Charles 228

Eugen Bleuler:

“La enfermedad no es un episodio aislado, sino un proceso que puede prolongarse durante toda la vida. Lo que se altera no es solo el pensamiento, sino la unidad misma de la personalidad. El enfermo crónico no vuelve al estado anterior: reorganiza su mundo en torno a una lógica propia, cerrada, inaccesible”.

Emil Kraepelin:

“El curso prolongado muestra una progresiva debilitación de la voluntad, un empobrecimiento afectivo y una retirada del mundo. Lo que comienza como trastorno episódico termina, en no pocos casos, en una forma de existencia disminuida, como si la vida psíquica se hubiese consumido desde dentro”.

Kurt Schneider:

“En la forma crónica, los síntomas ya no irrumpen: permanecen. Se integran en la vida cotidiana del paciente, que ya no los distingue como enfermedad, sino como realidad. La vivencia delirante deja de ser excepcional y se vuelve estructura”.

Karl Jaspers:

“El enfermo crónico no es simplemente alguien que sufre síntomas, sino alguien cuya relación con el mundo ha sido transformada. La comprensión empática tropieza con un límite: no podemos reconstruir desde dentro ese universo que se ha cerrado sobre sí mismo”.

Eugen Minkowski:

“La esquizofrenia crónica no es solo una alteración del pensamiento, sino del tiempo vivido. El sujeto ya no habita el fluir normal de la duración: queda detenido, suspendido en una especie de presente vacío, sin continuidad vital.”

***

Mi existencia se ha transformado en un estado permanente de milagros. Lo que otros llaman realidad ha dejado de tener vigencia para mí. Vivo en una relación constante con fuerzas invisibles que gobiernan cada uno de mis pensamientos. No hay reposo posible: todo está significado, todo es intervención.

La enfermedad, cuando se vuelve crónica, no desaparece: se aprende a vivir con ella. Es como una presencia constante, una amenaza latente que puede activarse en cualquier momento. La vida se convierte en una negociación diaria con la propia mente.

Las enfermedades mentales graves no terminan: se transforman. El paciente crónico vive en una vigilancia permanente, consciente de que la estabilidad es frágil y siempre provisional.

***

Antonin Artaud:

“No estoy loco: estoy separado. Separado de los otros, separado del mundo, separado de mí mismo. Y esa separación no cesa nunca. Es una condición, no un accidente”.

Thomas Bernhard:

“La enfermedad no es algo que se tiene: es algo que se es. Cuando se instala, organiza la vida entera. Todo lo demás —trabajo, relaciones, pensamiento— gira en torno a ella como planetas en torno a un sol negro”.

R.D. Laing:

“Lo que llamamos esquizofrenia crónica puede ser entendido como una estrategia de supervivencia que se ha rigidificado. El sujeto ha encontrado una forma de soportar lo insoportable, pero esa forma termina por aprisionarlo”.

Louis A. Sass:

“La autoconciencia extrema del esquizofrénico crónico produce una alienación radical: el sujeto se observa a sí mismo sin cesar, hasta el punto de perder la espontaneidad. Vive en una hiperreflexividad que paraliza la acción”.

***

La cronificación introduce algo más trágico que la crisis: la costumbre del abismo. Ya no hay caída, porque ya no hay altura. El delirio y las alucinaciones dejan de ser irrupciones y se vuelven atmósfera. El sufrimiento pierde dramatismo y gana extensión: se hace continuo, bajo, obstinado.

Charles 227

En ciertos momentos, el adolescente enfermo mental se siente como separado del mundo por un cristal invisible. Ve a los otros reír, hablar, vivir, pero no participa. Y entonces comienza ese razonamiento enfermizo: «¿Qué hago yo aquí? ¿Qué soy yo entre ellos?» Y esa pregunta, repetida mil veces, acaba por destruirlo.

Desde niño comprendí que no estaba hecho para la vida común. Todo me resultaba insoportable: la escuela, los profesores, la vulgaridad de las conversaciones. La enfermedad vino de muchacho: ya estaba allí, como una forma de ver. El joven enfermo es siempre un escándalo para los sanos. No porque haga nada extraordinario, sino porque pone en evidencia la falsedad de todo. Su sola presencia arruina la comedia. No puedo dejar de culparme sobre lo que hice sufrir a mis padres y hermanas.

