Burton 51

Fue Ervin Wardman, editor del New York Press, quien acuñó el término «prensa amarilla» de forma despectiva. En este fragmento editorial describe con repulsión la falta de ética de esta nueva corriente y el origen del nombre (vinculado al cómic The Yellow Kid, que se disputaban Hearst y Pulitzer)

»Los llamamos amarillos porque no tienen el valor de ser completamente negros ni la decencia de ser blancos. El periodismo amarillo es aquel que sustituye la tinta por la bilis, el que no busca informar sino conmocionar las bajas pasiones de la masa. Sus reporteros no son recolectores de noticias, sino inventores de agonías. Es la degradación del oficio, donde un crimen común se convierte en una tragedia griega y un chisme de esquina en una crisis de Estado. Su único dios es el centavo del lector, y para conseguirlo no dudarán en pisotear la reputación del inocente, inventar declaraciones de mandatarios o empujar a la nación hacia un conflicto sangriento solo para poder imprimir letras más grandes en su portada».

Qué importa la precisión milimétrica, la relevancia de la noticia, frente al efecto emocional. Es detestable el aplauso de los académicos, son remilgados puritanos los que no aman la infidencia y el escándalo. La prioridad ya no es qué necesita saber el ciudadano para gobernar su vida en democracia o para elucidar y aproximarse a la verdad, sino qué historia mantendría al lector lo suficientemente perturbado, fascinado o indignado.

Para mí el periodista debe ser íntimo de la verdad y de la libertad; ahora lo es de la chismografía y las alcobas.

Burton 50

Es imposible hablar de Roger Scruton y los periodistas de izquierdas sin mencionar lo que le ocurrió en 2019. El periodista George Eaton, del semanario de izquierdas «New Statesman», le hizo una entrevista y publicó en redes sociales frases de Scruton totalmente sacadas de contexto para hacerle pasar por racista e islamófobo. Esto provocó que el gobierno británico destituyera fulminantemente a Scruton de un consejo asesor estatal.

Meses después, tras publicarse los audios completos de la entrevista, se demostró la manipulación periodística, el medio tuvo que pedir disculpas y Scruton fue restituido. Al reflexionar sobre este ataque de la prensa de izquierdas en sus últimos meses de vida, Scruton escribió en «The Spectator»: «Durante este año se me quitó mucho: mi reputación, mi posición como intelectual público, mi tranquilidad, mi salud… Vivimos en una cultura donde los periodistas no buscan la verdad a través del diálogo, sino la estimulación placentera de la indignación moral. Se comportan como una jauría ideológica donde el objetivo no es debatir con el conservador, sino aplastarlo y expulsarlo del espacio público».

A Santaolalla, Villacastín, Arroyo, García Montero et caetera, dada su resentida estructura mental totalitaria, les viene bien abotonada esta misma cita de Scruton: «A la gente de izquierdas le resulta muy difícil llevarse bien con la gente de derechas porque creen que son malvados. En cambio, yo no tengo ningún problema en llevarme bien con la gente de izquierdas, porque simplemente creo que están equivocados. Para el periodista o el intelectual progresista, la política no es un conjunto de soluciones prácticas a problemas complejos, sino una postura moral. Por lo tanto, si tú no compartes sus conclusiones, no es que tengas un argumento diferente: es que careces de compasión, eres un inmoral o un defensor de privilegios injustificables. La izquierda ha logrado monopolizar la virtud de tal manera que el desacuerdo con ellos se penaliza automáticamente con la excomunión social».

Burton 49

Me levanto a las cuatro y me pongo a trabajar. Hay una virginidad en el aire matutino, una frescura de página en blanco que se transfiere al propio pensamiento. El hombre que madruga posee un mundo que los noctámbulos jamás llegarán a sospechar: un mundo de sombras nítidas, de silencios que vibran y de una paz tan absoluta que el menor crujido de la madera parece un acontecimiento cósmico. El esfuerzo de la composición literaria se vuelve más puro a medida que la noche cede ante el alba. Siempre he sentido una profunda desconfianza hacia la medianoche romántica; la oscuridad espesa invita a la autocomplacencia y a la niebla verbal. En cambio, el despertar temprano, muy temprano, cuando el sol apenas empieza a teñir los bordes de la habitación, trae consigo una precisión y una alegría algebraica. La mente se despoja del pesado ropaje de los sueños y se encuentra de pronto en un estado de vigilia perfecta, lúcida, afilada como un bisturí. Es en esas primeras horas cuando el lenguaje se presenta con su verdadera textura: limpio, flexible y libre de las impurezas del día anterior.

