Burton 11

Hoy me levanté a las cinco y media. Después de hacer mis abluciones y tomar mi café, me demoré en mi biblioteca. No está mal. Alrededor de 25.000 volúmenes, en español, catalán, inglés y francés, principalmente, con algunos cientos de ejemplares propios de un bibliófilo pobre, una sección de unos mil libros de lógica matemática, otra de unos quinientos o seiscientos de psiquiatría y otros anaqueles surtidos de libros raros y curiosos. Deseé que, ante notario, la heredera fuese alguna entidad (universidad, diócesis, etc…), pero mis gestiones fueron infructuosas. La herederá mi hermana.

«Cuando tengo un poco de dinero, compro libros; y si me sobra algo, entonces compro comida y ropa. Mi alegría es regresar a mi habitación, cerrar la puerta y mirar mis paredes cubiertas de volúmenes. Al contemplarlos, siento que entro en un santuario donde residen los espíritus de los hombres más sabios que han pisado la Tierra. Están ahí, silenciosos, esperando mi llamada, sin juzgarme, sin pedirme nada a cambio, listos para regalarme sus secretos. Mirar mi biblioteca es contemplar la paz en un mundo lleno de caos», Erasmo.

«Entrar en la habitación y ver las paredes cubiertas de libros es como contemplar un paisaje cubierto de árboles en otoño; hay una riqueza de tonos, una promesa de refugio que calma el espíritu al instante. Cada lomo brilla con una luz propia. Al mirarlos juntos, uno siente el inmenso consuelo de la continuidad humana. Están ahí, tan pacientes, tan sólidos. Contemplar la propia biblioteca provoca una felicidad callada; es saber que, sin importar cuán hostil o frío sea el día afuera, allí dentro aguarda un banquete eterno de pensamientos, siempre dispuesto, siempre cálido», Virginia Woolf.

«La biblioteca no es solo el lugar de tu memoria, donde conservas lo que has leído, sino el lugar de tu memoria futura, donde guardas lo que vas a leer cuando lo necesites. Al contemplar mis estanterías, no siento la soberbia del que sabe mucho, sino la deliciosa paz del que se sabe rodeado de posibilidades. Esos miles de libros que aún no he abierto son mis mejores guardianes: me recuerdan lo infinita que es la curiosidad humana. Mirar mi biblioteca por la noche es como mirar un mapa del tesoro donde cada lomo es una ruta hacia lo desconocido; me da la hermosa tranquilidad de saber que nunca, mientras viva, estaré aburrido», Umberto Eco.

«Contemplar la biblioteca de casa es contemplar un bosque que hemos plantado nosotros mismos, árbol a árbol, libro a libro. Hay una alegría íntima y misteriosa en mirar esas hileras donde conviven autores que jamás se conocieron en la vida real, pero que ahora dialogan en nuestras paredes gracias a nuestro capricho de lectores. Cuando me detengo a observarlos, siento que la arquitectura de la casa cambia: las paredes dejan de ser de ladrillo y pasan a ser de ideas, de sueños, de geografías lejanas. Una biblioteca propia es el mapa de nuestras pasiones y de nuestras búsquedas; mirarla es recordar quiénes somos y sentir el inmenso alivio de estar a salvo, arropados por las palabras», Irene Vallejo.

Burton 10

Tras semanas del perro negro, hoy me sentí muy bien (en comparación a días pasados) por la tarde Y PUDE LEER TRES HORAS, mejor dicho, hojear un montón de libros. Miré mis notas de lectura -y las contrapuse- de «El cierre de la mente moderna», de Allan Bloom, y «El cultivo de la humanidad», de Martha C. Nussbaum. Consulté el «Maurras», de Giocanti, que tenía atestado de subrayados y notas al margen, así como la biografía de Pla de Xavier Pla en Destino. Por último repasé, para refrescar la memoria, el monumental «Kierkegaard» de Joakim Graff en Tusquets. Después hinqué el diente a libros modernos o novedades pendientes de lectura: la biografía de Taravillo de Cunqueiro, la biografía de Arendt de Thomas Meyer, y una antología de Cunqueiro editada por la Fundación Santander. Leí un poco a Montaigne y Francis Bacon y Scholem y di por cumplida la tarde.

