Lectura de Alvin Kernan

Son casi las tres y media de la mañana. Acabo de leer The Death of Literature, de Alvin Kernan. El paso de una sociedad basada en la imprenta a otra regulada por las comunicaciones electrónicas, la falta de quietud, concentración, y fuerza de voluntad para leer a Henry James, Conrad o Woolf, debido a la prisión o cárcel veloz de la vida real, la desintegración del canon estético, la perdida de autoridad e influencia del escritor, las nuevas modas críticas universitarias, la cultura de la televisión y del ocio tecnológico que se establecen y sustituyen los antiguos dominios literarios, una cultura dominada por la billetera, la arrolladora fuerza del utilitarismo, el libro como algo sobre lo que meditar y que penetra en el alma convertido en mero producto, enfín, todo en sentido general y particular, causa el lamento elegíaco por la literatura, reina o princesa ya sin trono. Y, de alguna manera, siento muy verdaderas esas tesis. El escrutinio y amor a la literatura era un ingrediente esencial de la existencia humana; nos daba sentido y orientación sobre la calidad de la vida, sobre el significado de la persona humana, sobre cómo entablar con los demás relaciones significativas, nos nutría en un meollo de valores capitales, esenciales. Insensiblemente todo esto ha desaparecido del escenario social. Y así también se homologa y estandariza el interior psíquico de los hombres, cuya variedad mengua (es curioso observar el poco número de extravagantes que hay ahora, o bien que la extravagancia se identifique con la delincuencia)  Mi padre era banquero, pero se reunía en el casino con abogados y profesores y discutían sobre las nuevas ideas literarias, filosóficas, económicas, políticas. No era ajeno a los medios intelectuales, más incluso, veía como una necesidad la ilustración y la cultura. Las nuevas clases profesionales, la nueva burguesía hacendada, se desentiende olímpica y neoanalfabeta de todo ello. Los jóvenes enloquecen con las maquinitas y el deporte y el sexo y casi ninguno sueña con construirse una biblioteca. Los escritores , como antes un Moravia en Italia o un Russell en Inglaterra o un Enzensberger en Alemania o un Sartre en Francia, los escritores son como figurillas de cera sin resonancia ni eco. Disculpen, ando abatido y muy pesimista. Casi nadie ama aquello que yo tanto amo. Y la naturaleza humana sin el humus de la literatura es igual al mar con una negra, gigante mancha de petróleo. Y los buenos editores no venden, y la buena salud de la lectura es un mito para engañados optimistas de los deseos…

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