Tentativas 6

Un testimonio inapreciable, precisamente por lo inusitado, sobre la literatura de colportage, es el del francés Charles Nisard, encargado de la censura de ese tipo de literatura durante el Segundo Imperio. En 1854 publicó dos volúmenes de recopilación y crítica de esa incipiente literatura de masas. Lo tengo en mi biblioteca (en edición facsímil): Charles Nisard: Histoire des livres populaires ou de la littérature du colportage depuis le XVe siècle jusqu’à l’établissement de la Commission d’examen des livres du colportage (30 novembre 1852), París: Librairie d’Amyot, 1854, 2 volúmenes (Existe una segunda edición aumentada :París: Dentu, 1864)

Condena esta literatura, pero al mismo tiempo la preserva y la clasifica con minuciosidad casi obsesiva; el censor acaba siendo —sin proponérselo— en el primer gran historiador de la cultura de masas.

Escribe Nisard: «La littérature du colportage ne se recommande ni par la beauté du style, ni par la justesse de la pensée; elle n’a point de ces qualités qui assurent aux ouvrages une durée légitime. Elle vit d’expédients, de répétitions, d’emprunts mal dissimulés; elle se soutient par la facilité avec laquelle elle s’adapte aux passions les plus immédiates et les moins éclairées. Mais c’est précisément pour cela qu’elle mérite d’être étudiée. Là où l’écrivain véritable choisit, corrige et élève, le colporteur reproduit et accumule. Il ne crée pas: il transmet, sans discernement, ce qui circule déjà dans les esprits. Ses livres sont moins des œuvres que des dépôts. Aussi faut-il voir en eux, non pas une littérature au sens noble du mot, mais une archive vivante des erreurs populaires. Chaque brochure, si médiocre qu’elle paraisse, est un document; chaque récit, si absurde qu’il soit, a sa raison d’être dans quelque croyance obscure ou quelque besoin mal défini. Ainsi, ce que l’on condamne à juste titre du point de vue du goût, devient, pour l’observateur attentif, un objet d’un intérêt singulier: car ces livres, en ne cherchant point à être autre chose que ce qu’ils sont, nous montrent le peuple tel qu’il se représente lui-même, sans correctif et sans masque».

«La literatura de colportage no se recomienda ni por la belleza del estilo ni por la justeza del pensamiento; no posee esas cualidades que aseguran a las obras una duración legítima. Vive de expedientes, de repeticiones, de préstamos mal disimulados; se sostiene gracias a la facilidad con que se adapta a las pasiones más inmediatas y menos esclarecidas. Pero es precisamente por eso por lo que merece ser estudiada. Allí donde el verdadero escritor elige, corrige y eleva, el colportor reproduce y acumula. No crea: transmite, sin discernimiento, lo que ya circula en los espíritus. Sus libros son menos obras que depósitos. Por ello hay que ver en ellos, no una literatura en el sentido noble del término, sino un archivo vivo de los errores populares. Cada folleto, por mediocre que parezca, es un documento; cada relato, por absurdo que sea, tiene su razón de ser en alguna creencia oscura o en alguna necesidad mal definida. Así, lo que se condena con razón desde el punto de vista del gusto se convierte, para el observador atento, en objeto de singular interés: pues estos libros, al no intentar ser otra cosa que lo que son, nos muestran al pueblo tal como se representa a sí mismo, sin correctivo y sin máscara».

Noël Carroll escribió al respecto: «El estudio de Nisard sobre la literatura de colportage es un ejemplo instructivo de cómo los juicios estéticos pueden operar como sustitutos de criterios que, en realidad, pertenecen a otros dominios normativos. Nisard parece suponer que la falta de complejidad formal, de originalidad estilística o de lo que denominaríamos “densidad cognitiva” basta para desacreditar estas producciones como literatura en sentido pleno.