El aire entra por la ventana con una pureza fría que limpia el polvo de los pensamientos del día anterior. En ese silencio, uno se siente suspendido en el tiempo, dueño absoluto de su propio destino. Es el único momento del día en que el alma puede sentarse tranquilamente a mirar el jardín, a escuchar el primer trino de los pájaros, sin la urgencia de tener que ser alguien para los demás. La mañana es el espacio donde el yo se recupera a sí mismo antes de disolverse en el torbellino de la vida cotidiana.

A las cuatro o cinco de la mañana, en verano, el silencio es absoluto, un silencio que impresiona más que el de los desiertos o las montañas, porque es el silencio de una multitud humana que duerme. Las calles, anchas y desiertas, parecen los pasillos de un palacio encantado. El aire es frío, limpio y libre. En esas horas, la mente se eleva por encima de las mezquindades de la vida; uno se siente como el único superviviente de un cataclismo benévolo, un espectador solitario de la creación del mundo, disfrutando de una tregua celestial antes de que el rugido de los hombres vuelva a comenzar.

No existe el «brogit» de las ambiciones de los hombres.

Burton 48

La avaricia, codicia o filargiria (hermosa palabra) ha sido catalogado como uno de los pecados más destructivos del alma humana. A diferencia de otros vicios que se agotan con la satisfacción del apetito (como la gula o la lujuria), el amor al dinero es una hidra: cuanto más se alimenta, más crece.

Para Quevedo, el dinero era un dios tiránico: «El avaro no posee las riquezas, sino que es poseído por ellas; es un esclavo que custodia el tesoro de su propio castigo. El oro es como el agua salada para el sediento: cuanto más bebe, más sed tiene. Mudan los hombres de parecer con el dinero, compran la justicia, venden la honra, y hacen de la virtud mercadería. El que ama desmedidamente las riquezas no tiene paz en la vida ni descanso en la muerte, pues vive con el temor de perder lo que tiene y muere con el dolor de no poder llevarse nada al sepulcro. Es la codicia una raíz de todos los males, que seca el alma y la deja estéril para cualquier buena obra».

Zapatero rascaba, arañaba, acaparaba y retenía todo lo que caía en sus manos. ¡Oro! ¡Oro amarillo, brillante, precioso! Un poco de él basta para volver blanco lo negro, hermoso lo feo, justo lo injusto, noble lo infame, joven lo viejo, valiente lo cobarde, exclamó Timón de Atenas.

Pobre Zapatero, rezando a un dios de papel y metal. Pobre Zapatero de joyas, organización criminal y comisiones desmesuradas.

Burton 47

La idea de que el verdadero poder político no radica en reflejar la realidad, sino en la capacidad de imponer un relato (o narrativa) sobre ella —especialmente cuando ese relato es manifiestamente falso— ha sido analizada por diversos pensadores a lo largo de la historia.

En La República, Platón es de los primeros en teorizar que, para mantener la cohesión social y la jerarquía del Estado, los gobernantes deben recurrir a un mito fundacional deliberadamente falso, pero políticamente útil: «Nosotros, los gobernantes, tendremos que recurrir a un gran número de mentiras y engaños por el bien de nuestros súbditos. (…) ¿Cómo podríamos idear una de esas mentiras necesarias de las que hablábamos hace poco, una mentira noble, para persuadir sobre todo a los propios gobernantes o, si no, al resto de la ciudad? (…) Les diremos: ‘Vosotros, todos los que habitáis en la ciudad, sois hermanos; pero el dios que os modeló, a los que de entre vosotros eran aptos para gobernar, mezcló oro en su composición… a los auxiliares, plata; y hierro y bronce a los labradores y demás artesanos’. (…) Si se les convence de este relato, cuidarán más de la ciudad y de los unos por los otros», «La República», Libro III

Los movimientos con tintes totalitarios (y, a mi juicio, el sanchismo propende a ello) conjuran un mundo mentiroso con más consistencia que el mundo de la realidad; un mundo en el que, mediante el puro poder de la imaginación, las masas desarraigadas se sienten como en casa y se salvan de los interminables choques que la vida real y las experiencias reales infligen a los seres humanos y a sus expectativas. Lo que las masas (o muchos votantes) buscan no son hechos, ni siquiera falsos, sino la consistencia de un sistema del que forman parte. La propaganda puede ultrajar al sentido común solo allí donde el sentido común ha perdido su validez. Ante la necesidad de elegir entre la caótica y total aleatoriedad de la realidad y la variante inventada, coherente y hecha por el hombre, las masas elegirán siempre esta última.