Quería ser como los otros, pero esa aspiración misma me separaba. Y en esa distancia comienza una forma de tristeza que no tiene nombre. Prohibí la visita a los manicomios a mi padre. Sufría demasiado y empezaba a beber más de la cuenta. Mi madre, muchísimo más fuerte psicológicamente, era la primera en llegar y la última en irse.

Desde los quince años ya no creí en nada, pero todavía sufría por todo. La adolescencia debería ser una edad de ilusión; cuando se convierte en una edad de diagnóstico, todo está perdido Esa fue mi condena: haber perdido la ilusión antes de haber aprendido a vivir.

Mi herida es perpetua.

Charles 226

Solo un 2% de la población alcanza mi C.I. Solo un 1% sufre mi esquizofrenia. Solo un 3% tiene una biblioteca de más de 20.000 volúmenes. Solo un 5% es tan feo y gordo como yo lo soy. Yo: una colección de rarezas.

Thomas Bernhard: “El hombre que piensa es siempre un escándalo. La sociedad tolera al excéntrico solo mientras no la incomode demasiado. En cuanto el raro dice algo verdadero, se vuelve insoportable. Entonces hay que apartarlo, ridiculizarlo, silenciarlo”.

Los marginados poseemos una lucidez que los integrados han perdido. Al no participar plenamente del mundo, lo vemos desde fuera. Y esa distancia —dolorosa, sin duda— nos permite comprender mejor su mecanismo. El raro es, en ese sentido, un testigo incómodo. El que encaja demasiado bien en la realidad no la ha comprendido. Quien se aparta de lo común se expone a la incomprensión, al aislamiento, al fracaso. Pero también accede a una intensidad que la vida ordinaria no conoce. Una intensidad que también es un peligro y puede acarrear una deformidad, o, en otras personas, una esterilidad vacua.

Perdonen el cliché de outsider. Aquí hay mucho de mi pose o máscara de falso aristócrata, no del todo -o poco- real.

Mi vida es un laberinto de obsesiones sin centro. Y a veces sospecho que tampoco tiene salida.

Charles 225

Los imbéciles, espesos, son una plaga de ratas que lo invaden todo. No dudan, seguros de su camino insignificante por la vida. Avanzan y aplastan con su cráneo vacío. Llenan el aire de palabras como gusanos. Les bastan sus convicciones de segunda mano. La vida está organizada para ellos. Las instituciones, las universidades, la literatura, la política, la economía, los periódicos, las conversaciones …todo. Encuentras a los imbéciles en todas partes. Con su dignidad ridícula y petrificada. El estúpido no distingue entre lo esencial y lo accesorio, entre lo alto y lo bajo. Vive en un mundo plano, donde nada tiene relieve, y cree que ese mundo es el real.

Se reconoce como tal porque vive rodeado de otros iguales. La estupidez ha dejado de ser un defecto para convertirse en nuestro medio ambiente. No hay contraste, no hay resistencia: todo confirma su visión del mundo. Y así, perfectamente adaptado, el estúpido prospera. Razona al servicio de sus prejuicios. No busca la verdad, sino la confirmación. Y en esa confirmación encuentra una falsa tranquilidad que le impide pensar.

Tienen la mirada bovina, como de vidrio empañado, y una manera de hablar en la que las palabras no significan, sino que se atropellan unas a otras con una torpeza pegajosa. No dudan: esa es su fuerza. Avanzan con la seguridad de quien no ha pensado nunca nada hasta el final. Sus opiniones le vienen dadas —del bar, de las redes, del vecino— y las repite con una convicción que sería admirable si no fuera ridícula. Cree entenderlo todo porque no distingue nada. Cabeza asentada sobre los hombros como un repollo mal plantado. Las frases le salen como eructos. Se encrespa como gallo viejo y recurre pronto al insulto.

La sociedad no solo tolera la estupidez: la necesita. El estúpido es previsible, manejable, útil. No cuestiona, no incomoda, no desestabiliza. Es el ciudadano ideal de cualquier sistema que aspire a durar. Sus palabras son fórmulas, lugares comunes, ecos de otros discursos. No hay en ellas experiencia, ni riesgo, ni pensamiento. Son palabras muertas que circulan entre muertos. Nunca ha habido tanta cultura disponible y tan poca cultura real. El estúpido consume libros, películas, ideas, pero no los asimila.

El estúpido no es un error del mundo: es su forma dominante.