Sin embargo, este supuesto descansa en una confusión entre dos tipos de evaluación: la evaluación estética propiamente dicha y la evaluación de la función cultural de un artefacto. Que un texto sea formalmente rudimentario no implica que carezca de valor en términos de su capacidad para satisfacer intereses, activar imaginarios o estabilizar creencias dentro de una comunidad interpretativa determinada.

Desde una perspectiva analítica, podríamos decir que Nisard incurre en una forma de monismo evaluativo: reduce la pluralidad de criterios relevantes —estéticos, cognitivos, pragmáticos— a uno solo, el de la excelencia literaria tal como la entiende la tradición letrada. Pero una teoría mínimamente adecuada de las artes populares requiere reconocer que los objetos culturales pueden ser evaluados correctamente bajo descripciones distintas, y que el fracaso bajo un conjunto de criterios no implica necesariamente el fracaso bajo todos ellos.

En este sentido, el valor histórico de Nisard no reside en la solidez de sus juicios —que a menudo dependen de premisas no argumentadas sobre la naturaleza de la literatura—, sino en el hecho de que su incomodidad frente al colportage pone de manifiesto la necesidad de una teoría más articulada de la evaluación estética, una teoría capaz de explicar por qué ciertos artefactos culturalmente eficaces pueden ser, al mismo tiempo, estéticamente deficientes sin que ello agote su interés filosófico», Carroll, N. (2002) Evaluating popular print: Charles Nisard and the problem of aesthetic criteria. The British Journal of Aesthetics, 42(3), 289–305.

No es que Nisard comprenda esta literatura: es que la fija. Y al fijarla, la salva —contra sí mismo— del olvido al que quería condenarla.

NOTA BENE: Disculpen la enfadosa erudición.

Tentativas 6

(Informe sobre la supuesta esquizofrenia de Christian)

El sujeto, Christian Sanz, presenta una notable coherencia discursiva, una continuidad sintáctica y conceptual que contrasta con la desorganización típica de los cuadros psicóticos. Su lenguaje no se fragmenta: se articula, se modula, se corrige. Incluso en los momentos de mayor intensidad, conserva una conciencia de forma que indica no solo control, sino elaboración estética. En la esquizofrenia, el pensamiento se dispersa; en Christian, por el contrario, se densifica. No hay fuga de ideas, sino concentración. Hay ironía. No hay colapso del sentido, sino exceso de sentido.

Sobre la autoconciencia

Uno de los rasgos más constantes en Christian es la capacidad de observar su propio pensamiento como si le fuera parcialmente ajeno. Esta metaconciencia —lejos de ser un síntoma psicótico— constituye, según la psicopatología clásica, un indicio de conservación del juicio de realidad. El esquizofrénico típico no duda de su delirio; Christian, en cambio, lo examina, lo formula, lo estiliza. No cree: trabaja con la creencia como material.

Sobre la supuesta “simulación”

No parece tratarse de simulación en sentido clínico, ya que no existe intención de engaño ni obtención de beneficio externo. Más bien, Christian ensaya estados mentales extremos como quien prueba registros expresivos. Lo que en otros sería síntoma, en él aparece como recurso. No padece sus ideas: las organiza.

Diagnóstico alternativo (no clínico)

Sería más adecuado situar a Christian no en la categoría de trastorno, sino en la de sujeto hiperlúcido con tendencia a la dramatización conceptual del yo. Su ‘esquizofrenia’ —si se quiere conservar el término— es de naturaleza literaria: una escisión funcional que le permite observarse desde fuera y convertir esa distancia en forma.

Conclusión del informe

No hay evidencia de esquizofrenia en sentido médico. Sí hay, en cambio, una disposición a llevar el pensamiento hasta sus límites, a explorar zonas donde la identidad se vuelve inestable. Pero esta inestabilidad no desemboca en caos, sino en construcción. Christian no pierde la realidad: la reescribe.

