Burton 61

Desde muy joven tuve ideales iluministas o ilustrados (la promesa de una ciudadanía emancipada y crítica) Creía en la mayoría de edad racional (Kant), en el «Sapere aude». Con el pasar del tiempo se fue quebrando esa quimera. Una democracia es buena en tanto en cuanto se maximice la calidad intelectual en la cabeza de cada votante o demócrata. Y aquí resta, a mi juicio, mucho camino por hacer. Me abochornan demasiados argumentos o pseudoargumentos políticos de parroquianos en la taberna, me apena el nivel estético y cognitivo de la deliberación pública. Hooligans broncos (en la diestra y la siniestra) ayunos de finezza y mostrando una flagrante ignorancia. La neurociencia y la psicología social nos enseñan que el cerebro humano prefiere la certeza identitaria (pertenecer al grupo, ganar el partido político) antes que el esfuerzo analítico que exige la verdad. Pensar cansa; indignarse en manada reconforta. Pende sobre la democracia la amenaza de la imbecilidad. Viene muy bien recordarlo gracias a su magnífico artículo.

P.S. Desearía como coda unas palabras de Hannah Arendt en «Entre el pasado y el futuro»: «La libertad de opinión es una farsa a menos que se garantice la información objetiva y que no estén en discusión los hechos mismos. En otras palabras, la verdad de hecho proporciona el suelo sobre el que se levanta el pensamiento político. […] Cuando la comunidad política se ve inundada de mentiras, de propaganda y de argumentos que apelan únicamente a las pasiones más bajas del grupo, el espacio público se corrompe. La deliberación ya no busca la persuasión a través de la razón, sino la dominación a través del ruido». Huyamos del asordamiento por el barullo o el estrépito, e intentemos pensar o razonar por nosotros mismos lo mejor posible.

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Adulón, adulador, zalamero, pelotillero, pelota, adulete, chicharrón, manyaoreja, servil, rastrero, lambeculo, lambón, y otros, son los términos que definen al señor García Montero.

Dante no tenía piedad con los aduladores o lisonjeros. En su «Infierno», los destina al octavo círculo (las fosas de Malebolge), específicamente en la segunda fosa, donde están sumergidos para siempre en estiércol y excrementos humanos, un castigo poético que refleja la suciedad de sus palabras en vida.

Lázaro describe con cinismo cómo su amo estudiaba a quién halagar: «En viniendo al lugar, visitaba a los clérigos o curas del lugar, y si eran, como suelen ser, personas de poco saber, presentábales unas lechugas de Murcia, si era el tiempo, o un par de limas o naranjas, o un melón, o sendas hinojadas… Y de esta manera poníalos en contingencia de favorecer su negocio. Decíales que fuesen muy bienvenidos, y que la clerecía de aquel lugar era la más devota y santa que en su vida había visto…».

Yo soy hijo de la burguesía hacendada y propietaria, adinerada y culta y, por educación, absolutamente incapaz de estas genuflexiones. Acaso debido a ello no medré por la cucaña como el señor Montero.

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Sea la hipótesis de que el silencio es alingüístico o antiligüístico, una idea quizá discutible (mi vida mental se reduce a un monólogo o diálogo verbal ininterrumpido) La palabra se convierte en el único puente que tengo con el mundo; soy un verbívoro o devorador de palabras: el lenguaje es misterioso y salvador.

Las palabras, las palabras españolas o catalanas o gallegas, están llenas de ecos, de recuerdos, de asociaciones. Han estado en los labios de la gente, en las casas, en las calles, en los campos, durante siglos y siglos. Y esa es una de las mayores dificultades de tratar con ellas: que están tan llenas de significados humanos, de la vida humana, que no se las puede usar para un solo propósito limpio. Son las criaturas más salvajes, más libres, más irresponsables, más inclasificables de la creación. Por supuesto, se las puede atrapar, se las puede encadenar en orden alfabético en los diccionarios. Pero allí no viven… Viven en la mente. Una mente se hace con palabras. Una nación se hace con palabras. Una democracia se hace con palabras. La civilización (ciencia, historia, derecho, constituciones, la familia etc…) es un conglomerado de palabras inteligentes frente al mar blanco y helado del silencio.

Hay palabras que tienen un cuerpo transparente, otras que huelen a humedad de sótano, algunas que brillan como lagartijas al sol. Sufro de una hiperestesia del lenguaje. Para mí, la gramática es una forma de ser, y la sintaxis un arte de vivir.