Charles 224

(Tractatus de lo hortera)

Lo que caracteriza al mal gusto moderno no es la torpeza, sino la facilidad. Todo está ya digerido, preparado, reducido a fórmulas. El consumidor no tiene que hacer ningún esfuerzo: el producto ya piensa por él. El horterismo es el arte que ha renunciado a la tensión. Es la reconciliación falsa, la armonía impuesta. En lugar de enfrentarse a la realidad, la recubre con una capa de sentimentalismo que la vuelve soportable. Lo cursi no es lo tierno, sino lo falso: una emoción prefabricada, sin matiz, sin resistencia, sin ironía.

«El mal gusto es siempre un fracaso del estilo, pero también puede ser una forma de exceso que revela algo. Lo verdaderamente hortera no es lo exagerado, sino lo inconsciente de su exageración. El kitsch quiere ser serio y fracasa; el camp, en cambio, sabe que es artificio. Por eso el kitsch es involuntariamente cómico, mientras que el camp es deliberadamente estético”, Susan Sontag.

El mal gusto no es simplemente una cuestión de ignorancia, sino de complacencia. Es la incapacidad —o la negativa— a establecer jerarquías. Todo vale, todo se mezcla, todo se exhibe. El hortera no es quien no sabe, sino quien no quiere saber: quien prefiere la ostentación a la forma, el efecto inmediato a la elaboración.

***

Vivimos rodeados de una cultura que ha confundido la abundancia con la calidad. Todo se ofrece, todo se exhibe, todo se consume; pero casi nada se comprende. El hombre moderno cree tener gusto porque tiene opciones. Pero la multiplicación de opciones no es un signo de refinamiento, sino de dispersión. Hay algo profundamente vulgar en esa necesidad de mostrarlo todo, de convertir cada experiencia en espectáculo. La verdadera vida interior —si aún existe— no necesita exhibirse.

La modernidad ha producido una forma de fealdad tranquila, instalada, casi confortable. No es una fealdad heroica ni trágica, sino rutinaria y administrativa. La vulgaridad ya no escandaliza: organiza el mundo. Se infiltra en la arquitectura, en los cuerpos, en las relaciones humanas. Es una mediocridad sin conflicto, una insignificancia generalizada que ya ni siquiera necesita justificarse.

La cultura de masas produce una ilusión de sensibilidad. Todo parece intenso, todo parece importante, pero en realidad todo es superficial. Lo vulgar no es lo simple, sino lo simplificado: aquello que ha sido reducido hasta perder su complejidad. El peligro no es que la gente no tenga acceso a la cultura, sino que crea que lo que consume ya es cultura.

La vulgaridad moderna no es espontánea: es fabricada. El mercado produce objetos y también produce gustos. Y esos gustos tienden a lo inmediato, a lo fácil, a lo repetible.

El lenguaje se degrada cuando deja de ser una exploración y se convierte en una herramienta. La repetición de fórmulas, de imágenes gastadas, de estructuras previsibles, produce una prosa sin resistencia. Y esa facilidad —esa fluidez sin espesor— es una forma de vulgaridad.

***

El horterismo es la forma estética de la ignorancia satisfecha. Hay en lo hortera una voluntad de parecer lo que no se es, pero sin el esfuerzo de llegar a serlo. Frente a esa impostura, solo cabe la fidelidad a una tradición exigente, a una forma que no admite concesiones.

Lo cursi es siempre una impostura: una emoción exagerada, una forma hinchada, un deseo de belleza que se queda en apariencia. Pero hay en lo cursi una cierta inocencia, incluso una melancolía. Lo verdaderamente detestable no es lo cursi, sino lo vulgar consciente: aquello que sabe que es feo y no le importa.

La cultura contemporánea ha convertido el gusto en una cuestión de identidad. Ya no se trata de discernir, sino de pertenecer. Y en ese contexto, el kitsch deja de ser un error para convertirse en una elección legítima. Todo vale, porque nada importa realmente.

La pérdida de exigencia formal es uno de los rasgos más visibles de la literatura contemporánea. Se escribe como se habla, se publica como se produce, se lee como se consume. Y en ese proceso, la forma —que era el lugar de la dificultad y de la belleza— desaparece. Lo que queda es una prosa funcional, sin relieve, sin tensión, sin necesidad.

Charles 223

Eliot: “Leer no es consumir, sino someterse a una disciplina del espíritu: aprender a reconocer en una página el eco de siglos”.

Huxley: “La verdadera función de un libro no es informar, sino transformar la calidad de la conciencia”.