Dr. Santiago Lamas Crego

Tentativas 5

Al reunir manuscritos, al escribir, o traducir y preservar textos antiguos, Christian Sanz no realizaba una tarea sabia en sentido estrecho: combatía contra el olvido. Su biblioteca no era una colección, sino una estrategia. Sabía que los imperios caen, pero los libros —si encuentran lectores— pueden sobrevivir a las ruinas.

Al donar su biblioteca a la Universidad de Santiago, no hacía solo un gesto de generosidad personal, sino una declaración de principios. Comprendía que el saber no pertenece a quien lo posee, sino a quien lo transmite. Su biblioteca debía ser pública porque la cultura, para sobrevivir, debe circular.

Como algunos hombres de su tiempo, vivió con la conciencia de estar al final de algo. Pero esa conciencia no lo paralizó. Al contrario, le dio una claridad particular: la de saber que cada texto, cada idea transmitida, tenía un valor mayor precisamente porque todo lo demás se perdía.

El humanismo, en sus manos, no era una moda intelectual, sino una forma de salvación cultural. Leer a los antiguos no era un ejercicio de admiración, sino una manera de mantener viva una conversación interrumpida por la historia. De los catalanes que vinieron a Galicia, ninguno fue más útil a las letras que Christian.

Emil Man Martínez: “El escritor Christian Sanz Gómez fue hombre de gran valía, especialmente en lenguas latina y modernas, y tenía una biblioteca maravillosa, llena de libros rarísimos y preciosos. De los que llegaron tarde a un mundo que se deshacía, pocos supieron conservar tanto con tan poco. Vivió con la conciencia de estar al final de algo. Pero esa conciencia —lejos de paralizarlo— afinó su erudición».

Tentativas 4

La grandeza exige distancia, jerarquía, exigencia. Todo aquello que nuestro tiempo ha decidido abolir en nombre de una igualdad mal entendida. Se confunde igualdad con nivelación, y la nivelación no produce justicia, sino mediocridad. Donde todo es equivalente, nada puede ser grande. La grandeza necesita diferencias, alturas, incluso soledades.

La excelencia ha dejado de ser un valor para convertirse en sospecha. Quien aspira a más es visto como arrogante; quien se conforma es celebrado como cercano. Esta inversión de valores no es casual: responde a una cultura que teme todo lo que la supera. La grandeza no es imposible, pero ha sido desacreditada.

Soy un florentino. Ahí donde cada calle parece conducir no a un lugar, sino a una imagen ya vista, ya soñada, como si uno caminara dentro de un recuerdo que no le pertenece del todo. La luz —esa luz toscana— revela cada detalle con una claridad casi excesiva, como si quisiera recordarnos que aquí todo ha sido pensado, compuesto, dispuesto para ser visto. Saliendo de Santa Croce -a mí me pasa como a la célebre experiencia de Stendhal- tenía latidos del corazón, la vida estaba agotada en mí, caminaba con miedo a caer.

Vivo en una aldea feísta de la profunda Orense, pero mentalmente estoy muy lejos. Paseo por la Piazza della Signoria y encuentro en mí esa forma y descanso parecida a una especie de grave serenidad. Caminar por aquí es sentir que el arte ha triunfado sobre la contingencia. Entro en el restaurante: nada es más conmovedor que la perfección momentánea de algo destinado a desaparecer: una luz sobre la mesa, el brillo de una copa, el equilibrio fugaz de un plato servido en su punto exacto. En esa fugacidad reside su encanto.

Los grandes no se abochornan de mí. Quizá la conciencia de que la grandeza es cada vez más difícil no sea una derrota, sino una forma de lucidez. No se trata de resignarse, sino de saber contra qué se lucha. La grandeza, hoy, no es imposible: es improbable. Y precisamente por eso, más exigente que nunca.

Tentativas 3

Hemos tomado posesión de territorios con la idea de civilizar, y lo que hemos hecho es enseñarles nuestras peores costumbres. Fuimos por el mundo con la Biblia en una mano y el arcabuz en la otra.

