Diario de un esquizofrénico 72

Para mi profesora de latín del Liceo

“Une douceur de ciel beurre vos étamines!” Rimbaud

Con letra clara, pausada igual que la respiración,

clara como un potrillo o gato montés en el aire,

escribíais, madame, “ubi trascendit florentes viribus annus”

con dedos de delicadeza florentina sosteniendo la tiza

y el tigre a vuestro pecho –feroz en la rosada–

despertaba la maleza de los árboles.

Recuerdo vuestro seno como simas Tártaras,

el lugar más profundo del mundo

incluso debajo de los Infiernos,

temido hasta por los Dioses,

vuestros pezones como bombones helados,

la largura irreal de las piernas,

los tacones pisando pasadizos de mansiones góticas.

Recuerdo sus labios alunados tan distantes

de lo que en verdad erais:

una joven filóloga recién licenciada,

una gatita o rubia platino de película.

Ah aquellas ondas rojas con peligro de magnolias

de los labios gordezuelos con discreto carmín,

o la vagabunda piel donde libre se vence la hierba.

Yo palpitaba, me mordía el sexo, el ímpetu me inspiraba,

gozando aquella pasión me llenaba de contento.

“Amore ha fabbricato ciò chio linio«, podía decir con Cavalcanti.

Porque usted era en mi historia civil verso de amor

y onanismo en la cama,

y su cuello un descolgarse de visiones de Benedetta,

la falda y blusa limoneros, hobbits,

sus ojos zarza en la majestad suprema de la calma,

eran ciruelas heladas deshelándose en el Leteo,

su tiempo isla donde bracear a solas,

y sus braguitas catedrales de la imaginación,

su pelo una imposible colonia Nenuco.

Afirma Tertuliano en De Testimonio animae

que sentir placer es pensar en cosas que amamos

ayunas de la invirtuosa lujuria

ya que ésta llena de pasmo, hiel y concupiscencia.

Sin embargo, yo soñaba que le sacaba el albornoz

al salir usted de la ducha, y que usted empezaba a

chuperretear mi sombrerete de champiñón rojo

reposando vibrátil su lengua en mi delirio.

Esa imagen calentaba mi corazón.

Con Amor se roturan los campos con nardos

y habiendo llegando vuestra memoria

a estas ordinarias horas menguantes del planeta,

a estas horas coturras del comercio y la burricie y la peste,

habiendo llegado el mundo a esta calvicie

y planicie de ideas y sentimientos,

me subo a la nave de ese primer amor,

a ese instinto de falo y vulva,

subo a ese primer y último amor,

y grito, me retuerzo el sexo, increpo e insulto, exploto,

os agarro desde aquí vuestra boca con mis dientes

para negar –siempre– el “requiem aeternum” del tiempo.

Diario de un esquizofrénico 71

Pequeña elegía

Debido a algunos imponderables y a un par de contratiempos

sé que poca, muy poca vida me queda.

¿Balance? Gocé de scorts de inconsolable hermosura,

la exquisita paz de una familia que mucho me quiso,

instantes imprecisos del tiempo donde me creí invulnerable

o un corbeille de rosas al alba, o el château de Chambord

o el de Cheverny (en solemnes mañanas con bridón de llama),

Vermeer, Bernini, Viena, Lisboa, Tarski, Quine, Cavafis,

la prosa de burbuja historiada de Nabokov,

la ovonia que enloquece en amores de solo dos horas,

las penínsulas espaciosas del vino borgoñés,

asonante de frutas rojas y viñedos ducales,

largo como claridad de antorcha al trasluz púrpura,

gocé la inteligencia tanto de Fleur Cowles como de Suetonio,

estudié matemáticas, el oreo de novelas, el dramatismo

en el ballet de piruetas pensantes de algunos filósofos,

leí al barón de Maldà, las ocurrencias de senectud de Séneca,

soñé, imaginé, fantaseé, enloquecí con la belleza, ideé, creé,

jugué, canté, me dominó la pasión, hallé luz en la razón,

bebí, amisté, brillé, caí, copulé, amé, busqué y encontré.

Pero ahora mi felicidad no consiste en decir «mañana»,

sino que reside en la tristeza de una fúnebre palabra: «ayer».

Enclaustrado en feraz, feudal aldea gallega, desprecio el hoy

y ya solo espero dulcemente la muerte, esa última habitación

de hotel de lujo. Mero trotamundos por magnéticos eucaliptos,

nadie antes tan rico ha vivido nunca ahora tan mal y pobre.

A veces compensa la paciencia de escuchar cómo levitan las nubes,

las ovejas del vecino, echarle migas de pan a los pájaros,

el bosque enfurecido donde borbota y se fragua una lluvia inescrutable,

o percibir la vertiginosa corona de animales durmiendo

y a babilónicas nubes oníricas muy blancas en verano.

Muy lejos de insecticidas, cosméticos, grafiti, jóvenes adolescentes

en shorts, estallar de coches y el populoso incendio de las avenidas.

