Lectura de Pennac

Leí Como una novela de Danniel Pennac. Con un estilo desenfadado y coloquial, íntimo como si te susurrara al oído, pretende esclarecer la paradoja de que todos hemos sido unos niños amantes de los cuentos que nos contaban nuestros papás, en una rara alquimia íntima de lectores-oidores deslumbrados, y, muchos ya en la adolescencia, son lectores extraordinariamente refractarios, donde el libro que se les obliga a leer en el instituto es una papilla sólida intragable, un pedrusco inerte ajeno a sus intereses y ambiciones, un adoquín pétreo que separa del amor, el placer, la aventura y la intensidad. Un libro convertido en mero trámite para rellenar unas esteriotipadas fichas de lectura, para la argucia de formalizar unos asépticos comentarios de texto cuya única función es el aprobado más o menos raspado. La literatura en la escuela nunca o casi nunca es ese placer fácil o difícil que te cambia la vida merced a la identificación metafórica con los protagonistas del libro. Suele ser asunto funcionaril, o cubrir un expediente rutinario, o la apoteosis del Gran Bostezo. Se lee para ensanchar y engrandar la soledad del yo enfrentándote contra los límites. Se lee para palpar la grandiosidad, la sublimidad del amor, el conocimiento de lo inefable. Se lee para poblar la soledad con los pensamientos mortales de seres inmortales. Leemos y escribimos como se tuerce la rama en busca de sol; es una cuestión de propia respiración. La mejor vida es la vida solitaria, y la mejor soledad es la del lector y escritor. Al final del camino nos espera la muerte, la enfermedad, la muerte de amigos y personas queridas, la corrupción de la carne, el enlentecimiento de la marcha y los gestos, la pérdida de agudeza y chispa mental. Todo decae. Pero en tu habitación solo y con el libro amurallas, te amurallas frente a esas desidias, abulias, apatías, corrupciones. Te esculpes para medir y sopesar tu mortalidad y tu acabamiento. Usas el escalpelo y el bisturí y las tijeras para desbrozar de ti mismo hierbajos, malas yerbas. La lectura es el antagonista del insustancial bla bla social, de los neuróticos correos electrónicos a decenas por hora en la oficina, de los pensamientos horteras televisivos y la mierda abstracta de la información que fluye como un tsunami caótico y vesánico. Leer es pausa contra la incuria a velocidad patológica del mundo. Leer es el silencio que se medita a sí misma. Leer es la suma bendición de la soledad aquilatada por una mente inteligente. Leer es un destino; probablemente, con el amor, el destino humano más feliz y soberbio. Y, decir por último, que yo escribo porque mucho leí, es una forma victoria de mi amor por la lectura.

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