Tu quoque 9

En el manicomio se nos priva de palabras, de tiempo, de dignidad. El lenguaje mismo se vuelve sospechoso: hablar es ya un síntoma. Callar también. Violan tu esencia; allí me arrancaron el pensamiento, me vaciaron el cráneo a fuerza de electricidad, me robaron mi cuerpo, me separaron de mí mismo. Allí no soy un escritor. No soy nada. («Oye, ya tú sabes») Me dicen que escribir me excita, que pensar me fatiga, que recordar me enferma. Me han prohibido papel y bolígrafos como se prohíbe un arma. Vivo entre paredes limpias, silenciosas, sin historia. El mundo continúa, pero yo he sido retirado de él, como un objeto defectuoso («¿Qué lo que?»)

Se acerca esta hora final para mí. Llevo cinco días sin dormir torturado por el C.N.I. («Papi chulo») Quieren recluirme y apartarme de la ecuación, una reclusión vigilada; no dormir, ser dormido. No pensar, ser pensado por otros. Cada gesto es observado, cada palabra interpretada, cada silencio sospechoso. Se pierde incluso el derecho a la tristeza; («Dale, dale») todo dolor debe ser clasificado, medido, corregido. Allí me vigilan como a un criminal, me tratan como a un niño peligroso. Todo en mí es observado, pesado, corregido. No soy libre ni siquiera en mis sueños. La medicina ha sustituido a la justicia; se castiga en nombre de la cura («Esto está fuego») Después del electroshock yo no era yo. Era un animal aturdido. Habían borrado mis recuerdos como se borra una pizarra. Nadie me explicó nada. Nadie pidió permiso. El cuerpo ya no me pertenecía. Me lo habían requisado. El hospital psiquiátrico es un lugar donde se aprende que la obediencia es la única virtud. Si protestas, es un síntoma. Si lloras, es un síntoma. Si te callas, es otro síntoma («Tiene flow») En el asilo uno aprende el miedo verdadero; no el miedo a morir, sino el miedo a no ser creído jamás. La razón se vuelve un expediente médico. El manicomio es una muerte lenta, higiénica, sin sangre. No se grita; se apaga uno. Se aprende a no desear, a no esperar, a no recordar. Yo allí ya no escribo porque escribir sería recordar quién fui. La cura es peor que la enfermedad. Me prohiben leer, escribir, pensar. Me alimentan como a un animal débil. Me vigilan los pensamientos. Me reducen a un cuerpo cansado. El alma no contaba. Estar enfermo significaba perder toda autoridad sobre ti mismo. Otros decidían cuándo debía levantarme, qué debía comer, qué debía pensar. El manicomio es una fábrica de obediencia. Aprendes a no hablar, a no destacar, a no existir. Vi desaparecer personas que habían entrado caminando y salían arrastrando los pies. A otras no las vi salir nunca («En la movie») El electroshock es una ejecución sin muerte. Después de cada sesión yo no sabes quién eres, ni dónde estás, ni qué has amado.

Se normaliza la aniquilación interior.

Tu quoque 8

En el paciente C.S.G., más allá del delirio y de la excitación, lo que sorprende es su empobrecimiento de alma, una especie de sequedad interior. No es que no pueda sentir, es que el sentimiento parece haberse retirado a regiones inaccesibles. Lo que antes era afecto espontáneo se convierte en un gesto mecánico. C.S. G. está, pero su mundo interior se ha vuelto remoto.

C.S.G. no es un perturbado, ni un extravagante, ni peligroso: simplemente se va apagando. El retraimiento, la apatía, la inaccesibilidad afectiva, le producen un sufrimiento silencioso. No es una tormenta, sino una erosión lenta: la capacidad de interesarse, de responder emocionalmente, de actuar -todas ellas funciones básicas de la vida psíquica- en él se van extinguiendo poco a poco.

Estoy de acuerdo con ustedes; lo más devastador de Christian no es la psicosis, sino la pérdida de vitalidad interior. No tiene iniciativa, ni voluntad, ni deseo. Es como si la maquinaria que impulsa la acción humana hubiera sido desconectada. La vida se conviertió en él en una serie de tareas que requieren un esfuerzo descomunal, y su vacío afectivo, a veces, es más difícil de soportar que sus alucinaciones.

Lo más dramático de Christian es que muy pronto perderá la capacidad de leer y escribir, aspecto esencial de su vida. Su yo se volverá más rígido, la experiencia perderá relieve, el mundo se le alejará. Lo que en otros brota con naturalidad -un gesto, un deseo, una palabra, una emoción- en él debe ser pensado, casi fabricado. Vive, no en la corriente viva de la experiencia, sino en un desierto donde cada acto requiere una voluntad que en breve ya no poseerá. Desgraciadamente, pese a su brillantez, tiene muy mal pronóstico.