Mi alfabeto no son ya pequeñas librerías francesas o inglesas,

sino toxos, abruñeiros, bidueiros, pelusiñas y xestas.

Rodeado de este cascabeleo de inmensa precisión sensorial

el musgo y hojas secas cubrirán aquí mi tumba.

Muy pronto, sea por natura o solución romana, soñaré un sueño,

un sueño que no podrá volver a soñarse más.

Diario de un esquizofrénico 70

» Querida condesa Baschi:

Lo que voy a contar no es precisamente poético. El marqués de R. , que, como usted sabe, no es precisamente muy delicado en sus gustos, pasó ayer la noche con una comedianta y, al final de la cena, estando los dos…encantadores, el marqués no encontró nada mejor que desvestir a su Venus, y, preparando una salsa para espárragos, la colocó en un lugar que no voy a nombrar y que usted comprende, y se dedicó a comer los espárragos mojándolos en su salsa. Parece que le gustó. ¿Qué piensa usted de ello? Espero su respuesta pero, por el momento, no puedo dejar de reírme de un placer tan original.

La marquesa de Pompadour «

***

«Es una «demoiselle de moyenne vertu»».

Esto me recordó a tantos artistas que pintan la lucha entre el amor y la castidad (Pietro Perugino, Sandro Botticelli, etcétera) Acudo desde joven a las putas de lujo. No ligo, no lo sé hacer, pago por media hora de amor mercenario. Son un encaje de seda de Bruselas, un rico bordado con aplicaciones de oro y plata. Mi amor por ellas es una suerte de «gourmandise».

“Ya no te escondes para ver pornografía o practicar sexo de pago, sino para escribir un poema. Es más fácil que se burlen de ti porque estás enamorado que por estar excitado. Pero creo que inclusive ponerlos en un antagonismo es equivocado. El sexo sin sentimientos muchas veces no pasa de un ejercicio, de acto repetitivo sin un fin, sin una apuesta. El sexo conejero y cinegético, gimnástico, es una suerte de defección de la Civilización. Solo los sentimientos, más allá del amor o no, pueden hacer que el sexo sea más de lo que es” ¡Ja, ja!, no me lo creo ni yo.

Mi paraíso es una ciudad llena de casas de citas, como el París de 1790, donde, según las estimaciones de los historiadores, había 40000 prostitutas para 600000 habitantes. Condes, obispos, cardenales, burgueses o menestrales se distraían felices.

Solo una democracia que puritana querría prohibirlas.

***

Esa solemne frase: educar al pueblo.

«La mejor educación para los mejores es la mejor educación para todos» Robert Maynard Hutchins

***

Papudo y gelatinoso dinero;
solo gracias a las artes y a las putas
–consequor ex illis casus oblivia nostri–
se remeda mi exilio,
se olvida mi desgracia.

Diario de un esquizofrénico 69

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En nuestra vida ordinaria, en los trabajos y declaraciones del mundo, percibes la escrupulosa y minuciosa mezquindad de la inteligencia y la sensibilidad defraudada. Un desincrustante o antídoto es ir a la busca del Arte, allí donde se aúnan intensidad, brillantes lenguajes y elucidaciones de experiencias imaginativas o inferenciales. De alguna manera el Arte es un movimiento de deleite hacia una (muy) alta tierra feliz. El Arte es la ley placentera de la forma lograda. El gozo de asimilar la grandeza. Los artistas son custodios o pastores de la conciencia invisible y también de las regiones inmediatas que no se atreven a deshacer maleficios o pájaros de mal agüero. El Arte es plural, pero siempre provoca que tú te transformes en el más enamorado. El Arte aumenta la cantidad de Bien y el diámetro de la realidad («una vida sin cercados» Larkin) Aunque los artistas se metan en chanchullos, el Arte es una finalidad sin fin desinteresada (Kant)

A un poeta le ronda en su interior como una vaga sombra o una desfigurada silueta un poema durante un mes, o dos, o un año, hasta que esa insinuación se ejemplifica y afluye al exterior. Los poetas de las redes sociales somos poetas menores porque no seguimos ese método semi-onírico sino que escribimos a impulsos impremeditados e inmediatos o irreflexivos. Invito a que se lea gran poesía, poesía de indubitable grandeza y calidad. El gusto es comparativo y se engendra (y nutre y se perfila) en la comparación. Marwán -leerlo- no produce un movimiento de deleite placentero y armónico, sino un sonrojo de displacer estético. Esa percepción nace al leerlo comparándolo con Auden, Ponge, Cernuda, Machado, Heaney, Milosz, etc… La emoción de Marwán se hila a la saga adolescente «Crepúsculo», la emoción de Auden se trama en una de las mayores inteligencias que cristalizó el siglo pasado. Una vida defraudada también es mezclarse con mezquinas inteligencias derrotadas. No lean a Marwán (ni a mí, por supuesto) sino a Borges y sus pares. Vivirán más y mejor.

