Día del padre

Una vez que me comporté muy indignamente con mi padre -prefiero no explicarlo, que todavía duele- éste me llevó a su despacho y más o menos me dijo «El afecto de un padre no es incondicional, y la rectitud pesa más que el amor, o, cuando menos, la inmoralidad deteriora el amor. Si no meditas y cambias -con dolor- te expulsaré de mi comunidad moral.» Mi padre educaba con guante de terciopelo en mano de hierro, con autoridad, rigor, y sin esas beaterías chill out o astrologías mamarrachas a lo Paulo Coelho de la pedagogía posmoderna. Sabía lo que tenía que hacer porque le sobraban convicciones y razones. Me eduqué en un ambiente que adoraba la cultura, exigente, respetuoso, honrado. Mi padre propendía a la intolerancia y una moderada falta de empatía, virtudes que compensaba mi madre (a la que sumaba una ironía inteligentísima). El esfuerzo y la diligencia para todos nosotros eran méritos casi sagrados, como cierto orgullo de clase burguesa que desdichadamente a veces se resolvía en un sarcasmo algo despreciativo por las clases subalternas. Mi vocación de escritor fue fuente -parcial- de conflictos, y mi propensión a la ociosidad y haraganería infinitamente mucho más sancionadas híspidamente. Pero su legado y forma, si pudiera transmitirlo a hijos que nunca tendré (soy hijo sin hijos), sería el mismo, excepto -seguro- el clasismo y la frialdad emocional (insistiré en algo ya dicho, mi mamá es mucho más cálida de lo que lo fue mi papá) Su memoria vive en mí mientras yo viva, una memoria que cada vez me hace más bien, una promesa de felicidad y serenidad, un aguijón de melancolía.

Intelectuales y humanistas

Aunque desde un punto de vista estricto sería forzoso llamarme impostor, y pese a que uno de los motores de mi vida es el «studium generalis», tengo tantas lagunas que solo soy un despreciable intelectual. Si el coronavirus no me mata, mi pío deseo es convertirme en un humanista, y , si llego a anciano, en un poeta humanista. Atenas, Jerusalén, Roma, Florencia, como amalgama simbólica de civilización o destino. El espíritu de Atenas, la abstracción de Jerusalén, la experiencia de Roma, la belleza de Florencia, en el quintal de un poema. Píos -y temo- imposibles deseos.

Rey emérito

PALABRAS PARA AL REY EMÉRITO. JE ACUSE.
Es usted gaseoso y consolidado en inopias. Su vida fue la fruslería y el rendirse a la fugacidad, la inmediatez, el latrocinio, la falta de exigencia, la ausencia de una corona moral, el desprecio al conocimiento y la virtud. Nació rey -el más hermoso destino- y se solazó en una astronómica -galáctica- mediocridad asumida, abajándose al lodazal de la cuadra de los cerdos. No supo aconsejar ni guiar. En algo de lo más vital de una nación, la patria, puso sus sucias manos. Se creyó más listo que nadie, inmune a sus pendencias. Creyó garantizada la eternidad y devino en charlatán crecepelos. Nunca asomaron en su liliputiense mente convicciones, ambición y rigor ético; sustituyó la virtud por una ridícula y risible ramplonería. No lega ni respeto, ni tolerancia, ni honradez, ni cultura. Despreció olímpicamente sus ventajas culturales (no así las financieras, eh pillín) Entreténgase con los balandros, los cochinillos, Tele 5 y las putas de lujo. Impío y sin piedad en el corazón, su egolatría morbosa le acusa. Fuiste un verdulero o bacaladero con suerte; espero te atufe el dolor a dinero.