A veces se afirma que la palabra es grande, pero el silencio es mayor. La palabra es de la tierra; el silencio es del cielo. Miren, se nos insiste, en cómo la verborrea estéril inunda el mundo, mientras que todo lo que es verdadero, todo lo que es duradero, crece en el profundo útero del silencio. No lo creo en absoluto. Sé que las palabras engañan y que hay como una tapicería rapaz y sucia y ruidosa en el mundo. Para mí el silencio es abismo, la nada, la muerte o el síntoma de la parálisis mental.

La palabra, incluso la más contradictoria, es el lazo que une a los hombres; el silencio aísla. El silencio es el elemento de la naturaleza, de las bestias y de las cosas muertas; pero el hombre es el ser que habla, y su palabra es la salud misma. Desconfíen del silencio, de la tendencia a callar que se disfraza de honda sabiduría. La palabra es la luz; el silencio es la tiniebla. Todo lo que es oscuro, todo lo que es monstruoso en la mente humana, se alimenta del silencio y medra en él. La palabra, en cambio, purifica. Nombrar una cosa es ya empezar a dominarla; poner el dolor en palabras es el primer paso hacia su curación. El lenguaje es la herramienta de la civilización, el instrumento de la libertad. Quien renuncia a la palabra, renuncia a su condición de hombre y se entrega a las fuerzas ciegas de la disolución.

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Desarrollando la famosa proposición 7 del «Tractatus», recordemos que según Wittgenstein nuestras palabras solo tienen sentido cuando expresan hechos del mundo. Pero las cosas más importantes de la vida —la ética, la estética, el sentido de la existencia, lo sagrado— caen más allá de los límites de lo que puede ser expresable con lógica. Intentar atrapar estas realidades con el lenguaje es un imposible lógico. Por eso, ante aquello que toca lo inefable, ante lo que verdaderamente importa en la experiencia humana, la actitud más honesta nunca es la cháchara vacía. De lo que no se puede hablar, hay que callar.

Un hombre que no sabe callar es un hombre que no sabe pensar, que no sabe encontrarse consigo mismo. En el silencio, las máscaras se licúan y los falsos yoes que construimos se disuelven. Es en esa quietud donde escuchamos la realidad tal como es, no como quisiéramos que fuera. El silencio nos devuelve la capacidad de mirar al prójimo con una compasión limpia, libre de la distorsión de nuestros propios prejuicios. Es una invitación a apagar la voz de la mente para escuchar, finalmente, su murmullo. Allí es donde residen las respuestas que se suelen buscar en el mundo exterior; allí habla la verdad sin emitir un solo sonido.

Apuntemos, también, que el silencio tiene una contracara tenebrosa, una dimensión desestabilizadora; los límites de la mente pueden comenzar a disolverse, rozando a menudo los linderos de la locura. Cuando te sumerges en él, lo primero que descubres es que tu propio ego, la identidad que has construido con tanto cuidado a través del lenguaje y las interacciones sociales, empieza a desmoronarse. Sin el eco de las voces de los demás que te devuelven una imagen de quién eres, la mente se ve obligada a mirarse a sí misma sin filtros. Es ahí donde radica el peligro de la locura: el silencio amplifica todo lo que llevamos dentro, tanto lo luminoso como lo monstruoso. Los pensamientos se vuelven tan densos que pueden llegar a sentirse como alucinaciones; el aislamiento distorsiona la percepción del tiempo y del espacio. Si no estás preparado, si entras en el silencio arrastrando traumas no resueltos o bien una mente fragmentada, ese vacío no te sanará: te engullirá en una espiral de desintegración del yo. El silencio es un territorio ambivalente; si te adentras demasiado en él sin un anclaje, la línea entre la iluminación espiritual y la pérdida total de la cordura se vuelve peligrosamente delgada.

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Las redes y los medios atrofian nuestra capacidad de abstracción sustituyendo insensiblemente la proposición lógica por el reflejo emocional. Pero la democracia no es un estado de emoción; es un régimen de razón. El debate democrático exige la capacidad de comprender problemas complejos, de sopesar pros y contras. El verdadero peligro para la democracia no es ya un enemigo exterior, sino el vaciamiento de la mente del electorado, un electorado que opina de todo con vehemencia, pero que no sabe nada de nada.

