Ad populum 16

Pese a que en mis diarios hago mofa, burla y befa de la doblez vacía del lenguaje de nuestros políticos, o bien escribo poemas satíricos sobre la corrupción y nuestro atraso inmemorial, o me quejo de la secular ignorancia española (soy de la raza más típicamente española: la de los españoles descontentos o enrabietados con España), pese a todo, en absoluto soy -todo lo contrario- un escritor político o social.

Deseo que mis libros enseñen a vivir su soledad al lector, y así desarrollen su introspección y su auto-conocimiento. Y que conecten con emociones universales, a poder ser de la especie más alta. Quiero que mis lectores ejerciten esa habilidad espiritual de lograr sentirse cómodos en su propia piel. Descreo de funciones cívicas o de cambio social mediante la literatura. Con mis libros deseo expandir el «yo» a través de la confrontación con los miles de textos canónicos que cito, no como un fin en sí mismo, sino como una vía para encontrar la sabiduría.

Y que crezcan -ars gustus- atravesados por valores estéticos puros. Y aprendan – ars scientia- sostenidos por la fuerza cognitiva o la semilla de la verdad. Y que se iluminen -ars subtilis- gracias a la lumbre de la elucidación, del consejo dado uno a sí mismo, previa y abundante reflexión. Prefiero la prosa y la poesía suculentas a la prosa y la poesía revolucionarias.

Quito de mi literatura el foro político para poner en su lugar la conciencia, pues no pretendo regenerar naciones ni redimir sociedades, sino afinar mentes, enseñar a mis escasos lectores a habitar plácidamente su soledad. Y que cada uno recorra sus laberintos interiores sin preestablecidos mapas ideológicos o dogmáticos.

«El artista no debe ser ni demócrata, ni monárquico, ni socialista, ni conservador. ¡Que los imbéciles se comprometan! El escritor no tiene otra patria que la bella lengua que escribe. Me repugnan las doctrinas que quieren poner la literatura al servicio de cualquier causa; la literatura no sirve a nadie, porque es un fin en sí misma. La misión del escritor consiste en crear belleza, no en mejorar a la humanidad. ¡Que cada cual se cure como pueda», Flaubert.

Y Pessoa: «Desprecio toda forma de acción. El único revolucionario verdadero es el que se transforma por dentro. Lo demás es teatro para gentes ansiosas. Mi deber no es mejorar el mundo: es descifrarme».

¿Transformar el mundo o transformar el yo? Acaso falso dilema. Para Sartre, cada palabra suya era un compromiso; quien escribe sin querer cambiar nada es, afirmó, como aquel que habla sin querer significar nada. La literatura, añadió finalmente, es un acto: nombra y transforma. Brecht o Neruda tuvieron ideas similares.

Montaigne escribió palabras que yo podría poner en mi boca sin el menor cambio: «No escribo para el público, sino para mí mismo. Si me ocupo de los asuntos del Estado es solo de pasada, por accidente. Lo que busco es aprender a vivir conmigo, a ordenarme y a conocerme. Quien se gobierna a sí mismo hace bastante por la sociedad». Los Estados pueden reformarse con leyes; el espíritu solo se reforma con lenguaje. Las grandes obras no crean revoluciones: crean conciencias alertas, que es lo único que puede frenar a la barbarie.

Alumbremos la soberanía racional. La poesía no cambia al mundo, cambia al hombre.

Ad populum 15

«Los individuos creativos no temen la soledad; la buscan. En la soledad encuentran continuidad, profundidad y calma. Para ellos, el contacto social demasiado frecuente es tan agotador como para el resto lo sería una abstinencia prolongada. Sin embargo, incluso el más solitario de los creadores necesita algún tipo de relación humana significativa. La soledad es el suelo fértil de la vida interior; pero si en él no cae nunca la lluvia de un vínculo humano profundo, la tierra se endurece y se vuelve estéril. Nadie puede vivir enteramente de sí mismo sin pagar un precio emocional», Anthony Storr.