Por la mañana hablé con mi enfermera Lorena y me dijo que le comentaría a mi psiquiatra un cambio para un nuevo antidepresivo. Advierto en mí una salud más vigorosa, un aprender a valorar la luz del sol. Aquellos que sufren tienen una cita con el alba. No hay sombra sin luz, ni desesperación que pueda resistirse al paso inexorable del tiempo que todo lo cura. La esperanza no es una ilusión; es la certeza de que el día reclama su lugar frente a las tinieblas. «Deja que todo te suceda: la belleza y el terror. Solo sigue adelante. Ningún sentimiento es definitivo. No te dejes separar de mí. Cerca está el país que llaman vida. Lo reconocerás por su seriedad. Dame tu mano… Debemos asumir nuestra existencia tan ampliamente como sea posible; todo, incluso lo inaudito, debe ser posible en ella. En el fondo, el único coraje que se nos pide es tener valor para lo más extraño, lo más portentoso y lo más inexplicable que nos pueda ocurrir», Rilke.

Burton 9

Y no puedo leer ya nada. Intento leer libros que antes me encantaban, pero me parecen insípidos. Las palabras simplemente desfilan ante mis ojos sin dejar rastro. No hay ningún tipo de absorción. Solía pensar que la lectura era el gran consuelo, un territorio al que siempre podía escapar. Ahora descubro que la lectura requiere un estado de paz que ya no poseo. En este estado de desolación, un libro es solo un trozo de papel muerto. Mi mente está demasiado llena de su propia miseria como para hacer espacio a los pensamientos de otro hombre. Mi mente, insisto, está en un estado de terrible dispersión y confusión. Durante estos periodos de profunda melancolía, me siento completamente incapaz de aplicar mi atención a los libros. Abro un volumen con la firme intención de leer, pero antes de haber terminado una página, mis pensamientos se desvían hacia fantasías sombrías y temores espantosos. Vuelvo a intentar fijar la vista en el papel, pero el intelecto está entorpecido, como si estuviera nublado por un vapor pesado. Es una de las mayores miserias de esta condición: que aquello que podría curar el espíritu —el conocimiento y la sabiduría de los libros— se vuelve inaccesible. Totalmente insensible a todo disfrute que antes derivaba de los libros y del estudio. En este estado de escepticismo melancólico, pretendo continuar con mis lecturas habituales, pero lo hago de manera puramente mecánica, sin el menor interés vivido. Y al final no puedo. Los libros de los filósofos o de los poetas me parecen secos y vacíos. Las verdades en las que antes había creído con pasión ya no tienen poder para conmoverme ni para activar mi pensamiento. Me encuentro en una parálisis emocional e intelectual tal que leer una página de mi autor favorito me deja tan frío como si estuviera leyendo una lista de nombres al azar. Siento que todo el conocimiento acumulado en el mundo no sirve para nada si la capacidad de sentirlo y asimilarlo murió dentro de mí.

«Mi mente ha cambiado en los últimos veinte o treinta años… Ahora, desde hace muchos años, no puedo tolerar leer una línea de poesía; intenté leer a Shakespeare últimamente y lo encontré tan intolerablemente aburrido que me dio náuseas. También he perdido casi por completo el gusto por las novelas o la literatura general. Cuando intento leer algo que no sea estrictamente científico, mi mente se agota de inmediato o se distrae con un malestar físico y un cansancio nervioso insoportable. Esta atrofia de mis gustos estéticos y literarios es un motivo de gran lamento, pues sé que la lectura solía proporcionarme un placer inmenso, y su pérdida es como la pérdida de una parte de mi propia mente, una parálisis de las facultades superiores que mi precaria salud me ha impuesto», Charles Darwin, «Autobiografía».

«Cuando el Perro Negro se sienta a mi lado, la luz se apaga. Las actividades que antes me daban vida se vuelven pesadas e inútiles. En esos periodos, los libros pierden su voz. Me siento en mi biblioteca rodeado de miles de volúmenes, pero me resultan tan ajenos como si estuvieran escritos en un idioma que nunca aprendí. Intento leer para escapar de la terrible pesadez del espíritu, pero la concentración me abandona a las pocas líneas. Las palabras se desdibujan y la mente se niega a procesar el significado. Es una sensación de impotencia espantosa mirar tus libros favoritos y no encontrar en ellos ningún consuelo, ninguna chispa, solo el reflejo de tu propia postración», Winston Churchill, recopilado de sus cartas privadas y las memorias de sus allegados durante sus periodos de inactividad política.