Una democracia se define por el correr de la discusión, algo que requiere que esa misma discusión tenga un nivel mínimo de competencia. Si sustituimos el conocimiento por el ‘sentimiento’, o por el bla bla insustancial y estrepitoso, si cualquier ocurrencia en un foro público vale lo mismo que un hecho contrastado, la democracia se convierte en una poliarquía caótica.

La democracia es el régimen que sustituye las armas por los votos, y las batallas por los discursos. Pero este milagro solo funciona bajo una condición irrenunciable: la tolerancia y la oposición absoluta al fanatismo. El fanático es aquel que cree ciegamente en su propia verdad y está dispuesto a imponerla con la fuerza del grito o del castigo. El demócrata, en cambio, sabe que su verdad es siempre parcial y que necesita de la palabra ajena para completarse.

Debemos ser respetuosos con el interlocutor, cuidar la palabra y desterrar el insulto y el desprecio. La cortesía lingüística no es un adorno del pasado ni un síntoma de debilidad; es la estructura misma que sostiene la civilización. El ruido, la interrupción constante y la descalificación inmediata son formas de analfabetismo relacional. Quien no sabe guardar silencio para procesar lo que el otro dice, en realidad no está dialogando, solo está esperando su turno para volver a gritar.

Burton 56

Las sociedades democráticas necesitan desacuerdos argumentados. Lo que las destruye no es el conflicto de ideas, sino la sustitución de los argumentos por etiquetas, sospechas o descalificaciones.

Las instituciones democráticas son atacadas hoy desde distintos flancos. La mejor manera de defenderlas es hacerlas funcionar. Y eso solo se logra si cada ciudadano piensa por sí mismo, rompe el silencio discutiendo libre y cortésmente con sus semejantes, si delibera, si evalúa los elementos de juicio y reconoce que, con un poco de esfuerzo, se puede establecer la diferencia entre los buenos y los malos razonamientos. Si queremos gobernarnos bien y de un modo responsable, es indispensable que seamos razonables. Respetar la razón. Aniquilar el silencio nihilista o el ruido embrutecedor. Debatir para buscar y averiguar, y nunca para derribar, humillar y burlar.

Advierto como una propensión o tendencia a la opinión inmediata, napoleónica y tajante sobre cada estímulo que recibimos. Se debe decir lo que se piensa si antes se piensa lo que se dice, como me insistía mi madre. Tener convicciones firmes es sano para la democracia. La polarización destructiva ocurre cuando el argumento del otro deja de ser una idea a evaluar y pasa a ser una amenaza a nuestra identidad.

Deberíamos callar más en debates técnicos, científicos o sanitarios complejos donde no tenemos competencias. Opinar con la misma vehemencia que un virólogo o un meteorólogo basándonos en un video de tres minutos de TikTok es una estrategia ilógica. Deberíamos callar menos ante las realidades incómodas que sufren los vulnerables (la salud mental en jóvenes, la precariedad laboral, la soledad de los mayores) A menudo hay un silencio social cómplice sobre problemas estructurales porque no generan el «clickbait» o el morbo que sí generan las guerras culturales.

Una última observación: callar a tiempo no es cobardía; a veces es el acto de resistencia más inteligente para proteger la cordura colectiva. El uso inteligente del silencio tiene como contraparte el uso inteligente de la palabra.

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La idea comunista poseía la inmensa fuerza de presentarse como la culminación lógica de la Ilustración y de la Revolución Francesa: la promesa de una igualdad absoluta y del fin de la alienación humana. Fue esa apariencia de racionalidad histórica lo que cegó a tantas mentes brillantes y permitió que el siglo XX asistiera a una de las mayores quiebras civilizatorias de la historia. Lo trágico de la experiencia comunista no es que haya fracasado en realizar su utopía, sino que, para intentar aproximarse a ella, consideró que la sociedad real, con sus tradiciones, sus libertades concretas y sus imperfecciones humanas, era una materia prima moldeable mediante el terror. La inversión total de los valores civilizatorios se produjo cuando el crimen de Estado pasó a ser visto como el precio necesario del progreso, y la tiranía más absoluta se vistió con los ropajes de la emancipación. Al final, el desplome de la Unión Soviética no fue solo el fin de un imperio, sino el despertar brutal de una ilusión que demostró que cuando la política pretende redimir al hombre por completo, solo consigue deshumanizarlo (ideas inspiradas en François Furet)