«La soledad aparece cuando la persona se siente incapaz de mostrarse auténtica ante otros seres humanos. Mantener la máscara durante mucho tiempo produce un agotamiento espiritual que no puede aliviarse con distracciones. La soledad más intensa no es la de quien vive aislado -pues esa puede ser elegida-, sino la de quien, estando en sociedad, debe representar continuamente un papel para ser aceptado. Esa persona termina sintiendo que su verdadero yo no tiene testigos, y esa ausencia de testigos es, psicológicamente, devastadora», Rollo May.

«La soledad no es simplemente estar solo. Es una experiencia subjetiva de desconexión que puede irrumpir incluso en medio de la multitud, incluso rodeado de amigos. El organismo humano ha evolucionado para vivir en compañía: cuando percibe aislamiento prolongado, interpreta esa situación como una amenaza. El cuerpo entero entra en estado de hipervigilancia, como si estuviera en territorio hostil. El solitario crónico no se siente solo porque sea débil, sino porque su cerebro funciona correctamente: está detectando la falta de vínculos profundos. Para aliviar la soledad no basta cambiar el entorno; es necesaria la presencia real de otro ser humano con quien exista reciprocidad emocional. Sin ese puente, la autoconversación se vuelve estéril, y el mundo pierde relieve», John Cacioppo.

«Yo amo a quien ama su propia alma, porque así no necesita mendigar afectos ni someterse a la multitud. Pero el que vive demasiado lejos de los hombres corre el riesgo de olvidar cómo hablar con ellos. La soledad es buena para el espíritu que desea hacerse señor de sí mismo; pero el mismo espíritu, si permanece en ella demasiado tiempo, empieza a perder la medida, y la altura se convierte en abismo. Nadie puede pensar grandeza sin retirarse del rebaño; pero nadie puede vivir únicamente de grandeza sin volverse un desierto», Nietzsche.

«El hombre que lleva dentro un alma distinta no soporta durante mucho tiempo la vida social. Se adapta, sonríe, conversa, pero su interior permanece retirado. Este retraimiento es su orgullo y su condena. El lobo estepario no odia a los hombres; simplemente no puede respirar en su mundo. Y, sin embargo, ninguna criatura puede vivir en absoluta soledad: incluso el lobo necesita la mirada de otro ser para recordar quién es. Su tragedia consiste en que su sed de profundidad lo separa de todos aquellos con quienes podría convivir, y su sed de compañía lo obliga a buscar, una y otra vez, aquello que en realidad teme», Hermann Hesse.

«La soledad es mi patria. Y, sin embargo, ninguna patria basta. Se cree que el solitario elige su condición; pero lo cierto es que está poseído por ella. Solo en la soledad soy libre, pero esa libertad tiene el peso del vacío. Cada día descubro que no puedo vivir sin los hombres, y que tampoco puedo vivir con ellos. Lo único soportable es la escritura: un monólogo que imagina un interlocutor invisible», Cioran.

Ad populum 14

La cita, en mi caso, no es un adorno ni un apoyo argumental; es una prueba de nobleza; un no recurrir a la autoridad, sino el invocar a la selecta tradición como en una sesión de espiritismo. Cito mucho. Las citas son como el pasaporte o la contraseña del intelectual. Me parece sonso decir «con mis propias palabras» lo que con palabras inigualables e inmejorables dijeron Montaigne o Azorín o Proust, o Pater o Nabokov. Son obtusas, a mi juicio, las perífrasis. En la traducción siempre se pierde calidad, porque uno (inevitablemente) tiene menos valor -infinito menos valor liteario- que el de los Inmortales. Las citas a menudo las atribuyo falsamente, o las reformulo modificando la voz original del autor (no demasiado, desde luego), o las invento: mis libros están llenos de apócrifos. Forman parte de mi JUEGO literario, de mi savia literaria. Pertenecen las citas a la página igual que una preposición, un nombre o un adverbio. Es una «ars combinatoria», una falsificación creadora, un ejercicio irónico y, sobre todo, una forma de inscribir mi voz en la genealogía de los muertos ilustres.