***

Sigo y leo a muchos poetas tuiteros con miles de seguidores. Soy hipócritamente amable con mis comentarios, ya que esas webs no dejan de ser su casa y yo no tengo madera ni espíritu de troll. Cosa distinta es que en mis propias redes sociales exprese (razonándolo) la ínfima calidad de ese tipo poesía.

También -ay- los imito escribiendo yo poemas bochornosos que esbozo en cinco minutos; el truco consiste en una especie de escritura automática soltando lo primero que se te pasa por las mientes en un estilo cursi y elemental, evitando como un demonio la «elaboratio«, el buril, la lima o la inspiración alada o la conciencia estética de la escritura.

Los genios, escribiendo así, pueden escribir genialidades (por algo son genios), pero a la inmensa mayoría de los mortales este mecanismo poético solo genera poemas-churro, poemas-ocurrencia chorra. Un poeta con oficio y años de experiencia también puede sobresalir con esta suerte de instinto espontáneo. Pero los poetas tuiteros son jóvenes y «jóvenas» que empezaron la casa por el tejado. Un pintor puede pintar un gran cuadro en treinta minutos porque necesitó cuarenta años para aprender a pintarlo en treinta minutos. Lo mismo pasa con el poeta. Un cúmulo de experiencias y técnica (o cultura) es justo de aquello que carecen esas «celebrities» de Tuiter o Instagram.

Auden o Glyn Maxwell proponían en sus clases de escritura creativa una prueba muy significativa. Daban a sus alumnos grandes poemas con algunas palabras eliminadas (nombres, verbos, adjetivos) e incitaban a sus alumnos a completar los huecos. Prácticamente nunca acertaban. Hay un poema de Larkin en que el poeta describe un paisaje que ve desde la ventanilla del tren. Al ver un invernadero lo describe así: «Un invernadero relucía, único». Ni un solo estudiante nunca adivinó el adjetivo «único». La palabra «único» es única. Los poemas tuiteros carecen de palabras, versos o poemas «únicos». Son poemas manufacturados en serie, no escritos con el dedo de Dios. Poemas Coca-Cola, poemas-palomitas; de ahí probablemente su brutal éxito; dan gusto y masaje al necio.

Diario de un esquizofrénico 68

(Aristocracia)

«Mi idea es que ninguna sociedad puede arrinconar esta «aristocracia natural» o «de mérito», cosa que no tiene nada que ver con la clase aristocrática de cualquier tipo de Ancien Régime. Se trata, simplemente, de considerar que cualquier sociedad precisa una élite, o, por decirlo en términos geométricos, una cúspide de la pirámide cultural constituida por los ciudadanos más preparados, siempre en el bien entendido que esta punta de la pirámide -tampoco, nada que ver, con una clase social económicamente privilegiada o con atribuciones despóticas- esparza su excelencia por todo el resto de la sociedad: caben en esta excelencia tanto los hombres de letras como los de ciencias y de técnicas. Esta propagación de la sabiduría de los mejores (aristoi) se produce, en lo que respecta a las Letras, por el camino de la educación, pero también del periodismo, los medios de comunicación, las revistas, los cenáculos literarios, la vida parlamentaria, los museos, los ateneos y los centros urbanos de cultura, además de muchas otras plataformas: también un edificio o la organización de un barrio pueden ser civilizados o crueles» Jordi Llovet.

En los palacios de música vieneses, la altura de los escalones de mármol estaba pensada para que al subir por ellos las damas no tropezasen pisándose la cola del vestido, o bien no enseñasen inconvenientes pantorrillas: muestra exquisita de civilización, suma de delicadeza y tacto. Compárese esa muestra de inteligente exquisitez, esa obra maestra de las costumbres, con el salvajismo urbano «okupa»: nota abrumadora de barbarie y emblema de nuestro brutal ocaso.

José María Álvarez (en español) o Salvador Oliva (en catalán), siguiendo así a una dignísima tradición humanista, incorporan a Shakespeare a nuestras lenguas merced a sus elegantes traducciones: muestra majestuosa, magnánima y generosa de distribución de lo mejor. Comparemos. La editorial Espasa, a cambio de dinero, y ejemplificando una definitiva e incontestable bajeza, premia la «poesía» de un tecleador cantamañanas: esparce basura y oculta la excelencia. Símbolo o muestra de estos desnortados tiempos.

Los escritores deben ser -al igual que nosotros los lectores- custodios de lo mejor. Sus ficciones y poemas y obras de teatro altas terrazas de lirios. Los ciudadanos deben esforzarse por ser asimismo custodios y amantes de lo más selecto. Desterrar de sus mentes la chatarra y elaborarlas con materiales nobles y brillantes ¿Cuánto vale una democracia con demócratas con mentes liliputienses e ignaras?

Yo, y particularizo mi caso, debido a mis limitaciones e insuficiencias, no pertenezco a las élites, pero sí soy satélite de esas élites, orbito feliz alrededor de ellas. Un imperativo que me enseñaron ya desde la cuna. Mis padres me legaron el lujo del espíritu.

