embargo, yo mismo viajo ya con mi sentencia escrita. Mañana voy a la industriosa y nerviosa Barcelona -poco dada a la autocontemplación. Ciudad de cálculo y mediocridad como norma. Tiranía burguesa sin épica, sin sangre, al baño maría. Y desear lo edificante y cómodo, el dinero (precios carísimos, hoteles inasumibles), evitar la savia hirviente del espíritu.
Una Barcelona tranquila, de aburrida TV3.
Colas de acémilas en el MACBA.
Tu quoque 51

«Publicar demasiado pronto es una forma de traición a uno mismo. El escritor joven quiere existir para los otros antes de existir para su obra. La vida literaria, los círculos, las lecturas públicas, todo eso distrae de lo esencial: sentarse solo ante la propia insuficiencia. Escribir es una forma de oración. Y nadie ora para ser visto», Kafka.
«El joven escritor suele creer que tiene algo importante que decir. Grave error. Lo único verdaderamente importante es cómo lo dice. La fama es una enfermedad cutánea: superficial, visible y sin relación con los órganos vitales del arte. La literatura no nace del deseo de comunicar, sino del placer de construir», Nabokov.
«Quien entra en la literatura esperando gloria inmediata se expone a una larga humillación. El aplauso rara vez coincide con el mérito, y el mérito rara vez coincide con la juventud. La paciencia es el primer deber del escritor, y también el más difícil», Samuel Johnson.
«La juventud literaria suele ser pedante, impaciente y presuntuosa. Cree que el talento es una credencial suficiente y que el mundo le debe atención. Se habla mucho de vocación, pero poco de resistencia. La literatura no es una escalera para subir, sino un camino para desgastarse. El que entra esperando recompensas se amarga pronto. En España hay demasiados jóvenes que quieren ser escritores y muy pocos dispuestos a vivir como tales», Baroja.
«El joven escritor quiere vivir de escribir antes de saber escribir. Quiere que la literatura le alimente cuando aún no la ha alimentado él. El peligro no está en la pobreza, sino en el cálculo. Cuando se escribe pensando en el efecto, en el público o en la crítica, la literatura se vuelve un truco. El verdadero escritor es siempre un poco amateur, incluso cuando triunfa», Ramón Gómez de la Serna.
«Publicar joven no es una virtud. Lo es haber leído mucho, haber vivido algo y haber aprendido a callar. Muchos escritores jóvenes escriben como si temieran desaparecer si no publican. No saben que desaparecer un tiempo es una forma de preparación», Javier Marías.
«La manía de querer llegar es lo que pierde a los jóvenes. Quieren producir antes de haber madurado, publicar antes de haber sufrido, triunfar antes de haber trabajado. El arte no es una carrera, ni un oficio para ganar dinero, ni un trampolín social. Es una religión. Hay que servirlo con humildad, sin pensar jamás en el éxito, que es siempre una estupidez retrospectiva. El dinero y la gloria son enemigos mortales del estilo. En cuanto uno escribe pensando en ellos, la frase se afloja, el pensamiento se prostituye y la literatura se vuelve periodismo del alma», Flaubert.
«La juventud ama el gesto visible del genio: el hallazgo, la ocurrencia, la frase brillante. Ignora que la verdadera inteligencia literaria se forma en lo que no se ve: en la corrección interminable, en la supresión cruel, en la paciencia casi humillante de volver atrás. Publicar demasiado pronto equivale a fijar una torpeza. Es una forma de inmortalizar lo que todavía debía morir», Luis Sanz Leví.
«Muchos jóvenes escriben como quien declara una guerra sin ejército. Confunden la exaltación con la fuerza y la agresividad con la profundidad. Pero la escritura no es un grito: es una larga disciplina del oído. Antes de aprender a decir “yo”, habría que aprender a soportar el silencio que lo rodea», Noemí Chaudarcas.
Tu quoque 50

Libros de tapas gastadas, con errores tipográficos y con ese olor peculiar que solo tienen los libros viejos (ese olor escarlata del papel envejecido) El tacto de un volumen antiguo (los scriptoria monásticos en diembre con la tinta helada), la aspereza de su papel, su peso, sus márgenes, la textura física como la mejor de las mitomanías (Martha, abandonada, esa mano, y caído de ella, ese libro querido…)
Elias Canetti, «La lengua absuelta», Muchnik, p.228: «Los libros fueron para mí seres vivos antes de que lo fueran las personas. Su peso, su formato, la manera en que se abrían o se resistían a abrirse, todo eso constituía un lenguaje previo a las palabras. En las librerías experimentaba una excitación física: no sabía qué libro tomar primero, sentía que cada uno exigía ser tocado. Aún hoy no puedo entrar en una biblioteca sin experimentar una especie de temblor; es la presencia concentrada de la mente humana».
Tu quoque 49