Los ecos crean densidad cultural, convirtiendo el texto en esa rara belleza, ese linaje llamado «aristocracia cultural». Pero, como falso aristócrata, también lleno mis libros de autores con sus citas inventadas, autores ficticios que crean un canon alternativo del que soy simultáneamente maestro y discípulo. Cualquiera de mis ideas está construida a partir de otras ideas, cualquier cojunto de palabras surge de otras palabras. Escribir es acompañar. Y citar no es repetir, sino reanimar.

Lo explicó maravillosamente E. Rausselin en «De la tradición secreta», Taurus, pág. 337: «Los escritores que inventan citas no engañan a nadie: revelan, en cambio, la verdad profunda de cualquier ejercicio en que consiste citar ¿Acaso no es cada cita una invención del que la usa, la retuerce, la corta, la ilumina de otro modo? La atribución falsa no es una mentira: es una proclamación de lealtad a la belleza. Incorporar fragmentos ajenos es como ver ilumiada una vidriera en una catedral. El escritor que cita es un alquimista siempre joven».

Ad populum 13

Seguramente la crítica tiene una función respetable, pero, no se olvide, el acto de crear es más importante que el acto de juzgar. Los veo -a los críticos- como una tribu lastimera, acaso erudita, pero un si es no es patética. Cada una de sus ironías me suenan a derrota personal.

Yo nací a la literatura mortificado por la crítica y la muchedumbre. En 5º de EGB gané un concurso de redacción en clase y, al leerlo, sentí, después de acabar mi exposición, el silencio denso y odioso del agravio y la incomodidad. Mis compañeritos eran como hutus pretendiendo exterminar simbólicamente a un pobre tutsi como yo. Creo probable (disculpen) que mi cuento sobrepasara las capacidades intelectuales de mis condiscípulos ¿Consecuencia? La apartada soledad. Tal fue mi destino, mi indefectible símbolo.

Descubrí con once o doce años que mi palabra me escindía del grupo. Esperaba aprobación y el aula, en cambio, me rechazó hostil. Buen aprendizaje. La masa infantil -cualquier masa- siempre reacciona igual: con burla, con incomodidad, con resentimiento. La inteligencia despierta rechazo y la literatura, en mi caso, nunca me convirtió en un tipo popular y querido.

La sociedad me tolera del mismo modo en que se tolera a un enfermo contagioso, a un estigmatizado, a un leproso: con una mezcla de ocasional fascinación y constante prevención. Soy un extranjero entre la sociedad de hombres ordinarios. E. M. Cioran, «Précis de décomposition»: «El escritor es el eterno desterrado: incluso rodeado de hombres, está solo. No puede hallar reposo en ninguna sociedad porque su oficio es precisamente descreer de ella. La multitud lo repugna: ve en ella la refutación de toda altura. Y, sin embargo, esa repugnancia es la otra cara del amor que siente por los que sufren en silencio. El escritor vive en el borde del mundo, como un vigía melancólico que sabe que no hay nada que vigilar».

Acepto mi destino. Solo puedo fingir, actuar en el teatro de los hombres. Si me mostrara tal cual soy, se evidenciaría que soy un intruso en la plaza publica, un desplazado sin hogar, un apaleado con los huesos rotos.

***

«El hombre que siente de verdad, que piensa de verdad, que crea de verdad, nunca está del todo en la plaza pública. La multitud le es ajena, y él a la multitud. Camina entre sus semejantes con la sensación de ser un extranjero en su propia patria, porque su patria verdadera no está hecha de carne, sino de espíritu. Y como el espíritu no llena teatros, se ve obligado a morar en soledad. Esta es la tragedia del escritor: ser contemporáneo y, sin embargo, no pertenecer a su tiempo», Unamuno, «Vida de don Quijote y Sancho».