Los ricos ahora relinchan junto a sus caballos y yates privados, los filisteos se alimentan de paja, televisión y tuits, los pobres propenden a la idiocia. Creo que la única salvación a esta hecatombe cultural reside en las capas cultas -lectoras, letradas- de la burguesía hacendada (capas cada día más delgadas y menguadas, burguesía cada vez más inculta) que nutren a esa pirámide cultural de los ciudadanos de más patente. Acaso se vea en ello clasismo, pero prefiero el instinto de realidad a ilusas evasiones utópicas, el hecho al misterio, lo real a lo posible, lo probado a la quimera.

Si la escuela, destruida con ideales ácratas izquierdistas que conspiran justamente contra el mérito precisamente de algunos miembros de las clases trabajadores y no privilegiadas, convirtiéndolos en estupendos ignorantes y víctimas crueles del destartalado sistema, si la escuela, decía, si la escuela mejorara, si la Universidad mejorara, acaso la impresión de depauperación intelectual y espiritual no sería tan intensa.

A veces tengo la impresión que el periodismo, la política, las editoriales, los museos, los ayuntamientos, los sindicatos, etcétera, están gobernados por la clase de los peores, por los últimos de la fila. Que desde arriba se esparcen o distribuyen detritus, resultando entonces todo una perversa contaminación o embadurnamiento de porquería. Filtraciones o capilaridad de cochambre y mugre. Las confirmaciones no son pocas y los desmentidos no abundan.

Creo que el enorme Pla observó una vez que solo la mediocridad es socialmente admisible. Ahora la mediocridad es el único método de supervivencia. Parece que la gente (¿gentuza?) no quiere asumir como algo propio y valioso la cultura, la inteligencia basada en la dialéctica más experimentada, la inteligencia trenzada en los libros y el análisis y la perfección; parece que las corrientes y comunes versiones degradadas de las formas intelectuales o cívicas derivan en una crisis colosal de aprecio a la inteligencia y el valor, en un descrédito del mérito y una sobrestimación de la estupidez.

Al menos tengo una morada limpia y agradable, jardín y una buena biblioteca. Permítaseme un colofón o coda apocalíptica. La historia comienza a ser un bazar de gritonas bacaladeras (¿eh, señora Montero?) y deja de ser un eficiente cementerio de nobles aristócratas. Desean reencarnar a madame Du Deffand en una cajera de supermercado, desean oír en el salón de Marie Bruneau Des Loges el vulgar andaluz «cockney» de la Ministra, quieren poner muebles de Ikea y bibelots kitsch en el Château de Sceaux. Las masas asienten con élites viciosas y tontas. La plebe es apática, incapaz y muy fácil de engañar. Los hermosos gatopardos son devorados por las ratas. En el mundo ya solo sobreviven hienas y ratas.

Conversar con (demasiados) vivos es como hacerlo con los indios, con incorregibles acémilos, o con monos incapaces de ese elemental logro que consiste en bajarse de los árboles. Custodiemos a los gatopardos. Que lo bello y luminoso sea mi elemento, pido a los dioses. Y, como recomendaba Horacio, multitudo non sequandam.

Prólogo a «Diario de un esquizofrénico»

LIMINAR

No olvido la carta de Madame de Sévigné:

«[…] Tengo que contaros una historieta, que es muy cierta y que os divertirá. Desde hace poco el rey se ha puesto a hacer versos; Saint-Aignan y Dangeau le enseñan cómo hay que hacerlo. El otro día compuso un pequeño madrigal, que él mismo no encontraba demasiado logrado. Una mañana le dijo al mariscal De Gramont: «Leed, os lo ruego, este pequeño madrigal y decidme si alguna vez habéis visto algo tan impertinente. Como que la gente sabe que me he aficionado a los versos, me los traen de todos los colores». El mariscal, tras haber leído, le dijo al rey: «Señor, Vuestra Majestad juzga divinamente bien en todas las cosas; es cierto que éste es el madrigal más bobo y más ridículo que he leído en mi vida». El rey se echó a reír y le dijo: «¿No es verdad que quien lo ha escrito es un necio?» «Señor, no hay manera de darle otro nombre». «¡Qué bien!, dijo el rey, me complace que hayáis opinado con tanta sinceridad: lo he hecho yo» «¡Ah, Señor, qué traición! Devuélvamelo, Su Majestad: lo he leído muy deprisa«.

Deseo del sufrido lector la magnanimidad de releer mi dietario misceláneo creyendo que no es tan malo como en su primera (y certera) impresión parece, y que su opinión crítica sea sustituida por una especie de benévolo «blurb» (pequeña frase auto-promocional que las editoriales o estudios encargan y publican antes de que salga el libro o la película) Permítanme el autoengaño de creer que la mayoría de mis lectores (en total sumarán veinte o treinta) creerán que mi libro es «Absolutely Brilliant«, «Holiday Classic«, y cosas de ese jaez.