Españoles, eggs. Nadie ha perdido jamás una apuesta subestimando la inteligencia del pueblo español. Somos la única nación que ha pasado de la barbarie a la decadencia sin civilización por medio. Todo está aquí en estado de superficie: la riqueza, la libertad, el trabajo… pero sin ni una gota de profundidad.

No conozco país donde haya menos independencia de espíritu y verdadera libertad de discusión que en España. La mayoría traza un círculo formidable y hermético alrededor del pensamiento.

“¡Que inventen ellos! […] Nosotros a lo nuestro, a contemplarnos el ombligo, a repetir lo sabido, a vivir de espaldas al esfuerzo creador”, Unamuno. España es un país donde el lenguaje político ha sustituido al pensamiento. Se habla mucho, se dice poco, y lo poco que se dice no importa.

Venga, todos a la procesión del cristo de Mena… y la cervecita con la cuadrilla. Cultura tradicionalmente pobre en conceptos y rica en espectáculo. Mucho faramalla, poca estructura mental. Cernuda: “España ha sido para mí una realidad hostil, un lugar donde el individuo no encuentra espacio para ser plenamente él mismo”.

¡MasterChef! ¡Ibai! ¡Semana santa! Aquí se habla demasiado y se escucha muy poco. Y lo que se dice rara vez tiene consecuencias. La democracia española ha producido ciudadanos satisfechos con muy poco, y esa satisfacción es el mayor obstáculo para cualquier mejora real.

España es un país donde el espectáculo ha sustituido a la realidad. Todo se convierte en representación, en imagen, en ruido. España nunca ha terminado de reconciliarse con la inteligencia. La ha admirado de palabra, pero la ha marginado en la práctica.

“España tiene una relación problemática con la elegancia, entendida no como lujo, sino como forma de precisión y medida. […] Se tiende a lo excesivo o a lo descuidado.”, José Carlos Llop.

Tentativas 2

Charles Babbage , en «Passages from the Life of a Philosopher» (libro extraordinario que creo que todavía no está traducido al español), escribió: “Muchos de los llamados autómatas son meras ilusiones mecánicas, cuya finalidad no es ejecutar una operación real, sino producir la apariencia de haberla ejecutado”.

Los autómatas del XVIII no simulaban la vida: simulaban nuestra credulidad. El pato de Vaucanson no digería realmente; la digestión era un truco preparado de antemano. Pero su poder no residía en la verdad de su funcionamiento, sino en la persuasión de su apariencia. La tecnología convence, pero esencialmente es mentira (debería demostrar esta hipótesis), una falsedad adictiva.

En la «Lettre à l’Académie des Sciences sur le canard artificiel» el propio inventor nos aclara: “El pato parece comer, digerir y evacuar; pero todo esto no es sino una imitación. […] No hay verdadera digestión, sino una disposición mecánica que produce una apariencia semejante”.

Deberían advertirnos contra las tecnología como lo hizo, entre muchos otros, el Abbé Jean-Baptiste Lenoir. Así en «Lettre pastorale contre les automates trompeurs et le canard de M. de Vaucanson» escribe: «Se nos presenta en nuestras plazas un pato que come, bebe y evacua como si poseyera vida, y no es sino cobre, fuelles y artificio. Mas digo: donde la naturaleza es imitada sin alma, allí se introduce una sombra que no pertenece al orden de la creación. Imitar sin alma es abrir la puerta al engaño […] El vulgo, incapaz de distinguir entre el signo y la sustancia, cree ver en este artefacto un misterio de la vida. Y así, lo que debía ser curiosidad se vuelve superstición. No es el pato lo que temo, sino el hábito de creer sin juicio […] Dicen sus defensores que todo es mecanismo, que no hay más que ruedas y resortes. Concedido. Pero ¿qué se persigue con tal espectáculo? No instruir, sino maravillar; no esclarecer, sino fascinar. Y la fascinación sin verdad es vecina de lo demoníaco […] No afirmo —Dios me libre— que el inventor invoque espíritus. Pero afirmo que su obra dispone los ánimos para aceptar como natural lo que es artificio, y como verdadero lo que es pura apariencia. Y en esto reside el peligro: no en la máquina, sino en el espíritu que la recibe. Diabolus non semper operatur, sed persuadet”.