Es imprescindible, vital, una prensa libre. La tragedia de la prensa moderna no es que el gobierno la amordace con leyes draconianas, sino que los propios periodistas se amordazan a sí mismos por miedo a ser excluidos del consenso social respetable. Cuando la prensa se convierte en una casta homogénea que comparte los mismos prejuicios, la misma educación y el mismo desprecio por el ciudadano común, deja de actuar como un contrapoder para convertirse en el brazo propagandístico de la élite política en el poder. El verdadero valor de la libertad de prensa se demuestra cuando un periodista tiene el coraje de publicar una verdad que incomoda, desafiando la narrativa oficial que el poder intenta imponer a la masa para mantenerla dócil.

Burton 46

Ningunas memorias escritas por un político moderno me tentarían a leerlas, ya que la característica principal de tales personajes es la mediocridad templada por una ambición desenfrenada y una insaciable lujuria de poder. Hoy, en el afán de parecer ‘hombres del pueblo’, los políticos hacen precisamente eso: afirman ser devotos seguidores de tal o cual club de fútbol, grandes amantes de la música pop y partidarios de otras abominaciones. Casi ningún político prominente parece capaz de pronunciar una palabra o aparecer en público por un momento sin haber buscado primero la opinión de los «focus groups». La próxima elección los persigue como un doppelgänger y, al ser en su mayoría de principios u opiniones enfermas, viven en un estado de constante ansiedad por no ofender.

El gobierno de Sánchez es militantemente mediocre y, como tal, es verdaderamente revolucionario. La mediocridad triunfa porque se presenta a sí misma como democrática, y porque es aburrida; por lo tanto, para muchos no parece algo contra lo que valga la pena luchar. En Sánchez, las mediocridades de la nación encontraron a un líder que los entendía desde dentro. Es mucho más fácil, por supuesto, admitir a estudiantes de hogares más pobres y menos educados en la universidad mediante un decreto que elevar los estándares en las escuelas secundarias a las que asisten para que realmente puedan beneficiarse de una educación superior. Los nuevos sistemas son niveladores. Al aspirar al mínimo común denominador, lo que las instituciones terminan haciendo no es empoderar a los ciudadanos, sino respaldar tácitamente la mediocridad académica como el único punto de referencia apropiado para todos.

La derecha política moderna sufre de una mediocridad de la imaginación. Creen que la vida humana se reduce enteramente a la eficiencia económica y a las fuerzas del mercado, lo que los vuelve incapaces de defender las instituciones culturales y morales que sostienen a una civilización. Han aceptado la premisa de la izquierda de que los sentimientos y los apetitos individuales son soberanos, y su única respuesta es ofrecer una gestión contable ligeramente más eficiente de la decadencia. Cuando un político de derecha intenta parecer culto, resulta patético; cuando intenta parecer popular, resulta vulgar. Carecen del coraje para decir que unas cosas son mejores que otras, que el conocimiento es mejor que la ignorancia y que el autocontrol es mejor que la autoindulgencia, porque a ellos también les aterroriza ser tildados de elitistas por la masa cuya aprobación necesitan.

La política actual ya no atrae a mentes filosóficas ni a hombres de Estado; atrae a gestores de pasillo, expertos en trepar mediante la adulación a los de arriba y el desprecio a los de abajo, individuos sin más principio que el de su propia supervivencia en el cargo. Un horror.

Burton 45

El emotivismo es la sustitución del pensamiento lógico, el juicio moral objetivo y la responsabilidad individual por la exhibición pública de la emoción y el victimismo.

El sentimentalismo, que es la ostentación de la emoción sin el compromiso de la razón o la acción destructiva que suele acompañarla, se ha convertido en nuestra religión secular. La insistencia en que los sentimientos son el árbitro supremo del bien y del mal, y que la intensidad de la emoción de uno es la medida de su virtud, destruye la capacidad de pensar con claridad. Cuando el sentimiento sustituye al pensamiento, la indignación ruidosa sustituye a la rectitud moral. Uno ya no necesita hacer el bien; basta con sentirse herido por el mal para considerarse una buena persona.