«Hay días en que me siento como si hubiera sido deshabitado. Todo lo que soy perdió su color y su gesto. No digo que esté triste: la tristeza sería algo, y es precisamente ese algo lo que no poseo. Estoy desprovisto de mí mismo, como si me hubieran arrancado del centro y sólo quedara una cáscara que actúa por hábito», Pessoa.

«No es que no sintiera nada, sino que los sentimientos habían retrocedido tanto que apenas alcanzaban la superficie. Vivía como quien oye desde lejos una conversación importante, sabiendo que debería comprenderla, pero sin lograr que las palabras le llegaran con la fuerza necesaria», Musil.

«Hay momentos en que la vida se me vuelve inaccesible. Miro las cosas, deseo tocarlas, pero no me tocan. Todo está ahí y, sin embargo, no puedo entrar. Es como si hubiera perdido el pasaporte para el mundo», Lispector.

«No deseaba nada. Era como si la voluntad hubiera sido suprimida en mí. Caminaba, hablaba, actuaba, pero sin impulso interior, como si todo estuviera dirigido desde un lugar externo. Sentía que mi alma, si aún existía, estaba demasiado cansada para manifestarse», Dostoievski.

«A veces siento que el mundo se vuelve de cartón. Los colores se apagan, las voces se alejan, las cosas pierden el tacto. No puedo desear nada, y ese no poder desear es peor que el dolor. Es un silencio gris que se instala detrás de los ojos», Woolf.

Tu quoque 7

Todo comenzó con una claridad excesiva. Veía demasiado, comprendía demasiado, como si mis ojos hubieran sido abiertos por manos secretas. Y esa claridad me torturaba: cada sombra contenía un significado, cada ruido tenía un propósito, cada gesto me aludía, cada titular de periódico tenía su doble sentido. Pero la claridad se volvió confusión, y la confusión, después, angustia y tormento. Llegó un momento en que los pensamientos (caballos incendiados corriendo por la llanura, llagas abiertas, lámparas desgarradas) me corrían por dentro como un enjambre rabioso, y no podía detenerlos, no podía silenciarlos. Era como si un segundo yo, más cruel, hubiera despertado para atormentarme.

Todo el universo se había convertido en una vasta red de fuerzas que conspiraban contra mí. Me espiaba el C.N.I., el Mossad… Las cosas mudas me hablaban; los ruidos de la casa eran intencionales; los objetos tenían también intenciones; las calles cambiaban de forma para confundir mis pasos; las personas me miraban acusatoriamente. Yo, que había creído en la razón, me encontraba ahora cercado por signos, presagios y símbolos que se entrelazaban para formar una escritura terrible que solo yo podía leer. Estaba loco. Crucé el espejo. Al menor movimiento, el mundo respondía como un espíritu irritado que quisiera atraparme. Vivía en estado de revelación perpetua: un tormento incesante.

Me ingresaron. Me he pasado media vida en manicomios donde enfermeras y doctores no sabían qué hacer conmigo. En esos hospitales uno no se cura; uno se marchita y apaga. Ahí no estoy para escribir, sino exclusivamente para estar loco. Las voces que los médicos quieren callar con pastillas eran antes mis compañeras de paseo. Voy al manicomio (que odio) porque la vida afuera es demasiado grande y demasiado exigente, y aquí, entre cuatro paredes, las cosas tienen un orden sencillo, simple. La locura me duele y me alivia. Es como si hubiera renunciado a un traje demasiado pesado para vestir. Prefiero dejar que el mundo me olvide un poco. Yo también lo he olvidado. Ese será mi destino.

Tu quoque 6

Hasta un corazón de piedra como el mío se puede enamorar. Yo me enamoré de Martha, luz de mi vida, fuego de mis entrañas, nube de las tierras nevadas. Con ella estaba en el paraíso, y, cinco segundos sin ella, en el mismísimo infierno. Si Martha sufría, o se ausentaba, o se enfadaba, el mundo entero se quebraba como un débil cristal, porque, en el amor, hemos puesto en un solo ser la completud del universo. El amor no es razonable: es un trabajo continuo de reconstrucción y pérdida, de elevación e inframundo, un ejercicio interminable de memoria y temblor.

Cuando un hombre ama, se vuelve frágil como un niño y, a la vez, fuerte como un gigante. El amor hace crecer alas, pero pone cadenas; elevación y caída -insisto- ocurren al mismo tiempo. Arde la herida luminosa. Arde el mar. Las palabras se vuelven torpes, las manos tiemblan, y el corazón late como si estuviera aprendiendo un idioma nuevo.