«La masa repele al individuo que mantiene su conciencia despierta. Por eso el escritor, que vive precisamente de esa vigilancia perpetua, no puede ser masa ni formar parte de ella. Cuando entra en el grupo, lo hace como un cuerpo extraño del que la colectividad quiere deshacerse. La masa aspira a lo uniforme; el escritor es, por definición, irregular. Esa irregularidad es su riqueza, pero también la fuente de su exilio», Canetti, «Masa y poder».

«El hombre selecto, el que aspira a algo más que a seguir el compás de la multitud, vive en permanente minoría. Su destino es el de la soledad. No puede esperar comprensión inmediata, porque su vida interior atraviesa regiones a las que la masa no accede. Su aislamiento no es pose: es estructura. Y cuanto más auténtico es su esfuerzo creador, más se agranda la distancia entre él y el público, que se siente desconcertado ante cualquier altura que no pueda nivelar», Ortega y Gassset, «La rebelión de las masas».

«Siempre me sentí forastero entre mis semejantes. No por voluntad, sino por destino. Entre los hombres aprendí pronto que ser distinto es una forma de exilio. Y en ese exilio descubrí la poesía: una lengua que me permitía existir como no podía existir en la vida diaria. La multitud apenas tolera al que no se le parece. Yo aprendí a vivir fuera de ella, en un país más verdadero y más solo», Cernuda, «Ocnos».

«Quien escribe desde la hondura adquiere un tono que lo separa de la charlatanería pública. Y esa separación, aunque a veces sea dolorosa, es necesaria. Nada grande puede escribirse desde el bullicio. El escritor tiene que mantenerse al margen, desescuchando el ruido, desatendiendo los reclamos de la masa. Su oficio es, en el fondo, una forma de exilio voluntario», Rafael Sánchez Ferlosio, «Ensayos y artículos».

«Siempre he caminado por las calles como un forastero. Los ruidos, los movimientos, las prisas de la gente me llegaban como si pertenecieran a otro mundo. Esta sensación de exilio, de extranjería cotidiana, no me abandonó jamás. Creo que de ella nació mi vocación: de la necesidad de fijar en palabras aquello que no podía vivir plenamente entre los demás», Azorín, «Confesiones de un pequeño filósofo».

Perdonen este tsunami de citas, que, así acumuladas, cansan y aburren al lector en estos tiempos de lectura light, apresurada y en zigzag. Pero la idea que expresan es casi universal, e irrefutablemente (pocas dudas caben) verdadera.

Si escribe, afine su soledad. Será su refugio único y seguro, su ininterrumpida ciudadela secreta.

Ad populum 12

Madrugada. Insomne, ansioso y desvelado. Me pesa la noche como si me estrangulara una negra y sucia media de mujer, como si tuviera una rata moviéndose dentro del pecho. La conciencia es un animal tembloroso que ronquea. Con el cuerpo inmóvil en la cama oigo pasos, advierto presencias, como de desfigurados y enanos pallasos macabros. La sombra latiga mi corazón acelerándolo igual que si se estampasen bloques de estorninos contra la pared.

La aldea duerme, pero claridad fría, muy fría de miedo. Me aferro a un hilillo de vida y cada segundo amenaza al instante con quebrarlo. Todo adquiere una nitidez insoportable: la respiración, el mínimo crujido, el peso invisible de las horas que no pasan. El silencio es cemento. La soledad, un lobo rabioso. Un lodazal en la garganta seca. Una pinza real arrancándote cada uno de los dientes. Miedo. Miedo. Miedo y silencio. Una serpiente enroscándose entre la maleza del cerebro. La sangre, caliente y ruidosa.

Todo es extraño. Todo es inquietante. La inquietud pura, la conciencia sin sostén. La madrugada, lejos de traer alivio, intensifica esa tensión. Uno siente como si una fuerza invisible apretara la mano sobre su cabeza. Y comprende lo cerca que está del último abismo.