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Bonald teorizó sobre cómo un poder que solo se sostiene mediante la fuerza y la opresión, desentendiéndose del bienestar de sus ciudadanos, deja de ser un Estado legítimo para convertirse en un cadáver institucional: «Cuando el poder político ya no tiene por objeto la conservación del cuerpo social, sino únicamente su propia permanencia a través de la fuerza, el Estado deja de existir como orden real y se transforma en un simulacro. Las leyes pierden su carácter protector y pasan a ser meros decretos de coacción. Un poder de esta naturaleza no puede construir nada, pues la razón humana, reducida a la ambición desenfrenada de un corazón corrompido, solo es capaz de destruir. Así, un gobierno puede conservar los nombres de sus magistraturas y el aparato de sus ministerios, pero si ha roto el vínculo de socorro con sus administrados, no es más que una estructura muerta que habita un territorio depauperado».

Venezuela ya estaba profundamente deteriorada antes del terremoto. El lenguaje del poder era —y sigue siendo— el de la trampa, la tortura, el arrasamiento de la sociedad abierta y la demolición del Estado de derecho. Llueve sobre mojado. Los gobernantes eran (y son) unos viles carceleros. En una democracia madura el ciudadano tiene derecho a ser socorrido por el poder del mismo modo que un niño tiene derecho a ser nutrido por su padre. Cuando el poder abdica de esta obligación fundamental, persiguiendo al que disiente y abandonando las obras del bien común, la sociedad cae en la orfandad. Pobre Venezuela. Pobres venezolanos.

Burton 53

Qué lucidez, Irene. Me ha fascinado cómo conectas la fragilidad humana de buscar señales en las hojas de otoño con el frío control de Silicon Valley.

En el Renacimiento, los pronósticos (almanaques anuales que predecían plagas, guerras o caídas de reyes) se imprimían masivamente gracias a la recién inventada imprenta. El monje Girolamo Savonarola utilizó sus profecías apocalípticas no solo para advertir a Florencia, sino para moldear activamente su política, derrocar a los Médici y transformar la ciudad en una teocracia militarizada.

Savonarola no «adivinó» el futuro de Florencia; lo fabricó infundiendo miedo. Es el equivalente renacentista del CEO tecnológico que anuncia que «la privacidad ha muerto» o que «todos usaremos su tecnología», forzando al mercado a cumplir su profecía por puro miedo a la exclusión.

Esa «frontera insalvable» de la que hablas es lo que Cathy O’Neil llama armas de destrucción matemática. Como ella misma dice, al alimentar los algoritmos con datos del pasado, lo que hacemos es codificar los prejuicios y proyectarlos: el algoritmo no predice el futuro, lo petrifica. Y ahí es donde encaja Shoshana Zuboff cuando advierte que el capitalismo de vigilancia ya no busca solo automatizar la información, sino automatizarnos a nosotros, convirtiendo nuestra experiencia en predicciones vendidas al mejor postor.

Cuando entregamos la soberanía de nuestras decisiones a un sistema supuestamente infalible, nos volvemos dóciles.

P.S. Gran artículo, Irene. Cada día es usted más sabia. Un abrazo.

Burton 52

Qué limpio sale uno del baño de olas, qué ligero, con el cuerpo dorado por el sol y la sal. Me estiro sobre la arena caliente, entre los ajenjos, y siento cómo mi cuerpo se amolda a la curvatura de la tierra. Sentarse en la terraza a esas horas, sintiendo la brisa tibia que trae el aroma de las dunas y el calor acumulado en las piedras del jardín, es sumergirse en una paz tan densa que cualquier movimiento parece una profanación. Las cosas pierden su contorno rígido; la mente se abre y deja entrar, una a una, las oleadas de color, el azul purísimo del cielo, el verde encendido del césped, el zumbido de una abeja rezagada.

¡Olor a grosellas aplastadas y a paja caliente! ¡balanceo del trigo maduro! La felicidad cuajada en la copa de los olivos y en el oro encendido de los rastrojos. Sentirse vivir en estas horas de quietud calurosa es una de las mayores venturas. El pecho respira la resina de las higueras. El frescor de un tajo de melón, el sol ajedrezado colándose a través de las celosías, la chica en bikini como una Venus de Botticelli, el santo destello de la arena rubia… Alegría. FELIZ VERANO, amigos del Facebook.