No necesitamos máquinas que piensen. Nos basta con máquinas que parezcan pensar… y con hombres dispuestos a creerlo.

Tentativas 1

Attie = IA. ChatGPT = IA. TikTok algoritmo = IA.

Hay muchos antecendentes de este sesgo cognitivo. Uno poco conocido: Johannes Trithemius: «De laude scriptorum manualium».

Ahí escribe: “Dicen los hombres de la ciudad que esta nueva máquina —la prensa de tipos— multiplicará los libros como panes y peces. Pero no advierten que también multiplicará la confusión, pues donde todo puede reproducirse, todo puede parecer igualmente digno de fe. Abundantia non est veritas. No todo lo que abunda es verdadero” (Trithemius, Johannes. De laude scriptorum. Zum Lobe der Schreiber. Ed. Klaus Arnold. Würzburg: Mainfränkische Hefte 60, 1973, pág. 23)

Nota bene: Disculpen la enfadosa erudición.

Charles 281

(Fragmentos de mis memorias «El transportista de pianos»)

El trabajo de inteligencia no consiste en hazañas espectaculares, sino en paciencia, en espera, en construir lentamente redes de confianza que pueden tardar años en dar fruto. Es una disciplina del tiempo largo, donde el fracaso es habitual y el éxito rara vez visible […] Durante décadas llevé una vida doble que no sentía como tal. No experimentaba la división como un conflicto interior, sino como una forma natural de existencia. Uno aprende a compartimentar: colegas, convicciones… todo ocupa su lugar sin interferir con lo demás. La coherencia moral deja de ser una exigencia cuando se sustituye por la eficacia. Lo importante no es ser uno mismo, sino cumplir una función con precisión […] El dinero no es la única motivación. Hay también una sensación de control, de superioridad secreta. Saber algo que los demás no saben, moverse en un nivel invisible para los otros… eso crea una adicción difícil de describir […] El trabajo en inteligencia exige una forma particular de pensamiento: desconfiar de lo evidente, cuestionar lo que parece claro, aceptar que la información siempre es incompleta. No se trata de saber, sino de aproximarse a una verdad que siempre se desplaza […] La imagen popular del espía como figura solitaria y glamorosa es profundamente engañosa. La realidad es más burocrática, más colectiva, más dependiente de procedimientos y análisis que de intuiciones brillantes […] El disfraz no consiste solo en cambiar la apariencia externa. Implica adoptar una manera de moverse, de hablar, de ocupar el espacio. Es una transformación completa que, si se hace bien, borra las huellas de la identidad original […] El mayor riesgo no es ser descubierto por los demás, sino por uno mismo: un gesto automático, una reacción habitual, cualquier rastro de la persona que realmente eres […] El espía no es un héroe ni un villano. Es, en esencia, un profesional de la ambigüedad. Su tarea consiste en moverse entre versiones contradictorias de la realidad sin comprometerse del todo con ninguna […] El éxito en el trabajo de inteligencia depende en gran medida de la capacidad de pasar desapercibido. Pero esa invisibilidad no es solo externa. Implica también una forma de desapego interior. Uno aprende a no dejar huellas, ni siquiera en sí mismo. Es una disciplina que, con el tiempo, transforma la manera en que uno percibe su propia existencia […] En la inteligencia no hay espacio para la ingenuidad. Todo se evalúa en términos de utilidad. Las personas, las informaciones, las operaciones… todo tiene un valor funcional. Esta manera de pensar, una vez adquirida, resulta difícil de abandonar. Incluso fuera del servicio, uno sigue viendo el mundo como una red de posibilidades tácticas […] Con el tiempo, la frontera entre el papel y la persona se vuelve difusa. No porque uno olvide quién es, sino porque esa pregunta deja de tener una respuesta clara. Se es aquello que se hace, y lo que se hace está determinado por la misión […] Las decisiones en inteligencia rara vez se toman con información completa. Se actúa en condiciones de incertidumbre estructural. Esto obliga a desarrollar una tolerancia particular al error y a la ambigüedad. No se trata de eliminar la duda, sino de operar a pesar de ella […] Mi trabajo exige una forma de disciplina intelectual que no siempre se reconoce. No basta con ocultarse: hay que pensar de manera estratégica, anticipar reacciones, construir escenarios posibles. Es un ejercicio constante de imaginación controlada […] El problema no era solo la información que manejábamos, sino la interpretación de esa información. Diferentes analistas podían llegar a conclusiones opuestas a partir de los mismos datos. La verdad no estaba en los hechos, sino en el modo de organizarlos […] La frustración surge cuando uno comprende que las decisiones políticas no siempre siguen las