Robert Frost: “Leer es una forma de escuchar una voz que habla desde muy lejos, pero que, de algún modo, nos conoce”.

Robert Lowell: “Leer es entrar en la mente de otro y descubrir que esa mente también está rota”.

Pound: “El lector debe ser activo, preciso, despiadado: la literatura exige exactitud, no indulgencia”.

Bernhard: “Todo lo que leemos es mentira, pero necesitamos esas mentiras para soportar la verdad”.

Saul Bellow: “Los libros nos salvan de la trivialidad, pero no de nosotros mismos”.

Nabokov: “Un libro digno de ese nombre exige una segunda, una tercera lectura: la primera es solo un reconocimiento superficial”.

Samuel Johnson: “Leer sin reflexión es como comer sin digerir”.

Charles 222

Los políticos son muñecos de trapo, con instinto de rebaño y sin escrúpulos, sin oficio claro, mentirosos compulsivos y rapaces, muñecos de trapo, decíamos, en manos de fuerzas que no comprenden; hablan de patria, de corrupción y de economía como si fuesen hechos vivos, y no palabras gastadas en boca de comediantes.

Necesitan un mundo plano, sin ironía, sin ambigüedad, sin estilo. El arte de reducir la complejidad de la vida a consignas que puedan repetirse sin pensar. Los hombres públicos son, en su mayoría, hombres privados que han perdido su delicadeza. No buscan la verdad, sino la victoria; no buscan la razón, sino la ventaja. Actores de un teatro donde la vanidad habla más alto que la razón, actores de una farsa nauseabunda que llaman democracia.

La política es el arte de hacer creer a los imbéciles que participan en algo. Nada hay más ridículo que la solemnidad del discurso político. Oscar Wilde: “La democracia significa simplemente el apaleamiento del pueblo por el pueblo para el pueblo”.

Donde el escritor introduce matices, el político introduce consignas. Donde el estilista complica, el político aplana. Desprecio estético y sospecha moral: hablan y se conducen como simios. Mediocres que se toman en serio porque otros mediocres los escuchan. Las ideologías son jaulas para mentes perezosas. Pobreza de pensamiento bajo la abundancia de palabras.

La política no es solo una práctica degradada —es, sobre todo, un lenguaje degradado.

Charles 221

Hoy se adelanta una hora el reloj. Siento la cruel laceración y usura del paso del tiempo. Uno con él madura y se estropea. Uno junto a él envejece y se estropea. El tiempo es un flagelo, un bacilo, te crucifica, te tritura. Todo lo vivido se pudre adentro. El tiempo nos destruye con una precisión cada vez mayor. No corrige nada: lo agrava todo.

Materia blanda, maleable, que se deforma bajo el peso de la memoria. Hay días que se alargan como sombras interminables y otros que desaparecen -la inmensa mayoría- sin dejar rastro. El tiempo se encarga de demostrar que éramos menos de lo que creíamos: uñas y tobillos sucios, patíbulo, conspirador entre las grietas.

El paso del tiempo es una pedagogía cruel: nos enseña demasiado tarde aquello que solo habría sido útil aprender antes. Después de todo, todo ha sido nada, a pesar de que un día lo fue todo. Porque el tiempo no alivia los males; los cambia por otros peores. Maestro que mata a todos sus alumnos. Todo, todo es irreparable.

Calambres, sombra que golpea la carne, paperas y bocio, donde se abisma la rosa.

Tiempo: flagelo de Dios.

Charles 220

Tengo una obra extensa, exigente y nada reconocida. Quiero que sea leída y juzgada.

No me sirve de consuelo pensar que el talento no basta, ni siquiera la violencia del talento. Y que hace falta la complicidad de la época, y que la época no está de mi lado. O creer que escribir de verdad —no redactar, no entretener— es volverse ilegible para la mayoría. Y entonces viene el silencio. El gran silencio. Este tipo de opinión es la propia de los resentidos fracasados que, al carecer de recepción externa, su yo presuntuoso se convierte en el único tribunal.

Thomas Bernhard me diría, halagador, que ser ignorado no es una desgracia, es casi una condición. Lo verdaderamente sospechoso sería lo contrario: ser aceptado, celebrado, integrado en ese mecanismo nauseabundo que llaman ‘vida literaria’. Usted Christian ha hecho su obra. Eso es lo único. Lo demás —crítica, recepción, éxito— pertenece al ámbito de la estupidez organizada. Nadie lee, y los que leen no entienden, y los que entienden no soportan. Así funciona. La invisibilidad no es un fracaso: es la forma que tiene el mundo de defenderse de lo que no puede digerir.