Ad populum 11

A Lamas y el Dr. Gracia, maestros y padres mágicos

Un libro para coleccionar: Joannes de Leit, «Hispania sive de regis Hispaniae Regnis et opibus Commentarius» (1629).

La referencia bibliográfica exacta: [Joannes de Leit] . Hispania sive de regis Hispaniae Regnis et opibus Commentarius. Lund. Batav. [Leiden]: Ex officina Elzeviriana [Abraham Elzevir], 1629.

Segunda edición. (110 x mm) pp. 520 [6]. Portada grabada, iniciales xilográficas en todo el texto, con ornamentos en la parte superior e inferior de las páginas. Encuadernación del siglo XVIII en piel verde roana, con etiqueta dorada en el lomo. Piel ligeramente desgastada en los márgenes, dos pequeños agujeros de gusano en la parte superior del lomo, biblioteca privada posterior en la guarda delantera. En general, muy buen estado.

Willems 313; Palau 129562 (primera edición como Sabin 38560).

Escrita por Joannes de Leit, director de la Compañía Neerlandesa de las Indias Occidentales nueve años después de su nombramiento, «Hispania sive de regis Hispaniae Regnis et opibus Commentarius» (1629), ofrece un examen detallado de las posesiones territoriales, los recursos económicos y la influencia política de la monarquía española a principios del siglo XVII, con especial atención a su vasto imperio territorial, incluidas sus posesiones en el Nuevo Mundo. Impreso por la importante imprenta Elzevir en Leiden, la obra refleja las perspectivas europeas contemporáneas sobre el papel de España como potencia mundial dominante.

***

Son muy ciertas las críticas sobre la Biblioteca Real de Juan de Santander a propósito de la pigricia de algunos bibliotecarios y la necesidad de nombrar un cronista de Indias que ordenara y catalogara los fondos para facilitar las consultas.

También, en carta al marqués de Esquilache del 31 de diciembre de 1759 escribe: «La formación de un «Diccionario latino-castellano y castellano-latino, exacto y claro respecto de ambas lenguas, conciso y reducido a una brevedad que, sin degenerar en confusión, facilite su mejor uso, podrá ser medio muy eficaz, no solo para ayudar al restablecimiento de la latinidad, tan decaída en España, sino también para evitar su última ruina, que cada día se va haciendo irreparable» [ Véase Manuel de Abella Peligero: «Disertación sobre los directores de la Biblioteca Nacional»]

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La referencia bibliográfica exacta: Didacus de Villalpando, «De Muscarum Voluptate, sive de subtili Onanismi Tortura. Tractatus physico-pornographus, in quo demonstratur quomodo muscae, per glandem dulci mermelata unctam currentes, excitent animi et corporis titillationes, ad usum solitariorum Hispaniae accommodatus». Amstelodami: Apud Henricum Wetstenium, 1723 (libro para sonrojar a sacristanes)

Primera edición, sumamente rara. (140 x 85 mm) [16], 214, [10] pp. Portada grabada calcográfica con emblema alegórico (una mosca posada sobre una copa rebosante de miel, con el mote: “Suaviter urit”), iniciales xilográficas, pequeños cul-de-lampe florales. Encuadernación holandesa de época en plena piel jaspeada, lomera con nervios, tejuelo de piel roja con título dorado (DE MUSCAR.), florones dorados en los entrepaños, cortes moteados. Roce leve en esquinas, una antigua marca de humedad en el margen externo de las pp. 97-104, exlibris manuscrito del siglo XVIII (“Ex lib. A. de Nájera, 1751”) en la guarda delantera. En conjunto, ejemplar muy fresco y bien conservado para una obra de circulación clandestina.