La peste emotivista exige que la esfera pública se convierta en un teatro de la compasión exhibicionista. En nuestra cultura actual, aquel que expresa la opinión más compasiva en apariencia —independientemente de las consecuencias desastrosas que dicha opinión tenga en el mundo real— gana el debate. El debate político ya no se trata de la viabilidad de una solución o de la verdad de una premisa, sino de la pureza del corazón del que habla. Si te opones a una política destructiva basada en hechos y lógica, no eres visto como alguien que comete un error intelectual, sino como alguien monstruoso, carente de la ‘sensibilidad’ adecuada. El emotivismo prohíbe el desacuerdo honesto porque convierte todo debate en un juicio sobre la bondad intrínseca del alma del oponente.

Hemos pasado de una cultura que valoraba el control emocional y la dignidad en el sufrimiento a una que sospecha de cualquiera que no colapse públicamente en un mar de lágrimas. La reserva emocional ahora se etiqueta patológicamente como ‘represión’. Sin embargo, esta efusión pública de emoción no es un signo de mayor humanidad, sino de egocentrismo. No se llora por el objeto de la pérdida, sino por la oportunidad de participar en un drama colectivo que valida los propios sentimientos del observador. La peste emotivista prefiere la histeria colectiva y superficial a la profundidad silenciosa del dolor auténtico, porque la primera es visible, ruidosa y exige una recompensa social inmediata.

P.S. Gran artículo Ana Iris.

Burton 44

Al analizar el rostro y el cuerpo del sacerdote troyano Laocoonte siendo devorado por serpientes, Winckelmann argumentó que el arte griego clásico se caracterizaba por una «noble sencillez y una reposada grandeza». Sostenía que, en la escultura, el dolor físico convive con un equilibrio espiritual, afirmando sobre las figuras griegas lo siguiente: «Así como las profundidades del mar permanecen siempre en calma, por tormentosa que sea la superficie, así también, en las figuras del arte griego, la expresión denota la grandeza y la tranquilidad del alma en medio de todas las pasiones».

Según Winckelmann, el artista griego esculpió a Laocoonte sin un grito desgarrador, sustituyéndolo por un «suspiro ahogado», para no estropear la belleza ideal ni mostrar una rabia y un furor indecorosos.

Lessing discrepa de la explicación propuesta por Winckelmann para interpretar el gesto de Laocoonte. Aunque admite que el dolor no se manifiesta en el rostro de la escultura con la intensidad que cabría esperar, rechaza de plano que el motivo sea que los griegos consideraran el grito indigno o poco heroico. Lessing argumenta que el dolor físico extremo es plenamente compatible con un alma grande y cita ejemplos de héroes homéricos que lloran sin perder su grandeza. Para Lessing, la razón por la que el escultor no abrió la boca de Laocoonte en un grito desgarrador no responde a una elección moral, sino a una exigencia material y formal del medio que utilizaba (las artes plásticas). Lessing formula esta diferencia de la siguiente manera: «La pintura y la estatuaria […] deben evitar el momento supremo de la pasión. Todo estado de ánimo del alma humana […] adquiere en su mayor vehemencia el carácter de deformidad, y cuanto más tiempo se detiene en ella el arte, más repugnante se vuelve para nosotros su aspecto».

Lessing postula que, dado que la pintura y la escultura son artes espaciales y estáticas, el artista visual solo puede capturar un único instante. Si el escultor hubiera plasmado el grito de Laocoonte, este habría quedado petrificado eternamente en una mueca grotesca, destruyendo la belleza y la dignidad de la obra: «Pero el dolor físico, en su grado más alto, es siempre violento; al distender los músculos y los tendones, no puede dejar de borrar la belleza […] Por eso, si el artista visual esculpe la boca de Laocoonte abierta para lanzar aquel lamento desgarrador que describe la poesía, el dolor se convierte en furor, la expresión sublime en mueca espantosa, arruinando así el efecto estético».

El debate le sirve a Lessing para exponer su tesis central : las artes plásticas (pintura y escultura) trabajan con cuerpos yuxtapuestos en el espacio , mientras que la poesía trabaja con signos y sonidos sucesivos en el tiempo. Lessing argumenta que la poesía (como la de Virgilio en la «Eneida») sí puede permitirse relatar el grito de Laocoonte porque su naturaleza temporal le permite pasar rápidamente de un estado a otro. En la literatura, el grito es un sonido pasajero que no desfigura permanentemente a los personajes: «Cuando Virgilio describe a Laocoonte lanzando aquellos gritos terribles que hacen temblar el cielo, no se puede negar que tal acción es conmovedora y que el sufrimiento nos estremece […] Pero en boca del poeta, el lamento es solo una sucesión temporal; el grito no detiene la respiración ni petrifica el rostro humano.»