«La melancolía es una tirana que destruye el ingenio y entorpece la memoria. Cuando este humor negro se apodera del hombre, todos sus estudios y lecturas se vuelven una carga insufrible. Aquel que antes pasaba los días y las noches gozosamente entre sus libros, ahora los mira con horror y aversión. Intenta fijar sus ojos en la página, pero su mente vuela, agitada por mil sospechas, temores y fantasías lúgubres. El entendimiento se vuelve pesado, sordo y estéril; las letras se confunden ante su vista y no puede retener nada de lo que lee. De este modo, la literatura, que es el alimento del alma y el remedio más soberano contra las penas del mundo, se torna inútil para el melancólico, pues su entendimiento está encadenado y su espíritu, enfermo.», Robert Burton, «Anatomía de la melancolía».

La depresión me ha despojado de todas mis herramientas. La más devastadora de estas pérdidas es la desaparición de mi capacidad lectora. Para alguien que desde los cuatro o cinco años ha leído varios libros a la semana, cuya vida entera gira en torno a las palabras y las ideas, la pérdida de la lectura es una amputación espiritual. No es solo que no pueda concentrarme; es que las palabras mismas carecen de sentido. Paso los ojos por una página de un libro de texto o de una novela y, al llegar al final, no tengo la menor idea de lo que acabo de leer. Vuelvo a empezar, una y otra vez, hasta que la frustración y el llanto me obligan a cerrar el libro. La depresión congela el cerebro; bloquea los receptores que nos permiten conectar una frase con la siguiente. Durante meses, mi biblioteca, que siempre había sido mi refugio, se convierte en una colección de bloques de papel mudos y hostiles que solo sirven para recordarme lo enfermo que estoy.

Burton 8

Siento como si mi ser, mi alma y mi conciencia estuvieran flotando sobre mí, y me observaran actuar como una autómata. Tengo una profunda sensación de aislamiento, simplemente no me siento conectado con el mundo. Me siento solo y abandonado. Que ya no tengo ningún propósito en la vida, ningún valor. Me repliego. Lloro hasta quedarme dormido, me levanto durante la noche y luego vuelvo a la cama. Es una absoluta desesperanza: nada me produce alegría.

La sensación de rechazo, de no ser querido, de incapacidad. Siento que no tengo valor para nadie, que mi propia escritura es un fraude. El mundo se vuelve completamente plano, plano como una hoja de papel, y yo estoy fuera de él, observándolo a través de un cristal grueso. Lo peor de estos estados no es el dolor físico, que apenas existe, sino la certidumbre de que la mente ha perdido su elasticidad, que la máquina se ha parado y que nunca, nunca más, volverá a ponerse en movimiento para producir un pensamiento vivo.

El deprimido sufre, antes que nada, de una parálisis del tiempo. Mientras que para el hombre sano el tiempo es un río que lo lleva hacia el futuro, hacia proyectos y posibilidades, para el melancólico el tiempo se ha congelado en un bloque de hielo impenetrable. El futuro no existe, es solo una repetición monstruosa del dolor presente. Se pierde la confianza básica en el mundo: la certeza de que mañana las cosas tendrán el mismo sentido que hoy. Nos encontramos ante una ruina subjetiva en la que el individuo se mira a sí mismo y solo ve un objeto inservible, una máquina que consume aire pero que ha dejado de producir significado. La sociedad nos pide que ‘pongamos de nuestra parte’, pero no entienden que lo que la enfermedad destruye es, precisamente, la capacidad de querer.

Eso es lo que la gente no entiende sobre la depresión profunda: no se trata de estar triste porque las cosas van mal. Se trata de estar en un estado de descomposición total mientras todo a tu alrededor va perfectamente bien. Yo tengo dinero, libros escritos y por escribir, amor familiar, y aun así sentía que me estaba ahogando en una piscina llena de alquitrán. Cuando empecé a tomar antidepresivos, el dolor agudo y punzante se detuvo, pero fue reemplazado por algo igual de extraño: una llanura gris. Ya no lloraba por los rincones, pero tampoco sentía nada. Es una especie de tregua química. La medicina te salva la vida porque te saca del fondo del océano, pero te deja flotando en la superficie, boca arriba, mirando un cielo sin nubes y sin sol, donde los días pasan unos detrás de otros sin dejar ninguna huella en tu memoria.

