Desde muy joven tuve ideales iluministas o ilustrados (la promesa de una ciudadanía emancipada y crítica) Creía en la mayoría de edad racional (Kant), en el «Sapere aude». Con el pasar del tiempo se fue quebrando esa quimera. Una democracia es buena en tanto en cuanto se maximice la calidad intelectual en la cabeza de cada votante o demócrata. Y aquí resta, a mi juicio, mucho camino por hacer. Me abochornan demasiados argumentos o pseudoargumentos políticos de parroquianos en la taberna, me apena el nivel estético y cognitivo de la deliberación pública. Hooligans broncos (en la diestra y la siniestra) ayunos de finezza y mostrando una flagrante ignorancia. La neurociencia y la psicología social nos enseñan que el cerebro humano prefiere la certeza identitaria (pertenecer al grupo, ganar el partido político) antes que el esfuerzo analítico que exige la verdad. Pensar cansa; indignarse en manada reconforta. Pende sobre la democracia la amenaza de la imbecilidad. Viene muy bien recordarlo gracias a su magnífico artículo.
P.S. Desearía como coda unas palabras de Hannah Arendt en «Entre el pasado y el futuro»: «La libertad de opinión es una farsa a menos que se garantice la información objetiva y que no estén en discusión los hechos mismos. En otras palabras, la verdad de hecho proporciona el suelo sobre el que se levanta el pensamiento político. […] Cuando la comunidad política se ve inundada de mentiras, de propaganda y de argumentos que apelan únicamente a las pasiones más bajas del grupo, el espacio público se corrompe. La deliberación ya no busca la persuasión a través de la razón, sino la dominación a través del ruido». Huyamos del asordamiento por el barullo o el estrépito, e intentemos pensar o razonar por nosotros mismos lo mejor posible.