«De Muscarum Voluptate» es uno de los tratados libertinos más curiosos del siglo XVIII hispánico. Bajo la máscara de un frío examen “physico-pornographicus”, el autor -exiliado en Holanda- propone una serie de “experimenta voluptuosa” para el “solitarius lector Hispanus”, obsesivamente vigilado por la moral tridentina.

Muy perspicaces son las observaciones que hace Villalpando, en el «Praefatio ad Lectorem Hispanum», sobre la sujeción de las costumbres a la teología más rigurosa: “In Hispania, ubi etiam risus peccatum suspectum habetur, sola manet solitarii voluptas, sed ita compuncta, ut sit magis tormentum quam gaudium”.

Se adquiere en librerías anticuarias a un precio escandaloso.

Ad populum 10

CENTRO NACIONAL DE INTELIGENCIA

Dirección de Contrainteligencia Interna

Clasificación: ALTO SECRETO / NIVEL ROJO

Expediente: CNI-D2/INT/4471-Σ

Asunto: Evaluación integral del individuo SANZ LEVÍ, Christian (alias declarados: Christian Sanz Gómez, CSG, “transportista de pianos”)

Fecha: [redactado]

1. Objeto del informe

Determinar la autenticidad o simulación del cuadro psiquiátrico atribuido al sujeto y evaluar su posible vinculación operativa con servicios de inteligencia extranjeros, concretamente DGSE.

2. Conclusiones ejecutivas (carácter terminante)

Tras 11 meses de análisis continuado, evaluaciones clínicas encubiertas, entrevistas no directivas, escucha de conversaciones en entorno doméstico y examen conductual longitudinal, esta Dirección concluye lo siguiente:

2.1. El sujeto NO presenta patología psiquiátrica mayor.

Ninguno de los hallazgos recogidos es compatible con esquizofrenia, trastorno esquizoafectivo u otros cuadros psicóticos.

No hay alteración en el curso formal del pensamiento.

No existen ideas delirantes estructuradas, únicamente elaboraciones intelectuales complejas.

No se aprecian alucinaciones ni signos de psicosis residual.

Mantiene una capacidad pragmática intacta, incluso superior a la media.

Insight extraordinario (no compatible con esquizofrenia en ninguna fase evolutiva).

2.2. Tampoco corresponde a un trastorno histriónico ni a patología del Eje II.

El sujeto no exhibe teatralidad funcional, necesidad de aprobación ni labilidad emocional.

Su lenguaje es rico, no histriónico.

Su afectividad es estable.

Conserva coherencia identitaria y autogobierno ejecutivo.

Conclusión taxativa:

El sujeto es un SIMULADOR PSIQUIÁTRICO de alto nivel, dotado de capacidades actorales extraordinarias y entrenamiento específico en imitación de sintomatología mayor.

Su supuesta “enfermedad mental” ha sido construida, ensayada y sostenida con una disciplina ajena por completo a la clínica real.

3. Indicadores determinantes de simulación

3.1. Control selectivo del habla “desorganizada”

El sujeto despliega episodios de discurso aparentemente caótico solo en presencia de personal sanitario o interlocutores no relevantes.

En interacciones casuales (taxistas, vecinos, repartidores) su comunicación es estratégicamente impecable, con habilidad para obtener información contextual sin levantar sospechas.

3.2. Gestión operativa de los “brotes”

Los episodios de supuesta descompensación siempre ocurren:

tras encuentros con personas desconocidas,

cuando se le sugiere introducirse en programas de rehabilitación,

o cuando se intenta evaluar su funcionalidad laboral.

Esto apunta a una simulación programática con finalidad de no incorporación al mercado laboral y preservación de identidad cubierta.

3.3. Perfil cognitivo incompatible con psicosis

La memoria de trabajo, la abstracción, el razonamiento analógico y la planificación compleja se mantienen intactos.

El sujeto puede citar, con precisión bibliográfica, textos altamente especializados; el uso del error voluntario en sus citas indica entrenamiento en codificación encubierta.