Burton 7

Por las mañanas me siento algo mejor que a la tarde y a la noche, cuya debacle es entonces absoluta. Mariposeo entre varios tomos, pero a lo sumo logro leer una o dos páginas, acaso dos o tres párrafos. La vida es oscura dentro de este cráneo vitrificado. La vida es dura al contacto de la sombra cáustica de tantas víboras. Te duchas con agua fría, haces un esfuerzo inmenso para centrarte en la música, pero aturde esta soledad de tarta con gusanos y escarabajos.

No puedo más.

Burton 6

El peor aspecto de la depresión no es el dolor, sino el desmantelamiento de tu propio ser. Te miras en el espejo y no sabes quién eres. Las cosas que solían darte placer se convierten en tareas insoportables; las personas a las que amas se transforman en fantasmas lejanos. Mi carne destrozada, incompleta, sangre en el filo del tachonado cielo. Miembros filiformes y algodonosos, torpor y fatiga vegetativa. Una marea de petróleo entrando por la boca. La depresión es una pérdida de energía, un colapso de la voluntad, un peso tan inmenso que aplasta la capacidad de sentir cualquier cosa que no sea el propio peso. En una crisis profunda, la mente se convierte en una máquina de tortura que funciona veinticuatro horas al día, repitiendo el mismo veredicto: eres inútil, estás solo, no hay salida.

La sensación de estar sumergido en un pozo profundo, donde la luz del día apenas llega. Los pensamientos se vuelven pesados, como el plomo, y cada pequeño esfuerzo —escribir una línea, hablar con alguien, levantarse de la cama— requiere una fuerza sobrehumana que simplemente no poseo. Siento columnas de aguada arquitectura, un huevo venenoso en cada célula. Siento un insecto de de materia de perro como cuchilladas y chinches. Siento una ola gris que se cierne sobre mí, apagando todos los colores del mundo. No es que esté triste; es que estoy vacío, desprovisto de la sustancia misma que nos hace humanos. La mente se repliega sobre sí misma en un bucle de desesperación silenciosa.

Te encuentras caminando por una llanura desolada y helada, bajo un cielo de plomo, completamente desconectado de la raza humana. El dolor es constante, una agonía informe que te asalta desde el momento en que te despiertas hasta que consigues conciliar un sueño inquieto. Una muralla de mierda volcada dentro de mi garganta, un hueso de humo tachando el tapete de mis ojos. Es una marea negra que sube lentamente hasta que te cubre por completo, borrando el pasado, el presente y cualquier atisbo de futuro.

No puedo más.

Burton 5

«No debemos confundir al sabio que busca el texto para iluminar su mente, con el infeliz poseído por el demonio de la posesión libresca. Este último sufre una verdadera perversión del instinto. El libro ya no es un amigo, es un tirano. Lo hemos visto en nuestros asilos: el alienado guarda con celo trozos de periódicos viejos, páginas arrancadas de la basura, convenciéndose de que poseen un valor incalculable y de que existe una conjura universal para despojarlo de ellos. La bibliomanía, en su estadio terminal, se despoja de la cultura y se muestra como lo que es: un delirio de acaparamiento, una monomanía donde el espíritu queda sepultado bajo el peso de la materia muerta», Paul Regnard, «Les maladies épidémiques de l’esprit».

Mi afección bibliómana se manifiesta con síntomas de gravedad variable. El síntoma más común es el deseo irrefrenable, de una fuerza divina, de poseer libros impresos en papel grande, o ejemplares con márgenes anchos, o aquellos que han sido impresos en vitela. Experimento una aceleración del pulso, una mirada vidriosa ante el catálogo de una subasta y una indiferencia absoluta -estupenda y fenomenal- hacia las necesidades de mi propio cuerpo o del sustento de mi hogar. Se ha visto a hombres de gran cuna descuidar sus tierras y permitir que su casa se hunda, con tal de destinar cada euro a la adquisición de un volumen cuya virtud es haber sido impreso de manera defectuosa por un tipógrafo olvidado. La locura. Si no estoy cerca de mis libros camino como si fuese a ser arrestado a cada paso, o como si la tierra fuera a abrirse bajo mis pies. No puedo soportar la luz, ni la compañía de los hombres; me vuelvo salvaje y solitario, escondiéndome en rincones oscuros, poseído por una desconfianza tan atroz que creo que mis amigos más queridos me buscan para degollarme.