También deseo, en mi quimera alucinatoria, que alguien me vea como un tipo de superior inteligencia y superior erudición, al que no reprueban sus escapatorias a Dante, Horacio, Catulo y Ariosto, necesarias para una expresión más viva y mayor desenvoltura de pensamiento en sus escritos. Que se me vea como docto entre doctos, o sombra benigna de los doctos. Un censor sin acrimonia y un príncipe sin nepotismo, un geniecillo de aldea, al que Voltaire –ese corifeo de la religión- le hubiera escrito admirativo el dístico: “»Lambertinus hic est, Romae decus et pater orbis / Qui mundum scriptis docuit, virtutibus ornat«

Con toda sinceridad solo pretendo ofrecer un poco de evasión o ración amable de pasatiempo y solaz a la imaginación y los ojos del querido lector al término de su –acaso- tediosa jornada de trabajo. Un deleite no demasiado sádico.

***

 Un lector siempre añade algo de sustancia personal a lo que lee; si ese algo es menos severo que la idea del mariscal al madrigal del rey, para mí es más que suficiente justificación y señal de terminante alegría.

Pese a que en muchas entradas o escolios critico a la sociedad y a mis semejantes, eso solo es una argucia retórica o desplazamiento: el único tema del libro soy yo, me refiera directamente a mí o indirectamente, aludiendo al supuesto colapso apocalíptico cultural. Si Cavafis en sus poemas históricos transfiere su elusivo yo a hechos del helenismo alejandrino, uno oculta su ignorancia socio-cultural del presente y recurre al expediente de aparentemente hablar de él –de la sociedad- cuando solo (insisto) hablo de mí.

El libro carece pues, pese a sus aserciones categóricas y prosaísmos no pirrónicos, de un significado cognoscitivo o informativo explícito o la puesta en escena de determinadas tesis (tan opinables como inevitablemente caducas) La parte del león radica en su significado emotivo y moral. Por lo que no pretendo bajo ningún concepto instruir intelectualmente, algo que me sobrepasa a todas luces, y solo familiarizar al que leyere con las obsesiones de un solitario en el fondo escéptico y fabulador y bastante mentiroso. Solo tengo una creencia verdadera, una meta-creencia o creencia sobre las creencias, a saber, que no todas mis creencias son verdaderas. Vano insistir que mi talante natural es la bonhomía y la tolerancia, incluso cierta ingenua bondad, por lo que las notas pseudo-nazis o el elitismo despreciador hacia cualquier tipo humano son muestras del más consciente género fantástico.

***

Gracias. Ni soy ni seré escritor de primera fila, no me engaño, poco menos que un dominguillo talentosillo. Un escritor amateur y diletante, de noches insomnes, que siempre tiene presente la aguda experiencia de Montaigne:

“Poco importa cuántas veces revise mis escritos; en lugar de complacerme, me decepcionan y me enojan. Tengo siempre en la mente una idea, una imagen difusa, de una expresión mucho más acertada que la que empleo, pero, como en un sueño, no logro asirla ni desarrollarla”

Mi obra de creación permanece en el limbo de lo embrionario, lo provisional, de lo susceptible de constante corrección, pulimento, lija y enmienda. La doy a publicar debido a motivos biográficos que deseo no hacer públicos. Detesto mi imagen de escritor y los logros nunca hallados y las limitaciones siempre manifiestas.

Si fuera serio o maduro no publicaría nunca nada, jamás, ni borracho, excepto «feuilles volants» para mi familia. Y continuamente intentaría sutilizar y escamondar en lugar de publicar. Pero me apremia mi vanidad y mala salud.

Si Cernuda habló del «aguachirle conyugal» referido a las parejas heterosexuales, no menos, yo soy un mero provinciano que juega con sus múltiples máscaras y cuya obra, según mi parecer, es poco satisfactoria e insidiosamente mediocre. «Todos los cambios están más o menos teñidos con la melancolía porque lo que dejamos atrás es parte de nosotros mismos» dijo Amelia Barr. Burton señaló: «No hay algo así como la felicidad, solo menores matices de melancolía». No hay algo así como un buen libro, solo mayores o menores matices de mediocridad en “Diario de un esquizofrénico”.

Esa mediocridad queda desmentida en el Prólogo de Santiago Lamas y el Epílogo de Vicente Gracia, médicos, científicos, escritores y humanistas a quienes agradezco el gesto compasivo de ocuparse de mí y que honran al volumen.

Un saludo muy afectuoso a todos y, de antemano, gracias por su paciencia. Todos estamos preñados de ese sueño que se llama Belleza. Todo lo desagradable se evapora en ella. Si logré un gramo de belleza con el libro mi vida está cumplida. Gracias.

Diario de un esquizofrénico 67

(Palabras para mi sobrina Clara)

Bajo la bóveda de la Capilla Sixtina siéntete renacer.