«Ningún hombre puede formarse solo. El entendimiento necesita oposición amistosa tanto como apoyo. El amigo no es quien siempre concede, sino quien se atreve a corregir. He encontrado en la amistad una escuela más eficaz que cualquier universidad: allí se aprende a pensar con exactitud, a desconfiar de la vanidad propia y a soportar la censura sin resentimiento. Un amigo honesto es un espejo que no halaga. La conversación sostenida durante años con un espíritu afín pule el estilo, refrena el exceso, y enseña a escribir no para el aplauso inmediato, sino para la aprobación duradera de una conciencia cultivada.», Samuel Johnson.
«No puedo imaginar mi trabajo sin la amistad. En los momentos de desaliento, fue la presencia de un amigo lo que devolvió sentido a la labor intelectual. La amistad no es distracción del trabajo: es su respiración. Schiller me dio aquello que ningún método puede ofrecer: la certeza de que una mente vigilante seguía mis esfuerzos, y que cada página escrita tenía un lector digno incluso antes de existir. Esa expectativa silenciosa fue una forma de responsabilidad creadora. Cuando dos hombres se reconocen mutuamente en la seriedad de su tarea, la amistad se vuelve productiva: no solo consuela, sino que engendra forma.», Goethe.
«La amistad es la única relación humana que no exige que uno se explique sin cesar. Con algunos amigos se puede hablar del arte con la misma naturalidad con la que otros hablan del tiempo. He necesitado de la amistad para no odiar al mundo. Sin ella, la estupidez ambiente me habría vuelto cínico o cruel. Gracias a ciertos interlocutores fieles, pude seguir creyendo que la inteligencia no era una excentricidad inútil. Un amigo verdadero no acelera el trabajo, pero lo justifica. Escribir sabiendo que alguien comprenderá el esfuerzo invisible es una de las pocas razones nobles para perseverar.», Flaubert.
Tu quoque 48

El dinero es la forma más grosera de reconocimiento, pero sin él no se puede ni siquiera conservar la dignidad necesaria para trabajar como escritor. Balzac lo dijo casi así.
La pobreza no ennoblece; estropea el arte. Yo soy un rentista pobre; si soy rico, lo soy de un modo especial: no debo un duro a nadie.
Escribir por dinero no es una degradación; escribir mal a propósito para ganarlo, lo es. Pocos escritores viven en España de su pluma. Yo, mero outsider, observo en ese cogollito unas reglas de juego o vasallajes penosos y perfectamente normales; saber a quién alabar y a quién no, a quién hacer la pelota y con quién meterse, a quién premiar y a quién ningunear.
Si tienes dinero, ello te permite escribir; pero tener dinero no te enseña a escribir. Virginia Woolf lo rebaja a cifras, con una frialdad admirable: «Un escritor necesita quinientas libras al año y una habitación propia. No para comprar la inspiración, sino para alejar la humillación. La pobreza constante no agudiza el genio: lo fatiga, lo humilla, lo dispersa. La libertad intelectual depende de cosas materiales».
Escribir exige energía y la pobreza la consume. Borges reduce el caso del dinero a mero accidente: «Nunca he escrito para ganar dinero. Tampoco he escrito contra él. El dinero es una circunstancia, como la ceguera o la fama: puede condicionar, pero no define el valor de una frase. El peligro es escribir pensando en el lector como cliente».
La literatura no paga las facturas, pero la vida sí las presenta, afirmó Bolaño, que las pasó de todos los colores. A diferencia de X, Y, Z, y otros best-selleristas de tertulia y columna y ocasión, prefiero mi literatura invisible y fracasada al éxito de una literatura cuya prosa suena a brutalista cartilla bancaria.
Tu quoque 47

Todo ocurre según regla y razón del universo. Una gloriosa y gustosa ciencia. Aceptas la finitud, y obras con amor. No buscas intensidades extremas, sino armonías diáfanas. Conociendo la necesidad de las cosas, ahora amas esa necesidad. El constante tema de la felicidad. Las volutas del júbilo. Un ofrendar a la mar que mira a Grecia, el cabello rubio y la nieve verde de los ojos de Martha. Y el chispear de la lluvia de Nogueira como capitulares de un códice miniado del siglo XIV.
Porque a veces, muy pocas veces en el tiempo, te sientes feliz sin motivo. Cae la tarde y crees con convicción que la vida valió la pena. Una breve evidencia, pero suficiente. El tiempo, mucho mejor, el instante, detenido, no por tedio, sino por placer y por plenitud. Un placer contenido en el sosiego, una plenitud al amor del entendimiento. Y en esa paz súbita en que nada ocurre, eres misteriosamente feliz (un dorado arcón taraceado)
Misteriosamente feliz.
Tu quoque 46

El manicomio es una fábrica de silencio, de destrucción del pensamiento mediante drogas. El manicomio lúcido, y el mundo incomprensible. Sylvia Plath, «Te Bell Jar»: «Me sentí reducida a un caso, a un número, a un expediente. Nadie preguntaba qué pensaba; solo qué síntomas presentaba. El hospital era un lugar donde el tiempo se espesaba y el yo se volvía irrelevante».
Estirado en la cama solo me dedico a oír los clicks del techo y los pasos de las enfermeras ¿Estoy vivo? ¿Soy alguien? El manicomio te baja los humos, aprendes la exacta dimensión de la humillación, una lección que no se olvida nunca. Tuvo un compañero de habitación legionario, que empezó muy gallito. Al cabo de una semana «dobló» y se puso a llorar.
No se habla para comprender, se habla para clasificar. Cuando hablas, te corrigen. Cuando callas, te interrogan. Recomiendo aprender a comunicarse con frases «tácticas»: cortas, inofensivas, como quien esconde un cuchillo en el bolsillo. Logras esa peculiar paz química esencialmente inhumana. Nadie entra realmente en tu soledad. El silencio como forma de orden y la violencia blanda, administrativa, química.
Ochenta personas reunidas a la hora de comer y absolutamente nadie habla.