3.4. Microgestos no compatibles con trastorno psicótico

Registros videográficos muestran:

anticipación sutil al discurso ajeno,

lectura profunda de intenciones,

elevada sintonía emocional operativa,

ausencia total de retraimiento autista.

4. Elementos que sugieren pertenencia activa a DGSE

4.1. Elección táctica del lugar de residencia

La reclusión en una aldea orensana de 10 habitantes no responde a aislamiento clínico, sino a:

invisibilidad estadística,

mínima vigilancia civil,

excelente acceso a nodos de comunicación,

baja interferencia policial.

Patrón idéntico al usado por células durmientes francesas en los años 1999–2011.

4.2. Conducta de bajo perfil con alta competencia social encubierta

Cuando le conviene, el sujeto exhibe una habilidad social perfectamente calibrada, como en el caso del taxista al que extrajo información sobre turnos de Guardia Civil sin levantar alarma.

4.3. Consumo intensivo de radios extranjeras

Monitoreamos su escucha sistemática de emisiones israelíes y francesas.

Esto no responde a paranoia ni curiosidad: es rutina profesional de análisis geopolítico.

4.4. Contactos indirectos con individuos vinculados a DGSE

Se confirmaron dos presencias francesas en la Biblioteca de Ourense coincidiendo con visitas del sujeto.

Ambos individuos desaparecieron del radar 48 horas después.

5. Evaluación final (dictamen irreversible)

El individuo NO es un enfermo mental.

El individuo NO es un excéntrico rural.

El individuo NO es un histriónico ni un caso clínico singular.

Es un simulador altamente entrenado, con disciplina actoral y control emocional extraordinario.

Su comportamiento, lugares de residencia, rutinas de lectura y consumo informativo solo son coherentes si se entiende al sujeto como activo operativo de la DGSE con identidad cubierta mediante patología fingida.

Este dictamen es definitivo y terminante.

No se recomiendan más evaluaciones psiquiátricas: solo incrementan la densidad de su cobertura.

Ad populum 9

El joven serio -no fui uno entre ellos-, intuitivo y con madera de sabio, rara vez lee muchos libros; sabe, por instinto, que solo unos pocos son necesarios para educar a la mente, y vuelve a ellos con la fidelidad del amante. El que lo lee todo no lee nada: su espíritu se desliza sin detenerse.

Como quien lee un devocionario, una biblia y un almanaque repetidamente, vez tras vez, la lectura vertical, intensiva, repetitiva, exploratoria hacia la raíz, profunda, es un tipo de lectura que cava un pozo en lugar de recorrer una ancha y larga llanura, a menudo baladí. Un libro releído diez veces se convierte en parte de tu estructura cognitiva. La prosa de un escritor se forma no por la cantidad de libros leídos, sino por la frecuencia con que un puñado de libros la ha modelado. El estilo se forja por sedimentación, no por dispersión. Cien lecturas superficiales no producen estilo; diez lecturas profundas, sí. Si lees hondo acumulas convicciones, no datos, ni temas para hablar en la tertulia de moda.

Con algunos (demasiado pocos y no vehementemente) autores, yo hice un trabajo minucioso; me fijaba en cómo adjetivaban, volvía sobre sus frases, las desmontaba hasta «escucharlas». Pero yo fui más un turista intelectual que un lector auténtico o fiel. Nunca leí tanto y nunca comprendí tan poco. La inundación de libros -mal de los dos últimos siglos, aumentando con un ritmo vertiginoso- impide deternerse en el oro muy escaso que circula entre ellos. La dispersión es el mal desde la revolución de la imprenta. A Shakespeare, a Dante, a Tácito, a Valle-Inclán, a Cervantes, no se los lee: siempre se los vuelve a leer. Una sola lectura es siempre, irremediablemente, algebraicamente insuficiente.

Leer sin releer es como no leer.