En conclusión, para Lessing, forzar a que un arte imite las reglas de otro —querer que la pintura hable o que la poesía sea un cuadro estático— daña la naturaleza y la máxima perfección de ambas.

P.S. Apasionante (y muy famosa) la polémica Winckelmann-Lessing. Una polémica que inauguró la reflexión moderna sobre la especificidad de cada disciplina artística y preparó el camino para buena parte de la estética posterior, desde el idealismo alemán hasta las teorías contemporáneas de los medios.

El libro al caso para conocer las ideas de Lessing es: «Laocoonte o sobre los límites de la pintura y la poesía» (1766), muchas ediciones. Uno de los ensayos más importantes de la historia de la estética.

Burton 43

María Ángeles Gómez Carballo (1943- 26 de junio de 2024)

Ahora que no está, camino sobre un suelo inestable. Su amor era mi ley y mi refugio, y perderla fue como perder el idioma nativo. Tengo que aprender a hablar de nuevo, a vivir de nuevo, pero siempre con la certeza de que cada palabra que pronuncie llevará el acento de su recuerdo. Te quiero, mamá. Ahora y más allá.

El dolor que siento recordándola ahora es parte de la felicidad que tuve antes. Ese es el trato. Nos damos cuenta de que el amor incondicional que una madre nos ofrece tiene un precio que se paga al final, con la moneda del desamparo y la añoranza. Pero si volviera a nacer y me dieran a elegir, elegiría pasar por este mismo sufrimiento mil veces con tal de haber sido bendecido con sus cuidados, con su mirada protectora y con el refugio de sus brazos. Su ausencia es gigantesca, pero es el testimonio exacto de cuanto me quiso..

Es verdad, no hay herida más profunda en la vida de un hombre que ver apagarse los ojos de su madre. Es el fin de una era, el cierre del único capítulo de nuestras vidas donde fuimos amados sin pedirnos nada a cambio. Pero con el paso de las estaciones, el llanto amargo se convierte en un silencio reverencial. Uno aprende a caminar con ese vacío, no como una carga pesada, sino como un espacio sagrado que le pertenece solo a ella. Su ausencia nos enseña a ser maduros, a ser fuertes, a ser, por fin, los hombres y mujeres que ella siempre soñó que seríamos. Te quiero, mami.

Burton 42

Noemí, te veo en la foto en la esquina de la piscina en Alcocéber, con tu peca pícara en la nariz, comiendo de tu bolsa de patatas fritas y rubia de un amarillo de camomila. Sabes, siempre habrá una parte de mí que te verá como esa criatura pequeña a la que había que vigilar para que no se cayera. Ser el hermano mayor significa llevar una mezcla de orgullo y constante preocupación. Te veo crecer, convertirte desde hace mucho en una mujer con tus propios pensamientos y tu propio camino, con tu propia hija, pero para mí, el mundo siempre guardará el eco de cuando eras mi pequeña sombra, mi enana flor de mimosa, la niña que me miraba esperando respuestas que yo mismo apenas estaba descubriendo.

Ver crecer a una hermana pequeña es un proceso hermoso y, a la vez, un poco desgarrador. Uno recuerda el día exacto en que cabía en la palma de sus manos, recuerda sus primeros tropiezos y sus palabras a medio formar. Y de pronto, un día, dejas de mirar hacia abajo para protegerla y tienes que mirarla a los ojos, de igual a igual, asombrado ante la cuajada mujer en la que se ha convertido, pero buscando siempre a la niña que solía correr a tus brazos.

Porque sigues siendo, en mi memoria, Noemí, esa niña que interrumpía mis lecturas con alguna pregunta absurda o un juego improvisado. Ser el mayor es una tarea extraña; pasé la mitad de la infancia quejándome de que me siguieras a todas partes, y el resto de mi vida extrañando precisamente esos pasitos ligeros, ese cri cri, detrás de mí.

Te quiero pinzón que despliega sus alas hacia el cielo, panel de oro que rezuma en mis mejores pensamientos, rico rayo que desciende a las playas de arenas rubias, que desciende, crece y se posa.