Elogio de la historia

Permítanme hacer un elogio o panegírico de la historia por parte de un mero diletante.
Gusta la historia, padre y madre del hombre, porque es una mina de problemas filosóficos; así podríamos preguntarnos ¿es la historia, la colección de eventos en el tiempo, un sistema no lineal? Matemáticamente un sistema no lineal es aquel muy sensible a pequeñas variaciones en las condiciones iniciales, variaciones que afectan de modo y manera no determinista el resultado final del sistema. Yo creo que la historia no es modelable en un sistema lineal por lo que las líneas de fuerza histórica, las propensiones o tendencias históricas creo pertenecen más a las quimeras y la literatura fantástica que a lo real. Pues no creo en la existencia de una ley histórica con características afines a una ley natural. La ley de la gravedad o la del volumen de los gases respecto a su presión, tienen una clara y precisa inteligibilidad, la ley de la lucha de clases o de los regímenes feudales, por decir algo, pecan, a mi ver, de miopía y grosera simplificación, como el imposible de meter el mar en un hoyo.
Otro interesante problema es saber si existen lo que yo llamaría paradigmas civilizatorios, explicables como n-tuplas con n-condiciones. Por ejemplo una tupla pudiese ser A=<f, m,e,o> donde f equivale a creencias filosóficas, m a creencias morales, e creencias estéticas, y o a organización social. Otra tupla podría ser B=<t, e, h> donde t son ideas teológicas, e sistema económico, y h grandes hombres históricos. Sí creo en la organización histórica en “paradigmas civilizatorios” y cómo cambian o mutan por cambios tecnológicos, sistema de valores morales-filosóficos y relaciones de propiedad (seguramente existirán otros agentes que, insensiblemente, van modificando la historia)
Lo anterior fue un modo poco versallesco de argumentar, demasiado tamizado por el tiralíneas del pensar. Elogiemos la historia más vaporosa o poéticamente. Porque es el campo de pruebas o laboratorio empírico para retratarnos, conocernos, no negarnos. Porque desvela nuestra naturaleza desde un ángulo que no ve la biología o la genética. Porque es una música donde se entreveran y sazonan la suculenta pintura de nuestras hazañas de héroes y santos, y de nuestras ignominias de diablos. E, interesante en sí misma, vuelve, si la leemos y estudiamos, nuestras biografías a menudo rutinarias y deprimentes, en experiencia de comparación y elevación y anagnórisis de una belleza sobrecogedora. La historia es una muerto que, si se pretende rematar, bien vivo está. En ella pulcramente se representa el teatro de la vida. Y la exquisita hiperestesia de la vida. Y su extrañeza y bohemia o heterodoxia hace reales los borrosos reinos de la vida. Y su comunidad de aromas nimba nuestro atardecer, comprendió nuestra alba. Y su perpetuo estremecimiento nos recorre. Ah la historia de obispos con dedos enjoyados, cuyas ebúrneas manos manosean a un efebo, ah las fellatios en los crepúsculos de los pajares del mediterráneo. Con la historia habitamos los arrabales de la periferia y el centro nobiliario del palacete de los ricos. La lectura es un placer de mera sensación inmensa. La lectura que no elude el crimen, y que alude a un más allá de nosotros mismos. Mordamos su fruto caníbal y jugoso, gocemos en las imprevistas locuras de sus recodos. Oh emperador romano vesánico, oh lugar de Alejandría y Bizancio, oh Medievo donde los muertos ya no sufren. Con la historia, merced a ella, padre y madre del hombre, a la par habitas el cielo y el infierno. Y endiosas de sentido nuestra voluptuosidad: es como respirar a campo abierto. En una buena vida hay amor, amistad, conocimiento, belleza y creación; que esté también el ancho riachuelo de la historia. Y, en pleno invierno, con tesón y fuerza, nos conozcamos y reconozcamos. Ay tejidos suaves, catedrales, Vermeer, islas y tanta insomne pesadilla. Ay del estremecimiento en la glándula pineal. Y que con profusión feliz traduzcamos significados emotivos en cognoscitivos, y encontremos una inteligibilidad entre tanto signo arbitrario. Que la palabra demiúrgica de la historia nos inspire, su nitidez de voz y hecho pleno, de experiencia cultivada. Ven a mí historia, padre y madre de todos nosotros.

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