De Martha amé sus ojos fijos, su pureza y su tormento, las líneas de su cuerpo -tronco, pechos, muslos, cara, cadera- que revelaban una proporción juvenil clásica ¡Cómo no amarla si carecía de todo lo superfluo, de cualquier feo añadido! La boca purpurina, la piel mandolina… Y la noche de verano para las caricias profundas…

Pese a mi corazón de piedra he amado. Ya sé lo que fue vivir.

Tu quoque 5

Estar leyendo, la mejor especie de felicidad. Mi rostro se ilumina o se ensombrece según avanzan las frases. La lectura, en ese instante, parece una corriente eléctrica silenciosa, unas agradables parestesias, que atraviesan y adormecen el cuerpo hacia partes de un significado mayor.

En mi manera de leer hay algo hipnótico, surreal. El libro me absorbe y cruzo fantasmagóricas identidades invisibles. No me muevo, pero viajo mucho. Paso las páginas con lentitud segura, las oraciones brillan en mis ojos. Soy un niño cómplice de Jim Hawkins, y parezco no respirar. Soy ahora Sandokán, en el último refugio selvático de las páginas impresas.

Leer es un gesto cortesano, grave, alabastrino, lleno de gracia antigua. Parece que cada palabra que leas esté tocada por un soplo de eternidad, y que, al acabar el libro, sonará el más bello rumor de seda en el silencio.

Tu quoque 4

El arcoíris no es un lujo de la vista, sino un ejercicio para el alma. Después de la tormenta, cuando el bosque aún gotea y las colinas huelen a tierra mojada, surge ese puente irreal. Y uno comprende que la naturaleza tiene infinitos modos de recordar al hombre que lo bello no está reñido con lo efímero. No podemos tocarlo, ni guardarlo, ni alterar su estructura. Lo vemos y desaparece. Como los sueños, el arcoíris existe solo mientras lo miramos.



Tu quoque 3

La niebla sube por las corredoiras, envuelve los sotos, borra los caminos y los tiempos. No se sabe si es mañana o tarde, invierno o verano. La niebla le da a Galicia un rostro antiguo, monacal, de misterio amable y profundo. Bajo ella, el paisaje piensa, murmura, recuerda.

La niebla baja de las fragas y nos llena de sueños. No hay nada tan vivo como la niebla: hace nacer castillos donde no hay más que peñascos, hace desaparecer aldeas enteras como quien apaga un candil. Toda Galicia parece un mundo encantado cuando la niebla recorre las corredoiras.

Espesa como un sudario, vuelve litúrgico el paisaje. Los montes se inclinan como penitentes, los caminos se esfuman, y el viajero cree caminar entre almas que regresan a la romería de los muertos.

Bajo ella, uno siente que incluso la muerte puede retrasarse un poco más.

Tu quoque 2

Las estrellas no son adornos fríos suspendidos en la negrura; son puertas diminutas abiertas en la esfera de la noche, por las que la luz de otros mundos entra a raudales. Cuando fijamos en ellas la vista, sentimos que la mente se inclina y el corazón reverente se apiada, como un árbol que el viento dobla, hacia una región que no es de este mundo… y allí, por un instante, somos más de lo que somos. Ya dejó dicho Emerson que las estrellas producen un efecto particular, porque brillan siempre desde un lugar inaccesible. Y Pascal señaló la angustia universal al observar el cielo estrellado: ¿Quién me ha puesto aquí? ¿Por orden y voluntad de quién ha sido destinado este lugar y este tiempo para mí?

***

«Cuando el hombre levanta los ojos a la noche, y ve sobre sí la multitud de estrellas, el orden que guardan y el concierto admirable con que se mueven, siente como si algo en su interior despertase del sueño de la tierra. Aquel cielo poblado de luces es una lección muda y perpetua que enseña al corazón humano a buscar lo alto, lo eterno, lo que no pasa», Fray Luis de León, «Los nombres de Cristo».

«El cielo nocturno parecía descender sobre la sierra como un manto bordado de signos. Las estrellas no iluminaban: insinuaban. Y en esa insinuación cabía todo un universo de plegarias mudas», Gabriel Miró.

***

No hay visiones más solemnes que los campos estrellados del cielo. Cielo de mi infancia. Porque el cielo nocturno de aquella rica infancia está bordado con una precisión que ninguna memoria puede borrar. Las estrellas eran insectos inmóviles, atrapados en la resina del tiempo. A veces, cuando la noche es propicia, vuelvo a ver aquel firmamento de Sitges, y siento que toda mi vida está suspendida entre dos constelaciones. En su silencioso orden encuentro una libertad profunda, una serenidad que me libra del peso de mis propios pensamientos. Allí donde la razón se agota, comienza la música de las esferas.