La sociedad nobiliaria, las costumbres de antecámara, el imperio de la representación, la elegante domesticidad aristocrática, son tu destino, si no de vestidos y porte, sí en cambio de espíritu.

El mundo es un boceto mal realizado y la gente no es noble ni buena. Pide que tu vajilla no sea de estaño ni de madera, sino de porcelana fina. Come pasteles de fantasías historiadas vienesas. No vayas nunca a piscinas públicas. No te tiñas. Adora los pájaros y deplora la prensa deportiva. No vayas en metro ni autobús. Hazte caquitas al oír a las estrellas del pop. Sé anti-moderna, es decir, hereje. Escupe al reguetón. Ten en el amor una figura ideal, mas sopesa las grandezas de tus propios soliloquios.

Te espero en unos años en Nogueira. Te hablaré de tu nona, te ayudaré con los deberes, nos encaprichará la luz de los pinos y eucaliptos. Tu alegría animal niega de raíz que el camino a Tebas empiece con la muerte.

Tu sonrisa es una cascada de agua helada que refresca en el calor terminal del infierno.

Diario de un esquizofrénico 66

Mi padre; qué burgués superior y ecuánime. Sin pausa aportaba datos y reflexiones que fluían en una corriente bien ordenada -un pensamiento clásico es un pensamiento bien ordenado- Todo con medida, grabando en la memoria del feliz oyente los pormenores o contornos del problema o tema a dilucidar.

Y en el ajedrez era de una riqueza monstruosa, bellamente gigantesca (pero de mal perder) Era un Lavater y un Tartufo al mismo tiempo. Se sacrificó con minuciosidad por el bien común, el bien particular, y el bien familiar. Generoso, intuitivo, trabajador compulsivo. Sus áreas de conocimiento eran el Derecho y las Finanzas, pero amó también el Arte, con énfasis sobre todo en la pintura.

Un análisis de su destino prueba que vivió como deseó, que vivió al hilo de sus pensamientos sobre la vida. Su espíritu no está ahora en la nada; resta su memoria en el Universo, su software se añadió o sumó a la computadora cósmica.

Fue un alma sintética; unió lo cordial y sensual con lo intelectual, el placer con las rumiaciones. Amó mucho (muchísimo) a mamá -como ella a él-, aunque su relación fue tumultuosa, con altibajos perennes.

Vaticinó a estos patéticos aldeanos mesiánicos y corruptos del nacionalismo radical catalán que pululan por mi tierra como monos subidos a los árboles, a estos atolondrados caganers. Detestó el arte no figurativo, la ausencia de «mímesis», la mente en fugas irracionales. Gustó del lujo y tuvo compasión (fue clemente y ayudó), tuvo compasión por los humillados y ofendidos. Nos educó con severidad, temiendo la influencia nociva de la envolvente «tribu».

Más que simpático, sarcástico. Más que católico, teísta. Más que feo, atlético. Más que melancólico, vitalista. Una de las grandes frustraciones de su vida es que yo me saliera de la ruta que preestableció y no estudiara ingeniería. Pero, pese a los disgustos, creo que (acaso, no sé bien) fui su hijo favorito. Lo quiero y lo quise. Descansa en paz papá.

***

(Traditio)

Papá, defiendo el legado de la casa que me legaste,

aunque España sea una gris y sucia pelambre de rata,

aunque balbuceen con farfollantes

palabras llameantes los incapaces de conversar con el Cielo,

pese a que Cataluña sea una atolondrada

y palurda, aldeana y muy árida, tortura psíquica,

aunque Europa aburra y Occidente

sea un turbio harapo, una Babel Caótica de Ruidos,

yo defiendo la casa que me legaste.

En mi jardín hay luz de altas estrellas,

el judaísmo en el centro de mi corazón

y pistilos untados con cosméticos

y pulpa en dulces odres (tu voz era un rumor

de savia verde en los lagares)

Defiendo la casa, y cuido del jardín y de mamá,

no te preocupes por nosotros papá.

¡Cómo te extraño! Tanto hablamos sobre los burri-artistas,

los políticos radiando basura, burri-jóvenes, sobre execrables

lerdos que subían al escenario social

con sus maneras de patanes chuscos

y su sebo de rucio diarreico manchando las iglesias.

El calor radiactivo de la civilización

enloquece a hombres y bestias.

De las cosas sagradas solo queda Dios y mamá.

Rememoro el escalofrío de piel de tigre que nos poseía,

la calma y precisión con que derrumbábamos

a la pieza reina del oponente,

nuestro Deus sive Natura como un himno viril,

y si vieras ahora a demasiados que aman su esclavitud

como reos conducidos al palacio de Anás.

Ahora a los hombres les privan

de todo aquello que es venerable,

deliberan traicionándose a sí mismos,

sin ideas claras y determinadas

su instinto niega el conocimiento intuitivo.

Sin discernimiento ni meditación de alma,

no memorizan lo importante para que se ramifique

y enriquezca o distribuya en su interior

sino que el paisaje de sus almas es esta Odisea del Barullo.

