Lectura del Dr. Edwin Fuller

En esta recensión debo hacer incómodas e impúdicas confesiones. Vivo de una manera pautada y muy aislada. Me levanto a las cinco de la mañana, escribo y leo, de ocho a once trabajo en el campo y con los animales, y después me dedico a lo que pedantescamente llamaría otium cum dignitate, otium divinis. Me visto con ropas curiales y fatigo feliz mi biblioteca. Mis relaciones sociales no es que sean deficitarias, sino que son francamente nulas. Vivo en una minúscula aldea de la profunda Galicia. A veces paso hasta un mes entero sin hablar con nadie. Me agrada esta compacta soledad. Leo, escribo, y pienso en lo que leo, paseo por los bosques con mis perros. Mi vida es humilde, sin ambiciones, honesta y soltera, baja y alta. Pero hete aquí que desde hace dos o tres años, debido a un problema de acomodación de la vista y la cerrada soledad, de repente me dan como unos brotes de alteraciones perceptivas visuales y sonoras. Durante esos accesos percibo el color y la luz con otras tonalidades, me fascinan las marcas de superficie en los detalles de los objetos, me fascinan clases de pequeños colores como cubriendo los árboles y el viento y las nubes que semejan o más planas o más ovoides o más luminiscentes de lo que en realidad son, parece como si advirtiera el alma luminosa de los objetos, su pneuma eléctrico, sus moléculas ingrávidas. Todo presenta una apariencia como de seres animados. A veces hasta se superponen a esas imaginaciones como unas extrañas figuras geométricas en forma de prisma o rectángulos. Son un registro de experiencias sensoriales alucinatorias que me permiten pensar con lógica, no se adhieren a ellas notas emocionales de angustia ni pánico, advienen con certeza matemática, no afectan a mi sistema de creencias, incluso su aguzada y agudizado despliegue me producen una calma naturalidad, una estoica serenidad. Es todo como una mística naturalista -prefiero ese idiolecto a llamarlo alucinación psicótica- Al cabo de veinte o treinta minutos del sobresalto perceptivo, del súbito acceso a una especie de sobrerrealidad, me tomo un Lorazepam de 1 mg y, en menos de una hora, mi instalación en la realidad es ya la común y no alterada. De tanto en tanto esas experiencias me asustan algo pues tienen como paralelo ciertas alucinaciones auditivas y una interpretación casi religiosa de las mismas. Pero ello se da, por fortuna, esporádicamente.  En esos momentos oceánicos axiomas como “todo es uno” o “nada es distinto a nada”, o vivencias de invulnerabilidad y deseo del todo y de unión con el todo, o presentimientos de inmortalidad y embriaguez cósmica, no son raros.

El libro de Edwin Fuller se titula Surviving Schizophrenia. Es una guía o manual clásico en su género. Trata el trastorno o trastornos esquizofrénicos de manera clara e informada. Explica perspicuamente causas, síntomas, origen, tratamientos, de esa estigmatizada y caótica, terrible enfermedad. Su tesis es que la esquizofrenia es una malformación o déficit de funcionamiento cerebral. Se agradecen tesis biologistas cuando se puso de moda años atrás las tesis de Foucault que no consideraban enfermo al enfermo, sino enferma a la sociedad y sano -incluso paradójicamente- al afectado. Su lectura me ha dado unas claves y deslindes claros entre lo que es una psicosis y mi a veces conciencia alterada. Veo un aire de comunidad familiar. Mi locura episódica tiene algo muy similar y algo muy distinto a la locura oficial.

P.D. Nunca tomé ni tomo drogas o bien alcohol.

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