Quien no ha sentido vértigo ante el cielo estrellado es incapaz de comprender su propia pequeñez. En esas noches, yo veo a los hombres como sombras que pasan, pero veo también su grandeza: que todavía siendo tan pequeños, son capaces de mirar la inmensidad. Lucrecio, «De rerum natura»: «Mira cómo la noche extiende su manto y cómo innumerables fuegos puntean la inmensa bóveda. Allí no hay cólera divina ni presagios fatales: sólo la serena marcha de los átomos en el vacío. Quien comprende esto, vive sin temor, sabiendo que las estrellas no nos juzgan; sólo brillan».

Cuando las miro siento que la mente se vuelve transparente, como si estuviera hecha de la misma sustancia que ellas. Las estrellas dejan caer pensamientos fríos, perfectos, que nos recuerdan que el universo no se agota en nuestro lenguaje. Joseph Conrad: «En el mar, una noche estrellada es una revelación. No hay tierra, no hay refugio, solo un cielo inmenso que cae sobre ti, recordándote que tu destino es tan frágil como un hilo en la tormenta».

Tu quoque 1

Solo cuando perdemos a un ser querido comprendemos que la muerte estuvo allí desde siempre, merodeando en torno a nosotros como una peonza, aguardando el momento oportuno para irrumpir en nuestro perimundo. Entonces, lo que parecía inmutable se desvanece, las certezas se acaban, la música sangra, y la vida ya no es la misma: la muerte ha dejado caer una gota de su esencia pestilente en nuestro corazón sin posibilidad de enmienda.

Se acerca mi muerte (lo percibo con infalible intuición), y, sin embargo, lo que más atormenta no es el trivial hecho de dejar de existir, sino la sospecha, creciente, abrasadora, punzante, de haber vivido una vida errónea. Esa duda me invade tan fuerte que anula el terror a la muerte. Morir no es estrictamente lo terrible: lo terrible es comprender que fabriqué mi existencia en falso, que las ambiciones, las cortesías, las poses, el teatro social, el aislamiento de enfermo, no son nada frente a la evidencia feroz de la muerte.

***

«Voy tomando conciencia, con una lucidez que a veces roza la serenidad, de que la muerte no es algo que me ocurrirá en un futuro remoto, sino una tarea en la que estoy ya ocupado. Cada día entrego un fragmento de mí a la nada, cada noche algo se desprende silenciosamente. Morir consiste en ver cómo lo que parecía firme se diluye en ese vasto movimiento de retorno. No me asusta: me he ido preparando sin saberlo. Solo temo una cosa: no haber sido digno de mi propia muerte», Margueritte Yourcenar, «Memorias de Adriano».

***

CODA

No se andaba con nimiedades.
Amaba a la vida, a su familia,
a la música, los arabescos de las
metáforas, y el fondo impenetrable
del día donde los ojos rehúyen
la obscuridad. Palpitaba con el dorado
crepuscular de una muchacha.
Y, al atardecer, todavía le gustaba
bañarse en el mar. Todo acaba.
Ejecutó de modo vacilante la escritura.
Pero la Nada lo lleva a la Muerte.
Serenas ruinas, cerezas en los árboles:
vino de lo eterno y mira ya lo eterno.

Ad populum 31

Acaso me llamen presuntuoso irreal y arrogante jactancioso, pero, gracias a mis libros, ya puedo sumarme a los versos proféticos de Horacio («Odas», III, 30):

«He levantado un monumento más durable que el bronce,
más alto que la regia mole de las pirámides.
Ni la lluvia destructor ni el aquilón rabioso
podrán destruirlo, ni el curso infinito de los años
ni la huida de las edades.
No moriré del todo».

Ni la ira de Júpiter, ni el fuego, ni la dentellada voraz del tiempo, borrará mi nombre: viviré en la boca de los hombres. Si hoy no me entienden, mañana lo harán; pues nunca faltará siglo que reconozca lo que otro despreció. El gusto mudable del tiempo puede desdeñarme ahora, pero no podrá impedir que la fama me reclame cuando convenga. Presiento en mí una posteridad soberbia (si me equivoco será un error feliz)

Cuando yo sea sombra, hombres del futuro me harán justicia. Bien sé que mis libros no han tenido el favor de los lectores de hoy, pero están escritos con verdad y genio, y el genio llega siempre donde quiere. No me sostiene la soberbia, sino la certeza de mi energía.

Escribí para la eternidad.