Camino de la guillotina

CAMINO DE LA GUILLOTINA
De «El falso aristócrata»

 

 
¡Ay de vosotros, si todos los hombres hablan bien
de vosotros! porque así harán los padres
con sus falsos profetas. Una ascética para la felicidad
en tiempos revueltos, y cellisca, y el lujo de la mente.
Me dirijo al cadalso un día modular
sabiendo que fui de los mejores; serví al prójimo,
fui benigno con ingratos y malos y criados,
hay delicia y secreto en mi alma rosácea.
Este atardecer solitario luminoso no es el final,
supe sufrir y gozar, renunciar a la queja,
sé que vosotros -chusma- sois una panda de cretinos,
pero justicia y juicio son el cimiento de mi trono,
y subsistiré en la dulzura intemporal del cielo estrellado.
La boca cariada del injusto no produce sabiduría.
Viajaré entre grutas marinas a la otra ribera
enamorado de ti, oh mi Dios brillante y santo.
Mi corazón limpio rehusó pensar en cosas insanas y perversas
sean míos pues los arroyos blancos del invierno.
Uno arrastra el cinto de oro que ha ganado,
a diferencia del chusmerío del que brotan albañales;
como perros rabiosos si quiera tienen ganada
la entrada en la madurez. Imprudentes enanos,
estiércol lacayuno que sueña la estupidez y la bajeza.
Ya veo los ojos infinitos en los astros fúlgidos
sobre un salón inmenso con fragancia de melisas.
Ya veo mis playas cuajadas poniéndose amarillas.
Y pompas de jabón tañendo su bronce.
Lo compuesto se descompondrá, pero regresará
al bien del empíreo. Todo final es un comienzo.

Habla Puigdemont

Habla Puigdemont
De «El falso aristócrata»

 

 
La meva ressignada cara, amb els rastres d´aquell samfoniment d´un mal àpat, amb l`atàvic instint abrandat, llaminer d´aquell gust que s´assomeleix a l´abisme i la groguenca vitralla esmicolada, és que no pensa?
A fora hi ha calma. Sempre?
He de festejar el naufragi com un gaudi fort? he de festejar la cabellera musca del meu poble? Serè el President d´una Ciutat sense engruna d´ alabastre? Serà la meva historia una senyera entelada?

Sobre la triaca del orate diletante

SOBRE LA TRIACA DEL ORATE DILETANTE
De «El falso aristócrata»

 

 
El buen ciudadano es un tradicionalista respetuoso
de la ley. Que cree la libertad individual más importante
que la igualdad, tiene alergia al poder político
y está en contra de su reunión en manos de cualquiera,
especialmente del pueblo, el pueblo que anhela comprar
lavadoras, tostadoras, ordenadores personales, ollas,
polvos de talco, cremas de belleza, lápiz de labios,
laca de uñas, perfume, jabón de tocador, viajes,
vodka, cerveza, pasta dentífrica, sexo, bibelots kitchs,
crema de afeitar, desodorante, lavavajillas,
batidora y plancha eléctricas, dúplex, muebles, radio
y televisión digitales, automóvil, máquina de coser,
frigorífico, calefacción, microondas, equipo de música,
secadora de ropa, cocina vitrocerámica,
aire acondicionado, antena parabólica, Netflix,
Amazon, Movistar, arcón de congelados, Adidas,
Coca-Cola, smartphones, el pueblo enastado, hilado
al ron goteante de pútridos huesos del alba,
que es un devoto caballero de la Nada,
y cuya sigilosa lejía del siglo se mezcla
en sus convicciones como una casa de campo
no uncida a un trono, como gente que va a lo suyo
porque no sabe lo que pasa. Creo que algunas
personas -la minoría- están mejor preparadas
o son superiores a otras, y que si la religión
venera la autoridad y respeta la herencia, el pueblo
tiene un temperamento egoísta y una visión limitada.
Deseo asociarme con los muertos y no con los vivos.
Deseo el pensamiento que alimenta a los muertos
(la memoria pasada es promesa de futuro)
Y arrullar a los chopos, para por ventura poder verlo todo.
Verlo todo. Bajo el aspecto de la eternidad.
El zambullido del viento y el epitalamio de los gansos.
La revolución del gusto que ennoblece tantos libros.
El cráneo de piel de castaña de los lobos
miniando la alquimia cristalina de un huerto.
Las vulvas amodorradas en tontos bares de rubias.
Y yo solo entre la gente, con mi terno de sastrería,
entre la nieve fina, orando al ropaje de estrellas.
Ver la grandeza del azafrán opuesta a Franco en un billete.
La infértil quincallería de los periódicos.
Los hoteluchos sin gente sensata.
Las playas aberrantes con cuerpos fofos.
Y yo solo en mi gabinete entre viejos legajos, meditabundo.
La cultura de hoy no debe consistir en expandir
la civilización, sino en, decididamente,
seleccionar y descartar, destacar y repudiar.
Lo anticuado jamás es efímero.
Las cosas antiguas existen para enseñarnos
a ser jóvenes, a nacer de nuevo.
¡Make it old! Cordial decoro del invierno y la lechuza.
Amemos la tradición verdadera y no olvidemos
a nuestros antecesores. Traditio legis.
Las modas son costumbres de las que la gente
se cansa pronto; costumbres sin causa.
Al obispo de Canterbury, a Dios, y a mí,
nos molestan los trenes destruyendo la hierba ancestral
o el gasóleo de los aviones estrangulando el cielo.
Todo lo antiguo es una cuita de amor ganado.
Y también la pobreza de las palabras de este orate
son parte del planeta, del tiempo, la niebla,
de lo lleno de amor, espíritu, sentimiento y fe.