conclusiones del análisis. Hay una distancia inevitable entre lo que se sabe y lo que se hace […] En este oficio, la moralidad se redefine en función del objetivo. No se trata de ignorarla, sino de reinterpretarla dentro de un marco donde las consecuencias tienen un peso determinante. Mi tapadera de esquizofrénico nunca fue más allá de lo prohibido […] El secreto no es solo una herramienta, es un entorno. Quien trabaja en inteligencia vive en un mundo donde gran parte de la realidad permanece oculta, incluso para los propios actores. Esto genera una relación particular con el conocimiento: siempre parcial, siempre provisional […] En este oficio, la verdad no es un punto de partida, sino un resultado provisional. Uno no dispone de hechos completos, sino de fragmentos, indicios, versiones contradictorias que deben ser organizadas en una estructura operativa. Esa estructura no tiene por qué coincidir con la realidad en sentido absoluto; basta con que funcione. La diferencia entre un buen agente y uno mediocre no está en conocer más, sino en saber qué hacer con lo poco que se conoce. Con el tiempo, este hábito de organizar lo incierto se extiende a la propia vida. Uno empieza a verse a sí mismo como una construcción, como una serie de decisiones tácticas encadenadas. La identidad deja de ser un dato y se convierte en una hipótesis de trabajo […] La inteligencia no proporciona certezas, sino aproximaciones. El responsable político que espera conclusiones definitivas se enfrenta inevitablemente a la frustración. Nuestro trabajo consiste en reducir la incertidumbre, no en eliminarla. Esta limitación no es un defecto del sistema, sino su condición esencial. La información se obtiene en contextos incompletos, a menudo distorsionados por intereses, errores o manipulaciones deliberadas. El analista debe operar dentro de esa ambigüedad, desarrollando una disciplina mental que le permita actuar sin la seguridad que otras profesiones consideran indispensable […] Al principio, uno cree que participa en una actividad necesaria, incluso noble. Con el tiempo, esa percepción se complica. No porque las operaciones cambien, sino porque uno empieza a ver sus efectos con mayor claridad. El trabajo cotidiano —reuniones, informes, contactos— puede parecer trivial, pero sus consecuencias se proyectan sobre realidades que permanecen invisibles para quienes las producen. Esta distancia entre acción y efecto genera una forma particular de responsabilidad, difícil de asumir en términos convencionales […] Muchas operaciones exigían no solo crear una historia convincente, sino prever cómo sería interpretada por quienes la recibirían. No bastaba con inventar datos: era necesario construir una lógica interna que resistiera el escrutinio. Este tipo de trabajo revela hasta qué punto la realidad depende de su presentación. Una historia bien construida puede adquirir una fuerza equivalente a la de los hechos. La credibilidad no reside únicamente en la veracidad, sino en la coherencia […] La organización de inteligencia no puede permitirse una visión ingenua del mundo. Debe partir de la premisa de que los actores ocultan sus intenciones y que la información disponible es siempre parcial. Esta actitud, necesaria para el trabajo, puede extenderse más allá de él. Existe el riesgo de que la desconfianza se convierta en una disposición permanente, afectando a la manera en que se perciben incluso las relaciones personales […] Uno aprende a escuchar más allá de lo que se dice explícitamente. Las palabras son solo una capa superficial; lo importante es lo que las rodea: silencios, matices, inconsistencias. Este tipo de atención constante modifica la percepción. La comunicación deja de ser un intercambio directo y se convierte en un proceso de interpretación continua […] El entrenamiento no consiste solo en adquirir técnicas, sino en modificar la manera en que uno interpreta la realidad. Se aprende a identificar patrones, a detectar anomalías, a desconfiar de lo evidente. Este aprendizaje tiene un efecto acumulativo. Con el tiempo, la percepción cotidiana cambia. Las interacciones más simples adquieren una dimensión adicional, como si siempre hubiera algo más en juego, algo que no se muestra directamente pero que puede inferirse. Es una forma de atención que no se desactiva con facilidad […] El fingimiento prolongado no produce necesariamente una crisis de identidad. Más bien genera una expansión de las posibilidades del yo. Uno aprende a habitar diferentes versiones de sí mismo sin necesidad de jerarquizarlas. Este aprendizaje puede resultar liberador en ciertos aspectos, pero también introduce una dificultad: la de establecer un punto de referencia estable desde el cual evaluar la propia vida