Para hacer cualquier cosa terrible,

para sobresalir en la estupidez,

para ser el hazmerreír del planeta,

la oscuridad no parece en general necesaria;

vivimos una época nublada y obscura.

Pero yo, no sin maravilla, defiendo la casa.

Me legaste la gran Belleza y el fogoso amor a la Verdad.

Me legaste la lujuria atlética de la Inteligencia.

Defiendo la casa, papá.

Defiendo tu enorme, lujosa biblioteca,

que es la historia de la fuerza de la mente humana,

tus medallas y monedas,

que dan testimonio de leyes y costumbres,

las pinturas y estatuas,

para que la vida continúe más allá de la tumba,

colecciono tus recuerdos

embalsamados en el ámbar más querido y dulce.

Vendrán noches, vienen ya múltiples noches, habrán más noches,

pero yo armado y presto al combate defenderé la casa.

Prudente es conocer la fragilidad de los hombres

y honroso ser un caballero.

Todo se derrumba o desmorona.

Al consuelo en la muerte

y a instruirte en vida,

dedicaste los frutos de tu laboriosidad.

A la grandeza rendiste honores.

Tu vida fue un majestuoso solo de violín entre la turbamulta.

Se dispersó a los cuatro vientos del firmamento

tu mente. Yo defenderé tu casa. Tu legado.

La soledad cansa como una radio con interferencias.

La soledad cansa como una novela moderna.

Estoy solo y meditabundo papá,

palabras de invierno agrietan mis labios.

Pero tu Luna de gatopardo me cobija.

Defenderé la casa de música y burbujas historiadas.

Papá, te juro que con mi sangre

defenderé la casa que me legaste.

Diario de un esquizofrénico 65

«Dejando eso aparte, el barrio del Macello dei Corvi era, por decirlo discretamente, modesto. Casas de solo dos plantas, adosadas una a otra sin patios y construidas con materiales de deshecho hurtados al cadáver de la ciudad antigua. Tufos viterbinos groseramente escuadrados y montados sobre hileras de ladrillo romano robados a los muros antiguos. Bloques de peperino y de travertino esculpidos y unidos con cemento sin mostrar el menor interés por los refinadísimos relieves que soportaban, empleados en los cantones, en los umbrales y en los arquitrabes de puertas y ventanas. A veces aquel tejido mural ecléctico y chapucero contaba con la protección de un enlucido de puzolana, morado, rojo, o violeta, según la localización de la cantera, que casi siempre era una finca interior de las murallas aurelianas«

Así describe Antonio Forcellino, en su obra «Michelangelo, una vita inquieta«, el barrio muy humilde de Miguel Ángel, barrio donde había llegado pobre hacia 1510, cuando Julio II y sus herederos pusieron a su disposición la casa-taller para que trabajara en las esculturas de la tumba del gran Papa Della Rovere. Luego, en 1517, dejó Roma, para regresar en 1533 como artista de fama mundial. Pero, aunque inmensamente rico y afamado, nunca abandonó aquella casa y barrio tan poco decorosos, tan alejados del centro de la corte papal. Fundamentalmente siempre se sintió un florentino desterrado.

Exiliado estoy yo de mi origen de barrio rico. Rentista pobre, recuerdo. Mamá no conmigo. Y recuerdo la belleza fresca y rosa de mi mamá como un signo, un símbolo, un testimonio que corre hasta los confines de mi mundo. Hoy, con luna llena y lobos aullando excitados, si pienso en ti no oigo el sonido agudo de ultratumba, ni música de sangre con vidrios, ni floto en cámaras fúnebres. Alabada seas mamá.

***

Cuando pienso en casos y cosas que mi mente no debería pensar, además de melancolía, me azora cierta irreligiosa derrota. Como advirtió el clásico:

“Solo una derrota nos libra de otra derrota mayor”.

O también:

“Solo la ruina nos defiende de otra mayor”.

Diario de un esquizofrénico 64

Existen libros para tragar, para digerir y otros para saborear. En una reformulación de esa misma idea, si, al catalogar nuestra biblioteca, nos basamos en esa advertencia de Bacon, tendríamos, primero, un estante con libros de imprescindible lectura, segundo, estantería con libros de lectura opcional, y, tercero, una balda/s con libros de lectura sugerida; se me ocurre una clasificación al hilo de estos pensamientos; existen buenos libros buenos, buenos libros malos, y malos libros buenos (los malos libros malos, en un mundo ideal, debieran ser impublicables)

¿Cómo creo que es el libro -un «best-seller» mundial- del filósofo canadiense Lou Marinoff , «Más Platón y menos Prozac»? Un buen libro malo con algo de mal libro bueno. Lo mejor, desde mi punto de vista, es su claridad mental prístina, su claridad desembarazada y transparente, la argumentación perspicaz, ordenada, delimitada, patente y esclarecida, la compacta claridad como cortesía, forma y estilo filosófico.

