Mi democracia

Mientras no consigamos que los hombres sean ángeles, o príncipes de la virtud y donantes universales de sus riquezas, yo me conformo con que lo mejor que podemos hacer para agradarnos y querernos los unos a los otros es parecernos a los franceses y ingleses que frecuentaban el salón de Madame du Deffand. Ese día creeré en la democracia.

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