Al analizar el rostro y el cuerpo del sacerdote troyano Laocoonte siendo devorado por serpientes, Winckelmann argumentó que el arte griego clásico se caracterizaba por una «noble sencillez y una reposada grandeza». Sostenía que, en la escultura, el dolor físico convive con un equilibrio espiritual, afirmando sobre las figuras griegas lo siguiente: «Así como las profundidades del mar permanecen siempre en calma, por tormentosa que sea la superficie, así también, en las figuras del arte griego, la expresión denota la grandeza y la tranquilidad del alma en medio de todas las pasiones».
Según Winckelmann, el artista griego esculpió a Laocoonte sin un grito desgarrador, sustituyéndolo por un «suspiro ahogado», para no estropear la belleza ideal ni mostrar una rabia y un furor indecorosos.
Lessing discrepa de la explicación propuesta por Winckelmann para interpretar el gesto de Laocoonte. Aunque admite que el dolor no se manifiesta en el rostro de la escultura con la intensidad que cabría esperar, rechaza de plano que el motivo sea que los griegos consideraran el grito indigno o poco heroico. Lessing argumenta que el dolor físico extremo es plenamente compatible con un alma grande y cita ejemplos de héroes homéricos que lloran sin perder su grandeza. Para Lessing, la razón por la que el escultor no abrió la boca de Laocoonte en un grito desgarrador no responde a una elección moral, sino a una exigencia material y formal del medio que utilizaba (las artes plásticas). Lessing formula esta diferencia de la siguiente manera: «La pintura y la estatuaria […] deben evitar el momento supremo de la pasión. Todo estado de ánimo del alma humana […] adquiere en su mayor vehemencia el carácter de deformidad, y cuanto más tiempo se detiene en ella el arte, más repugnante se vuelve para nosotros su aspecto».
Lessing postula que, dado que la pintura y la escultura son artes espaciales y estáticas, el artista visual solo puede capturar un único instante. Si el escultor hubiera plasmado el grito de Laocoonte, este habría quedado petrificado eternamente en una mueca grotesca, destruyendo la belleza y la dignidad de la obra: «Pero el dolor físico, en su grado más alto, es siempre violento; al distender los músculos y los tendones, no puede dejar de borrar la belleza […] Por eso, si el artista visual esculpe la boca de Laocoonte abierta para lanzar aquel lamento desgarrador que describe la poesía, el dolor se convierte en furor, la expresión sublime en mueca espantosa, arruinando así el efecto estético».
El debate le sirve a Lessing para exponer su tesis central : las artes plásticas (pintura y escultura) trabajan con cuerpos yuxtapuestos en el espacio , mientras que la poesía trabaja con signos y sonidos sucesivos en el tiempo. Lessing argumenta que la poesía (como la de Virgilio en la «Eneida») sí puede permitirse relatar el grito de Laocoonte porque su naturaleza temporal le permite pasar rápidamente de un estado a otro. En la literatura, el grito es un sonido pasajero que no desfigura permanentemente a los personajes: «Cuando Virgilio describe a Laocoonte lanzando aquellos gritos terribles que hacen temblar el cielo, no se puede negar que tal acción es conmovedora y que el sufrimiento nos estremece […] Pero en boca del poeta, el lamento es solo una sucesión temporal; el grito no detiene la respiración ni petrifica el rostro humano.»
En conclusión, para Lessing, forzar a que un arte imite las reglas de otro —querer que la pintura hable o que la poesía sea un cuadro estático— daña la naturaleza y la máxima perfección de ambas.
P.S. Apasionante (y muy famosa) la polémica Winckelmann-Lessing. Una polémica que inauguró la reflexión moderna sobre la especificidad de cada disciplina artística y preparó el camino para buena parte de la estética posterior, desde el idealismo alemán hasta las teorías contemporáneas de los medios.
El libro al caso para conocer las ideas de Lessing es: «Laocoonte o sobre los límites de la pintura y la poesía» (1766), muchas ediciones. Uno de los ensayos más importantes de la historia de la estética.