¿Para qué sirven las humanidades?

¿PARA QUÉ SIRVEN LAS HUMANIDADES?
De «El falso aristócrata»

 

 
Seres huecos, rellenos de paja,
y atiborrados de ruido. ¿Cómo evitarlo?
Rehuyendo ideas que pertenezcan
al mundo del poder y la utilidad,
yendo a la busca de un destino intelectual
para poder conversar contigo mismo,
teniendo conocimiento de lo que es significativo
mediante el cultivo de la mente y el gusto
educado del sentimiento, no siendo
un lacayo de las obligaciones del mercado.
Entonces la fauna visionaria de tu alma
adquirirá la forma vaga de una dulce sirena,
y olvidará desdeñosa a los pobres chacales del vacío.
La gala de la vida es un estudio perenne.
Y el fruto del ramaje, la autumnal poesía, la literatura,
el arte, la música catedralicia, la esbelta y grácil filosofía.
La cura del espíritu vive el profundo sueño
de la biblioteca. Cura más vasta y bruja
que hojas nacientes en estrellas. Cruza el umbral,
lector amigo. Florece en la altura de la razón
y la metáfora. Conversa con el pensamiento
en amistad augusta. O serás hueco y sombra,
la nada en un templo desmoronado,
delirio que evocan los fantasmas helados de la noche.

En el castillo de Axel

EN EL CASTILLO DE AXEL
De «El falso aristócrata»

 