El escritor que aspira a ser comprendido por su tiempo suele acabar escribiendo trivialidades adaptadas a la sensibilidad dominante. El que no lo hace, paga un precio: la irrelevancia pública. Pero conviene no dramatizar: la historia de la literatura está llena de escritores que no existieron en vida y existen después, y también de los que existieron demasiado en vida y hoy no existen en absoluto. La cuestión no es si le leen, sino si su obra tiene la densidad suficiente como para resistir la indiferencia. Eso me diría algún que otro colega.

Y otro: El escritor que no encuentra lectores en su tiempo debe preguntarse no solo por el mundo, sino por la naturaleza de su propuesta: ¿es exigente o es hermética?, ¿es compleja o es opaca?Pero incluso en el mejor de los casos, la recepción es siempre contingente, azarosa, históricamente limitada. La posteridad no es una garantía, pero tampoco lo es el presente. El único criterio firme sigue siendo la calidad formal.

Y aún otro más: Hay más escritores valiosos de los que el sistema literario puede admitir, y muchos quedan fuera no por falta de mérito, sino por falta de visibilidad, contactos o simple azar. Ahora bien, también hay una tendencia entre los escritores no reconocidos a sobreestimar su propia obra. No basta con sentirse incomprendido: hay que poder demostrar que se es legible, que se interesa a alguien, que se deja leer. La literatura no es solo escritura: es también lectura. Y si no hay lectores, conviene preguntarse por qué, sin caer ni en la complacencia ni en el victimismo.

La invisibilidad no invalida mi obra… pero tampoco la confirma.

El reconocimiento no es criterio de valor, pero la ausencia total de lectores sí que plantea preguntas enojosas. La literatura exigente tiende a reducir su público… pero no debería anularlo por completo.

***

Deseo fervientemente algunos lectores. El escritor escribe en soledad, pero lo hace para que alguien —aunque no sepa quién ni cuándo— entre en ese espacio verbal y lo complete. Un libro sin lectores no está muerto, pero está muy, muy incompleto. La escritura necesita de esa complicidad para realizarse plenamente: el lector no es un consumidor pasivo, es un coautor que reconstruye el libro. Por eso la aspiración a ser leído no es una vanidad, sino una dimensión constitutiva del acto literario.

El escritor trabaja en una tensión constante entre la integridad de su visión y la necesidad de ser comprendido. No se escribe para agradar, pero tampoco se escribe en el vacío. Una literatura que renuncia por completo al lector corre el riesgo de convertirse en un ejercicio privado, cerrado sobre sí mismo, y por tanto estéril en su alcance humano.

Uno escribe porque no puede vivir de otra manera, pero también porque quiere ser leído. Negarlo es una forma de hipocresía bastante extendida en los medios literarios. El escritor debe ser fiel a la vibración más íntima de su conciencia, pero no debe olvidar que escribe en una lengua compartida.

Una idea que no puede ser comunicada plenamente permanece, en cierto modo, incompleta. El propósito de escribir no es únicamente instruir o deleitar, sino entrar en conversación con la sociedad. El lector no es un adorno ni un enemigo: es la condición de realización de la obra.

Nada hay más melancólico que escribir para nadie, salvo quizá leer sin placer.

Charles 219

(Notas de lectura)

Leo a X (escritor muy consagrado) El pájaro perdió su rama; torpeza; ahí late una nostalgia por la forma. Prosa que arrastra los pies, sin música, sin color ni savia. Admitamos que hay una prosa de escribientes —seca, sin gracia— que no ha pasado por el fuego del estilo. Y esa prosa, aunque diga cosas evidentes, está muerta antes de nacer.

Áspero, sin matices; una antología de palabras mal puestas. Relleno. Usa palabras generales donde deberían estar las precisas; escribe como quien repite fórmulas; expresa mal las emociones; no me cabe en la cabeza cómo sus innumerables lectores no sienten un disgusto inmediato.

Una voz engolada que no dice nada. Escribe contra la naturaleza del pensamiento. Prosa arrítmica. Literatura asfixiada. Todo es feo, como en una gran mueca. Resuenan palabras heredadas, nunca vividas. Las imágenes son pobres, aburridas.

Todo lo que leeemos es repugnante si lo miramos el tiempo suficiente.