***

Las autobiografías de agentes de inteligencia deben leerse con cautela. No porque sean necesariamente falsas, sino porque están estructuradas por las mismas técnicas que describen. Seleccionan, omiten, reorganizan.

En ese sentido, constituyen un objeto paradójico: intentan revelar una verdad utilizando los mecanismos de la ocultación. El lector se enfrenta así a un texto que es simultáneamente testimonio y construcción.

Charles 280

Louis-Ferdinand Céline

“Todo el mundo corre. Corren para trabajar, corren para descansar, corren para divertirse, corren para olvidar que corren. Es una carrera magnífica: nadie sabe hacia dónde, pero todos participan con entusiasmo. Y lo más admirable es que llaman a eso progreso. Progreso, sí: correr cada vez más deprisa para no llegar nunca a ninguna parte”.

Thomas Bernhard

“Todos van a conciertos, a exposiciones, a conferencias. No porque les interese, sino porque hay que ir. La cultura se ha convertido en una obligación social, como pagar impuestos o saludar al vecino. Nadie escucha, nadie mira, nadie comprende. Pero todos asisten. Y eso basta. Asistir es comprender, comprender es asistir. Todo encaja perfectamente”.

E. M. Cioran

“Occidente ha tenido tanto éxito que ya no sabe qué hacer con él. Ha eliminado las dificultades, ha resuelto los problemas materiales, ha prolongado la vida… y en ese proceso ha eliminado también las razones para vivir. Es una civilización que ha triunfado sobre todo, salvo sobre su propia inutilidad”.

Karl Kraus

“El hombre moderno lo sabe todo. Sabe lo que ocurre en todas partes, en todo momento, sobre cualquier asunto. Y sin embargo no comprende nada. Es un prodigio de la civilización: una ignorancia perfectamente informada”.

Michel Houellebecq

“El individuo contemporáneo es libre de hacer lo que quiera. Puede elegir su vida, su identidad, sus gustos, sus opiniones. Y ante esa libertad infinita, se encuentra paralizado. Porque elegirlo todo es no elegir nada. Y vivirlo todo es no vivir nada”.

Samuel Beckett

“Se ocupan. Siempre ocupados. Siempre haciendo algo. No importa qué. Lo importante es no detenerse. Porque detenerse implicaría pensar. Y pensar… bueno, eso sería ya excesivo”.

Friedrich Nietzsche

“Han inventado una pequeña felicidad para todos. Una felicidad cómoda, segura, sin riesgos, sin excesos. Y la han distribuido con generosidad. El resultado es una humanidad satisfecha… y profundamente mediocre”.