 
Están condenados a estar locos
pero sin el glamour de la vida de los Fitzgerald
o el lujo de Symonds,
sin la prosa de Ruskin o Hölderlin o Nietzsche,
no, la mayoría no son Panero,
ni ebrios por un filtro de amor como el que bebió Lucrecio.
Son locos. Hombres, como casi todos, huecos,
pero con un huevo de serpiente en sus entrañas.
No les atrae el sexo a gogó en dulces playas silvestres,
hablan solos en los bares, increpan al mundo.
Ah esos ojos pastosos, y vedlos en el manicomio
que como pájaros enjauladas deambulan
obsesivos arriba y abajo del pasillo.
Llueve mucho en sus adentros; se diría
un hada de agua perversa besa sus labios.
Qué significa esa mucha lluvia
-constante gemela del invierno-,
qué son sus lunas negras tapiando
o iluminando un mundo que sólo para ellos existe;
es la melancolía,
la bilis melancólica que gotea por el rímel de las galaxias
y deja una estela muy menuda y quieta de luz.
Son locos. Observad cómo obscurece de pronto en la salita.
Se van los familiares. Amanecen las plumas de la muerte.
Derramado en las estancias un insoportable tedio a medicinas.
Sobrepuja una acuosa percepción del silencio como si fueran las coordenadas
de una nave rumbo a un planeta yermo.
La muchacha anoréxica
solloza y se avergüenza porque en el Instituto todos saben de lo suyo.
Un grupito de suicidas están extraordinariamente atentos a las explicaciones
de un tipo singular hablando sobre la posible transmigración de las almas.
Obscurece de pronto en la salita. Se oyen por toda la sala los gritos
mezclados con rezos de un chaval árabe que lleva siete horas atado a la cama.
Se pudren los crisantemos. La hermosa enfermera despertará mañana a los pacientes
pero, ay, nunca con sexo erótico ni con alta música de flauta mozartiana.
Es curiosa observar como prácticamente nadie mira el televisor.
Detén, oh dios de la melancolía,
a los demonios que en su cabeza se dan cita
Pon plomo derretido en el culo
de los doctores igual que si fuesen titís bujarrones.
Abandona, dios cruel pero benigno, sobre la perfecta caoba
de la cabeza de estos locos
un río de aguas tibias y doradas.
Dibuja, oh dios, un hada de agua buena, muy bella,
que les regale la felicidad de horas nunca sombrías.
Pon púrpuras
y sabrosos cangrejos de mar en sus labios.
Pon calor y amor a sus ojos fríos como la mejor memoria.
Pero sácalos de aquí, y haz que sean felices,
felices como el primer día del hombre sobre la tierra,
y un destino -y la paz- a su medida hallen.
Pero sácalos de aquí, donde obscuros trenes de madrugada
se diría que a la nada, o a un infierno, les conducen.

Cuando todo baja, es difícil no bajar también

Cuando todo baja, es difícil no bajar también
De «El falso aristócrata»

 

 
Para mí el alto delfinario dorado,
las decoraciones murales de Pompeya,
la haraganería de un monje ocioso,
los jinetes de la noche con música de laúd,
las nubes en el corazón de una pechina,
para mí la soledad de los puertos,
la amistad con las tardes de invierno,
el sepulcro de Crécope y el olivo sagrado,
aunque todo baje,
aunque todo baje.
Aunque todo sea spam, caos económico,
pantallas, anuncios publicitarios, ocaso
de la literatura clásica y las humanidades,
degradación de la reflexión, ideas vulgares,
pastiches impensables: todo cual
un pabellón de esquizofrénicos.
Es difícil no bajar si todo baja,
si las ideas del alma que perfeccionó el hombre
burgués se diluyen en prêt-à-porter
y no hay gloria, ni honor, ni distinción ni laurel.
Todo se ha ido y solo queda regresar
al orden episcopal de las misteriosas palabras.
Solo deseo huir. Sentir los pasos del aire junto al mar,
el virgiliano brote de luz en los astros.
Entro en el bosque.
Evito la inspiración turbada, violenta, impotente,
la poesía malsana con exceso de sentimientos
extraños propios de una edad sin monjes ni caballeros.
No existe el valor, el heroísmo moral,
el tigre blanco de la decencia.
La comunicación incluye el ruido y la acción,
despreciando la lentitud y el silencio,
el saber se sustituye por creaciones del entertainment,
cada día es un domingo de la vida
para banal y meramente pasar el rato,
y se suma a la detestable calidad de la comida
la ignorante democracia, las mentiras políticas,
la escombrera deificada del consumo.
No. No a todo. Huyo al bosque.
Ya no vivo en las cosas. Me asquean.
El mundo duerme en su hoy confuso.
Entro en el bosque. Camino sosegado.
¿Me he adormecido al fin?