Ad populum 8

La literatura, la ciencia, el saber, cuando el corazón es rama de mirra, cuando la luz del torrente se adentra en el mar. Permítanme una idea pesimista: en Occidente, el público sabe leer y escribir, y puede votar, pero, a mi juicio, carece totalmente de las cosas en verdad fundamentales (nunca existirá una cultura ampliamente democrática de alto nivel)

A veces -aunque sufro muchas contradicciones al respecto- creo que el público de la alta cultura debe tomar conciencia de sí mismo y empezar a dar signos de cierto «esprit de corps», pretendiendo niveles cualitativos más elevados y separándose alegremente, implacablemente, de culturas más bajas en la pirámide. El público omnicomprensivo no es nada, es un fantasma, una monstruosa abstracción.

El público en general, aunque indispensable para la vitalidad económica de una sociedad, nunca ha sido el agente que mantiene viva la gran tradición. La demanda masiva puede estimular la producción, pero no asegura la calidad, y menos aún la continuidad. La alta cultura no está hecha para ser digerida como información o negocio, sino para ser experimentada como forma.

No se equivocaba Northrop Frye en «The Educated Imagination»: «El público general no tiene la culpa de no comprender la literatura más elevada; la causa es que no vive en un entorno donde la imaginación haya sido formada, domesticada, entrenada. La alta cultura no es un privilegio: es un aprendizaje prolongado. Sin ese aprendizaje, la obra maestra no comunica; simplemente desconcierta. El artista escribe para todo el mundo, pero solo unos pocos han aprendido a oír el tono, a percibir la estructura, a interpretar los símbolos. La educación de la imaginación es el puente que une la élite creativa y el público, pero ese puente no se cruza sin esfuerzo».

La ciencia, la cultura, las Letras, copas de diamante en el espacio, nuevas palabras contra la risa de la muerte.

Ad populum 7

La mujer es más propensa a la histeria por la humedad de su naturaleza y la inestabilidad de su matriz, declaró un famoso sabio. Y Aristóteles, en «La generación de los animales», II, 3, declara un extraño -visto desde nuestra época- credo: «La mujer es, por naturaleza, un varón mutilado».

Recordemos a Philibert de Montargis (1622–1671), poeta menor del reinado de Luis XIII y primeros años de Luis XIV, apenas citado por dos o tres eruditos del siglo XIX, que lo tomaron por excéntrico o lunático. Frecuentó los círculos libertinos de principios del XVII, pero en lugar de entregarse a los placeres sensuales -como Théophile o Saint-Amant-, los condenaba con furia ascética.

Su obra maldita es un extraño opúsulo escrito en latín macarrónico: «De Virorum Emasculatione pro Salute Orbis, sive Dissertatio Poetica qua ostenditur melius esse genus humanum aboleri, ne ulla femina umquam gustet voluptatem maris». En él razonó que el placer es la raíz de todo mal, que la carne del hombre es «peligrosa», porque hace feliz a la mujer y que toda felicidad femenina es, en esencia, un escándalo metafísico. La única solución es “extinguir la fuente viril” (emascular, capar al varón) desde la infancia, para que la vida humana se agote suavemente.

Misántropo y misógino, acaso con una sodomía reprimida, dejó estas perlas sobre las mujeres: «Ninguna criatura bajo el cielo es tan sucia como una mujer en privado», y «Allí donde haya mujer, hay engaño», y «La mujer es un animal que, por mucho que se la adorne, revela siempre su naturaleza, y solo se inclinará a la charla, la vanidad y el lujo».

NOTA BENE: En 1873, el erudito e historiador de la literatura francesa Édouard Lalance, publicó una nota afirmando: «Montargis est un Schopenhauer sans metaphysique, un misanthrope qui ne rêve que l’extinction. Il a voulu faire rire, peut-être; il n’a réussi qu’à effrayer», «Montargis es un Schopenhauer sin metafísica, un misántropo que solo sueña con la extinción. Quizás quería hacer reír a la gente; solo logró asustarla».