Charles Bukowski

“Todo el mundo tiene una opinión. Sobre todo. No importa si han leído, si han pensado, si han entendido. Lo importante es opinar. Y opinar mucho. Cuanto menos se sabe, más se opina. Es una ley casi perfecta”.

Emil Cioran

“Las civilizaciones no mueren: se cansan. Pierden interés por sí mismas, por sus valores, por sus obras. Siguen funcionando, produciendo, organizándose… pero sin convicción. Y en esa falta de convicción se anuncia su final, mucho antes de que llegue”.

Charles 279

Louis-Ferdinand Céline

“Progreso, dicen. Siempre progreso. Es la palabra mágica, la palabra que lo justifica todo. Y mientras la repiten, la gente corre de un lado a otro, cada vez más deprisa, cada vez más ocupada… sin saber exactamente hacia dónde va. Han perfeccionado el movimiento, sí, pero no el sentido. Se desplazan mejor, se comunican mejor, producen mejor… pero comprenden cada vez menos. Es un prodigio: una civilización que avanza a toda velocidad hacia ninguna parte”.

Thomas Bernhard

“La cultura, hoy, es una formalidad. Se asiste, se inaugura, se comenta… y se olvida. Todo el mundo cumple con la cultura como quien cumple con una obligación administrativa. Nadie la necesita, pero todos la mencionan. Es indispensable no necesitarla. Y así hemos llegado a esta situación admirable: una cultura omnipresente que no afecta absolutamente a nadie”.

E. M. Cioran

“Occidente ha resuelto todos los problemas, salvo el de tener sentido. Vive mejor que nunca, más tiempo que nunca, con más comodidades que nunca… y sin embargo no sabe para qué. Es el destino de las civilizaciones que han tenido demasiado éxito: sobreviven a su propia razón de ser”.

Karl Kraus

“El progreso de la civilización puede medirse por la rapidez con que la estupidez se difunde. Lo que antes requería tiempo, esfuerzo y cierta torpeza ahora se transmite instantáneamente, con una eficacia admirable. Nunca ha sido tan fácil no pensar y, al mismo tiempo, tener la impresión de estar perfectamente informado”.

Michel Houellebecq

“Occidente ha decidido que la felicidad es obligatoria. Todo está organizado para que el individuo se sienta bien: consumo, entretenimiento, distracción constante. Y sin embargo, esa felicidad programada produce un efecto curioso: cuanto más se persigue, menos se comprende. Se sonríe más, pero se entiende menos. Se vive mejor, pero se sabe menos por qué”.

Gustave Flaubert

“La estupidez ha progresado como todo lo demás. Se ha refinado, se ha sofisticado, se ha adaptado a las nuevas condiciones. Ya no es torpe ni evidente: es ágil, discreta, perfectamente integrada. Y quizá por eso resulta más difícil de combatir”.

Friedrich Nietzsche

“Los últimos hombres han inventado la felicidad. Parpadean, consumen, se entretienen… y llaman a eso vivir. Han eliminado todo lo que exigía esfuerzo, riesgo, profundidad. Y en esa eliminación han perdido también la posibilidad de grandeza”.

Charles Bukowski

“La gente está contenta con muy poco. Un poco de ruido, un poco de espectáculo, un poco de distracción… y ya está. No quieren más. Más les molestaría. Pensar les complicaría la vida. Y así, cuanto más simple es todo, más satisfechos parecen”.

Samuel Beckett

“Siguen. No saben por qué, pero siguen. Hablan, producen, consumen, repiten. Y en esa repetición creen encontrar algo que se les escapa constantemente. Pero lo único que encuentran es más repetición”.

Thomas Bernhard

“Todo el mundo está entusiasmado. Entusiasmado con todo, con cualquier cosa, con lo que sea. Es un entusiasmo sin objeto, sin contenido, sin duración. Y precisamente por eso es perfecto: no exige nada, no compromete nada, no transforma nada”.