La tradición analítica -no ya un corpus de tesis filosóficas sino una «maniera» de pensar- dejó en la historia de la filosofía una lección irrenunciable, a saber, que todo lo que se puede decir se puede decir claramente o en un sistema adecuado de símbolos, o, reorganizando esta intuición o sugestión, si no PUEDES decirlo claramente, entonces se DEBE a que tú mismo no lo entiendes.

Hay individuos -o alumnos- que se empecinan en creer que sus pensamientos son claros y precisos, pero en cambio la expresión lingüística de esos supuestos pensamientos claros es en su lugar oscura y confusa («Profe, yo lo sé y lo entiendo perfectamente, lo que ocurre es que no lo sé explicar…[?])

España, un país culturalmente colonizado, tiene -o tuvo- mucha influencia de tradiciones filosóficas como la francesa o la alemana (o parte de ellas) donde el pensamiento farragoso y las inspiraciones de tipo oracular sustituyen a la prueba explícita y la argumentación diáfana. Un buen filósofo es un filósofo con buenos argumentos (en un campo donde la evidencia empírica es cuando menos indirecta o remota), y, un buen argumento, entre otras cosas, debe ser manifiesto, claro (a diferencia de un «argumento-souflé«; ambiguo y vago o impreciso)

La quincallería intelectual, la profundidad de apariencia y no de esencia, por desgracia abunda entre pseudo-filósofos; existen grandes filósofos como Hegel o Heidegger expertos en oscurecer la expresión; resultan un pésimo modelo a imitar, un verdadero contraejemplo o «macabre example» como diría Jack el Destripador)

El archi-vendido libro de Marinoff es una simple hebra en la milenaria tradición de la filosofía como medicina o terapia del alma. Ahora se llama «Philosophical Practice» -«Filosofía práctica o aplicada- y existen múltiples revistas académicas que la estudian y multitud de asociaciones de practicantes o «Asesores». El asesor filosófico temo o creo que acabará siendo una especie más de coach o mero dispensador de aforismos a sus clientes.

El único consejo (sobre la vida o el mundo) que me parece válido es el que uno se da a sí mismo previo examen o inquisición o meditación tranquila y serena del tema a inquirir o meditar. La filosofía siempre resultó un auxilio ideal para que esa semilla que, insisto, debe brotar desde dentro de uno mismo, dé sus frutos. De otro modo es palabra muerta o fármaco que no sana -ya Platón señaló la ineficacia de las palabras «exteriores».

Cuando resolvemos problemas (el temor a la muerte, el propósito o significado de lo que hacemos, el análisis de la calidad del amor hacia nuestra pareja, el partido político al que queremos votar, la capacidad para tolerar la soledad, etcétera) no solo tenemos ideas sino ideas que resuelven (o intentan dilucidar y resolver los problemas en una primera tentativa) ideas que resuelven -decía-los problemas de manera adecuada y feliz. Para ser realmente creativos y efectivos al resolver problemas (o en la tentativa de resolverlos) hemos de sopesar si una nueva idea es buena o no, y la lógica y la cultura son indispensables para estas tareas.

La filosofía ayuda a vivir, a vivirla con plenitud y sentido pleno; las humanidades ayudan a vivir (esta es una verdad incontestable y definitiva que la cultura contemporánea parece obcecada en ocultar) Evaluar, comprobar y modificar ideas, dudar y evitar extremismos inútiles e ignorancias ciegas o dogmatismos irracionales, son actividades prototípicas del buen método filosófico. Aplicar ese método al examen de la propia vida es un tópico ineludible, algo que hicieron Sócrates, Platón, Aristóteles, San Agustín, Epicuro, Marco Aurelio, Wittgenstein, Descartes, Quine (también, a su modo), Boecio, Lao-Tsé, Confucio, Santo Tomás, Sexto Empírico, Pirrón, Séneca, Bacon, Hume, y así ad nauseam.

Innumerables poetas y escritores y pintores y músicos -vano mencionarlos- meditaron asimismo con suma calidad sobre los eternos temas de la existencia (el amor, el placer, la muerte, Dios, el miedo, la bondad, la historia, la sociedad, el sentido de la vida, la belleza, et caetera) Marinoff pone su píldora o granito de arena a esta tradición. Como divulgador mereció su éxito. Tiene el don de saber popularizar las ideas, lo entiende hasta el culto razonador Messi o el humilde y virtuoso Ronaldo. Ojalá logre que algunos lectores suyos vayan a las fuentes originales.

Si yo escribiera un libro de filosofía -algo que no descarto-, sería, si no mejor que el de Marinoff, al menos no peor. Por eso apruebo, valga y permítaseme el sistema arbitrario y exótico, «Más Platón y menos Prozac» y lo recomiendo.

NOTA BENE: Estoy muy cansado y escribo mal. Russell escribió miles de páginas y nunca corregía. Una bendita excepción a la norma. De nada, queridos.