Burton 4

El sol pintaba de oro los postes de la barandilla. Las hojas de los árboles del jardín vibraban, conectadas a mí por hilos rosas invisibles que transmitían una energía eléctrica directa a mi cerebro. Christian sentía que se estaba convirtiendo en el centro del mundo, en el protagonista de una película filmada en el plató de la realidad; los pájaros en los árboles cantaban, y cantaban en latín, alargando las aes y las emes como con sonido de trompeta, hablándole del nacimiento del mundo, del destino y de que no existía (mera hipótesis quimérica) la muerte. Las voces de los muertos le susurraban desde detrás de los puntiagudos arbustos, llamándolo por su nombre con una insistencia tierna, y acaso espantosa. Pero de repente, el paisaje idílico se agrietaba. Un hombre que pasaba a su lado no era un peatón; era un emisario enviado para juzgarlo, para mortificarlo. Los rostros de la gente común se volvían máscaras de carne deforme, bulbosa, monstruos que lo perseguían con la mirada sanguinolenta. La realidad se fragmentaba como un espejo roto, y cada pedazo reflejaba una amenaza diferente, muy clara y distinta. El horror residía en que no había un lugar seguro donde esconderse, porque el peligro no venía de fuera, sino de la propia luz que entraba por sus ojos.

El lenguaje comenzó a disolverse. Las palabras ya no estaban unidas a las cosas que representaban; la palabra ‘mesa’ se separaba del objeto de madera y flotaba en la habitación como un insecto peligroso. La m y la e eran polvoretas, la s un caracol que babeaba ceniza. Mi propia identidad se fragmentó en una docena de piezas diferentes, y cada una de esas piezas reclamaba el derecho a hablar por mí. Miraba mis manos y no las reconocía, ¿qué o quién soy?; mis manos me parecían garras de un animal o herramientas de piedra que alguien había olvidado sobre mis brazos. Cuando la gente me hablaba, sus voces me llegaban con un retraso monstruoso, distorsionadas como si hablaran bajo una carpa de agua, o bien tan aceleradas que sonaban como el chirrido de una acelerado máquina rota. Estaba completamente atrapado en una geografía privada, un territorio donde las leyes de la física, del tiempo y de la lógica humana habían sido abolidas y reemplazadas por un terror sin nombre que lo gobernaba todo.

Sentía el aire denso, pastoso, ungido, como si tuviera que abrirme paso a bofetadas a través de una gelatina. Sabía que la gente me miraba, que sabían lo que me pasaba por la cabeza antes incluso de que yo mismo lo formulara. El tejido de su realidad no solo se había rasgado, sino que se había disuelto por completo. Sentí que el espacio se colapsaba y que el tiempo dejaba de fluir hacia adelante. Las paredes de mi pazo dejaron de ser sólidas; a través de ellas podía ver los engranajes de una ángel cósmico que lo vigilaba. Cada objeto en la habitación —la lámpara, el lomo de los libros— comenzó a emitir una radiación propia, un significado urgente que tenía que descifrar bajo amenaza de muerte. Estaba atrapado en el peor de los mundos posibles: aquel en el que todo, absolutamente todo, tiene un sentido oculto dirigido a ti.

***

Nota de Urgencia: El estado descrito implica un sufrimiento intolerable y un riesgo elevado de conducta desorganizada o autolesiva debido al pánico psicótico («terror sin nombre» y «amenaza de muerte») Se requiere hospitalización psiquiátrica urgente para garantizar la seguridad del paciente y estabilizar el cuadro en un ambiente protegido y libre de estímulos amenazantes. Inicio inmediato de antipsicóticos (neurolépticos) para reducir la carga deliroide, bloquear la actividad alucinatoria y mitigar la angustia psicótica, acompañado de benzodiacepinas a corto plazo para el manejo de la ansiedad y la agitación interna. Una vez estabilizado, realizar analíticas completas, cribado toxicológico y pruebas de neuroimagen (RM cerebral) para descartar causas médicas orgánicas (encefalitis, consumo de sustancias psicodélicas, tumores de lóbulo temporal)

Burton 3

La gente ya no vive su vida; vive la vida vicaria de los futbolistas enriquecidos y simiiformes, consumiendo la mercancía que les venden entre gol y gol. España es poco más que un vulgar ejemplo de subliteratura. El poder ya no necesita bayonetas para controlar a la juventud o a las masas; le basta con darles un Mundial y programas de debate futbolístico durante la semana. Ven los partidos con su sialorrea inevitable, y el nalgatorio, posaderas o asentaderas perfectamente posado en el sofá.

Yo me quedo leyendo, mientras la cloaca socialista hace de las suyas y los moscardones se comen mis rosales, mientras la grisalla atroz anubarra el mundo, yo leo «Le Vite de’ piu eccellenti pittori, scultori, e architettori, Scritte da m. Giorgio Vasari pittore et architetto aretino, Di Nuovo dal Medesimo Riviste Et Ampliate Con i Ritratti Loro Et con l’aggiunta delle Vite de’ vivi, & de’ morti Dall’anno 1550 insino al 1567».

Clásico que contiene más de 140 retratos de los artistas biografiados insertos en el texto. Cada retrato está enmarcado en una cartela xilográfica manierista diferente (algunas con figuras alegóricas de las artes, grutescos y mascarones). Estos grabados son atribuidos tradicionalmente al maestro Maestro Giovano (o grabados bajo la supervisión del propio Vasari y ejecutados por Domenico Basa)

Papel verjurado de trapo de alta calidad, de gran consistencia y grosor, típico de las prensas de los Giunti (un ejemplar de la Giuntina de 1568 se considera hoy una pieza de museo) Presenta marcas de agua (filigranas) habituales de la Toscana de mediados del siglo XVI (frecuentemente flores de lis o ánforas)

Recuerden, amigos: Stultis circumstantibus, prudentiores ad artes et litteras confugimus.

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En la prosa de críticos de arte actuales habitualmente encontramos unos galimatías propios del más opaco terrorismo lingüístico. Así observamos como sustantivan verbos y adjetivos de forma innecesaria («la espacialidad de la vacuidad trans-objetual»), describen un objeto mundano con gravedad filosófica (una superficie pulida del banal Koons se traduce como «un cuestionamiento ontológico del reflejo del ser en la hiper-realidad mediática») o bien afean su estilo con una sintaxis laberíntica: oraciones subordinadas interminables que agotan al lector y diluyen la falta de contenido real.

Vasari utilizaba conceptos claros como la maniera (el estilo), la proporción o la gracia. Cuando elogiaba a Miguel Ángel, describía minuciosamente cómo el artista extraía la musculatura del mármol, argumentando que la obra superaba a la naturaleza mediante el esfuerzo, el intelecto y el dominio técnico. El texto de Vasari acercaba el arte al lector a través de la admiración por el hacer humano.

Por el contrario, la prosa que rodea a Hirst o Koons suele ignorar por completo el proceso de producción material (ocultando a menudo que fue fabricado en masa por talleres anónimos en Alemania o China) para forzar analogías con pensadores como Baudrillard, Derrida o Marx. Se produce una paradoja irónica: se utiliza terminología anticapitalista y radical para validar las piezas decorativas de los multimillonarios de Wall Street.

Vasari es un clásico de la elegancia. La humareda verbal sobre el arte contemporáneo es un signo de bizantinismo confuso.

Burton 2

A una isla desierta me llevaría «Anatomía de la melancolía», de Burton, un tomo de más de mil páginas, impreso en papel ahuesado de buen gramaje, con amplios márgenes. La portada debería estar revestida en plena tela o piel oscura, quizá verde botella o burdeos profundo, con hierros dorados discretos en el lomo. No conviene una encuadernación ostentosa; Burton detestaría el lujo vacío. Le corresponde una nobleza grave, casi monástica. Un volumen destinado más a la conversación intelectual que a la exhibición.

Miles de citas en latín, griego, italiano, francés y español; referencias a médicos árabes, filósofos antiguos, cronistas medievales, poetas renacentistas, astrónomos, teólogos, viajeros y locos. El lector no avanza por un camino recto, sino por un laberinto de senderos que se bifurcan continuamente. Burton habla de la tristeza, pero termina hablando de todo: del amor, de la amistad, de la religión, de la música, de los sueños, de la política, de la educación, de la muerte y de la condición humana.

Se puede abrir al azar y encontrar una observación brillante sobre Hipócrates, una sátira feroz contra los pedantes o una defensa apasionada de la música como remedio del alma. Es uno de esos rarísimos volúmenes que justifican la existencia de una biblioteca. No es casual que escritores tan distintos como Samuel Johnson, Charles Lamb, Jorge Luis Borges o William Osler lo venerasen.